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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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| Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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Crónicas
Imperiales |
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LA
LEYENDA
DEL ÁGUILA |
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Una
presentación exclusiva del Señor |
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PASCAL
CAZOTTES |
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| Pascal
Cazottes |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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Todos
mis agradecimientos van al
Profesor Eduardo Garzón-Sobrado,
Presidente-fundador del Instituto
Napoleónico México-Francia,
por haber creado esta nueva
rúbrica consagrada
a los altos hechos de armas
y al sacrificio consentido
de todos aquellos «
héroes », oficiales
o simples soldados que sirvieron
bajo las órdenes de
más grande general
de todos los tiempos: Napoleón
I.
Eduardo, amigo mío,
el Emperador está orgulloso
de ti y te reconoce como un
fiel entre los fieles. ¿No
sientes su mano venir a jalarte
afectuosamente la oreja? |
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El
portaestandarte
Grabado de François
Thévenot (1856-1943). |
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En
1792, las fronteras de Francia fueron gravemente
amenazadas, obligando a la Asamblea a proclamar
« la Patria en peligro ». La reacción
de los ciudadanos no se hizo esperar. Las provincias
enviaron a sus federados a París, mientras
que, de todos los horizontes, acudían voluntarios
para defender a esa nación aún en
la cuna. Oficinas de reclutamiento se improvisaban
un poco por todas partes, viendo desfilar a 15
000 hombres en una semana. La mayoría de
ellos no conocían nada del oficio de las
armas y no traían, por todo bagaje, más
que su solo arrojo. En poco tiempo, los ejércitos
revolucionarios estaban constituidos, contando
en sus filas burgueses, obreros y campesinos,
animados todos por el deseo de echar a un enemigo
que negaba al pueblo francés el derecho
de decidir su propia suerte.
Pero con la guerra incesante impuesta a Francia
por las monarquías absolutistas de Europa,
durante veintitrés largos años,
el voluntariado ya no bastó, obligando
muy pronto a los gobiernos franceses a recurrir
a la conscripción, siendo llamados 300
000 hombres a las banderas tan solo para el año
1793.
| A
pesar de los inicios difíciles, provocados
por un encuadramiento a menudo deficiente
y la penuria permanente de todo lo que es
necesario para la vida del soldado, los
ejércitos de la Revolución
acabaron por mostrar su valor en el combate;
valor que alcanzó cimas con el ejército
de Italia comandado, y trascendido, por
un joven general cuyo nombre es inútil
recordar aquí.
Si los soldados
de la Revolución y, más tarde,
los del Imperio, mostraron tanto ardor en
las batallas, al punto de que el nombre
de « francés » se había
vuelto sinónimo del mayor coraje,
es porque esos mismos soldados sabían
por qué y por quién peleaban;
primero, por Francia, tierra de los filósofos
y de las ciencias, tierra de libertad y
de luz cuyo papel natural era el de ilustrar
al mundo entero. Y para que aquella Francia
tan amada fuese por siempre preservada,
no vacilaron en ir a combatir a sus enemigos
mucho más allá de las fronteras
del hexágono. En fin, se batían
por hombres, modelos de inteligencia y de
bravura, aquellos oficiales superiores que
no temían mostrar el ejemplo a la
cabeza de sus batallones, se arriesgaban
a la muerte tanto como sus soldados y no
dudaban en fraternizar con ellos, sin por
ello perder su respeto, a imagen del más
grande entre ellos: Napoleón. Éste
último, por su ejemplo, su preocupación
por el bienestar del soldado, y su sorprendente
aptitud para llevarse las batallas, atrajo
a su persona la devoción sin límites
de sus hombres, los cuales estaban listos
para morir por él y se sobrepasaban
literalmente cuando sucedía que combatieran
bajo su mirada.
Juntos,
del simple soldado de infantería
al más alto de los gradados, conocieron
sufrimientos sin nombre, las angustias del
hambre y de la sed, y recorrieron distancias
increíbles, de los desiertos quemantes
de Egipto
al infierno helado de Rusia. Pero en el
momento del combate, todos lograban hallar,
en lo más profundo de sí mismos,
recursos insospechados e inimaginables.
Y si les sucedía que se vieran forzados
a recular frente a masas enemigas mucho
más numerosas, la voluntad de uno
solo entre ellos de mantenerse en el terreno,
de inmediato traía de vuelta a todos
sus compañeros de armas junto a él. |
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El
Águila encabezando a la Guardia
Imperial |
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A pesar de los
inicios difíciles, provocados por un encuadramiento
a menudo deficiente y la penuria permanente de
todo lo que es necesario para la vida del soldado,
los ejércitos de la Revolución acabaron
por mostrar su valor en el combate; valor que
alcanzó cimas con el ejército de
Italia comandado, y trascendido, por un joven
general cuyo nombre es inútil recordar
aquí.
Que se trate del
simple fusilero de la infantería de línea
o del prestigioso coronel de los cazadores a caballo
de la Guardia Imperial, la misma valentía,
el mismo orgullo, el mismo honor animaban a esos
hombres entrados en la leyenda por la puerta grande.
Bajo la conducción del « Pequeño
Cabo », pasmaron al mundo, y la gloria inmortal
desplegó sobre ellos, como sobre su gran
capitán, sus alas de oro, a fin de que
sus hazañas no pudieran nunca caer en el
olvido.
¡Gloria
a ti, Napoleón!
¡Gloria a ustedes, sus esforzados soldados
y compañeros!

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