| Para
Thierry Lentz, director de la Fundación
Napoleón, « La tesis del
envenenamiento está muy, muy
lejos de haber sido demostrada »
y |
| «
EL ENVENENISTA BEN WEIDER ES UN COMUNICADOR
SIN PAR » |
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|
Por
el Señor |
Jean-Claude
Damamme
Consejero Histórico
Especial del Instituto Napoleónico
México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad
Napoleónica Internacional |
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| Sr.
Damamme |
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Traducción
del Instituto Napoleónico México-Francia
© |
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En
una entrevista en video dada
(con un placer que no es difícil
figurarse) al Figaro.fr,
Thierry Lentz hace alarde
de su obsesión principal:
el envenenamiento de Napoleón
y su corolario: los «
envenenistas ». Hallaremos
más abajo algunos gazapos
propuestos por el director
de la Fundación Napoleón. |
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Cuando
redacté mi reacción a la lectura
de las declaraciones en forma de ditirambo que
saludaron con obsequiosidad la salida del último
libro de los Sres.
Lentz y Macé sobre la muerte
de Napoleón, no había tenido
conocimiento más que de la versión
escrita publicada en el Figaro.fr obra
del Sr. Blaise de Chabalier.
Recuerdo que esta reacción, de la cual
los visitantes de este sitio pudieron –
o pueden – tener conocimiento en la rúbrica
« Envenenamiento » con el título:
« Noticias
de los mejores enemigos de la tesis del envenenamiento
de Napoleón » fue censurada por
el diario (y cómo no) aun cuando fuera
perfectamente cortés. Pero, al respecto,
sabemos que hay verdades que no está bien
decir, y que, por consiguiente, deben ser sofocadas.
Es a lo que se
dedica frenéticamente el Sr. Thierry Lentz,
por no citarlo más que a él, con
la participación diligente de los representantes
de ciertos medios de comunicación. En otros
términos y más precisamente, aquellos
en los cuales el interesado tiene sus entradas.
Lo cual, evidentemente, facilita grandemente,
aquí y allá, esos golpes de toda
naturaleza de los que el autor no es avaro (1).
Pero no había visto la secuencia de video
de los dos mismos protagonistas que un amigo tuvo
la amabilidad de hacerme llegar. He aquí
el enlace que permitirá, a nuestros amigos
francófonos, hacerse una idea:
http://www.lefigaro.fr/livres/2009/06/17/03005-20090617ARTFIG00514-napoleon-l-empoisonnement-tire-par-les-cheveux-.php
Pensaba que, tanto
en su libro como en aquella emisión del
« Foro de la Historia » del que hice
mención en este sitio en otro
artículo, el Sr. Lentz había
alcanzado el punto sin regreso en la deshonestidad
intelectual al osar afirmar, a pesar de las pruebas,
que los « envenenistas » no habían
nunca demostrado si el arsénico estaba
dentro o sobre
los cabellos de Napoleón. Una arrogancia
igualmente indignante que el trato de favor del
que goza con algunos medios de comunicación
que, no vacilando en rechazar otras voces que
no sean las del director de la Fundación
Napoleón, le aseguran a su pequeño
monumento de inepcia y de mentiras desvergonzadas
una promoción desmesurada habida cuenta
de su contenido.
Que lo aproveche bien, pues, el día en
que nadie hable de los envenenistas y
de los cabellos de Napoleón, el Sr. Lentz
volverá a caer en el anonimato en el que,
fuera de los círculos napoleónicos,
languidecía anteriormente.
Por consiguiente debería tener una remembranza
de reconocimiento por nuestro infinitamente lamentado
presidente Ben
Weider quien le brinda post
mortem una publicidad y una mediatización
que antes le faltaban totalmente, y, por gratitud,
si puedo permitírmelo, hacer adornar con
flores su tumba.
¿Qué
es lo que vemos y oímos en esta secuencia
de video « bajo el sello » Figaro.fr?
Al Sr. Lentz, por supuesto, que oficia en su registro
ordinario, pero, como se dice muy vulgarmente,
« añadiéndole una capa ».
