Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
Paradójico » Nueva controversia sobre la personalidad del Emperador
NAPOLEÓN QUEDA COMO EL MÁS GRANDE PERSONAJE DE LA HISTORIA
Entrevista al señor Jean-Claude Damamme
Consejero Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante oficial en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional
Jean-Claude Damamme
Extractos de la entrevista Nueva controversia sobre la personalidad del Emperador, publicada por en el diario La Une n° 49, de marzo de 2001.
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« Contra el pensamiento único napoleónico »
Autor de obras de referencia sobre el Primer Imperio*, el Sr. Jean-Claude Damamme nos revela el encarnizamiento con el que ciertos historiadores napoleónicos franceses « ahogan » toda teoría que no emane de su « microcosmos ». Charla con un « cronista del pasado » que reconoce sin rodeos querer a Napoleón. No es el único en ese caso.

Jean-Claude Damamme, dice usted que hay una « imagen verdadera » de Napoleón. Existe pues una falsa.

Las falsedades, lo que llamo « el pensamiento único » no faltan. Por ejemplo, la del conquistador obsesivo, que devora al mundo parta satisfacer su ambición personal. Napoleón nunca le declaró la guerra a quien sea. Es deshonesto hablar de las « guerras Napoleónicas », puesto que Napoleón tuvo que hacerle frente a las guerras de coalición de las monarquías europeas contra la Francia del Consulado, y luego del Imperio. La Sociedad Napoleónica Internacional desea librar a Napoleón de todos los estereotipos injuriosos complacientemente propalados desde, prácticamente, 1815, es decir desde la Restauración, por los ingleses, deseosos de hacer olvidar sus golpes retorcidos, y por sus fieles cómplices, los realistas, que no valían más. Una útil rememoración: con su veintena de muertos y su cincuentena de heridos mutilados, el atentado de la calle Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800, que apuntaba a matar al Primer Cónsul, hace de unos y otros los precursores de los colocadores de bombas de hoy. Tal vez es molesto, pero así es.

¿Y Rusia? ¿Y España?

Cuando particulares firman un contrato, deben respetar los términos de éste último. Lo mismo pasa entre estados. Napoleón no fue a Rusia más que para obligar al zar Alejandro a respetar los términos del tratado de Tilsit acerca del Bloqueo continental, único medio de poner a Inglaterra de rodillas. Era una necesidad puesto que ésta alimentaba en oro y en armas a todas las cortes de aquel tiempo. No es un fantasma, documentos – ingleses – existen que lo prueban. Creo oportuno relatar aquí un comentario hecho en 1803 por el embajador de Rusia en Londres, Voronzov: « El sistema del gabinete de Londres será siempre aniquilar a Francia como a su única rival, y reinar enseguida, despóticamente, sobre el universo entero ». Me parece que esto pone en su verdadero lugar el problema de la « ambición » personal de Napoleón. En cuanto a España, había que obstaculizar a los ingleses que se encontraban en Portugal como en país conquistado, no esperando más que una oportunidad para invadir a Francia por el Sur. El error del Emperador fue poner a su hermano en el trono.

Dice usted que los historiadores napoleónicos franceses ahogan las tesis que no le deben nada a sus trabajos. ¿Tiene un ejemplo preciso?

El de la tesis del envenenamiento de Napoleón predicada por dos hombres, un sueco, Sten Forshufvud, cirujano dentista y toxicólogo, y Ben Weider. Aun cuando sus deducciones han sido confirmadas por peritaciones científicas hechas por un laboratorio de Londres, que había trabajado en el programa militar atómico inglés, y por el FBI, la tesis del envenenamiento criminal de Napoleón por un compañero de deportación a sueldo de Inglaterra y de la realeza francesa, es ridiculizada por los medios napoleónicos franceses.

¿Por qué una reacción tan excesiva?

Ciertamente porque no eran los inventores de la tesis. En el caso de la muerte del Emperador, siempre permanecieron aferrados al « cáncer hereditario ». Ahora ninguna estadística ha probado jamás esta causalidad hereditaria. Pero la historia del Primer Imperio no puede ser escrita y reescrita más que por los historiadores patentados. En vez de estarle agradecidos a quienes aportan indicios susceptibles de cuestionar las ideas preconcebidas, se burlan de ellas. El Primer Imperio es un mercado muy protegido, porque muy rentable. ¡Malhaya al outsider que penetre sin autorización en este dominio reservado! Si se obstina, está condenado al desprecio, y se expone a ser ridiculizado. Fue el caso para Sten Forshufvud y Ben Weider. Según Jean Tulard, (Le Figaro Littéraire del 27 de mayo de 1999), su tesis – no obstante admitida por cancerólogos eminentes como el profesor Israel – es « una serpiente de mar » nacida en la imaginación de un « dentista sueco » y de un « fabricante canadiense de artículos de deporte » (sic). Es edificante constatar que estos argumentos han sido planteados tan sólo un mes después de la publicación del (…) libro de Ben Weider, ¿Murió Napoleón envenenado?, en el que figuraban los resultados de análisis hechos por... el FBI, que no tiene la reputación de ser una oficina de barrio.
El Profesor Lucien Israel, del Instituto de Francia.
Análisis que confirmaban os precedentes. La técnica es bien conocida: cuando, a falta de competencia, no se puede refutar una tesis que se fundamenta en bases científicas, se ridiculiza al hombre para ridiculizar la tesis. Se acude a « especialistas », como Jean-Paul Kauffmann, cuya calificación en la materia se limita a una visita a Santa Helena, y que hace morir a Napoleón de melancolía. Extraña « melancolía » que se materializa por medio de 28 síntomas de intoxicación arsenical. ¡Sobre 32! El muy hermoso libro que escribió no basta sin embargo para hacer de Jean-Paul Kauffmann un experto en toxicología. Pero es mediático, lo cual da competencia en todo. Una precisión: el 12 de octubre de 2000, el « fabricante canadiense de artículos de deporte » fue hecho caballero de la Legión de Honor por, cito la carta del embajador de Francia en Canadá, « el interés apasionado [que tiene por] la vida de Napoleón y por la promoción de su legado a través del mundo ». Después de cuarenta años pasados, sin desanimarse a pesar de las bajezas de las que ha sido objeto, luchando contra el « pensamiento único napoleónico »; después de centenares de miles de dólares gastados para crear cátedras de estudios sobre el Primer Imperio, la recompensa otorgada a un hombre que vive « por » y no « de » Napoleón me parece ampliamente merecida.

