Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
GLORIOSOS SOLDADOS DE LA GRAN ARMADA
¡Muertos, de pie!
Ilustración de Manuel Orazi (1860–1934)

Por el Señor

PASCAL CAZOTTES

Pascal Cazottes
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©.
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Este es el título de una obra de próxima publicación cuya única ambición es rendir homenaje a aquellos valerosos combatientes de principios del Siglo XIX, así como a su jefe supremo, el Emperador Napoleón I.

Después de las guerras de la Revolución, durante las cuales los ejércitos franceses se habían elevado poco a poco hasta cimas de bravura y de valor militar, vinieron las horas felices del Consulado, en las que Francia conoció un periodo de paz y de gran prosperidad. Napoleón Bonaparte, entonces Primer Cónsul y como gran administrador que era, no sólo había logrado el prodigio de volver a enderezar el país todo entero, sino que lo había llevado a un nivel de grandeza todavía nunca igualado. Las grandes potencias europeas de la época se sentían celosas, y se inquietaban por igual por las ideas subversivas venidas de aquella gran nación. De tal suerte que la guerra se había vuelto inevitable. Una tercera coalición se puso rápidamente en marcha, y Napoleón tuvo que volver a montar a caballo, pero, esta vez, en tanto que Emperador de los franceses.

Entretanto, su ejército se había vuelto el más maniobrero de Europa, habiéndole permitido su estancia en los campos de las costas del océano perfeccionarse en el arte militar. El número de sus efectivos había igualmente aumentado, lo que le valió el título de « Grande Armada », nombre que conservará hasta el fin de la epopeya.

Pero lo que más caracterizaba a esos hombres que seguían la bandera tricolor coronada por el águila, era el coraje que los habitaba. El propio nombre de « francés » se había vuelto sinónimo de valentía, y era bien difícil hacerse notar entre tantos « Bayard ». Una élite logró, sin embargo, emerger del lote, para ir a formar las filas de la « Guardia Imperial ». Tal como los « invencibles » de Jerjes, los soldados de la Guardia pudieron glorificarse con la más hermosa de las reputaciones, y la simple evocación de su nombre bastaba para llenar de espanto a un enemigo poco proclive a afrontarlos.

El arco de Triunfo
Glorieta de la Estrella, París.

En el espacio de diez años, nuestros valientes soldados van a recorrer Europa, de las planicies áridas de España hasta las llanuras heladas de Rusia, llevándose victorias tras victorias, consumando innumerables hazañas de armas y otras acciones heroicas. Los oficiales que los comandaban no desmeritaron menos, y algunos de ellos dejaron sus nombres inscritos en letras de oro en el panteón de los bravos. Al no poder ser aquí exhaustivos, no evocaremos más que a algunos personajes, entre los más prestigiosos: Berthier, Eugenio de Beauharnais, Bessières, Cambronne, Davout, Drouot, Friant, d’Hautpoul, Kellermann, Lannes, Lasalle, La Tour-Maubourg, Legrand, Macdonald, Massená, Milhaud, Morand, Mortier, Mouton, Murat, Nansouty, Ney, Oudinot, Poniatowski, Rapp, Saint-Hilaire, Soult, Suchet y Víctor.

Pero que el lector esté bien impregnado de la idea de que en un momento u otro, todos se ilustraron, haciendo de los regimientos de la Gran Armada el equivalente de las falanges de Alejandro. Su recorrido fue igual de glorioso, y los nombres de Austerlitz y de Waterloo, pasando por Friedland o La Moskova, tendrán por siempre jamás su lugar entre las batallas más prestigiosas de la historia de la humanidad.

De 1805 a 1815, nuestros valientes soldados tuvieron muchas ocasiones de distinguirse, ya sea en el transcurso de verdaderas batallas campales o de simples combates. De esos enfrentamientos épicos, llegaron hasta nosotros actos de bravura, a escala de un cuerpo de armada, de un regimiento o de un solo hombre, que vamos ahora a evocar brevemente.

