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Defensa de la Lengua Francesa, DFL.
 
 
PAUL CAMUS
UNA PASIÓN FRANCESA
Por los Señores
Jean y Michel Camus
Traducción de la Francósfera México-Francia ©
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La generación de Paul Camus ha desaparecido. Quienes le conocieron en Défense de la Langue française se hacen raros. ¿Quién puede hoy hablar de ese hombre de convicciones, tan determinado como discreto y cortés? Sus dos hijos seguramente.
Esos hijos que le hacían contar sus dos guerras y sus recuerdos políticos, que le escuchaban recitar versos clásicos, que le oían cantar canciones montmartrenses, que compartían su respeto por la monarquía francesa, que le sorprendían en sus preparativos cuando iba a tirar al arco deplorando que DLF acaparase tanto su vida y ya no le permitiera cultivar otros talentos, como el del dibujo y de la caricatura en los que destacaba.

El Sr. Paul Camus
Fundador de DLF
Caballero de la Legión de Honor, caballero de las Palmas Académicas, recipiendario de la Cruz de Guerra y de la Medalla Militar.

No se puede evocar, en este año aniversario de los cincuenta años de Défense de la Langue française, la memoria de su fundador, Paul Camus, sin volver a trazar la vida de ese hombre de deber y de combate. La defensa de la lengua francesa habrá sido la última ilustración, y la más lograda, de su amor apasionado del nombre francés.

Nacido en 1897, de padre oficial, Paul Camus estaba naturalmente destinado a la carrera de las armas, así como su hermano Louis, futuro médico militar. En aquella época, el medio militar y social en el que vivía no tenía ojos más que para «la línea azul de los Vosgos» y tenía esperanza en una revancha de Francia contra su vencedor de 1870.

Su escolaridad efectuada en el liceo Buffon y enseguida en el liceo Saint-Louis, en una época en que la enseñanza de las Humanidades no tenía mucha relación con aquello en lo que se ha convertido desde hace una treintena de años, dejó en él una huella para la vida entera. Los grandes clásicos, Corneille, Molière, Racine sobre todo, a causa de la música de sus versos (se sabía Andrómaca de memoria), los poetas del Siglo XIX, Musset, al que quería y sobre todo Victor Hugo que conciliaba sin duda en su imaginación el lirismo y la epopeya napoleónica, cara al mundo militar en el que se desenvolvía; de él sabía más de mil versos.
En su espíritu en formación, Francia, «la diosa Francia» se encarnaba progresivamente a través de su historia (la de la escuela de Michelet) y a través de su literatura, en una síntesis perfecta.

La guerra, la de 14-18, imprimiría en el futuro militar de destino todo trazado, otra dirección.
Adelantándose al llamado en 1915, en detrimento de sus estudios (entonces estaba en clase de matemáticas superiores), hizo la guerra como suboficial de artillería y volvió de ella, a los 21 años, aureolado a causa de una herida, con la Cruz de Guerra con múltiples citas y con la medalla militar (1). Sin duda menos tentado por la vida militar cuya rutina y tedio aprehendía tras esos años de acción, retomó sus estudios que le condujeron a la Escuela Central de París, para llevar a cabo una carrera de ingeniero que nunca había considerado anteriormente.

Corta carrera en verdad. Al confort programado de una bella progresión en el seno de la compañía del Gas de París (futuro Gaz de France), el joven Paul Camus, todo devoto a su pasión devorante de Francia, dio rápidamente preferencia a la política. No es éste el lugar para describir este compromiso, intelectual y a veces físico, al cual permanecerá fiel toda su vida. Sus conocimientos de ingeniero le permitían por otro lado escribir en la prensa especializada y es por este medio como se hizo periodista.

Hay que anotar, de paso, que si el interés que tenía por el oficio de ingeniero era limitado, el que tenía las cuestiones científicas nunca se desmintió. Tras su retiro, en los años sesenta, dará a la revista de los ex alumnos de la escuela Central, «Arts et manufactures» cuya redacción en jefe aseguró más de diez años, artículos sobre la preservación de la biodiversidad y la polución atmosférica, donde hace las veces de pionero, por lo mucho que estos temas, hoy trillados, eran desconocidos. Esta clarividencia ya le había hecho escribir, antes de la guerra, que había que tomar consciencia de que las riquezas naturales no eran inagotables y que todo lo que entonces parecía gratuito, podía algún día ser contado.
Este interés por las ciencias contará en su compromiso por la lengua francesa: Paul Camus quería evitar un corte perjudicial entre científicos y literarios y su experiencia de periodista científico le había convencido de la necesidad para los científicos de saber comunicar en un lenguaje comprensible por todos. Había percibido un envite de civilización, hoy patente: la dominación de la técnica sobre sus utilizadores ignorantes; ¡basta con leer las instrucciones de un ordenador!

