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Defensa de la Lengua Francesa, DFL.
 
 
PARÍS PALACIO DEL INSTITUTO DE FRANCIA
EN AYUDA DEL FRANCÉS
Discurso pronunciado durante la sesión pública anual del Instituto
El jueves 5 de diciembre de 2002
Por la Señora
Hélène Carrère d’Encausse
Secretaria perpetua de la Academia francesa
Gran oficial de la Legión de Honor
Oficial de la Orden Nacional del Mérito
Comendador de las Artes y las Letras
Comendador de la Orden de Leopoldo de Bélgica
Comendador de la Orden Nacional de la Cruz del Sur de Brasil

La Señora Hélène Carrère d’Encausse
Traducción de la Francósfera México-Francia ©
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Señoras,
Señores de la Academia,


La IXe Cima de la Francofonía, reunida este año en Beirut, acaba de terminar sus trabajos.
El éxito de esta reunión no podría ser puesto en duda. Cincuenta y cinco países miembros, nueve países candidatos reclamando un amor común de la lengua francesa; ¿tienen los defensores del francés alguna razón para quejarse? Las estadísticas nos enseñan que cerca de trescientos millones de hombres son, para emplear una palabra horrorosa, locutores franceses. Citando cifras, evocando la cohorte de los Estados miembros de la Francofonía, de sus locutores, no puedo escapar a la duda. ¿De qué hablamos aquí? ¿De las declaraciones oficiales sobre la lengua francesa? ¿O de su evolución real? Nuestra lengua es reputada por su claridad, por la precisión de su vocabulario, por la riqueza de sus verbos y de su construcción, por la fuerza de su sintaxis. Por ello es que Europa entera se la apropió hace tres siglos. Se sirvió de ella para debatir del equilibrio del continente, y el francés se convirtió en la lengua de la diplomacia; para difundir las ideas, ¿y qué obras no fueron escritas o traducidas al francés?; para conversar finalmente, y el arte de la conversación no podía entonces de Berlín, a Ámsterdam o Petersburgo, existir de otra forma que en francés. En 1762, los académicos, haciendo homenaje de la cuarta edición del Diccionario a su protector, el rey Luis XV, comenzaban así su epístola: «El Diccionario de la Academia francesa en el que no se había tenido primero por objeto más que ser útil a la Nación, se ha convertido en un libro para Europa. La Política y el Comercio han vuelto nuestra lengua casi tan necesaria a los extranjeros como su lengua natural». ¿No tenemos aquí una anticipación del discurso de Rivarol sobre la universalidad de la lengua francesa? ¿Pero es de esta lengua de la que se reclaman hoy los locutores tan minuciosamente censados? Permítanme responder a la pregunta citando a un novelista de Costa de Marfil, Ahmadou Kourouma. Nos encontramos el invierno pasado en Bruselas en ocasión de un coloquio consagrado, justamente, a la francofonía. Como evocaba los éxitos del mundo francófono, mi interlocutor estalló: «Ustedes los franceses, dijo, pasan su tiempo acusando a los ingleses de reducir el lugar de su lengua en el mundo y contabilizando los países que adhieren a una organización más preocupada, a fin de cuentas, por la
política que por la lengua. Pero déjeme preguntarle, ¿qué han hecho del francés? ¿Qué nos proponen, a nosotros quienes, en África, velamos celosamente por el francés, sino una lengua desfigurada, abastardada, que ustedes ya no saben ni hablar ni escribir correctamente?»

Este comentario tan violento, permítanme someterlo ante ustedes para su examen (1).

