Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
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GUERRA DE ESPAÑA: REACCIÓN DE ENFADO
Lucha contra los mamelucos
Óleo de Francisco de Goya y Lucientes.

Por el Señor

Jean-Claude Damamme
Consejero Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional

El Sr. Jean-Claude Damamme, Miembro de Honor del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia.
Sr. Damamme
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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En el mes de mayo, la revista francesa «Le Point» consagró un artículo a la revuelta de los habitantes de Madrid, el 2 de mayo de 1808.
Creí deber, en aquel momento, responder a ese artículo. Mi respuesta fue publicada. En revancha, la revista no juzgó útil reproducir la que había redactado para replicar a un madrileño descontento de mi reacción. Deploro vivamente lo que parece una forma de censura, tanto más inaceptable cuanto que, según la fórmula consagrada, los argumentos expuestos en esos foros, no conciernen más que a sus autores. Enseguida mi reacción.

Sin poner en tela de juicio la realidad de esa campaña de España, ni lo bien fundado de la revuelta de los españoles contra los ocupantes franceses, deseo aportar algunas precisiones.

Intervenir en Portugal y España era, para Napoleón, una necesidad estratégica indispensable para poder aplicar su Bloqueo Continental, herramienta de guerra económica contra la detestable Inglaterra de aquel tiempo. Era ella, en efecto, la que financiaba todas –subrayo todas– las coaliciones contra Francia, cuya concurrencia comercial le era insoportable.

La cifra de las sumas pagadas por Londres a los gobiernos europeos de la época por su «esfuerzo de guerra» es por cierto bien conocida. Es ese el supuesto «objetivo no confesado de dominar toda la Península ibérica» evocado en el artículo.

Por otro lado, a propósito de la revuelta de Madrid, el autor menciona «la terrible represión que le siguió». Este adjetivo, que no está apoyado por cifras, da a entender una represión masiva de gran envergadura. Los siguientes no son sospechosos de deshonestidad puesto que no están sacados de trabajos franceses, sino que provienen de una fuente española: el levantamiento del 2 de mayo hizo, en la población de Madrid, unos 185 muertos y una decena de heridos «conocidos», cuya condición social es incluso precisada (otra fuente, española igualmente, habla de 104 muertos, 54 heridos y 35 desaparecidos). Las represalias –limitadas– ejercidas por el mariscal Murat, que comandaba en Madrid, (y no se engrandeció ahí), son casi totalmente responsables de esas víctimas. Esas represalias, que fueron enseguida desaprobadas por Napoleón, no hicieron por lo demás más que atizar el incendio que acababa de prenderse.

En cuanto a las pérdidas sufridas por los soldados franceses, parecen situarse alrededor de 500 muertos y heridos gravemente. Lo cual no es de sorprender, puesto que, no estando declarado el estado de guerra, todos esos hombres fueron tomados por sorpresa y masacrados de la manera más bárbara cuando no se esperaban a ser agredidos.

Contrariamente a lo que se escribe a menudo, fueron los españoles quienes, el 2 de mayo, echaron a andar el siniestro ciclo de atrocidades de esta guerra, y no los franceses. El cuadro bien conocido de Goya colocado al inicio del artículo, y en el cual se ve al «pueblo ingenuo», según la expresión citada del escritor español Arturo Pérez-Reverte, masacrar con ardor y sin ingenuidad alguna a los mamelucos de la Guardia Imperial, es bastante elocuente al respecto.

Ante los espectáculos espantosos que el gran pintor ha mostrado tan bien, los franceses se lanzarán a su vez en la espiral infernal; por desgracia es la única que la Historia, olvidando las atrocidades cometidas por las guerrillas, conservará.

Como lo he escrito más arriba, es normal y honorable que un pueblo se subleve contra el ocupante, sea cual sea. Pero eso no justifica de ningún modo las masacres que marcaron esa jornada del 2 de mayo de 1808.

El gobierno francés ya se había estúpida e indignamente apresurado a conmemorar con los ingleses su victoria naval –y derrota nuestra– de Trafalgar, enviando –¡el colmo!– al portaviones Charles de Gaulle a participar a esos vergonzosos regocijos.

Esta vez, es el embajador de Francia quien celebró con las autoridades españolas el sublevamiento del 2 de mayo de 1808, caucionando así por su presencia la masacre de nuestros (y de sus) compatriotas de aquel tiempo por el pueblo de Madrid.

La diplomacia debería saber imponerse de vez en cuando límites. Eso sería decencia. Pero se trata, es cierto, de un vocablo cuyo sentido, hoy en día, se ha vuelto para nosotros totalmente extraño.

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