Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
El último furor de Deniau:

CORNEILLE, OBJETO DE RESENTIMIENTO

Por el Señor

Jean-François Deniau
De la Academia francesa

Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia. ©
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« Si un hombre como Corneille viviese en mi tiempo, haría de él un primer ministro; no son sus versos lo que más admiro, es su gran sentido, su gran conocimiento del corazón humano, es la profundidad de su política ».
Napoleón I.
 
Jean-François Deniau (1928-2007)
 
Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador de la Francósfera México-Francia.
Político, novelista y ensayista, gran oficial de la Legión de Honor, recipiendario de la Cruz de guerra (T.O.E.) y de la Cruz del Valor Militar con palma, descendiente por su lado materno de un ayuda de campo del mariscal Marmont, Jean-François Deniau llevó a cabo una importante carrera en los ámbitos político, diplomático y cultural. Nombrado en 1963 por el general de Gaulle embajador en Mauritania, se convertirá, en 1967, en miembro de la Comisión de las Comunidades europeas, encargado de las negociaciones de adhesión y ayuda a los países del Tercer Mundo.
En 1973 ingresa al gobierno de Pierre Messmer como secretario de Estado, encargado de la Cooperación, siendo nombrado tres años más tarde embajador en Madrid por Valéry Giscard d’Estaing. Paralelamente a sus actividades políticas, Jean-François Deniau es un escritor consagrado, que es nombrado miembro de la Academia Francesa en 1992, ocupando el lugar de Jacques Soustelle. En 1990, obtiene el gran premio « Paul Morand » de dicha institución. A partir de 1982 se dedica a la ayuda de los pueblos víctimas de dictaduras en diferentes países y latitudes. Era, desde 2003, presidente-fundador de la asociación de los «Escritores de Marina».
Autor desencantado del artículo siguiente, Jean-François Deniau falleció el miércoles 24 de enero de 2007 a los 78 años de edad.
Durante el verano de 2006, había enviado al diario francés L’Express el texto que enseguida presentamos, amarga y despechada queja hecha a las autoridades francesas por el escamoteo – esta vez – de la conmemoración y festejos por 4º centenario del colosal poeta y dramaturgo Pierre Corneille. Este artículo no había sido publicado por el periódico en cuestión hasta dos días de la muerte de su autor, en la
edición del 26 de enero de 2007.
Poeta incomparable de la majestad y del heroísmo, antaño miembro insigne y reverenciado del Panteón de la Memoria Nacional de Francia, la obra de Corneille, como es bien sabido, forma parte de los clásicos de la literatura universal, de esa gran literatura cuyos autores eran a través de los siglos heraldos y chantres de los más profundos y sublimes valores de la humanidad: la elevación del Corazón, las virtudes del Alma y del Espíritu, los ideales del Bien y de lo Bello, de la Lealtad, de la Gloria y del Honor.
Por desgracia, altos ideales como éstos no tienen ya significado ni cupo en nuestra época medrosa y apocada, era amilanada en la cual « el amor de los goces materiales, la concurrencia, la búsqueda de éxitos inmediatos… [desvían] a los hombres de la pintura de lo ideal (…) alejando la imaginación de lo que es externo al hombre para no fijarla más que en el hombre mismo », como lo vaticinara Tocqueville hace ya ciento cincuenta años…
Autor predilecto de Napoleón – ¡y como él, ahora despreciado y desechado a las mazmorras del olvido! – de Corneille diría el Emperador, durante su deportación en Santa Helena: « si viviera, lo haría príncipe », recordando que « La alta tragedia era la escuela de los grandes hombres; era el deber de los soberanos fomentarla y difundirla (…) La tragedia enardece el alma, eleva el corazón, puede y debe crear héroes. Bajo ese aspecto, Francia le debe a Corneille una parte de sus bellas acciones ».
En esta perspectiva, y en virtud de lo que precede, nos parece que este artículo bien merece ampliamente un espacio en este sitio.

