Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
CABELLOS, REVELACIONES Y HEREJÍA:
EL ASESINATO DE NAPOLEÓN (1)
Muerte del Emperador Napoleón
Grabado de Horace Vernet.

Por el Señor

John Tarttelin
Miembro del Comité Histórico del Instituto Napoleónico México-Francia

Sr. John Tarttelin
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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~ Dedicado a Ben Weider, vigesimoséptimo mariscal de Napoleón (en espera de su bastón) ~

En marzo de 1995 un sólo mechón de cabello humano fue vendido a un estadounidense por £3,680. No era una reliquia ordinaria. Provenía de la cabeza de un exiliado que pasó los últimos seis años de su vida en una solitaria mácula de roca en el Atlántico Sur. Por décadas éstos frágiles cabellos habían guardado un sombrío secreto. Cada uno contiene diminutos rastros de arsénico, una clara indicación de que el donante había sido envenenado. El mechón existe hoy como un testigo mudo del crimen del siglo – el asesinato de Napoleón.

La historia está escrita por los vencedores. En su época como Primer Cónsul, y enseguida como Emperador de los franceses, Napoleón fue castigado por la prensa británica y su corrupta clase dirigente. Era un «ogro corso», la causa de todas las guerras, un hombre maligno que tenía que ser destruido a toda costa. Las madres amenazaban a sus hijos con su nombre y su rostro figuraba en las bacinicas.

La propaganda negra ha coloreado innumerable historias subsecuentes escritas a lo largo de un periodo de ciento noventa años y, como resultado de ello, errores, desinformación, y mentiras descaradas, han acabado por ser aceptadas como hechos. En Inglaterra ha sido apodado un «genio monstruo» por un historiador y «un gran mal hombre» por otro. ¡Muchos escritores ingleses le desestiman como meramente el general que perdió en Waterloo!

Robert Banks Jenkinson, 2º conde de Liverpool (1770-1828)
Lord Liverpool fue el Primer ministro británico de 1812 a 1827. Óleo de Sir Thomas Lawrence, hacia 1828 (detalle).

En Francia, después de su caída del poder, los Realistas imprimieron cualquier cosa que pudiera mancillar su nombre. Durante el llamado Terror Blanco, oficiales y hombres que habían peleado por él fueron cazados y ejecutados sin juicio, por petición expresa de Lord Liverpool, el Primer ministro británico, que estaba determinado a desatar una venganza fanática contra todo natural francés que se hubiera atrevido a apoyar a Napoleón.

Sabemos de Trafalgar y Waterloo, pero ¿cuántos británicos saben esto?

Napoleón encarnó el principio de que el individuo importaba, que las carreras tenían que estar abiertas al talento y no debían corresponder solamente a los privilegiados de alta alcurnia y a los adinerados. Era este un anatema para la clase gobernante británica y sus contrapartes, la aristocracia francesa que se aferraba al principio del Derecho Divino de los reyes. Para ellos no existía una cosa como los Derechos del Hombre, sino sólo los Derechos del Poder.

Como consecuencia de la diseminación de la doctrina de la democracia tras la Guerra de Independencia estadounidense, la Revolución francesa de 1789, el tañido fúnebre de los privilegios feudales, provocaría una reacción furiosa de parte de las cortes de Europa. Harían lo que fuera para cortar de raíz el concepto de libertad individual en el capullo. Por consiguiente se hizo causa común contra la figura de proa de las nuevas ideas – Napoleón. Los formidables sobornos pagados en secreto por el gobierno británico a las potencias extranjeras para incitarlas a las guerras contra Francia ciertamente ayudaron a lo largo del proceso.

En la Francia napoleónica, el ascenso era posible para la gente dotada, cualquiera que fuera su rango. El Emperador era un pragmático. Incluso abrió las puertas a cientos de aristócratas emigrados (2) para que volvieran a Francia si estaban dispuestos a servirle. En el proceso recibió sin saberlo a sus futuros asesinos.

Al francés promedio le fue mucho mejor bajo el reinado de Napoleón de lo que les había ido nunca con los Borbones. Napoleón restauró la paz en Francia; su Concordato con el Papa restableció el Catolicismo como religión de la mayoría de los franceses; su Código napoleónico instituyó un cuerpo de leyes que confirmó los derechos de propiedad de los millones de campesinos que habían ganado tierra después de la revolución – es aún hoy, en nuestros días, la base del sistema legal francés.

