Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
HAY QUE ABRIR LA TUMBA DE NAPOLEÓN
Exhumación del Emperador el 15 de octubre de 1840
Litografía a colores de Eulalie Morin basada en un original de Nicolas-Eustache Maurin (1799-1850).

Por el Profesor

Jean Defranceschi
Director de Investigaciones en el C.N.R.S.*
Miembro del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.

El Profesor Jean Defranceschi, miembro de honor del Comité de Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
Pr. Defranceschi
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Deseo que la causa de mi muerte sea conocida »
Napoleón en Santa Helena.

La muy mala acogida que Francia, dícese, le hizo a los trabajos de Ben Weider sobre la muerte de Napoleón, conduce a pensar que los historiadores franceses no aceptaron ver a un «industrial canadiense» invadir su coto de caza privado. Es un error que es importante corregir cuanto antes. Entendámonos bien. No contestamos que haya en Francia ciertos historiadores afligidos por esta debilidad; un simple vistazo a la «profesión de fe» que acaban de publicar (1) bastaría para desmentirnos. Creemos solamente que Francia es un país libre donde cada uno tiene el derecho de pensar lo que quiere y de decirlo sin tener cuentas que rendir (salvo naturalmente en caso de responder al abuso que podría hacer de esta libertad...). Hay en este país, es verdad, gente más bonapartista que Bonaparte (2); personas persuadidas de que Napoleón no le pertenece más que a los franceses y que pretenden prohibirle a los demás ocuparse de él. El ejemplo más interesante nos es dado por Thierry Lentz quien no temió escribir: «La prensa estadounidense relevó esta petición (la de la abertura de la tumba de Napoleón). ¿Cuál sería su reacción si un “francesito” exigiera la abertura del féretro del presidente Kennedy? Parece sin embargo que la discusión sobre las circunstancias de su fallecimiento está un poco más fundada que la que rodea a la muerte de Napoleón» (3).

Peo hay otros que piensan como el gran poeta y patriota polaco, Adam Mickiewicz, «Napoleón no sólo es vuestro, franceses, es italiano, es polaco, es ruso, es europeo, es el hombre del mundo» (4).

¡Júzguen por sí mismos!

Contrariamente a lo que Jean-François Lemaire creyó poder escribir: «entre las hipótesis acerca de la naturaleza exacta de la enfermedad terminal del prisionero de Santa Helena, la más espectacular nació en Suecia en los años 1960. Se la debemos al doctor Sten Forshufvud, de Göteborg, convencido de que en Longwood, el general de Montholon habría envenenado a Napoleón con arsénico (5)», la tesis del envenenamiento no es nueva; apareció, cuando Napoleón aún vivía, bajo la pluma de su médico: «Sir Hudson Lowe me dijo que la vida de un hombre no debía entrar en balance con el mal que podía causar, si lograra escaparse, y que yo no debía olvidar que el general Bonaparte ya había sido el azote del mundo y la causa de la muerte de muchos millones de individuos; que mi posición era muy particular y de una gran importancia política» (6).

El Dr. Sten Forshufvud acompañado por el Dr. Ben Weider

Thierry Lentz tiene razón, O’Meara no dice expresamente que Hudson Lowe le pidió, aquel día, envenenar a su ilustre paciente (7), pero hace mal en olvidar:
– que a partir de ese momento, las relaciones entre los dos hombres se fueron degradando cada día más hasta el 25 de julio de 1818, fecha en la cual O’Meara fue llamado de vuelta (8)
– las palabras enunciadas por éste último en ocasión de la escala que hizo en la Isla de la Ascensión: «si hubiera obedecido a las órdenes del gobernador, Napoleón ya no estaría vivo» (9)
– las molestias del médico del Emperador quien, a su regreso a Inglaterra, fue destituido de su grado, y posteriormente demandado por palabras calumniosas.
… sin olvidar los medios puestos en obra por el ministerio británico para soterrar el caso.


La observación se aplica a todo el séquito. Desde que la muerte del Emperador fue conocida, el rumor se propagó a través de toda Francia, e incluso de toda Europa, a la velocidad del fuego en un reguero de pólvora: envenenaron al Emperador (10).

Algunos llegaron incluso hasta denunciar al culpable, Jorge IV, a quien acusaban de haber envenenado a la vez a Napoleón y a la reina Carolina.
Sin resultado, es verdad. ¿Pero puede esto extrañarnos cuando sabemos que todas las cartas estaban entre las manos de los presuntos culpables que sin duda no tenían (no acusamos a nadie, exponemos simplemente hechos) ningún interés en que se esclareciera nada? Por lo demás, aún si una investigación hubiera sido ordenada, los conocimientos científicos de la época habrían sido insuficientes para sacarla adelante.

