Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
Contrariamente a la leyenda
¡NAPOLEÓN FUE UN HOMBRE DE PAZ!
Los emperadores Francisco II de Austria y Napoleón I tras la batalla de Austerlitz
Litografía (1820) de Charles Étienne Pierre Motte (1785-1836).

Por el Señor

Jean-Claude Dammame
Consultor Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia

Sr. Jean-Claude Damamme
Artículo publicado en la Revista Brumaire, Boletín de enlace de Francia Bonapartista, n° 5, febrero de 2004.
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« ¿Sabéis lo que admiro más en el mundo? Es la impotencia de la fuerza para organizar algo.
No hay más que dos potencias en el mundo, el sable y el espíritu. Entiendo por espíritu, las instituciones civiles y religiosas. A la larga, el sable siempre es vencido por el espíritu
»
Napoleón I.

¿Qué iba yo a poder decirles a quienes, por su pertenencia a «Francia Bonapartista», deben saberlo todo, o casi, del Emperador?

Tel es la pregunta que me plantee cuando el Sr. David Saforcada me pidió escribir un texto destinado a su Boletín de Información.

El genio de Napoleón, hombre prodigioso – pero pobre vocablo – es en efecto tan universal, tan «multifacetas», para emplear un barbarismo muy apreciado en nuestros días, que desafía toda tentativa de síntesis.

En los recovecos de sus siglos, la Historia nunca encontró – y no volverá a encontrar jamás – un personaje que pueda pretender acercársele a Napoleón, aun cuando algunos, a veces, se complazcan en hallar similitudes con el fundador de la Vª República. Comparación sin duda halagadora para éste último, pero, según yo, singularmente reductora para el Emperador.

¿Entonces qué decir?

¿Había que hablar del Bonaparte fogoso, pero aun en búsqueda de sí mismo, del sitio de Tolón? ¿Del joven y prometedor estratega de aquella primera Campaña de Italia, que permanece como un ejemplo de lo que puede hacer un país amenazado y rodeado por doquier como lo estaba Francia en 1796 cuando es bien conducida? ¿Del hombre que supo transformar una expedición militar en medias tintas, la de Egipto, en una expedición científica cuyas adquisiciones, aun hoy, no dejan de suscitar la admiración? ¿Del vencedor de la segunda Campaña de Italia, que obligó a los austriacos, no obstante responsables de la guerra, a sentarse en la mesa de negociaciones y firmar, en 1801, el tratado de paz de Lunéville, y los ingleses, un año más tarde, a firmar el de Amiens?

Hagamos aquí, pues esa clase de «detalle» debe siempre ser evocado, una breve digresión recordando que ésta paz, firmada por los ingleses para recuperar su aliento, fue quebrantada por ellos mismos de una manera particularmente cobarde en 1803, cuando, sin que los países concernidos hubiesen sido previamente avisados por vía diplomática de la medida que iba a golpearlos, el gabinete de Londres ordenó a la Royal Navy confiscar todos los navíos de comercio franceses (y los de los aliados holandeses) que navegaran en los mares con sus tripulaciones y sus pasajeros. Recordemos que esos mismos ingleses habían, durante años, mantenido, equipado y armado costosamente en el territorio francés a asesinos realistas, cuya más triste y más repulsiva «hazaña » fue el atentado del 24 de diciembre de 1800 que costó la vida a una veintena de personas (entre las cuales una niñita de 14 años a quien uno de los conjurados había confiado la carreta sobre la cual se hallaba la carga de explosivo) y mutiló a una cincuentena más.

Atentado de la Calle Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800

Comanditado por agentes realistas, este atentado fallido consistió en la explosión de una carreta cargada de explosivos colocada en la ruta de Napoleón a la ópera. Mal sincronizada, la máquina infernal estalló sólo dos minutos después del paso del Primer Cónsul, sin embargo hiriendo, mutilando y matando a decenas de inocentes. Entre ellos, se señala especialmente una niñita indigente, pequeña vendedora ambulante de panecillos – muerta hecha pedazos – a la que uno de los terroristas había cobardemente confiado la guardia del caballo al que estaba atado el vehículo-trampa.

Cierro aquí este paréntesis – con pesar, pues la historia de las fechorías y de las villanías de Inglaterra para con el Primer Cónsul y luego contra el Emperador es altamente instructiva.