Durante la batalla de Austerlitz que quedará, por mucho, como el más célebre de los enfrentamientos, soldados y oficiales franceses se condujeron como verdaderos héroes, haciendo nacer en su jefe supremo un doble sentimiento de admiración y de reconocimiento: « me hace falta todo mi poder para recompensar dignamente a todos estos buenos hombres. »

Aquel 2 de diciembre de 1805, la gloria inmortal había desplegado sus alas sobre los combatientes de la Gran Armada, a la que recubrió enteramente. Se puede, en efecto, estar seguro que cada quién lo ameritó, como se puede igualmente imaginar las dificultades que hubo para contabilizar los innumerables actos de heroísmo y de abnegación. A defecto de poder citarlos todos – al concernir esta empresa al ámbito de lo imposible en vista de aquellos quedados en el más estricto anonimato – no recordaremos aquí más que los más famosos. Tal es el caso del soldado Lebas, cazador en el 10° de infantería ligera, quien, tras haber perdido el brazo izquierdo, arrancado por una bola de cañón, dijo a su camarada: « ayúdame a quitarme la mochila, y corre a vengarme ». Luego, cogió su mochila bajo el brazo y se fue tranquilamente hacia la ambulancia. ¿Y qué decir de esos seis franceses heridos quienes, viendo al general Thiébault gravemente herido y siendo transportado por cuatro prisioneros rusos, se precipitaron para apoderarse de la camilla, diciendo a los cuatro rusos?: « ¡nos corresponde solo a nosotros el honor de cargar a nuestros generales heridos! » Y no olvidemos al pobre general Valhubert quien se había negado a ser llevado a la ambulancia. Una hora antes de morir, encontró todavía la fuerza de escribir al Emperador esta carta particularmente emotiva: « hubiera querido hacer más por vos. Muero en una hora. No extraño la vida, porque participé en una victoria que os asegura un reino dichoso. Cuando penséis en los bravos que os eran devotos, pensad en mí. Me basta deciros que tengo una familia: no preciso recomendárosla. »

El año siguiente, la guerra contra Prusia va a colocar nuevos laureles sobre la cabeza de nuestros soldados. En todos los campos de batalla de Alemania del Norte, de Saalfeld a Stettin, pasando por Jena y Auerstaedt, nuestras fuerzas se distinguen y merecen ser reconocidas por ser el mejor ejército del mundo.

De aquel periodo glorioso, solo Jena quedó en las memorias, sin duda porque en ese lugar, nuestros soldados tuvieron el privilegio de estar bajo las órdenes del Emperador Napoleón I. No obstante, fue en Auerstaedt donde los franceses se sobrepasaron más, batiendo a un ejército tres veces más numeroso, comandado por el duque de Brunswick y el rey de Prusia en persona. En ese día bendito para nuestros ejércitos, las tres « inmortales » de Davout, las divisiones Morand, Friant y Gudin, ganaron en Auerstaedt títulos a la gloria que ningún otro cuerpo de armada pudo jactarse de poseer, salvo la Guardia Imperial.

Y esto no es un halago gratuito, como sus proezas van ahora a demostrárnoslo.

