Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
LOS «CALAVERAS»* DE NAPOLEÓN I DURANTE LA RESTAURACIÓN
Un duelo durante la Restauración
Ilustración romántica.

Por el señor

Jean-Yves Labadie
Secretario General de los
Amigos del Patrimonio Napoleónico (APN).

Sr. Labadie
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Durante la Restauración, hubo dos suertes de veteranos: los que se resignaban, como ese medio-sueldo que, en el Jardin des Plantes, examina con un aire pensativo unos arbolillos exóticos. – ¡Eh! ¿Qué haces allí? le pregunta un camarada – ¡Aprendo a vegetar! Y están los otros, mucho más numerosos, los sublevados que reivindican, los fogosos, incluso los brutales, los que son apodados «los calaveras»*.

He aquí un espécimen de éstos: el coronel Barbier-Dufay persigue con su odio a los oficiales realistas y los provoca sin cesar; mata en duelo al coronel de Saint-Morys, hiere gravemente al general conde de Montségur… tratan de deshacerse de él, de vengar a sus víctimas; una noche, es atacado por dos desconocidos que lo hieren a cuchillazos; se salva, y se venga a su vez.
Encontrando en las galerías de madera del Palais-Royal a un joven guardaespaldas, le pisa deliberadamente el pie, luego, desarmado por el valor y la cortesía de este niño, le pide excusas. El otro no las acepta y, para forzar a Barbier-Dufay a batirse, lo abofetea.
Duelo a dos pasos de ahí, en una pequeña calle del Louvre. El guardaespaldas pierde su espada en cada encuentro – ¡No soy un asesino! Acaba por decir Barbier-Dufay que busca otra manera de arreglar el diferendo.
Un simón pasa. Lo detiene y propone lo siguiente: los dos adversarios atados uno al otro no tendrán más que la mano derecha libre y se batirán con un puñal hasta que muerte sobrevenga. Dos testigos suben al asiento, dos detrás del simón que, al paso, se pone en camino, atraviesa dos veces la plaza del Carrusel… Cuando se abre la portezuela el joven guardia está muerto; Barbier, cubierto de sangre, tiene cuatro puñaladas en el pecho, y su adversario le ha desgarrado la parte baja del rostro con los dientes. Este salvajismo da a Barbier-Dufay un terrible renombre; la policía realiza una perquisición en su casa después de haberlo amarrado, encordelado como un andullo de tabaco; por un tiempo puede meditar en un calabozo de la Conserjería, pero, al no existir ninguna inculpación en su contra, hay que ponerlo en libertad.
Se espera que deje París. Para nada; cada mañana hacia las 11 de la mañana, se reúne con sus amigos en el Café de Mars, quai Voltaire, haciendo arremolinarse su bastón emplomado; y los soplones se mantienen a distancia. Un día, reconoce a uno de ellos que participó en su arresto y camina hacia él: ¡Te voy a enderezar la médula espinal!

El coronel Bourbaki no es menos temido por los agentes encargados de vigilarle; cuando sale de su vivienda de la calle Grange-Batelière, les grita: ¡Ah! Canallas, ¡me seguís! Id a decir a vuestro prefecto que me importa una j…

Veterano de la Revolución y del Imperio, el general Berton es un medio-sueldo de unos cincuenta años. En una alameda del Luxemburgo, clama en voz alta su indignación de ver a los soldados mendigar su pan, y su odio de los Borbones: ¡Sí, voy a ir a matarlos a todos! Me es precisa una venganza para el león que está encadenado en Santa Helena… ¡me es precisa para el cordero que degollarán también en Viena! [El Rey de Roma]
Su casa, en la calle de Latour d’Auvergne nº11, es conocida por la policía como sede de agitadores. En 1822, el general Berton es arrestado por haber tratado de derrocar al rey, condenado a muerte por la corte real de Poitiers, y ejecutado el 6 de octubre de 1822.

Decrest, que fue nombrado por el Emperador conde de Saint-Germain, es colocado de vuelta en el ejército real bajo el nombre de general Saint-Germain, pero nada ha perdido de sus antiguas convicciones y ha guardado el acento del pasado.
Al coronel marqués de Nadaillac que le dice amablemente: Mi general, ¿queréis hacer a Madama la marquesa de Nadaillac el honor de cenar donde ella?, responde: Señor, no ceno nunca donde los coroneles que inspecciono y, Señor marqués, ¡nunca les doy de cenar! Esta manera tosca se aplica indistintamente a todos, le hubiese dicho lo suyo al rey, y no se osaba ponerlo en el retiro: ¡El que me ponga [en el retiro], le haré ver que todavía estoy verde!
Es más respetado que temido. Se le ve fumando su pipa en la terraza de su casita de los Campos Elíseos, y cuando pasa un destacamento de caballería de la guardia que acaba de escoltar a algún príncipe, le grita: ¡Sujetad pues a vuestros caballos, horribles conscriptos, tristes jinetes! Los soldados le reconocen: ¡Ese es el general Saint-Germain, un calavera veterano! En la corte, viendo a unos oficiales beber caldo, su indignación estalla: ¡Por Dios, señores, vaya una bebida para soldados! ¡Bebed ponche! ¡Pero no, eso les limaría el gaznate; no tenéis más fuerza que todas las meadas que hacéis danzar! Palabras insólitas en las Tullerías, pero ese soldado del corso, que se sabe es honesto, firme, y que detesta la intriga, tiene favores de Estado.

