« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
ENVENENAMIENTO DE NAPOLEÓN
REAPARICIÓN DE UNO DE NUESTROS MEJORES ENEMIGOS

Por el Señor

Jean-Claude Damamme
Consejero Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional

El Sr. Jean-Claude Damamme, Miembro de Honor del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
Sr. Damamme
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©

Hacía mucho tiempo que el Sr. Jean Tulard, detractor emblemático, uno de los más virulentos y más encarnizados en ridiculizar al « fabricante canadiense de artículos de deporte » – entiendan Ben Weider y su « serpiente marina » – no se había manifestado sobre el tema.
Y, ahora, súbitamente, en la revista Valeurs Actuelles fechada el 15 de julio [de 2010 N.d.T.], apareció un artículo, aparentemente la primera parte de una serie, intitulada: « ¿Las muertes misteriosas: Napoleón envenenado? » (1).
Cuando se empieza una serie histórica – recuerdo, y con razón, la emisión « Secretos de Historia » (2) en la cadena France2 en la que me hice « pillar como un novato » por la sociedad de producción para el mayor provecho de nuestros adversarios – siempre es conveniente, para hacer que al lector o al telespectador se le haga agua la boca, iniciar con la más grande « estrella » de nuestra historia. La serie que se anuncia en esta revista no contraviene a este imperativo comercial.

 

NIHIL NOVI SUB SOLE

¿Entonces, de qué se trata?
Lamento escribirlo: de nada.
De nada nuevo, pues volvemos a encontrar en este texto toda la mala fe (sutilmente adornada) y las aproximaciones de las que nos hemos dado cuenta muchas veces en este sitio.
Hay un punto en el que estoy en acuerdo con el autor, es el de la culpabilidad supuesta de Montholon. No es que éste bajo trabajo no pueda parecérsele, pero, efectivamente, fuera de una íntima convicción, no existe nada sólido para apuntalarlo. Un miembro del entorno de Ben Weider se había hecho muy imprudentemente acusador público número uno de ese personaje sin duda poco reluciente, pero todavía presumido inocente, y así le había brindado argumentos a los adversarios – numerosos – de la tesis del envenenamiento. ¡Una ocasión suplementaria que les era dada de ridiculizar a la nueva serpiente de mar!
En cuanto a decir, como lo hace el Sr. Tulard, que la hipótesis de la culpabilidad del « general es más bien inverosímil », eso me parece bien azaroso igualmente, pues, si nada objetivo prueba su culpabilidad, nada demuestra tampoco su inocencia.
A propósito de los peritajes hechos por el FBI, el Sr. Tulard escribe que « las conclusiones del FBI no son tan categóricas como lo afirmaba Ben Weider. El profesor Roger Martz en una carta a Proctor Jones, el 3 de noviembre de 1995 escribía: “El laboratorio del FBI no puede confirmar que Napoleón murió de una ingestión de arsénico” ».
Para ser totalmente honesto, pero es sin duda pedir demasiado, hubiera sido necesario que el autor del artículo hiciera mención de este otro correo de Martz a Weider, fechado el 28 de agosto de 1995:
« El laboratorio del FBI ha analizado dos de los cabellos de Napoleón que había usted sometido para una búsqueda de arsénico. Encontrará enseguida los resultados del análisis que ha sido efectuado por medio de espectroscopia de absorción atómica en horno de grafito (Graphite Furnace Atomic Absorption Spectroscopy) [aquí los resultados, que figuran en nuestro sitio y en el de la SNI]. La cantidad de arsénico presente en los cabellos analizados es significativa de una intoxicación por el arsénico ».
Un pequeño recordatorio semántico, que se cuidan muy bien de evocar los adversarios de la tesis: el vocablo « envenenamiento » no forma parte del lenguaje de los científicos.
Aquí también, algunos se precipitaron demasiado afirmando que nuestro desdichado Emperador había muerto envenenado, o sea que la ingestión del tóxico era directamente responsable de su muerte. Era tender una vez más un palo para hacerse apalear. Cualesquiera que fueran sus nombres, al ser los adversarios de la tesis del envenenamiento particularmente ladinos, resulta conveniente ser en extremo circunspecto en la elección de nuestro vocabulario y de nuestros giros.
Eso no quita – y esta es la única buena formulación – que, el 5 de mayo de 1821, cuando rindió el alma, Napoleón era víctima de un envenenamiento con arsénico.

