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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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CARTA
DE NAPOLEÓN I A JORGE III |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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al público de manera gratuita y
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Aún
cuando Inglaterra ha roto unilateralmente y
por traición el tratado de Paz
de Amiens, el Emperador Napoleón,
el 2 de enero de 1805, se dirige al rey Jorge
III, haciéndole llegar el documento que
presentamos a continuación.
Aunque un poco larga, es importante leer esta
misiva muy cuidadosamente, pues es la prueba
irrefutable de que, desde el inicio de su reinado,
Napoleón no buscó más que
una cosa: la PAZ, y que
desde su advenimiento hasta el 18 de junio de
1815, fecha de la apoteosis fúnebre de
Waterloo,
quienes fueron los instigadores – o los
instrumentos – de la guerra, se la negaron
siempre.
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| El
Emperador Napoleón
en atuendo del Palacio.
Dibujo de Aguste Garneray. |
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«
Señor mi Hermano, [1]
« Llamado al trono por la
Providencia y por el sufragio del
senado, del pueblo y del ejército
[2], mi primer
sentimiento es un voto de paz. Francia
e Inglaterra desgastan su prosperidad,
pueden luchar durante siglos; ¿pero
cumplen bien sus gobiernos con el
más sagrado de sus deberes?
¿Y tanta sangre vertida inútilmente
y sin la perspectiva de objetivo
alguno no las acusa en su propia
consciencia? No atribuyo deshonor
alguno a dar el primer paso; he,
lo pienso, probado al mundo que
no temo a ninguno de los avatares
de la guerra; ésta no me
ofrece de hecho nada que pueda temer:
la paz es el deseo de mi corazón;
pero la guerra nunca ha sido contraria
a mi gloria.
Conjuro pues a Vuestra Majestad
no negarse a la dicha de brindar
Ella misma la paz al mundo; que
Ella no deje esta dulce satisfacción
a sus hijos; pues finalmente nunca
hubo circunstancia ni momento más
favorables para hacer callar todas
las pasiones y escuchar únicamente
el sentimiento de la humanidad y
de la razón. |
Una vez perdido este momento, ¿qué
término asignar a una guerra
que todos mis esfuerzos no habrían
podido terminar?Vuestra Majestad
ha ganado más, desde hace
diez años, en territorio
y en riquezas, de lo que tiene Europa
en extensión: Su nación
está en el más alto
punto de prosperidad: ¿qué
puede esperar de la guerra? ¿Coaligar
algunas potencias del continente?
El continente permanecerá
tranquilo: una coalición
no haría más que acrecentar
la preponderancia y la grandeza
continentales de Francia. ¿Renovar
los disturbios internos? Los tiempos
no son los mismos. ¿Destruir
nuestras finanzas? Finanzas fundadas
en una buena agricultura no se destruyen
nunca. ¿Arrebatarle a Francia
sus colonias? Las colonias son para
Francia un objeto secundario, ¿y
no posee ya Vuestra Majestad más
de las que puede guardar? Si Vuestra
Majestad misma quiere pensar en
ello, verá que la guerra
es sin objetivo, sin ningún
resultado presumible para Ella.
¡Qué triste perspectiva
es hacerse batir a los pueblos tan
solo por que se batan! El mundo
es lo bastante grande para que nuestras
dos naciones puedan vivir en él;
y la razón tiene el suficiente
poder para que hallemos un medio
de conciliarlo todo, si, por una
y otra parte, se tiene la voluntad
de ello. He al menos cumplido con
un deber santo y precioso para mi
corazón.
Que Vuestra Majestad crea en la
sinceridad de los sentimientos que
acabo de expresarle y en mi deseo
de darle pruebas de ellos. »
NAPOLÉON. |
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El rey de Inglaterra
no se dignó a responder a esta misiva.
En revancha, la tarea correspondió al
ministro de Asuntos extranjeros, Lord Mulgrave,
quien el 14 de enero hizo llegar la arrogante
respuesta siguiente a su homólogo francés,
Talleyrand [3]:
«
Su Majestad Británica recibió
la carta que le ha sido dirigida
por el jefe del gobierno francés,
fechada el 2 del este mes.
No hay ningún objeto que
Su Majestad desee más que
aprovechar la primera ocasión
de procurar de nuevo a sus súbditos
las ventajas de una paz fundada
sobre bases que no sean incompatibles
con la seguridad permanente y
los intereses de sus Estados.
Su Majestad está persuadida
que este objetivo no puede ser
alcanzado más que por medio
de arreglos que puedan al mismo
tiempo proporcionar la seguridad
y la tranquilidad por venir de
Europa, y prevenir la renovación
de los peligros y de las desdichas
en las que se vio envuelta. Conformemente
a este sentimiento, Su Majestad
siente que le es imposible responder
más particularmente a la
apertura que le ha sido hecha,
hasta que haya tenido tiempo
de comunicar con las potencias
del continente con las cuales
Ella se encuentra comprometida
por vínculos y relaciones
confidenciales, y particularmente
con el Emperador de Rusia, quien
ha dado las más fuertes
pruebas de sabiduría y
de elevación de los sentimientos
de los que está animado
y del vivo interés que
tiene en la seguridad y la independencia
de Europa ».