Los historiadores no tuvieron desde ese momento otra elección que retomar por su cuenta la tesis oficial de la muerte como consecuencia de un cáncer del estómago consignado el informe de autopsia (11). Pero la duda siguió hechizando las mentes, «de tal modo, añade J.F. Lemaire, que, cuando en 1825, el doctor Hereau publicará el primer libro serio sobre el prisionero de Santa Helena, creerá deber cortar de tajo el rumor empezando sus conclusiones por esta afirmación que le parecía esencial: Napoleón no fue envenenado» (12). Pero sin convencer.

La idea del envenenamiento en todo caso quedó grabada en muchas memorias, como lo prueban diversos trabajos publicados en los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX (13).

Siempre en vano, por cierto, pues la clave del enigma no estaba en manos de los historiadores, sino de los toxicólogos que no sabían ellos mismos por qué cabo cogerla. El hecho es tanto más seguro cuanto que las palabras «toxicología» y «toxicólogo» no aparecen hasta 1836 y 1842, y que hizo falta esperar más de un siglo después de la muerte de Napoleón para disponer de los conocimientos necesarios (14).

Y es la razón por la cual no seguiremos a J.F. Lemaire cuando agrega: «La hipótesis de Forshufvud estaba en proceso de unirse a la buena veintena de diagnósticos propuestos anteriormente y cuya mayoría ponían de manifiesto la imaginación de sus autores. Pero a falta de pruebas, el Dr. Forshufvud habrá hallado discípulos – o compañeros – principalmente en los señores Ben Weider, industrial canadiense, y René Maury, profesor de economía política...» (15). No lo seguiremos más en su tentativa por oponer al «maestro» y al «discípulo», máxime que nunca nadie ha, hasta donde sabemos, contestado que los trabajos del «estomatólogo sueco» (sic) precedieron a los del «industrial canadiense» (sic). Y aún cuando alguien lo hubiese hecho, un simple vistazo a la fecha de su publicación bastaría para poner a todo el mundo de acuerdo (16).

Le dejaremos pues batirse solo a sable y espada contra lo que llama «el martilleo mediático» (17) para limitarnos a los hechos verificables por todos aquellos que lo desean verdaderamente: vueltos a ser colocados en su verdadero contexto, los trabajos de Ben Weider son sin contradicción posible el último eslabón de una larga cadena, la del proceso histórico iniciado el 5 de noviembre de 1816 en las condiciones expuestas más arriba (18).

Por consiguiente no hay más que un modo de combatirlos: demostrar que las fuentes utilizadas no presentan todas las garantías requeridas. Pero la cosa es imposible, puesto que los documentos utilizados por Ben Weider (Napoleón en exilio o el eco de Santa Helena de B.E. O’Meara, 1822; El Memorial de Santa Helena por Las Cases, 1823; Memorias o De los últimos momentos de Napoleón por Antommarchi, 1825; Relato del cautiverio del Emperador Napoleón en Santa Helena por el general de Montholon, 1847; Cautiverio de Napoleón por W. Forsyth, 1853; el Diario inédito de 1815 a 1818, de Gourgaud, 1899; los Cuadernos de Santa Helena del general H.G. Bertrand, manuscrito descifrado y anotado por P.F. de Langle, 1949-1959; las Memorias de Marchand primer valet de cámara y ejecutor testamentario del Emperador, París, 1952-1955) son aquellos a los que todos los biógrafos de Napoleón se refieren (19).

Podemos añadir otro, pero es el último recurso: probar que el autor incriminado hace de ellos un muy mal uso. Lo cual es imposible, a menos que se olvide que los análisis toxicológicos han sido hechos por dos de los mejores laboratorios del mundo en la materia, el del F.B.I. y el de Estrasburgo.

Dr. Pascal Kintz.
« Fue hallado arsénico mineral [más del 95% dentro de los cabellos de Napoleón] y por consiguiente estamos en una pista totalmente criminal »
Dr. Pascal Kintz
Presidente (2005-2007) de la Asociación Internacional de Toxicólogos Forenses, TIAFT.
Conferencia del 2 de junio de 2005, en Illkirch-Graffenstaden.*

 

Es de manera evidente lo que condujo a los detractores, conscientes de no poder abatir de un sólo golpe la tesis del envenenamiento con arsénico, a atacarla por todos lados a la vez. «La agencia estadounidense, dijo J.F. Lemaire, ha reconocido que su método era aleatorio» (20). Nada prueba, prosigue T. Lentz, que «el arsénico hallado en los cabellos analizados es, si podemos decirlo, de origen criminal» (21).

