
LA
AGONÍA DE NAPOLEÓN
POR EL SEÑOR
JEAN-CLAUDE DAMAMME
CONSULTOR HISTÓRICO
ESPECIAL DEL INSTITUTO NAPOLEÓNICO
MÉXICO-FRANCIA |
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«Muerte
del Emperador Napoleón I en Santa
Elena, el 5 de mayo de 1821
»
Litografía de la época
según Carl
von Steuben.
Vemos en este cuadro, de izquierda a
derecha: al joven Napoleón Bertrand
y el conde de Montholon (sentado); el
Dr. Antommarchi (de pie); observando
al Emperador, Marchand, y detrás
de él, Saint-Denis Alí.
Sentada, la condesa Bertrand con sus
hijos Henri y Hortence; el gran mariscal
Bertrand (extendiendo la mano), el Dr.
Arnott y el capitán Crokatt (arriba,
extrema izquierda); abajo, Jean Abram
Noverraz (de rodillas). |
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| El
Sr. Jean-Claude
Damamme
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El
presente texto fue escrito en el año
2000. Desde entonces, muchas cosas
han ocurrido. Ben
Weider, el hombre que se
encarnizó durante más
de treinta años en hacer saber
que Napoleón había sido
envenenado, continuó su combate.
Y sus adversarios continuaron –
y continúan – combatiéndolo
con los mismos argumentos insignes
de deshonestidad y, a menudo, lamentables
de estupidez y de mala fe.
Por medio de sus análisis,
el Dr.
Pascal Kintz, presidente
de la Asociación Internacional
de Toxicólogos de Medicina
Forense, ha demostrado sucesivamente
que el arsénico se encuentra
en el corazón de los cabellos
de Napoleón, lo cual indica
un « recorrido » por la
vía digestiva, y no por una
contaminación externa, como
la revista Science
& Vie había
tratado de hacérnoslo creer
con el fin de acreditar, por razones
misteriosas, que la presencia del
tóxico se explicaba por productos
de conservación de los cabellos.
Y, en 2005, durante una conferencia
de prensa muy mediatizada,
el Dr.
Kintz reveló la naturaleza
del tóxico utilizado: arsénico
mineral, mejor conocido bajo
su apelación popular de mata-ratas.
¿Qué individuo, honesto,
se entiende, osará aún
afirmar hoy en día que, aún
si acaso, el 5 de mayo de 1821, el
Emperador no murió de una «
sobredosis » de arsénico,
no fue envenenado? |
Los
detalles de este asunto figuran integralmente
en el sitio del Instituto Napoleónico
México-Francia (ver el expediente
especial del envenenamiento
de Napoleón).
Todo está explicado ahí,
y las maniobras más o menos
tortuosas de los adversarios de esta
tesis no podrán cambiar nada
a una realidad científica certificada
y demostrada por las más altas
instancias de la toxicología:
el Emperador deportado a Santa
Helena fue envenenado con raticida. |
Jean-Claude Damamme. |
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| «
Muero prematuramente,
asesinado por la oligarquía inglesa
y su sicario
» |
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Napoleón. |
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« En
una pieza sombreada que cortan algunos rayos de
luz, una silueta blanca reposa sobre un lecho
de hierro tendido con un mosquitero, del cual
se han levantado los vuelos. Recostada sobre la
espalda, la forma inmóvil parecería
sin vida, si, por un instante, no escaparan de
ella silbidos y el chasquido siniestro y lastimoso
de un hipo sin fin. Alrededor de ese cuerpo en
moratoria, dieciséis siluetas fijas forman
un círculo. Algunas, cuyas charreteras
doradas enganchan algunos trazos de luz, parecen
escuderos velando a un caballero en agonía.
Ningún
ruido en esta asistencia estatuada aguardando
un evento trágico, pues esta forma blanca
es el hombre que la Inglaterra llena de odio de
William Pitt y de sus sucesores, a falta de haber
logrado asesinarle con la ayuda de sus cómplices
realistas franceses, empujó a guerras sin
fin realizadas por las monarquías absolutistas
europeas asalariadas a altísimo precio.
Después de haberle – por fin –
vencido, le ha deportado sobre ese pedrusco perdido
en medio del Atlántico sur: Santa Elena.
El moribundo es el EMPERADOR NAPOLEÓN
I. Estamos a 5 de mayo de 1821.
Confiando – demasiado
– en el supuesto sentido del honor
inglés, el vencido de Waterloo
se había rendido ante su enemigo.