Auerstaedt
14 de octubre de 1806.
Aquel famoso 14 de octubre de 1806, los hombres de Gudin tuvieron el honor de ser los primeros en iniciar las hostilidades. Por mucho que se baten como leones, frente a un enemigo bien superior en número, sus filas comienzan a despejarse peligrosamente. Felizmente, a las once horas, los primeros elementos de la división Morand son anunciados. Media hora más tarde, la división Morand bien completa se despliega en el terreno. Davout, quien se dirigió al frente de ellos, les designa como objetivo la izquierda del pueblo de Hassenhausen y el flanco de la división Wartensleben. Sin embargo, e incluso antes de lanzarse al ataque, los hombres de Morand deben hacer frente a la mayor carga de caballería de la jornada. En frente de ellos, el príncipe Guillermo ha alineado a cerca de 10 000 jinetes en tres líneas: dragones, coraceros, húsares, carabineros, sin olvidar a los famosos guardias de cuerpo. Esta masa está a punto de entrar en acción cuando Davout ordena a la división Morand formarse en cuadros, con piezas de artillería en los ángulos cargadas de metralla. El mariscal que no ha cesado de galvanizar a sus hombres por su presencia a su lado, va a colocarse enseguida en medio de un cuadro. Va con la cabeza al desnudo, su sombrero le ha sido arrancado por una bola de cañón, y al ver su traje quemado en varios lugares por las balas enemigas, uno se pregunta por qué milagro no ha sido herido todavía. Su calma y su determinación entusiasman a sus soldados. Y cuando les dirige estas palabras: « El gran Federico dijo que eran los grandes batallones los que se llevaban las victorias; ¡mintió, son los más testarudos y vos lo seréis como vuestro mariscal! », sus hombres le respondieron con gritos de « ¡Viva el Emperador! ». La caballería enemiga, después de haber avanzado al trote, está ahora a galope. Los franceses sienten el suelo temblar bajo sus pies, pero tienen la orden de no tirar más que a cuarenta pasos. Los jinetes prusianos, húsares rojos a la cabeza, han llegado hasta este punto, pero en vez de disparar, los hombres del 17° de línea ponen sus sombreros en la punta de sus bayonetas gritando « ¡Viva el Emperador! ». Y a su coronel, el bravío Lanusse, quien les suplica disparar, le dicen que no se inquiete: « Tenemos tiempo, ya veremos eso a quince pasos ». Así, es a quemarropa como los franceses abaten a los primeros jinetes prusianos, deteniendo de golpe su progresión. Durante más de treinta minutos, esta caballería, que se creía invencible, va a cargar en vano contra los cuadros franceses.

Desde ese momento, ya nada será capaz de detener a los franceses. Los hombres de Morand desbaratan literalmente a la división Wartensleben que se ve obligada a replegarse. La división del príncipe de Orange llega al rescate, pero apenas tiene el tiempo de desplegarse cuando ya es atacada por el 61° de la división Morand. El cuerpo a cuerpo que sigue es de lo más terrible. Sin embargo, agobiado por los tiros de la batería Lehmman, el 61° se ve obligado a entablar un movimiento de retroceso. El coronel Nicolas, quien capitanea al 61°, decide entonces enviar un batallón a apoderarse de esa batería que les hace tanto daño. La primera compañía en alcanzar el objetivo es literalmente fulminada por dos tiros de metralla. Una vacilación comienza a hacerse sentir entre los franceses cuando un simple fusilero, llamado Peré, se lanza solo al asalto de la batería. Después de haber dado algunos pasos, se voltea hacia sus camaradas para decirles: « ¿pues qué? ¿no seguís al Emperador? » Es verdad que ese soldado tiene un cierto parecido con Napoleón. A partir de ese momento, todo el batallón se inflama y sigue al valiente soldado. En menos tiempo de que se precisa para decirlo, la batería es tomada.

Durante esa memorable jornada, muchos otros actos de bravura fueron señalados del lado francés, pero por desgracia no es posible recordarlos todos aquí.

Después de la campaña de Prusia, nuestras tropas no tienen tiempo para reposarse y ya tienen que lanzarse en otra campaña, la de Polonia. De hecho, llegando al auxilio de Prusia, el ejército ruso avanza, obligando a Napoleón a ir a su encuentro. Aunque la suerte de los rusos ya esté sellada, puesto que solo la derrota les espera (la cual será definitivamente consumada en Friedland el 14 de junio de 1807, día aniversario de Marengo), la Gran Armada va a sufrir, por primera vez en su historia, importantes bajas.

