¿Qué
iba yo a poder decirles a quienes, por su pertenencia
a «Francia Bonapartista», deben
saberlo todo, o casi, del Emperador?
Tel es la pregunta
que me plantee cuando el Sr.
David Saforcada me pidió escribir
un texto destinado a su Boletín de Información.
El genio de
Napoleón, hombre prodigioso – pero
pobre vocablo – es en efecto tan universal,
tan «multifacetas», para emplear
un barbarismo muy apreciado en nuestros días,
que desafía toda tentativa de síntesis.
En los recovecos
de sus siglos, la Historia nunca encontró
– y no volverá a encontrar jamás
– un personaje que pueda pretender acercársele
a Napoleón, aun cuando algunos, a veces,
se complazcan en hallar similitudes con el fundador
de la Vª República. Comparación
sin duda halagadora para éste último,
pero, según yo, singularmente reductora
para el Emperador.
¿Entonces
qué decir?
¿Había
que hablar del Bonaparte fogoso, pero aun en
búsqueda de sí mismo, del sitio
de Tolón? ¿Del joven y prometedor
estratega de aquella primera Campaña
de Italia, que permanece como un ejemplo de
lo que puede hacer un país amenazado
y rodeado por doquier como lo estaba Francia
en 1796 cuando es bien conducida? ¿Del
hombre que supo transformar una expedición
militar en medias tintas, la de Egipto,
en una expedición científica cuyas
adquisiciones, aun hoy, no dejan de suscitar
la admiración? ¿Del vencedor de
la segunda Campaña de Italia, que obligó
a los austriacos, no obstante responsables de
la guerra, a sentarse en la mesa de negociaciones
y firmar, en 1801, el tratado de paz de Lunéville,
y los ingleses, un año más tarde,
a firmar el de Amiens?
Hagamos aquí,
pues esa clase de «detalle» debe
siempre ser evocado, una breve digresión
recordando que ésta paz, firmada por
los ingleses para recuperar su aliento, fue
quebrantada por ellos mismos de una manera particularmente
cobarde en 1803, cuando, sin que los países
concernidos hubiesen sido previamente avisados
por vía diplomática de la medida
que iba a golpearlos, el gabinete de Londres
ordenó a la Royal Navy confiscar
todos los navíos de comercio franceses
(y los de los aliados holandeses) que navegaran
en los mares con sus tripulaciones y sus pasajeros.
Recordemos que esos mismos ingleses habían,
durante años, mantenido, equipado y armado
costosamente en el territorio francés
a asesinos realistas, cuya más triste
y más repulsiva «hazaña
» fue el atentado del 24 de diciembre
de 1800 que costó la vida a una veintena
de personas (entre las cuales una niñita
de 14 años a quien uno de los conjurados
había confiado la carreta sobre la cual
se hallaba la carga de explosivo) y mutiló
a una cincuentena más.
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Atentado
de la Calle Saint-Nicaise,
el 24 de diciembre de 1800
Comanditado
por los realistas, este
atentado fallido consistió
en la explosión de
una carreta repleta de explosivos
colocada en la ruta de Napoleón
a la ópera. La máquina
infernal estalló
dos minutos después
del paso del Primer Cónsul,
hiriendo y matando a decenas
de inocentes. Entre ellos,
una niñita hecha
pedazos a la que uno de
los terroristas había
cobardemente confiado la
guardia del caballo que
tiraba del vehículo.
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Cierro aquí
este paréntesis – con pesar, pues
la historia de las fechorías y de las
villanías de Inglaterra
para con el Primer Cónsul y luego contra
el Emperador es altamente instructiva.
¿Había
que hablar del administrador, creador del Consejo
de Estado, de la Banca de Francia, de los prefectos,
de las Bolsas y de las Cámaras de comercio,
de los liceos, de las Magistraturas de trabajo,
del Tribunal
de Comercio…? ¿Del jurista,
autor, con tres de sus redactores, del Código
que lleva su nombre? ¿Del constructor
que, en solo quince años, y a pesar de
las guerras continuas que le impusieron las
monarquías legitimistas europeas pagadas
por Inglaterra – remplazando las guerras
las tentativas de asesinato – hizo (entre
otras cosas) abrir más caminos y canales
que todos los Borbones juntos?