En la rada de Plymouth, el 15 de julio
de 1815, Napoleón había
ascendido la escala de portalón
del Belerofonte, un veterano
de Abukír y de Trafalgar, y había
dicho a su comandante: «Vengo
a vuestro bordo a ponerme bajo la protección
de vuestro príncipe y de vuestras
leyes.»
La respuesta del gobierno inglés
a esta marca de confianza, Napoleón
la había encontrado el domingo
15 de octubre de ese mismo año
1815, tras una navegación de setenta
y dos días: un peñasco torturado
por la naturaleza y azotado por los vientos,
bautizado Santa Helena.
Al alba, a través
de un sirimiri grisáceo que encubría
sus contornos, el Emperador había
largamente escrutado esta fortaleza. Sin
duda, desde este instante, ya no se hizo
ilusiones. Esta isla, de la cual un diccionario
de la época dice que tiene seis
leguas de circunferencia y se encuentra
a cuatrocientas leguas de la tierra más
próxima, sería su tumba.
« No es
un bonito lugar para estar
», había increpado flemáticamente
a uno de sus compañeros de viaje,
el general Gourgaud, al desembarcar el
día siguiente en la capital del
lugar, Jamestown.
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«
Santa
Elena vista desde el mar
», acuarela inglesa de la
época. |
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 |
| La
señorita Betsy
Balcombe |
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Una bonita
sonrisa de 14 años había suavizado
la rudeza de este descubrimiento, la de
Betsy (Elizabeth) Balcombe, una de las dos
hijas del representante en la isla de la
Compañía de las Indias Orientales.
Lo que ve venir hacia ella no es ese «
ogro con un ojo rojo flameante en medio
de la frente » que sus lecturas
le han hecho imaginar, sino un hombre que
« se mantiene con un aire noble
e imponente sobre un soberbio caballo negro
como el azabache ». En ese tiempo,
Napoleón está en plena posesión
de sus capacidades intelectuales y físicas:
la jovencita confiará en sus Recuerdos
su asombro de ver a Napoleón brincar
sobre la silla y domar sin dificultad a
un joven y muy repropio caballo árabe
que el piquero Archambault no lograba calmar.
Las siete semanas que pasó en los
Briars (los espinos), la propiedad
de los Ba1combe, fueron los últimos
momentos de dicha del Emperador en esta
tierra.
Cuando su « gran amigo » la
dejó, el l5 de diciembre, para instalarse
en Longwood, Betsy no pudo mirarle alejarse.
Se echó a su cama y estalló
en lágrimas.
Situada
en la planicie de la isla, la casa de Longwood
es todo menos lujosa: una antigua granja
baja, de muros color ocre rosa, en la cual
un papel cubierto de chapopote hace las
veces de techo, construida en la parte más
húmeda de la isla. En la casa, el
mildéu cubre los muros y las ratas
pululan. Se trata de acabar con ellas con
grandes cantidad de arsénico. |
En este tugurio
sórdido y viscoso se amontonan, además
del Emperador, Gourgaud, el conde de Montholon
y su mujer, Albine, de encantos maduros pero turbadores,
Las Cases y su hijo, los domésticos: Marchand,
el mameluco Alí, Noverraz, Santini, Gentilini,
oriundo de la isla de Elba, los dos Archambault,
Cipriani, Pierron, Lepage, Rousseau... a quienes
se añaden un oficial encargado de la guardia
del deportado y el doctor O’Meara encargado
de velar por su salud. En cuanto al ex-gran mariscal
del palacio, el general Bertrand, está,
con su mujer, hospedado a dos millas de Longwood
Desde el 5 de mayo de l8l6, extraño e inexplicables
síntomas asaltan a Napoleón: dolores
de cabeza violentos, hinchamiento de los tobillos,
fotofobia, encías esponjosas, decoloradas
y que sangran a la menor presión, incoercibles
somnolencias, tos persistente... Cuando se acaba
el año l8l6, Marchand nota: « La
salud del Emperador se había gravemente
deteriorado. »
Este
hombre, que podía pasar días
y noches enteros a caballo, que vimos llegar
a la isla apuesto y fogoso como un cazador
a caballo de la Guardia Imperial, ya está
marchito. Y cuando, violando una debilidad
que le confinó seis días enteros
en la casa, se aventura a dar un paseo,
Las Cases, que le observa a hurtadillas,
le ve vacilante. Y sobre todo, sus labios
están cubiertos de granos. ¿Puede
el cáncer del estómago ser
responsable de éstos síntomas?
¿O el clima? ¿Pero entonces,
los demás exiliados? Bertrand murió
a los 7l años, Gourgaud a los 69,
Montholon a los 70, Marchand a los 85, el
mameluco Alí a los 68. ¡O sea,
tomando los extremos, de veintitrés
a cincuenta y cinco años después
de haber dejado la isla maldita!