¿Había que hablar del administrador, creador del Consejo de Estado, de la Banca de Francia, de los prefectos, de las Bolsas y de las Cámaras de comercio, de los liceos, de las Magistraturas de trabajo, del Tribunal de Comercio…? ¿Del jurista, autor, con tres de sus redactores, del Código que lleva su nombre? ¿Del constructor que, en solo quince años, y a pesar de las guerras continuas que le impusieron las monarquías legitimistas europeas pagadas por Inglaterra – remplazando las guerras las tentativas de asesinato – hizo (entre otras cosas) abrir más caminos y canales que todos los Borbones juntos?

¿O había que evocar al hombre «humano» muy simplemente quien, yendo en contra de todo su entorno, integró a los judíos a la nación francesa y dio a esos hombres y mujeres que no tenían ni derechos ni representación legal, un estatuto que hizo de ellos ciudadanos de pleno derecho, en Francia y en todos los países integrados al Imperio Francés?

Para rendir un justo homenaje a la memoria del Emperador, hubiera sido necesario tratar cada uno de esos temas, que son todos facetas diversas de su genio universal. Era evidentemente imposible.

Entonces, escribiendo este texto al acercarse el 2 de diciembre, me acordé, idea bien banal en apariencia, de Austerlitz.

¿Por qué?

Porque es de esa victoria legendaria que data, ciertamente, la reputación de invencible estratega de Napoleón, pero también la de un conquistador sediento de batallas. Imagen siniestra que todavía lleva pegada su personaje, gracias, en especial, a los buenos cuidados del gobierno británico y sus cómplices, los realistas franceses que les debían el haber vuelto a poner a un Borbón en el trono cuando la apoteosis fúnebre se hubo consumado.
Quisiera pues mostrarles que Napoleón hizo todo por que esta batalla, acabada en forma de victoria emblemática, no se librara nunca.

Aquel año de 1805, que iba a terminarse, si me atrevo a escribirlo, « en fanfarria » para el joven Imperio, Napoleón lo había iniciado tendiendo la mano al rey de Inglaterra Jorge III. He aquí algunos extractos de aquella carta célebre y muy bella – pero raramente mencionada pues no va en el sentido que siempre es conveniente dar del Emperador – escrita el 2 de enero:

«No atribuyo deshonor alguno a dar el primer paso; he lo suficientemente, pienso, probado al mundo que no temo a ninguno de los azares de la guerra; no me ofrece por cierto nada que deba temer: la paz es el deseo de mi corazón; pero la guerra nunca ha sido contraria a mi gloria.

«Conjuro pues a Vuestra Majestad no negarse a la dicha de dar ella misma la paz al mundo; que Ella no deje esta dulce satisfacción a sus hijos; pues finalmente nunca hubo circunstancia ni momento más favorables para hacer callar todas las pasiones y escuchar únicamente al sentimiento de la humanidad y de la razón.

«Si Vuestra Majestad misma quiere pensar en ello, verá que la guerra es sin objetivo, sin ningún resultado presumible para Ella. ¡Qué triste perspectiva hacer batirse a los pueblos solamente para que se batan! El mundo es lo bastante grande para que nuestras dos naciones puedan vivir en él; y la razón tiene suficiente poder para que hallemos un medio de conciliarlo todo, si, de ambas partes, tenemos la voluntad para ello

¿Es necesario precisar que este ofrecimiento no recibió más que una respuesta evasiva, una manera de desestimación, cuya mala fe levantó la indignación de un gran político de la oposición parlamentaria, Charles James Fox?

Jorge III de Inglaterra (1738-1820)
Rey de Inglaterra e Irlanda, elector de Hanover.
Óleo de William Beechey (1753-1839).

En ese mismo inicio de año, la que no era todavía la Gran Armada, sino la Armada de las Costas del Océano, siempre estaba agrupada en lo que se conoce con el nombre genérico de « Campo de Boloña ». Ciento sesenta mil hombres esperaban poder atravesar la Mancha a fin de desembarcar en las costas inglesas, pues, decía –ya entonces– Bonaparte que veía claramente, « una incursión y una estancia de dos meses en Inglaterra serían para Francia una paz de cien años. »

Enloquecida por la idea de ver llegar a los franceses y su jefe, Inglaterra pagó a Austria y a Rusia para que abrieran un frente a espaldas de los franceses. Amenazado al Este, Napoleón se vio entonces obligado –y hay que lamentarlo– a abandonar su gran proyecto, que, de haberlo realizado, hubiera salvado centenas de miles de vidas humanas.