Así, en la batalla de Eylau, el 8 de febrero de 1807, Augereau tendrá el dolor de perder a cerca de 5200 hombres, muertos o heridos. Entre sus regimientos descalabrados, el 14° de línea, habiéndose hallado aislado en la tempestad de nieve, perecerá hasta el último hombre. Antes de que los sobrevivientes de dicho regimiento sean enteramente decimados por una columna rusa, el jefe de batallón Daussy no tendrá el tiempo más que de hacer entrega a Marbot del águila que ya no puede defender, pidiéndole a la vez transmitir al Emperador los adioses del 14° de línea.

La Guardia Imperial en Eylau
Grabado de Pierre-Antoine Bellangé (1760-1844).

 

Después de haber preservado sus posiciones gracias a su imponente artillería, y a la tempestad que soplaba a sus espaldas, los rusos deciden pasar a la ofensiva. Viendo avanzar hacia el cementerio de Eylau una columna de 15 000 soldados de infantería rusos, apoyada por unidades de caballería, Napoleón envía a los cazadores a caballo y a los dragones de la Guardia Imperial a cortarles el paso. Pero sabiendo muy bien que ese contingente no será suficiente, designa a Murat la columna rusa diciéndole: « ¿Nos dejarás devorar por esa gente? ».

En la segunda, Murat se lanza hacia atrás y parte para reunir cerca de 80 escuadrones. Habiéndose puesto a la cabeza de los dragones de Grouchy, de Klein y de Milhaud, coraceros de d’Hautpoul y brigadas ligeras de Colbert y de Bruyère, Murat se dirige a esta masa de caballería y le ordena seguirle: « ¡Tras de mí! ¡Viva el Emperador! ». El espectáculo es propiamente fantástico, y la carga que va a tener lugar es sin duda una de las más bellas de la historia de la caballería. Estando un poco dificultados por la nieve, es al trote como los dragones de Grouchy, los primeros en línea, cargan contra los jinetes rusos que no pueden, sin embargo, resistir el choque. Alcanzados muy rápido por los 24 escuadrones de d’Hautpoul, los jinetes de Grouchy prosiguen su carga sobre los soldados de infantería rusos que le reciben desplegados en línea, al no haber tenido el tiempo de formar los cuadros. Por mucho que los rusos abren un fuego mortífero, su primera línea es dislocada y la segunda línea es desbaratada. Pero, llegados a la vista del pueblo de Anklappen, los jinetes franceses deben enfrentarse a la tercera línea rusa y, sobre todo, a su reserva de artillería compuesta por 80 piezas. Recibidos por una ráfaga de metralla, los escuadrones franceses sufren pesadas bajas, y d’Hautpoul pierde un muslo que le es arrancado por un proyectil (fallecerá poco tiempo después). Forzados a replegarse, los hombres de Murat son muy rápidamente remplazados por los cazadores y los granaderos a caballo de la Guardia Imperial conducidos por Bessières.

El general d’Hautpoul a caballo en Eylau
Óleo de Édouard Détaille (1848-1912).

 

Los actos de heroísmo realizados por aquellos hombres de élite fueron numerosos. Podemos citar, por ejemplo, el caso del Brice. Habiendo visto a su general, Dalhmann, caer a cincuenta pasos de los rusos, mortalmente herido, se precipitó en su ayuda bajo un fuego graneado. Llegado hasta él, puso pie en tierra y lo alzó sobre su caballo. Rodeado casi de inmediato por húsares rusos, Brice recibió múltiples sablazos, uno de los cuales le desarticuló el brazo izquierdo. Estaba a punto de sucumbir bajo el número cuando uno de sus camaradas, el cazador Dufour, logró abrirse paso a través de los húsares y ayudó a su compañero a reunirse con las líneas francesas. La intrepidez de esos dos bravos sirvió para llevar de regreso al general Dalhmann al campo francés, evitándole así la vergüenza de ser hecho prisionero.