¿Es verdaderamente la invasión del francés por palabras o giros ingleses lo que la ha desfigurado? Sin duda nos falta vigilancia cuando constatamos que anglicismos echan fuera palabras francesas perfectamente constituidas. ¿Quién sabe aún entre los que en los medios de comunicación debaten al infinito sobre las oportunidades de todas suertes, que desde el siglo XII, la vieja palabra occasionocasión»] ha servido para rendir cuentas de la misma realidad? ¿Se imagina uno a Corneille escribiendo «¡Y bien! ¿La oportunidad? Hace las veces de mentiroso así como de ladrón»? Sus contemporáneos no habrían comprendido nada. Así pasa con el verbo initieriniciar»] constantemente utilizado, y ya nadie sabe que se inicia a los alumnos al griego, pero que uno no sabría iniciar una reforma. ¿Qué decir de los salones en los que se presenta ropa o coches y que son llamados show-rooms? ¿Florilegios de éxitos musicales bautizados best-of ? Podría multiplicar al infinito semejantes ejemplos, que son lamentables ciertamente, pero ahí no está lo más grave. Lo que hay que deplorar ante todo, es que por el efecto de esta substitución de palabras inglesas a las palabras francesas, éstas últimas acaban por salir de uso.

Pero la anglomanía en el ámbito del lenguaje está lejos de ser la única amenaza que pesa sobre nuestra lengua, afectada también por la voluntad de dar un nombre, o mejor dicho de transformar en concepto para retomar una palabra cortada de su sentido verdadero, una acción o una idea que el buen francés siempre ha expresado por una frase. ¿Quién trata desde ahora de resolver un problema, cuando el horrible verbo solutionnersolucionar»], surgido en un principio del lenguaje administrativo, evita recurrir a una frase y sobre todo evita conjugar el verbo résoudreresolver»] que al ser irregular es en efecto más difícil de manejar? Y a partir de ahí, tenemos el solutionnementsolucionamiento»]. En la misma vena finaliserfinalizar»] da finalisationfinalización»], y formaterformatear»] tomado del lenguaje informático se ha desarrollado en formatageformateo»]. ¿Saben que universitarios hablan tranquilamente del formatageformateo»] de sus programas? Siempre proveniente de la lengua de los ordenadores, implémenterimplementar»] nos brinda la implémentationimplementación»], cara al mundo de la comunicación. El horrendo positiverpositivar»] de los publicistas está, lo vemos, lejos de ser una invención aislada en la categoría de las ignominias del marco del lenguaje. Ese nominalismo que gana terreno cada día tiene dos explicaciones: la confusión entre la idea o el acto con la palabra, bautizado concepto, y la negativa de construir una frasis cuyos componentes se pierden cada día más. Los medios de comunicación que contribuyen sin duda alguna a la formación de la lengua hablada tienen tendencia a ya no reconocer la frase más que en su forma más escueta, desembargada de las palabras y de los giros de la interrogación o de la negación. «¿Vous faites quoi demain?» [«¿Qué hace mañana?»].

¿Y qué decir del desastre de las concordancias? Si el imperfecto del subjuntivo se ha vuelto curiosidad pura, a la concordancia de los participios no le va mejor, aún cuando el lenguaje hablado disimula a veces los abismos de ignorancia del locutor. ¿Pero cuántos ministros defienden sin chistar «las decisiones que han pristomado»] y las reformas que han promisprometido»]»? (2). Hacer concordar un verbo y su sujeto constituye también un rompe cabezas. Hace poco, un comentarista lamentaba en la radio la suerte, cito, «de una pareja qui ont été menacés» [«que fueron amenazados»].

