| 5
de mayo de 2011
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HONOR
A POLONIA |
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Soldados
de la Guarnición
de Varsovia rinden los
honores a Napoleón
Fotografía
de la embajada de Francia
en Varsovia. |
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Por
el Señor |
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Jean-Claude
Damamme
Consejero Histórico
Especial del Instituto Napoleónico
México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad
Napoleónica Internacional |
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| Sr.
Damamme |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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Dedico
este artículo a la
memoria de mi siempre añorado
amigo Ben Weider,
cuya familia es polaca de
origen. |
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En
lo que concierne a Napoleón y al Primer
Imperio, Polonia no es Francia, como este artículo
tratará de demostrarlo.
En Francia, como
cada quien (de buena fe) lo sabe, es de buen tono,
e incluso fuertemente recomendado, escupir sobre
Napoleón, siendo el miserable libro del
Sr. Claude
Ribbe, cuyo título no doy por cuidado
de no hacerle publicidad a semejante ignominia,
una de las manifestaciones más evidentes
de esta inclinación sórdida. Imperativos
comerciales y deseo de sana (!) mediatización
obligan.
Como resultado
de la publicación de lo que hay que llamar
por su verdadero nombre: un librucho, el gobierno
francés de la época (2005) se había
escapado a toda prisa para, sobre todo, sobre
todo no conmemorar el bicentenario de la victoria
de Austerlitz. Importantes « negocios »
lo llamaban en otra parte.
¡Imagínense!
Conmemorar una
« matanza » – fue la palabra
de un lector del diario Le Monde –
del Corso maléfico, ¡qué infamia!
¡Y qué
importa lo que le debemos a Napoleón y
Europa junto con nosotros!
¡Qué
importa si las famosas guerras, solapadamente
rebautizadas « napoleónicas »,
no fueron más que guerras de coalición
impuestas a Francia!
Qué importa
que esos conflictos mortíferos que enlutaron
a Europa durante más de diez años
hayan sido financiados por Inglaterra para derribar
a la Francia de aquel tiempo, una Francia que
el Primer Cónsul Bonaparte había
sacado de sus estragos postrevolucionarios, y
que el Emperador Napoleón I había
vuelto a colocar en la primera fila de las naciones.
Para el gobierno
inglés de la época, era inadmisible.
Insoportable.
Entonces era
preciso que todo se pusiera en obra para hacer
cesar el escándalo.
Primero fueron
las tentativas de asesinato financiadas por Londres
y ejecutadas por los realistas franceses –
el atentado
de la calle Saint-Nicaise el 24 de diciembre
de 1800 con su veintena de muertos y su cincuentena
de heridos, mutilados en su mayoría, hace
por cierto de ellos los precursores de nuestros
abyectos ponedores de bombas de hoy – luego,
al ser un soberano más difícil de
suprimir que un « simple » Primer
Cónsul, nuestros vecinos del otro lado
de la Mancha se pusieron a financiar a las monarquías
europeas: rusa, prusiana, austriaca, etc., con
su artillería pesada de libras-oro para
desencadenar una guerra tras guerra.
La « matanza
» de Austerlitz, cara al lector del Monde,
es el primer resultado, calamitoso para los interesados,
de esta voluntad de destrucción del Imperio.
Por ende, los
soberanos europeos de aquel tiempo se hicieron
simples – ¿viles? – mercenarios
de la Corona británica.
Pero eso, en
Francia, nos tiene sin cuidado.
Consecuencia de
un « lavado de cerebro » activo, eficazmente
relevado por los medios de comunicación,
sólo se toman en cuenta las invectivas
y los insultos proferidos contra un muy gran hombre,
y la negación de una obra civil –
subrayo civil – que no es igual a ninguna
otra.
En Polonia, la
visión es bastante diferente, y debemos
saludar calurosamente a los polacos por haber
« osado » erigir una estatua en honor
de aquel quien hizo mucho por su país,
y, para empezar, aún si el vocablo parece
absurdo en nuestros días,
devolviéndole un orgullo nacional, maltrecho
por sus destaces sucesivos, obra siniestra de
todos aquellos buenos soberanos: ruso, austriaco
y prusiano, que se apropiaron los mejores pedazos
de ella.
Para instalar
esta estatua de una altura de 4,50 metros y colocada
sobre un zoclo de granito claro, los polacos no
eligieron cualquier lugar en su capital, sino
la Plaza de los Insurgentes de Varsovia, un lugar
y un nombre altamente simbólicos cuando
uno sabe lo que fue la insurrección de
Varsovia contra el ocupante Nazi.
La ceremonia
organizada por la Sociedad de Ayuda Mutua de los
Miembros de la Legión de Honor –
sección polaca, que lanzó y financió
la reconstrucción de la estatua, tuvo lugar
en presencia del embajador de Francia en Polonia,
el Sr. François Barry Delongchamps, del
presidente de la Sociedad de Ayuda Mutua de la
Legión de Honor (sección polaca),
del Sr. Jean Caillot, del Consejero estratégico
del Presidente de la República de Polonia,
el Sr. Tadeusz Mazowiecki, del vice-mariscal de
la Dieta, el Sr. Marek Kuchcinski, del vice-mariscal
del Senado Marek Ziólkowski así
como del director interino de la oficina de arquitectura
y de acondicionamiento urbano del Ayuntamiento
de Varsovia, el Sr. Marek Mikos.
La estatua se
halla hoy en el sitio mismo donde había
sido erigido, el 5 de mayo de 1921, un primer
monumento, conservado hoy, en el Museo del Ejército
polaco, y que estaba destinado a conmemorar el
centenario del fallecimiento del Emperador.
Entonces sí,
debemos saludarlos, a esos polacos, y agradecerles
igual de calurosamente por este gesto tanto más
emotivo cuanto que la inauguración tuvo
lugar el cinco de mayo de este año, es
decir el día del aniversario del deceso
del Emperador hace 190 años sobre el pedrusco
pelado de Santa Helena, vergüenza jamás
lavada del gobierno inglés.
Un último
comentario: hasta el final de la Segunda Guerra
mundial, esta plaza tenía otro nombre:
Napoleón.
¿Y nosotros,
aquí, en París?
En lo que concierne
al Primer Imperio y su jefe, Polonia, decididamente,
no es Francia, y lo más lastimoso es que
este ejemplo honorable llegado del extranjero
no cambia en nada nuestro comportamiento.