Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
EL SERVIDOR FIEL
JEAN NOËL SANTINI

Por el Señor

PASCAL CAZOTTES

Pascal Cazottes
Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Veintiún años después del nacimiento del más célebre de los corsos, Napoleón Bonaparte, la isla de belleza ve nacer a un pequeño Giovanni Natale Santini.

Tras una infancia pasada en uno de los más hermosos pueblos de la Alta-Córcega, la villa de Lama que se yergue cual verdadero nido de águila, el joven Jean Noël Santini se embarca hacia el continente a fin de servir, como tambor, en el batallón de los tiradores corsos de Catagno (basado en Antibes). No tiene catorce años. No lo sabe aún, pero su suerte está ligada a aquel que se convertirá muy pronto en su ídolo: Napoleón I, Emperador de los franceses.

El batallón habiendo sido enviado al famoso campo de Boloña, es ahí donde Santini (así como lo llamaremos desde ahora) tiene la ocasión de ver por primera vez a Napoleón. Cuando éste pasa revista de sus tropas, el adolescente toca llamada y tropa con un ardor difícilmente descriptible, subyugado como lo está por la visión que se presenta ante sus ojos. Para él, todo se vuelve claro. No tiene más que su vida que ofrecer al gran hombre sobre su caballo blanco, se la dará.

El pueblo de Lama y el valle Ostriconi en la alta Córcega

El bravo Santini hace todas las guerras del Imperio. Lo encontramos en Austerlitz, Jena, Eylau, etc… De tambor, pasa a tirador en el 11° ligero, función que le irá muy bien al hombre de pequeña talla, pero bien musculoso, que se ha vuelto. Durante la campaña de Rusia, y si bien no tiene más que 22 años, ya forma parte de esos veteranos respetados, cuyas numerosas campañas impresionan a los nuevos. Sin duda su falta de educación no le permitió subir de grado como lo hubiera merecido, pero el antiguo tambor, que apenas sabe leer y escribir, por fin se hace remarcar. Es, en efecto, elegido como correo del cuartel imperial. La nueva lo sofoca literalmente de gozo. Hay que imaginarlo: va a frecuentar al Emperador, su Dios personificado, y le seguirá por doquier en el futuro.

Jean-Noël Santini (1790-1862)
Jean-Noël Santini (1790-1862)
Litografía romántica proveniente de « Le Tombeau de Napoléon 1er et son gardien Noël Santini ». Catálogo de la exposición Napoleón y Córcega; Museo de Córcega, Colectividad Territorial de Córcega

Sin embargo, la hora no está para regocijos. Es el comienzo del descenso a los infiernos, con la retirada de Rusia, la derrota de Leipzig, la invasión del territorio francés y, finalmente, los adioses de Fontainebleau. El número de viejos grognards que quieren acompañar a Napoleón en su exilio, en la isla de Elba, es impresionante. Desafortunadamente, hay que hacer una selección, y Santini no es seleccionado. Nuestro bravo corso cree volverse loco. ¿Cómo podría continuar viviendo si no le es permitido servir a su Emperador? Se las arregla tan bien que Bertrand, Gran mariscal del palacio, cede a sus súplicas y se compromete a llevarlo en excedente. Después de haber hecho una gran parte del viaje a costa propia, Santini llega a Porto-Ferrajo donde le es confiada la guardia de la cartera, insigne honor del que toma toda la medida. Asumiendo sus nuevas funciones con un celo y una discreción ejemplares, pronto se vuelve indispensable para Napoleón quien no dejará de inscribir su nombre en la lista de los servidores destinados a seguirle en la roca maldita.

Pues Waterloo ha sellado la suerte del mayor dirigente que la tierra haya conocido, y los ingleses, cuidadosos de alejar a su estorboso prisionero, lo exilian en la isla inhospitalaria de Santa Helena, donde Napoleón llega el 17 de octubre de 1815. Al principio, el Emperador y su séquito se acomodan bien que mal a esta nueva vida. Uno solo parece estar particularmente feliz: Santini. ¿Pero cómo no lo estaría, él que tiene ahora la posibilidad de vivir lo más cerca posible de Napoleón? Y cada vez que éste último se dirige a él, en lengua corsa, qué jubilación para nuestro hombre que se siente despegar de la tierra. Única causa de tristeza para Santini, la indigencia en la que ve a su emperador hundirse cada día un poco más. En este contexto, los talentos ocultos de nuestro grognard van a revelarse muy útiles. En tanto que veterano de la Gran Armada, sabe desenvolverse como nadie. Ha remendado tan a menudo sus pingajos, que el oficio de sastre no tiene secretos para él. Así, va a darle un golpe de rejuvenecimiento a los trajes de Napoleón dándoles la vuelta, o aún a confeccionar un traje nuevo con la ayuda de un viejo redingote gris. Se hace igualmente zapatero remendón tallando en antiguas botas un par de escarpines a los que dotará de hebillas, y forrará con un satín blanco graciosamente surtido para Madama de Montholon. Para las necesidades de la cocina imperial, recorre la isla y regresa casi siempre con algún animal que mejorará lo ordinario. La vida habría podido continuar así si el gabinete inglés no hubiera tenido la mala idea de cambiar al gobernador de Santa Helena.

