| PARÍS
PALACIO DEL INSTITUTO
DE FRANCIA |
| EN
AYUDA DEL FRANCÉS
|
Discurso
pronunciado durante la
sesión pública
anual del Instituto
El jueves 5 de diciembre
de 2002 |
|
|
Por
la Señora |
|
Hélène
Carrère d’Encausse
Secretaria
perpetua de la Academia francesa
Gran oficial de la Legión
de Honor
Oficial de la Orden Nacional del
Mérito
Comendador de las Artes y las Letras
Comendador de la Orden de Leopoldo
de Bélgica
Comendador de la Orden Nacional
de la Cruz del Sur de Brasil
|
 |
| La
Señora Hélène
Carrère d’Encausse |
|
|
Traducción
de la Francósfera México-Francia
|
Señoras,
Señores de la Academia,
La IXe Cima de la Francofonía,
reunida este año en Beirut, acaba
de terminar sus trabajos.
El éxito de esta reunión
no podría ser puesto en duda. Cincuenta
y cinco países miembros, nueve
países candidatos reclamando un
amor común de la lengua francesa;
¿tienen los defensores del francés
alguna razón para quejarse? Las
estadísticas nos enseñan
que cerca de trescientos millones de hombres
son, para emplear una palabra horrorosa,
locutores franceses. Citando
cifras, evocando la cohorte de los Estados
miembros de la Francofonía, de
sus locutores, no puedo escapar a la duda.
¿De qué hablamos aquí?
¿De las declaraciones oficiales
sobre la lengua francesa? ¿O de
su evolución real? Nuestra lengua
es reputada por su claridad, por la precisión
de su vocabulario, por la riqueza de sus
verbos y de su construcción, por
la fuerza de su sintaxis. Por ello es
que Europa entera se la apropió
hace tres siglos. Se sirvió de
ella para debatir del equilibrio del continente,
y el francés se convirtió
en la lengua de la diplomacia; para difundir
las ideas, ¿y qué obras
no fueron escritas o traducidas al francés?;
para conversar finalmente, y el arte de
la conversación no podía
entonces de Berlín, a Ámsterdam
o Petersburgo, existir de otra forma que
en francés. En 1762, los académicos,
haciendo homenaje de la cuarta edición
del Diccionario a su protector, el rey
Luis XV, comenzaban así su epístola:
« El Diccionario de la Academia
francesa en el que no se había
tenido primero por objeto más que
ser útil a la Nación, se
ha convertido en un libro para Europa.
La Política y el Comercio han vuelto
nuestra lengua casi tan necesaria a los
extranjeros como su lengua natural
». ¿No tenemos aquí
una anticipación del discurso
de Rivarol sobre la universalidad de la
lengua francesa? ¿Pero es de
esta lengua de la que se reclaman hoy
los locutores tan minuciosamente censados?
Permítanme responder a la pregunta
citando a un novelista de Costa de Marfil,
Ahmadou Kourouma. Nos encontramos el invierno
pasado en Bruselas en ocasión de
un coloquio consagrado, justamente, a
la francofonía. Como evocaba los
éxitos del mundo francófono,
mi interlocutor estalló: «
Ustedes los franceses, dijo,
pasan su tiempo acusando a los ingleses
de reducir el lugar de su lengua en el
mundo y contabilizando los países
que adhieren a una organización
más preocupada, a fin de cuentas,
por la política
que por la lengua. Pero déjeme
preguntarle, ¿qué han hecho
del francés? ¿Qué
nos proponen, a nosotros quienes, en África,
velamos celosamente por el francés,
sino una lengua desfigurada, abastardada,
que ustedes ya no saben ni hablar ni escribir
correctamente?
»
Este
comentario tan violento, permítanme
someterlo ante ustedes para su examen
(1).
¿Es
verdaderamente la invasión del
francés por palabras o giros ingleses
lo que la ha desfigurado? Sin duda nos
falta vigilancia cuando constatamos que
anglicismos echan fuera palabras francesas
perfectamente constituidas. ¿Quién
sabe aún entre los que en los medios
de comunicación debaten al infinito
sobre las oportunidades de todas
suertes, que desde el siglo XII, la vieja
palabra occasion [«ocasión»]
ha servido para rendir cuentas de la misma
realidad? ¿Se imagina uno a Corneille
escribiendo « ¡Y bien! ¿La
oportunidad? Hace las veces de mentiroso
así como de ladrón »?
