« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
THIERRY LENTZ Y JACQUES MACÉ
LA MUERTE DE NAPOLEÓN (1)
MITOS, LEYENDAS Y MISTERIOS

Reseña por el Profesor

Jean Defranceschi
Director de Investigaciones en el C.N.R.S.*
Miembro del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia

El Profesor Jean Defranceschi, miembro de honor del Comité de Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
Pr. Defranceschi
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©

No hay en este libro nada nuevo. Nada que no encontremos en uno de los doscientos mil libros consagrados a la vida de este personaje fuera de la norma, en la primera línea de los cuales se sitúa una obra publicada en 2001, En torno al envenenamiento de Napoleón (2) por el doctor Jean-François Lemaire, el doctor Paul Fornès, el doctor Pascal Kintz y Thierry Lentz. Es decir que haciendo abstracción de los analfabetas que no han leído ninguno de ellos y que no leerán tampoco éste, nadie ignora que « Napoleón murió en Santa Helena, el 5 de mayo de 1821 », que fue inhumado en aquella isla, «permaneció en ella diecinueve años antes de ser repatriado a París donde entró solemnemente el 15 de diciembre de 1840 » y « que se colocaron los restos del difunto en los Inválidos donde se hallan todavía».

La observación se aplica a todos los hechos relatados en la primera parte del libro, « REGRESO EN LA HISTORIA o Lo que se sabe sobre las enfermedades, la muerte, la inhumación, la exhumación y las sepulturas de Napoleón ». Es decir los lugares del drama (p. 19 y siguientes); los actores: – los oficiales, – los domésticos, – los médicos, – los sacerdotes, – los carceleros (p. 27 y siguientes); la otra muerte de Santa Helena, Cipriani (p. 42 y siguientes), sobre la salud de Napoleón (p. 47 y siguientes), – la agonía y la muerte (p.55 y siguientes), la autopsia (p. 61 y siguientes), la inhumación (p.70 y siguientes), la exhumación de 1840 ( p. 76 y siguientes) y el regreso de las cenizas (p. 85 y siguientes). Es por lo cual la pregunta se plantea, ¿cuáles son las razones que condujeron a los autores a consagrar cerca de la mitad del libro (91 páginas) a recordar hechos conocidos por todos? Lentz y Macé no lo dicen, pero la respuesta no da lugar a dudas: persuadir al lector de que no le ocultan nada y prepararlo a recibir lo que sigue.

La continuación se halla en la segunda parte « ARSÉNICO Y MATARRATAS o ¿Fue Napoleón envenenado? » en la cual los vemos lavar a las autoridades británicas de la acusación de haber hecho envenenar a Napoleón (p. 95) que circuló en Francia e incluso en Europa en julio de 1821. « El regreso de los compañeros de exilio, dicen, partidos de Santa Helena el 27 de mayo y llegados a Inglaterra el 2 de Agosto de 1821, acabó por agotar la ola de folletos. Sus testimonios y la publicación del reporte de la autopsia convencieron en efecto a la opinión de que había finalmente poca cabida para la duda: la enfermedad había matado a Napoleón sin la intervención de ningún polvo introducido en su estómago… » añadiendo para terminar que « En eso quedó todo hasta mediados del siglo XX, que vio repentinamente afluir una nueva ola de sospechas ». (p. 97). Es decir que no los seguiremos por razones claramente indicadas en nuestra comunicación a la Universidad de Bâton Rouge: « Hay que abrir la tumba de Napoleón » (Consortium On Revolutionary Europe, 1750-1850. Selected Papers, 2002, p. 228-234).

