« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.

Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
Para Thierry Lentz, director de la Fundación Napoleón, « La tesis del envenenamiento está muy, muy lejos de haber sido demostrada » y
« EL ENVENENISTA BEN WEIDER ES UN COMUNICADOR SIN PAR »

Por el Señor

Jean-Claude Damamme
Consejero Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional

El Sr. Jean-Claude Damamme, Miembro de Honor del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
Sr. Damamme
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
En una entrevista en video dada (con un placer que no es difícil figurarse) al Figaro.fr, Thierry Lentz hace alarde de su obsesión principal: el envenenamiento de Napoleón y su corolario: los « envenenistas ». Hallaremos más abajo algunos gazapos propuestos por el director de la Fundación Napoleón.

Cuando redacté mi reacción a la lectura de las declaraciones en forma de ditirambo que saludaron con obsequiosidad la salida del último libro de los Sres. Lentz y Macé sobre la muerte de Napoleón, no había tenido conocimiento más que de la versión escrita publicada en el Figaro.fr obra del Sr. Blaise de Chabalier.
Recuerdo que esta reacción, de la cual los visitantes de este sitio pudieron – o pueden – tener conocimiento en la rúbrica « Envenenamiento » con el título: « Noticias de los mejores enemigos de la tesis del envenenamiento de Napoleón » fue censurada por el diario (y cómo no) aun cuando fuera perfectamente cortés. Pero, al respecto, sabemos que hay verdades que no está bien decir, y que, por consiguiente, deben ser sofocadas.

Es a lo que se dedica frenéticamente el Sr. Thierry Lentz, por no citarlo más que a él, con la participación diligente de los representantes de ciertos medios de comunicación. En otros términos y más precisamente, aquellos en los cuales el interesado tiene sus entradas. Lo cual, evidentemente, facilita grandemente, aquí y allá, esos golpes de toda naturaleza de los que el autor no es avaro (1).
Pero no había visto la secuencia de video de los dos mismos protagonistas que un amigo tuvo la amabilidad de hacerme llegar. He aquí el enlace que permitirá, a nuestros amigos francófonos, hacerse una idea:

http://www.lefigaro.fr/livres/2009/06/17/03005-20090617ARTFIG00514-napoleon-l-empoisonnement-tire-par-les-cheveux-.php

Pensaba que, tanto en su libro como en aquella emisión del « Foro de la Historia » del que hice mención en este sitio en otro artículo, el Sr. Lentz había alcanzado el punto sin regreso en la deshonestidad intelectual al osar afirmar, a pesar de las pruebas, que los « envenenistas » no habían nunca demostrado si el arsénico estaba dentro o sobre los cabellos de Napoleón. Una arrogancia igualmente indignante que el trato de favor del que goza con algunos medios de comunicación que, no vacilando en rechazar otras voces que no sean las del director de la Fundación Napoleón, le aseguran a su pequeño monumento de inepcia y de mentiras desvergonzadas una promoción desmesurada habida cuenta de su contenido.
Que lo aproveche bien, pues, el día en que nadie hable de los envenenistas y de los cabellos de Napoleón, el Sr. Lentz volverá a caer en el anonimato en el que, fuera de los círculos napoleónicos, languidecía anteriormente.
Por consiguiente debería tener una remembranza de reconocimiento por nuestro infinitamente lamentado presidente Ben Weider quien le brinda post mortem una publicidad y una mediatización que antes le faltaban totalmente, y, por gratitud, si puedo permitírmelo, hacer adornar con flores su tumba.

¿Qué es lo que vemos y oímos en esta secuencia de video « bajo el sello » Figaro.fr?
Al Sr. Lentz, por supuesto, que oficia en su registro ordinario, pero, como se dice muy vulgarmente, « añadiéndole una capa ». Y con el peor gusto posible. Lo veremos más abajo.

« Napoleón muerto con la Legión de Honor, fundada por él ». G. Rouget; 1846.
La pregunta que se plantea es la siguiente:
¿Por qué, en cierto círculo « oficialista » francés, hay que ocultar, por todos los medios, la verdad, hoy científicamente demostrada, sobre el envenenamiento del Emperador?