Sus contemporáneos no habrían
comprendido nada. Así pasa con
el verbo initier [«iniciar»]
constantemente utilizado, y ya nadie sabe
que se inicia a los alumnos al griego,
pero que uno no sabría iniciar
una reforma. ¿Qué decir
de los salones en los que se presenta
ropa o coches y que son llamados show-rooms?
¿Florilegios de éxitos musicales
bautizados best-of ? Podría
multiplicar al infinito semejantes ejemplos,
que son lamentables ciertamente, pero
ahí no está lo más
grave. Lo que hay que deplorar ante todo,
es que por el efecto de esta substitución
de palabras inglesas a las palabras francesas,
éstas últimas acaban por
salir de uso.
Pero la
anglomanía en el ámbito
del lenguaje está lejos de ser
la única amenaza que pesa sobre
nuestra lengua, afectada también
por la voluntad de dar un nombre, o mejor
dicho de transformar en concepto para
retomar una palabra cortada de su sentido
verdadero, una acción o una idea
que el buen francés siempre ha
expresado por una frase. ¿Quién
trata desde ahora de resolver un problema,
cuando el horrible verbo solutionner
[«solucionar»], surgido
en un principio del lenguaje administrativo,
evita recurrir a una frase y sobre todo
evita conjugar el verbo résoudre
[«resolver»] que
al ser irregular es en efecto más
difícil de manejar? Y a partir
de ahí, tenemos el solutionnement
[«solucionamiento»].
En la misma vena finaliser [«finalizar»]
da finalisation [«finalización»],
y formater [«formatear»]
tomado del lenguaje informático
se ha desarrollado en formatage
[«formateo»]. ¿Saben
que universitarios hablan tranquilamente
del formatage [«formateo»]
de sus programas? Siempre proveniente
de la lengua de los ordenadores, implémenter
[«implementar»] nos
brinda la implémentation
[«implementación»],
cara al mundo de la comunicación.
El horrendo positiver [«positivar»]
de los publicistas está, lo vemos,
lejos de ser una invención aislada
en la categoría de las ignominias
del marco del lenguaje. Ese nominalismo
que gana terreno cada día tiene
dos explicaciones: la confusión
entre la idea o el acto con la palabra,
bautizado concepto, y la negativa de construir
una frasis cuyos componentes se pierden
cada día más. Los medios
de comunicación que contribuyen
sin duda alguna a la formación
de la lengua hablada tienen tendencia
a ya no reconocer la frase más
que en su forma más escueta, desembargada
de las palabras y de los giros de la interrogación
o de la negación. « ¿Vous
faites quoi demain? » [«¿Qué
hace mañana?»].
¿Y
qué decir del desastre de las concordancias?
Si el imperfecto del subjuntivo se ha
vuelto curiosidad pura, a la concordancia
de los participios no le va mejor, aún
cuando el lenguaje hablado disimula a
veces los abismos de ignorancia del locutor.
¿Pero cuántos ministros
defienden sin chistar « las decisiones
que han pris [«tomado»]
y las reformas que han promis
[«prometido»]»?
(2). Hacer concordar
un verbo y su sujeto constituye también
un rompe cabezas. Hace poco, un comentarista
lamentaba en la radio la suerte, cito,
« de una pareja qui ont été
menacés » [«que
fueron amenazados»].
Volveré
en un momento a las razones de esta catástrofe
gramatical que desfigura la lengua francesa
y la reduce al estado de esqueleto donde
solo subsisten palabras yuxtapuestas.
Pero antes, quisiera detenerme en otro
fenómeno, el que atañe a
la voluntad de doblegar la lengua a una
visión amable, pacificada, sin
asperezas del destino del hombre y de
la vida en sociedad. Lo que es considerado
no igualitario o afligente es llamado
desde ahora con nombres administrativos
sin relación alguna con lo real.
Así pasa con diversos oficios juzgados
poco gratificantes. ¿Pero un barrendero
maneja menos bien la escoba desde que
es llamado technicien de surface
[«técnico de superficie»]?
Al multiplicar las palabras desprendidas
de la realidad que están supuestas
nombrar, es una sociedad sin diferencias
de estatutos ni de ocupación lo
que se pretende instalar en las consciencias.
