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GLORIOSOS
SOLDADOS DE LA GRAN ARMADA |
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¡Muertos,
de pie!
Ilustración de Manuel
Orazi (1860–1934) |
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Por
el Señor |
PASCAL
CAZOTTES |
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| Pascal
Cazottes |
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| Traducción
al castellano por el Instituto Napoleónico
México-Francia ©.
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|
| Este
es el título de una obra
de próxima publicación
cuya única ambición
es rendir homenaje a aquellos
valerosos combatientes de principios
del Siglo XIX, así como
a su jefe supremo, el Emperador
Napoleón I.
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Después
de las guerras de la Revolución, durante
las cuales los ejércitos franceses se habían
elevado poco a poco hasta cimas de bravura y de
valor militar, vinieron las horas felices del
Consulado,
en las que Francia conoció un periodo de
paz y de gran prosperidad. Napoleón Bonaparte,
entonces Primer
Cónsul y como gran administrador que
era, no solo había logrado el prodigio
de volver a enderezar el país todo entero,
sino que lo había llevado a un nivel de
grandeza todavía nunca igualado. Las grandes
potencias europeas de la época se sentían
celosas, y se inquietaban por igual por las ideas
subversivas venidas de aquella gran nación.
De tal suerte que la guerra se había vuelto
inevitable. Una tercera coalición se puso
rápidamente en marcha, y Napoleón
tuvo que volver a montar a caballo, pero, esta
vez, en tanto que Emperador de los franceses.
Entretanto, su
ejército se había vuelto el más
maniobrero de Europa, habiéndole permitido
su estancia en los campos de las costas del océano
perfeccionarse en el arte militar. El número
de sus efectivos había igualmente aumentado,
lo que le valió el título de «
Gran Armada », nombre que conservará
hasta el fin de la epopeya.
Pero lo que más
caracterizaba a esos hombres que seguían
la bandera tricolor coronada por el águila,
era el coraje que los habitaba. El propio nombre
de « francés » se había
vuelto sinónimo de valentía, y era
bien difícil hacerse notar entre tantos
« Bayard ». Una élite logró,
sin embargo, emerger del lote, para ir a formar
las filas de la « Guardia Imperial ».
Tal como los « invencibles » de Xerxes,
los soldados de la Guardia pudieron glorificarse
con la más hermosa de las reputaciones,
y la simple evocación de su nombre bastaba
para llenar de espanto a un enemigo poco proclive
a afrontarlos.
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El
arco de Triunfo
Glorieta de la Estrella,
París. |
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En el
espacio de diez años, nuestros
valientes soldados van a recorrer Europa,
de las planicies áridas de España
hasta las llanuras heladas de Rusia, llevándose
victorias tras victorias, consumando innumerables
hazañas de armas y otras acciones
heroicas. Los oficiales que los comandaban
no desmeritaron menos, y algunos de ellos
dejaron sus nombres inscritos en letras
de oro en el panteón de los bravos.
Al no poder ser aquí exhaustivos,
no evocaremos más que a algunos
personajes, entre los más prestigiosos:
Berthier, Eugenio de Beauharnais, Bessières,
Cambronne, Davout, Drouot, Friant, d’Hautpoul,
Kellermann, Lannes, Lasalle, La Tour-Maubourg,
Legrand, Macdonald, Massená, Milhaud,
Morand, Mortier, Mouton, Murat, Nansouty,
Ney, Oudinot, Poniatowski, Rapp, Saint-Hilaire,
Soult, Suchet y Víctor.
Pero que
el lector esté bien impregnado
de la idea de que en un momento u otro,
todos se ilustraron, haciendo de los regimientos
de la Gran Armada el equivalente de las
falanges de Alejandro. Su recorrido fue
igual de glorioso, y los nombres de Austerlitz
y de Waterloo,
pasando por Friedland
o La Moskova, tendrán por siempre
jamás su lugar entre las batallas
más prestigiosas de la historia
de la humanidad.