 

PEQUEÑO REGRESO A LOS ANÁLISIS DE SCIENCE & VIE

El autor aborda enseguida el caso de los análisis de la revista de vulgarización Science & Vie, y concluye:
« Una veintena de mechones han sido sometidos a análisis que mostraron proporciones anormalmente elevadas de arsénico. Con semejantes cantidades, Napoleón no habría podido resistir tanto tiempo. Si ciertos análisis muestran un paso directo en el cuerpo, el arsénico tiene probablemente un origen exógeno [externo] y no endógeno [interno] ».
Confieso no discernir bien lo que esta última frase busca demostrar, pero me parece por su estructura misma esconder un contrasentido evidente. Qué importa, ya no estamos al grado de preocuparnos por una aproximación de más o de menos.
Tal vez (verosímilmente), esta aserción del Sr. Tulard halla su origen en el hecho de que los autores de los análisis comanditados por la revista en cuestión se cuidaron bien de no examinar más que la envoltura de los cabellos. Al ser el arsénico en aquella época un producto de conservación de los cabellos, no es efectivamente difícil encontrar, sobre su envoltura, importantes concentraciones de tóxico.
Paso por alto la pregunta que se plantea el autor a propósito de la responsabilidad del papel tapiz (olvidó hacer mención de aquel otro culpable potencial a menudo invocado: el humo de la estufa), pues se concibe fácilmente que, ancestros de nuestros « ataques quirúrgicos » modernos, las emanaciones del papel tapiz no hayan intoxicado más que a Napoleón, omitiendo a todos los demás.

 

¡UN « MUST »: EL INSTITUTO ITALIANO DE FÍSICA NUCLEAR!

Es él, escribe el Sr. Tulard, el que formula la « buena pregunta »:
« ¿Cuáles eran las dosis normales de arsénico que se podían hallar en los cabellos de los contemporáneos de Napoleón? »
Con esta revelación suplementaria: el examen de cabellos de dos hermanas (¿de hecho, cuáles?) del Emperador revela una concentración de arsénico muy fuerte (por supuesto, no se nos precisa la importancia de ésta), mucho más elevada que el nivel promedio actual.
« El entorno en el que vivían las gentes a principio del siglo XIX las conducía a ingerir cantidades de arsénico que consideraríamos hoy como peligrosas ».
Cuando sabemos que el arsénico hallado, ya no en la superficie, sino en el corazón de los cabellos del Emperador (ver más abajo) es raticida (As3 o arsénico mineral, la forma más tóxica), podemos, sin riesgo de error, aseverar que si la pregunta es la « buena », la respuesta es grotesca.
En efecto, hacer creer que, durante el Imperio, la gente ingería beatamente raticida, equivale ni más ni menos a tomar al público en general por un imbécil – no hay otro vocablo posible – y a estimar que se puede, según su buena voluntad, hacerle « tragarse » lo que sea.

 

EL FAMOSO MECHÓN DE 1805

Otro clásico estribillo de los oponentes que les da la esperanza de enterrar la tesis de manera definitiva, cito al autor del artículo:
« ¿No es significativo que el análisis de un mechón de cabellos de Napoleón que habría sido cortado en 1805, muestre un índice de impregnación tan elevado como el observado en los mechones recogidos en Santa Helena? Si hubo envenenamiento, el asesino habría comenzado el trabajo en 1805 y lo habría acabado tan solo en 1821. ¡Un bien mal envenenador! »
Para responder por enésima vez a esta insinuación, recuerdo que solo el Dr. Kintz (laboratorio ChemTox en Illkirch-Graffenstaden) y el Prof. Wennig (universidad del gran ducado de Luxemburgo) han explorado EL INTERIOR de los cabellos del Emperador.
Todos los exámenes de superficie no son de ningún interés y no pueden probar nada, salvo que siguiendo ese razonamiento, se podría hallar arsénico en los cabellos del general Bonaparte del sitio de Tolón, de las campañas de Italia, de Egipto… puesto que el arsénico era utilizado para conservar dichas reliquias.

 

EXÓGENO-ENDÓGENO Y LÍNEAS DE MEES

Otra hipótesis que no me atrevería a calificar de mentirosa:
« No olvidaremos finalmente que el arsénico administrado de manera crónica no mata, salvo a fuertes dosis. Y en el caso de Napoleón, la mayor cantidad de arsénico hallado en sus cabellos sería de origen exógeno ».
La imagen presentada aquí abajo aporta, desafortunadamente para nuestro autor, un desmentido categórico a esta afirmación fantasiosa.
Fue realizada por la universidad del gran ducado de Luxemburgo mencionada más arriba con una máquina, el Nano-SIMS 50, del cual no existen más que doce ejemplares en el mundo.

Distribución 75As en los cabellos de Napoleón
Arsénico raticida (95%) en el núcleo del cabello de Napoleón
En este diagrama, se distingue nítidamente que la « médula », es decir el corazón del cabello, contiene tóxico, arsénico en este caso.
Para esta impregnación de la « médula », no existe más que una sola explicación posible: el arsénico llegó al corazón de los cabellos a través de los capilares que lo irrigan. Es la prueba definitiva de que se trata claramente de una incorporación activa por vía digestiva, y absolutamente no de una contaminación externa.
El tóxico, –raticida, como lo probó el Dr. Kintz en 2005 –, no pudo llegar así al corazón de los cabellos más que de una y única forma, transmitido « obligatoriamente » (dixit el Dr. Kintz) por el flujo sanguíneo, es decir absorbido por vía oral.