l 14 de abril de 1816, el siniestro Hudson Lowe desembarca de la fragata Le Phaëton. Desde ese momento, Napoleón y los suyos van a sufrir restricciones y cantidad de vejaciones difícilmente soportables. Desde su primer encuentro, las relaciones entre el nuevo carcelero y su prisionero toman el aspecto de un conflicto abierto que no cesará más que con la muerte del Emperador. De entrada, Napoleón hizo un retrato del nuevo gobernador: « he visto tártaros, cosacos, kalmouks, pero nunca he visto un rostro tan siniestro y repulsivo. ¡Si semejante hombre se queda un instante solo junto a una taza de café, es para no beberla! Tiene el crimen grabado en la cara ». Y el « criminal » va efectivamente a trabajar por el fin de su prisionero. Tan bien, por cierto, que se echará encima a todos los comisarios europeos con en puesto en la isla. Así como lo escribió Stürmer, comisario austriaco, a Metternich: «Vuestra alteza se convencerá cada vez más de que no lograremos nunca hacer entrega de nuestros reportes con el gobernador, tan satisfactorios como pudiéramos desear que fuesen. Para complacerle, habría que no pensar, no ver y no actuar más que en su sentido y según sus fantasías, aprobar todas sus extravagancias, no tener conocimiento de lo que se hace aquí, limitarse a avisar que Bonaparte está vivo, nunca poner un pie en Longwood, estar con la navaja amarrada con todos los que se enemistan con él y cuyo número aumenta todos los días, servirle de espía y relatarle fielmente todo lo que se dice, finalmente estar en el banquillo de los acusados cada vez que lo juzga pertinente y sufrir los interrogatorios más humillantes. Todo eso es incompatible con nuestra posición, con los deberes de nuestro puesto e incluso con el honor».

La tumba del Emperador Napoleón
En el Valle del Geranio, Santa Helena. Litografía romántica.

 

De cara al tratamiento inhumano de que Napoleón es objeto, Santini abriga un odio sin medida hacia la soldadesca inglesa, y sobre todo contra Hudson Lowe a quien quisiera matar con sus propias manos. Poe lo demás, la idea en la mente de nuestro corso se abre camino de tal forma que Santini está listo para poner en ejecución su proyecto homicida. Para él, no se trata ni más ni menos que de deshacerse de un animal dañino, de esa « garduña » que con toda seguridad nadie extrañará, ni siquiera sus propios oficiales. Una vez su buena acción cumplida, Santini ha previsto suicidarse, ya sea disparándose una bala en la cabeza, ya sea echándose de lo alto de un peñasco. Tras haberse confiado al mayordomo Cipriani, éste, sabiendo muy bien de lo que su amigo es capaz, va a ver al Emperador y le informa la operación proyectada por su compañero. De inmediato, Napoleón convoca a Santini y lo disuade de cometer lo irreparable. Después de haber oído un sermón que hizo temblar los muros, Santini es puesto al tanto de una confidencia: el Emperador « reclamaría pronto de él servicio, más importante y más digno de su gran infortunio que el asesinato de Hudson Lowe ».

A fines de 1816, el gabinete inglés, que no se contenta con solo una bajeza, decide restringir todavía más el tren de vida de su ilustre prisionero. Lord Bathurst presenta las nuevas cuentas: las sumas anuales asignadas a Longwood deberán pasar de 20 000 a 8 000 libras esterlinas. Eso se traduce, primeramente, en una demanda de la autoridad británica al Emperador de separarse de cuatro de sus fieles: un oficial y tres sirvientes. Santini es designado, así como Rousseau y Archambaud. Napoleón le revela entonces su misión: deberá divulgar, en toda Europa, las sórdidas condiciones de detención del más célebre de los exiliados. Para dicho efecto, el Emperador ha redactado una protestación en la cual no deja de subrayar el comportamiento incalificable del gobernador de la isla. Sabedor de que será registrado a su partida, Santini no solo ha tomado la precaución de coser en entre el forro y el paño de su traje el precioso mensaje, pero además se ha impuesto el deber de aprendérselo de memoria, sin omitir una sola palabra.
Primero enviado al Cabo, donde tendrá que soportar un encarcelamiento de cincuenta días (no se sabe por qué razones), Santini se embarca por fin hacia Inglaterra, a bordo del Orontés. Después de tres meses de travesía, llega a Portsmouth el 12 de febrero de 1817. Se puede presumir que su desembarco no fue cosa fácil. ¿Cómo, en efecto, podía pisar el suelo del enemigo hereditario, y circular en medio de esos ingleses que tanto detestaba? Pero cuidadoso, ante todo, de cumplir con la misión que le había sido confiada, el fiel servidor emprende el camino de Londres. Llegado a dicho lugar, debe vivir de recursos extremos durante un buen mes, hasta que sus trámites se vean coronados con éxito.