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De 1805 a 1815,
nuestros valientes soldados tuvieron muchas ocasiones
de distinguirse, ya sea en el transcurso de verdaderas
batallas campales o de simples combates. De esos
enfrentamientos épicos, llegaron hasta
nosotros actos de bravura, a escala de un cuerpo
de armada, de un regimiento o de un solo hombre,
que vamos ahora a evocar brevemente.
Durante la batalla
de Austerlitz que quedará, por mucho, como
el más célebre de los enfrentamientos,
soldados y oficiales franceses se condujeron como
verdaderos héroes, haciendo nacer en su
jefe supremo un doble sentimiento de admiración
y de reconocimiento: « me
hace falta todo mi poder para recompensar dignamente
a todos estos buenos hombres. »
Aquel 2 de diciembre
de 1805, la gloria inmortal había desplegado
sus alas sobre los combatientes de la Gran Armada,
a la que recubrió enteramente. Se puede,
en efecto, estar seguro que cada quién
lo ameritó, como se puede igualmente imaginar
las dificultades que hubo para contabilizar los
innumerables actos de heroísmo y de abnegación.
A defecto de poder citarlos todos – al concernir
esta empresa al ámbito de lo imposible
en vista de aquellos quedados en el más
estricto anonimato – no recordaremos aquí
más que los más famosos. Tal es
el caso del soldado Lebas, cazador en el 10°
de infantería ligera, quien, tras haber
perdido el brazo izquierdo, arrancado por una
bola de cañón, dijo a su camarada:
« ayúdame a quitarme la mochila,
y corre a vengarme ». Luego, cogió
su mochila bajo el brazo y se fue tranquilamente
hacia la ambulancia. ¿Y qué decir
de esos seis franceses heridos quienes, viendo
al general Thiébault gravemente herido
y siendo transportado por cuatro prisioneros rusos,
se precipitaron para apoderarse de la camilla,
diciendo a los cuatro rusos?: « ¡nos
corresponde solo a nosotros el honor de cargar
a nuestros generales heridos! » Y no olvidemos
al pobre general Valhubert quien se había
negado a ser llevado a la ambulancia. Una hora
antes de morir, encontró todavía
la fuerza de escribir al Emperador esta carta
particularmente emotiva: « hubiera querido
hacer más por vos. Muero en una hora. No
extraño la vida, porque participé
en una victoria que os asegura un reino dichoso.
Cuando penséis en los bravos que os eran
devotos, pensad en mí. Me basta deciros
que tengo una familia: no preciso recomendárosla.
»
El año
siguiente, la guerra contra Prusia va a colocar
nuevos laureles sobre la cabeza de nuestros soldados.
En todos los campos de batalla de Alemania del
Norte, de Saalfeld a Stettin, pasando por Jena
y Auerstaedt, nuestras fuerzas se distinguen
y merecen ser reconocidas por ser el mejor ejército
del mundo.
De aquel periodo
glorioso, solo Jena quedó en las memorias,
sin duda porque en ese lugar, nuestros soldados
tuvieron el privilegio de estar bajo las órdenes
del Emperador Napoleón I. No obstante,
fue en Auerstaedt donde los franceses se sobrepasaron
más, batiendo a un ejército tres
veces más numeroso, comandado por el duque
de Brunswick y el rey de Prusia en persona. En
ese día bendito para nuestros ejércitos,
las tres « inmortales » de Davout,
las divisiones Morand, Friant y Gudin, ganaron
en Auerstaedt títulos a la gloria que ningún
otro cuerpo de armada pudo jactarse de poseer,
salvo la Guardia Imperial.
Y esto no es un
halago gratuito, como sus proezas van ahora a
demostrárnoslo.
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Auerstaedt
14 de octubre de 1806 |
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Aquel
famoso 14 de octubre de 1806, los hombres
de Gudin tuvieron el honor de ser los primeros
en iniciar las hostilidades. Por mucho que
se baten como leones, frente a un enemigo
bien superior en número, sus filas
comienzan a despejarse peligrosamente. Felizmente,
a las once horas, los primeros elementos
de la división Morand son anunciados.
Media hora más tarde, la división
Morand bien completa se despliega en el
terreno. Davout, quien se dirigió
al frente de ellos, les designa como objetivo
la izquierda del pueblo de Hassenhausen
y el flanco de la división Wartensleben.