¿O había
que evocar al hombre «humano» muy
simplemente quien, yendo en contra de todo su
entorno, integró a los judíos
a la nación francesa y dio a esos hombres
y mujeres que no tenían ni derechos ni
representación legal, un estatuto que
hizo de ellos ciudadanos de pleno derecho, en
Francia y en todos los países integrados
al Imperio Francés?
Para rendir
un justo homenaje a la memoria del Emperador,
hubiera sido necesario tratar cada uno de esos
temas, que son todos facetas diversas de su
genio universal. Era evidentemente imposible.
Entonces, escribiendo
este texto al acercarse el 2 de diciembre, me
acordé, idea bien banal en apariencia,
de Austerlitz.
¿Por
qué?
Porque es de
esa victoria legendaria que data, ciertamente,
la reputación de invencible estratega
de Napoleón, pero también la de
un conquistador sediento de batallas. Imagen
siniestra que todavía lleva pegada su
personaje, gracias, en especial, a los buenos
cuidados del gobierno británico y sus
cómplices, los realistas franceses que
les debían el haber vuelto a poner a
un Borbón en el trono cuando la apoteosis
fúnebre se hubo consumado.
Quisiera pues mostrarles que Napoleón
hizo todo por que esta batalla, acabada en forma
de victoria emblemática, no se librara
nunca.
Aquel
año de 1805, que iba a terminarse,
si me atrevo a escribirlo, « en
fanfarria » para el joven Imperio,
Napoleón lo había iniciado
tendiendo la mano al rey de Inglaterra
Jorge III. He aquí algunos extractos
de aquella carta célebre y muy
bella – pero raramente mencionada
pues no va en el sentido que siempre es
conveniente dar del Emperador –
escrita el 2 de enero:
«No
atribuyo deshonor alguno a dar el primer
paso; he lo suficientemente, pienso, probado
al mundo que no temo a ninguno de los
azares de la guerra; no me ofrece por
cierto nada que deba temer: la paz es
el deseo de mi corazón; pero la
guerra nunca ha sido contraria a mi gloria.
«Conjuro
pues a Vuestra Majestad no negarse a la
dicha de dar ella misma la paz al mundo;
que Ella no deje esta dulce satisfacción
a sus hijos; pues finalmente nunca hubo
circunstancia ni momento más favorables
para hacer callar todas las pasiones y
escuchar únicamente al sentimiento
de la humanidad y de la razón.
«Si Vuestra Majestad misma
quiere pensar en ello, verá que
la guerra es sin objetivo, sin ningún
resultado presumible para Ella. ¡Qué
triste perspectiva hacer batirse a los
pueblos solamente para que se batan! El
mundo es lo bastante grande para que nuestras
dos naciones puedan vivir en él;
y la razón tiene suficiente poder
para que hallemos un medio de conciliarlo
todo, si, de ambas partes, tenemos la
voluntad para ello.»
¿Es
necesario precisar que este ofrecimiento
no recibió más que una respuesta
evasiva, una manera de desestimación,
cuya mala fe levantó la indignación
de un gran político de la oposición
parlamentaria, Charles James Fox? |
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Jorge
III de Inglaterra
(1738 - 1820)
Rey
de Inglaterra e Irlanda, elector
de Hanover. |
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En ese mismo
inicio de año, la que no era todavía
la Gran Armada, sino la Armada de las Costas
del Océano, siempre estaba agrupada en
lo que se conoce con el nombre genérico
de « Campo de Boloña ». Ciento
sesenta mil hombres esperaban poder atravesar
la Mancha a fin de desembarcar en las costas
inglesas, pues, decía –ya entonces–
Bonaparte que veía claramente, «
una incursión y
una estancia de dos meses en Inglaterra serían
para Francia una paz de cien años.
»
Enloquecida
por la idea de ver llegar a los franceses y
su jefe, Inglaterra pagó a Austria y
a Rusia para que abrieran un frente a espaldas
de los franceses. Amenazado al Este, Napoleón
se vio entonces obligado –y hay que lamentarlo–
a abandonar su gran proyecto, que, de haberlo
realizado, hubiera salvado centenas de miles
de vidas humanas.
Es el momento
de abrir aquí un segundo paréntesis
referente a una desinformación astuta
que ha hecho, y sigue haciendo, las delicias
de todos los detractores de Napoleón,
historiadores falsamente «objetivos»
o panfletarios de la hosquedad toda comercial.