Y con el peor gusto posible. Lo veremos más
abajo.
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La
pregunta que se plantea es la siguiente:
¿Por qué, en cierto círculo
« oficialista » francés,
hay que ocultar, por todos los medios,
la verdad, hoy científicamente
demostrada, sobre el envenenamiento
del Emperador? |
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Les recuerdo brevemente
que nos vuelve a servir, evidentemente, las falsas
evidencias – más precisamente las
suyas – acerca del arsénico que se
encontró sobre
(subrayo: « sobre ») no solo los cabellos
del Emperador, sino también sobre
(siempre « sobre »)
los de su madre, de su mujer, de su hijo, e igualmente
sobre los propios de 1800, 1810, etc.
Si el argumento es falaz, resulta muy eficaz y
por consiguiente peligroso dirigido a toda persona
que no esté al tanto de las realidades
altamente científicas de la tesis planteada
por Ben Weider y probada por las personalidades
que se ocuparon del caso.
¡Está fuera de toda discusión,
pues, dejarse expresar a los « envenenistas
»!
Explicación dada por nuestro hombre quien,
de mala gana, consiente que se apele a veces a
lo que él llama con una condescendencia
soberbia « las ciencias anexas » (ahora,
dado que la Historia no es una ciencia, sino una
disciplina, no se podría hablar en lo que
la concierne de « ciencias anexas »):
es posible que todas esas gentes, entre las cuales
figura en primer lugar Napoleón, hayan
estado en contacto con esas fuentes de arsénico
que son, ¡atención!, las ostras –
Napoleón, como cada uno sabe, era ávido
de ellas! – y el humo de la estufa.
¿Las ciencias
anexas?
Según Thierry Lentz, no están aquí
más que para
« validar una hipótesis
», mientras que, en el caso de Napoleón,
los análisis hechos a instigación
de los « envenenistas » pusieron en
evidencia a este tóxico antes de que una
hipótesis cualquiera hubiera sido propuesta
por historiadores patentados.
Ciertamente, estos condenados envenenistas se
mostraron sin duda descorteses al romper las reglas
impuestas, pero sin ellos, nadie se hubiera enterado
nunca de que el Emperador había sido envenenado;
en revancha, no habríamos tenido el placer
ni de ver ni de oír las divagaciones deshonestas
y los machaqueos del Sr. Lentz.
De hecho, los envenenistas se alocan por una cosa
de nada y con esta nada, « hacen
páginas », ¡pues
es bien sabido que las ostras y el humo de las
estufas contienen raticida!
Pero lo olvidaba: Thierry Lentz no menciona nunca
el raticida; ¡por consiguiente es porque
no existe! Lo cual había que demostrar.
¿Astucioso no es cierto?
Una observación:
se puede verificar con cualquier científico,
incluso cualquier médico: el arsénico
contenido en las ostras y/o los crustáceos
es de naturaleza orgánica no tóxica,
y es eliminado por las vías naturales.
En lo que concierne a la estufa, el argumento
del Sr. Lentz parece – perdón por
el mal juego de palabras – nublado (2),
pues, si le oímos bien, ya no es solamente
Napoleón quien habría sido víctima
de este asesino discreto y solapado, sino toda
la familia: madre, hermana, mujer, hijo, etc.
Por cierto, ¿esos cabellos de la familia
fueron « explorados » en el interior
como lo fueron los del Emperador?
Pequeño recuerdo indispensable: dado que
el tóxico hallado dentro
de los cabellos de Napoleón es raticida,
dejo a ustedes juzgar la pertinencia de los argumentos
emitidos por nuestro distinguido censor.
No dudo de hecho que el invitado del Figaro.fr
se preocupará por proporcionarnos próximamente
todas las precisiones deseables sobre estos análisis
(si existen, y no se contentará –
hacerlo sería demasiado fácil y,
por supuesto, indigno de él, – con
quedarse en lo vago y afirmar sin pruebas.