Se le llama a esto lo políticamente
correcto, pero ideológicamente
correcto sería más
exacto. La ideología es causa también
de una invención desastrosa en
el campo del lenguaje, la feminización
de los títulos y las funciones.
Desde hace poco, hemos asistido a la proliferación
de las procureure [«procuradora»],
professeure [«profesora»],
défenseure [«defensora»],
recteure [«rectora»],
auteure [«autora»]
que destrona aparentemente a écrivaine
[«escritora»], officière
de la Légion d’honneur
[«oficiala de la Legión
de Honor»] por no citarlas
más que a ellas. Se ha justificado
esta deformación deliberada de
las palabras por la voluntad de hacer
del vocabulario así martirizado
el instrumento del cambio de las mentalidades.
La paridad entre hombres y mujeres se
impondría a las mentes, luego entonces
devendría realidad porque los títulos
y las funciones habrían sido feminizados.
¡Qué desconocimiento de la
relación lengua y mentalidad! Toda
lengua tiene una vida propia, evoluciona
espontáneamente y refleja sin duda
alguna, a su ritmo, los cambios de las
mentalidades. Pero no se puede manipular
una lengua, imponerle autoridad, desde
arriba, transformaciones en beneficio
de un proyecto político.
No más
que el voluntarismo lingüístico,
que no crea la paridad entre hombres y
mujeres, y que no puede crear la virtud.
La sociedad ya no sabe hoy de gamberros
ni de delincuentes sino solamente de jeunes
[«jóvenes»]
o de sauvageons [«insociables»].
Y poco importa que los adolescentes en
su gran mayoría no incendien coches,
no brutalicen a sus profesores, la palabra
jeune abusivamente empleada,
confunde a pillos y adolescentes estudiosos
en beneficio de los primeros. En cuanto
a sauvageon, ¿qué
decir de este calificativo afectuoso que
designa a las hordas incontroladas que
siembran el terror a su alrededor? Asimismo
se espera de la sociedad que ignore la
violencia desde el momento en que los
actos violentos son bautizados incivilités
[«incivilidades»].
Pero esta palabra, si nos referimos a
Littré significa « falta
de civilidad », es decir de consideraciones
para con el prójimo, de educación,
de cortesía. ¿Agredir a
su prójimo físicamente,
incendiar una comisaría de policía,
es acaso la concepción moderna
de la falta de cortesía? El debilitamiento
del vocabulario alimentado por el esmero
ideológico – oponer la bondad
natural del hombre a la sociedad injusta
que le ha pervertido – traduce en
realidad un decaimiento del espíritu
crítico y del sentido moral. Es
así como una de las palabras menos
utilizadas de la lengua francesa desde
hace décadas para describir comportamientos
delictuosos es la de mal, es
de pensarse que el mal ya no existe, que
solo subsiste, no el bien, sino la armonía
perfecta. Esta visión de una sociedad
apacible, sin conflictos es reforzada
por la voluntad de negar la desdicha.
Comenzando por la muerte, que desaparece
del vocabulario en provecho de départ
[«partida»] y sobre
todo desde hace poco del travail de
deuil [«trabajo de luto»].
Los sufrimientos que la vida inflige a
los hombres y de manera ciertamente muy
equitativas son también por su
parte reducidas poco a poco por un vocabulario
anestésico. ¿Quién
puede decirse ciego cuando la nueva lengua
le ofrece ser tan solo malvoyant
[«invidente»]? La
lengua francesa ya no conoce enanos ni
obesos; los primeros tienen una verticalité
contrariée [«verticalidad
contrariada»], los segundos
una surcharge pondérale
[«sobrecarga ponderal»].
En cuanto a los pobres o a los vagabundos,
se han vuelto sans domicile fixe
[«sin domicilio fijo»].
Ciertamente, el mundo está mal
hecho, nadie lo ignora, pero al nombrar
obstinadamente las realidades desagradables
o tristes con palabras que las atenúan
o las disimulan, ¿se espera verdaderamente
que los más desfavorecidos confundan
la palabra y su suerte y adhieran a esta
sociedad del consensus [«consenso»]
que se les propone? La palabra consenso,
relativamente reciente – apareció
en el siglo XX – resume en definitiva
toda la ideología que comanda la
evolución de la lengua francesa
desde hace algunas décadas. Nada
ha cambiado de la vida de los hombres,
de sus comportamientos y de sus relaciones
en el seno de la sociedad. Ni el sufrimiento
ni la muerte pueden ser evitados. Siempre
fue el honor de los hombres ver la muerte
de frente; pero el conformismo moral de
fines del siglo XX condujo al rechazo
de este comportamiento estoico. Al nombrar
los momentos y las realidades más
trágicas del destino humano con
palabras que ya no traducen su sentido
real, se creyó suprimirlas. ¡Qué
ilusión!