Es el momento de abrir aquí un segundo paréntesis referente a una desinformación astuta que ha hecho, y sigue haciendo, las delicias de todos los detractores de Napoleón, historiadores falsamente «objetivos» o panfletarios de la hosquedad toda comercial.

Con la batalla que se libró el 2 de diciembre, se inaugura una fórmula bien conocida que empleamos todos –¡desatinadamente!– la de «guerras Napoleónicas», dejando así suponer lógicamente que la persona, cuyo nombre ha dado origen al adjetivo, es implícitamente responsable de las guerras en cuestión. Las «guerras Napoleónicas» no existen, solo las guerras de Coalición: siete de 1793 a 1815. Dos excepciones: la guerra de España, destinada a expulsar a los ingleses, que ocupaban Portugal como país conquistado, de la Península para impedirles subir –lo cual harán en 1814– por el sur de Francia, y la Campaña de Rusia, empresa para obligar al zar Alejandro, quien los había « olvidado », a respetar sus compromisos de Tilsit acerca del Bloqueo Continental.

Después de esta otra digresión, igualmente indispensable cuando se evoca la persona del Emperador, vuelvo a mi objetivo primero: los esfuerzos que hizo por impedir que la batalla de Austerlitz tuviera lugar.

Sobrevolemos el inicio de esta Campaña de Austria de 1805.

Antes de verse forzado a la guerra, Napoleón había, a través de su ministro de Relaciones exteriores, Talleyrand, lealmente informado al embajador austriaco:

«…Si jamás hombre tuvo para con su patria y para con su soberano una gran responsabilidad, sois vos, embajador: único de vuestro país conocíais Francia; único de vuestro país sabéis que el Emperador de los franceses quiere la paz; sabéis que en los departamentos del Rin no hay un soldado; único de vuestro país sabéis que no se ha hecho el llamado de un solo hombre de la reserva y que no se han completado los primeros batallones más que a expensas de los segundos batallones; solo vos veis Viena desde una distancia conveniente para percibir desde su verdadero punto de vista las operaciones y apreciarlas en todos sus detalles; veis finalmente, a vuestra izquierda, todas las tropas de la tierra de Francia, en las extremidades de Bretaña [el Campo de Boloña se extendía hasta Brest] y de Picardía, instruyéndose en las operaciones marítimas; y al mismo tiempo, veis a vuestra derecha un numeroso agrupamiento de tropas [austriacas] en el Tirol, y por vuestra propia confesión, setenta y dos mil hombres en el Estado veneciano. No podéis pues desconocer quién es el agresor, del que declarará la guerra o del que viene en ayuda de Inglaterra reuniendo sus fuerzas en las fronteras para amenazar a Francia… Si presentáis estas verdades en toda su fuerza a vuestro señor y si verdaderamente él no está siendo más que acarreado, es imposible que no vea que se le conduce a su pesar a la guerra, y entonces todo se calmará. Si al contrario vuestro señor quiere la guerra, ¡y bien! Habréis hecho vuestro deber; no será acarreado. Pero decidle que no celebrará las fiestas de Navidad en Viena; no es que no tengáis un ejército numeroso y formidable, pero un movimiento rápido que dar a trescientos mil hombres puede partir de una sola cabeza; un gabinete no lo hace ejecutar a sus semejantes sino lentamente».

Sordo a estos consejos de sabiduría, y porque, al haber pagado Londres, era preciso que Austria se batiera e hiciera matar a sus soldados por el mayor beneficio de Inglaterra, Austria se había lanzado a la guerra.

Resultado: el 20 de octubre, prácticamente sin combate, Napoleón había obtenido la rendición de Ulm donde se había encerrado el general austriaco Mack. Treinta mil oficiales y soldados habían desfilado, avergonzados, ante el vencedor.

Rendición de Ulm, el 20 de octubre de 1805
Imagen que evoca el momento en el que, admirando a lo lejos al otrora orgulloso y desafiante ejército de invasión que se suponía se apoderaría de París, y que ahora desfilaba vencido y humillado, el Emperador Napoleón recibe con generosidad al general Mack von Leiberich. Cabizbajo, seguido por sus oficiales, el viejecillo, en gran uniforme, avanza y profiere: « Sire, he aquí al desdichado Mack ». Óleo de Charles Thévenin (1764-1838).