Si no, ¡qué extraña argumentación
por parte de alguien tan serio!
El humo, ¡siempre el humo!
Lanzo pues una advertencia a aquellos de nuestros
visitantes, franceses o extranjeros, que se calentaran
con una estufa de carbón:
¡TENGAN
CUIDADO! SI INHALAN HUMO, SE ARRIESGAN MUCHO A
QUEDAR ENVENENADOS CON RATICIDA!
Al respecto, ven
ustedes, ese condenado arsénico, está
por doquier: me acuerdo de una respuesta dada
por el difunto André Castelot al responsable
de la emisión de France Inter « 2
000 Ans d’Histoire » (3)
quien le preguntaba lo que pensaba de la tesis
del envenenamiento.
Sucedía el 14 de junio de 2000, es decir,
como por casualidad, un poco más de un
mes después de la presentación al
Senado de los análisis
del FBI. Simple coincidencia, evidentemente.
Como puede uno imaginarlo fácilmente, André
Castelot había respondido que, evidentemente,
no creía « en lo absoluto »,
y para asentar su declaración, había
reproducido un argumento de semejante alcance
científico que sería presuntuoso
de nuestra parte discutirlo aquí: «
Arsénico, ¡hay en todos lados! Lo
hay incluso, querido amigo, en esta mesa que nos
separa. »
Irrefutable, en efecto.
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«
Fue hallado arsénico
mineral [más del 95%
dentro de los cabellos de Napoleón]
y por consiguiente estamos en
una pista totalmente criminal » |
Dr.
Pascal Kintz
Presidente
(2005-2007) de
la Asociación Internacional de
Toxicólogos Forenses,
TIAFT.
Conferencia
del 2 de junio de 2005, en Illkirch-Graffenstaden.*
|
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Como es igualmente
irrefutable la argumentación planteada
por Thierry Lentz: según él, y es
cierto en cierta medida, la deportación
(esta fea palabra es mía, evidentemente)
del Emperador a Santa Helena « es
uno de los momentos más documentados de
la Historia » gracias a la
multiplicidad de los archivos franceses e ingleses.
Y he aquí su conclusión:
« En toda esta documentación,
no tenemos ni un comienzo de prueba de una tentativa
de asesinato y especialmente de envenenamiento.
»
¡Qué poder de deducción!,
pues pertenece efectivamente al sentido común
que cualquiera que proyecte asestar un mal golpe,
lo que es más, a ese personaje fuera de
lo común que es Napoleón, hace previamente
la declaración de su propósito en
buena y debida forma. Y por escrito, de preferencia.
Esto me trae a la memoria la exigencia toda simple,
poca cosa en verdad, formulada por Thierry Lentz
durante una conferencia en Estrasburgo: ¿Qué
le haría pues falta para que acepte la
tesis del envenenamiento? Poca cosa en verdad:
« Que se me traiga una carta
de Montholón [o de otro,
¡qué importa!] que diga:
“asesiné a Napoleón”,
y lo creeré. ».
¿Es esto seguro?
¿Quién sabe si no iría a
dar la vuelta a ciertas estaciones de radio acogedoras,
interrogándose gravemente acerca de la
autenticidad del documento?
He escrito más
arriba que, esta vez, el director de la Fundación
Napoleón había « añadido
una capa » en relación a sus declaraciones
precedentes.
Dejando de lado lo que no nos concierne (el caso
de la substitución a la que nos «
engancha »), voy a citar entonces algunos
breves extractos de la entrevista (sic) del Sr.
Lentz, pues sería inconveniente no rememorar
el « Verbo » de nuestro « historiador
patentado » (como se define él mismo)
en toda su autenticidad:
De entrada, su visión de los envenenistas»:
Según él, somos « comunicadores
(sic) sin par, sobre todo el
envenenista Ben Weider », de quien
no deja de subrayar los «muy grandes
medios».
¡Aprecien de paso la elegancia con la que
Thierry Lentz habla del presidente de la Sociedad
Napoleónica Internacional!
¡Qué clase!