Sin embargo, e incluso antes de lanzarse
al ataque, los hombres de Morand deben hacer
frente a la mayor carga de caballería
de la jornada. En frente de ellos, el príncipe
Guillermo ha alineado a cerca de 10 000
jinetes en tres líneas: dragones,
coraceros, húsares, carabineros,
sin olvidar a los famosos guardias de cuerpo.
Esta masa está a punto de entrar
en acción cuando Davout ordena a
la división Morand formarse en cuadros,
con piezas de artillería en los ángulos
cargadas de metralla. El mariscal que no
ha cesado de galvanizar a sus hombres por
su presencia a su lado, va a colocarse enseguida
en medio de un cuadro. Va con la cabeza
al desnudo, su sombrero le ha sido arrancado
por una bola de cañón, y al
ver su traje quemado en varios lugares por
las balas enemigas, uno se pregunta por
qué milagro no ha sido herido todavía.
Su calma y su determinación entusiasman
a sus soldados. Y cuando les dirige estas
palabras: « El gran Federico dijo
que eran los grandes batallones los que
se llevaban las victorias; ¡mintió,
son los más testarudos y vos lo seréis
como vuestro mariscal! », sus hombres
le respondieron con gritos de « ¡Viva
el Emperador! ». La caballería
enemiga, después de haber avanzado
al trote, está ahora a galope. Los
franceses sienten el suelo temblar bajo
sus pies, pero tienen la orden de no tirar
más que a cuarenta pasos. Los jinetes
prusianos, húsares rojos a la cabeza,
han llegado hasta este punto, pero en vez
de disparar, los hombres del 17° de
línea ponen sus sombreros en la punta
de sus bayonetas gritando « ¡Viva
el Emperador! ». Y a su coronel, el
bravío Lanusse, quien les suplica
disparar, le dicen que no se inquiete: «
Tenemos tiempo, ya veremos eso a quince
pasos ». Así, es a quemarropa
como los franceses abaten a los primeros
jinetes prusianos, deteniendo de golpe su
progresión. Durante más de
treinta minutos, esta caballería,
que se creía invencible, va a cargar
en vano contra los cuadros franceses. |
Desde ese momento,
ya nada será capaz de detener a los franceses.
Los hombres de Morand desbaratan literalmente
a la división Wartensleben que se ve obligada
a replegarse. La división del príncipe
de Orange llega al rescate,
pero apenas tiene el tiempo de desplegarse cuando
ya es atacada por el 61° de la división
Morand. El cuerpo a cuerpo que sigue es de lo
más terrible. Sin embargo, agobiado por
los tiros de la batería Lehmman, el 61°
se ve obligado a entablar un movimiento de retroceso.
El coronel Nicolas, quien capitanea al 61°,
decide entonces enviar un batallón a apoderarse
de esa batería que les hace tanto daño.
La primera compañía en alcanzar
el objetivo es literalmente fulminada por dos
tiros de metralla. Una vacilación comienza
a hacerse sentir entre los franceses cuando un
simple fusilero, llamado Peré, se lanza
solo al asalto de la batería. Después
de haber dado algunos pasos, se voltea hacia sus
camaradas para decirles: « ¿pues
qué? ¿no seguís al Emperador?
» Es verdad que ese soldado tiene un cierto
parecido con Napoleón. A partir de ese
momento, todo el batallón se inflama y
sigue al valiente soldado. En menos tiempo de
que se precisa para decirlo, la batería
es tomada.
Durante esa memorable
jornada, muchos otros actos de bravura fueron
señalados del lado francés, pero
por desgracia no es posible recordarlos todos
aquí.
Después
de la campaña de Prusia, nuestras tropas
no tienen tiempo para reposarse y ya tienen que
lanzarse en otra campaña, la de Polonia.
De hecho, llegando al auxilio de Prusia, el ejército
ruso avanza, obligando a Napoleón a ir
a su encuentro. Aunque la suerte de los rusos
ya esté sellada, puesto que solo la derrota
les espera (la cual será definitivamente
consumada en Friedland el 14 de junio de 1807,
día aniversario de Marengo),
la Gran Armada va a sufrir, por primera vez en
su historia, importantes bajas.