Para terminar esta serie de «calaveras», hablaremos de un personaje vuelto, así como el Emperador, él también, una leyenda, y de hecho fue condecorado por el mismo Napoleón I, y que permanecerá fiel a la memoria del «Rapadito» contra vientos y mareas: Surcouf, el célebre corsario de Saint-Malo: en 1814, después de la primera abdicación, Surcouf se dirige en mala postal a París. Pasado Houdan, el oriundo de Saint-Malo estima que la mala se tarda demasiado. Pasa la cabeza por la portezuela y se queja con el postillón de la lentitud de sus caballos – Tenéis razón señor, responde éste, volteándose. Quisiera ir más rápido si pudiese, pero mis pobres caballos, puestos constantemente en requisición por esos mendigos rusos se caen de fatiga. Me fue necesario caminar de todas formas so pena de ser azotado con el knut. ¡Es bien triste, vaya! Pero hay que sufrirlo todo. ¡Son los amos!
Surcouf está indignado, sobretodo porque el postillón, que resultó ser un viejo soldado de la Guardia, le pone al tanto de que desde hace quince días, el desdichado debe albergar y alimentar a seis militares rusos. Es entonces cuando, en el camino, surge un equipaje elegante que viene en sentido contrario del asiento de posta de Surcouf.
Este equipaje que corre a gran velocidad es precedido por un cosaco de la guardia. Los coches avanzan uno hacia el otro – Sigue derecho por tu camino y no te inquietes por lo demás. ¡Yo respondo de todo! y coge su fusil, lo pone con la culata entre las piernas, listo para hacer fuego. Ninguno de los equipajes quiere ceder el paso. El caballo del jinete ruso, rechazado por el coche del corsario, recula, se detiene, bloqueando los dos atalajes. El cosaco, molesto por su caballo que refunfuña espantado, lanza a Surcouf una mirada llena de odio. Espoleada, la montura del cosaco brinca, pero, estorbada en el estrecho espacio en el que está arrinconada, halla una salida libre a la derecha del camino, se dirige a ella instintivamente. Es seguida por los caballos de posta, que arrastran a los extranjeros antes de que la riña haya comenzado. Los equipajes se separan sin efusión de sangre. El viejo soldado-postillón, todo feliz, exclama: – ¡Sois un hombre sólido! ¡Si el Emperador no hubiera estado rodeado más que de bravos como vos, no iría a hacer su viaje a la isla de Elba!
Robert Surcouf (1773-1827)
«El Rey de los Corsarios», también conocido como «El Robertote»; «El Ogro de Bengala», o «El Tigre de los Siete Mares»

Algunos días más tarde, en París, Surcouf y un guardia de honor son agredidos por tres rusos; éstos últimos están armados con sables mientras que el guardia de honor no tiene más que sus puños y el nativo de Saint-Malo su bastón; este combate parece en desfavor, sin embargo, pronto son los rusos los que se ponen a dar de gritos alertando a los gendarmes que vienen a separar a los combatientes.

Citemos finalmente un último hecho de armas del corsario: 1815, después de Waterloo, la ciudad de Saint-Malo es ocupada por las tropas prusianas del coronel Wrangel. Un día en la taberna «La pomme de pin», doce oficiales prusianos entran insultando a los franceses que ahí se encuentran; Surcouf, presente justamente, no lo soporta y los desafía a todos los doce en duelo. Los oficiales prusianos, divertidos ante tanta arrogancia, aceptan. Se da cita una hora después en el arenal Norte.
A la hora señalada, Surcouf está presente, los oficiales igualmente. El primero de ellos avanza, el combate se entabla y, muy pronto, el oriundo de Saint-Malo mata a su adversario; el segundo avanza, a su vez, con rabia, pero él también perece por la espada del antiguo corsario; es el turno del tercero, del cuarto… Pronto, ya no queda más que un sólo enemigo con vida; Surcouf decide perdonarlo para que pueda contar lo que había pasado…
Cuando supo lo que había sucedido, el coronel Wrangler, furioso, para evitar el ridículo, ordenó que se dijese que las víctimas se habían batido entre ellas y que se buscara a Surcouf, y se le fusilase. Pero Surcouf ya se había hecho a la mar para Jersey; los prusianos renunciaron a perseguirle y, durante la noche, el astuto bretón regresa hacia las costas y desembarca en Normandía, dirigiéndose enseguida a París donde se ocultó hasta la partida de las tropas de ocupación.

Cuando se lee esto, ¿cómo sorprenderse, después de cosas como éstas, que con hombres de semejante carácter, de tal temple, Francia haya podido, durante 23 años, no sólo hacerle frente a los estados europeos coaligados contra ella, sino también dictarles sus condiciones e imponerles su ley?

 

FUENTES:

- «Le culte de Napoléon» de J. Lucas-Dubreton.
- «Surcouf, titan des mers», de Michel Herubel, Ed. Perrin.
- «Surcouf», par Hubinon et Charlier, colección figures de proue, Ed. Dupuis.

* El término francés exacto es «crânes», literalmente «cráneos», una expresión que designa a la vez gran bravura, coraje y cierta arrogancia. El término castellano «calavera», muy similar, puede corresponder, entendido no en su acepción negativa de juerguista o vividor, sino en un sentido que designe a una persona brava, fogosa, ardorosa, temeraria, y exaltada.