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Sale
uno del marco de la Historia si se
descuida el hecho capital de que Napoleón
se posicionó como heredero
de la Revolución Francesa de
1789, sismo sociológico e ideológico
sin precedentes.
La
adopción de la Carta de los
Derechos del Hombre, la abolición
de los privilegios, la substitución
del mérito a la heredad, el
reemplazo del absolutismo de la monarquía
legitimista por el ideal democrático,
nos parecen hoy en día valores
humanos naturales. En aquella época,
pasaban por ideas peligrosamente subversivas
en opinión de los defensores
del orden establecido. Amenazaban
demasiadas situaciones asentadas y
comprometían un buen número
de intereses particulares. Así
pues, aquel quien se había
hecho su campeón se convertía
por ello en el enemigo público
número uno de la Europa monárquica
legitimista.
De
ello no podía resultar más
que el abrasamiento del continente,
del mundo inclusive. Pero nos es forzoso
admitir que Napoleón es menos
responsable de ello que nadie, por
poco que un mínimo de rigor
intelectual presida el examen de los
hechos, y tomando dos precauciones:
no confundir las causas y los efectos
de los eventos, y tener cuidado de
no observarlos con la lente deformante
del día de hoy.
A
este ejercicio simple, y sin embargo
temible, es al que vamos a proceder.
----------------La
primera parte de nuestras Crónicas
del Consulado y del Imperio
presentará la situación
belígera irreductible
ante la cual se halla inexorablemente
confrontado el Primer Cónsul
a su advenimiento, y de la cual no
podrá nunca librarse en adelante.
----------------La
segunda hará resaltar el carácter
esencialmente pacífico
de la política general de Napoleón,
fundamentada en su principio
intangible de evitación de
los conflictos.
----------------Finalmente,
validando las dos primeras, la tercera
parte demostrará que la guerra,
que
él no declaró jamás,
fue una constante intrusa
en la Historia del Emperador. |
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Estatua
del Emperador Napoleón
I
Expuesta en el Patio de Honor
de los Inválidos, fue creada
para coronar la Columna
de Austerlitz, hoy
Vendôme, por Jean-Marie
Seurre en 1831. |
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