Así, en
la batalla de Eylau,
el 8 de febrero de 1807, Augereau tendrá
el dolor de perder a cerca de 5200 hombres, muertos
o heridos. Entre sus regimientos descalabrados,
el 14° de línea, habiéndose
hallado aislado en la tempestad de nieve, perecerá
hasta el último hombre. Antes de que los
sobrevivientes de dicho regimiento sean enteramente
decimados por una columna rusa, el jefe de batallón
Daussy no tendrá el tiempo más que
de hacer entrega a Marbot del águila que
ya no puede defender, pidiéndole a la vez
transmitir al Emperador los adioses del 14°
de línea.
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La
Guardia Imperial en Eylau
Grabado de Pierre-Antoine Bellangé
(1760–1844) |
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Después
de haber preservado sus posiciones gracias a su
imponente artillería, y a la tempestad
que soplaba a sus espaldas, los rusos deciden
pasar a la ofensiva. Viendo avanzar hacia el cementerio
de Eylau una columna de 15 000 soldados de infantería
rusos, apoyada por unidades de caballería,
Napoleón envía a los cazadores a
caballo y a los dragones de la Guardia Imperial
a cortarles el paso. Pero sabiendo muy bien que
ese contingente no será suficiente, designa
a Murat la columna rusa diciéndole: «
¿Nos dejarás
devorar por esa gente? ».
En la segunda,
Murat se lanza hacia atrás y parte para
reunir cerca de 80 escuadrones. Habiéndose
puesto a la cabeza de los dragones de Grouchy,
de Klein y de Milhaud, coraceros de d’Hautpoul
y brigadas ligeras de Colbert y de Bruyère,
Murat se dirige a esta masa de caballería
y le ordena seguirle: « ¡Tras de mí!
¡Viva el Emperador! ». El espectáculo
es propiamente fantástico, y la carga que
va a tener lugar es sin duda una de las más
bellas de la historia de la caballería.
Estando un poco dificultados por la nieve, es
al trote como los dragones de Grouchy, los primeros
en línea, cargan contra los jinetes rusos
que no pueden, sin embargo, resistir el choque.
Alcanzados muy rápido por los 24 escuadrones
de d’Hautpoul, los jinetes de Grouchy prosiguen
su carga sobre los soldados de infantería
rusos que le reciben desplegados en línea,
al no haber tenido el tiempo de formar los cuadros.
Por mucho que los rusos abren un fuego mortífero,
su primera línea es dislocada y la segunda
línea es desbaratada. Pero, llegados a
la vista del pueblo de Anklappen, los jinetes
franceses deben enfrentarse a la tercera línea
rusa y, sobre todo, a su reserva de artillería
compuesta por 80 piezas. Recibidos por una ráfaga
de metralla, los escuadrones franceses sufren
pesadas bajas, y d’Hautpoul pierde un muslo
que le es arrancado por un proyectil (fallecerá
poco tiempo después). Forzados a replegarse,
los hombres de Murat son muy rápidamente
remplazados por los cazadores y los granaderos
a caballo de la Guardia Imperial conducidos por
Bessières.
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El
general d’Hautpoul a caballo en
Eylau
Óleo de Édouard
Détaille (1848-1912) |
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Los actos de heroísmo
realizados por aquellos hombres de élite
fueron numerosos. Podemos citar, por ejemplo,
el caso del Brice. Habiendo visto a su general,
Dalhmann, caer a cincuenta pasos de los rusos,
mortalmente herido, se precipitó en su
ayuda bajo un fuego graneado. Llegado hasta él,
puso pie en tierra y lo alzó sobre su caballo.
Rodeado casi de inmediato por húsares rusos,
Brice recibió múltiples sablazos,
uno de los cuales le desarticuló el brazo
izquierdo. Estaba a punto de sucumbir bajo el
número cuando uno de sus camaradas, el
cazador Dufour, logró abrirse paso a través
de los húsares y ayudó a su compañero
a reunirse con las líneas francesas. La
intrepidez de esos dos bravos sirvió para
llevar de regreso al general Dalhmann al campo
francés, evitándole así la
vergüenza de ser hecho prisionero.
