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HAY
QUE ABRIR LA TUMBA DE NAPOLEÓN |
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Exhumación
del Emperador el 15
de octubre de 1840
Litografía
de Eulalie Morin según
Nicolas Eustache Maurin.
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Por
el Profesor |
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Jean
Defranceschi
Director de Investigaciones en el C.N.R.S.*
Miembro del Comité Histórico
del Instituto Napoleónico México-Francia. |
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| Pr.
Defranceschi |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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| «
Deseo que la causa de mi
muerte sea conocida » |
Napoleón
en Santa Helena. |
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La
muy mala acogida que Francia, dícese, le
hizo a los trabajos de Ben
Weider sobre la muerte de Napoleón,
conduce a pensar que los historiadores franceses
no aceptaron ver a un «industrial canadiense»
invadir su coto de caza privado. Es un error que
es importante corregir cuanto antes. Entendámonos
bien. No contestamos que haya en Francia ciertos
historiadores afligidos por esta debilidad; un
simple vistazo a la «profesión de
fe» que acaban de publicar (1) bastaría
para desmentirnos. Creemos solamente que Francia
es un país libre donde cada uno tiene el
derecho de pensar lo que quiere y de decirlo sin
tener cuentas que rendir (salvo naturalmente en
caso de responder al abuso que podría hacer
de esta libertad...). Hay en este país,
es verdad, gente más bonapartista que Bonaparte
(2); personas persuadidas de que Napoleón
no le pertenece más que a los franceses
y que pretenden prohibirle a los demás
ocuparse de él. El ejemplo más interesante
nos es dado por Thierry
Lentz quien no temió escribir: «La
prensa estadounidense relevó esta petición
(la de la abertura de la tumba de Napoleón).
¿Cuál sería su reacción
si un “francesito” exigiera la abertura
del féretro del presidente Kennedy? Parece
sin embargo que la discusión sobre las
circunstancias de su fallecimiento está
un poco más fundada que la que rodea a
la muerte de Napoleón» (3).
Peo hay otros que piensan
como el gran poeta y patriota polaco,
Adam Mickiewicz, «Napoleón
no sólo es vuestro, franceses,
es italiano, es polaco, es ruso, es europeo,
es el hombre del mundo» (4).
¡Júzguen por
sí mismos!
Contrariamente a lo que
Jean-François Lemaire creyó
poder escribir: «entre las hipótesis
acerca de la naturaleza exacta de la enfermedad
terminal del prisionero de Santa
Helena, la más espectacular
nació en Suecia en los años
1960. Se la debemos al doctor Sten
Forshufvud, de Göteborg, convencido
de que en Longwood, el general de Montholon
habría envenenado a Napoleón
con arsénico (5)», la tesis
del envenenamiento no es nueva; apareció,
cuando Napoleón aún vivía,
bajo la pluma de su médico: «Sir
Hudson Lowe me dijo que la vida de un
hombre no debía entrar en balance
con el mal que podía causar, si
lograra escaparse, y que yo no debía
olvidar que el general Bonaparte ya había
sido el azote del mundo y la causa de
la muerte de muchos millones de individuos;
que mi posición era muy particular
y de una gran importancia política»
(6).
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| El
Dr. Sten Forshufvud acompañado
por Ben Weider |
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Thierry Lentz
tiene razón, O’Meara no dice expresamente
que Hudson Lowe le pidió, aquel día,
envenenar a su ilustre paciente (7), pero hace
mal en olvidar:
– que a partir de ese momento, las relaciones
entre los dos hombres se fueron degradando cada
día más hasta el 25 de julio de
1818, fecha en la cual O’Meara fue llamado
de vuelta (8)
– las palabras enunciadas por éste
último en ocasión de la escala que
hizo en la Isla de la Ascensión: «si
hubiera obedecido a las órdenes del gobernador,
Napoleón ya no estaría vivo»
(9)
– las molestias del médico del Emperador
quien, a su regreso a Inglaterra, fue destituido
de su grado, y posteriormente demandado por palabras
calumniosas.