¿Y qué decir de los granaderos a caballo de la Guardia? Justo antes de pasar al ataque, Lepic, su coronel, se había dirigido a ellos en éstos términos: «¡cabezas en alto, la metralla no es mierda!». Su carga fue particularmente irresistible. Después de haber dispersado a los sobrevivientes de las dos primeras líneas rusas, Lepic y sus hombres, solamente una treintena de jinetes que alcanzaron a seguirle, lograron la hazaña de atravesar la tercera línea rusa. Herido de dos bayonetazos en la cabeza, Lepic ya no tenía más que doce hombres con él cuando el jefe de un escuadrón enemigo le conminó con la orden de rendirse. La respuesta de Lepic no se hizo esperar y, a la vez mostrando a sus jinetes, asestó estas palabras vueltas célebres: « ¡Miradme un poco estas jetas y decidme si tienen ganas de rendirse! ». Y, sin esperar la réplica del oficial ruso, Lepic acarreó a sus hombres a través las tres líneas enemigas antes de llevarlos de regreso a galope hasta el cementerio de Eylau. Otro oficial de los granaderos a caballo de la Guardia quedó en las memorias: el capitán Auzoni. Herido de muerte, yacía en la nieve cuando sus camaradas quisieron levantarlo y llevarlo a la ambulancia. Recobrando momentáneamente toda su lucidez, los detuvo diciendo: « Dejadme, amigos, estoy contento porque tenemos la victoria, y muero en el campo de batalla. ¡Decid al Emperador que solo lamento una cosa, el no poder hacer más nada para su servicio y por la gloria de Francia!… a ella mi último suspiro ».

El Mariscal Luis-Nicolás Davout en la batalla de Auerstaedt, el 14 de octubre de 1806
Dibujo a la pluma de Dick de Lonlay (1846-1893).

 

De vuelta de Polonia, Napoleón se ve confrontado al asunto español. Tras los recientes reveses sufridos por los franceses en España, decide encargarse de las cosas y reconquistar la península ibérica a la cabeza de las tropas llamadas de regreso de Alemania. Desde los primeros enfrentamientos, el acento es dado: esta campaña será llevada al redoble del tambor. Nada parece poder detener a la Gran Armada que llega hasta el paso de Somosierra, situado a 1500 metros de altitud. Ubicado en la ruta de Madrid, el paso debe ser imperativamente franqueado. Pero el ejército español ha transformado el lugar en una fortaleza aparentemente inexpugnable. Disponiendo de unos 13 000 hombres y de una veintena de cañones, el general don Benito San Juan ha hecho instalar cuatro baterías de artillería, una en cada viraje y la cuarta en la cima del paso, y colocado muy justamente a su infantería en los flancos del desfiladero.

El 29 de noviembre de 1808, el cuerpo de armada de Víctor es el primero en presentarse al pie de la sierra. El mariscal, habiendo sido informado de las disposiciones enemigas, prefiere posponer el ataque para la mañana siguiente. El 30 de noviembre, a las 9 horas, y en una niebla de las más espesas, el 96° de línea toma el « camino de la muerte », apoyado por seis piezas de artillería, mientras los hombres del 9° ligero y del 24° de línea comienzan a ascender respectivamente las pendientes del Barrancal y las de la Cebollera. Pero, muy rápido, la progresión de las tropas francesas es detenida por un fuego graneado que impide toda aproximación. A las 11 horas, Napoleón arriba en persona. Lleva con él, según su costumbre, a su estado mayor completo, una compañía del regimiento de los cazadores a caballo de la Guardia, y al escuadrón de servicio cuya función es asumida, ese día, por el 3er escuadrón del 1er regimiento de chevau-légers polacos. Este último regimiento, cuya creación remonta al 30 de enero de 1807, está esencialmente compuesto por hijos de « buena familia », dignos representantes de esa élite polaca que se unió al Emperador a partir de su entrada en Polonia. A las órdenes del Coronel Krasinski, el regimiento, que forma parte de la Guardia Imperial, destacó ese día, a 150 jinetes para el servicio de Napoleón. Entre ellos se encuentran en especial el jefe de escuadrón Kozietulski, los capitanes Dziewanowski y Kryzanowski, y el teniente Niegolewski que se cubrirá de gloria.

