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Francósfera México-Francia
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
“Canal Académie”, primera radio académica francófona en Internet.
LAS POSIBILIDADES DEL FRANCÉS
Instituto de Francia.
Por S.E. el Príncipe
GABRIEL DE BROGLIE
CANCILLER DEL INSTITUTO DE FRANCIA
Comendador de la Legión de Honor, Caballero de la Orden Nacional del Mérito, Comendador de las Artes y las Letras,
Comendador de las Palmas Académicas
© Foto Brigitte Eymann - Institut o de Francia.
S.E. Gabriel De Broglie
Traducción de Marta Gegúndez García, presentada con su amable aprobación.
Francósfera México-Francia
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Las lenguas están en el mundo como el agua en nuestro planeta, móvil pero activa, informe pero elástica. Si se someten a relaciones de fuerza, no son estas las que rigen las relaciones entre los Estados. Así, la globalización trae consigo un movimiento general de las lenguas, con corrientes ocultas, mareas, una deriva, pero sabemos poca cosa de las leyes que, de existir, gobiernan el movimiento. ¿Está nuestro mundo en vías de unificación lingüística o, al contrario, de fragmentación o bien de coagulación?
¿Queremos ejemplos de estas incertidumbres? Las sociedades eruditas inglesas se preocupan: al mismo tiempo que se extiende a la escala del planeta, el inglés se latiniza y pierde la riqueza de su vocabulario anglosajón. En Brasil, un lingüista declaraba que una de las consecuencias notables de la Internet era permitir la salvaguardia de las lenguas de todas las tribus de la Amazonia. En Europa, en el momento en que la expansión se presentaba como un incremento del poder, el gobierno español pidió que se reconozcan como lenguas oficiales de la Unión cinco lenguas: el castellano, el catalán, el valenciano, el vasco y el gallego. De igual modo, la directiva Bolkestein, destinada a unificar el mercado de servicios, acabaría en realidad por aislarlo, manteniendo las prestaciones bajo el régimen del país de origen, incluso en materia de lengua.
En Francia, finalmente, donde somos tan celosos de la difusión de nuestra lengua, ¿a quién se le informó que la primera escritora laureada con el Premio Holberg que Noruega acaba de crear por imitación del Premio Nobel, dotado con medio millón de euros, era francesa, Julia Kristeva, por Meurtre à Byzance (Asesinato en Bizancio)?
Estas imágenes aproximativas muestran que el movimiento de las lenguas reviste aún un carácter misterioso que la lingüística histórica no hace sino describir a posteriori, pero que se antoja explorar lanzando una mirada prospectiva y tomando en consideración principalmente a la lengua francesa.
La pregunta puede entonces plantearse así: ¿bajo cuáles condiciones puede una lengua, la lengua francesa, proseguir su desarrollo? De manera más general, ¿hay leyes que rigen el movimiento de las lenguas en el mundo?
Hay que buscar embriones de respuestas en tres direcciones que tomaremos sucesivamente: considerando la lengua como un instrumento de poder, considerando la eficacia de una lengua, y luego su difusión.

LAS LENGUAS Y EL PODER

La historia enseña como una ley muy general que el desarrollo de una lengua va en función del poder político, militar y económico del pueblo que la habla. Las grandes lenguas están ligadas a la suerte de los imperios.
Sin remontarnos más atrás, el latín borra al etrusco y suplanta al griego en el momento en que Roma extiende su dominio por regiones cada vez más vastas más allá del Lacio. De manera inversa, el latín declina con la caída del Imperio Romano, da vida a las lenguas latinas y se une al griego entre las lenguas muertas.
Siglos más tarde, tras una competencia bastante áspera entre el español, el italiano y el francés, este último gana y se afirma como la lengua principal en Europa en el momento en que Francia se impone como la nación más poblada, el país más centralizado, el reino más rico y más prestigioso, con el ejército más poderoso.
Se construye el francés clásico, por cierto, a todo lo largo del siglo XVII, como un instrumento para la gloria del rey de Francia. La fundación de la Academia Francesa corona las gestiones de los gramáticos y los juristas al servicio del poder real. La dedicatoria del primer diccionario de la Academia Francesa en 1694 no deja duda alguna a este respecto.
Fuera de Europa, la colonización contribuyó a la expansión de las lenguas europeas. El inglés se benefició de ello más que el francés porque las colonias inglesas fueron colonias de población transformadas en nuevas Inglaterras, mientras que las nuevas Francias, que eran igualmente importantes en América del Norte, fueron barridas por el retroceso político en el siglo XVIII. El siglo XIX le dio a Francia un segundo imperio colonial cuyas zonas coloreadas en rosa en el mapamundi marcan la extensión actual de la lengua francesa en el mundo. La victoria de 1918 y el lugar de Francia entre los vencedores en 1945 permitieron mantener esa presencia lingüística, como también fue el caso con el inglés, el español y el portugués, a diferencia del alemán, el italiano y el japonés.
¿Qué mejor ilustración del vínculo histórico entre poder político y lengua?
La situación actual de las lenguas en el mundo se determina, aún más profundamente, por fenómenos de poder.
Una superpotencia domina al mundo, militar, económica, financiera y diplomáticamente. Su lengua se impone en los asuntos multinacionales, los transportes, los estados mayores, las finanzas, la publicidad, las organizaciones internacionales y la diplomacia. Esta lengua vehicula imágenes, héroes, usos, en fin, un modo de pensar que se extiende en todo el planeta. Ejercen un dominio que es más fuerte que si fuera político, porque es a la vez económico y cultural, y conduce a lo que algunos denuncian como un neocolonialismo.
Este dominio suscita muchas preguntas. En primer lugar, es el resultado de una voluntad política. Un dominio lingüístico no se establece por sí solo, ni en función de los datos concretos solamente. Todas las potencias tienen una política lingüística y las que lo reconocen menos abiertamente tienen la más determinada. Sin ceder a una obsesión antiestadounidense, hay que señalar que los Estados Unidos de América tienen una política lingüística muy decidida, aplicada no solo por el poder federal, sino por todas las principales agencias gubernamentales, por las fundaciones y las universidades, por los grandes negocios que siempre están vinculados al poder.
En segundo lugar, las técnicas modernas de comunicación, cine, medios masivos, nuevas tecnologías, dan al imperialismo lingüístico medios de propaganda, de presión, de seducción nunca reunidos en el pasado. De allí la idea que nos viene del Imperio Romano, de una lingua franca que se impondría de manera universal, para el mayor beneficio y progreso de la humanidad. Esta idea está tan bien presentada que encuentra tantos partidarios entre los dominados como entre los dominadores.

