Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
PARÍS, 15 DE DICIEMBRE DE 1940
EL REGRESO DE LAS « CENIZAS » DEL REY DE ROMA
Cortejo del 15 de diciembre de 1940
El féretro que contiene los restos mortales del Rey de Roma es entregado a las autoridades francesas en el Patio de Honor del Hotel de los Inválidos, en París.

Por el Señor

René Decq
Testigo ocular

René Decq.
René Decq
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.
Profesor de inglés retirado, el Sr. René Decq, apasionado desde siempre por la historia napoleónica, es hoy en día un conferencista distinguido que desarrolla una intensa actividad en tanto que miembro de diversas sociedades de estudios históricos como Les Vosges Napoléoniennes o el Souvenir Napoléonien.
A la edad de 15 años, el 15 de diciembre de 1940, en un París gélido y en plena ocupación alemana, asiste junto con su padre al regreso de las cenizas del Rey de Roma, restitución realizada como prenda de colaboración entre Alemania y la Francia del régimen de Vichy; obsequio envenenado de un Führer deseoso de recuperar y apropiarse del prestigio del nombre y de la gloria imperiales. (1)

Mi testimonio consiste sobretodo en una evocación de imágenes impactantes para un chaval de 15 años (voy a cumplir 78) (2), más interesado por el espectáculo de la capital a la que descubre por primera vez que por la impresión de asistir a un evento histórico.

Estamos en diciembre de 1940, Francia y los franceses están aún todos traumatizados por nuestro desmoronamiento militar y también por el episodio trágico de Mers-El-Kébir donde los ingleses, sin advertencia, asesinaron a una parte de nuestra flota del Mediterráneo. De tal suerte que entre los alemanes y la puñalada de nuestros ex aliados, los franceses están desorientados y buscan puntos de referencia. Es de señalar que en diciembre de 1940, muy poca gente ha oído el Llamado del general de Gaulle. El general es aún para nosotros alguien totalmente desconocido.

Mi padre, ferroviario, ya es un napoleónico ferviente. Yo tenía apenas diez años cuando él me recitaba de memoria y orgullosamente estos versos de Víctor Hugo: « Vamos, haced combatir a la Guardia, a los lanceros, granaderos con polainas de dril, coraceros, cañoneros que arrastran el trueno... » (3)

Yo ya conocía, por supuesto, toda la historia de Napoleón. La había leído y releído. Mi abuela, cuando yo apenas sabía leer, ya me había obsequiado un libro sobre el Emperador por Louis Bertaud. Un libro que siempre he conservado. Todavía vuelvo a ver las imágenes. De hecho acabo de otorgarlo a mi nieto como recuerdo de su abuelo.

En 1940, vivíamos en Hénin-Liétard en el Pas-de-Calais. Al volver a casa una noche, mi padre nos dijo: « Acabo de enterarme de que traen de regreso a París las Cenizas del Aguilucho. ¡René, me dijo, vamos allá! ».

El Duque de Reichstadt en su lecho de muerte
Dibujo de Johann Nepomuk Ender (1793–1854).

 

La perspectiva de ir a la capital que aún no había visitado me regocijaba tanto más cuanto que este viaje representaba tres días de ausencia de la escuela. Estaba en segundo año de secundaria (4) en aquella época.

Así pues, tomamos el tren rápido número 306 en la estación de Douai, temprano en la mañana, para llegar a París cinco horas más tarde. Sólo son 240 km.

Mi padre, con una misión casi oficial, provisto de un ausweis para cruzar los controles alemanes de la zona roja, manifestaba su asombro al ver los puentes ya reconstruidos. Llegada a París. Almuerzo en la cantina de los ferroviarios de la estación del Norte. El racionamiento ya existe, pero no se manifiesta aún con la severidad draconiana que se conocerá posteriormente. En la tarde, paso a la estación del Este donde mi padre se informa acerca de la llegada o no del furgón que trae de regreso los restos del Aguilucho. Incertitud e indiferencia en los ferroviarios. Sí, se ha oído hablar de un convoy fúnebre, pero, pero, pero... Una sección del ejército alemán monta una guardia vigilante en torno a un furgón. Para los ferroviarios, deben ser los restos de un alto dignitario alemán... duque de Reichstadt..., no se sabe. Evidentemente, para los ferroviarios, el nombre de duque de Reichstadt o el de Rey de Roma, eran nombres desconocidos en el batallón. Mi padre trata de obtener informes sobre la transferencia oficial. No saben. Hay que esperar precisiones. En la noche, vamos a dormir donde unos primos en Maison-Alfort. El día siguiente, regresamos. Imposible obtener precisiones sobre aquel cuerpo.