La lengua
es por definición el medio del
que disponen los hombres para comunicar,
reconocer el mundo en el que viven, designar
en él las cosas y las ideas. ¿Puesto
que ya no cumple con esta función,
debemos sorprendernos de que quienes la
utilizan, los famosos locutores, la acondicionan
a su gusto, la trufan de palabras, de
neologismos, incluso de simples interjecciones
de su cosecha o tomados de otras lenguas,
y muy naturalmente del inglés?
¿Debemos sorprendernos de que adolescentes
poco agraciados por la existencia, incapaces
de expresar su pensamiento por medio de
las palabras apropiadas, las cuales ignoran
o han desaparecido del vocabulario, recurran
para darse a comprender a la violencia?
¿Acaso no son los golpes, ante
la ausencia de la palabra justa, muy útiles
para traducir sentimientos de odio o de
frustración?
La relación
entre las palabras y las cosas no es,
por lo demás, una cuestión
inédita. Ya Platón se interrogaba:
¿es el lenguaje mera convención
o corresponde a la naturaleza de las cosas?
Durante siglos, la tradición lingüística
en Occidente siguió la tradición
greco-latina y el arte del bien decir
antepuso normas universales de la palabra.
Pero, olvidadizos de la tradición,
hemos separado la palabra y el sentido.
A veces,
observando la suerte que se le impone
a la lengua francesa en Francia, uno no
puede evitar evocar a Orwell. Uno de sus
héroes, compilando la undécima
edición del diccionario de la novlengua
declara: « Usted cree que nuestro
trabajo principal es inventar nuevas palabras.
En lo absoluto, destruimos cada día
palabras, veintenas de palabras, centenas
de palabras. Tallamos la lengua hasta
el hueso… Naturalmente es en los
verbos y en los adjetivos donde hay más
desechos, pero hay también centenares
de nombres de los que podemos deshacernos
». Y justifica enseguida dichas
amputaciones: « ¿No ve usted
que el verdadero objetivo de la novlengua
es restringir los límites del pensamiento?…
Cada año habrá cada vez
menos palabras y el campo de la consciencia
será cada vez más reducido.
»
Sin duda
no estamos en 1984 y los maltratos infligidos
a nuestra lengua no son el fruto de un
complot o la puesta en obra de un proyecto
perverso de alienación del pensamiento.
Pero nos es forzoso constatar similitudes
entre la evolución de la novlengua
de Orwell y la del francés en nuestro
país. El abandono de trozos enteros
del vocabulario, las palabras desprendidas
de su sentido, le son comunes. El novelista
africano tiene razón al afirmar
que la lengua francesa tal como evoluciona
en Francia, y la que sus compatriotas
se esfuerzan en preservar, corren el riesgo
de alejarse siempre más una de
la otra. ¿Cómo explicar
este fenómeno? Los medios de comunicación,
la publicidad cargan al respecto con una
responsabilidad aplastante. Pero también,
y ante todo tal vez, hay que tomar en
cuenta las flaquezas que conoce desde
hace unos treinta años la enseñanza
del francés. Antes de examinarlas,
déjenme decir claramente que no
incrimino a los profesores encargados
de enseñarla. Francia puede estar
orgullosa de un cuerpo docente de muy
alto nivel, competente, devoto, pero desesperado,
pues es víctima de las aberraciones
de teóricos de la educación,
que pudieron, sin hallar la menor oposición
de los políticos, poner en obra
principios destructores. Su ideología,
puesto que en efecto es nuevamente de
ideología de lo que se trata, está
fundada en tres principios: la igualdad
que presume que todos los individuos están
igualmente dotados para todo, y que la
enseñanza debe adaptarse de la
misma manera a todos. Ya no tiene pues
como función el jalar a los alumnos
hacia arriba – eso conduciría
a una abominación: el elitismo
–, sino debe al contrario velar
por que todos se fundan en una masa indiferenciada.