Con la batalla
que se libró el 2 de diciembre, se inaugura
una fórmula bien conocida que empleamos
todos –¡desatinadamente!–
la de «guerras Napoleónicas»,
dejando así suponer lógicamente
que la persona, cuyo nombre ha dado origen al
adjetivo, es implícitamente responsable
de las guerras en cuestión. Las «guerras
Napoleónicas» no existen, solo
las guerras
de Coalición: siete de 1793 a 1815.
Dos excepciones: la guerra de España,
destinada a expulsar a los ingleses, que ocupaban
Portugal como país conquistado, de la
Península para impedirles subir –lo
cual harán en 1814– por el sur
de Francia, y la Campaña de Rusia, empresa
para obligar al zar Alejandro, que los había
« olvidado », a respetar sus compromisos
de Tilsit acerca del Bloqueo Continental.
Después
de esta otra digresión, igualmente indispensable
cuando se evoca la persona del Emperador, vuelvo
a mi objetivo primero: los esfuerzos que hizo
por impedir que la batalla de Austerlitz tuviera
lugar.
Sobrevolemos
el inicio de esta Campaña de Austria
de 1805.
Antes de verse
forzado a la guerra, Napoleón había,
a través de su ministro de Relaciones
exteriores, Talleyrand, lealmente informado
al embajador austriaco:
«…Si
jamás hombre tuvo para con su patria
y para con su soberano una gran responsabilidad,
sois vos, embajador: único de vuestro
país conocíais Francia; único
de vuestro país sabéis que el
Emperador de los franceses quiere la paz; sabéis
que en los departamentos del Rin no hay un soldado;
único de vuestro país sabéis
que no se ha hecho el llamado de un solo hombre
de la reserva y que no se han completado los
primeros batallones más que a expensas
de los segundos batallones; solo vos veis Viena
desde una distancia conveniente para percibir
desde su verdadero punto de vista las operaciones
y apreciarlas en todos sus detalles; veis finalmente,
a vuestra izquierda, todas las tropas de la
tierra de Francia, en las extremidades de Bretaña
[el Campo de Boloña se extendía
hasta Brest] y de Picardía,
instruyéndose en las operaciones marítimas;
y al mismo tiempo, veis a vuestra derecha un
numeroso agrupamiento de tropas [austriacas]
en el Tirol, y por vuestra
propia confesión, setenta y dos mil hombres
en el Estado veneciano. No podéis pues
desconocer quién es el agresor, del que
declarará la guerra o del que viene en
ayuda de Inglaterra reuniendo sus fuerzas en
las fronteras para amenazar a Francia…
Si presentáis estas verdades en toda
su fuerza a vuestro señor y si verdaderamente
él no está siendo más que
acarreado, es imposible que no vea que se le
conduce a su pesar a la guerra, y entonces todo
se calmará. Si al contrario vuestro señor
quiere la guerra, ¡y bien! Habréis
hecho vuestro deber; no será acarreado.
Pero decidle que no celebrará las fiestas
de Navidad en Viena; no es que no tengáis
un ejército numeroso y formidable, pero
un movimiento rápido que dar a trescientos
mil hombres puede partir de una sola cabeza;
un gabinete no lo hace ejecutar a sus semejantes
sino lentamente».
Sordo a estos
consejos de sabiduría, y porque, al haber
pagado Londres, era preciso que Austria se batiera
e hiciera matar a sus soldados por el mayor
beneficio de Inglaterra, Austria se había
lanzado a la guerra.
Resultado: el
20 de octubre, prácticamente sin combate,
Napoleón había obtenido la rendición
de Ulm donde se había encerrado el general
austriaco Mack. Treinta mil oficiales y soldados
habían desfilado, avergonzados, ante
el vencedor.
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Rendición
de Ulm, el 20 de octubre de 1805
Imagen que evoca el momento
en el que, admirando a lo lejos al
ejército de invasión
que se suponía se apoderaría
de París, y que ahora desfilaba
vencido, el Emperador recibe al general
Mack. El viejecillo, en gran uniforme,
avanza y profiere: «Sire, he
aquí al desdichado Mack».
Óleo de Charles Thévenin |
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¿Y qué
había dicho el vencedor a ese vencido
–de hecho es él quien relatará
las palabras siguientes– de quien Napoleón
acababa de recibir, prácticamente sin
combate, la rendición?
«Partid
a Viena y os autorizo a decir al Emperador Francisco
que no deseo más que la paz y que estoy
muy enojado que ésta haya sido interrumpida.