Volveré en un momento a las razones de esta catástrofe gramatical que desfigura la lengua francesa y la reduce al estado de esqueleto donde solo subsisten palabras yuxtapuestas. Pero antes, quisiera detenerme en otro fenómeno, el que atañe a la voluntad de doblegar la lengua a una visión amable, pacificada, sin asperezas del destino del hombre y de la vida en sociedad. Lo que es considerado no igualitario o afligente es llamado desde ahora con nombres administrativos sin relación alguna con lo real. Así pasa con diversos oficios juzgados poco gratificantes. ¿Pero un barrendero maneja menos bien la escoba desde que es llamado technicien de surfacetécnico de superficie»]? Al multiplicar las palabras desprendidas de la realidad que están supuestas nombrar, es una sociedad sin diferencias de estatutos ni de ocupación lo que se pretende instalar en las consciencias. Se le llama a esto lo políticamente correcto, pero ideológicamente correcto sería más exacto. La ideología es causa también de una invención desastrosa en el campo del lenguaje, la feminización de los títulos y las funciones. Desde hace poco, hemos asistido a la proliferación de las procureureprocuradora»], professeureprofesora»], défenseuredefensora»], recteurerectora»], auteureautora»] que destrona aparentemente a écrivaineescritora»], officière de la Légion d’honneuroficiala de la Legión de Honor»] por no citarlas más que a ellas. Se ha justificado esta deformación deliberada de las palabras por la voluntad de hacer del vocabulario así martirizado el instrumento del cambio de las mentalidades. La paridad entre hombres y mujeres se impondría a las mentes, luego entonces devendría realidad porque los títulos y las funciones habrían sido feminizados. ¡Qué desconocimiento de la relación lengua y mentalidad! Toda lengua tiene una vida propia, evoluciona espontáneamente y refleja sin duda alguna, a su ritmo, los cambios de las mentalidades. Pero no se puede manipular una lengua, imponerle autoridad, desde arriba, transformaciones en beneficio de un proyecto político.

No más que el voluntarismo lingüístico, que no crea la paridad entre hombres y mujeres, y que no puede crear la virtud. La sociedad ya no sabe hoy de gamberros ni de delincuentes sino solamente de jeunesjóvenes»] o de sauvageonsinsociables»]. Y poco importa que los adolescentes en su gran mayoría no incendien coches, no brutalicen a sus profesores, la palabra jeune abusivamente empleada, confunde a pillos y adolescentes estudiosos en beneficio de los primeros. En cuanto a sauvageon, ¿qué decir de este calificativo afectuoso que designa a las hordas incontroladas que siembran el terror a su alrededor? Asimismo se espera de la sociedad que ignore la violencia desde el momento en que los actos violentos son bautizados incivilitésincivilidades»]. Pero esta palabra, si nos referimos a Littré significa «falta de civilidad», es decir de consideraciones para con el prójimo, de educación, de cortesía. ¿Agredir a su prójimo físicamente, incendiar una comisaría de policía, es acaso la concepción moderna de la falta de cortesía? El debilitamiento del vocabulario alimentado por el esmero ideológico – oponer la bondad natural del hombre a la sociedad injusta que le ha pervertido – traduce en realidad un decaimiento del espíritu crítico y del sentido moral. Es así como una de las palabras menos utilizadas de la lengua francesa desde hace décadas para describir comportamientos delictuosos es la de mal, es de pensarse que el mal ya no existe, que solo subsiste, no el bien, sino la armonía perfecta. Esta visión de una sociedad apacible, sin conflictos es reforzada por la voluntad de negar la desdicha. Comenzando por la muerte, que desaparece del vocabulario en provecho de départpartida»] y sobre todo desde hace poco del travail de deuiltrabajo de luto»]. Los sufrimientos que la vida inflige a los hombres y de manera ciertamente muy equitativas son también por su parte reducidas poco a poco por un vocabulario anestésico. ¿Quién puede decirse ciego cuando la nueva lengua le ofrece ser tan solo malvoyantinvidente»]? La lengua francesa ya no conoce enanos ni obesos; los primeros tienen una verticalité contrariéeverticalidad contrariada»], los segundos una surcharge pondéralesobrecarga ponderal»]. En cuanto a los pobres o a los vagabundos, se han vuelto sans domicile fixesin domicilio fijo»]. Ciertamente, el mundo está mal hecho, nadie lo ignora, pero al nombrar obstinadamente las realidades desagradables o tristes con palabras que las atenúan o las disimulan, ¿se espera verdaderamente que los más desfavorecidos confundan la palabra y su suerte y adhieran a esta sociedad del consensusconsenso»] que se les propone? La palabra consenso, relativamente reciente – apareció en el siglo XX – resume en definitiva toda la ideología que comanda la evolución de la lengua francesa desde hace algunas décadas. Nada ha cambiado de la vida de los hombres, de sus comportamientos y de sus relaciones en el seno de la sociedad. Ni el sufrimiento ni la muerte pueden ser evitados. Siempre fue el honor de los hombres ver la muerte de frente; pero el conformismo moral de fines del siglo XX condujo al rechazo de este comportamiento estoico. Al nombrar los momentos y las realidades más trágicas del destino humano con palabras que ya no traducen su sentido real, se creyó suprimirlas. ¡Qué ilusión!