¿Hemos caído sobre la cabeza? Después de la casi-no-celebración de Austerlitz, pero sí la de Trafalgar, la lógica debía conducirnos a llamar la estación Montparnasse Waterloo Station y a desbautizar algunos bulevares que llevan nombres de mariscales. Veo bastante bien una gran avenida Sedan. En cuanto al puente de Jena, ¿por qué no puente de Azincourt? La moda actual es darnos como modelo nuestros reveses, nuestros fracasos, nuestras faltas. Éstas no faltan... Enfin, de hacer de nosotros un anti-modelo. No olvidemos suprimir la avenida y el liceo Voltaire, quien, él sí, hizo una verdadera fortuna con la trata, y no el pobre Corneille.

Corneille... El año 2006 debería festejar el 4º centenario de su nacimiento. Gran autor francés. Un clásico entre los clásicos. ¿Los ministros competentes – Cultura o Educación, me confundo – hubieran debido prever solemnes manifestaciones de homenaje? ¡Pues bien no! Hasta el día de hoy, nada importante ha sido organizado. Obscuros esbirros de corredor, que regentan nuestra vida intelectual, habrían descubierto un parentesco de Corneille con un burgués de Rouen, quien, como todo habitante de los puertos, desde Suecia hasta Portugal pasando por Nantes, Burdeos y toda Inglaterra, ha practicado la trata de negros, en concurrencia con los árabes y las mismas tribus africanas. Corneille está pues declarado políticamente incorrecto y no será celebrado. Señalo que tales puniciones familiares, extendiéndose sobre múltiples generaciones, han sido el signo de las peores dictaduras. Es triste verla reinar en nuestras antecámaras.

¡Pero, dirá usted, por lo menos está El Cid! Los más antiguos entre nosotros se acuerdan del Cid montado por Jean Vilar, que no era realmente de derecha, para el Teatro nacional popular, que no lo era realmente tampoco, con Gérard Philipe en el papel. Y en París, y en Francia entera, fue un rumor de dicha, de admiración, de emoción. Uno se llamaba por teléfono, se escribía, se daba cita. Pues bien, se acabó. El Cid está mal visto. Es deshonrado incluso. He escuchado la condena: « Una pieza de extrema derecha. » Nuestros pensadores de la educación habrían autorizado una excepción en Rouan, ciudad natal de Corneille, pero por concepto de la política cultural local, sin más. Y atención, no El Cid en francés, no el escrito por Corneille, no, un Cid interpretado en chébran u otro lenguaje de los suburbios. No puedo creerlo. Las autoridades competentes van a indignarse, con toda razón, de que semejantes rumores infames puedan ser difundidos. Ya desde ahora, lloro con lágrimas de sangre y hago retractación pública honorable.

Pierre Corneille (1606-1684)
Grabado de Michel Lasne, 1641.

Entonces se me dice – sigo sin poder creerlo – que habría en el caso del Cid algo más grave que un delito familiar de comercio de madera de ébano que date de múltiples siglos. Un crímen de palabras. Palabras inadmisibles. Reaccionarias, extremistas, provocadoras. Amo las cifras. En el teatro de Corneille, la palabra gloria es pronunciada 770 veces. Deber, 344 veces. Honor es citado 544 veces, valor, 346 veces, virtud, 526 veces... ¿Puede la Educación llamada nacional tolerar semejantes provocaciones? ¿Acaso eso no basta para condenar una obra, desecharla a la basura de la Historia, tacharla de infamia? Palabras imperdonables. Las dictaduras siempre han sido muy propensas a la condena de las palabras y por las palabras. Me acuerdo de la « hiena dactilógrafa », que había suplantado a la « rata viscosa », un poco chapado a la antigua. Nuestros maestros del pensamiento están en buena escuela.

Lo que acabo de escribir es seguramente falso, malévolo, mal informado, condenable, difamatorio, un atentado determinado a la consideración y a la dignidad de ministerios respetables y de especialistas eminentes. Así sea. Apenas estamos en agosto. El año se termina en diciembre. Voy pues a recibir una desmentida particularmente virulenta, precisando en especial las grandes celebraciones previstas, y desde qué fecha, para honrar como es conveniente el año Corneille y El Cid. Esa desmentida mordaz, la aguardo; me atrevería a decirlo, la espero. Seguramente se exageraron chismes irresponsables. Los funcionarios dichos competentes dormían. Al menos yo habría contribuido a despertarlos. ¡Viva Corneille y El Cid!