… sin olvidar los medios puestos en obra
por el ministerio británico para soterrar
el caso.
La observación se aplica
a todo el séquito. Desde que la muerte
del Emperador fue conocida, el rumor se propagó
a través de toda Francia, e incluso de
toda Europa, a la velocidad del fuego en un reguero
de pólvora: envenenaron al Emperador (10).
Algunos llegaron incluso hasta denunciar al culpable,
Jorge IV, a quien acusaban de haber envenenado
a la vez a Napoleón y a la reina Carolina.
Sin resultado, es verdad. ¿Pero puede esto
extrañarnos cuando sabemos que todas las
cartas estaban entre las manos de los presuntos
culpables que sin duda no tenían (no acusamos
a nadie, exponemos simplemente hechos) ningún
interés en que se esclareciera nada? Por
lo demás, aún si una investigación
hubiera sido ordenada, los conocimientos científicos
de la época habrían sido insuficientes
para sacarla adelante.
Los historiadores no tuvieron desde ese momento
otra elección que retomar por su cuenta
la tesis oficial de la muerte como consecuencia
de un cáncer del estómago consignado
el informe de autopsia (11). Pero la duda siguió
hechizando las mentes, «de tal modo, añade
J.F. Lemaire, que, cuando en 1825, el doctor Hereau
publicará el primer libro serio sobre el
prisionero de Santa Helena, creerá deber
cortar de tajo el rumor empezando sus conclusiones
por esta afirmación que le parecía
esencial: Napoleón no fue envenenado»
(12). Pero sin convencer.
La idea del envenenamiento en todo caso quedó
grabada en muchas memorias, como lo prueban diversos
trabajos publicados en los últimos años
del siglo XIX y los primeros del XX (13).
Siempre en vano, por cierto, pues la clave del
enigma no estaba en manos de los historiadores,
sino de los toxicólogos que no sabían
ellos mismos por qué cabo cogerla. El hecho
es tanto más seguro cuanto que las palabras
«toxicología» y «toxicólogo»
no aparecen hasta 1836 y 1842, y que hizo falta
esperar más de un siglo después
de la muerte de Napoleón para disponer
de los conocimientos necesarios (14).
Y es la razón
por la cual no seguiremos a J.F. Lemaire cuando
agrega: «La hipótesis de Forshufvud
estaba en proceso de unirse a la buena veintena
de diagnósticos propuestos anteriormente
y cuya mayoría ponían de manifiesto
la imaginación de sus autores. Pero a falta
de pruebas, el Dr. Forshufvud habrá hallado
discípulos – o compañeros
– principalmente en los señores Ben
Weider, industrial canadiense, y René Maury,
profesor de economía política...»
(15). No lo seguiremos más en su tentativa
por oponer al «maestro» y al «discípulo»,
máxime que nunca nadie ha, hasta donde
sabemos, contestado que los trabajos del «estomatólogo
sueco» (sic) precedieron a los del «industrial
canadiense» (sic). Y aún cuando alguien
lo hubiese hecho, un simple vistazo a la fecha
de su publicación bastaría para
poner a todo el mundo de acuerdo (16).
Le dejaremos pues
batirse solo a sable y espada contra lo que llama
«el martilleo mediático» (17)
para limitarnos a los hechos verificables por
todos aquellos que lo desean verdaderamente: vueltos
a ser colocados en su verdadero contexto, los
trabajos de Ben Weider son sin contradicción
posible el último eslabón de una
larga cadena, la del proceso histórico
iniciado el 5 de noviembre de 1816 en las condiciones
expuestas más arriba (18).
Por consiguiente no hay más que un modo
de combatirlos: demostrar que las fuentes utilizadas
no presentan todas las garantías requeridas.
Pero la cosa es imposible, puesto que los documentos
utilizados por Ben Weider (Napoleón
en exilio o el eco de Santa Helena de B.E.