Quiero arreglarme con él, e incluso en
condiciones muy equitativas. Trataré
con Rusia igualmente puesto que así lo
deseáis. Que se me digan las propuestas
de ambas Potencias. Estoy ansioso de saberlas.
Quiero hacer sacrificios. Os declaro una vez
más y os autorizo a decirlo a vuestro
soberano (me dijo una vez más muy distintamente
lo que alegué aquí arriba) que
no tiene más que enviaros a vos o al
conde de Cobenzl o algún otro con un
plenipotenciario ruso para tratar conmigo.»
¿Son
éstas las palabras de un «Ogro»,
según la fórmula injuriosa bien
conocida, o las del hombre que decía
en 1801: «Es
con horror como hago la guerra»,
o del mismo ministro de Prusia, el marqués
de Lucchesini, sin embargo hostil, quien señalaba
en un despacho a su soberano que «Bonaparte
le había parecido decidido a descartar
escrupulosamente todo tema de guerra a fin de
poder encausar en provecho de la agricultura,
de la industria, del comercio, de las artes,
los recursos pecuniarios que la guerra absorbe
y consume a la vez».
En
revancha, estos argumentos están en la
línea estricta del proceder que el Emperador
va ahora a emprender ante el zar Alejandro…
Aun cuando
Napoleón acaba de obtener la rendición
de las tropas austriacas, aun cuando su ejército
ocupa Viena desde el 13 de noviembre, aun cuando
es Emperador y soberano de un país poderoso
y… victorioso, es nuevamente él
quien, el 25, realiza el primer paso para tratar
de obtener un arreglo amistoso con el zar Alejandro,
antes de llegar a las manos. Y contrariamente
a la fórmula protocolar: «Señor
mi hermano» que es de rigor en las correspondencias
de soberano a soberano, el Emperador hace comenzar
su nota por la palabra « Sire »,
como lo haría un simple vasallo o un
pequeño príncipe cualquiera.
«Cuartel
imperial, Brünn, 25 de noviembre de 1805
Sire, envío a mi ayuda de campo, el general
Savary, ante Vuestra Majestad, para cumplimentarla
acerca de su llegada a su ejército. Le
encargo expresarle toda mi estima por Ella y
mi deseo de hallar ocasiones que le prueben
cuánto ambiciono su amistad. Que Ella
le reciba con esa bondad que La distingue y
me tenga por uno de los hombres más deseosos
de serle agradable.
En
esto, ruego a Dios tenga a bien tener a Vuestra
Majestad en sus santa y digna guarda.»
Ante la respuesta
de una inconsistencia notoria del soberano ruso,
el Emperador, persuadido de que éste
último había sido influenciado
por los jóvenes de su entorno, calificados
por Savary de «arrogantes» y «no
respirando más que la guerra»,
volvió a enviar a su emisario ante Alejandro:
«Tomad
a un trompeta y volved donde el Emperador de
Rusia; le diréis que le propongo una
entrevista mañana, a la hora que le convenga,
entre los dos ejércitos, y que, por supuesto,
habrá durante ese tiempo, una suspensión
de armas de veinticuatro horas.»
¿Semejante
deseo de no llegar a las manos podía
estar motivado por el temor de enfrentarse al
ejército ruso?
|
|
Sería
conocerle mal, pues Napoleón
había, desde hacía más
de una semana, estudiado cuidadosamente,
no solo en los mapas sino sobre el terreno
mismo, el sitio en el que libraría
la batalla si ninguna otra opción
le fuese dejada, y el cual no fingirá
abandonar un momento al enemigo más
que para fulminarlo mejor.
¿Por
qué entonces todas esas tergiversaciones
o, al menos, lo que, a primera vista,
parece como tal?
Hay
que leer con atención las líneas
siguientes que el Emperador dirigió
a Talleyrand, por lo muy importantes
que son para la comprensión de
la verdadera personalidad de aquel a
quien demasiado a menudo se ha presentado
–y demasiado frecuentemente se
sigue presentando– como un jefe
de guerra sediento de conquistas y de
batallas, al que se le imputa de manera
imbécil y deshonesta los famosos
«dos millones de muertos»:
«Habrá
probablemente mañana una batalla
muy seria con los rusos. Hice mucho
para evitarla pues es sangre vertida
inútilmente. No habléis
de batalla pues sería inquietar
mucho a mi mujer. No os alarméis;
estoy en una fuerte posición;
lamento lo que costará y casi
sin objetivo.»