¿UNA LENGUA UNIVERSAL?

La idea y, para algunos, el sueño, ¿se están realizando? No lo creo. No veo al mundo en vías de unificación lingüística. Pienso incluso que el concepto de una lengua universal es una idea cientificista de fines del siglo XIX superada hoy en día. Ninguna de las dieciséis lenguas artificiales que se pretendieron universales se ha implantado en un uso perceptible.
¿Está sustituyendo el angloamericano a las lenguas artificiales en su ambición de universalidad? Tampoco, y por varias razones. Para empezar, la lengua de uso, o «dialecto de transacción» como decía Chateaubriand, que sirve para los turistas, los comerciantes o los expertos durante sus contactos internacionales, es una lengua pobre cuyo vocabulario se cifra en doscientas o quinientas palabras, y que no puede sustituirse a las lenguas completas de las naciones ni dar todas las precisiones y los matices de intercambio intelectual de diferentes esferas lingüísticas. Más allá de las simples convenciones utilitarias, la traducción sigue siendo indispensable. Por otra parte, los Estados Unidos de América mismos no están, en su territorio, en vías de unificación lingüística, y las lenguas minoritarias, sobre todo el español, se están desarrollando en él. Finalmente, las lenguas de todas las grandes naciones están en expansión numérica y ninguna da signos de decadencia. La lengua más hablada es el chino mandarín, por mil millones de personas. Después viene el hindi, hablado por cerca de 500 millones de personas. Todas las grandes naciones muestran una gran solidez lingüística. Alemania y España se dotaron de una legislación lingüística. El Parlamento ruso estudia un régimen inspirado en la Ley Toubon. Japón preserva su lengua, al igual que la nación árabe dispersada, cuya lengua literaria es escuchada por trescientos millones de personas.
Pero si el mundo no está en vías de unificación lingüística, es sobre todo gracias a la vitalidad de las grandes lenguas internacionales, que son cuatro, el inglés, el francés, el español, el portugués, a los cuales se unirán quizás el ruso y el chino. Para acceder a ese rango, estas lenguas deben presentar características que les permitan conservar su vocación de comunicación mundial: lengua hablada por una población suficientemente numerosa, apego de los hablantes a su lengua, vocabulario y neología vivos que permitan designar todas las nociones y realidades nuevas a medida que aparezcan, lengua de intercambio para una proporción suficiente de la actividad económica, lengua hablada en varios continentes, presencia en todas las redes modernas de comunicación, vehículo de una cultura cuya difusión es universal.

EL CASO DEL FRANCÉS

Se observará que la mayoría de estas características son de orden material. El francés las reúne todas, junto con el inglés. A la escala del planeta, nuestra lengua no se encuentra en la situación alarmante que algunos denuncian a veces. El francés nunca ha sido hablado por un número tan grande de hablantes como hoy. Los francófonos reales se cuentan en 110 millones, los francófonos ocasionales en 60 millones, y los francófilos, que tienen nociones de francés, en 110 millones. Los francófonos están dispersados por los diferentes continentes. La calidad promedio del francés escrito y hablado — ¿qué significa la calidad promedio de una lengua? —, se sitúa en un nivel mejor, en el plano internacional, que el de todas las demás lenguas, mejor en nuestro territorio que el que estaba en uso hace un siglo. Nuestra lengua se deforma poco, evoluciona, se enriquece en los campos científicos. El francés se habla además, con frecuencia muy bien, por elites extranjeras que le conservan a nuestra lengua parte de su antiguo y reconocido estatus de lengua de las relaciones internacionales. Esto la coloca en el segundo lugar de las grandes lenguas mundiales, aun si, por número, ocupa un lugar detrás del español y otras lenguas asiáticas.
Pero el francés mantiene, además, el lugar de antigua lengua dominante. Vivimos en la nostalgia del «tiempo en que Europa hablaba francés», del mundo en el que los dirigentes se expresaban en francés, de las épocas antiguas en que primero Inglaterra, y luego la mitad de la América del Norte hablaron francés. Conservamos las heridas de las fechas que marcaron el declive progresivo del francés, 1763 en América, 1800 en Inglaterra, 1918 a pesar de la victoria, 1943, 1973 con la entrada de Gran Bretaña en el Mercado Común. Tenemos la tendencia a atribuir estas regresiones a malos golpes de fortuna o a un pretendido sentido de la historia. Pero, en realidad, nos cuidamos bien de aplicar a la lengua los criterios y las condiciones del desarrollo sostenido. La primera de esas condiciones es demográfica. En efecto, el desarrollo de una lengua se garantiza en primer lugar por el número creciente de sus hablantes. Ahora bien, la demografía francesa no ha dejado de debilitarse desde mediados del siglo XVIII, y nunca hemos establecido, salvo en Quebec, poblaciones de ultramar. Los quebequenses contemporáneos, quienes han establecido la supervivencia y el desarrollo de su lengua-nación en una nueva ciencia que profundizan incesantemente, la demolingüística, han comprendido bien la lección.
Quizás sea a esta situación de lengua destronada a la que los franceses deben la acritud, el despecho que experimentan con respecto a la preponderancia de lo angloamericano.