 

En cuanto a las líneas de Mees (rayas obscuras en las uñas), su ausencia es particularmente significativa para el Dr. Jean-François Lemaire, miembro del Souvenir Napoléonien (el « Recuerdo Napoleónico ») y en dicha calidad gran adversario del envenenamiento, pues según él invalida la tesis: por consiguiente es conveniente recordar que éstas no fueron descubiertas sino hasta la segunda mitad del siglo XIX.
¡Quienes autopsiaron al desdichado Napoleón debían ser un poco visionarios!
« El arsénico vendría entonces, según Jean Tulard, del entorno y de las prácticas de aquel tiempo. No era necesario ponerlo en el vino. »
Efectivamente, estando la isla infestada de ellas, había entonces veneno matarratas en grandes cantidades en Santa Helena; esto cuenta sin duda para lo del « entorno », pero ¿« las prácticas de aquel tiempo »?
No vuelvo a este tema del cual creo haber subrayado más arriba la total inepcia.
Por supuesto se puede escribir cualquier cosa, pero como sea hay límites que no se deben rebasar bajo el riesgo de fallar en el objetivo que uno se ha fijado: mantener al público en general, que éste se interese o no a Napoleón, en la ignorancia, haciendo a la vez como que se le sirve la « verdad verdadera ».
¿No sería esto manipulación? Este caso es rico en ejemplos.

Dr. Pascal Kintz.
« Fue hallado arsénico mineral [más del 95% dentro de los cabellos de Napoleón] y por consiguiente estamos en una pista totalmente criminal »
Dr. Pascal Kintz
Presidente (2005-2007) de la Asociación Internacional de Toxicólogos Forenses, TIAFT.
Conferencia del 2 de junio de 2005, en Illkirch-Graffenstaden.*

 

EL CÁNCER EMBLEMÁTICO

Pasamos enseguida a la evocación del famoso cáncer del estómago de nuestro pobre Napoleón, estómago cuyo deterioro el autor subraya.
Simple caso escolar, evidentemente, pero sería sin duda de enorme interés poder examinar el estómago de un desdichado que, antes de morir, hubiera sido « atendido » hoy con raticida durante más de cuatro años, a fin de poder constatar su estado.
Otra cita tomada en el texto de nuestro autor:
« El argumento según el cual no puede haber cáncer dado que no hubo adelgazamiento no se sostiene. En sus cuadernos, Bertrand señala la flacura de Napoleón. Los científicos suizos compararon nueve pantalones usados por el Emperador antes o después de Santa Helena: habría perdido más de diez kilos durante los últimos meses de su vida. ¡Hasta dónde no habrán llevado los expertos sus demostraciones! »
Respuesta a la pregunta planteada (tal vez se trate de un cierto humor, pues el autor no está carente de él) al final de la cita: hasta la bobería más completa.
¡Determinar las causas de la muerte de un hombre midiendo la talla de sus pantalones y presentarlo como prueba científica determinante! ¡Qué cima de la ciencia!
Suiza es bien dichosa de tener investigadores de este temple en sus laboratorios.
Antes de proseguir y puesto que Jean Tulard cita, entre los médicos, al señor Antommarchi, recuerdo que éste no era doctor como se escribe corrientemente, sino simple prosector, función que el diccionario de Littré define como « aquel que está encargado de preparar las piezas de anatomía necesarias para las lecciones de un profesor ».
Simple pregunta: ¿Cuál era entonces su competencia – real – en materia de diagnóstico?
Esta evocación del cáncer del Emperador me da la ocasión de recordar aquí que, durante largo tiempo y antes del Dr. Jean-François Lemaire, la referencia médica del Souvenir Napoléonien, cuya oposición casi neurótica a la tesis del envenenamiento conocen los visitantes de nuestro sitio Internet, fue uno de sus antiguos presidentes, el Dr. Guy Godlewski, cuyo nombre aparece en el artículo.
En el prefacio, por el Sr. Marcel Dunan, de los « Cuadernos de Santa Helena, Enero 1821-Mayo 1821 » del general Bertrand, igualmente citado porque señala « la delgadez de Napoleón » – el raticida, « demacra » – podemos leer esto:
« … El doctor Guy Godlewski… niega la nocividad del clima y descarta por medio de argumentos obtenidos del desarrollo de los tejidos grasosos, la idea de una afección cancerosa… ».
¿No está la cosa como para perderse?
Posteriormente, Souvenir Napoléonien obliga, ese mismo Dr. Godlewski no dejará de « disparar con bolas al rojo » sobre la hipótesis de un posible envenenamiento de Napoleón. En política, eso es conocido con la expresión bastante vulgar de « tornar de casaca ».

Dejo ahora a nuestros visitantes el cuidado de sacar ellos mismos sus conclusiones acerca de la pertinencia de la demostración administrada por este artículo, bien turbio, hay que decirlo.
Un gran buen punto sin embargo: Jean Tulard, bizarramente por cierto, no menciona en ninguna parte el último opus de los Sres. Lentz (bien conocido él también por nuestros visitantes) y Macé, cuyo título no daré, al haberles brindado la prensa de gran difusión, escrita, radiofónica y televisual, con una conmovedora unanimidad, todo el apoyo que estaban « legítimamente » fundados a esperar de ella.

NOTAS:
1) Les morts mystérieuses: Napoléon empoisonné?
2) Secrets d’Histoire.