El hombre
de acción se convierte en un retirado
miserable. Su andar se ha hecho pesado,
pero el espíritu siempre planea por
arriba de todos, pues todavía tiene,
y afortunadamente, las charlas con Las Cases.
No por mucho tiempo: el 30 de diciembre
de 1816, por orden del gobernador Hudson
Lowe, el memorialista dejaba « este
lugar caro y maldito ».
¡Qué
mal año, ese 1818! El 13 de enero,
Gourgaud, deja a aquel a quien venera. Un
feo carácter, el del artillero Gourgaud,
pero salvó dos veces la vida del
Emperador, en Rusia y durante la campaña
de Francia en l8l4. Así, no soporta
la preferencia marcada que Napoleón
dispensa a ese Montholon, de buena gana
cauteloso, que no deja de quemarle la sangre,
como si buscase deshacerse de él
para quedarse solo con el proscrito.
Dos semanas más tarde, Cipriani muere
en circunstancias extrañas. Luego
O’Meara, con quien Napoleón
ha hecho migas, es expulsado por orden del
gobernador: médico, no quería
ser un soplón.
Desde ahora, ya no hay en el entorno inmediato
de Napoleón – al no residir
los Bertrand en el lugar – más
que Montholon que tenga algún título
de importancia que hacer valer.
Poco tiempo
después de la partida de O’Meara,
Napoleón es presa de náuseas.
Por primera vez desde su llegada a Santa
Elena, vomita. ¿La marca del cáncer?
« Soy más
afortunado que vos. En toda mi vida, nunca
sentí mi cabeza, ni mi estómago
» (éstas tres palabras subrayadas).
Esta observación, la había
hecho el domingo l1 de agosto de l8l6 a
Las Cases, quien le hacía el feo
a su cena a causa, justamente, de dolores
de estómago. Este comentario que
repitió a menudo es confirmado por
Bertrand el 25 de abril: « El
Emperador ha observado que nunca había
abusado de su estómago, que nunca
se había sentido indispuesto por
éste, ni un sólo día
de su vida, que era bastante extraordinario
que le diera por ahí. »
Y helo aquí abrumado desde ahora
por vómitos que no van a dejarle
reposo hasta su muerte. |
| UN
HOMBRE QUE ABATIR |
La
tesis
del envenenamiento criminal
de Napoleón entra en
la lógica del gobierno
inglés de la época:
eliminar a aquel que, después
de haber sacado a Francia
del socavón revolucionario,
había hecho de ella
su rival incontestado. He
aquí otras acciones
organizadas precedentemente
para asesinar a Napoleón:
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Atentado terrorista de la
calle Saint-Nicaise (24 de
diciembre de 1800). Perpetrado
por los realistas con la bendición
inglesa contra el Primer Cónsul,
causó la muerte de
22 personas – entre
las cuales una niña
a la que uno de los conspiradores
había dado a detener
la rienda del caballo que
jalaba la carreta en la que
estaba colocada la carga de
pólvora – y mutiló
a 56 más.
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La conspiración Cadoudal-Pichegru
de 1803-1804: fue montada
y financiada por los realistas
franceses a instigación
del gobierno inglés,
abrumado de recriminaciones
por los negociantes ingleses
a quienes perjudicaba la paz
de Amiens. Se soldó
por un fracaso. Cadoudal fue
ejecutado, y Pichegru se suicidó
(tesis oficial).
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- La tentativa de Staps: este
estudiante sajón fue
a Viena en 1809, después
de la batalla de Wagram, para
asesinar a Napoleón.
« No, no es Vuestra
Majestad quien hace la guerra;
pero como Ella es siempre
más fuerte y más
afortunada que los demás
soberanos juntos, era más
fácil mataros que matar
a tantos otros... »,
le dirá al Emperador
durante una entrevista. La
partida de Napoleón
hacia París le impidió
acordar su gracia, lo que
no hubiera dejado de hacer.
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- La tentativa de la isla
de Elba: una casi-certeza
existe de que desertores corsos
habían sido reclutados
para asesinar a Napoleón.
Al no serle pagada la renta
concedida por el tratado de
Fontainebleau, el Emperador
se hubiese visto obligado
a despedir a su magra tropa.
Un asesinato hubiera sido
cosa fácil. Su regreso
a Francia le salvó.
Pregunta:
¿Acaso Napoleón
envió jamás
asesinos del otro lado de
la Mancha para asesinar a
Jorge III, rey de Inglaterra,
o a su Primer ministro, William
Pitt, el azote de la humanidad
de aquella época?