Es de hecho sorprendente que este mismo director
de la Fundación Napoleón, quien
subraya con procacidad los « muy grandes
medios » de Ben Weider – quien desembolsó,
por su lado, de su fortuna personal para financiar
los análisis – parece olvidar que
su fundación dispone, ella también,
de grandes medios, grandes medios que ni siquiera
se tomó la molestia de ganar.
He aquí, en efecto, lo que se podía
leer en el diario Les Échos con
fecha del 16-17 de febrero de 2001:
« La Fundación Napoleón
vive de los ingresos de un patrimonio de aproximadamente
200 millones de francos [mucho más
en realidad]: toda la fortuna personal
de Martial Lapeyre, el fundador de las carpinterías.
» (4)
Así pues, ataque sin elegancia, pero habitual
a nuestro amigo, que estaría más
inspirado contando el patrimonio del que tiene
la gestión.
Por otro lado, ser tratados de « comunicadores
sin par » por Thierry Lentz a quien vemos
trotar corto de un estudio a otro para hacer la
publicidad estrepitosa de su libro mientras nos
« da en la torre » y echa pestes contra
nosotros, sería risible, si no fuera indecente.
En efecto, ¿quien ve y oye a los «
envenenistas » en la radio o en la televisión?
¿Quién publica nuestras reacciones?
O Thierry Lentz se hace una curiosa idea de la
comunicación, o es víctima de alucinaciones.
Cuando evoca el
envenenamiento, alcanza cimas en la deshonestidad
y la mentira:
« La tesis del envenenamiento está
muy, muy lejos de haber sido demostrada.
» De hecho, « nada
ha sido demostrado », asesta a
su interlocutor subyugado, a la vez deplorando
« no tener el tiempo de dar aquí
todos los detalles ».
Moralidad, si seguimos bien la filosofía
contenida en los argumentos del director de la
Fundación Napoleón, « el
envenenista Ben Weider » y sus
apegados – que representan « tres
personas en el planeta »
(5), si acaso, agregando
a los « substitucionistas » –
no hacen más que « vender viento
» con la complicidad de los científicos
renombrados que son Pascal
Kintz y Robert
Wennig, ambos ex-presidentes de la Asociación
Internacional de Toxicólogos de Medicina
Forense.
Pero, felizmente, nuestros argumentos no son relevados
más que por « medios
de comunicación menos serios que el de
usted » (!!), confiesa a su
interlocutor. Una pequeña dosis de adulación
servil bien útil para mantener la puerta
abierta de par en par. Esto así planteado,
si yo estuviera en el lugar del Sr. Serge Dassault,
propietario del Figaro, me interrogaría
sobre, justamente, la seriedad de algunos de mis
cronistas. En efecto, ¿qué imagen
da tan desvergonzado trucaje de este diario prestigioso?
Precisemos desde
ya que, prudente, Thierry
Lentz nunca menciona los nombres de los científicos,
autores de los análisis.
Tal vez tenga miedo de hacerse jalar las orejas;
además, ¿y no sería lo más
grave?, eso arruinaría sin remisión
la caricatura penosa que se aplica en hacer de
esta tesis arriesgándose a dar a creer
que los « envenenistas » no defienden
teorías « chifladas » –
este adjetivo pertenece al crítico de la
revista Le Point.fr, François
Malye – y sobre todo es mucho menos peligroso
escarnecer al presidente de la SNI – Ben
Weider falleció el 17 de octubre (y no
en diciembre como lo dice) del año pasado
– y ensañarse en arruinar, ridiculizándolo,
todos sus esfuerzos puestos en servicio de esta
tesis.
Sería difícil ser más cobarde
y más bajo.
Así las
cosas, hay que comprender el tormento que sobrelleva,
por nuestra culpa, el director de la Fundación
Napoleón. Imagínense que en el transcurso
de las cenas, si llega a evocar el fallecimiento
del Emperador, de inmediato es acosado con preguntas
sobre, entre otras cosas, el envenenamiento, que
se ha convertido en una « idea
conocida ».