No hay nada que decir contra estas críticas, si no es que Ben Weider las tuvo en la mayor cuenta haciendo proceder a nuevos análisis por el laboratorio de Estrasburgo. Y sabemos que el Dr. Kintz comenzó por eliminar todas las causas posibles de contaminación ulterior para llegar al mismo resultado: «el análisis de los cabellos que se le habían confiado, concluía, hacía aparecer una exposición mayor al arsénico» (22), probando – lo que sea que haya podido añadir enseguida «a los historiadores responsables de hallar un autor y establecer su intención de dañar» (23) –, que el hombre sobre cuya cabeza los cabellos analizados han sido tomados murió envenenado con arsénico.

No tan rápido, objeta T. Lentz; pruebe primero que «los cabellos analizados son ciertamente los de Napoleón» (24). Acerca de este punto como del precedente la crítica está fundamentada, aún cuando el riesgo es – tomando en cuenta el origen de dichos cabellos –, más o menos nulo. Pero existe, y el historiador realmente deseoso de conocer la verdad debe poner todo en obra para eliminarlo. Es, una vez más, lo que Ben Weider entendió bien, y es probablemente lo que lo condujo a pedir la abertura de la tumba con miras a proceder a nuevos análisis hechos partiendo de los restos del Emperador.

Es lo que los coautores de este libro comprendieron también y es, manifiestamente, lo que les condujo a negarse rotundamente: «no se abre una tumba –y menos ésta– dijo T. Lentz, sobre la base de algunas demostraciones fácilmente refutables, gracias – volvemos siempre a lo mismo – al método histórico» (25). En realidad el director de la Fundación Napoleón se burla. La vía que él indica: volver a abrir el expediente de las patologías de Napoleón... investigar y discutir los documentos más pertinentes relativos a la enfermedad de Napoleón... explorar todas las pistas... etc.... (26), nos regresa a la casilla inicial, es decir a un callejón sin salida, al testimonio del propio J.F. Lemaire: «¿Cómo, en efecto, conceder crédito a la palidez de un semblante, a la expresión dolorosa de un rostro, una falta de apetito, un paso pesado cuando los detalles relatados unas páginas o unas líneas más arriba o más abajo y que no tienen ninguna relación con la salud del sujeto no son confiables?» (27). Peor aún en lo referente al Dr. Fornès quien responde: «He, en el estado de los elementos que estaban en mi posesión, concluido que las lesiones descritas por Antommarchi en su informe de autopsia no podían ser la causa directa de la muerte de Napoleón» (28).

Y es por lo cual concluiremos recordando que existe otra vía, aquella balizada por los informes del F.B.I. y del Laboratorio de Estrasburgo. Es verdad que esta conduce sin falta a la abertura de la tumba de Napoleón, pero no hay otra manera de responder a la pregunta que vale: ¿Fue Napoleón envenenado? El resto continuará por largo tiempo a ser el pasto de la crónica (29) y a probar por ahí mismo cuán Napoleón veía acertadamente cuando decía a Las Cases: «Las verdaderas verdades, querido mío, decía a Las Cases, son bien difíciles de obtener para la historia. Afortunadamente la mayoría de las veces son más bien un objeto de curiosidad que de real importancia. ¡Hay tantas verdades!... La de Fouché, por ejemplo, y de tantos otros intrigantes de su especie; aquella incluso de muchas gentes honestas diferirán a veces mucho de la mía. Pero esta verdad histórica, tan implorada, a la cual cada uno se apresura de apelar, no es muy a menudo más que una palabra: es imposible en el momento mismo de los eventos, en el fragor de las pasiones cruzadas; y si, más tarde, uno queda de acuerdo, es que los interesados, los contradictores ya no están. ¿Pero qué es entonces esta verdad histórica, la mayor parte del tiempo? Una fábula convenida así como se ha dicho tan ingeniosamente» (30).

NOTAS:

