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LOS
« CALAVERAS »*
DE NAPOLEÓN I DURANTE
LA RESTAURACIÓN |
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| Un
duelo durante la Restauración |
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Traducción
del Instituto Napoleónico
México-Francia © |
Durante
la Restauración, hubo dos suertes
de veteranos: los que se resignaban, como
ese medio-sueldo que, en el Jardin
des Plantes, examina con un aire
pensativo unos arbolillos exóticos.
– ¡Eh! ¿Qué
haces allí? le pregunta un
camarada – ¡Aprendo a
vegetar! Y están los otros,
mucho más numerosos, los sublevados
que reivindican, los fogosos, incluso
los brutales, los que son apodados «
los calaveras »*.
He aquí un espécimen de
éstos: el coronel Barbier-Dufay
persigue con su odio a los oficiales realistas
y los provoca sin cesar; mata en duelo
al coronel de Saint-Morys, hiere gravemente
al general conde de Montségur…
se trata de deshacerse de él, de
vengar a sus víctimas; una noche,
es atacado por dos desconocidos que lo
hieren a cuchillazos; se salva, y se venga
a su vez.
Encontrando en las galerías de
madera del Palais-Royal a un joven guardaespaldas,
le pisa deliberadamente el pie, luego,
desarmado por el valor y la cortesía
de este niño, le pide excusas.
El otro no las acepta y, para forzar a
Barbier-Dufay a batirse, lo abofetea.
Duelo a dos pasos de ahí, en una
pequeña calle del Louvre. El guardaespaldas
pierde su espada en cada encuentro –
¡No soy un asesino! Acaba
por decir Barbier-Dufay que busca otra
manera de vaciar el diferendo.
Un simón pasa. Lo detiene y propone
lo siguiente: los dos adversarios atados
uno al otro no tendrán más
que la mano derecha libre y se batirán
con un puñal hasta que muerte sobrevenga.
Dos testigos suben al asiento, dos detrás
del simón que, al paso, se pone
en camino, atraviesa dos veces la plaza
del Carrusel… Cuando se abre la
portezuela el joven guardia está
muerto; Barbier, cubierto de sangre, tiene
cuatro puñaladas en el pecho, y
su adversario le ha desgarrado la parte
baja del rostro con los dientes. Este
salvajismo da a Barbier-Dufay un terrible
renombre; la policía realiza una
perquisición en su casa después
de haberlo amarrado, encordelado como
un andullo de tabaco; por un tiempo puede
meditar en un calabozo de la Conserjería,
pero, al no existir ninguna inculpación
en su contra, hay que ponerlo en libertad.
Se espera que deje París. Para
nada; cada mañana hacia las 11
de la mañana, se reúne con
sus amigos en el Café de Mars,
quai Voltaire, haciendo arremolinarse
su bastón emplomado; y los soplones
se mantienen a distancia. Un día,
reconoce a uno de ellos que participó
en su arresto y camina hacia él:
¡Te voy a enderezar la médula
espinal!
El coronel
Bourbaki no es menos temido por los agentes
encargados de vigilarle; cuando sale de
su vivienda de la calle Grange-Batelière,
les grita: ¡Ah! Canallas, ¡me
seguís! Id a decir a vuestro prefecto
que me importa una j…
Veterano
de la Revolución y del imperio,
el general Berton es un medio-sueldo de
unos cincuenta años. En una alameda
del Luxemburgo, clama en voz alta su indignación
de ver a los soldados mendigar su pan,
y su odio de los Borbones: ¡Sí,
voy a ir a matarlos a todos! Me es precisa
una venganza para el león que está
encadenado en Santa
Helena… ¡me es precisa
para el cordero que degollarán
también en Viena! [El Rey
de Roma]
Su casa, en la calle de Latour d’Auvergne
nº11, es conocida por la policía
como sede de agitadores. En 1822, el general
Berton es arrestado por haber tratado
de derrocar al rey, condenado a muerte
por la corte real de Poitiers, y ejecutado
el 6 de octubre de 1822.
Decrest,
que fue nombrado por el Emperador conde
de Saint-Germain, es colocado de vuelta
en el ejército real bajo el nombre
de general Saint-Germain, pero nada ha
perdido de sus antiguas convicciones y
ha guardado el acento del pasado.
Al coronel marqués de Nadaillac
que le dice amablemente: Mi general,
¿queréis hacer a Madama
la marquesa de Nadaillac el honor de cenar
donde ella?, responde: Señor,
no ceno nunca donde los coroneles que
inspecciono y, Señor marqués,
¡nunca les doy de cenar! Esta
manera tosca se aplica indistintamente
a todos, le hubiese dicho lo suyo al rey,
y no se osaba ponerlo en el retiro: ¡El
que me ponga [en el retiro], le
haré ver que todavía estoy
verde!
Es más respetado que temido. Se
le ve fumando su pipa en la terraza de
su casita de los Campos Elíseos,
y cuando pasa un destacamento de caballería
de la guardia que acaba de escoltar a
algún príncipe, le grita:
¡Sujetad pues a vuestros caballos,
horribles conscriptos, tristes jinetes!
Los soldados le reconocen: ¡Ese
es el general Saint-Germain, un calavera
veterano! En la corte, viendo a unos
oficiales beber caldo, su indignación
estalla: ¡Por Dios, señores,
vaya una bebida para soldados! ¡Bebed
ponche! ¡Pero no, eso les limaría
el gaznate; no tenéis más
fuerza que todas las meadas que hacéis
danzar! Palabras insólitas
en las Tullerías, pero ese soldado
del Corso, que se sabe es honesto, firme
y que detesta la intriga, tiene favores
de Estado.