La lengua es por definición el medio del que disponen los hombres para comunicar, reconocer el mundo en el que viven, designar en él las cosas y las ideas. ¿Puesto que ya no cumple con esta función, debemos sorprendernos de que quienes la utilizan, los famosos locutores, la acondicionan a su gusto, la trufan de palabras, de neologismos, incluso de simples interjecciones de su cosecha o tomados de otras lenguas, y muy naturalmente del inglés? ¿Debemos sorprendernos de que adolescentes poco agraciados por la existencia, incapaces de expresar su pensamiento por medio de las palabras apropiadas, las cuales ignoran o han desaparecido del vocabulario, recurran para darse a comprender a la violencia? ¿Acaso no son los golpes, ante la ausencia de la palabra justa, muy útiles para traducir sentimientos de odio o de frustración?

La relación entre las palabras y las cosas no es, por lo demás, una cuestión inédita. Ya Platón se interrogaba: ¿es el lenguaje mera convención o corresponde a la naturaleza de las cosas? Durante siglos, la tradición lingüística en Occidente siguió la tradición greco-latina y el arte del bien decir antepuso normas universales de la palabra. Pero, olvidadizos de la tradición, hemos separado la palabra y el sentido.

A veces, observando la suerte que se le impone a la lengua francesa en Francia, uno no puede evitar evocar a Orwell. Uno de sus héroes, compilando la undécima edición del diccionario de la novlengua declara: «Usted cree que nuestro trabajo principal es inventar nuevas palabras. En lo absoluto, destruimos cada día palabras, veintenas de palabras, centenas de palabras. Tallamos la lengua hasta el hueso… Naturalmente es en los verbos y en los adjetivos donde hay más desechos, pero hay también centenares de nombres de los que podemos deshacernos». Y justifica enseguida dichas amputaciones: «¿No ve usted que el verdadero objetivo de la novlengua es restringir los límites del pensamiento?… Cada año habrá cada vez menos palabras y el campo de la consciencia será cada vez más reducido.»

Sin duda no estamos en 1984 y los maltratos infligidos a nuestra lengua no son el fruto de un complot o la puesta en obra de un proyecto perverso de alienación del pensamiento. Pero nos es forzoso constatar similitudes entre la evolución de la novlengua de Orwell y la del francés en nuestro país. El abandono de trozos enteros del vocabulario, las palabras desprendidas de su sentido, le son comunes. El novelista africano tiene razón al afirmar que la lengua francesa tal como evoluciona en Francia, y la que sus compatriotas se esfuerzan en preservar, corren el riesgo de alejarse siempre más una de la otra. ¿Cómo explicar este fenómeno? Los medios de comunicación, la publicidad cargan al respecto con una responsabilidad aplastante. Pero también, y ante todo tal vez, hay que tomar en cuenta las flaquezas que conoce desde hace unos treinta años la enseñanza del francés. Antes de examinarlas, déjenme decir claramente que no incrimino a los profesores encargados de enseñarla. Francia puede estar orgullosa de un cuerpo docente de muy alto nivel, competente, devoto, pero desesperado, pues es víctima de las aberraciones de teóricos de la educación, que pudieron, sin hallar la menor oposición de los políticos, poner en obra principios destructores. Su ideología, puesto que en efecto es nuevamente de ideología de lo que se trata, está fundada en tres principios: la igualdad que presume que todos los individuos están igualmente dotados para todo, y que la enseñanza debe adaptarse de la misma manera a todos. Ya no tiene pues como función el jalar a los alumnos hacia arriba – eso conduciría a una abominación: el elitismo –, sino debe al contrario velar por que todos se fundan en una masa indiferenciada. El segundo principio es que la enseñanza no tiene como finalidad la transmisión del saber, sino que debe alentar la invención espontánea, el descubrimiento por los alumnos de lo que podría eventualmente serles enseñado. En nombre de esta reverencia por el genio natural de los alumnos, por su espontaneidad, el sistema educativo ya no quiere conocer ni maestro ni alumno. Los ha remplazado por un apprenantaprendiente»], autor de sus propios descubrimientos que va espontáneamente a inventar y a apropiarse el saber. Frente a él, el elemento cuán secundario de esta concepción didáctica, el que antaño transmitía el saber, el profesor, ya no es más que un mediador, un testigo del progreso intelectual, llamado por cierto parcours de l’apprenant recorrido del aprendiente»]. Esta concepción se ha desarrollado en nombre de la modernidad, de la oposición entre un pasado que se supone abominable que honra al que sabía, el maestro, y un nuevo mundo en el que el aprendiente se ha convertido en alumno-rey, liberado de un padre castrante. ¿La transmisión del saber no era en efecto para el maestro de ayer el instrumento de un poder dominador? En esta visión loca de la educación, inventada por tristes charlatanes, el ex-profesor, no es el único en haber perdido su estatuto, el saber sufre la misma suerte. Es éste el tercer principio, la relatividad de todo saber. La herencia cultural que la educación tenía como fin de transmitir no tiene valor más que si es juzgado útil; si su contenido social es aceptable, entonces sirve al igualitarismo; finalmente si es conforme al «sentido de la historia».