¿Y qué
decir de los granaderos a caballo de la Guardia?
Justo antes de pasar al ataque, Lepic, su coronel,
se había dirigido a ellos en éstos
términos: «¡cabezas en alto,
la metralla no es mierda!». Su carga fue
particularmente irresistible. Después de
haber dispersado a los sobrevivientes de las dos
primeras líneas rusas, Lepic y sus hombres,
solamente una treintena de jinetes que alcanzaron
a seguirle, lograron la hazaña de atravesar
la tercera línea rusa. Herido de dos bayonetazos
en la cabeza, Lepic ya no tenía más
que doce hombres con él cuando el jefe
de un escuadrón enemigo le conminó
con la orden de rendirse. La respuesta de Lepic
no se hizo esperar y, a la vez mostrando a sus
jinetes, asestó estas palabras vueltas
célebres: « ¡Miradme un poco
estas jetas y decidme si tienen ganas de rendirse!
». Y, sin esperar la réplica del
oficial ruso, Lepic acarreó a sus hombres
a través las tres líneas enemigas
antes de llevarlos de regreso a galope hasta el
cementerio de Eylau. Otro oficial de los granaderos
a caballo de la Guardia quedó en las memorias:
el capitán Auzoni. Herido de muerte, yacía
en la nieve cuando sus camaradas quisieron levantarlo
y llevarlo a la ambulancia. Recobrando momentáneamente
toda su lucidez, los detuvo diciendo: «
Dejadme, amigos, estoy contento porque tenemos
la victoria, y muero en el campo de batalla. ¡Decid
al Emperador que solo lamento una cosa, el no
poder hacer más nada para su servicio y
por la gloria de Francia!… a ella mi último
suspiro ».
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El
Mariscal Luis-Nicolás Davout
en la batalla de Auerstaedt, el 14 de
octubre de 1806
Dibujo a la pluma de Dick de
Lonlay |
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De vuelta de Polonia,
Napoleón se ve confrontado al asunto
español. Tras los recientes reveses
sufridos por los franceses en España, decide
encargarse de las cosas y reconquistar la península
ibérica a la cabeza de las tropas llamadas
de regreso de Alemania. Desde los primeros enfrentamientos,
el acento es dado: esta campaña será
llevada al redoble del tambor. Nada parece poder
detener a la Gran Armada que llega hasta el paso
de Somosierra,
situado a 1500 metros de altitud. Ubicado en la
ruta de Madrid, el paso debe ser imperativamente
franqueado. Pero el ejército español
ha transformado el lugar en una fortaleza aparentemente
inexpugnable. Disponiendo de unos 13 000 hombres
y de una veintena de cañones, el general
don Benito San Juan ha hecho instalar cuatro baterías
de artillería, una en cada viraje y la
cuarta en la cima del paso, y colocado muy justamente
a su infantería en los flancos del desfiladero.
El 29 de noviembre
de 1808, el cuerpo de armada de Víctor
es el primero en presentarse al pie de la sierra.
El mariscal, habiendo sido informado de las disposiciones
enemigas, prefiere posponer el ataque para la
mañana siguiente. El 30 de noviembre, a
las 9 horas, y en una niebla de las más
espesas, el 96° de línea toma el «
camino de la muerte », apoyado por seis
piezas de artillería, mientras los hombres
del 9° ligero y del 24° de línea
comienzan a ascender respectivamente las pendientes
del Barrancal y las de la Cebollera. Pero, muy
rápido, la progresión de las tropas
francesas es detenida por un fuego graneado que
impide toda aproximación. A las 11 horas,
Napoleón arriba en persona. Lleva con él,
según su costumbre, a su estado mayor completo,
una compañía del regimiento de los
cazadores a caballo de la Guardia, y al escuadrón
de servicio cuya función es asumida, ese
día, por el 3er escuadrón del 1er
regimiento de chevau-légers polacos. Este
último regimiento, cuya creación
remonta al 30 de enero de 1807, está esencialmente
compuesto por hijos de « buena familia »,
dignos representantes de esa élite polaca
que se unió al Emperador a partir de su
entrada en Polonia. A las órdenes del Coronel
Krasinski, el regimiento, que forma parte de la
Guardia Imperial, destacó ese día,
a 150 jinetes para el servicio de Napoleón.