Insoportable, efectivamente.
Entonces, ¿qué
retener de estas palabras deshonestas que oímos
en este video, y que, con toda evidencia, están
hechas para – expresión de nuestro
tiempo bien vulgar pero evocadora – «
atarantar » (6) al
lector o al auditor?
Que Thierry Lentz miente desvergonzadamente, pues
sabe perfectamente – es la razón
por la cual los « envenenistas » que
están obligados a sufrir sus lamentables
sarcasmos nunca tienen, aunque sean « comunicadores
sin par », derecho a la palabra –
que arsénico sí que fue encontrado
dentro
de los cabellos de Napoleón, que este arsénico
es de forma mineral (matarratas),
y que los únicos expertos que, según
él, « continúan peleando
» en este punto son los que comandita la
Fundación Napoleón. (7)
Si Thierry Lentz no fuera tan desleal, se podría
escribir que la nulidad de su argumentación,
y sus mentiras a la vez groseras y torpes que
ni siquiera tienen que engañar a los que
le tienden la pluma o el micrófono puesto
que se han hecho cómplices, lo vuelven
patético.
¿Qué
añadir a la conclusión?
Todos conocemos la cita célebre (a veces
aludida un poco diferentemente) de Albert Einstein:
« Dos cosas son infinitas: el Universo
y la estupidez humana. Pero en lo que concierne
al Universo, todavía no he adquirido la
certeza absoluta ».
En el caso que
nos interesa, remplacen « estupidez »
por « bajeza », y todo estará
dicho.
NOTAS:
1) Como autor
napoleónico, no ignoro nada de la capacidad
de nocividad del personaje del que es cuestión
en las líneas que siguen. ¡Qué
importa! Por respeto por la memoria de Ben Weider,
no puedo quedarme sin reaccionar – o entonces
me haría cómplice y tendría
vergüenza – frente a palabras que apuntan,
como en el pasado, a ridiculizar la acción
de un hombre de bien que hizo mucho por la memoria
de Napoleón, y que, financiando las investigaciones,
permitió demostrar de manera irrefutable
que el Emperador deportado a Santa Helena por
los ingleses había sido envenenado. Una
verdad científica que
molesta y desagrada tanto a Thierry Lentz y consortes
que, desde hace años, se ensañan
en su baja tarea. Y lo peor, es que estas gentes
han logrado hacer de ciertos periodistas, auxiliares
todos devotos. A propósito, ¿qué
significa exactamente en el vocablo « deontología
»?
2) Fumeux, en el original en francés.
3) « 2 000 Años de Historia ».
4) « La Fondation Napoléon vit des
revenus d’un patrimoine d’environ
200 millions de francs: toute la fortune personnelle
de Martial Lapeyre, le fondateur des menuiseries
».
5) En sus apreciaciones cifradas en lo que nos
concierne, Thierry Lentz, es siempre minimalista.
Así, durante una conferencia de prensa
en 2003 en Estrasburgo, ante el Souvenir Napoléonien
(« Recuerdo Napoleónico »)
local, había estimado los efectivos de
la S.N.I. a « cinco adeptos en Francia y
en Canadá ». Una mini secta en suma.
Recuerdo que el mismo ha declarado « no
importarle un comino » si Napoleón
había sido envenenado o no, pues se trata
de un fenómeno « secundario ».
Actitud extraña de parte de nuestro «
historiador patentado » y dador de (malas)
lecciones.
6) Enfumer, en el original en francés.
7) Tras los estudios irrefutables del Dr. Kintz,
la realidad sobre un envenenamiento criminal del
Emperador Napoleón con arsénico
raticida es reconocida incluso en Inglaterra,
donde profesores y académicos expertos
de la talla de David
Chandler y de Richard
Holmes la mencionan de facto como un hecho
cierto. Para el célebre Profesor Pierre-Francois
Puech, eminencia quien identificó el
cráneo de Wolfgang Amedeus Mozart, la teoría
del envenenamiento no es nada menos que, en sus
propias palabras, « el
estado de la ciencia ».