La primera víctima de estas ideas majaderas es naturalmente la lengua francesa. Ha sido privada del apoyo de las lenguas antiguas, inútiles, ni que decir se tiene, que son sin embargo indispensables para comprender sus orígenes, su evolución, y que esclarecen una gran parte de nuestro patrimonio literario. Padece también de haberse visto aplicar otro postulado: su riqueza, afirman los renovadores de la pedagogía, es función ante todo de su apertura, de su permeabilidad a las lenguas extranjeras y a todas las manifestaciones en el ámbito del lenguaje, cualquiera que sea el nivel en que se sitúen. ¿En función de esto, no debe el francés ser aprendido ante todo en sus variantes contemporáneas – la prensa y todos los medios de comunicación, en la calle, en los suburbios, en vez de con los grandes autores? El buen uso, es ahora el uso tan solo, y de preferencia un uso que no esté sometido a normas patrimoniales. Supuestamente un prospecto publicitario, una emisión de Skyrock reflejan al francés de hoy infinitamente mejor y de manera más útil que una página de Racine, de Voltaire o de Chateaubriand. Los autores de nuestro patrimonio literario tienen a ojos de los fabricantes de programas muchas taras. Su lengua estaría demasiado alejada de la que la juventud está acostumbrada a oír. El contenido de sus obras no corresponde a los ideales de nuestro tiempo. ¿Es Molière un chantre del multiculturalismo? ¿De la lucha contra el sida? ¿O del combate en pro de los indocumentados? Ciertamente no. ¿Entonces porqué atiborrarse con ellos? ¿Porqué no preferirles una página de periódico consagrada a estos temas? ¿Al menos, porqué no acordar un valor igual a ambos, a Molière y al diario? De ello hay que concluir que la literatura no debe tener posición privilegiada en la enseñanza de las Letras, así como que, y cito, «la enseñanza de la lengua no debe ser una condición previa a la de las obras.» ¿Entonces cómo se debe estudiar el francés? Ciertamente no aprendiendo a leer ni dominando la ortografía. Las estadísticas son aterradoras, lo sabemos: cerca de 30 % de los niños que salen de la escuela primaria no saben leer corrientemente, y no siempre comprenden el sentido de lo que leen, las faltas de ortografía ya casi no son penalizados. Pero sobre todo se ha sugerido simplificar el patrimonio literario para hacerlo accesible a los alumnos. Así han surgido propuestas asombrosas: hacer volver a escribir a los alumnos pasajes de Proust eliminando las proposiciones subordinadas. O incluso redactar una página de La Princesa de Clèves en el estilo del periodismo people (3). Se supone que la aplicación del lenguaje periodístico, cuando no es lenguaje publicitario, a las obras periodísticas literarias reduciría la distancia entre el alumno y un patrimonio juzgado muerto y sin utilidad. ¿Puede la lectura de Proust servir a conseguir un empleo en la informática o en el comercio internacional? Tal es la cuestión cara a los reformadores. En última instancia, lo que está en obra desde hace más de tres décadas en la enseñanza de la lengua y de la literatura francesa, es la voluntad de ignorar un patrimonio en cuya transmisión la escuela siempre había sobresalido. Una vez más, repitámoslo, esta aberración no es el fruto de algún obscuro complot. Resulta simplemente de la idea muy en boga a fines de los años 60 en las élites de que la herencia del pasado, el patrimonio cultural, eran elementos de opresión social. ¿No se dijo que el modelo de la escuela era la prisión? ¿Para liberar al adolescente, no convenía rechazar el saber transmitido en esas escuelas, y en primer lugar la lengua puesto que era el instrumento de la opresión? Por primera vez en la historia de un país de alta civilización, la utopía de la revolución cultural que pretende hacer tabla rasa del legado del pasado – la lengua y las obras literarias ante todo que confieren a una sociedad su identidad y su cohesión – triunfó. Esta utopía falló, ciertamente, pero las élites, las que tienen las palancas del poder político, económico o incluso de la comunicación, no supieron, por esnobismo tal vez, por la preocupación de estar en el movimiento, de parecer «jóvenes», darle la espalda. Son ellas las que mantuvieron el espíritu «anti-patrimonial», que degradó al francés en la escuela, en los medios de comunicación, en la vida pública y económica.