A fines de los años 20, su talento de escritura y su gusto por la política le permitieron entrar al Figaro, como periodista acreditado ante la cámara de diputados y del gobierno; un puesto a la vista del que todo arribista habría sacado provecho.
La guerra, de nuevo, iba a preservarle de toda tentación en ese sentido, de suponer que las hubiese tenido.
En vez de recurrir a sus numerosas relaciones políticas para obtener una afectación en el lugar mismo, como muchos a su alrededor, Paul Camus las utilizó para obtener una afectación en el frente, como comandante de batería. Simplemente no soportaba la idea de que otros fueran a hacerse matar por la Patria mientras él estaría confortablemente al abrigo. El tiempo de una guerra boba y de una guerra relámpago en las que halló la manera de ganarse una Cruz de Guerra, una cita y de replegar su unidad en buen orden sin ser hecho prisionero. Transferido a Marruecos después del armisticio, esperaba una ocasión de servir de nuevo cuando las circunstancias no se lo acordaron. Desmovilizado, de regreso a la metrópolis, en zona libre, descubrió que su puesto en el Figaro había sido tomado por un cofrade menos belicoso que él y, en espera de días mejores, tuvo que esforzarse en sobrevivir y de hacer vivir a su familia.

Fue en la Radio Difusión francesa (futura RTF), donde ejerció hasta su retiro, de 1945 a 1963, como redactor y redactor en jefe de las emisiones hacia la Francia de ultramar que Paul Camus terminaría su carrera de periodista. Fue ahí también donde maduró en él la nueva forma de acción que el amor de Francia le inspiró, la del combate por su lengua, síntesis de todos sus combates.

La lengua francesa resume toda a Francia. Reúne en la riqueza infinita de sus ilustraciones literarias la inteligencia y la gloria de la nación francesa. Es el lazo por el cual los franceses de hoy pueden comulgar con los de ayer, el lazo por el cual la República puede hacerle justicia a la Realeza, el lazo por medio del cual Francia puede proseguir su reino moral sobre innumerables países, francófonos o no. Ahora, constataba en torno a él una degradación del buen uso de la lengua, la invasión de anglicismos, un reblandecimiento sintáctico, el desarrollo de la jerga tecnocrática.
El riesgo, de barbarismos a solecismos, de faltas de sintaxis a faltas de sintaxis, es el de volver sosa la lengua y de hacerle perder sus cualidades esenciales, la precisión y la claridad. El riesgo es el mismo que el que temía por la comunicación científica, el del galimatías, de la algarabía. Y la algarabía es la lengua de todos los manipuladores, es la lengua de los charlatanes que les permite vender su mercancía dudosa. El buen uso es al contrario la transparencia, la palabra justa para la cosa verdadera, es la honestidad. Cuando hablaba del buen uso y de la propiedad de los términos, Paul Camus empleaba a menudo la palabra probidad. La lengua francesa era para él, bien hablada o bien escrita, la lengua de la honestidad intelectual. La saludaba en autores como Taine, o Fustel de Coulanges, por ejemplo. Esa lengua sonaba para él como plata pura, de concepto no adulterado.
Había que actuar.
En el combate por la lengua, todos podían participar, cualesquiera que fuesen su origen, sus opiniones, con tal de que amasen la lengua francesa. Tal era la idea fundadora. Es el medio periodístico de la época lo que le dio la ocasión de pasar a los actos.

Al haber conocido antes de la guerra el mundo de los periodistas de la antigua generación, generalmente muy cultos y letrados, constataba lo mucho que dicho medio había cambiado. Más abierto que en el pasado a hombres de todos horizontes, que el braceaje de la guerra había traído, tendía también a deshacerse de los usos antiguos y sobre todo del «buen uso» de la lengua francesa.

La primera idea que le vino a Paul Camus era obrar por una suerte de código deontológico del periodismo, que hubiera comportado ciertas obligaciones en el ámbito de la expresión. Esta idea de código deontológico, que recordaba la orden de los médicos u otros organismos del mismo tipo no estaba muy en boga en aquella época. Así, Paul Camus centró sus ambiciones en la lengua francesa únicamente creando entre sus cofrades una asociación destinada a defender su buen uso y a promoverlo entre los periodistas, en especial los del audiovisual cuya importancia e influencia era creciente. Fue así como nació el Cercle de Presse RichelieuCírculo de Prensa Richelieu») en 1952 con la ayuda de algunos colegas y académicos.
El nombre de Richelieu no es fortuito. Es a Richelieu a quien le debemos la emergencia de una prensa escrita moderna, por el apoyo que aportó a Théophraste Renaudot, inventor de la Gaceta y es a él a quien se le debe, en la lógica del interés que tenía por la gente de pluma, la Academia francesa.
Lazo entre el presente y el pasado, institución destinada a sentar la perennidad de la lengua, «guardián de la lengua», la Academia está de entrada en el centro de la acción de la nueva asociación. Ésta edita, de manera artesanal, un pequeño boletín que se publica regularmente. Paul Camus asegura lo principal de la redacción, financia la impresión y difunde él mismo el boletín. Muy pronto el interés suscitado por su iniciativa ante un cierto número de ilustres comparsas, como los académicos Léon Bérard o André Chaumeix, el lingüista Albert Dauzat que no le escatiman sus palabras de aliento, le conducen a ampliar su campo de acción dirigiéndose a un más amplio público.
Es así como la gran aventura de la revista y de la nueva asociación «Défense de la Langue française» comienzan, en el otoño de 1958.