¡Figúrense! Es verdad que Sten Forshufvud originó la tesis del envenenamiento (p. 99 y siguientes), es igualmente verdad que Ben Weider dio a esta tesis una repercusión que tal vez no habría tenido de otro modo, o más bien que habría exigido muchos años más para ser conocida y debatida en el mundo entero (p.104 y siguientes). Pero de ahí a reducir el debate suscitado por sus trabajos a una mera polémica entre los « envenenistas » (3) (sic), y los que los autores llaman los « especialistas franceses » que estudiaron la tesis del envenenamiento y la refutaron con cierto éxito en revistas históricas o científicas: «los doctores Guy Godlewski y Ganière, ambos excelentes especialistas del exilio imperial, etc.» (p. 106), hay un abismo que no se puede franquear sin engañar al lector o, si se prefiere, sin esconderle lo esencial del debate. Queremos hablar de la exclusión de uno de sus miembros más antiguos del Instituto Napoleón por haber, en ocasión de una sesión de linchamiento mediático contra el « hombre de negocios canadiense », dejado caer estas palabras: « los trabajos de Ben Weider valen más que el desprecio bajo el cual tentamos de hacerlos desaparecer ». La puesta en el índice que obligó al culpable a atravesar el Atlántico para decir lo que tenía que decir. Pero que no le impidió ni reincidir en ocasión de la salida del libro del Dr. Kintz, ni de asociar su nombre al homenaje rendido a Ben Weider por aquellos que lo habían conocido y habían apreciado sus trabajos a su justo valor. La puesta en el índice que no proporciona menos al secretario general de la Fundación Napoleón el pretexto para deshacerse del « profundo conocedor de los archivos de Córcega » (la observación es de Jean Tulard; ver la Revue de l’Institut Napoléon n° 177, 1998-II) opuesto a la introducción en la nueva edición de la correspondencia de Napoleón de todas las cartas anteriores al sitio de Tolón rechazadas en la primera edición, pero también de muy numerosas cartas de familia posteriores; y de remplazarlo por un « gran especialista » infinitamente menos escrupuloso en cuanto a la autenticidad de las cartas publicadas (4). Sí, lo esencial o, para ser más preciso, el giro en la historia de los estudios napoleónicos en favor de aquel por quien el Instituto Napoleón salió de la comunidad científica en la que Jean Tulard lo había hecho entrar para volver a sus orígenes, probando por ahí mismo cuán claro veía J. Godechot cuando escribía: « Es solamente desde 1965 que [la Revista del Instituto Napoleón] anuncia su voluntad de desasirse de la apologética, de la biografía, de la anécdota, del inventario de las colecciones de autógrafos y otros recuerdos napoleónicos, para lanzarse en la vía de la investigación realmente científica. El porvenir mostrará si persevera en esta dirección ». (5)

El resto de la segunda parte, en revancha, no contiene nada nuevo. Dicho de otra forma no contestamos en absoluto que René Maury haya publicado «un libro en el que, después de haber rendido homenaje a Forshufvud y a Weider, emprendió completar sus trabajos probando que sí fue Montholón quien envenenó a Napoleón; que reincidió en 1998, y luego en 2000 con Candé-Montholon, etc. ». Afirmamos simplemente que no hay, en estas cuantas páginas (p.113 y siguientes), nada de nuevo que nos incite a modificar en nada lo que hemos dicho en nuestra comunicación en la Universidad de Bâton Rouge (ver más arriba).

De hecho la única novedad verdadera de este libro se halla en la tercera parte: « ¡SE ROBARON A NAPOLEÓN! o No es el Emperador quien reposa en Los Inválidos ». ¿Pero podemos hablar de novedad a propósito de las críticas que T. Lentz y J. Macé hacen de una obra de título tentador: Anglais, rendez-nous Napoléon… Napoléon n’est pas aux Invalides » publicado en 1969 por « un periodista y fotógrafo de treinta y nueve años llamado Georges Rétif»?

56 páginas en total en las que los vemos dar vueltas sin sentido evitando entrar en el meollo del tema: el número de féretros en los que Napoleón fue inhumado. Tres según Marchand: « hojalata, plomo y caoba; cuatro: hojalata, caoba, plomo y caoba según Darling, Alí, Marchand, Gourgaud, Bertrand y los oficiales franceses » (p. 164). Dicho de otro modo, sin plantear nunca la pregunta: ¿qué valen las memorias de Marchand sin las cuales el susodicho periodista no habría jamás escrito su libro? Sí, qué valen las memorias de Marchand las cuales, lo sabemos hoy, no son un atestado redactado en el momento de los hechos, sino una recopilación de recuerdos echados sobre el papel muchos años más tarde, al testimonio del primer ayuda de cámara quien el mismo escribía, el 1º de junio de 1835: « Tuve la idea de anexar a este libro (pero no bajo la forma de un diario, habría temido faltar al respeto y a la fidelidad por las que estábamos todos penetrados por la persona del Emperador, de permitirme llevar uno sin su autorización), mis recuerdos sobre la isla de Elba, los Cien Días y Santa Helena; cuando, mejor inspirado, pensé que este dictado sobre los Comentarios de César debía ser la continuación de los manuscritos publicados y por publicar; que por consiguiente era puro de todo entorno como había que librarlo a la publicidad. Mis recuerdos estarán pues debidos a mi memoria, a la memoria del corazón que no me faltará jamás. Ojalá la publicidad que me propongo darles un día pueda mostrar al Emperador tal como lo je visto… » (Mémoires de Marchand. París, Tallandier, 1985. Tomo 1º, Prefacio al Preciso de las guerras de César, pp. XXV y XXVI).