Sus soldados le adoraban. Uno sólo tiene que leer las memorias del Sargento Bourgogne y del capitán Coignet para verlo. Bajo el mando de Napoleón, cada soldado creía que había un bastón (3) en su cartuchera. Cualquier cosa era posible, lo habían visto suceder. Hombres de orígenes humildes como Ney y Murat se convirtieron en mariscales, príncipes, incluso reyes. El carisma personal de Napoleón era casi mágico. Cuando era un muchacho, Heine, el poeta alemán, le vio. Luego escribió: «Su semblante era de la complexión que hallamos en las cabezas marmóreas de griegos y romanos.

Napoleón apoyó la industria francesa y proporcionó estabilidad política tras el caos de la revolución. Como resultado, los campesinos y la clase media prosperaron y Francia volvió a ser nuevamente una gran nación. En comparación con los tiempos de la vieja realeza, al pueblo francés nunca le había ido tan bien.
¿Qué más tenía Europa que ofrecer?

En Inglaterra, Old Farmer George, el rey loco Jorge III, pasaba su tiempo dando apretones de manos a los árboles y hablándoles. Su hijo «Prinny» («el escandaloso»), el Príncipe Regente, se convenció a sí mismo de que había comandado la carga de Waterloo, cuando la única munición que había ordenado era la que estaba destinada a la mesa, para la cena. Era odiado por el público británico por la manera como trataba a su mujer, la princesa Carolina, de la que estaba separado. Los miembros de la realeza inglesa vivían en su propio mundo, ajenos a la miseria de los británicos ordinarios en un tiempo de carestía económica y de depresión.

A Wellington le faltaba caballería en Waterloo porque los políticos en Whitehall dependían de las tropas montadas para mantener al pueblo sometido en Gran Bretaña e Irlanda. De hecho para entonces estaban más preocupados sofocando disensiones internas que derrotando a Francia. Unas 78 000 personas fueron transportadas a Australia en tan sólo nueve años, muchos apenas por haberse atrevido a cuestionar la manera como el país era gobernado.

Napoleón fue aclamado tres veces por medio de un plebiscito nacional en Francia. Nadie nunca votó por Luis XVIII, quien le sucedió. Si Napoleón se convirtió en el corazón y el alma de Francia, se puede decir que Luis fue su estómago. «Peso ligero» a nivel político, compensaba esta situación en un ámbito personal, pesando 310 libras (4). Dos veces regresó a Francia en los equipajes de los Aliados – lo necesitaba, ningún caballo lo hubiera aguantado. Bamboleándose, rengueaba, plagado de gota, y con su inclinación por los jovencitos rubios, pero no por ello estaba menos perplejo por el hecho de que la población prefería a Napoleón que a él.

Fue el siniestro hermano y heredero de Luis XVIII, Carlos, conde de Artois, quien empezó a urdir planes para el asesinato de Napoleón. D’Artois podía ejecutar «traidores» cada día de la semana y después todavía asistir a misa el domingo. Era un verdadero vástago de la vieja escuela.

Jorge IV de Inglaterra (1762-1830)
Príncipe regente de 1811 a 1820, rey de 1820 a 1830, extravagante y disoluto, era conocido como «Prinny». Cuadro de Sir Thomas Lawrence.

En 1792, con la bendición del gobierno de Pitt, d’Artois empezó a planear la restauración borbónica desde una base en Jersey. Vivían ahí 7 500 sacerdotes y emigrados y nobles, todos ansiosos por recobrar sus privilegios y sinecuras barridas por la Revolución. Ahí, en el mayor secreto, con el conocimiento de apenas unos cuantos hombres en el gabinete británico, d’Artois fraguaría sus temibles Chevaliers de la Foi (5). Este nido de espías y escuadrones de la muerte recibió la tarea de restaurar a Luis en el trono. Desde Jersey, navíos británicos podían desembarcar con facilidad agentes en el continente en la espesura de la noche.

Cuando Napoleón derrocó al Directorio en 1799, el asunto se tornó personal. El odio patológico de d’Artois por el «usurpador» corso no tuvo límites. Para él, Napoleón era el mal encarnado, «el anticristo».