O’Meara, 1822; El Memorial de Santa
Helena por Las Cases, 1823; Memorias
o De los últimos momentos de Napoleón
por Antommarchi, 1825; Relato del cautiverio
del Emperador Napoleón en Santa Helena
por el general de Montholon, 1847; Cautiverio
de Napoleón por W. Forsyth, 1853;
el Diario inédito de 1815 a 1818,
de Gourgaud, 1899; los Cuadernos de Santa
Helena del general H.G. Bertrand, manuscrito
descifrado y anotado por P.F. de Langle, 1949-1959;
las Memorias de Marchand primer valet
de cámara y ejecutor testamentario del
Emperador, París, 1952-1955) son aquellos
a los que todos los biógrafos de Napoleón
se refieren (19).
Podemos añadir
otro, pero es el último recurso: probar
que el autor incriminado hace de ellos un muy
mal uso. Lo cual es imposible, a menos que se
olvide que los análisis toxicológicos
han sido hechos por dos de los mejores laboratorios
del mundo en la materia, el del F.B.I.
y el de Estrasburgo.
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«
Fue hallado arsénico
mineral [más del 95%
dentro de los cabellos de Napoleón]
y por consiguiente estamos en
una pista totalmente criminal » |
Dr.
Pascal Kintz
Presidente
(2005-2007) de
la Asociación Internacional de
Toxicólogos Forenses,
TIAFT.
Conferencia
del 2 de junio de 2005, en Illkirch-Graffenstaden.*
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Es de manera evidente
lo que condujo a los detractores,
conscientes de no poder abatir de un sólo
golpe la tesis
del envenenamiento con arsénico, a
atacarla por todos lados a la vez. «La agencia
estadounidense, dijo J.F. Lemaire, ha reconocido
que su método era aleatorio» (20).
Nada prueba, prosigue T. Lentz, que «el
arsénico hallado en los cabellos analizados
es, si podemos decirlo, de origen criminal»
(21).
No hay nada que decir contra estas críticas,
si no es que Ben Weider las tuvo en la mayor cuenta
haciendo proceder a nuevos análisis por
el laboratorio de Estrasburgo. Y sabemos que el
Dr.
Kintz comenzó por eliminar todas las
causas posibles de contaminación ulterior
para llegar al mismo resultado: «el análisis
de los cabellos que se le habían confiado,
concluía, hacía aparecer una exposición
mayor al arsénico» (22), probando
– lo que sea que haya podido añadir
enseguida «a los historiadores responsables
de hallar un autor y establecer su intención
de dañar» (23) –, que el hombre
sobre cuya cabeza los cabellos analizados han
sido tomados murió envenenado con arsénico.
No tan rápido,
objeta T. Lentz; pruebe primero que «los
cabellos analizados son ciertamente los de Napoleón»
(24). Acerca de este punto como del precedente
la crítica está fundamentada, aún
cuando el riesgo es – tomando en cuenta
el origen de dichos cabellos –, más
o menos nulo. Pero existe, y el historiador realmente
deseoso de conocer la verdad debe poner todo en
obra para eliminarlo. Es, una vez más,
lo que Ben Weider entendió bien, y es probablemente
lo que lo condujo a pedir la abertura de la tumba
con miras a proceder a nuevos análisis
hechos partiendo de los restos del Emperador.
Es lo que los coautores de este libro comprendieron
también y es, manifiestamente, lo que les
condujo a negarse rotundamente: «no se abre
una tumba –y menos ésta– dijo
T. Lentz, sobre la base de algunas demostraciones
fácilmente refutables, gracias –
volvemos siempre a lo mismo – al método
histórico» (25). En realidad el director
de la Fundación Napoleón se burla.
La vía que él indica: volver a abrir
el expediente de las patologías de Napoleón...
investigar y discutir los documentos más
pertinentes relativos a la enfermedad de Napoleón...
explorar todas las pistas... etc.... (26), nos
regresa a la casilla inicial, es decir a un callejón
sin salida, al testimonio del propio J.F. Lemaire:
«¿Cómo, en efecto, conceder
crédito a la palidez de un semblante, a
la expresión dolorosa de un rostro, una
falta de apetito, un paso pesado cuando los detalles
relatados unas páginas o unas líneas
más arriba o más abajo y que no
tienen ninguna relación con la salud del
sujeto no son confiables?» (27). Peor aún
en lo referente al Dr. Fornès quien responde:
«He, en el estado de los elementos que estaban
en mi posesión, concluido que las lesiones
descritas por Antommarchi en su informe de autopsia
no podían ser la causa directa de la muerte
de Napoleón» (28).