 

Les recuerdo brevemente que nos vuelve a servir, evidentemente, las falsas evidencias – más precisamente las suyas – acerca del arsénico que se encontró sobre (subrayo: « sobre ») no solo los cabellos del Emperador, sino también sobre (siempre « sobre ») los de su madre, de su mujer, de su hijo, e igualmente sobre los propios de 1800, 1810, etc.
Si el argumento es falaz, resulta muy eficaz y por consiguiente peligroso dirigido a toda persona que no esté al tanto de las realidades altamente científicas de la tesis planteada por Ben Weider y probada por las personalidades que se ocuparon del caso.
¡Está fuera de toda discusión, pues, dejarse expresar a los « envenenistas »!
Explicación dada por nuestro hombre quien, de mala gana, consiente que se apele a veces a lo que él llama con una condescendencia soberbia « las ciencias anexas » (ahora, dado que la Historia no es una ciencia, sino una disciplina, no se podría hablar en lo que la concierne de « ciencias anexas »): es posible que todas esas gentes, entre las cuales figura en primer lugar Napoleón, hayan estado en contacto con esas fuentes de arsénico que son, ¡atención!, las ostras – Napoleón, como cada uno sabe, era ávido de ellas! – y el humo de la estufa.

¿Las ciencias anexas?
Según Thierry Lentz, no están aquí más que para « validar una hipótesis », mientras que, en el caso de Napoleón, los análisis hechos a instigación de los « envenenistas » pusieron en evidencia a este tóxico antes de que una hipótesis cualquiera hubiera sido propuesta por historiadores patentados.
Ciertamente, estos condenados envenenistas se mostraron sin duda descorteses al romper las reglas impuestas, pero sin ellos, nadie se hubiera enterado nunca de que el Emperador había sido envenenado; en revancha, no habríamos tenido el placer ni de ver ni de oír las divagaciones deshonestas y los machaqueos del Sr. Lentz.
De hecho, los envenenistas se alocan por una cosa de nada y con esta nada, « hacen páginas », ¡pues es bien sabido que las ostras y el humo de las estufas contienen raticida!
Pero lo olvidaba: Thierry Lentz no menciona nunca el raticida; ¡por consiguiente es porque no existe! Lo cual había que demostrar.
¿Astucioso no es cierto?

Una observación: se puede verificar con cualquier científico, incluso cualquier médico: el arsénico contenido en las ostras y/o los crustáceos es de naturaleza orgánica no tóxica, y es eliminado por las vías naturales.
En lo que concierne a la estufa, el argumento del Sr. Lentz parece – perdón por el mal juego de palabras – nublado (2), pues, si le oímos bien, ya no es solamente Napoleón quien habría sido víctima de este asesino discreto y solapado, sino toda la familia: madre, hermana, mujer, hijo, etc.

Por cierto, ¿esos cabellos de la familia fueron « explorados » en el interior como lo fueron los del Emperador?
Pequeño recuerdo indispensable: dado que el tóxico hallado dentro de los cabellos de Napoleón es raticida, dejo a ustedes juzgar la pertinencia de los argumentos emitidos por nuestro distinguido censor.
No dudo de hecho que el invitado del Figaro.fr se preocupará por proporcionarnos próximamente todas las precisiones deseables sobre estos análisis (si existen, y no se contentará – hacerlo sería demasiado fácil y, por supuesto, indigno de él, – con quedarse en lo vago y afirmar sin pruebas.
Si no, ¡qué extraña argumentación por parte de alguien tan serio!

El humo, ¡siempre el humo!
Lanzo pues una advertencia a aquellos de nuestros visitantes, franceses o extranjeros, que se calentaran con una estufa de carbón:

¡TENGAN CUIDADO! SI INHALAN HUMO, SE ARRIESGAN MUCHO A QUEDAR ENVENENADOS CON RATICIDA!

Al respecto, ven ustedes, ese condenado arsénico, está por doquier: me acuerdo de una respuesta dada por el difunto André Castelot al responsable de la emisión de France Inter « 2 000 Ans d’Histoire » (3) quien le preguntaba lo que pensaba de la tesis del envenenamiento.
Sucedía el 14 de junio de 2000, es decir, como por casualidad, un poco más de un mes después de la presentación al Senado de los análisis del FBI. Simple coincidencia, evidentemente.
Como puede uno imaginarlo fácilmente, André Castelot había respondido que, evidentemente, no creía « en lo absoluto », y para asentar su declaración, había reproducido un argumento de semejante alcance científico que sería presuntuoso de nuestra parte discutirlo aquí: « Arsénico, ¡hay en todos lados! Lo hay incluso, querido amigo, en esta mesa que nos separa. »
Irrefutable, en efecto.

