Se
enseña que cada hombre es acompañado,
desde su nacimiento hasta su muerte, por
un Invisible encaro gado de velar atentamente
sobre su alma y su cuerpo. Ese Invisible
se llama el Ángel Custodio, protector
designado por Dios, pudiendo pertenecer,
indistintamente, a uno u otro de los Nueve
Coros Angélicos.
Esta es
la creencia universal de los cristianos.
Ese compañero perpetuo es a la
vez inspirador y juez. Los altos pensamientos
vienen por él, y lo que uno denomina
reproches de la conciencia, es él
quien los hace oír. Sabe lo que
no sabemos y ve lo que nosotros no vemos,
está siempre presente en nosotros
y en torno nuestro, absolutamente respetuoso
de nuestra libertad, conocedor de la real
grandeza de nuestra alma, y de la inconcebible
dignidad de nuestro cuerpo de barro, llamado
a resplandecer, cuando hayamos dejado
de ser durmientes. Cuando un hombre hace
mal, el ángel se retira silenciosamente
en los lugares recónditos del alma
criminal, donde el mismo pecador no se
adentra, y llora como pueden llorar los
Ángeles.
“...
Si la vida es un festín, ellos
son nuestros convidados. Si es una comedia,
ellos son nuestros comparsas, y tales
los formidables Visitantes de nuestro
sueño, si la vida no es más
que un sueño. Ellos son nuestros
.. más allegados, los Viajeros
perpetuos de la luminosa Escala del Patriarca
y estamos advertidos de que cada uno de
nosotros es avaramente guardado por uno
de ellos, como un tesoro inestimable,
contra los asaltos del otro Abismo; lo
que da la más confusa idea del
género humano.
“El
más sórdido bribón
es tan precioso, que tiene, para velar
exclusivamente sobre su persona, alguno
semejante a Aquel que precedía
el campo de Israel en la columna de nubes
y en la columna de fuego, y el Serafín
que abrasó los labios del más
inmenso de todos los Profetas es quizás
el vanguardia tan grande como todos los
mundos, encargado de escoltar la muy innoble
carga de una vieja alma de pedagogo o
de magistrado.
“Un
ángel reconforta a Elías
en su famoso espanto; otro acompaña
en su hoguera a los Niños Hebreos;
un tercero cierra las fauces de los leones
de Daniel; un cuarto, en fin, que se llama
“el Gran Príncipe”,
disputando con el Diablo, no se encuentra
bastante colosal aún, como para
maldecirle, y el Espíritu Santo
es considerado como el único espejo
donde esos bichitos inimaginables del
hombre, pueden tener el deseo de contemplarse.
“¿Quiénes,
pues, somos nosotros, en realidad,
para que tales defensores nos sean asignados?,
y, sobre todo, ¿quiénes
son ellos mismos, esos encadenados a nuestro
destino, de los que no se ha dicho
que Dios los haya hecho como nosotros,
a semejanza suya, y que no tienen ni cuerpo
ni rostro? A su respecto fue escrito,
nunca “olvidar la hospitalidad”
por temor de que se ocultaran algunos
entre los necesitados extraños”.
(1)
¿Quién,
pues, ha podido ser más extraño,
más necesitado que Napoleón?
No comprendiendo nada en la aparición
de tal hombre sobre la tierra, renuncio
a decirlo, y ¿cómo podría
yo hablar de El que fue encargado de acompañarle
invisiblemente a todas partes?
Uno sería llevado a atribuirle
un Querubín, un Trono, una Dominación,
o por lo menos un grandísimo y
muy espléndido Arcángel.
Yo pienso, al contrario, que debió
tener por guardián uno de los espíritus
menores del último grado de la
Jerarquía celestial.
Un mediocre
Judas, tal como Bernadotte, por ejemplo,
podía tener necesidad de ser asistido
por uno de los más altos príncipes
o ministros de la Gracia, capaz de llevar
la montaña de sus traiciones, y
de apartar de él -espantosamente-
todos los castigos humanos, esperando
la hora de Dios y de su Justicia. Pero
no podía serlo así para
Napoleón. Lo que hacía falta
a este personaje extraordinario, era el
ángel guardián del niñito
abandonado sobre la ruta del mundo, un
modesto protector para alejar de él
los perros vagabundos, para guiarle entre
las zarzas y los guijarros que hubiesen
podido lastimarle, un humilde y casi tímido
ángel custodio, ¡para el
más grande de todos los hombres!
Un dulcísimo amigo invisible, deferente
y grave, para decirle al fondo de su corazón:
“Perdona
a menudo, mas no siempre. Dios te ha hecho
el padre de cincuenta millones de sus
criaturas, que no pueden saber quién
eres, puesto que tú mismo no lo
sabes. No devores a esos desgraciados
que son a Semejanza de Dios y a tu propia
semejanza. Se te permite encadenar reyes
y hollados con tus pies, porque son arrojados
por el Espíritu Santo, que tal
vez encarnas tú. En cambio, no
seas demasiado hábil, ni te empeñes
en suprimir las montañas que pertenecen
a Dios. Hasta ahí, serás
invencible, pero no más allá,
y de ello te darás cuenta en seguida.