Son las 11 horas 30 cuando la niebla se disipa al fin. Desde su puesto de observación, el Emperador puede constatar que los hombres de Víctor se baten con coraje, pero no hacen ningún progreso. Decide entonces enviar el coronel Piré, que comanda a los cazadores a caballo, a examinar más de cerca la situación. A su regreso, Piré, no obstante reputado por su valor y su determinación, pinta un cuadro de lo más derrotista a su soberano y afirma que es imposible pasarlo. « Imposible, no conozco esa palabra » le replica enseguida Napoleón. Luego, dirigiéndose al coronel Ségur, mayor en el 6° de húsares: « id a decir a los polacos que se me apoderen de eso ». La orden no acaba de ser transmitida cuando Kozietulski, con el sable desenfundado, acarrea tras de sí, y a galope, a sus jinetes en columnas por cuatro (al no permitir el ancho del sendero un frente más grande de jinetes). Philippe de Ségur se ha incorporado a esta carga fantástica, aunque no haya recibido orden de ello, pues la ocasión de hacerse notar a ojos de su Emperador era demasiado hermosa. En el espacio de un instante, los polacos ya han alcanzado la primera batería. Los cañones españoles abren fuego prácticamente a bocajarro, abatiendo a las primeras líneas polacas y matando, al mismo tiempo, a Kozietulski. Pero no por ello los jinetes se detienen. Después de haber eliminado a sablazos a los sirvientes de la primera batería, helos aquí presentándose frente a la segunda batería. El fuego mortífero de las bocas de fuego hace caer a una veintena de polacos, no logrando sin embargo detener, ni aún frenar, el ardor de esos bravos jinetes, estimulados por los gritos de « ¡Viva el Emperador! » impulsados por Dziewanowski, su nuevo comandante. No dejando a los artilleros españoles el tiempo de recargar, dejan a éstos últimos literalmente boquiabiertos en sus piezas y prosiguen su loca aventura hacia la tercera batería. Frente al tornado polaco que se dirige derecho hacia ellos, algunos soldados españoles ya han emprendido la fuga. Los que se han quedado todavía logran matar y herir a muchos polacos, entre los cuales figura Dziewanowski, pero finalmente son hechos trizas. Uno de los dos oficiales polacos aún en estado de combatir, Kryzanowski, es muerto antes de haber podido alcanzar la cuarta y última batería. Así, es al teniente Niegolewski a quien corresponde el honor de abordar la cima del paso, a la cabeza de los restos del escuadrón. De cara a la determinación de los polacos, los soldados españoles ya ni siquiera piensan en defenderse y, caídos en estado de pánico, huyen en desorden, no sin haber ejecutado previamente a su general que trataba de retenerlos. Una vez alcanzado su objetivo, los polacos se han lanzado a la persecución de los fugitivos, ayudados en su tarea por el resto de la caballería de la Guardia y los soldados de infantería de Ruffin.

Somosierra
Los jinetes polacos se apoderan de la artillería española. Litografía romántica.

 

En el transcurso de la carga heroica de los polacos, que no habrá durado más de siete minutos, 83 chevau-légers serán muertos o heridos, sin contar al joven y valiente Philippe de Ségur, gravemente herido durante esta acción.

Tras el combate de Somosierra, Napoleón cogerá su propia medalla de la Legión de Honor para condecorar con ella el pecho del teniente Niegolewski, único oficial polaco aun de pie a pesar de sus once heridas, dos por balas y nueve por lesiones de bayoneta. Niegolewski conservará un recuerdo imperecedero de este evento, al punto de escribir en sus memorias: « ojalá muchos jóvenes puedan tener semejante día de fiesta ».