Esta política de abandono cultural, de desprecio por la lengua se opone no obstante y de manera impresionante al apego de la sociedad, de lo que es convenido llamar hoy la Francia de abajo, por su lengua, por el patrimonio que nuestros Trissotines se han obstinado en pisotear. Si la lengua francesa continúa viviendo, seduciendo al mundo, es a esa Francia profunda que se lo debe, y al patrimonio literario al cual los franceses permanecen tan apegados.

¿Podemos ignorar que cientos de miles de nuestros compatriotas, de todas edades, de todos niveles de educación, consagran su tiempo libre a estudiar con pasión gramáticas y diccionarios para participar en el dictado anual de Bernard Pivot? ¡Qué amor de la lengua traduce este esfuerzo de cada instante para dominar sus dificultades, sortear sus trampas y dar prueba de que es posible para quien lo desea escribir un francés perfecto! Esos franceses dicen su indignación en las cartas que dirigen a la Academia, a la prensa, incluso a los políticos, sordos en su mayoría a esas dolencias. Se puede fácilmente establecer el catálogo de las cuestiones planteadas en esos correos que son igual número de llamados a socorrer la lengua francesa. Todos denuncian las faltas gramaticales y de vocabulario, las pronunciaciones erróneas, el empleo abusivo de palabras inglesas. Todos señalan el no-respeto de la ley Toubon cuyos ejemplos más escandalosos pero no aislados son el recurso sistemático al inglés para las relaciones en el seno de ciertas grandes empresas francesas, la realización de coloquios en los que el inglés es la única lengua de trabajo. Sin duda en el mundo de las ciencias duras el uso del inglés se ha impuesto a tal grado que los investigadores están confrontados a un dilema angustioso, expresarse y publicar en inglés tan solo, o renunciar a ser comprendidos y oídos a escala internacional. No me corresponde decidir si se trata de una derrota definitiva del francés o si la voluntad política podría invertir esta tendencia. En revancha todavía es tiempo de impedir que las ciencias humanas, las relaciones internacionales, el mundo económico conozcan la misma evolución.