Guerrillas realistas combatieron en Bretaña y Normandía y, cuando sus tropas fueron vencidas, Napoleón tuvo la magnanimidad de ofrecerle a uno de sus líderes, Georges Cadoudal, un cargo en el ejército. Cadoudal huyó a Jersey en vez de aceptarlo. Una vez ahí, organizó un complot para matar a Napoleón con una bomba.

El 24 de diciembre de 1800, el hombre de Cadoudal, Saint-Régent, abandonó una carreta de vino en la calle de Saint-Nicaise, en París. Se dejó a una niñita de trece años sosteniendo las riendas del caballo. Se suponía que Napoleón pasara por ahí camino a la ópera. Sin embargo, su cochero tuvo sospechas. Espoleando a sus caballos, pasó a la carrera junto al carromato. La gente que viajaba en los carruajes de atrás no fue tan afortunada. La inocente niña voló en pedazos, más de una docena más murieron, y más de doscientos transeúntes resultaron heridos. Cadoudal se escabulló regresando a Bretaña.

D’Artois había respaldado el complot. Su agente, d’Auvergne, quien era igualmente el comandante naval británico en Jersey, suministró la pólvora, el dinero para la operación, y el navío necesario para desembarcar a Cadoudal en la costa francesa – todo por órdenes de William Pitt. No se trató nada menos que de terrorismo patrocinado por el Estado.

Atentado de la Calle Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800
Este atentado fallido consistió en la explosión de una carreta repleta de explosivos colocada en la ruta del Primer Cónsul a la ópera. La máquina infernal estalló dos minutos después del paso del Primer Cónsul, hiriendo y matando a decenas de inocentes. Entre ellos, una niñita hecha pedazos a la que uno de los terroristas había cobardemente confiado la guardia del caballo, él también deshecho, que tiraba del vehículo.

Dos años después, durante la Paz de Amiens, el capitán d’Auvergne fue a París para encontrarse con compañeros agentes. Llevaba su uniforme británico en caso de que fuera arrestado como espía. Fue atrapado y encarcelado, pero cuando el embajador británico intervino, Napoleón lo mandó soltar después de un cuidadoso interrogatorio.

El Parlamento estaba en un completo alboroto. Napoleón había osado arrestar a un oficial británico provisto de un pasaporte válido en tiempo de paz. El embajador francés en Londres le sopló la verdadera razón del arresto de d’Auvergne a figuras políticas prominentes. Confrontados a la posibilidad de que d’Auvergne «cantara», el gabinete cayó en pánico. La idea de que el público británico pudiera enterarse de sus negociaciones ilícitas con d’Artois, que de hecho continuaban a pesar de la paz, los aterró. Así, con una deliciosa ironía, ¡Lord Liverpool se vio obligado a pronunciarse en el Parlamento en defensa de Napoleón! Tal vez sea esa la razón por la cual, después de Waterloo, estuvo determinado a mandar asesinar a cuanta gente que hubiera apoyado a Napoleón como fuera posible.

La carrera militar de Napoleón es bien conocida. Más de 250 000 libros han sido escritos sobre él, más que los que se han dedicado a cualquier otro individuo en la historia. Después de su derrota final, con una confianza mal depositada, se puso en manos de la justicia británica, buscando asilo entre sus costas. Había poco de esas preciosas libertad y justicia para los británicos comunes, menos aún la habría para el Emperador caído.

El rey Luis XVIII (1755–1824)
Por el barón Gérard (detalle).
 
El conde de Artois (1757–1836)
Cuadro de Henri-Pierre Danloux.

Traicionado por numerosos franceses a los que había elevado a la prominencia, Napoleón se entregó al capitán Maitland del HMS Belerofonte – «Billy Ruffian». Fue llevado a Torbay donde las multitudes llegaron de toda Gran Bretaña sólo para echarle un vistazo. No obstante, era imperativo ara el gabinete que no desembarcase. El público, mucho más noble que sus egoístas políticos, sentía simpatía por Napoleón y le hubiera permitido quedarse en Inglaterra. El 3 de agosto de 1815 un artículo fue publicado en The Times declarando que un Acta del Parlamento era necesaria para detener a Napoleón y otra sería necesaria para confinarle en una colonia británica. Asustado por este creciente apoyo, Lord Liverpool dio la orden de que se transportara a Napoleón a Santa Helena a bordo del HMS Northumberland. Con él iba un cierto conde de Montholon.