Los años van a continuar pasando, trayendo su lote de combates y de batallas. La Gran Armada, fiel a su reputación, se llevará todavía numerosas victorias, como Wagram o la Moskova. Sin embargo, es forzoso reconocer que los éxitos logrados son obtenidos muy caramente. Eso se debe al hecho de que la Gran Armada ya no es lo que era, al haber dejado su lugar muchos viejos mostachos a jóvenes reclutas y a extranjeros con motivaciones muy diversas. Por lo demás, el enemigo ha aprendido mucho de sus derrotas y se deja sorprender menos fácilmente. Luego, llega la fatídica retirada de Rusia que verá desaparecer casi por entero a la Grande Armada.

A partir de 1813, surge un nuevo ejército. Éste está constituido esencialmente de conscriptos: los « María-Luisa ». Durante la campaña de Sajonia, estos jóvenes reclutas, a menudo mal equipados y mal entrenados, ven el fuego por primera vez en su vida. No obstante, su comportamiento merecerá los mayores elogios, en especial en Lützen donde, ayudados por la Guardia pero apoyados por una caballería casi inexistente, llevarán a cabo prodigios de valor. Nunca su bravura en combate se desmentirá, lo cual hará decir a Napoleón: « ¡el honor y el coraje de mis jóvenes conscriptos les salían por todos los poros! ». E incluso un oficial prusiano lo reconocería: « son pequeños, enclenques, uno solo de nuestros alemanes vencería a cuatro de ellos, pero en el fuego se vuelven seres sobrenaturales. »

A pesar de toda la valentía de nuestras tropas, la traición de los aliados de ayer, la falta de municiones y la escasez de sus efectivos no les permiten impedir lo inevitable. Es la terrible batalla de Leipzig y el comienzo del descenso a los infiernos.
Por primera vez en veinte años, la guerra es llevada al suelo de Francia. Las fuerzas de que dispone el Emperador para defender a la cara patria ya no son más que la sombra de ellas mismas. Sin embargo, con efectivos esqueléticos, Napoleón I va a lograr verdaderos milagros, lo que hizo decir al Mariscal Juin, cuando evocaba la Campaña de Francia: « Todo es sorprendente, magnífico en esta campaña, triunfo de la inteligencia sobre el número. » Incluso falta poco para que logre a echar fuera de Francia a los coaligados. Éstos últimos, cuya duda e inquietud han sido insertados en su mente tras sus humillantes derrotas de Champaubert, Montmirail y Montereau, contemplan muy seriamente retirarse, en el momento en que traidores les van a librar París.

Lo que sigue, cada quien lo conoce. Es el exilio a la isla de Elba, luego los Cien Días que se acaban en el campo de batalla de Waterloo.

¡Waterloo! ¡Mohína planicie! Como supo expresarlo tan bien Víctor Hugo. Naturalmente, Waterloo fue una derrota, pero si la suerte no se hubiera encarnizado contra el ejército francés como lo hizo aquel día, nada debía haber venido a contrariar la victoria anunciada de nuestras armas. No solo los soldados de la Gran Armada no demeritaron, sino que además lograron firmar, con esa batalla, la última página gloriosa de su historia.

Les innumerables actos de bravura realizados del lado francés debían haber forzado el respeto del enemigo. En vez de eso, los coaligados se las ingeniaron para perseguir y masacrar a nuestros soldados en retirada hasta lo más profundo de la noche, ejecutando incluso a prisioneros de la Guardia. Así es como deshonraron sus uniformes y a las naciones que los habían armado.