La nieve y el diluvio están sobre
sus cimas; no los obligues a bajar de
ellas”.
¡Qué
admirables coloquios entre estos dos Imperturbables,
uno de la tierra y el otro del cielo;
visible uno e invisible el otro!
Y Napoleón también, ¿no
fue invisible a su manera, y cuánto?
para sus servidores incapaces de sospechar,
ni aun de suponer sus ansiedades, cuando
él se entretenía con el
traslúcido compañero, a
través del cual su alma veía
formarse las tempestades. “No vayas
por ahí”, decía el
ángel. “Mi destino lo ordena”,
decía el Emperador. Y he aquí
que el Destino se oponía a Dios...
Pero esto, ninguno de su corte podía
advertido. Así hubo momentos, horas,
largas noches, en que este Amo del mundo,
no sabiendo qué hacer, pasaba de
una a otra resolución, sorteando
los escollos, para verse nuevamente entre
ellos, traído por la violencia
del oleaje insultante, hasta que, agotado
del esfuerzo, se dejaba caer con cinco
o seiscientos mil guerreros, murmurando
no sé qué palabras que podían
significar esto: “¡Que Dios
se apiade de mí!”
Esta pavesa
de la majestad humana casi infinita, llegó
en fin a Santa Elena. Al desembarcar en
esta isla, inmortalizada desde entonces
por él, el Almirante Cockburn presentóle
una invitación para “el general
Bonaparte”. Recibiéndola
de manos de Bertrand, Napoleón
dijo al gran mariscal: “Es menester
remitida al general Bonaparte; la última
vez que oí hablar de él
fue en la batalla de las Pirámides,
o en la del Monte Tabor”.
Lord Rosebery (2), verdadero inglés,
sin embargo, señala como una indigna
y repulsiva bufonada esa obstinada negativa
del título imperial del gran Cautivo.
El mismo
Cockburn respondió en los términos
que vemos aquí en una carta donde
el conde Bertrand mencionaba el nombre
del Emperador: “Señor, yo
tengo el honor de acusaros recibo de vuestra
carta fechada ayer. Esta carta me obliga
a declararos oficialmente que yo no tengo
conocimiento de un emperador cualquiera
que habita en esta isla, ni de una persona
revestida de tal dignidad, que haya, como
vos decís, viajado conmigo sobre
el Northumberland”.
Esta innoble
y mezquina persecución inglesa,
duró más tiempo que el mismo
Napoleón. “Sobre el sarcófago
del Emperador, dice Rosebery, sus servidores
querían escribir este simple nombre:
Napoleón, con lugar y
fecha de nacimiento y de muerte. Sir Hudson
Lowe negó su consentimiento, a
menos que se agregara el apellido Bonaparte.
Pero los servidores no pudieron aceptar
una designación que el Emperador
no había querido admitir jamás.
De manera que el sarcófago no llevó
nombre alguno. Esto parece increíble,
pero es así”.
Nada faltó
en este suplicio de aquel cuyo imperdonable
crimen había sido hallarse mucho
más alto que todas las cabezas
humanas, y haber cumplido las proezas
más grandes que la tierra hubiese
visto durante diecinueve siglos. Nada,
sino los gemidos de la víctima,
y tal vez también su presencia.
Los verdugos y los domésticos ingleses
tenían razón sin duda, más
de la que podrían haber creído,
negando la presencia del Emperador. Ellos
no tenían más que una pobre
apariencia humana ya tocada por la Muerte;
Napoleón estaba fuera de su alcance,
tal como su invisible Compañero,
con quien conversaba, muy lejos de ellos.
Con mucha
frecuencia se ha hablado de sus continuos
monólogos. En realidad esos monólogos
eran los diálogos de un Ausente
con un Invisible, y este último
era precisamente el camarada que había
menester en esta excesiva miseria, un
exilado que ni siquiera podía lograr
que se le llamara por su nombre.
Puede
suponerse que a la hora final, un poderoso
Arcángel debió de intervenir
para presentar al Padre de las misericordias
su más grande imagen, pero en el
curso de su periplo de gloria y de infortunio,
parece conforme a las leyes del equilibrio
sobrenatural que este Emperador de los
siglos haya tenido, por protector y por
compañero de todos los momentos,
al menor de los bienaventurados Espíritus
Mensajeros que el Señor pudiera
hallar en sus vastos cielos.
Bourg-la-Reine. Enero-Abril
1912.
FIN
Notas
del capítulo:
1) León
Bloy, La Mujer pobre.
2) Archibald Philip Pimrose, conde de
Roseberry (1847-1929), político
inglés, autor de “Napoleón,
la última fase” (The
Last Phase), que León Bloy
cita igualmente en su Diario.