Entre ellos se encuentran en especial el jefe
de escuadrón Kozietulski, los capitanes
Dziewanowski y Kryzanowski, y el teniente Niegolewski
que se cubrirá de gloria.
Son las 11 horas
30 cuando la niebla se disipa al fin. Desde su
puesto de observación, el Emperador puede
constatar que los hombres de Víctor se
baten con coraje, pero no hacen ningún
progreso. Decide entonces enviar el coronel Piré,
que comanda a los cazadores a caballo, a examinar
más de cerca la situación. A su
regreso, Piré, no obstante reputado por
su valor y su determinación, pinta un cuadro
de lo más derrotista a su soberano y afirma
que es imposible pasarlo. « Imposible,
no conozco esa palabra » le replica
enseguida Napoleón. Luego, dirigiéndose
al coronel Ségur, mayor en el 6° de
húsares: « id
a decir a los polacos que se me apoderen de eso
». La orden no acaba de ser transmitida
cuando Kozietulski, con el sable desenfundado,
acarrea tras de sí, y a galope, a sus jinetes
en columnas por cuatro (al no permitir el ancho
del sendero un frente más grande de jinetes).
Philippe de Ségur se ha incorporado a esta
carga fantástica, aunque no haya recibido
orden de ello, pues la ocasión de hacerse
notar a ojos de su Emperador era demasiado hermosa.
En el espacio de un instante, los polacos ya han
alcanzado la primera batería. Los cañones
españoles abren fuego prácticamente
a bocajarro, abatiendo a las primeras líneas
polacas y matando, al mismo tiempo, a Kozietulski.
Pero no por ello los jinetes se detienen. Después
de haber eliminado a sablazos a los sirvientes
de la primera batería, helos aquí
presentándose frente a la segunda batería.
El fuego mortífero de las bocas de fuego
hace caer a una veintena de polacos, no logrando
sin embargo detener, ni aún frenar, el
ardor de esos bravos jinetes, estimulados por
los gritos de « ¡Viva el Emperador!
» impulsados por Dziewanowski, su nuevo
comandante. No dejando a los artilleros españoles
el tiempo de recargar, dejan a éstos últimos
literalmente boquiabiertos en sus piezas y prosiguen
su loca aventura hacia la tercera batería.
Frente al tornado polaco que se dirige derecho
hacia ellos, algunos soldados españoles
ya han emprendido la fuga. Los que se han quedado
todavía logran matar y herir a muchos polacos,
entre los cuales figura Dziewanowski, pero finalmente
son hechos trizas. Uno de los dos oficiales polacos
aún en estado de combatir, Kryzanowski,
es muerto antes de haber podido alcanzar la cuarta
y última batería. Así, es
al teniente Niegolewski a quien corresponde el
honor de abordar la cima del paso, a la cabeza
de los restos del escuadrón. De cara a
la determinación de los polacos, los soldados
españoles ya ni siquiera piensan en defenderse
y, caídos en estado de pánico, huyen
en desorden, no sin haber ejecutado previamente
a su general que trataba de retenerlos. Una vez
alcanzado su objetivo, los polacos se han lanzado
a la persecución de los fugitivos, ayudados
en su tarea por el resto de la caballería
de la Guardia y los soldados de infantería
de Ruffin.
 |
Somosierra
Los jinetes polacos se apoderan
de la artillería española.
Litografía romántica. |
|
En el transcurso
de la carga heroica de los polacos, que no habrá
durado más de siete minutos, 83 chevau-légers
serán muertos o heridos, sin contar al
joven y valiente Philippe de Ségur, gravemente
herido durante esta acción.
Tras el combate
de Somosierra, Napoleón cogerá su
propia medalla de la Legión
de Honor para condecorar con ella el pecho
del teniente Niegolewski, único oficial
polaco aun de pie a pesar de sus once heridas,
dos por balas y nueve por lesiones de bayoneta.