Dr. Pascal Kintz.
« Fue hallado arsénico mineral [más del 95% dentro de los cabellos de Napoleón] y por consiguiente estamos en una pista totalmente criminal »
Dr. Pascal Kintz
Presidente (2005-2007) de la Asociación Internacional de Toxicólogos Forenses, TIAFT.
Conferencia del 2 de junio de 2005, en Illkirch-Graffenstaden.*

 

Como es igualmente irrefutable la argumentación planteada por Thierry Lentz: según él, y es cierto en cierta medida, la deportación (esta fea palabra es mía, evidentemente) del Emperador a Santa Helena « es uno de los momentos más documentados de la Historia » gracias a la multiplicidad de los archivos franceses e ingleses. Y he aquí su conclusión:
« En toda esta documentación, no tenemos ni un comienzo de prueba de una tentativa de asesinato y especialmente de envenenamiento. »
¡Qué poder de deducción!, pues pertenece efectivamente al sentido común que cualquiera que proyecte asestar un mal golpe, lo que es más, a ese personaje fuera de lo común que es Napoleón, hace previamente la declaración de su propósito en buena y debida forma. Y por escrito, de preferencia.
Esto me trae a la memoria la exigencia toda simple, poca cosa en verdad, formulada por Thierry Lentz durante una conferencia en Estrasburgo: ¿Qué le haría pues falta para que acepte la tesis del envenenamiento? Poca cosa en verdad:
« Que se me traiga una carta de Montholón [o de otro, ¡qué importa!] que diga: “asesiné a Napoleón”, y lo creeré. ».
¿Es esto seguro?
¿Quién sabe si no iría a dar la vuelta a ciertas estaciones de radio acogedoras, interrogándose gravemente acerca de la autenticidad del documento?

He escrito más arriba que, esta vez, el director de la Fundación Napoleón había « añadido una capa » en relación a sus declaraciones precedentes.
Dejando de lado lo que no nos concierne (el caso de la substitución a la que nos « engancha »), voy a citar entonces algunos breves extractos de la entrevista (sic) del Sr. Lentz, pues sería inconveniente no rememorar el « Verbo » de nuestro « historiador patentado » (como se define él mismo) en toda su autenticidad:
De entrada, su visión de los envenenistas»:
Según él, somos « comunicadores (sic) sin par, sobre todo el envenenista Ben Weider », de quien no deja de subrayar los «muy grandes medios».
¡Aprecien de paso la elegancia con la que Thierry Lentz habla del presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional!
¡Qué clase!
Es de hecho sorprendente que este mismo director de la Fundación Napoleón, quien subraya con procacidad los « muy grandes medios » de Ben Weider – quien desembolsó, por su lado, de su fortuna personal para financiar los análisis – parece olvidar que su fundación dispone, ella también, de grandes medios, grandes medios que ni siquiera se tomó la molestia de ganar.
He aquí, en efecto, lo que se podía leer en el diario Les Échos con fecha del 16-17 de febrero de 2001:
« La Fundación Napoleón vive de los ingresos de un patrimonio de aproximadamente 200 millones de francos [mucho más en realidad]: toda la fortuna personal de Martial Lapeyre, el fundador de las carpinterías. » (4)
Así pues, ataque sin elegancia, pero habitual a nuestro amigo, que estaría más inspirado contando el patrimonio del que tiene la gestión.
Por otro lado, ser tratados de « comunicadores sin par » por Thierry Lentz a quien vemos trotar corto de un estudio a otro para hacer la publicidad estrepitosa de su libro mientras nos « da en la torre » y echa pestes contra nosotros, sería risible, si no fuera indecente.
En efecto, ¿quien ve y oye a los « envenenistas » en la radio o en la televisión?
¿Quién publica nuestras reacciones?
O Thierry Lentz se hace una curiosa idea de la comunicación, o es víctima de alucinaciones.

Cuando evoca el envenenamiento, alcanza cimas en la deshonestidad y la mentira:
« La tesis del envenenamiento está muy, muy lejos de haber sido demostrada. » De hecho, « nada ha sido demostrado », asesta a su interlocutor subyugado, a la vez deplorando « no tener el tiempo de dar aquí todos los detalles ».
Moralidad, si seguimos bien la filosofía contenida en los argumentos del director de la Fundación Napoleón, « el envenenista Ben Weider » y sus apegados – que representan « tres personas en el planeta » (5), si acaso, agregando a los « substitucionistas » – no hacen más que « vender viento » con la complicidad de los científicos renombrados que son Pascal Kintz y Robert Wennig, ambos ex-presidentes de la Asociación Internacional de Toxicólogos de Medicina Forense.
Pero, felizmente, nuestros argumentos no son relevados más que por « medios de comunicación menos serios que el de usted » (!!), confiesa a su interlocutor. Una pequeña dosis de adulación servil bien útil para mantener la puerta abierta de par en par. Esto así planteado, si yo estuviera en el lugar del Sr. Serge Dassault, propietario del Figaro, me interrogaría sobre, justamente, la seriedad de algunos de mis cronistas. En efecto, ¿qué imagen da tan desvergonzado trucaje de este diario prestigioso?