Me sería agradable detener aquí esta enumeración de los ataques sufridos por nuestra lengua desde hace algunas décadas. Pero para terminar debo evocar una amenaza de una naturaleza muy diferente y de una extrema gravedad que despunta en el horizonte. Se trata de la desaparición del principio fundador de nuestra vida cultural inscrito desde 1539, en la ordenanza de Villers-Cotterêts que decretó el francés lengua de nuestro país. Hoy en día hay voces que se elevan para pleitear que hace falta dar lugar junto al francés en la enseñanza, en la vida pública, a las lenguas que desde el siglo XVI pertenecían al ámbito de la vida privada. Desde el mes de marzo pasado, un organismo oficial se intitula «Delegación general para la lengua francesa y las lenguas de Francia» (4), título que las coloca por ende en situación de igualdad. (5)

¿Cómo no estar alarmado por la voluntad afirmada, loable ciertamente, de un alto responsable político de «asegurar en nuestro territorio la primacía del francés, lengua de la república»? Primacía implica la coexistencia del francés con otras lenguas, cuando es el principio de unicidad, es decir que era única, que desde hace cinco siglos ha definido su estatuto. El peligro hoy es tanto más grande cuanto que la evolución probable de Europa hacia una regionalización, la descentralización prometida en Francia que algunos desean ver rebasar el marco político y administrativo para englobar las lagunas podrían conducir a un decaimiento de la cohesión y de la consciencia nacionales. En esta evolución ya entablada y probablemente irreversible, es la lengua común, la lengua francesa tan solo, la que encarnará y mantendrá la unidad moral y cultural de los franceses. Que esté condenada a compartir este rol con las lenguas de Francia, son por cierto legión, y he aquí que nuestro patrimonio cultural, nuestra identidad, volarán en pedazos. No es un porvenir de ciencia ficción lo que evoco en este instante, sino proyectos precisos que se desarrollan insidiosamente a la sombra de algunas instituciones y capillas (6). Por ello es que lanzo aquí un verdadero grito de alarma. No ignoremos este peligro, salvemos nuestra lengua mientras aún es tiempo, pues lo que está en causa somos todos nosotros, nuestra larga historia, nuestra vida común, nuestra identidad.

Lengua francesa está en peligro, no obstante lengua triunfante. La situación de la lengua francesa es muy contradictoria. En el mundo, su prestigio es inmenso y está intacto. Está presente en todos los continentes, y, para las élites, sigue siendo la lengua privilegiada de la cultura. Ciertamente, el francés es menos hablado que el inglés si nos limitamos al número de quienes utilizan ambas lenguas, pero se encuentra justo detrás del inglés. Su posición de número dos no podría ser cuestionada. Sin duda algunas lenguas locutores mucho más numerosos, el chino, el hindi, pero al contrario del francés están limitadas geográficamente y no pueden, al menos en un futuro previsible, pretender a un estatuto de lengua internacional. El francés es enseñado fuera de Francia, en ciento dieciocho países, por profesores numerosos, apasionadamente apegados en transmitir a sus alumnos una lengua que no estorben ni los anglicismos inútiles, ni los neologismos que no tienen sentido, ni la lengua deformada por la preocupación de ser políticamente correcta. Los cursos dispensados por los Institutos franceses en el extranjero y por las alianzas francesas difunden una lengua viva pero que las reformas pedagógicas en honor en Francia no han afectado. El resultado de ello es que se oye en Surabaya, en Varsovia, en Tel-Aviv y en cuantos otros lugares, un francés puro, gramatical, admirablemente pronunciado. Aquí tocamos el gran malentendido de la lengua francesa, respetada fuera de las fronteras del país, enseñada perfectamente a extranjeros que la cuidan celosamente, pero tratada con la mayor desenvoltura en nuestro país. Existe a partir de ahora una distancia notable entre muchas lenguas francesas. La de los medios de comunicación, la del mundo económico, de la publicidad, de todos los que toman las decisiones en suma, la que se enseña con algunas excepciones en las escuelas, y una lengua sostenida, que no es solo propiedad de la sociedad más favorecida, pero que hallamos en la campiña y en un gran número de franceses atentos a su patrimonio. Hay también dos lenguas enseñadas, la que fue producida por las reformas sucesivas y la que los profesores estadounidenses, chinos, rusos o árabes inculcan con amor a los alumnos de su país.