Y es por lo cual
concluiremos recordando que existe otra vía,
aquella balizada por los informes del F.B.I. y
del Laboratorio
de Estrasburgo. Es verdad que esta conduce
sin falta a la abertura de la tumba de Napoleón,
pero no hay otra manera de responder a la pregunta
que vale: ¿Fue Napoleón envenenado?
El resto continuará por largo tiempo a
ser el pasto de la crónica (29) y a probar
por ahí mismo cuán Napoleón
veía acertadamente cuando decía
a Las Cases: «Las
verdaderas verdades, querido mío,
decía a Las Cases, son
bien difíciles de obtener para la historia.
Afortunadamente la mayoría de las veces
son más bien un objeto de curiosidad que
de real importancia. ¡Hay tantas verdades!...
La de Fouché, por ejemplo, y de tantos
otros intrigantes de su especie; aquella incluso
de muchas gentes honestas diferirán a veces
mucho de la mía. Pero esta verdad histórica,
tan implorada, a la cual cada uno se apresura
de apelar, no es muy a menudo más que una
palabra: es imposible en el momento mismo de los
eventos, en el fragor de las pasiones cruzadas;
y si, más tarde, uno queda de acuerdo,
es que los interesados, los contradictores ya
no están. ¿Pero qué es entonces
esta verdad histórica, la mayor parte del
tiempo? Una fábula convenida así
como se ha dicho tan ingeniosamente»
(30).
NOTAS:
1 – Dr.
J.F. Lemaire, Dr P. Fornès, Dr P. Kintz,
T. Lentz, Autour de «l'empoisonnement
de Napoléon», Nouveau Monde
Éditions - Fondation Napoléon, 131
p, 2001.
2 - «En 1998, la Revista del Recuerdo Napoleónico
publica una foto del Príncipe Carlos Napoleón
(quien tomó la dirección de la asociación),
en una conversación cordial como el hombre
de negocios canadiense, durante uno de sus
pasos por París». Dr Lemaire,
La mort de Napoléon faits, hypothèses,
fantasmes, en «Autour de l'empoisonnement
...» opus. cit. p.15.
3 - T. Lentz, «¿La íntima
convicción o el método?» ,
Ibidem, p. 92.
4 – Ver E.R. Gueguen, Napoleón
fue asesinado. Acta de acusación contra
el conde de Artois y los ministros ingleses.
5 - Dr J.F. Lemaire, op. cit., p. 12
y 13.
6 - Barry E. O’Meara, Diario, Napoleón
en el exilio, 5 de noviembre de 1816.
7 - T. Lentz, opus. cit., p. 83).
8 – O’Meara, Diario, opus.
cit., 25 de julio de 1818.
9 - Ver W. Forsyth, Histoire de la captivité
de Napoléon à Sainte-Hélène,
según los documentos oficiales inéditos
y los manuscritos de Sir Hudson Lowe, p. 14 a
24
10 - Le 5 mai, relation exacte des diverses
circonstances qui ont précédé,
accompagné et suivi la mort de Napoléon
Bonaparte (...) traduite textuellement des gazettes
anglaises, depuis le 4 juillet jusqu'au 16 juillet
inclusivement, Paris el 21 de julio de 1821.
A. de J.E., De Bonaparte et de sa mort,
Paris 1821.
Monkhouse (J.), Les Six Dernières Semaines
de Napoléon. Relation écrite à
Sainte-Hélène por J. Monkhouse,
oficial de la marina real, París, 1821.
Réflexions sur la mort de Napoléon
par un chirurgien-major de la Vieille Armée,
París, 1821.
Simonnin (J.B.), Histoire des trois derniers
mois de Napoléon Bonaparte, París,
1821.