Niegolewski conservará un recuerdo imperecedero
de este evento, al punto de escribir en sus memorias:
« ojalá muchos jóvenes puedan
tener semejante día de fiesta ».
Los años
van a continuar pasando, trayendo su lote de combates
y de batallas. La Gran Armada, fiel a su reputación,
se llevará todavía numerosas victorias,
como Wagram o la Moskova. Sin embargo, es forzoso
reconocer que los éxitos logrados son obtenidos
muy caramente. Eso se debe al hecho de que la
Gran Armada ya no es lo que era, al haber dejado
su lugar muchos viejos bigotes a jóvenes
reclutas y a extranjeros con motivaciones muy
diversas. Por lo demás, el enemigo ha aprendido
mucho de sus derrotas y se deja sorprender menos
fácilmente. Luego, llega la fatídica
retirada de Rusia que verá desaparecer
casi por entero a la Gran Armada.
A partir de 1813,
surge un nuevo ejército. Éste está
constituido esencialmente de conscriptos: los
« María-Luisa ». Durante la
campaña de Sajonia, estos jóvenes
reclutas, a menudo mal equipados y mal entrenados,
ven el fuego por primera vez en su vida. No obstante,
su comportamiento merecerá los mayores
elogios, en especial en Lützen donde, ayudados
por la Guardia pero apoyados por una caballería
casi inexistente, llevarán a cabo prodigios
de valor. Nunca su bravura en combate se desmentirá,
lo cual hará decir a Napoleón: «
¡el honor y el coraje
de mis jóvenes conscriptos les salían
por todos los poros! ». E incluso
un oficial prusiano lo reconocería: «
son pequeños, enclenques, uno solo de nuestros
alemanes vencería a cuatro de ellos, pero
en el fuego se vuelven seres sobrenaturales. »
A pesar de toda
la valentía de nuestras tropas, la traición
de los aliados de ayer, la falta de municiones
y la escasez de sus efectivos no les permiten
impedir lo inevitable. Es la terrible batalla
de Leipzig y el comienzo del descenso a los infiernos.
Por primera vez en veinte años, la guerra
es llevada al suelo de Francia. Las fuerzas de
que dispone el Emperador para defender a la cara
patria ya no son más que la sombra de ellas
mismas. Sin embargo, con efectivos esqueléticos,
Napoleón I va a lograr verdaderos milagros,
lo que hizo decir al Mariscal Juin, cuando evocaba
la Campaña
de Francia: « Todo es sorprendente,
magnífico en esta campaña, triunfo
de la inteligencia sobre el número. »
Incluso falta poco para que logre a echar fuera
de Francia a los coaligados. Éstos últimos,
cuya duda e inquietud han sido insertados en su
mente tras sus humillantes derrotas de Champaubert,
Montmirail y Montereau, contemplan muy seriamente
retirarse, en el momento en que traidores les
van a librar París.
| Lo
que sigue, cada quien lo conoce. Es el exilio
a la isla de Elba, luego los Cien Días
que se acaban en el campo de batalla
de Waterloo.
¡Waterloo!
¡Mohína planicie! Como supo
expresarlo tan bien Víctor
Hugo. Naturalmente, Waterloo fue una
derrota, pero si la suerte no se hubiera
encarnizado contra el ejército francés
como lo hizo aquel día, nada debía
haber venido a contrariar la victoria anunciada
de nuestras armas. No solo los soldados
de la Gran Armada no demeritaron, sino que
además lograron firmar, con esa batalla,
la última página gloriosa
de su historia.
Les innumerables
actos de bravura realizados del lado francés
debían haber forzado el respeto del
enemigo. En vez de eso, los coaligados se
las ingeniaron para perseguir y masacrar
a nuestros soldados en retirada hasta lo
más profundo de la noche, ejecutando
incluso a prisioneros de la Guardia. Así
es como deshonraron sus uniformes y a las
naciones que los habían armado.
Entre los
altos hechos de armas de aquel fatídico
pero no menos glorioso 18 de junio de 1815,
citaremos el del teniente Legros, del 1er
regimiento ligero, quien llevaba el apodo
merecido de l’enfonceur («
el arrollador »), quien se precipitó
sobre una puerta del castillo
de Hougoumont, con un hacha en mano.