ECONOMÍA Y TECNOLOGÍA

La situación objetiva puede explicar nuestra nostalgia, pero no justifica nuestro derrotismo. Ni los datos de la economía ni los de la tecnología conducen al triunfo de una sola lengua y a la unificación lingüística del mundo.
Las leyes de la economía no parecen tener un efecto único sobre la lengua. La investigación, la ciencia, la alta tecnología favorecen quizás, bien lo vemos, el empleo de una lengua común. Esto es mucho menos cierto en cuanto a los procesos de producción, la gestión de los recursos humanos. Ya no lo es en modo alguno en cuanto al comercio, la distribución de los productos. Las sociedades multinacionales encuentran, al contrario, en la diversidad lingüística de sus mercados no un obstáculo, sino una carta de triunfo suplementaria que les permite adaptar sus productos y sus circuitos a los diferentes mercados mejor de lo que pueden hacerlo las empresas que no tienen su dimensión.
Nos preguntamos sobre el devenir del Mercado Común transformado en Unión Europea. ¿Está llevando a nuestras viejas naciones a una fusión lingüística? El Tratado de Roma es mudo en lo relativo a las lenguas. El Tratado de Maastricht proclama el principio de la diversidad cultural como lo hace la Constitución sometida a nuestra ratificación. La diversidad lingüística de Europa es constitutiva de la Unión y, por lo tanto, de la pertenencia de los miembros a dicha Unión. No es más evitable que la diversidad de la historia, de las culturas e incluso de la geografía de Europa. Si el objetivo económico es crear un mercado único, la traba principal no reside en las lenguas, sino en los ríos y las montañas, que nadie pretende eliminar.
¿De dónde vienen pues estas cuestiones que resurgen sobre las lenguas de trabajo, del etiquetaje de los productos, de la lengua de las patentes?
Periódicamente, una iniciativa torpe de la Comisión o de un país de lengua no latina revive un debate que ya ha sido zanjado. Francia protesta y sus interlocutores la dejan subir sola a la almena, sabiendo que es la mejor defensora de un principio al cual se adhieren veintitrés de los veinticinco miembros de la Unión, el plurilingüismo, sabiendo también que todo aquel que desconociere la diversidad lingüística de Europa estaría en desventaja económica, conduciría por el contrario a un empobrecimiento no solo cultural, y a conflictos lingüísticos por demás inútiles.
¿No vienen otras leyes recientes a combatir la gran dispersión lingüística en la cual vive el mundo hoy, me refiero a las nuevas tecnologías de la comunicación? El cine, la televisión y el disco se han utilizado como puntas de lanza para la penetración estadounidense, lengua y modo de vida, en el conjunto del planeta. Francia, también ahí, resiste. Estimula su cine nacional, que ocupa un muy confortable segundo lugar entre los cines de las grandes naciones, ha impuesto a las televisiones públicas y privadas un régimen de programas de expresión original francesa, única en el mundo junto con Quebec.
La revolución de la informática representó una amenaza de otra magnitud, pero no solo para el francés, puesto que la informática es un lenguaje numérico, binario, que hace retroceder a la lengua, a todas las lenguas.
La revolución de la Internet modelará más profundamente el mundo de las lenguas del mañana. La Internet es una invención estadounidense. El 80% de los mensajes transmitidos por la red de redes está en inglés y llegan en un 80 % a los Estados Unidos de América. Del 20 % restante, el francés representa alrededor del 5 %; tanto como el alemán actualmente, pero es una proporción que tiende a crecer. Puede presentarse así la situación de otra manera, indicando que el 50 % de los usuarios no son anglófonos de nacimiento y que el francés representa al 10 % de los usuarios en una lengua diferente del inglés. La Internet acentúa, para este modo de comunicación, la preponderancia de la economía estadounidense, ya que representa enormes cifras en el flujo de la red, traduce la importancia de la lengua inglesa en los mensajes, y la débil presencia del francés, debida al número insuficiente de francófonos enlazados y a la escasa utilización que hacen de la misma.
Pero con respecto a la informática, la Internet revierte la situación. No se sustituye a lo escrito, pero le proporciona un nuevo modo de transmisión, individual y colectivo a la vez, de masas y dirigido. Ofrece pues a las lenguas globalmente, es decir a todas las lenguas, sin privilegiar a ninguna, un nuevo uso, nuevas perspectivas de empleo: edición, traducción, reproducción, correspondencias, simples mensajes utilitarios, con lo que, por consiguiente, abren entre ellas un nuevo campo de competencia.
Si se suman todas las nuevas técnicas de comunicación, se observa que la sociedad de la información en la cual vivimos reduce globalmente el lugar de las lenguas, de las que nos servimos cada vez menos. La imagen, el icono, la informática personal, los múltiples usos de la Internet como herramienta han reemplazado en un gran número de circunstancias el uso de las lenguas.
Al mismo tiempo, gracias a la desmaterialización de los servicios numéricos y a la flexibilidad infinita de la Internet, las leyes de la estandarización ya no están en juego. Toda lengua puede preservarse de ahora en adelante, incluso las de las tribus de la Amazonia. Pero muchas lenguas ya no están suficientemente perfeccionadas, o completas, para seguir el progreso de la sociedad de la información. A este respecto, las grandes lenguas internacionales ven sus posiciones respectivas estabilizadas y consolidadas. El francés, al mismo título que las demás lenguas, se beneficia de esta ventaja adquirida.