Accusation contre le meurtrier de Napoléon,
París, 1821.
11 - F. Antommarchi, Mémoires
o Des derniers moments de Napoléon,
1825, 2 vol.
12 - J.F. Lemaire, opus. cit., p.44 nota
2).
13 - Ver Sanger (C.R.), «On chronic arsenical
poisoning from wallpaper and fabrics», Proc.
Am. Acad. Arts. Sci., 1893, 29.
Ellis (A.N.), «Was the Emperor Napoleon
sane or insane during the last dozen years of
his life», Lancet Clinic, 1907,
58.
Ellis (A.N.), «Some few desultory remarks
upon the fatal illness of the Emperor Napoleon»,
Ibidem, 1909, 102.
14 – Ver el Diccionario Robert.
Ver igualmente:
Pye-Smith (R.J.), «Arsenic cancer, with
description of a case», Proc. R. Soc.
Med., 1913, 15.
Smith (S.) and Hendry (E.B.), «Arsenic in
its relation to the keratine tissues», Br.
Med. J., 1934, 2.
Gordon Young (E.) and Rice (F.A.H.), «On
the occurence of arsenic in Human hair and its
medicolegal significance», J. Lab. Clin.
M.
Lenihan (J.M.A.), Smith (H), and Chalmers (J.G;),
«Arsenic in detergents», Nature, 1958,181.
Smith (H.), «Estimation of arsenic in biological
tissues by activation analysis», J.
Forensic Med., 1961, 8.
Smith (H.), «The interpretation of the arsenic
content of human hair», J. Forensic
Sci. Soc., 1964, 4.
Lander (H.), Hodge (P.R.) and Crisp (C.S.), «Arsenic
in the hair and nails. Its significance in acute
arsenic poisoning», J. Forensic Med.,
1965, 12.
Erikson (N.E.), «Arsenic in Hair»,
Proc. ist Int. Conf. Forensic Act. Anal.,1966.
Lima (F.W), «Exogenous contamination of
hair by capillary action of arsenic solutions»,
Proc. ist Int. Conf. Forensic Act. Anal.,
1966.
Shapiro (H.A.), «Arsenic content of human
Hair and nails, its interpretation», J.
Forensic Med., 1967, 14.
Pearson (E.F.), and Pounds (C.A..), «A case
involving the administration of known amounts
of arsenic and its analysis in hair», J.
Forensic Sci. Soc. 1971,11.
Zaldivar (R), «Arsenic contamination of
drinking water and foodstuffs causing endemic
chronic poisoning», Beitr. Pathol. Bd.,1974,
151.
Curry (A.S.) and Pounds (C.A.), «Arsenic
in hair», J. Forensic Sci. Soc.,
1977, 17.
Maes (D.), Pate (B.D.), «The absorption
of arsenic into single human head hairs»,
J. Forensic Sci., 1977, 22.
Smith (L. H.), «Self-poisoning by the abuse
of arsenic containing tonics», Med.
Sci. Law., 1978, 18.
Szuler (I.M.), Williams (C.N.), Hindmarsh (J.T.),
and Park-Dincsoy (H.), «Massive vaiceal
hemorrhage secondary to presinusoidal portal hypertension
due to arsenic poisoning», Can. med.
Assoc. J., 1979, 120.
Sky-Peck (H.H.), «Distribution of trace
elements in human hair», Clin. Physiol.
Biochem., 1990,8.
Orfila, Traité des Poisons ou Toxicologie
générale, París.
15 – Dr. J.F. Lemaire, opus.cit., p.13.
16 – Ver los trabajos de:
a) Forshufvud (S.), Napoléon a-t-il
été empoisonné? Traducción
del sueco, París, Plon, 1961, Reedición
en 1964.
Forshufvud (S.), Smith (Dr H.), Wassen Dr A.),
«Arsenic content of Napoleon’s hair
probably taken immediately after his death»,
Nature, 14 de octubre de 1961,192
Forshufvud (S.), Who killed Napoleon,
Londres, Hutchinson, 1962.