Sin duda, desde hace algún tiempo, una toma de consciencia se ha hecho en Francia. Responsables políticos han comprendido que era importante ponerle freno a la degradación de la lengua, en la enseñanza en primer lugar. Pero en este ámbito, todo está unido. ¿Para qué serviría restaurar la ortografía si los niños que la aprenden leen en los muros letreros que la desfiguran? La voluntad política necesaria para reconquistar la lengua francesa en su plenitud debe traducirse en un proyecto global y no en medidas dispersas. Debe también acompañarse con un esfuerzo internacional serio. ¿Quién no ha constatado que en el extranjero es a menudo difícil hallar diarios franceses? ¿Que las universidades extranjeras están mucho mejor surtidas en periódicos y libros estadounidenses o alemanes que franceses? Sin duda nuestros servicios culturales envían espectáculos a las capitales extranjeras. ¿Pero es bien razonable acordar tanto lugar a encantadores espectáculos de café-teatro cuyo vocabulario es con frecuencia el reflejo de lo políticamente correcto y comprensible sobre todo en Saint-Germain-des-Prés, en detrimento de un repertorio que, de de Molière a Víctor Hugo o Montherlant, vehicula una lengua que fascina a los extranjeros? El rechazo del patrimonio literario, el esmero de someterlo a las supuestas exigencias de la modernidad que han jugado un papel tan nefasto en la enseñanza del francés, se encuentran a menudo en las elecciones impuestas a quienes fuera de Francia quieren compartir nuestra cultura. Aquí nuevamente un cierto esnobismo ha perjudicado la difusión de nuestra lengua y de nuestra literatura. El prestigio del francés en el mundo sigue siendo grande, pero se debilitará si no es objeto de una atención continua. Esto supone una acción reflexionada, concertada, para ofrecer a quienes quieren apropiarse nuestro patrimonio lo mejor y no el fruto de experimentaciones arriesgadas destinadas a satisfacer a algunas capillas. Eso supone también que se haga un esfuerzo real para acoger estudiantes extranjeros en la enseñanza superior francesa. Formar a los ejecutivos de los países que no siempre están atraídos por la Francofonía es el medio más seguro para consolidar la posición de la lengua francesa como lengua de las élites, lo que fue por largo tiempo pero que fue a veces olvidado. Una política de atribución de becas existe ciertamente, pero también insuficiente, y a fin de cuentas no ligada a un proyecto general de difusión de la lengua en el mundo.

Para la invención de semejante designio, una voluntad política firme es necesaria. ¿Acaso no es tiempo de hacer de la lengua francesa la gran causa nacional de este principio de siglo?

NOTAS:

1) A partir de este punto se sucede una extensa serie de barbarismos y términos de uso corriente, pero erróneo, en la lengua francesa. Los presentamos en su lengua de origen seguidos, entre corchetes, por su traducción literal al castellano; la intención es transcribir voluntariamente y poner de manifiesto la forma corrupta del anglicismo. Hacemos notar que en la gran mayoría de los casos las observaciones referentes a estas incorrecciones se aplican perfectamente al mal uso que, de manera creciente, se hace en nuestro idioma igualmente. NdT.
2) En virtud de las reglas del francés referentes a las concordancias gramaticales, las palabras pristomado»] y promisprometido»]» debían en nuestra frase respetar el femenino impuesto por los vocablos de género femenino igualmente «decisiones» y «reformas»: prises y promises.
3) La gente people: la crema y nata o «jet set» del mundo de la alta esfera mundana y del espectáculo francesa.
4) «Délégation générale à la langue française et aux langues de France».
5) Este problema ha tenido una feliz resolución en julio de 2008. Referirse al artículo «Las lenguas y la Francofonía en la Constitución francesa revisada», del Señor Embajador Albert Salon.
6) Entiéndase «facciones».

 
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