Montholon se había incorporado al servicio de Napoleón después de Waterloo y pidió compartir su exilio. Era, de hecho, el agente de d’Artois, y asesino en su mente.

La muerte de Napoleón debía ser vista como un accidente. Cualquier acción obvia hubiera llevado a esparcir la insurrección en Francia y, de por sí, cuestiones sumamente embarazosas estaban siendo planteadas en el Parlamento que ya estaba muy preocupado por el creciente movimiento republicano en Gran Bretaña. Así, Montholon empezó a alterar el vino de Napoleón con arsénico. La reacción natural del cuerpo es dispersar el veneno hacia donde hace menos daño, canalizándose a su cabello.

Montholon se las arregló para irse deshaciendo de la mayoría de los fieles compañeros de Napoleón ganándose por medio de artimañas el afecto del Emperador; pronto Montholon era la única persona en quien Napoleón confiaba. Su destino estaba sellado. Al decaer rápidamente su salud, Napoleón manifestó en su testamento: «Muero prematuramente, asesinado por la oligarquía inglesa y su sicario» (6). Hasta el final, nunca sospechó de Montholon. Murió el 5 de mayo de 1821, dejando a Montholon 2 000 000 francos en su testamento. Por última vez, Napoleón había sido traicionado por alguien en quien había confiado. Un mechón de su cabello fue tomado de su cadáver y a la larga terminaría en la sala de venta de Phillips, en Londres.

Una delegación francesa llegó a Santa Helena para reclamar el cuerpo de Napoleón en 1840. Cuando su tumba fue abierta los espectadores estaban atónitos. Los ojos invidentes de Napoleón los miraron a su vez, pues el arsénico que había envenenado al Emperador también había preservado su cuerpo. Sus restos yacen ahora en un espléndido mausoleo en París.

En junio de 1994 el Profesor Maury de la Universidad de Montpelier anunció que tenía la confesión escrita de Montholon del asesinato de Napoleón. Esto corrobora los hallazgos del Dr. Sten Forshufvud, y Ben Weider. Exámenes realizados en pruebas de cabello de Napoleón en la Universidad de Glasgow revelaron las huellas del arsénico (7).

¿Acaso el cadáver de Napoleón continúa con su victoria sobre la muerte aún en nuestros días? Si un mechón de pelo cuesta £3 680, una intrigante pregunta sobresale - ¿cuánto vale su cuerpo? Tan sólo la firma de Napoleón se vendió en £150 en 1995 y su valor se incrementa cada año. Sus logros sin embargo, necesitan ser reconsiderados y revalorados.

NOTAS:

1) El título de este ensayo en su lengua original se basa tanto en la sonoridad de los vocablos como en un juego de palabras imposible de traducir literalmente, a saber «Hairsay and Heresy», «“Lo que dice el cabello” y la herejía», aproximadamente.
2) Los absurdamente llamados ci-devant, es decir «hasta aquí» nobles por los revolucionarios.
3) Los bastones del mariscalato.
4) 140 kilogramos.
5) Los «Caballeros de la Fe» era una sociedad secreta fundada en 1810 con el fin de restaurar la monarquía legitimista. Tras la caída del Imperio, la sociedad no tenía ya una verdadera razón de ser, por lo que los Caballeros dejaron la militancia armada transformándose en una facción parlamentaria de ultra-realistas. Sin embargo, terminarían desapareciendo poco después, tras su total dispersión en 1826.
6) El sicario: Sir Hudson Lowe.
7) Múltiples exámenes han sido efectuados desde los experimentos de la Universidad de Glasgow (1960). Una reseña cronológica completa de los diferentes hallazgos realizados desde entonces puede ser estudiada en detalle en nuestro Expediente especial sobre el envenenamiento de Napoleón, siendo los más importantes los revelados por el Dr. Pascal Kintz el 2 de junio de 2005, en Illkirch-Graffenstaden. En efecto, el Dr. Kintz, Presidente de la Asociación Internacional de Toxicólogos de Medicina Forense, determinó la naturaleza exacta del tóxico hallado en cantidades masivas en el cabello del Emperador y suministrado a éste último de manera regular durante un lapso de cinco años: arsénico mineral, el más tóxico existente, mejor conocido como «raticida».