Es el coronel Robert Wilson quien le abre la puerta de la casa de Lord Holland, uno de los jefes del partido Whig en la Cámara Alta. Este campeón de las libertades públicas, que ya había protestado contra el hecho de que Napoleón fuera exiliado a Santa Helena, se entera de la « protestación » del Emperador. Las palabras que lee le hacen entrever una verdad que no sospechaba, y de pronto tiene vergüenza de ser inglés.
Longwood House
En tanto que amigo de Francia y simpatizante del Emperador, como muchos británicos por cierto (el oprobio debiendo ser echado sobre el gabinete inglés tan solo), hace publicar, el 18 de marzo de 1817, el « Llamado a la nación inglesa sobre el tratamiento sufrido por Napoleón Bonaparte en la isla de Santa Helena ». El mismo día, interpela a Bathurst a la Cámara, conminándolo a rendir cuentas y haciéndole entrever la mancilla con la que su nombre estará por siempre jamás manchada. En la calle, la gente se arranca el « Llamado », de tal manera que siete tirajes se agotan en el espacio de diez días. La opinión pública está desde ese momento enteramente ganada para la causa napoleónica. A pesar de ello, el gobierno británico permanece inflexible, apoyado por políticos que desde hace mucho han excluido las palabras « honor » y « justicia » de su vocabulario. Entre tanto, Santini, vuelto héroe sin quererlo, recibe innumerables visitas que están lejos de ser del gusto de los dirigentes británicos. Obligado a dejar el suelo inglés, se le entrega a Santini un pasaporte para Bélgica, con la recomendación de nunca más poner los pies en Albión, bajo pena de…

Y he aquí a nuestro hombre recorriendo de nuevo lo caminos de Europa. Esta vez, no está armado con un fusil, sino de un arma mucho más temible: palabras escritas de puño y letra mismos del Emperador. Fiel a su misión, visita a todos los miembros de la familia imperial y no cesa de denunciar las condiciones humillantes en las que se ha osado retener preso al más grande de los hombres, incluso mucho después de la muerte de éste último. En el curso de su periplo, que durará treinta y cinco años, es víctima de molestias de todos tipos, al haber recibido las policías europeas de perseguir al mensajero de Napoleón, testigo de la falta irreparable de los coaligados. No obstante, nada puede acabar con la determinación de Santini que recibe, a lo largo de su difícil recorrido, numerosos signos de aliento, como aquella noticia que lo pone al tanto de que el Emperador lo ha recordado en su testamento (en su primer codicilo del 24 de abril de 1821) y le ha legado la suma de veinticinco mil francos. Aunque esta suma no llegará nunca a sus manos, Santini siente un gran orgullo con la idea de que Napoleón haya pensado en él en el momento de su agonía.
Los años han pasado y llegado mejores días en que el sobrino de Napoleón accede a la función imperial. Al no haber olvidado al valiente Santini, Napoleón III acude al viejo corso para confiarle, oh supremo honor, la guardia de la tumba en los Inválidos.

Y malhaya al visitante que tiene la desfachatez de conservar su sombrero sobre la cabeza. Una voz estentórea se deja de inmediato oír: « ¡uno se descubre ante la tumba del Emperador! ». Entre la muchedumbre que viene a recogerse frente al sepulcro del gran hombre, eminentes personajes honran el lugar con su presencia, como la reina de Inglaterra, Victoria, que no vacila en inclinarse frente a quien fuera el amo del mundo.
A la vista de este espectáculo, Santini exulta, pues sabe que Napoleón ha ganado ahí su última victoria, la más importante, la que reúne a las mentes en torno a su nombre.

En el año de 1862, nuestro grognard, ya entonces con 72 años de edad, exhala su último suspiro. Y uno se pone a soñar con que, preocupado por continuar con su servicio, fue a reunirse con el Emperador en los Campos Elíseos, acogido por una valla de honor constituida por las cohortes de los que cayeron por Francia.

¡Honor a ti, Santini! ¡Honor a los bravos!