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Para
terminar esta serie de « calaveras
», hablaremos de un personaje
vuelto, así como el Emperador,
él también, una leyenda,
y de hecho fue condecorado por el
mismo Napoleón I, y que permanecerá
fiel a la memoria del « Rapadito
» contra vientos y mareas:
Surcouf, el célebre corsario
de Saint-Malo: en 1814, después
de la primera abdicación,
Surcouf se dirige en mala postal
a París. Pasado Houdan, el
oriundo de Saint-Malo estima que
la mala se tarda demasiado. Pasa
la cabeza por la portezuela y se
queja con el postillón de
la lentitud de sus caballos –
Tenéis razón señor,
responde éste, volteándose.
Quisiera ir más rápido
si pudiese, pero mis pobres caballos,
puestos constantemente en requisición
por esos mendigos rusos se caen
de fatiga. Me fue necesario caminar
de todas formas so pena de ser azotado
con el knut. ¡Es bien triste,
vaya! Pero hay que sufrirlo todo.
¡Son los amos!
Surcouf está indignado, sobretodo
porque el postillón, que
resultó ser un viejo soldado
de la Guardia, le pone al tanto
de que desde hace quince días,
el desdichado debe albergar y alimentar
a seis militares rusos. Es entonces
cuando, en el camino, surge un equipaje
elegante que viene en sentido contrario
del asiento de posta de Surcouf.
Este equipaje que corre a gran velocidad
es precedido por un cosaco de la
guardia. Los coches avanzan uno
hacia el otro – Sigue
derecho por tu camino y no te inquietes
por lo demás. ¡Yo respondo
de todo! y coge su fusil, lo
pone con la culata entre las piernas,
listo para hacer fuego. Ninguno
de los equipajes quiere ceder el
paso. El caballo del jinete ruso,
rechazado por el coche del corsario,
recula, se detiene, bloqueando los
dos atalajes. El cosaco, molesto
por su caballo que refunfuña
espantado, lanza a Surcouf una mirada
llena de odio. Espoleada, la montura
del cosaco brinca, pero, estorbada
en el estrecho espacio en el que
está arrinconada, halla una
salida libre a la derecha del camino,
se dirige a ella instintivamente.
Es seguida por los caballos de posta,
que arrastran a los extranjeros
antes de que la riña haya
comenzado. Los equipajes se separan
sin efusión de sangre. El
viejo soldado-postillón,
todo feliz, exclama: – ¡Sois
un hombre sólido! ¡Si
el Emperador no hubiera estado rodeado
más que de bravos como vos,
no iría a hacer su viaje
a la isla de Elba! |
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Robert
Surcouf (1773-1827)
« El
Rey de los Corsarios
», también
conocido como «
El Robertote »;
« El Ogro de
Bengala »,
o « El Tigre
de los Siete Mares
» |
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Algunos
días más tarde, en París,
Surcouf y un guardia de honor son agredidos
por tres rusos; éstos últimos
están armados con sables mientras
que el guardia de honor no tiene más
que sus puños y el nativo de Saint-Malo
su bastón; este combate parece
en desfavor, sin embargo, pronto son los
rusos los que se ponen a dar de gritos
alertando a los gendarmes que vienen a
separar a los combatientes.
Citemos
finalmente un último hecho de armas
del corsario: 1815, después de
Waterloo, la ciudad de Saint-Malo es ocupada
por las tropas prusianas del coronel Wrangel.
Un día en la taberna « La
pomme de pin », doce oficiales
prusianos entran insultando a los franceses
que ahí se encuentran; Surcouf,
presente justamente, no lo soporta y los
desafía a todos los doce en duelo.
Los oficiales prusianos, divertidos ante
tanta arrogancia, aceptan. Se da cita
una hora después en el arenal Norte.
A la hora señalada, Surcouf está
presente, los oficiales igualmente. El
primero de ellos avanza, el combate se
entabla y, muy pronto, el oriundo de Saint-Malo
mata a su adversario; el segundo avanza,
a su vez, con rabia, pero él también
perece por la espada del antiguo corsario;
es el turno del tercero, del cuarto…
Pronto, ya no queda más que un
solo enemigo con vida; Surcouf decide
perdonarlo para que pueda contar lo que
había pasado…
Cuando supo lo que había sucedido,
el coronel Wrangler, furioso, para evitar
el ridículo, ordenó que
se dijese que las víctimas se habían
batido entre ellas y que se buscara a
Surcouf, y se le fusilase. Pero Surcouf
ya se había hecho a la mar para
Jersey; los prusianos renunciaron a perseguirle
y, durante la noche, el astuto bretón
regresa hacia las costas y desembarca
en Normandía, dirigiéndose
enseguida a París donde se ocultó
hasta la partida de las tropas de ocupación.
Cuando
se lee esto, ¿cómo sorprenderse,
después de cosas como éstas,
que con hombres de semejante carácter,
de tal temple, Francia haya podido, durante
23 años, no solo hacerle frente
a los estados
europeos coaligados contra ella, sino
también dictarles sus condiciones
e imponerles su ley?
FUENTES:
- « Le culte
de Napoléon » de J.
Lucas-Dubreton.
- « Surcouf, titan des
mers », de Michel Herubel, Ed. Perrin.
- « Surcouf », par
Hubinon et Charlier, colección
figures de proue, Ed. Dupuis.
*
El término francés exacto
es « crânes », literalmente
« cráneos », una expresión
que designa a la vez gran bravura, coraje
y cierta arrogancia. El término
castellano « calavera », muy
similar, puede corresponder, entendido
no en su acepción negativa de juerguista
o vividor, sino en un sentido que designe
a una persona brava, fogosa, ardorosa,
temeraria, y un tanto exaltada.