El segundo principio es que la enseñanza
no tiene como finalidad la transmisión
del saber, sino que debe alentar la invención
espontánea, el descubrimiento por
los alumnos de lo que podría eventualmente
serles enseñado. En nombre de esta
reverencia por el genio natural de los
alumnos, por su espontaneidad, el sistema
educativo ya no quiere conocer ni maestro
ni alumno. Los ha remplazado por un apprenant
[«aprendiente»],
autor de sus propios descubrimientos que
va espontáneamente a inventar y
a apropiarse el saber. Frente a él,
el elemento cuán secundario de
esta concepción didáctica,
el que antaño transmitía
el saber, el profesor, ya no es más
que un mediador, un testigo del progreso
intelectual, llamado por cierto parcours
de l’apprenant [«recorrido
del aprendiente»].
Esta concepción se ha desarrollado
en nombre de la modernidad, de la oposición
entre un pasado que se supone abominable
que honra al que sabía, el maestro,
y un nuevo mundo en el que el aprendiente
se ha convertido en alumno-rey, liberado
de un padre castrante. ¿La transmisión
del saber no era en efecto para el maestro
de ayer el instrumento de un poder dominador?
En esta visión loca de la educación,
inventada por tristes charlatanes, el
ex-profesor, no es el único en
haber perdido su estatuto, el saber sufre
la misma suerte. Es éste el tercer
principio, la relatividad de todo saber.
La herencia cultural que la educación
tenía como fin de transmitir no
tiene valor más que si es juzgado
útil; si su contenido
social es aceptable, entonces sirve al
igualitarismo; finalmente si es conforme
al « sentido de la historia ».
La primera
víctima de estas ideas majaderas
es naturalmente la lengua francesa. Ha
sido privada del apoyo de las lenguas
antiguas, inútiles, ni que decir
se tiene, que son sin embargo indispensables
para comprender sus orígenes, su
evolución, y que esclarecen una
gran parte de nuestro patrimonio literario.
Padece también de haberse visto
aplicar otro postulado: su riqueza, afirman
los renovadores de la pedagogía,
es función ante todo de su apertura,
de su permeabilidad a las lenguas extranjeras
y a todas las manifestaciones en el ámbito
del lenguaje, cualquiera que sea el nivel
en que se sitúen. ¿En función
de esto, no debe el francés ser
aprendido ante todo en sus variantes contemporáneas
– la prensa y todos los medios de
comunicación, en la calle, en los
suburbios, en vez de con los grandes autores?
El buen uso, es ahora el uso tan solo,
y de preferencia un uso que no esté
sometido a normas patrimoniales. Supuestamente
un prospecto publicitario, una emisión
de Skyrock reflejan al francés
de hoy infinitamente mejor y de manera
más útil que una
página de Racine, de Voltaire o
de Chateaubriand. Los autores de nuestro
patrimonio literario tienen a ojos de
los fabricantes de programas muchas taras.
Su lengua estaría demasiado alejada
de la que la juventud está acostumbrada
a oír. El contenido de sus obras
no corresponde a los ideales de nuestro
tiempo. ¿Es Molière un chantre
del multiculturalismo? ¿De la lucha
contra el sida? ¿O del combate
en pro de los indocumentados? Ciertamente
no. ¿Entonces porqué atiborrarse
con ellos? ¿Porqué no preferirles
una página de periódico
consagrada a estos temas? ¿Al menos,
porqué no acordar un valor igual
a ambos, a Molière y al diario?
De ello hay que concluir que la literatura
no debe tener posición privilegiada
en la enseñanza de las Letras,
así como que, y cito, « la
enseñanza de la lengua no debe
ser una condición previa a la de
las obras. » ¿Entonces cómo
se debe estudiar el francés? Ciertamente
no aprendiendo a leer ni dominando la
ortografía. Las estadísticas
son aterradoras, lo sabemos: cerca de
30 % de los niños que salen de
la escuela primaria no saben leer corrientemente,
y no siempre comprenden el sentido de
lo que leen, las faltas de ortografía
ya casi no son penalizados. Pero sobre
todo se ha sugerido simplificar el patrimonio
literario para hacerlo accesible a los
alumnos. Así han surgido propuestas
asombrosas: hacer volver a escribir a
los alumnos pasajes de Proust eliminando
las proposiciones subordinadas. O incluso
redactar una página de La Princesa
de Clèves en el estilo del
periodismo people (3).