Forshufvud (S.), Smith (Dr H.), Wassen Dr A),
«Napoleon’s illness 1816-1821 in light
of activation analyses of hairs from various dates»,
Arch. Toxikol., 1964,20.
b) Forshufvud (S.) et Weider (B.), Assassination
at St. Helena, the Poisoning of Napoleon Bonaparte,
Vancouver, Mitchell Press, 1978 y reedición
en 1979. Traducción francesa: L’Assassinat
à Sainte-Hélène, Vancouver,
Mitchell Press, 1978.
Weider (B.), Forshufvud (S.), Assassination
at St. Helena, 1978, y Assassination
at St. Helena Revisited, Nueva York, John
Wiley, 1995.
C) Weider (B.), Hapgood (D.), The Murder of
Napoleon, New York, Congdon and Lattés,
1982. Traducción francesa: L’Assassinat
de Napoléon, París, Laffont,
1982.
Weider (B.), Gueguen (E.R.), Fourmer (J.), Maury
(R.), Corso (P.), Dello Stritto (F.), Chiodo (E.),
Hindmarsh (J.T.), Was Napoleon really poisoned
on St.Helena?, The Napoleonic society of
America, expediente de la reunión del 11
de septiembre de 1994, The Union League Club,
Chicago II. (U.S.A.),1994.
Weider (B.), Napoléon, Liberté-Egalité-Fraternité,
1997.
Weider (B.), «Montholon agent du Comte d'Artois»
en «Tribune libre», Revue du Souvenir
Napoléonien, n° 423, 1999.
Weider (B.), Napoléon est-il mort empoisonné?,
1999
Weider (B.), Les derniers jours de l’Empereur,mythes
et réalités, París,
expediente del debate que tuvo lugar el 4 de mayo
del 2000 en el restaurante del Senado con la participación,
entre otros, de Bismuth (C.), Molinaro et Ricordel,
Sociedad Napoleónica Internacional, París,
2000.
Weider (B.), Gueguen (E.R.), Napoléon empoisonné?
y Napoléon a été asassiné,
París, expediente y plaqueta de la reunión
del 1° de junio de 2001 que tuvo lugar en
la sala de la Mutualidad, París, con la
participación de Fornès (P.), Kintz
(P.), Ludes (B.) y Tranié (J.), Ibidem,
París, 2001.
17 - Dr J.F. Lemaire, opus. cit., p.
14.
18 – Ver nota 6 y siguientes.
19 – Ver de Jean Tulard:
Napoléon ou le mythe du sauveur,
París, 1977, reedición 1988.
Nouvelle bibliographie critique des Mémoires
sur l'époque napoléonienne,
Ginebra, 1991.
Napoléon à Sainte-Hélène
por los cuatro evangelistas: Las Cases, Gourgaud,
Montholon, Bertrand; París, 1981.
Dictionnaire Napoléon, 1987 y
suplemento 1989, reedición 1999.
20 - Dr J.F. Lemaire, opus. cit., p.
48.
21 - T. Lentz, Ibidem, p. 86.
22 - Dr Kintz (P.), «Détermination
de l'arsenic dans les cheveux attribués
à Napoléon», opus. cit.,
p. 67-70.
23 – preguntas complementarias al Dr. P.
Kintz, opus. cit., p. 71 et 72.
24 - T. Lentz, opus. cit., p. 86.
25 - T. Lentz, ibidem, p. 92.
26 - T. Lentz, ibidem, p. 93.
27 - R. J.F. Lemaire, opus. cit., p.
35.
28 - Dr Fornès (P.), «La recherche
de la cause de la mort de Napoléon Ier«»,
y «Questions complémentaires au Dr
Fornès», opus. cit., p.
66.
29 - Maury (R.), Candé-Montholon (F. de),
L’énigme Napoléon résolue,
París, 2000.
30 – La redacción de este artículo
es previa a las pruebas
concluyentes efectuadas por el Dr. Pascal
Kintz y reveladas en su conferencia
del 2 de junio de 2005 en Illkirch-Graffenstaden,
Estrasburgo.