Estimando
semejante manera proceder por abajo
de su dignidad de «derecho divino»,
Alejandro respondió a la invitación
de buena voluntad que acababa de serle
hecha por la decisión más
humillante que haya: enviar para discutir
con Napoleón, soberano de un
gran país, a un simple ayuda
de campo, el príncipe Dolgorouki.
A éste
último, quien le decía
que el zar no discernía el objetivo
de la entrevista propuesta, el Emperador,
superando su irritación ante
semejante humillación, había
respondido:
«Es
la paz, y no concibo porqué vuestro
señor no puede entenderse conmigo.
No pido más que verle y presentarle
una hoja en blanco firmada “Napoleón”,
sobre la cual inscribirá él
mismo las condiciones de paz.»
|
Lo que el Emperador,
evidentemente, ignoraba, es que, consciente
de lo que estaba en juego, el gobierno inglés
había –¡desde mediados del
año 1804!– depositado dos millones
y medio de libras en las cajas de los Tesoros
ruso y austriaco, y que, a fines de ese mismo
año de 1804, los mercaderes de Londres
se habían aligerado de cinco
millones de libras más para financiar
la coalición.
A la oferta
de paz, oferta tanto más generosa cuanto
que emanaba del vencedor, aquel a quien el Emperador
llamará «un
mequetrefe impertinente [que] me
habló como hubiera podido hablar a un
boyardo al que se quisiera enviar a Siberia»
respondió con proposiciones «inadmisibles».
Este calificativo no es mío, pertenece
al conde de Langeron, emigrado francés
que combatía, como conviene de parte
de un realista, en las filas rusas contra Napoleón.
Éstas
propuestas inadmisibles no buscaban nada menos
que disminuir a Francia – provocada y
victoriosa – en provecho de Austria, fautora
de guerra y vencida, exigiendo la retrocesión
– sin ninguna contraparte – de las
conquistas de la república.
El día
siguiente del 2 de diciembre, cuando se hubo
consumado el desastre de los rusos y de los
austriacos, el Emperador, generosamente, dejó
irse al príncipe Repnín, hecho
prisionero con sus caballeros-guardias, con
estas palabras:
«Decid
a vuestro emperador que, si hubiese escuchado
mis propuestas y aceptado una entrevista entre
los puestos avanzados, me hubiera sometido a
su bella alma [no lo seguiré en
esta demasiado halagadora apreciación].
Me habría declarado
sus intenciones para procurar reposo a Europa
y yo hubiera suscrito».
Para cerrar
esta breve evocación, escogí una
frase del Emperador, y la elegí porque
me parece un resumen de lo que fue su drama
y de lo que, aun hoy, constituye su grandeza:
«No
se deja de hablar de mi amor de la guerra, pero
¿no estuve constantemente ocupado en
defenderme? ¿Obtuve una sola gran victoria
sin que haya inmediatamente propuesto la paz?
Nunca hice la guerra por espíritu de
conquista; acepté las guerras que los
ministros ingleses levantaron contra la revolución
francesa. »
No tengo ni
la calidad ni la competencia para hablar de
política – mi única preocupación
es tomar la defensa del Emperador, pues, y es
un colmo por no decir una indignidad nacional,
éste hombre demasiado frecuentemente
insultado precisa ser defendido – y no
estoy implicado en esta «Campaña».
*
Sin embargo,
si se me preguntara: «¿puede uno
inspirarse en Napoleón para fundar una
acción política?», podría
responder que, aunque puede parecer azaroso
hacerlo invocando a un hombre desaparecido desde
hace ciento noventa y dos años, el mito,
o más precisamente, la realidad es tan
fuerte, y Napoleón tan grande, tan cercano
y tan presente por lo que nos ha legado, que
la empresa debería ser facilitada por
todo ello.
En fin, si uno
no pudiera apelar al Emperador, discierno mal
en quién se podría uno inspirar
para llevar a cabo un combate, pero aun así
es importante que quienes invocan un padrinazgo
tan prestigioso sean, y es sin duda, al menos
a mi manera de ver, lo más importante,
fieles a su memoria.
Jean Claude Damamme.
*
Referencia a la campaña política
del partido bonapartista en Francia.
Con el mismo
autor, ver también en este sitio: Demasiadas
mentiras han empañado la imagen de Napoleón,
entrevista con el Sr. Jean-Claude Damamme.