Se supone que la aplicación del
lenguaje periodístico, cuando no
es lenguaje publicitario, a las obras
periodísticas literarias reduciría
la distancia entre el alumno y un patrimonio
juzgado muerto y sin utilidad. ¿Puede
la lectura de Proust servir a conseguir
un empleo en la informática o en
el comercio internacional? Tal es la cuestión
cara a los reformadores. En última
instancia, lo que está en obra
desde hace más de tres décadas
en la enseñanza de la lengua y
de la literatura francesa, es la voluntad
de ignorar un patrimonio en cuya transmisión
la escuela siempre había sobresalido.
Una vez más, repitámoslo,
esta aberración no es el fruto
de algún obscuro complot. Resulta
simplemente de la idea muy en boga a fines
de los años 60 en las élites
de que la herencia del pasado, el patrimonio
cultural, eran elementos de opresión
social. ¿No se dijo que el modelo
de la escuela era la prisión? ¿Para
liberar al adolescente, no convenía
rechazar el saber transmitido en esas
escuelas, y en primer lugar la lengua
puesto que era el instrumento de la opresión?
Por primera vez en la historia de un país
de alta civilización, la utopía
de la revolución cultural que pretende
hacer tabla rasa del legado del pasado
– la lengua y las obras literarias
ante todo que confieren a una sociedad
su identidad y su cohesión –
triunfó. Esta utopía falló,
ciertamente, pero las élites, las
que tienen las palancas del poder político,
económico o incluso de la comunicación,
no supieron, por esnobismo tal vez, por
la preocupación de estar en el
movimiento, de parecer « jóvenes
», darle la espalda. Son ellas las
que mantuvieron el espíritu «
anti-patrimonial », que degradó
al francés en la escuela, en los
medios de comunicación, en la vida
pública y económica.
Esta
política de abandono cultural,
de desprecio por la lengua se opone no
obstante y de manera impresionante al
apego de la sociedad, de lo que es convenido
llamar hoy la Francia de abajo, por su
lengua, por el patrimonio que nuestros
Trissotines se han obstinado en pisotear.
Si la lengua francesa continúa
viviendo, seduciendo al mundo, es a esa
Francia profunda que se lo debe, y al
patrimonio literario al cual los franceses
permanecen tan apegados.
¿Podemos
ignorar que cientos de miles de nuestros
compatriotas, de todas edades, de todos
niveles de educación, consagran
su tiempo libre a estudiar con pasión
gramáticas y diccionarios para
participar en el dictado anual de Bernard
Pivot? ¡Qué amor de la lengua
traduce este esfuerzo de cada instante
para dominar sus dificultades, sortear
sus trampas y dar prueba de que es posible
para quien lo desea escribir un francés
perfecto! Esos franceses dicen su indignación
en las cartas que dirigen a la Academia,
a la prensa, incluso a los políticos,
sordos en su mayoría a esas dolencias.
Se puede fácilmente establecer
el catálogo de las cuestiones planteadas
en esos correos que son igual número
de llamados a socorrer la lengua francesa.
Todos denuncian las faltas gramaticales
y de vocabulario, las pronunciaciones
erróneas, el empleo abusivo de
palabras inglesas. Todos señalan
el no-respeto de la ley Toubon cuyos ejemplos
más escandalosos pero no aislados
son el recurso sistemático al inglés
para las relaciones en el seno de ciertas
grandes empresas francesas, la realización
de coloquios en los que el inglés
es la única lengua de trabajo.
Sin duda en el mundo de las ciencias duras
el uso del inglés se ha impuesto
a tal grado que los investigadores están
confrontados a un dilema angustioso, expresarse
y publicar en inglés tan solo,
o renunciar a ser comprendidos y oídos
a escala internacional. No me corresponde
decidir si se trata de una derrota definitiva
del francés o si la voluntad política
podría invertir esta tendencia.
En revancha todavía es tiempo de
impedir que las ciencias humanas, las
relaciones internacionales, el mundo económico
conozcan la misma evolución.