Entre los altos hechos de armas de aquel fatídico pero no menos glorioso 18 de junio de 1815, citaremos el del teniente Legros, del 1er regimiento ligero, quien llevaba el apodo merecido de l’enfonceur (« el arrollador »), quien se precipitó sobre una puerta del castillo de Hougoumont, con un hacha en mano. A pesar del fuego proveniente de las almenas y otras aspilleras, el bravío teniente logró demoler la puerta en menos de lo que canta un gallo y fue el primero en adentrarse en la brecha, seguido por algunos camaradas determinados. Desafortunadamente, la hazaña fue de corta duración, pues los valientes franceses cayeron enseguida víctimas de las balas de los soldados enemigos atrincherados en el interior de los edificios..
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En la Haye-Sainte (« el Seto Santo »), un comandante del cuerpo de ingenieros, invadido por un valor semejante al del teniente Legros, arremetió contra la puerta de la granja y se empeñó en abrirla a hachazos. Un Primer disparo de fusil le dio, pero nuestro hombre continúo sin embargo su tarea. No fue hasta después de haber sido herido varias veces que acabó por derrumbarse en el suelo.

Waterloo, 18 de junio de 1815
Ilustración de Reymnods.

Del lado de nuestra caballería, la valentía no era menor. Así, Urbano, suboficial en el 4° de lanceros, tuvo el honor de hacer prisionero al general Ponsonby. Pero hallándose pronto víctima de la carga de múltiples Scots-greys, prefirió dar muerte al general enemigo antes que tener que dejarlo escapar. Tras deshacerse de su lanza, plantada en el cuerpo de Ponsonby, es con el sable en mano como se precipitó enseguida sobre los escoceses grises, que fueron puestos en desbandada después de haber perdido a tres de los suyos bajo los golpes de Urban.

En un momento de calma relativa ocurrido en plena mitad de la batalla, se vio igualmente a un coracero francés avanzar sólo hacia las líneas inglesas. Creyendo encontrarse ante un desertor, el enemigo lo dejó acercarse sin tirar el menor disparo. Una vez llegado a proximidad del vergel de la Haye-Sainte, el coracero se irguió sobre sus estribos, y luego, levantando su sable, prorrumpió: « ¡Viva el Emperador! ». Recuperados de su sorpresa, los ingleses desencadenaron un fuego graneado sobre el jinete que había osado ir a escarnecerlos, pero ninguna bala logró alcanzar al orgulloso coracero, que pudo reincorporarse a sus filas sano y salvo.

En fin, tenemos el ejemplo de la Guardia Imperial, cuyo 2º batallón del 3º de granaderos obedece a esta frase sublime pronunciada por uno de sus generales: ¡LA GUARDIA MUERE PERO NO SE RINDE! Únicos en no poder escapar, los gloriosos granaderos, 150 en número, se encontraban en la incapacidad de avanzar, estando rodeados de montones de cadáveres de jinetes enemigos mezclados a los de sus caballos. La artillería inglesa se alistaba para acabar con los viejos grognards cuando les fue propuesto rendirse. Como única respuesta, los sobrevivientes del memorable 2° batallón del 3° de granaderos se abalanzaron sobre el enemigo y se batieron hasta la muerte del último de entre ellos.

Hoy, los soldados de la Gran Armada han desaparecido desde hace largo tiempo, y solo algunos osarios recientemente descubiertos, como en Vilnius, quedan para dar fe de su sacrificio pasado. Pero su gloria, ella, no cesará jamás de existir, iluminando siempre con sus rayos esplendentes las mentes que se ponen a soñar con cabalgatas fantásticas y concentraciones en torno al águila.

Uno se da gusto igualmente imaginando las almas de nuestros viejos grognards reunidos y siguiendo, en columnas cerradas, al hombre en redingote gris que los conduce hacia su última conquista: ¡los cielos eternos!

Restos de los bravos de la Gran Armada
En 2002 se efectuaron trabajos públicos cerca de Vilnius, Lituania, que permitieron el descubrimiento de una gigantesca fosa común que contenía los restos de más de 1700 soldados de la Grande Armada, caídos durante la retirada de Rusia en 1812.