LA EFICACIA DE LAS LENGUAS

En realidad, no hay fatalidad en materia de lengua. Los marxistas convinieron en que el materialismo histórico no se aplicaba en este campo. El movimiento de las lenguas no se rige solamente por los fenómenos de poder, la riqueza de los imperios, la fuerza de las leyes.
Depende también de los caracteres propios de cada lengua, de su eficacia como lenguaje. «La grandeza de Roma, se ha escrito, le debe más al latín que al éxito de las armas». El francés, desde ese punto de vista, sucedió al latín. ¿Cuándo, por qué, cuánto tiempo?
El francés, reconocido desde el siglo IX como la lengua romance más alejada del latín, siempre ha evolucionado. Pasó por periodos de gran inventiva, primero en los siglos XV y XVI, en los que los escritores crean libremente sus idiolectos, en los que la creación léxica se desencadena a través de la búsqueda de sinónimos, de préstamos extranjeros, de la creación de nombres con el verbo o con el adjetivo, de la simplificación de la ortografía. Después, en los siglos XVII y XVIII, pasa por un periodo de depuración, de codificación, de búsqueda de la elegancia. En el siglo XIX, la lengua escrita se fija gracias a los diccionarios y a la enseñanza, pero el vocabulario, la sintaxis y la versificación se enriquecen, se diversifican. En el siglo XX, el francés se fija y se libera. Veamos cuál es su situación hoy en día.