A pesar del fuego proveniente de las almenas
y otras aspilleras, el bravío teniente
logró demoler la puerta en menos
de lo que canta un gallo y fue el primero
en adentrarse en la brecha, seguido por
algunos camaradas determinados. Desafortunadamente,
la hazaña fue de corta duración,
pues los valientes franceses cayeron enseguida
víctimas de las balas de los soldados
enemigos atrincherados en el interior de
los edificios..
.En la Haye-Sainte
(« el Seto Santo »), un comandante
del cuerpo de ingenieros, invadido por un
valor semejante al del teniente Legros,
arremetió contra la puerta de la
granja y se empeñó en abrirla
a hachazos. Un Primer disparo de fusil le
dio, pero nuestro hombre continúo
sin embargo su tarea. No fue hasta después
de haber sido herido varias veces que acabó
por derrumbarse en el suelo. |
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Waterloo,
18 de junio de 1815
Ilustración de
Reymnods. |
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Del lado de nuestra
caballería, la valentía no era menor.
Así, Urbano, suboficial en el 4° de
lanceros, tuvo el honor de hacer prisionero al
general Ponsonby. Pero hallándose pronto
víctima de la carga de múltiples
Scots-greys, prefirió dar muerte al general
enemigo antes que tener que dejarlo escapar. Tras
deshacerse de su lanza, plantada en el cuerpo
de Ponsonby, es con el sable en mano como se precipitó
enseguida sobre los escoceses grises, que fueron
puestos en desbandada después de haber
perdido a tres de los suyos bajo los golpes de
Urban.
En un momento
de calma relativa ocurrido en plena mitad de la
batalla, se vio igualmente a un coracero francés
avanzar sólo hacia las líneas inglesas.
Creyendo encontrarse ante un desertor, el enemigo
lo dejó acercarse sin tirar el menor disparo.
Una vez llegado a proximidad del vergel de la
Haye-Sainte, el coracero se irguió sobre
sus estribos, y luego, levantando su sable, prorrumpió:
« ¡Viva el Emperador! ». Recuperados
de su sorpresa, los ingleses desencadenaron un
fuego graneado sobre el jinete que había
osado ir a escarnecerlos, pero ninguna bala logró
alcanzar al orgulloso coracero, que pudo reincorporarse
a sus filas sano y salvo.
| En
fin, tenemos el ejemplo de la Guardia Imperial,
cuyo 2º batallón del 3º
de granaderos obedece a esta frase sublime
pronunciada por uno de sus generales: ¡LA
GUARDIA MUERE PERO NO SE RINDE! Únicos
en no poder escapar, los gloriosos granaderos,
150 en número, se encontraban en
la incapacidad de avanzar, estando rodeados
de montones de cadáveres de jinetes
enemigos mezclados a los de sus caballos.
La artillería inglesa se alistaba
para acabar con los viejos grognards
cuando les fue propuesto rendirse. Como
única respuesta, los sobrevivientes
del memorable 2° batallón del
3° de granaderos se abalanzaron sobre
el enemigo y se batieron hasta la muerte
del último de entre ellos.
Hoy, los
soldados de la Gran Armada han desaparecido
desde hace largo tiempo, y solo algunos
osarios recientemente descubiertos, como
en Vilnius, quedan para dar fe de su sacrificio
pasado. Pero su gloria, ella, no cesará
jamás de existir, iluminando siempre
con sus rayos esplendentes las mentes que
se ponen a soñar con cabalgatas fantásticas
y concentraciones en torno al águila.
Uno se
da gusto igualmente imaginando las almas
de nuestros viejos grognards reunidos
y siguiendo, en columnas cerradas, al hombre
en redingote gris que los conduce hacia
su última conquista: ¡los cielos
eternos! |
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| Restos
de los bravos de la Gran Armada |
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En
2002 se efectuaron trabajos
públicos cerca de Vilnius,
Lituania, que permitieron el
descubrimiento de una gigantesca
fosa común que contenía
los restos de más de
1700 soldados de la Gran Armada,
caídos durante la retirada
de Rusia en 1812. |
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