¿Y qué había dicho el vencedor a ese vencido –de hecho es él quien relatará las palabras siguientes– de quien Napoleón acababa de recibir, prácticamente sin combate, la rendición?

«Partid a Viena y os autorizo a decir al Emperador Francisco que no deseo más que la paz y que estoy muy enojado que ésta haya sido interrumpida. Quiero arreglarme con él, e incluso en condiciones muy equitativas. Trataré con Rusia igualmente puesto que así lo deseáis. Que se me digan las propuestas de ambas Potencias. Estoy ansioso de saberlas. Quiero hacer sacrificios. Os declaro una vez más y os autorizo a decirlo a vuestro soberano (me dijo una vez más muy distintamente lo que alegué aquí arriba) que no tiene más que enviaros a vos o al conde de Cobenzl o algún otro con un plenipotenciario ruso para tratar conmigo

¿Son éstas las palabras de un «Ogro», según la fórmula injuriosa bien conocida, o las del hombre que decía en 1801: «Es con horror como hago la guerra», o del mismo ministro de Prusia, el marqués de Lucchesini, sin embargo hostil, quien señalaba en un despacho a su soberano que «Bonaparte le había parecido decidido a descartar escrupulosamente todo tema de guerra a fin de poder encausar en provecho de la agricultura, de la industria, del comercio, de las artes, los recursos pecuniarios que la guerra absorbe y consume a la vez».

En revancha, estos argumentos están en la línea estricta del proceder que el Emperador va ahora a emprender ante el zar Alejandro…

Aun cuando Napoleón acaba de obtener la rendición de las tropas austriacas, aun cuando su ejército ocupa Viena desde el 13 de noviembre, aun cuando es Emperador y soberano de un país poderoso y… victorioso, es nuevamente él quien, el 25, realiza el primer paso para tratar de obtener un arreglo amistoso con el zar Alejandro, antes de llegar a las manos. Y contrariamente a la fórmula protocolar: «Señor mi hermano» que es de rigor en las correspondencias de soberano a soberano, el Emperador hace comenzar su nota por la palabra « Sire », como lo haría un simple vasallo o un pequeño príncipe cualquiera.

«Cuartel imperial, Brünn, 25 de noviembre de 1805

Sire, envío a mi ayuda de campo, el general Savary, ante Vuestra Majestad, para cumplimentarla acerca de su llegada a su ejército. Le encargo expresarle toda mi estima por Ella y mi deseo de hallar ocasiones que le prueben cuánto ambiciono su amistad. Que Ella le reciba con esa bondad que La distingue y me tenga por uno de los hombres más deseosos de serle agradable.

En esto, ruego a Dios tenga a bien tener a Vuestra Majestad en sus santa y digna guarda.»

Ante la respuesta de una inconsistencia notoria del soberano ruso, el Emperador, persuadido de que éste último había sido influenciado por los jóvenes de su entorno, calificados por Savary de «arrogantes» y «no respirando más que la guerra», volvió a enviar a su emisario ante Alejandro:

«Tomad a un trompeta y volved donde el Emperador de Rusia; le diréis que le propongo una entrevista mañana, a la hora que le convenga, entre los dos ejércitos, y que, por supuesto, habrá durante ese tiempo, una suspensión de armas de veinticuatro horas

¿Semejante deseo de no llegar a las manos podía estar motivado por el temor de enfrentarse al ejército ruso?

Retrato del zar Alejandro I
Óleo de George Dawe (1781-1829).

Sería conocerle mal, pues Napoleón había, desde hacía más de una semana, estudiado cuidadosamente, no solo en los mapas sino sobre el terreno mismo, el sitio en el que libraría la batalla si ninguna otra opción le fuese dejada, y el cual no fingirá abandonar un momento al enemigo más que para fulminarlo mejor.

¿Por qué entonces todas esas tergiversaciones o, al menos, lo que, a primera vista, parece como tal?