LA SITUACIÓN ACTUAL DEL FRANCÉS

El francés es la lengua única y unificada en uso en Francia. Es una situación excepcional en el mundo, y reciente. La comodidad de los franceses con su lengua data de hace noventa años. Hay pocas diferencias entre los niveles de la lengua, materna, popular, oficial, de cultura. A través del mundo, también, el francés se deforma poco, mucho menos que el inglés y el español. Nuestra lengua está normalizada, institucionalizada y fijada. El vocabulario se retracta. Hay, ciertamente, préstamos del inglés, pero menos que hace cuarenta años. La creación de neologismos, de expresiones nuevas, es una necesidad para expresar todas las realidades nuevas, que el francés no satisface sino con esfuerzo y timidez. El francés hablado conoce libertades que, a veces, provienen de un perfeccionismo o de un esnobismo. Así, el pretérito y el imperfecto del subjuntivo tienden a desaparecer, pero se observa un exceso de subjuntivos ahí donde no harían falta. Se privilegian los verbos de la primera conjugación porque son más fáciles de declinar. La inversión interrogativa desaparece también, al igual que el ne de negación, mientras que la palabra pas se utiliza aun cuando es inútil. La concordancia del participio pasado se maneja con creciente torpeza, con frecuencia por exceso. Una mujer dirá así a un hombre: «Je vous ai comprise.» («La he comprendida.»)
La ortografía conoce quizás el deterioro más grave. No es que afecte a la lengua escrita cuidada. Fuera de algunas curiosidades, de palabras raras y de algunas dificultades como la duplicación de consonantes, la ortografía francesa no es más difícil que cualquier otra. Pero ya no se enseña y las nuevas generaciones simplemente la ignoran. Esto dice mucho sobre su conocimiento de la gramática, de la cual la ortografía no es con frecuencia sino la traducción.
Se observarán además algunas degradaciones del francés hablado: el abuso de las locuciones de espera sin significación, como bon, alors, quoi, ben, heu, donc, et puis, enfin (bueno, entonces, qué, bien, eh, luego, pues, en fin). La tendencia a abreviar los nombres de más de tres sílabas; el abuso de las siglas, la formación de palabras con los prefijos anti-, cyber-, néo-, post-, pré-, pro-, etc., sin llegar hasta el horrible e- ; o de los sufijos aproximativos como -isme para la palabra abstracta, o -erie para la concreta.
La pronunciación evoluciona también al mismo tiempo que los acentos regionales se difuminan. Al principio de las palabras, frecuentemente se suprimen las vocales, al final, por el contrario, aparece un acento tónico, o incluso la añadidura de una -e acentuada: bonjoure. Las consonantes finales casi siempre se pronuncian, but, août. Las concordancias (liaisons) se hacen al azar, se omiten o son incorrectos, la h aspirada tiende a desaparecer.
Este panorama de los usos actuales no intenta ser completo. Se observará que no incluí en él la aparición de los argots, del verlan o habla al revés, de los sufijos -os, del lenguaje de la periferia de la ciudad. Los clasifico, una vez más, entre los códigos que siempre han existido y que no afectan la lengua. ¿Qué juicio global emitir? A pesar de lo severo que pueda uno mostrarse, el francés no pierde sus cualidades, que siguen siendo reconocidas, fuera de la esfera francófona, y a ese título adquieren más valor.
¿Las cualidades del francés? Quizás no sea el lugar para recordar, tras Boileau, Rivarol y tantos otros, que la cualidad principal que tal vez contenga todas las demás es la claridad. El francés no solamente es claro, tiende a la especulación, a la demostración, al mandato y a la síntesis. Ello se debe a algunos caracteres indefinidamente celebrados: el orden directo de la oración, que procede de lo particular a lo general, de lo que rige la comprensión y a lo que se deriva de ello, el equilibrio entre el nombre que expresa las formas fijas y los conceptos y el verbo, que expresan las formas en movimiento y la acción. Esto se debe a la riqueza de los verbos franceses en tiempos, modos, formas, a la fuerza de las conjunciones, a la precisión de su vocabulario abstracto, a su sintaxis indestructible.
En cuanto a la ventaja que da a la estabilidad sobre el movimiento, a la razón sobre los sentimientos, a la institución sobre la intimidad, al orden sobre el desorden, a lo vertical sobre lo horizontal, el francés ofrece la herramienta más evolucionada al servicio de la actividad intelectual.
Pero esta herramienta no es la única, hay otras, hay otra, el inglés, que es más fácil, más corto, que está mejor adaptado al mundo de la economía, de la empresa. Hay que hacer prevalecer la simplicidad sobre la forma, la rapidez sobre la concisión, el intercambio sobre el análisis, la comunicación sobre la declaración. De allí la inevitable interrogación: ¿no corresponde el francés a un momento rebasado de la civilización, son convenientes sus cualidades para nuestra sociedad tecnológica, de confort, de consumo, de permisividad?
El francés presenta otra cualidad, modelada también por su historia, pero que posee todo su precio en el mundo en que vivimos: no es opresor, ni siquiera imperialista. En el pináculo de su poder, jamás ha combatido ni eliminado las lenguas extranjeras, su vocación ha sido siempre y continúa siendo, al contrario, la coexistencia, la complementariedad, el paso de una cultura a otra, de una concepción del mundo a otra. Tras haber sido la lengua de las cortes y la de la Revolución, la lengua de la herencia y de los derechos del hombre, el francés se ha vuelto, en unos decenios, el cimiento de una de las redes importantes del planeta, la francofonía.
La francofonía designa a la vez el hecho de hablar francés, el conjunto de quienes lo hablan, las instituciones creadas para este propósito y la forma de pensamiento que engendra la práctica colectiva del francés. Cubre un sistema de enseñanza, una red de universidades, una literatura, una canción en lengua francesa, pero también intercambios en los medios masivos, una cooperación en los campos de la economía, de las profesiones, de la tecnología, e incluso un estilo de administración, un tipo de ciudadanía, de costumbres sociales, de viajes, de ocios. Esta red es densa y cálida, pero está cada vez más desequilibrada y no es suficientemente generosa, en todo caso por parte de Francia. Por cierto, es más bien un entramado de francofonías diversas, la americana, la caribeña, la árabe, la magrebí, la africana al sur del Sahara, la oceánica, que establecen entre ellas relaciones múltiples, no necesariamente en ramificaciones ni en pleno. El número de interlocutores va en aumento (55 países en la cumbre de Beirut) de los cuales no necesariamente todos tienen «el francés compartido», según la bella definición de la francofonía, sino que son atraídos por una solidaridad que no es solamente lingüística y que corre el riesgo de disolverse en una forma de resistencia a la globalización. El conjunto es pobre, está amenazado y con frecuencia es tímido, pero reacciona con vigor, está en vías de expansión numérica, de desarrollo institucional y de consolidación.
El francés no solamente abre las vías de la francofonía. Facilita el acceso a todas las lenguas y el intercambio entre ellas. Lengua abierta, favorece la similitud entre una lengua y una cultura, contrariamente a otras lenguas más cerradas. Capta y desarrolla la simpatía entre las culturas. Se la busca por su aptitud para el diálogo, los traductores la aprecian como la plataforma mejor concebida, el puente más seguro para las traducciones, incluso para aquellas de una lengua extranjera a otra.
Así se afirma la modernidad de la lengua francesa, su vitalidad y aun su necesidad, tan bien demostrada por Léopold Sédar Senghor, retomada con igual convicción por Salah Stétié en un bello texto recientemente publicado: Le Français, l’autre langue (El francés, la otra lengua) ¹.
Las cualidades de la lengua francesa garantizan pues su desarrollo sostenido en el mundo de hoy. Pero falta, para elaborar la metáfora, que la inversión que representa la riqueza del francés sea objeto de un mantenimiento suficiente.
El mantenimiento de una lengua es primeramente su enseñanza. Se ha dicho todo acerca del fracaso de la enseñanza del francés en Francia. El primer grado fabrica una proporción alarmante de iletrados, que siguen siendo, en el segundo grado, incapacitados del francés, incapacidad que no les impedirá acceder a la enseñanza superior, pero de la cual nunca se recuperarán.
Desde 1984, a bruscos accesos de firmeza ministerial que proclaman la necesidad de un restablecimiento siguen largos periodos de renuncia: lectura, escritura, gramática, ortografía, pronunciación, aquello que generaciones de pequeños del medio rural aprendían bien hace un siglo, ¿no pueden enseñarlo actualmente profesores, más numerosos y con formaciones más largas? ¿Son capaces de hacerlo, tienen ganas de hacerlo, o la composición de las clases hace insalvable la dificultad? Ahí está el principal tema de preocupación, la principal amenaza contra la permanencia del francés.
El escándalo es tanto más grande cuanto que el francés se enseña fuera de Francia, como lengua materna, lengua de enseñanza o lengua extranjera, por 100 000 profesores de francés repartidos en 118 países, reagrupados en 180 asociaciones y una muy dinámica Federación Internacional. Estas enseñanzas están lejos de ser alcanzadas por la misma esterilidad. En lugar de meditar acerca de disciplinas estimulantes y la reforma de los métodos pedagógicos, en ellos se aprende sencillamente el francés, y un poco de literatura francesa por añadidura. Por otra parte, numerosos maestros franceses participan de manera muy apreciable en esta enseñanza, sea directamente, sea con asistencia en la formación de los maestros. Pero la inversión más rentable, por mucho, consiste en la presencia de los liceos franceses en las ciudades extranjeras importantes, porque forman las elites del país o de los extranjeros residentes en ellos. Hace veinte años, se pensaba en cerrar tal o cual de esos liceos ¡para enviar al extranjero transmisiones de televisión! ¡Era vender las joyas de la corona para lanzar un mal fuego de artificio!
Con las universidades, la cooperación adquiere otra consistencia. Se vuelve búsqueda en común, emulación enriquecedora entre los departamentos de literatura francesa y en otras disciplinas. Es de lamentarse que esos trabajos no estén suficientemente preparados ni seguidos por intercambios de profesores o de becas para estudiantes en Francia.
El mantenimiento de una lengua implica también su difusión por todos los medios de comunicación. Aunque esta misión se aseguró en el pasado brillantemente, los esfuerzos actuales, que son importantes, dan la impresión estarse sofocando. Entre los centros culturales de las embajadas, las Alianzas Francesas, las giras de las compañías teatrales, conciertos, conferencias, las grandes exposiciones, el envío de películas de cine, emisiones de televisión, libros, publicaciones periódicas, la panoplia está completa, pero no es seguro que alcance a la masa crítica en cada caso. Por ejemplo, ¿cómo hacer que se proyecten películas francesas en las salas de Estados Unidos? Del mismo modo, ¿por qué los periódicos franceses en todas las grandes capitales son los peor distribuidos de toda la prensa internacional? Es cierto que el satélite difunde en Francia más de noventa cadenas francófonas. También es cierto que globalmente, las películas francesas han conocido recientemente récords de afluencia, en Francia y en el extranjero, y que las aportaciones extranjeras en las coproducciones se han desarrollado. El mantenimiento de la lengua pasa también por su presencia en los nuevos medios. ¿Cómo generalizar el acceso de los franceses a la Internet? Asegurando un acceso libre y sometido a la competencia, evitando desfavorecer los sitios instalados en Francia por una reglamentación de excepción que no estuviera coordinada con la de los demás países europeos y por consiguiente sin efecto práctico, asegurando que las normas técnicas y las prácticas de los principales empresarios no tiendan a constituir monopolios no europeos, generalizando el acceso a la Internet por incitación del Estado y de las colectividades locales, movilizando para tal fin no solamente a France Télécom sino también a EDF, cuya red eléctrica podría, utilizando las corrientes portadoras en línea, distribuir la Internet en el interior de una instalación particular.