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| El
rey Jorge III de
Inglaterra |
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Es de notar la manifiesta
desfachatez del gabinete de Londres,
que, mientras el Emperador Napoleón
se dirige cortésmente a Jorge
III honrando su calidad de soberano
de Inglaterra, finge considerar nula
la accesión al trono de Francia
de Napoleón, así como
su condición de monarca consagrado
por el Papa Pío VII en persona.
Como nota interesante, señalemos
que la misma Austria no había
– aunque por prudencia y duplicidad
evidentemente, claro está –
dejado de felicitar oficialmente a Napoleón
por la nueva dignidad que le había
sido conferida por Su Santidad.
En lo referente al compromiso,
vínculos y relaciones confidenciales
de Inglaterra con las potencias
del continente, Napoleón
no podía imaginar que Albión,
detrás de sus palabras llenas
de hipocresía, ya preparaba una
más de sus interminables coaliciones
internacionales, que empezaría
a tomar forma por medio de las negociaciones,
con Rusia, que llevarían a la
firma de la Convención secreta
de Petersburgo (11 de abril de 1805).
En efecto, a cambio de la entrega de
dadivosos subsidios, Rusia se comprometía
a poner en pie un ejército de
180 000 hombres y a formar una coalición
que se apoderara de Hanover [4].
Por su lado, Austria había empezado
a concentrar un ejército en el
Adigio, so pretexto de detener la
propagación de una enfermedad
contagiosa que hacía estragos
en Livorno... A la larga, y sin agresión
ni amenaza previa alguna, Austria violaría
el tratado de Lunéville (9 de
febrero de 1801), que ella misma había
solicitado – y agradecido. Evidentemente,
la corte de Viena estaba también
en proceso de negociaciones con los
ingleses y sus esbirros rusos.
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En efecto, organizada,
promovida y financiada por Inglaterra, que desembolsó
la generosa suma de 5 millones de libras,
la tercera coalición estaba en plena
gestación.
Siguiendo los pasos de Rusia, Austria se incorporaría
oficialmente a la coalición el 9 de agosto
de 1805, después de haberse comprometido,
a través de la mencionada Convención
de Petersburgo, a montar un ejército
de 250 000 hombres contra Francia... [5]
A la larga, esta nueva coalición será
aniquilada por la Gran Armada en las heladas
llanuras de Austerlitz, el 2 de diciembre de
1805. Tras haber aplastado a los ejércitos
de Austria y Rusia, el Emperador Napoleón,
lejos de destruir a estas dos potencias y a
sus casas reinantes – lo cual, una vez
vencidas, pudo hacer con toda facilidad –
las instiga en cambio a firmar una paz magnánima
que quedará plasmada en el tratado de
Presburgo (26 de diciembre de 1805), y que pone
fin a la guerra.
Notemos de paso que, cual cereza en el pastel,
esta campaña de Bohemia, ruinosa para
Inglaterra y desastrosa para los coaligados
austro-rusos, concluirá con la confesión
siguiente, llena de desencanto y sincero pesar,
pronunciada por emperador de Austria, Francisco
II: « Los ingleses son mercantes de carne
humana », y añade todavía:
« ¡No hay duda, en su querella con
Inglaterra, Francia tiene razón! ».
Por su parte,
¿no había el honesto James Fox,
ante la Cámara de los Comunes, atestiguado
el 24 de mayo de 1803, cuando la paz había
sido sacrificada: «¿Así
que todo progreso que haga Francia en el exterior
y hasta en el interior, comercio, manufacturas
… será una causa de guerra, una
injuria para nosotros?».
NOTAS:
[1] Esta fórmula
un poco inhabitual estaba impuesta por el protocolo
diplomático en la correspondencia entre
soberanos.
[2] Aunque otorgada por el Papa Pío VII
en persona, Napoleón omite mencionar
su legitimidad pontifical, por cortesía
para con el soberano inglés, de convicción
protestante.
[3] Los itálicos en esta carta son nuestros.
[4] El 17 de mayo de 1804, el gobierno británico
del ultra belicista Pitt da la orden, sin previo
aviso ni declaración de guerra, de incautar
todos los navíos franceses y holandeses
que se encuentran en aguas internacionales.
¡Se apodera así de 1 200 barcos
y 200 millones de mercancías, en un acto
de piratería de Estado a gran escala!
Ante esta agresión descarada con la cual
Inglaterra muestra sus verdaderas intenciones,
el Primer Cónsul replica, el 22 de mayo,
con el arresto de todos los sujetos británicos
que se hallan en territorio francés.
Al día siguiente, Pitt declara oficialmente
la guerra a Francia, y la marina británica
ocupa las colonias francesas de Santa Lucía
y Tobago, San Pedro y Miquelón y las
factorías de la India. Francia responde
entonces el 27 de mayo apropiándose de
Hanover, propiedad personal del rey de Inglaterra.
[5] además de lo que hemos visto, la
Convención de Petersburgo comprendía
dos artículos secretos redactados a instigación
de Inglaterra.
El primero preveía que todo arreglo con
Napoleón no podría concluirse
más que en un congreso, cuyas negociaciones
el gabinete de Londres quedaría libre
de hacer fracasar para obtener condiciones más
severas y humillantes para Francia.
El segundo punto se refería directamente
al Emperador; estipulaba que la coalición
podría imponer un cambio de gobierno
en Francia, escenario óptimo para los
ingleses que tenían una preferencia marcada
por los Borbones, sus deudores y obligados,
de quienes querían hacer sus juguetes.
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