Hay que leer con atención las líneas siguientes que el Emperador dirigió a Talleyrand, por lo muy importantes que son para la comprensión de la verdadera personalidad de aquel a quien demasiado a menudo se ha presentado –y demasiado frecuentemente se sigue presentando– como un jefe de guerra sediento de conquistas y de batallas, al que se le imputa de manera imbécil y deshonesta los famosos «dos millones de muertos»:

«Habrá probablemente mañana una batalla muy seria con los rusos. Hice mucho para evitarla pues es sangre vertida inútilmente. No habléis de batalla pues sería inquietar mucho a mi mujer. No os alarméis; estoy en una fuerte posición; lamento lo que costará y casi sin objetivo

Estimando semejante manera proceder por abajo de su dignidad de «derecho divino», Alejandro respondió a la invitación de buena voluntad que acababa de serle hecha por la decisión más humillante que haya: enviar para discutir con Napoleón, soberano de un gran país, a un simple ayuda de campo, el príncipe Dolgorouki.

A éste último, quien le decía que el zar no discernía el objetivo de la entrevista propuesta, el Emperador, superando su irritación ante semejante humillación, había respondido:

«Es la paz, y no concibo porqué vuestro señor no puede entenderse conmigo. No pido más que verle y presentarle una hoja en blanco firmada “Napoleón”, sobre la cual inscribirá él mismo las condiciones de paz

Lo que el Emperador, evidentemente, ignoraba, es que, consciente de lo que estaba en juego, el gobierno inglés había –¡desde mediados del año 1804!– depositado dos millones y medio de libras en las cajas de los Tesoros ruso y austriaco, y que, a fines de ese mismo año de 1804, los mercaderes de Londres se habían aligerado de cinco millones de libras más para financiar la coalición.

A la oferta de paz, oferta tanto más generosa cuanto que emanaba del vencedor, aquel a quien el Emperador llamará «un mequetrefe impertinente [que] me habló como hubiera podido hablar a un boyardo al que se quisiera enviar a Siberia» respondió con proposiciones «inadmisibles». Este calificativo no es mío, pertenece al conde de Langeron, emigrado francés que combatía, como conviene de parte de un realista, en las filas rusas contra Napoleón.

Éstas propuestas inadmisibles no buscaban nada menos que disminuir a Francia – provocada y victoriosa – en provecho de Austria, fautora de guerra y vencida, exigiendo la retrocesión – sin ninguna contraparte – de las conquistas de la república.

El día siguiente del 2 de diciembre, cuando se hubo consumado el desastre de los rusos y de los austriacos, el Emperador, generosamente, dejó irse al príncipe Repnín, hecho prisionero con sus caballeros-guardias, con estas palabras:

«Decid a vuestro emperador que, si hubiese escuchado mis propuestas y aceptado una entrevista entre los puestos avanzados, me hubiera sometido a su bella alma [no lo seguiré en esta demasiado halagadora apreciación]. Me habría declarado sus intenciones para procurar reposo a Europa y yo hubiera suscrito».

Para cerrar esta breve evocación, escogí una frase del Emperador, y la elegí porque me parece un resumen de lo que fue su drama y de lo que, aun hoy, constituye su grandeza:

«No se deja de hablar de mi amor de la guerra, pero ¿no estuve constantemente ocupado en defenderme? ¿Obtuve una sola gran victoria sin que haya inmediatamente propuesto la paz? Nunca hice la guerra por espíritu de conquista; acepté las guerras que los ministros ingleses levantaron contra la revolución francesa. »

No tengo ni la calidad ni la competencia para hablar de política – mi única preocupación es tomar la defensa del Emperador, pues, y es un colmo por no decir una indignidad nacional, éste hombre demasiado frecuentemente insultado precisa ser defendido – y no estoy implicado en esta «Campaña». *

Sin embargo, si se me preguntara: «¿puede uno inspirarse en Napoleón para fundar una acción política?», podría responder que, aunque puede parecer azaroso hacerlo invocando a un hombre desaparecido desde hace ciento noventa y dos años, el mito, o más precisamente, la realidad es tan fuerte, y Napoleón tan grande, tan cercano y tan presente por lo que nos ha legado, que la empresa debería ser facilitada por todo ello.

En fin, si uno no pudiera apelar al Emperador, discierno mal en quién se podría uno inspirar para llevar a cabo un combate, pero aun así es importante que quienes invocan un padrinazgo tan prestigioso sean, y es sin duda, al menos a mi manera de ver, lo más importante, fieles a su memoria.

Jean Claude Damamme.

* Referencia a la campaña política del partido bonapartista en Francia.

Con el mismo autor, ver también en este sitio: Demasiadas mentiras han empañado la imagen de Napoleón, entrevista con el Sr. Jean-Claude Damamme.