Me sería
agradable detener aquí esta enumeración
de los ataques sufridos por nuestra lengua
desde hace algunas décadas. Pero
para terminar debo evocar una amenaza
de una naturaleza muy diferente y de una
extrema gravedad que despunta en el horizonte.
Se trata de la desaparición del
principio fundador de nuestra vida cultural
inscrito desde 1539, en la ordenanza
de Villers-Cotterêts que decretó
el francés lengua de nuestro país.
Hoy en día hay voces que se elevan
para pleitear que hace falta dar lugar
junto al francés en la enseñanza,
en la vida pública, a las lenguas
que desde el siglo XVI pertenecían
al ámbito de la vida privada. Desde
el mes de marzo pasado, un organismo oficial
se intitula « Delegación
general para la lengua francesa y las
lenguas de Francia » (4),
título que las coloca por ende
en situación de igualdad.
(5)
¿Cómo
no estar alarmado por la voluntad afirmada,
loable ciertamente, de un alto responsable
político de « asegurar en
nuestro territorio la primacía
del francés, lengua de la república
»? Primacía implica la coexistencia
del francés con otras lenguas,
cuando es el principio de unicidad,
es decir que era única, que desde
hace cinco siglos ha definido su estatuto.
El peligro hoy es tanto más grande
cuanto que la evolución probable
de Europa hacia una regionalización,
la descentralización prometida
en Francia que algunos desean ver rebasar
el marco político y administrativo
para englobar las lagunas podrían
conducir a un decaimiento de la cohesión
y de la consciencia nacionales. En esta
evolución ya entablada y probablemente
irreversible, es la lengua común,
la lengua francesa tan solo, la que encarnará
y mantendrá la unidad moral y cultural
de los franceses. Que esté condenada
a compartir este rol con las lenguas de
Francia, son por cierto legión,
y he aquí que nuestro patrimonio
cultural, nuestra identidad, volarán
en pedazos. No es un porvenir de ciencia
ficción lo que evoco en este instante,
sino proyectos precisos que se desarrollan
insidiosamente a la sombra de algunas
instituciones y capillas (6).
Por ello es que lanzo aquí un verdadero
grito de alarma. No ignoremos este peligro,
salvemos nuestra lengua mientras aún
es tiempo, pues lo que está en
causa somos todos nosotros, nuestra larga
historia, nuestra vida común, nuestra
identidad.
Lengua
francesa está en peligro, no obstante
lengua triunfante. La situación
de la lengua francesa es muy contradictoria.
En el mundo, su prestigio es inmenso y
está intacto. Está presente
en todos los continentes, y, para las
élites, sigue siendo la lengua
privilegiada de la cultura. Ciertamente,
el francés es menos hablado que
el inglés si nos limitamos al número
de quienes utilizan ambas lenguas, pero
se encuentra justo detrás del inglés.
Su posición de número dos
no podría ser cuestionada. Sin
duda algunas lenguas locutores mucho más
numerosos, el chino, el hindi, pero al
contrario del francés están
limitadas geográficamente y no
pueden, al menos en un futuro previsible,
pretender a un estatuto de lengua internacional.
El francés es enseñado fuera
de Francia, en ciento dieciocho países,
por profesores numerosos, apasionadamente
apegados en transmitir a sus alumnos una
lengua que no estorben ni los anglicismos
inútiles, ni los neologismos que
no tienen sentido, ni la lengua deformada
por la preocupación de ser políticamente
correcta. Los cursos dispensados por los
Institutos franceses en el extranjero
y por las alianzas
francesas difunden una lengua viva
pero que las reformas pedagógicas
en honor en Francia no han afectado. El
resultado de ello es que se oye en Surabaya,
en Varsovia, en Tel-Aviv y en cuantos
otros lugares, un francés puro,
gramatical, admirablemente pronunciado.
Aquí tocamos el gran malentendido
de la lengua francesa, respetada fuera
de las fronteras del país, enseñada
perfectamente a extranjeros que la cuidan
celosamente, pero tratada con la mayor
desenvoltura en nuestro país. Existe
a partir de ahora una distancia notable
entre muchas lenguas francesas. La de
los medios de comunicación, la
del mundo económico, de la publicidad,
de todos los que toman las decisiones
en suma, la que se enseña con algunas
excepciones en las escuelas, y una lengua
sostenida, que no es solo propiedad de
la sociedad más favorecida, pero
que hallamos en la campiña y en
un gran número de franceses atentos
a su patrimonio. Hay también dos
lenguas enseñadas, la que fue producida
por las reformas sucesivas y la que los
profesores estadounidenses, chinos, rusos
o árabes inculcan con amor a los
alumnos de su país.