1 – Dr. J.F. Lemaire, Dr P. Fornès, Dr P. Kintz, T. Lentz, Autour de «l'empoisonnement de Napoléon», Nouveau Monde Éditions - Fondation Napoléon, 131 p, 2001.
2 - «En 1998, la Revista del Recuerdo Napoleónico publica una foto del Príncipe Carlos Napoleón (quien tomó la dirección de la asociación), en una conversación cordial como el hombre de negocios canadiense, durante uno de sus pasos por París». Dr Lemaire, La mort de Napoléon faits, hypothèses, fantasmes, en «Autour de l'empoisonnement ...» opus. cit. p.15.
3 - T. Lentz, «¿La íntima convicción o el método?» , Ibidem, p. 92.
4 – Ver E.R. Gueguen, Napoleón fue asesinado. Acta de acusación contra el conde de Artois y los ministros ingleses.
5 - Dr J.F. Lemaire, op. cit., p. 12 y 13.
6 - Barry E. O’Meara, Diario, Napoleón en el exilio, 5 de noviembre de 1816.
7 - T. Lentz, opus. cit., p. 83).
8 – O’Meara, Diario, opus. cit., 25 de julio de 1818.
9 - Ver W. Forsyth, Histoire de la captivité de Napoléon à Sainte-Hélène, según los documentos oficiales inéditos y los manuscritos de Sir Hudson Lowe, p. 14 a 24
10 - Le 5 mai, relation exacte des diverses circonstances qui ont précédé, accompagné et suivi la mort de Napoléon Bonaparte (...) traduite textuellement des gazettes anglaises, depuis le 4 juillet jusqu'au 16 juillet inclusivement, Paris el 21 de julio de 1821.
A. de J.E., De Bonaparte et de sa mort, P
aris 1821.
Monkhouse (J.), Les Six Dernières Semaines de Napoléon. Relation écrite à Sainte-Hélène por J. Monkhouse, oficial de la marina real, París, 1821.
Réflexions sur la mort de Napoléon par un chirurgien-major de la Vieille Armée, París, 1821.
Simonnin (J.B.), Histoire des trois derniers mois de Napoléon Bonaparte, París, 1821.
Accusation contre le meurtrier de Napoléon, París, 1821.
11 - F. Antommarchi, Mémoires o Des derniers moments de Napoléon, 1825, 2 vol.
12 - J.F. Lemaire, opus. cit., p.44 nota 2).
13 - Ver Sanger (C.R.), «On chronic arsenical poisoning from wallpaper and fabrics», Proc. Am. Acad. Arts. Sci., 1893, 29.
Ellis (A.N.), «Was the Emperor Napoleon sane or insane during the last dozen years of his life», Lancet Clinic, 1907, 58.
Ellis (A.N.), «Some few desultory remarks upon the fatal illness of the Emperor Napoleon», Ibidem, 1909, 102.
14 – Ver el Diccionario Robert.
Ver igualmente:
Pye-Smith (R.J.), «Arsenic cancer, with description of a case», Proc. R. Soc. Med., 1913, 15.
Smith (S.) and Hendry (E.B.), «Arsenic in its relation to the keratine tissues», Br. Med. J., 1934, 2.
Gordon Young (E.) and Rice (F.A.H.), «On the occurence of arsenic in Human hair and its medicolegal significance», J. Lab. Clin. M.
Lenihan (J.M.A.), Smith (H), and Chalmers (J.G;), «Arsenic in detergents», Nature, 1958,181.
Smith (H.), «Estimation of arsenic in biological tissues by activation analysis», J. Forensic Med., 1961, 8.
Smith (H.), «The interpretation of the arsenic content of human hair», J. Forensic Sci. Soc., 1964, 4.
Lander (H.), Hodge (P.R.) and Crisp (C.S.), «Arsenic in the hair and nails. Its significance in acute arsenic poisoning», J. Forensic Med., 1965, 12.
Erikson (N.E.), «Arsenic in Hair», Proc. ist Int. Conf. Forensic Act. Anal.,1966.
Lima (F.W), «Exogenous contamination of hair by capillary action of arsenic solutions», Proc. ist Int. Conf. Forensic Act. Anal., 1966.
Shapiro (H.A.), «Arsenic content of human Hair and nails, its interpretation», J. Forensic Med., 1967, 14.
Pearson (E.F.), and Pounds (C.A..), «A case involving the administration of known amounts of arsenic and its analysis in hair», J. Forensic Sci. Soc. 1971,11.
Zaldivar (R), «Arsenic contamination of drinking water and foodstuffs causing endemic chronic poisoning», Beitr. Pathol. Bd.,1974, 151.
Curry (A.S.) and Pounds (C.A.), «Arsenic in hair», J. Forensic Sci. Soc., 1977, 17.
Maes (D.), Pate (B.D.), «The absorption of arsenic into single human head hairs», J. Forensic Sci., 1977, 22.