El Cardenal de Richelieu (1585-1642)
Por Philippe de Champaigne (1602-74)

No se podría, en el marco de esta reseña, contar la constitución de Defensa de la Lengua francesa, la creación de su comité de honor en el que se encuentran en filas cerradas Académicos y miembros del Instituto, la llegada de colaboradores nuevos, a veces atípicos, el montaje de una red de corresponsales, por círculos, entre los cuales el Círculo de Prensa Richelieu, genéticamente primero, y enseguida las tentativas de una implantación provincial, con el apoyo de algunos correspondientes apasionados y a veces de alto colorido, la llegada de adherentes prestigiosos, saludados como victorias y a menudo honrados durante los desayunos mensuales en los que se reencuentran y se sueldan de nueva cuenta un cierto número de fieles, cada vez más numerosos. El número de adherentes y abonados se incrementa regularmente, la revista se enriquece con nuevas firmas y sus apariciones trimestrales se hacen bimensuales.
Rodeado por un equipo de redactores fieles, como el gramático René Georgin o el jurista Pierre Mimin, apoyado por los presidentes sucesivos: Léon Bérard, Maurice Génevoix, con quien la camaradería de los «Poilus» (2) era un vínculo suplementario, Jean Mistler, los profesores Deloffre y Jacques Lacan y tantos otros que no se puede citar aquí, Paul Camus asumió sin fallar las tareas cada vez más pesadas de la redacción en jefe y de la administración de la asociación, sin por ello renunciar a ser su animador y portavoz en el exterior, tanto ante la Academia con la cual trabajaba regularmente, como con los Poderes públicos o la prensa. Incluso mantuvo, durante tres años, una pequeña crónica «Questions de langage» (3) en el Figaro.

Una labor incesante, y, como todas las cargas editoriales o asociativas, repetitivo y exigente, al cual daba una prioridad absoluta por sobre cualquier otra obligación, incluso familiar, y que, muy pronto, incitó en todos los que le rodeaban respeto por una obra que lejos de parecer un «hobby» (4) (P.C habría aceptado la palabra, con las comillas) de retirado, se dejaba ver como un sacerdocio, «perinde ad cadaver», según la divisa de los jesuitas.

Fue la edad, la alta edad lo que puso fin a ese sacerdocio. A los 85 años, el viejo soldado pasó la mano a más joven que él. Un año después de su desmovilización, la enfermedad, que, hasta ese momento no había tenido influencia sobre él, le condujo, en algunos meses, hacia su último viaje.

Hoy en día, sólo Defensa de la Lengua Francesa ha sobrevivido a otras iniciativas del mismo género. A menudo atacada en sus inicios por institucionales del lenguaje, universitarios o servicios públicos, se le reprochaba el supuesto amateurismo de sus protagonistas o sus veleidades de independencia financiera. Se reprochaba con palabras encubiertas a Paul Camus no pertenecer al serrallo, no ser lingüista, ni aún universitario y se consideraba con cierto desprecio el apoyo muy buscado de la Academia, esa institución carcomida (pero que rejuvenece desde el instante mismo en que se entra a ella, como es bien sabido).
En eso también, Paul Camus había visto con justeza. La lengua francesa ya no es el asunto de algunos cuantos, cuan sabios como sean; le concierne a todos, le pertenece a todos. El único prerrequisito es amarla. Y si la Academia bien es el organismo legítimo para legislar en materia de lengua, no es porque es más sabia que el común de los mortales, sino porque agrupa en su seno a quienes han ilustrado mejor la Lengua francesa, y por ende, a los que están en la mejor condición de apreciar el buen uso de ella.
En cuanto a la independencia financiera, los responsables de DLF saben hoy, como lo sabía Paul Camus, que la libertad no tiene precio y es por ello por lo que DLF vive todavía.

Para concluir, dejemos la palabra a los dos ponentes de la ley sobre el uso de la lengua francesa, los diputados Pierre Bas y Marc Lauriol (5):

«La asociación Défense de la Langue française fue una de las primeras en reaccionar contra el fenómeno de polución y de alteración de la lengua francesa, en un momento en que éste no había tomado todavía la amplitud que le conocemos. Jugó incontestablemente un papel de precursor, relevado enseguida por numerosos artículos, libros, publicaciones y por la creación del Alto Consejo para la lengua francesa. Contribuyó igualmente a hacer considerar la lengua como uno de los elementos esenciales del patrimonio nacional».

NOTAS:

(1) Además de estas condecoraciones y la de las Palmas académicas, Paul Camus era caballero de la Legión de Honor, por sus servicios militares. Nunca quiso solicitar una promoción en esta orden. La Academia francesa le recompensó en varias ocasiones, en especial atribuyéndole en 1966 el Grand Prix du Rayonnement français – «Gran Premio de la Irradiación Francesa».
(2) Los «Peludos», soldados de la primera Guerra Mundial.
(3) «Questiones de lenguaje» literalmente, con la particularidad de que el vocablo «question» tiene en francés la doble acepción de cuestión y pregunta.
(4) «Un pasatiempo».
(5) Ley votada en 1975.

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