LAS INDUSTRIAS DEL LENGUAJE

Habría una tendencia a descuidar desde hace algún tiempo las perspectivas ofrecidas por las nuevas tecnologías de la información, a causa del exceso de engolosinamiento que conocieron precedentemente, del carácter abstracto y artificial de las «carreteras de la información», del estallido de la burbuja de la Internet, de la crisis del teléfono móvil clásico y de los beneficios sin límite en la telefonía móvil de tercera generación.
Las técnicas informáticas aplicadas a la lengua constituyen una aventura naciente, pero van a conocer grandes desarrollos. Permiten tratar los corpus de textos, de palabras, los léxicos, los diccionarios y toda clase de documentos, consultar los bancos y bases de datos, investigar y seleccionar las informaciones. Se extienden a la edición asistida por computadora, a los programas de corrección de la ortografía y del estilo, de ayuda a la redacción, de resúmenes automáticos, de generación de textos a partir de los resúmenes, a los programas de traducción automática y de traducción asistida por computadora. Han abordado sobre todo el campo del tratamiento vocal, es decir, el reconocimiento vocal de la palabra, del hablante, de la lengua, de las palabras, de los temas, el dictado automático y la firma vocal. Pero, en este último caso, ¡nos alejamos de la lengua para abordar los campos de los cheques bancarios o de las cerraduras sonoras!
Por el momento, estas industrias no afectan globalmente la salud de la lengua, pero dirigirán su empleo en el nivel mundial en el futuro y la situación respectiva de una lengua en relación con las otras para llegar, al final, a poner en tela de juicio su supervivencia misma como lengua internacional.
Estados Unidos está muy involucrado en las industrias del lenguaje, favorecidas por el muy vasto mercado del inglés, por el dinamismo de sus empresas, siempre apoyadas por los organismos oficiales. Invierte en múltiples aplicaciones que han tenido siempre salidas económicas, no solamente para el angloamericano, sino para las aplicaciones multilingües que le dan el dominio de los mercados exteriores. Los países asiáticos, Japón, Corea, China lo han seguido en este esfuerzo, por necesidad, para que la especificidad de sus lenguas no les cierre el acceso a los recursos lingüísticos mundiales. Europa aborda estas cuestiones con una mentalidad más desinteresada, con la presión del multilingüismo que, en este caso, es más una ventaja que un inconveniente, pero de manera dispersa, frecuentemente en competencia. Francia fue pionera en este campo, en lo referente al tratamiento oral de la lengua, y al escrito, con la obra monumental del Tesoro de la Lengua Francesa, envidiada en el extranjero y ahí copiada, hoy completamente digitalizada. Pero el esfuerzo no ha sido sostenido. Francia se ha retrasado, especialmente con respecto al alemán. Este retraso es tal que ya no puede presentarse sola ante el inglés. Quizás sea la lección más general que deberíamos sacar de este panorama. Debemos unir esfuerzos con nuestros principales interlocutores europeos, Alemania, España, Gran Bretaña, cuyos recursos de lenguaje son diferentes de los de Estados Unidos en cuanto a las industrias del lenguaje, jugar con las sinergias comunitarias y volver a poner en marcha los proyectos bien concebidos que se habían lanzado hace ocho o diez años.
Podría alargarse aún más la reseña del mantenimiento de la lengua. Sería darle a esta última un carácter demasiado mecánico, demasiado utilitario. El movimiento de las lenguas está ciertamente regido por consideraciones de poder y de eficacia, pero no solamente por ellos.