Sabemos además que las memorias en cuestión no fueron publicadas estando Marchand en vida, sino muchos años después de su muerte (voir ibídem, Prefacio de de Jacques Jourquin, p. IV). Esto no quiere decir que contestamos los hechos relatados por Jean Bourguignon quien publicó el primer volumen de las Memorias entregadas por el nieto de Marchand (Mémoires de Marchand, tomo 1º, Prefacio de Jean Bourguignon, p. XLVIII). Afirmamos simplemente que en el transcurso de los 117 años que separan el anuncio por Marchand de la intención de publicar su diario y la aparición del primer volumen, hay cabida para el testimonio de Maxime du Camp cuando dice que: « … Creo, sin poderlo afirmar, que este diario fue comprado y destruido por Napoleón III » (6), pero también para la redacción por un descendiente de Marchand, con la cabeza aún toda plena de los relatos que habían arrullado su infancia, de las memorias de su padre o abuelo, cometiendo inevitables errores; el número de féretros señalados más arriba en los cuales Napoleón habría sido inhumado, por ejemplo.

Errores que el comandante Henry Lachouque, quien publicó el segundo volumen, tenía en mente cuando escribía « las Memorias de Marchand no dejan de hecho de revelar ciertos problemas a los cuales se abocarán los historiadores del porvenir » (Prefacio a las Memorias de Marchand, tomo 2º, p. VI).

Errores que incluso T. Lentz y J. Macé reconocen al hablar de «la forma aproximativa del atestado redactado el 7 de mayo en la noche por Marchand…», luego al admitir que el primer ayuda de cámara pudo equivocarse, y hasta esforzándose por reducirlos a nada: « el error del ayuda de cámara no es nada más que un error material, corregido por todos los demás textos » (p. 164).

Que nos hacen una obligación de recordar que el momento ha llegado para los historiadores de acabar con este diálogo de sordos y de pedir a los químicos que saben hoy hacer hablar a la tinta y al papel que nos digan en qué momento el manuscrito dado por el nieto de Marchand, el Sr. Desmazières-Marchand, a Jean Bourguignon, fue redactado. ¿Antes o después de 1850? Pues es ahí donde está la clave del enigma.

El resto no vale más. Es en especial el caso de la conclusión en la que los autores claman su hostilidad a la apertura de la tumba de Napoleón, olvidando que dicha tumba, la cual es cierto, no es la del « Señor Todo-el-mundo », no por ello fue menos abierta en 1840 y que, ni en aquella época ni en el transcurso de los 169 años que siguieron, nadie ha hipado por un sacrilegio.

Es igualmente cierto para la bibliografía, donde los vemos desnaturalizar la verdad al disminuir de más de la mitad los trabajos recomendados (184 referencias en el libro publicado en 2001 y 76 en el que acaba de salir). Las cifras adquieren toda su significación cuando sabemos que en la lista de trabajos suprimidos figuran todos los que hemos utilizado (en nuestra comunicación en la Universidad de Bâton Rouge) pata demostrar el carácter científicamente indefendible de su manera de ver las cosas. Es la razón por la cual terminaremos diciendo que este libro es y quedará como una mancha indeleble en el frontón de la historiografía en general, revolucionaria e imperial en particular.

NOTAS:

* CNRS: Centre National de la Recherche Scientifique – Centro Nacional de la Investigación Científica de Francia.

1) Thierry Lentz et Jacques Macé: La mort de Napoléon – Mythes, légendes et mystères. París, Perrin, 2009, 226 páginas.
2) Jean-François Lemaire, Paul Fornès, Pascal Kintz, Thierry Lentz: Autour de l’empoisonnement de Napoléon, Nouveau Monde Editions y Fundación Napoleón, París, 2001, 131 páginas).
3) Los envenenistas, « empoisonistes», vocablo despectivo acuñado por el Sr. Lentz para referirse en sus escritos a los defensores de la tesis del envenenamiento de Napoleón.
4) Para más detalles, ver nuestra comunicación « ¿Qué valen los papeles de la familia Bonaparte antes de su elevación? ».
5) Jacques Godechot, L’Europe et l’Amérique à l’époque napoléonienne (« Europa y América en la época napoleónica »). París, P.U.F., Colección Clío, pp. 12 y 13).
6) Souvenirs d’un demi-siècle, au temps de Louis-Philippe et de Napoléon III (« Recuerdos de un medio siglo, en tiempos de Luis Felipe y de Napoleón III »), citado por Jean Bourguignon, prefacio, tomo 1º, p. LVIV).