¿Por qué volver a las causas de la muerte de Napoleón?

Cuando, durante cerca de dos siglos, se le ha repetido que un jefe de estado francés, en este caso Napoleón, murió de cáncer, es decir de una enfermedad « normal », y que se descubre que fue envenenado, ¿no se le debe a la Historia y a la memoria de la víctima la verdad sobre su fallecimiento? Ese asesinato particularmente cobarde – ¡el veneno! – no otra cosa que el desenlace exitoso de la voluntad mostrada desde siempre por Inglaterra y por los realistas de destruir a Napoleón y, junto con él, toda la modernidad que él encarnaba ante el arcaísmo de las monarquías europeas de aquel tiempo.
¿Y el público en general, cómo reacciona?
Tiene más sentido. No se ocupa en esas querellas corporativistas. ¿Quién mató a Napoleón?, libro de Ben Weider publicado en 1982, se vendió a un millón de ejemplares y fue traducido en 44 lenguas.

¿Cómo, según usted, dicho público ve a Napoleón?

Mis contactos con lectores en los salones del libro en los que participo muestran que no le es hostil. Al contrario. Pero aun hace falta que cese la difamación que es de requisito imperativo apenas se habla de él. ¿Quién sabe, por ejemplo, que Napoleón hizo de los judíos, entonces parias, ciudadanos plenamente? Un tema que Ben Weider, canadiense de origen judío polaco, conoce mejor que quien sea. Así, cuando se hace, como sucede a menudo, un paralelo entre Napoleón y Hitler, sería risible, si no fuera tan asqueroso.

¿Cómo se debe aprender a Napoleón?

Tal cual fue realmente. Es decir un jefe de estado, el más grande que jamás hayamos tenido, un hombre que siempre buscó la paz: « Después de Amiens, dirá en Santa Helena, yo creía de muy buena fe la suerte de Francia y la mía fijadas. Iba a dedicarme únicamente a la administración de Francia, y creo que hubiese creado prodigios...» Pero ahí estaba Inglaterra, la cual, siempre, rechazó la mano tendida. ¿Y piensa usted que esta frase: « No hay más enemigos después de la victoria, sino solamente hombres», sea de ese Atila sanguinario bajo cuyos rasgos se muestra siempre a Napoleón?

Tenemos la impresión que Napoleón se ha convertido en un fenómeno comercial. ¿Qué piensa usted de ello?

Es verdad sobre todo para aquellos que, como Roger Caratini, se han hecho una especialidad de la difamación. Pero no es el único. Es lo que se llama «dar golpes mediáticos», evidentemente rentables.

¿Cuál es el lugar del historiador en este tercer milenio?

El mismo, supongo, que el que tenía en el precedente. Esto una vez planteado desconfío de ciertos historiadores que arbolan su famosa «objetividad» como una oriflama. La objetividad es, en el mejor de los casos, una engañifa. Prefiero definirme como un « cronista del pasado », es decir alguien que busca hacer revivir hombres que fueron acarreados en eventos que los rebasan siempre. Es una manera de proceder bastante más modesta, pero, creo, más honesta.

¿Qué representa Napoleón para usted? ¿Hay que quererle para escribir acerca de él?

Napoleón es un hombre al que admiro, al que respeto, y cuya memoria defiendo. Recuerdo a sus pequeños detractores que así nada más es el fundador de la Francia moderna. Vivimos cotidianamente con él por medio de la Banca de Francia, prefecturas, tribunales de instancia, Código civil, liceos... interpuestos. Napoleón es un hombre del presente. Un hombre moderno, que anticipó la Europa de la moneda única (…) Ignoro si hay que querer a Napoleón para escribir acerca de él, pero sé que no es forzosamente útil detestarlo. Con el riesgo de oírme reprochar una vez más mi «bonapartismo», afirmo que tenemos para con él un deber de equidad.

(*) Lannes, Maréchal d’Empire (« Lannes, Mariscal de Imperio »); Ediciones Payot.
Les Soldats de la Grande Armée (« Los soldados de la Grande Armada »);
Ediciones Perrin.
La Bataille de Waterloo (« La batalla de Waterloo »),
Ediciones Perrin.
L
es Aigles en hiver: Russie 1812 (« Las Águilas en invierno: Rusia 1812 »), Ediciones Perrin.