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- Inglaterra trató
enseguida de abatir tanto
al país como a su jefe
a fuerza de coaliciones
esmeradamente montadas y pagadas
por ella. Le será necesario
esperar el 18 de junio de
1815 en Waterloo para que
el objetivo que perseguía
desde hacía quince
años fuera alcanzado. |
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MONTHOLON
SOLO CON EL PROSCRITO
21 de septiembre
de 1819. Bertrand presenta a Napoleón nuevos
llegados: dos curas, un médico. Descontento
del Emperador que, a pesar de su debilidad los
juzgó para pronto: « El
viejo cura [Buonavita]
no es bueno para nada, es un decidor de misas.
El joven [Vignali] es
un estudiante de medicina y no un médico.
» Antommarchi, por su parte, no es ni verdaderamente
médico, ni verdaderamente cirujano. Este
anatomista, de poca utilidad para un vivo, practicará
en revancha una excelente autopsia del cuerpo
del Emperador.
Por ahora,
su paciente no es más que una sombra.
Una sombra agitada por la fiebre y los
temblores, desgarrada por toses secas,
con la cabeza comprimida por insoportables
migrañas; una sombra letárgica
que protesta cuando se la quiere despertar:
« ¡Ah!
doctor, se es feliz al dormir, nos se
sufre ni privaciones ni soledad!
». El augusto paciente de Antommarchi
ya no es más que la apariencia
irrisoria de un hombre que, después
de haber reinado sobre la mitad de Europa,
se divierte hoy, con el aspecto concentrado,
a dirigir el chorro de agua de una bomba
sobre un jardincito desecado.
El 28
de febrero de 1820, Montholon, cuyas cartas
son transmitidas a la corte de Francia,
y que lo sabe, escribe una extraña
carta a su mujer, que se ha ido de Santa
Elena en el mes de julio del año
pasado: «Las lluvias han comenzado,
y si continúan, adiós el
jardinería (?). Se casan
mal con el calomel; la menor humedad causa
cólicos muy fuertes, tú
lo sabes tan bien como yo»
Y el 20 de diciembre: «Mi vida
transcurre con él desde que ha
caído por completo: quiere que
esté siempre ahí, no quiere
tomar más remedios que los que
le doy o le aconsejo; Antommarchi pierde
por ello la cabeza, sólo yo gozo
de sus favores...»
Tantas atenciones le procurarán
dos millones de francos legados por el
testamento del 15 de abril. El Emperador
sin embargo no se engaña; el 23
de abril de 1821, en un soplo, confiará
a Bertrand: « Bien
veo que Montholon me corteja por mi sucesión.
» ¿Entonces, porqué
haber legado a este falso soldado, que
no es ni siquiera un recuerdo de los tiempos
difíciles, y cuyos lazos con el
conde de Artois son conocidos, una suma
exorbitante, mientras que Bertrand, fiel
y reservado, no obtendrá más
que quinientos mil francos? Tal vez Albine,
que supo amenizar algunos momentos del
deportado, tenga algo que ver en esta
singular generosidad...
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El
Conde Charles-Tristan de Montholon-Sémonville
(1783-1853)
Litografía de Delannoy
según una pintura de Leclerc,
1834. |
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EL SIROPE
DE HORCHATA LE ES FATAL
Lunes 1º
de enero de 1821. Como de costumbre, Marchand
abre las persianas de la recámara del Emperador:
« ¿Y bien,
qué regalo me tienes? –
Sire, la esperanza de ver a Vuestra majestad
restablecerse y dejar un clima tan contrario a
su salud. – No
durará mucho, hijo mío, mi fin está
cerca, no puedo ir más lejos.
»
El final de calvario
está cerca. El del decaimiento, sobre todo.
Pues ese hombre, tan cuidadoso de sí mismo,
debe soportar quedarse en cama después
de que se le hayan administrado las lavativas
que hace necesarias su pereza intestinal. Marchand
y Alí cambian las sábanas ensuciadas,
las más veces en la obscuridad, pues Napoleón
no soporta más la luz del día. Cuando
se descubre, cada uno comprende: quiere «
mear », escribe Bertrand sin precaución
literaria superflua. Líneas
dolorosas de escribir, por lo mucho que se tiene
el sentimiento de insultar la memoria de Napoleón.
¿Pero si una mano homicida le envenenó,
cómo hacer sentir mejor todo el horror
y la cobardía del gesto?