Mi padre decide ir a los Inválidos. Volvemos a tomar el metro. Es para mí, una aventura fascinante, palpitante. Pero hace mucho frío. Un viento glacial sopla en la capital y hay borrascas de nieve. Descubro avenidas muy amplias que me fascinan. Hay mucha circulación. Pero son sobre todo muchos vehículos alemanes, especies de furgonetas con una pancarta en la que está escrito: “WH”. Nos acercamos de los Inválidos cuya cúpula que centellea a pesar de las borrascas de nieve admiro. La entrada del monumento está bloqueada por un cordón de policía francesa. Numerosos camiones civiles y vehículos alemanes rodean la plaza. Hay mucho mundo en la Explanada. Muchos de ellos, según me parece, vinieron por curiosidad. Pero esperamos. ¿Qué esperamos? Ya no tengo noción de la hora. Ya no sé si es la mañana, la tarde o la noche. El cielo está sombrío. Y esperamos. Esperamos siempre. ¿Pero qué esperamos? Algunos dicen: « Esperamos a Laval ». Otros: « Esperamos a Darlan ». Para mí, nombres desconocidos. Otros también dicen: «Esperamos al Mariscal. »

Por fin, un movimiento en la muchedumbre. Ya está, es el cortejo. Quisiéramos acercarnos, pero el cordón de policía rechaza a los curiosos. Yo soy demasiado bajo. No veo gran cosa. Pe parece percibir motos, un tractor que jala una especie de cañón con un cofre, recubierto por una gran bandera. Y por doquier, los alemanes en gran uniforme. Mi padre me dice: « Por fin, nuestros soldados ». Trata de ver más precisamente y añade: « Nuestros soldados toman el féretro y lo alzan sobre sus hombros ». Estamos demasiado lejos para ver. Se hace el silencio. Debe haber discursos. En aquella época, no había micrófonos. De repente, percibo soldados franceses en gran uniforme. Para mí, son uniformes del tiempo de Napoleón todos engalanados de oro, cascos broncíneos, sables… Mi padre me señalará que son Guardias Republicanos que forman una valla de Honor. Hay toques de clarines, baterías de tambores. Todo se mezcla en mi memoria. El ataúd es metido entonces en el edificio de los Inválidos. Se ha terminado. La muchedumbre se dispersa. Estoy decepcionado. No he visto gran cosa. Y además, hace frío. Tengo los pies helados. Tengo hambre. Volvemos a casa de los primos en metro, y luego en tren.

La mañana siguiente, regresamos a los Inválidos. Podemos entrar. Ya no hay cordón de policía. Descubro el mausoleo del Emperador que me impresiona y que me fascina. A los pies de este gran monumento en pórfido rojo, el féretro del Rey de Roma, ataúd de bronce, había sido colocado. Lo veo todavía, entrando, a la izquierda.

Salgo de ahí todo conmovido, pues he leído el relato de la vida de ese joven que a través de la voz de Edmond Rostand decía a Flambeau (5):

« ¡Pues bien! yo, sin poder, sin título, sin reino,
¡Yo que no soy más que un recuerdo en un fantasma!
¡Yo, este duque de Reichstadt quien, triste, no puede más
Que errar bajo los tilos de este parque austriaco
Grabando sobre sus troncos eNes en el musgo,
Paseante al que no se mira un poco más que cuando tose!
¡Yo que ya no tengo ni el menor pedazo
Del moaré rojo, ¡ay! en mi cuna!
¡Yo, cuyo infortunio en vano han constelado!
»

Muestra las dos placas de su pecho.