Sin duda,
desde hace algún tiempo, una toma
de consciencia se ha hecho en Francia.
Responsables políticos han comprendido
que era importante ponerle freno a la
degradación de la lengua, en la
enseñanza en primer lugar. Pero
en este ámbito, todo está
unido. ¿Para qué serviría
restaurar la ortografía si los
niños que la aprenden leen en los
muros letreros que la desfiguran? La voluntad
política necesaria para reconquistar
la lengua francesa en su plenitud debe
traducirse en un proyecto global y no
en medidas dispersas. Debe también
acompañarse con un esfuerzo internacional
serio. ¿Quién no ha constatado
que en el extranjero es a menudo difícil
hallar diarios franceses? ¿Que
las universidades extranjeras están
mucho mejor surtidas en periódicos
y libros estadounidenses o alemanes que
franceses? Sin duda nuestros servicios
culturales envían espectáculos
a las capitales extranjeras. ¿Pero
es bien razonable acordar tanto lugar
a encantadores espectáculos de
café-teatro cuyo vocabulario es
con frecuencia el reflejo de lo políticamente
correcto y comprensible sobre todo en
Saint-Germain-des-Prés, en detrimento
de un repertorio que, de de Molière
a Víctor Hugo o Montherlant, vehicula
una lengua que fascina a los extranjeros?
El rechazo del patrimonio literario, el
esmero de someterlo a las supuestas exigencias
de la modernidad que han jugado un papel
tan nefasto en la enseñanza del
francés, se encuentran a menudo
en las elecciones impuestas a quienes
fuera de Francia quieren compartir nuestra
cultura. Aquí nuevamente un cierto
esnobismo ha perjudicado la difusión
de nuestra lengua y de nuestra literatura.
El prestigio del francés en el
mundo sigue siendo grande, pero se debilitará
si no es objeto de una atención
continua. Esto supone una acción
reflexionada, concertada, para ofrecer
a quienes quieren apropiarse nuestro patrimonio
lo mejor y no el fruto de experimentaciones
arriesgadas destinadas a satisfacer a
algunas capillas. Eso supone también
que se haga un esfuerzo real para acoger
estudiantes extranjeros en la enseñanza
superior francesa. Formar a los ejecutivos
de los países que no siempre están
atraídos por la Francofonía
es el medio más seguro para consolidar
la posición de la lengua francesa
como lengua de las élites, lo que
fue por largo tiempo pero que fue a veces
olvidado. Una política de atribución
de becas existe ciertamente, pero también
insuficiente, y a fin de cuentas no ligada
a un proyecto general de difusión
de la lengua en el mundo.
Para la
invención de semejante designio,
una voluntad política firme es
necesaria. ¿Acaso no es tiempo
de hacer de la lengua francesa la gran
causa nacional de este principio de siglo?
NOTAS:
1) A
partir de este punto se sucede una extensa
serie de barbarismos y términos
de uso corriente, pero erróneo,
en la lengua francesa. Los presentamos
en su lengua de origen seguidos, entre
corchetes, por su traducción literal
al castellano; la intención es
transcribir voluntariamente y poner de
manifiesto la forma corrupta del anglicismo.
Hacemos notar que en la gran mayoría
de los casos las observaciones referentes
a estas incorrecciones se aplican perfectamente
al mal uso que, de manera creciente, se
hace en nuestro idioma igualmente. NdT.
2) En virtud de las reglas del francés
referentes a las concordancias gramaticales,
las palabras pris [«tomado»]
y promis [«prometido»]»
debían en nuestra frase respetar
el femenino impuesto por los vocablos
de género femenino igualmente «decisiones»
y «reformas»: prises
y promises.
3) La gente people: la crema
y nata o « jet set »
del mundo de la alta esfera mundana y
del espectáculo francesa.
4) « Délégation
générale à la langue
française et aux langues de France
».
5) Este problema ha tenido una feliz resolución
en julio de 2008. Referirse al artículo
« Las
lenguas y la Francofonía en la
Constitución francesa revisada
», del Señor Embajador Albert
Salon.
6) Entiéndase « facciones
».