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El
3 de mayo, el médico militar inglés
Arnott, quien, por su cortesía, supo
ganarse la simpatía del Emperador,
asombrado de que se haya dejado al enfermo
« tres días sin heces»,
decide administrarle calomel, purgativo
poderoso e inofensivo. Salvo si se encuentra
asociado con el ácido prúsico
que se halla en las almendras amargas: hay
entonces producción de cianuro de
mercurio, un veneno mortal. Según
la tesis sostenida por Ben Weider, parecería
que Montholon haya añadido el sirope
de horchata, que Napoleón ha hecho
su bebida ordinaria. Y como el emético
que le ha sido administrado ha inhibido
el reflejo vomitivo, su estómago,
desgastado por el arsénico, es incapaz
de expulsar el veneno.
El viernes
4 de mayo, la isla es sacudida por un huracán.
El fin de un mundo se acerca. El moribundo,
cuyo chaleco « cubierto de escupitajos
rojizos », y cuyos ojos fijos Bertrand
ya no se atreve a mirar, no percibe esta
cólera de la naturaleza. Un solo
pensamiento embruja todavía a Napoleón:
su hijo, ese hijo tan esperado, tan amado,
al que no ha vuelto a ver desde hace siete
años...
Apenas si puede preguntar ahora cómo
se llama ese hijo. No se tranquiliza más
que al percibir, muy lejana, pues ya no
oye, la voz de Bertrand que le murmura en
la reja: «Napoleón,
Sire.»
El 5 de
mayo, a las 3 de la tarde, todo calor ha
desertado a ese cuerpo al que nada, jamás,
había podido doblar. Marchand, Bertrand,
Alí, todos buscan en los ojos de
Antommarchi una señal de esperanza.
En vano. La muerte llegó.
Con los
ojos fijos sobre su reloj, más conmovido
de lo que quiere parecerlo, el doctor Arnott
cuenta los intervalos que separan cada respiración:
quince segundos, luego treinta, luego un
minuto, luego...
Afuera,
la naturaleza ha vuelto a ser apacible.
A las 5:49 de la tarde, serena y atenta,
pudo entonces oír subir hacia ella
lo que Chateaubriand, con el alma por una
vez elegante para con Napoleón, llamó
«el más poderoso soplo
de vida que animó jamás a
la arcilla humana». |
| Los
síntomas de la intoxicación
arsenical |
He
aquí la lista de los
síntomas
que pueden aparecer en caso
de intoxicación arsenical.
A comparar con los males de
los que sufría Napoleón
en Santa Elena, tales como son
descritos por los testigos. |
| Intoxicación
crónica |
Dolores
de cabeza, fatiga general, modificaciones
del carácter (depresión
u optimismo exagerado), somnolencia
que alterna con el insomnio,
polineuritis que afecta los
nervios sensitivos y motores.
Dolores más particulares
en la región del hígado,
tobillos y pies hinchados, degeneración
de los músculos, en particular
los de los muslos y de las piernas,
aumento de corpulencia y de
peso por acumulación
de grasa en el pecho y el abdomen
(reporte de autopsia de los
médicos ingleses: «
Había más
de dos centímetros de
espesor de grasa sobre el esternón
y cerca de cuatro centímetros
sobre el abdomen »),
dilatación del hígado,
tinte amarillo de la piel y
de las conjuntivas, comezón
en todo el cuerpo, granos, sobre
todo en los labios, desaparición
del sistema piloso corporal,
los cabellos se hacen finos,
falta de apetito seguido de
ganas repentinas de comer, sordez,
sensibilidad de los ojos a la
luz, ojos lagrimosos, micción
difícil, tos seca y persistente,
puntos de pleuresía,
sensación de fiebre con
una temperatura normal, transpiración,
piernas heladas, enronquecimiento,
taquicardia, arritmia cardiaca,
calambres, dientes descarnados,
encías hinchadas, dolorosas
y sangrantes. |
| Intoxicación
aguda |
Sed ardiente, vómitos
violentos, diarreas importantes,
dolores en todo el cuerpo, pulso
débil, retortijones y
espasmos que dan a pensar en
la epilepsia (el doctor O’Meara
anota este síntoma en
fecha del 14 de diciembre de
1816), pérdida de conciencia
seguida de muerte. |
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Jean-Claude
Damamme
Escritor-historiador
Miembro de la Société des Gens
des Lettres
Miembro adherente de la Association des Ecrivains
Combattants
Consultor Histórico Especial del Instituto
Napoleónico México-Francia.
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica
Internacional.
Ver también:
El
último combate
(La muerte del Emperador), por el mameluco
Louis-Etienne Saint Denis « Alí ».
La
liberación (muerte
del Emperador), por el fiel Louis Marchand.
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