« ¡Yo que ya no llevo más que dos cruces en vez de Una!
¡Yo enfermo, exiliado, prisionero no puedo
Galopar en el frente de los regimientos pomposos
Echando a los héroes astros! Pero espero,
Imagino... Me parece en fin que, hijo de un padre
Al cual un firmamento ha pasado por las manos,
Debo, a pesar de tanta sombra y de tantos mañanas,
Tener en la punta de los dedos un poco de estrella todavía...
¡Jean-Pierre-Séraphin Flambeau, te condecoro!
»

Al salir de los Inválidos, lloré.

René Decq, 2003.

El féretro del Rey de Roma
Fotografía anterior a 1970, que muestra al ataúd tal como era visible antes de ser depositado dentro de su fosa. Colección J. Y. Labadie.

 

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 

Extractos del diario L’Illustration n° 5102, del 21 de diciembre de 1940
RELATO DEL REGRESO DE LOS RESTOS DEL AGUILUCHO

Entretanto había llegado a la estación del Este el furgón especial acondicionado como capilla ardiente que contenía el cuerpo del Príncipe Imperial. Oficiales alemanes lo acompañaban. Minuto emotivo cuando, frente a los pocos franceses reunidos en el andén, las pesadas puertas metálicas se deslizaron, echando de un lado y otro un fino polvo de nieve acumulada en las ranuras [...] pues, como hace cien años para el Emperador, toda esas ceremonias se llevaron a cabo en una temperatura glacial.

Dos soldados de la Wehrmacht se apostaron de inmediato frente a la puerta bien abierta y, fijos como estatuas, montaron una última guardia de honor hasta el momento en que un destacamento armado vino a buscar el pesado ataúd de bronce para conducirlo a los Inválidos. La media noche iba a dar. Veinticuatro hombres fueron necesarios para levantar el pesado féretro sobre una cureña de artillería remolcada por un tractor.

El cortejo se forma entonces, en la noche y bajo el aguanieve. Motociclistas abren la marcha. Algunos autos siguen y el carro fúnebre recorre a baja velocidad el bulevar de Estrasburgo, el bulevar de Sebastopol, los muelles del Sena: será la 1h: 20 de la mañana cuando llegue a los Inválidos.

Desde hacía más de una hora, detrás de las rejas, lo esperan las personalidades oficiales, algunos invitados y los miembros de la prensa. Ahí está el almirante Darlan, que representa al gobierno, el general de la Laurencie, el general Laure, jefe del gabinete militar del mariscal Pétain. Entre las sombras de aspecto fantasmagórico que dan los cien pasos se distingue a los señores: Abel Bonnart, Sacha Guitry, Marcel Deat.

El espectáculo era grandioso por su simplicidad: bajo la nieve fundida, que, por ráfagas, barría el vasto patio, las dos filas de antorchas chisporroteantes trazaban una vía luminosa que subía hasta la capilla bien abierta; hasta el fondo, donde el padre, cuya presencia inmaterial se creía sentir, esperaba a su hijo, ese hijo que le había sido arrancado apenas a la edad de tres años.

Pero el largo, el emocionante velatorio iba a tomar todo su significado. De un coche desciende el Sr. Abetz; el almirante Darlan se dirige a su encuentro. Luego ruidos, redobles sordos se dejan oír; en la plaza Vauban, hundida en la sombra, se perciben órdenes, se distinguen siluetas que se afanan.

Y repentinamente, llevado por soldados alemanes, aparece, y enseguida cruza la reja el sarcófago del Rey de Roma. Las cabezas se descubren; algunos metros son recorridos y el féretro es colocado en una estrada baja. Entonces, el embajador de Alemania se dirige al encuentro del almirante Darlan y, en algunas palabras, le hace entrega del precioso depósito en nombre del Führer. El almirante Darlan le da las gracias. Una orden breve: los soldados alemanes dan media vuelta y pasan de nuevo la reja. Durante algunos minutos, el féretro se queda ahí, solo, frente al Domo.

Otra orden: a la derecha, a la izquierda, guardias republicanos se acercan al ataúd, cogen los largueros de madera sobre los cuales reposa, lo levantan y, lentamente, agachados bajo el peso, se ponen en marcha.