LA FRANCITÉ, LO FRANCÉS

Más allá de su poder y de su utilidad, una lengua posee una difusión. Es toda la historia de la lengua francesa desde hace cuatro siglos. Alcanzó muy pronto un grado de perfección, una edad de oro que hicieron pensar que escaparía al tiempo, al ocaso, a la rivalidad de las demás lenguas. La lengua se fijó con un brillo en constante renovación. Indiscutiblemente, ese brillo permanece. Si persistiera, como la luz de las estrellas que nos llega mucho tiempo después de que estas han desaparecido, ¿al cabo de cuánto tiempo lo sabríamos?
Para juzgar esta difusión de nuestra lengua, hay que distinguir los valores que expresa y el atractivo que aún ejerce.
Toda lengua expresa cierta visión del mundo. El francés expresa una visión general y diversificada a la vez, una visión alta y familiar. Si se busca caracterizar esos valores, debe hacerse progresar la noción de la francité. Es una hermosa palabra que Senghor habría preferido a la de francofonía, pero que es más abstracta. La francité designa la calidad, el ingenio de lo que es francés y el ideal que proponen la lengua y la cultura francesas. Precisemos aún más: ese ingenio, ese ideal consisten en una aspiración a lo universal, una comprensión de la alteridad, la coherencia intelectual, una búsqueda de seguridad en los intercambios del lenguaje, una exigencia de humanidad y de dignidad. Estos valores están unidos a la lengua francesa en la mentalidad de nuestros contemporáneos, más allá de los francófonos. Son actuales y corresponden al movimiento del mundo. Entran por una parte en la difusión de la lengua y, a pesar de tantas amenazas, le evitan flaquear.
El atractivo, también, persiste. Está ligado a la aptitud del francés para la creación. No es como amante de las letras que hay que juzgarlo, sino como observador imparcial. La cifra mundial de los tirajes en francés revela su atractivo, pero también la resonancia universal de la literatura, el lugar de la creación escrita en la identidad y lo simbólico de los grupos sociales, el diálogo entre los siglos debido al éxito literario, la consagración de la gloria literaria por el Estado. Esos caracteres originales le han permitido a la lengua francesa en el curso de los siglos amasar el más hermoso de los patrimonios literarios. El batallón de enormes escritores le proporciona al francés hasta alrededor de 1960 al menos una fuerza inmaterial y una irresistible atracción. Una encuesta conducida en seis países europeos hace ya algunos años había clasificado la popularidad en la opinión de los escritores más importantes. En cuanto a los veinte primeros, se encontraban siete de lengua francesa. Francia se enorgullece con toda razón de los doce Premios Nobel de literatura de lengua francesa. Otro criterio significativo es la corriente continua de escritores extranjeros que no son de lengua materna francesa y que eligen nuestra lengua para crear su obra, de Apollinaire a Ionesco, de Schéhadé a Cioran, de Mircea Eliade a Milan Kundera, de Hector Bianciotti a Andreï Makine, de Salah Stétié a François Cheng.
Cada uno ha desvelado la naturaleza de su apego a su nueva patria. Para Salah Stétié, es una exigencia de coherencia y una familiaridad ampliada al universo, «el techo de la casa» según su fórmula. François Cheng vive las palabras francesas como ideogramas y carga la poesía francesa con «una explicación órfica» de la tierra. ¿No sigue siendo al final la misma demostración?
Los escritores de hoy no son menos numerosos, ni menos capaces. ¿Son igual de importantes que sus predecesores? En todo caso, menos gloriosos. Y es que la gloria literaria no se decreta. Las instituciones bien pueden celebrar el bicentenario de Víctor Hugo y hacer entrar a Alexandre Dumas al Panteón, también pueden añadir a la gloria póstuma, pero no pueden crear una reputación. El éxito nace de una suma de innumerables elecciones individuales. Así como el uso resulta de un referéndum universal y permanente, el éxito resulta de una apropiación individual de la obra, de un aplauso libre.
La lengua francesa sigue el movimiento de las demás lenguas. Estas pierden su carácter colectivo y su virtud de movilización social. Ya no representan más, o menos, el papel de matriz de una cultura y ya no comprometen el destino nacional. Se vuelven una cuestión personal. La lengua es la esfera en la cual el individuo se arraiga y se protege. Ese repliegue en la identidad, en la intimidad, no es ajeno al atractivo persistente del francés en el mundo.