Precisemos desde ya que, prudente, Thierry Lentz nunca menciona los nombres de los científicos, autores de los análisis.
Tal vez tenga miedo de hacerse jalar las orejas; además, ¿y no sería lo más grave?, eso arruinaría sin remisión la caricatura penosa que se aplica en hacer de esta tesis arriesgándose a dar a creer que los « envenenistas » no defienden teorías « chifladas » – este adjetivo pertenece al crítico de la revista Le Point.fr, François Malye – y sobre todo es mucho menos peligroso escarnecer al presidente de la SNI – Ben Weider falleció el 17 de octubre (y no en diciembre como lo dice) del año pasado – y ensañarse en arruinar, ridiculizándolo, todos sus esfuerzos puestos en servicio de esta tesis.
Sería difícil ser más cobarde y más bajo.

Así las cosas, hay que comprender el tormento que sobrelleva, por nuestra culpa, el director de la Fundación Napoleón. Imagínense que en el transcurso de las cenas, si llega a evocar el fallecimiento del Emperador, de inmediato es acosado con preguntas sobre, entre otras cosas, el envenenamiento, que se ha convertido en una « idea conocida ».
Insoportable, efectivamente.

Entonces, ¿qué retener de estas palabras deshonestas que oímos en este video, y que, con toda evidencia, están hechas para – expresión de nuestro tiempo bien vulgar pero evocadora – « atarantar » (6) al lector o al auditor?
Que Thierry Lentz miente desvergonzadamente, pues sabe perfectamente – es la razón por la cual los « envenenistas » que están obligados a sufrir sus lamentables sarcasmos nunca tienen, aunque sean « comunicadores sin par », derecho a la palabra – que arsénico sí que fue encontrado dentro de los cabellos de Napoleón, que este arsénico es de forma mineral (matarratas), y que los únicos expertos que, según él, « continúan peleando » en este punto son los que comandita la Fundación Napoleón. (7)
Si Thierry Lentz no fuera tan desleal, se podría escribir que la nulidad de su argumentación, y sus mentiras a la vez groseras y torpes que ni siquiera tienen que engañar a los que le tienden la pluma o el micrófono puesto que se han hecho cómplices, lo vuelven patético.

¿Qué añadir a la conclusión?
Todos conocemos la cita célebre (a veces aludida un poco diferentemente) de Albert Einstein:
« Dos cosas son infinitas: el Universo y la estupidez humana. Pero en lo que concierne al Universo, todavía no he adquirido la certeza absoluta ».

En el caso que nos interesa, remplacen « estupidez » por « bajeza », y todo estará dicho.

 

NOTAS:

1) Como autor napoleónico, no ignoro nada de la capacidad de nocividad del personaje del que es cuestión en las líneas que siguen. ¡Qué importa! Por respeto por la memoria de Ben Weider, no puedo quedarme sin reaccionar – o entonces me haría cómplice y tendría vergüenza – frente a palabras que apuntan, como en el pasado, a ridiculizar la acción de un hombre de bien que hizo mucho por la memoria de Napoleón, y que, financiando las investigaciones, permitió demostrar de manera irrefutable que el Emperador deportado a Santa Helena por los ingleses había sido envenenado. Una verdad científica que molesta y desagrada tanto a Thierry Lentz y consortes que, desde hace años, se ensañan en su baja tarea. Y lo peor, es que estas gentes han logrado hacer de ciertos periodistas, auxiliares todos devotos. A propósito, ¿qué significa exactamente en el vocablo « deontología »?
2) Fumeux, en el original en francés.
3) « 2 000 Años de Historia ».
4) « La Fondation Napoléon vit des revenus d’un patrimoine d’environ 200 millions de francs: toute la fortune personnelle de Martial Lapeyre, le fondateur des menuiseries ».
5) En sus apreciaciones cifradas en lo que nos concierne, Thierry Lentz, es siempre minimalista. Así, durante una conferencia de prensa en 2003 en Estrasburgo, ante el Souvenir Napoléonien (« Recuerdo Napoleónico ») local, había estimado los efectivos de la S.N.I. a « cinco adeptos en Francia y en Canadá ». Una mini secta en suma. Recuerdo que el mismo ha declarado « no importarle un comino » si Napoleón había sido envenenado o no, pues se trata de un fenómeno « secundario ». Actitud extraña de parte de nuestro « historiador patentado » y dador de (malas) lecciones.
6) Enfumer, en el original en francés.
7) Tras los estudios irrefutables del Dr. Kintz, la realidad sobre un envenenamiento criminal del Emperador Napoleón con arsénico raticida es reconocida incluso en Inglaterra, donde profesores y académicos expertos de la talla de David Chandler y de Richard Holmes la mencionan de facto como un hecho cierto. Para el célebre Profesor Pierre-Francois Puech, eminencia quien identificó el cráneo de Wolfgang Amedeus Mozart, la teoría del envenenamiento no es nada menos que, en sus propias palabras, « el estado de la ciencia ».