[...] Paso a paso, el cortejo se acerca a las gradas de la capilla. Una vez subidos los escalones, el cortejo rodea la tumba del Emperador; involuntariamente, al parecer, los portadores ralentizan aún más su marcha: un segundo, incluso, se detienen, a plomo de la rotonda del fondo de la cual surge la inmensa tumba de pórfido y de gres. Pero la marcha reinicia y el féretro es colocado en un catafalco situado frente al altar. Se lo envuelve en una inmensa bandera tricolor. Una gran alfombra violeta, sembrada de abejas de oro, recubre los escalones abajo de los cuales está congregado el grupo de los oficiales. Los órganos tocan, pero todo es tan misterioso en eta noche misteriosa y augusta que parece que no son órganos, sino la atmósfera toda entera que vibra y resuena melodiosamente. Un breve servicio religioso se lleva a cabo. A las dos, la ceremonia ha terminado, al menos por esta noche.

Se reiniciará la mañana del día siguiente, con más pompa pero no más épica belleza. Esta vez, son guardias a caballo en uniforme de aparato, pantalón blanco y adornos escarlatas, los que forman la valla, y montan la guardia de honor, sable en puño. Una misa será dicha en presencia del cardenal Suhard, arzobispo de París, y del cardenal Baudrillart. La maestría de los conciertos Pierné canta el Requiem de Fauré. Los miembros de la familia imperial y de la nobleza de Imperio están ahí: S.A.I. la princesa Napoleón, representando al príncipe Napoleón (1), enrolado en el curso de la guerra en la Legión extranjera bajo el nombre de soldado Blanchet; el príncipe Paul Murat y la princesa; los Suchet, duque de Albufera; Masséna, duque de Rívoli; el príncipe de Essling… [...]

 

Al concluir la misa, el almirante Darlan colocará sobre la tumba del Emperador Napoleón una inmensa corona floral. Inscrito en el listón tricolor que la ciñe puede leerse: « Mariscal Pétain ».
Una vez terminada la ceremonia, se le autorizará por fin al público penetrar bajo el domo de los Inválidos para descubrir los restos del Emperador y su hijo, por fin reunidos, en la muerte.

 

Tumba del Rey de Roma
Aspecto actual de la tumba con el féretro bajo su loza sepulcral, al pie de la estatua del Emperador por Pierre-Charles Simart (1806-1857). Iglesia San Luis de los Inválidos (París).

NOTAS:

1) En lo que respecta a éste y otros episodios que tuvieron lugar durante el periodo, S.A.I. el Príncipe Luis Napoleón (1914-1997), Resistente en el maquis, recipiendario de la Legión de Honor, de la Cruz de Guerra 40-45 con Palmas, y de la Orden de Leopoldo con espadas, diría: « Los alemanes trataron durante la guerra de tomar mi nombre como bandera, figurándose que las ideas de Hitler, que eran ideas racistas y de hegemonía sobre los pueblos, podían ser comparadas con las Ideas Napoleónicas europeas. Lo cual era falso, porque nuestras ideas había salido de la Revolución de '89, y eran ante todo ideas de libertad ».
2) Artículo redactado en septiembre de 2003.
3) « Allons, faites donner la Garde, les Lanciers, Grenadiers aux guêtres de coutil, cuirassiers, canonniers qui traînaient le tonnerre... »
4) Cinquième, en el sistema francés.
5) « Eh bien! moi, sans pouvoir, sans titre, sans royaume,
Moi qui ne suis qu'un souvenir dans un fantôme!
Moi, ce duc de Reichstadt qui, triste, ne peut rien
Qu’errer sous les tilleuls de ce parc autrichien
En gravant sur leurs troncs des N dans la mousse,
Passant qu’on ne regarde un peu que lorsqu’il tousse!
Moi qui n’ai même plus le plus petit morceau
De la moire rouge, hélas! dans mon berceau!
Moi dont ils ont en vain constellé l’infortune!
».
Il montre les deux plaques de sa poitrine.
Moi qui ne porte plus que deux croix au lieu d’Une!
Moi malade, exilé, prisonnier je ne peux
Galoper sur le front des régiments pompeux
En jetant aux héros des astres! Mais j’espère,
J’imagine... il me semble enfin que, fils d’un père
Auquel un firmament a passé par les mains,
Je dois, malgré tant d’ombre et tant de lendemains,
Avoir au bout des doigts un peu d’étoile encore...
Jean-Pierre-Séraphin Flambeau, je te décore!
»

VER TAMBIÉN:

Vídeos del INMF: El regreso del pequeño Rey de Roma a París