UN DERECHO DE LAS LENGUAS

Al presentar este cuadro, se pasa constantemente de la observación de una lengua, el francés, a la de un sistema de lengua, el nuestro, el de hoy, y se aparta uno frecuentemente del marco estricto de la globalización. Quisiera concluir con esos diferentes registros.
La situación del francés en el mundo no justifica las observaciones demasiado alarmistas ni las previsiones catastróficas. Esta actitud, bastante extendida entre los militantes de la lengua francesa, es desmoralizadora para la opinión y más bien perjudicial, porque no se vuelve hacia el futuro.
La verdadera inquietud que la situación del francés puede inspirar no viene de la situación del mundo, ni de las relaciones de poder, ni de la conciencia lingüística de los francófonos fuera de Francia. Tampoco viene de la evolución interna de la lengua, ni de una indiferencia de la opinión en Francia. Viene de una imperdonable irresponsabilidad, hecha de inconsciencia, de falta de civismo y de esnobismo, por parte de las elites francesas.
En las elites incluyo a todos los altos responsables de nuestra Educación Nacional que han dejado deteriorarse ante sus ojos la enseñanza de la lengua, cuando ellos mismos no han contribuido a dicho deterioro; a numerosos directores de grandes empresas, incluyendo las públicas, que creen que es valorizador para ellos mismos, no para sus negocios, dejar que se establezca el uso del inglés en su compañía, violando así con frecuencia la legislación; a ciertos periodistas, no a todos, que encuentran más a la moda utilizar términos ingleses, con frecuencia inoportunamente, en detrimento de la precisión de su información y sin tener en cuenta la responsabilidad colectiva que forzosamente trae consigo su misión; incluyo a numerosos diplomáticos y sobre todo a expertos que asisten a las reuniones internacionales que se dejan ganar por el medio en el cual se desempeñan y adquieren un cierto remordimiento con respecto a su lengua, en detrimento de la calidad y de la fuerza de su discurso; incluyo, finalmente, a los gobernantes que habían manifestado, hasta 1995, haber comprendido lo que está en juego y una convicción, y que desde esa fecha ya no tienen una postura firme en favor de una política de la lengua francesa.
En Francia tenemos demasiada tendencia a apoyarnos en la acción del Estado. No es solamente de dicha acción de la que depende el dinamismo de la lengua francesa, pero es indispensable para marcar una dirección, para vencer la apatía en la opinión y levantar la moral de todos los servidores públicos. La francofonía misma manifiesta una gran propensión a hundirse en los aparatos. Una intervención determinada del gobierno en favor de una política interior e internacional de la lengua francesa parece estar imponiéndose ahora. Esta intervención parece tanto más necesaria cuanto que la Unión ampliada no escapará a una reflexión sobre las lenguas de trabajo para retener dos de ellas, tres o cinco. En todo caso, no una lengua única, sea cual sea el costo. Sería así la ocasión para vaciar el absceso comunitario, porque no puede edificarse una comunidad que amenaza su lengua y que entonces ya no es una comunidad.
Comprenderemos que la lengua francesa cumple una función que fue la suya desde siempre, la de servir de referencia en los casos de interpretación difícil de un texto, la de permitir separar una jurisprudencia de la masa de decisiones dispersas, la de proporcionar un instrumento eficaz para la obra de codificación. La ampliación de la Unión hace esas funciones cada vez más necesarias, y la aptitud eminente de la lengua francesa para cumplirlas en beneficio de todos nuestros interlocutores debería proponerse y reconocerse.
Si observamos ahora el conjunto de las lenguas en el mundo, podemos preguntarnos si no están todas sometidas a un movimiento comparable. Habría una deriva de las lenguas como hay una deriva de los continentes. Chateaubriand tuvo el presentimiento de este fenómeno. Las lenguas se alejan de sus orígenes, pierden sus caracteres propios. Se desorganizan, por una suerte de degeneración que con los siglos les haría perder su fuerza, su virtud poética, su concisión y su sentido de lo concreto. Otra cuestión es saber si las lenguas tienden, cada una y todas en conjunto, hacia la unidad o hacia la fragmentación.
Sin conocer las respuestas a estas preguntas, existe otra que hay que plantear. ¿Es normal que las lenguas vivan entre ellas en estado natural, que no exista ningún freno, ni ninguna regla para el desarrollo de una en detrimento de las demás? ¿No es tiempo de pasar, finalmente, del derecho de la gente al derecho de las lenguas, de imaginar un sistema de coexistencia pacífica de las lenguas? Sería quimérico imaginar un directorio mundial pero, ¿no debería proponerse, al menos, un observatorio mundial de las lenguas que permitiera simplemente conocer el movimiento de las lenguas e investigar sus leyes?
Si nos remitimos, para terminar, a la problemática de la globalización, debe observarse que no hay modo de aplicarla al movimiento de las lenguas, que no proporciona los parámetros que permitan ver su porvenir.
Las lenguas no obedecen a las leyes de la economía ni a las de la biología. No recorren una juventud, una madurez, una vejez como las naciones de las cuales son la expresión. Se desempeñan como organismos independientes e indeterminados. Si viven, es como una cultura o como un medio, por una energía externa a ellas, insuflada por la mente humana. Por esta razón, no debe sucumbirse al pesimismo del entorno, que el destino de nuestra lengua no está sellado, que puede retomarse. Hace falta convicción, voluntad e incluso fervor.

1) Salah Stétié, Le Français, l’autre langue, Paris, Imprimerie nationale, 2001.

Instituto de Francia.

FRANCÓSFERA MÉXICO-FRANCIA
El Foro de la promoción y de la defensa de la Francofonía en América