Smith (L. H.), «Self-poisoning by the abuse of arsenic containing tonics», Med. Sci. Law., 1978, 18.
Szuler (I.M.), Williams (C.N.), Hindmarsh (J.T.), and Park-Dincsoy (H.), «Massive vaiceal hemorrhage secondary to presinusoidal portal hypertension due to arsenic poisoning», Can. med. Assoc. J., 1979, 120.
Sky-Peck (H.H.), «Distribution of trace elements in human hair», Clin. Physiol. Biochem., 1990,8.
Orfila, Traité des Poisons ou Toxicologie générale, París.
15 – Dr. J.F. Lemaire, opus.cit., p.13.
16 – Ver los trabajos de:
a) Forshufvud (S.), Napoléon a-t-il été empoisonné? Traducción del sueco, París, Plon, 1961, Reedición en 1964.
Forshufvud (S.), Smith (Dr H.), Wassen Dr A.), «Arsenic content of Napoleon’s hair probably taken immediately after his death», Nature, 14 de octubre de 1961,192
Forshufvud (S.), Who killed Napoleon, Londres, Hutchinson, 1962.
Forshufvud (S.), Smith (Dr H.), Wassen Dr A), «Napoleon’s illness 1816-1821 in light of activation analyses of hairs from various dates», Arch. Toxikol., 1964,20.
b) Forshufvud (S.) et Weider (B.), Assassination at St. Helena, the Poisoning of Napoleon Bonaparte, Vancouver, Mitchell Press, 1978 y reedición en 1979. Traducción francesa: L’Assassinat à Sainte-Hélène, Vancouver, Mitchell Press, 1978.
Weider (B.), Forshufvud (S.), Assassination at St. Helena, 1978, y Assassination at St. Helena Revisited, Nueva York, John Wiley, 1995.
C) Weider (B.), Hapgood (D.), The Murder of Napoleon, New York, Congdon and Lattés, 1982. Traducción francesa: L’Assassinat de Napoléon, París, Laffont, 1982.
Weider (B.), Gueguen (E.R.), Fourmer (J.), Maury (R.), Corso (P.), Dello Stritto (F.), Chiodo (E.), Hindmarsh (J.T.), Was Napoleon really poisoned on St.Helena?, The Napoleonic society of America, expediente de la reunión del 11 de septiembre de 1994, The Union League Club, Chicago II. (U.S.A.),1994.
Weider (B.), Napoléon, Liberté-Egalité-Fraternité, 1997.
Weider (B.), «Montholon agent du Comte d'Artois» en «Tribune libre», Revue du Souvenir Napoléonien, n° 423, 1999.
Weider (B.), Napoléon est-il mort empoisonné?, 1999
Weider (B.), Les derniers jours de l’Empereur,mythes et réalités, París, expediente del debate que tuvo lugar el 4 de mayo del 2000 en el restaurante del Senado con la participación, entre otros, de Bismuth (C.), Molinaro et Ricordel, Sociedad Napoleónica Internacional, París, 2000.
Weider (B.), Gueguen (E.R.), Napoléon empoisonné? y Napoléon a été asassiné, París, expediente y plaqueta de la reunión del 1° de junio de 2001 que tuvo lugar en la sala de la Mutualidad, París, con la participación de Fornès (P.), Kintz (P.), Ludes (B.) y Tranié (J.), Ibidem, París, 2001.
17 - Dr J.F. Lemaire, opus. cit., p. 14.
18 – Ver nota 6 y siguientes.
19 – Ver de Jean Tulard:
Napoléon ou le mythe du sauveur, París, 1977, reedición 1988.
Nouvelle bibliographie critique des Mémoires sur l'époque napoléonienne, Ginebra, 1991.
Napoléon à Sainte-Hélène por los cuatro evangelistas: Las Cases, Gourgaud, Montholon, Bertrand; París, 1981.
Dictionnaire Napoléon, 1987 y suplemento 1989, reedición 1999.
20 - Dr J.F. Lemaire, opus. cit., p. 48.
21 - T. Lentz, Ibidem, p. 86.
22 - Dr Kintz (P.), «Détermination de l'arsenic dans les cheveux attribués à Napoléon», opus. cit., p. 67-70.

23 – preguntas complementarias al Dr. P. Kintz, opus. cit., p. 71 et 72.
24 - T. Lentz, opus. cit., p. 86.
25 - T. Lentz, ibidem, p. 92.
26 - T. Lentz, ibidem, p. 93.
27 - R. J.F. Lemaire, opus. cit., p. 35.
28 - Dr Fornès (P.), «La recherche de la cause de la mort de Napoléon Ier«», y «Questions complémentaires au Dr Fornès», opus. cit., p. 66.
29 - Maury (R.), Candé-Montholon (F. de), L’énigme Napoléon résolue, París, 2000.
30 – La redacción de este artículo es previa a las pruebas concluyentes efectuadas por el Dr. Pascal Kintz y reveladas en su conferencia del 2 de junio de 2005 en Illkirch-Graffenstaden, Estrasburgo.