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León Bloy, El Alma de Napoleón

XV
 
EL COMPAÑERO INVISIBLE

Se enseña que cada hombre es acompañado, desde su nacimiento hasta su muerte, por un Invisible encaro gado de velar atentamente sobre su alma y su cuerpo. Ese Invisible se llama el Ángel Custodio, protector designado por Dios, pudiendo pertenecer, indistintamente, a uno u otro de los Nueve Coros Angélicos.

Esta es la creencia universal de los cristianos. Ese compañero perpetuo es a la vez inspirador y juez. Los altos pensamientos vienen por él, y lo que uno denomina reproches de la conciencia, es él quien los hace oír. Sabe lo que no sabemos y ve lo que nosotros no vemos, está siempre presente en nosotros y en torno nuestro, absolutamente respetuoso de nuestra libertad, conocedor de la real grandeza de nuestra alma, y de la inconcebible dignidad de nuestro cuerpo de barro, llamado a resplandecer, cuando hayamos dejado de ser durmientes. Cuando un hombre hace mal, el ángel se retira silenciosamente en los lugares recónditos del alma criminal, donde el mismo pecador no se adentra, y llora como pueden llorar los Ángeles.

“... Si la vida es un festín, ellos son nuestros convidados. Si es una comedia, ellos son nuestros comparsas, y tales los formidables Visitantes de nuestro sueño, si la vida no es más que un sueño. Ellos son nuestros .. más allegados, los Viajeros perpetuos de la luminosa Escala del Patriarca y estamos advertidos de que cada uno de nosotros es avaramente guardado por uno de ellos, como un tesoro inestimable, contra los asaltos del otro Abismo; lo que da la más confusa idea del género humano.

“El más sórdido bribón es tan precioso, que tiene, para velar exclusivamente sobre su persona, alguno semejante a Aquel que precedía el campo de Israel en la columna de nubes y en la columna de fuego, y el Serafín que abrasó los labios del más inmenso de todos los Profetas es quizás el vanguardia tan grande como todos los mundos, encargado de escoltar la muy innoble carga de una vieja alma de pedagogo o de magistrado.

“Un ángel reconforta a Elías en su famoso espanto; otro acompaña en su hoguera a los Niños Hebreos; un tercero cierra las fauces de los leones de Daniel; un cuarto, en fin, que se llama “el Gran Príncipe”, disputando con el Diablo, no se encuentra bastante colosal aún, como para maldecirle, y el Espíritu Santo es considerado como el único espejo donde esos bichitos inimaginables del hombre, pueden tener el deseo de contemplarse.

“¿Quiénes, pues, somos nosotros, en realidad, para que tales defensores nos sean asignados?, y, sobre todo, ¿quiénes son ellos mismos, esos encadenados a nuestro destino, de los que no se ha dicho que Dios los haya hecho como nosotros, a semejanza suya, y que no tienen ni cuerpo ni rostro? A su respecto fue escrito, nunca “olvidar la hospitalidad” por temor de que se ocultaran algunos entre los necesitados extraños”. (1)

¿Quién, pues, ha podido ser más extraño, más necesitado que Napoleón? No comprendiendo nada en la aparición de tal hombre sobre la tierra, renuncio a decirlo, y ¿cómo podría yo hablar de El que fue encargado de acompañarle invisiblemente a todas partes?
Uno sería llevado a atribuirle un Querubín, un Trono, una Dominación, o por lo menos un grandísimo y muy espléndido Arcángel. Yo pienso, al contrario, que debió tener por guardián uno de los espíritus menores del último grado de la Jerarquía celestial.

Un mediocre Judas, tal como Bernadotte, por ejemplo, podía tener necesidad de ser asistido por uno de los más altos príncipes o ministros de la Gracia, capaz de llevar la montaña de sus traiciones, y de apartar de él -espantosamente- todos los castigos humanos, esperando la hora de Dios y de su Justicia. Pero no podía serlo así para Napoleón. Lo que hacía falta a este personaje extraordinario, era el ángel guardián del niñito abandonado sobre la ruta del mundo, un modesto protector para alejar de él los perros vagabundos, para guiarle entre las zarzas y los guijarros que hubiesen podido lastimarle, un humilde y casi tímido ángel custodio, ¡para el más grande de todos los hombres! Un dulcísimo amigo invisible, deferente y grave, para decirle al fondo de su corazón:

Perdona a menudo, mas no siempre. Dios te ha hecho el padre de cincuenta millones de sus criaturas, que no pueden saber quién eres, puesto que tú mismo no lo sabes. No devores a esos desgraciados que son a Semejanza de Dios y a tu propia semejanza. Se te permite encadenar reyes y hollados con tus pies, porque son arrojados por el Espíritu Santo, que tal vez encarnas tú. En cambio, no seas demasiado hábil, ni te empeñes en suprimir las montañas que pertenecen a Dios. Hasta ahí, serás invencible, pero no más allá, y de ello te darás cuenta en seguida. La nieve y el diluvio están sobre sus cimas; no los obligues a bajar de ellas”.

¡Qué admirables coloquios entre estos dos Imperturbables, uno de la tierra y el otro del cielo; visible uno e invisible el otro!
Y Napoleón también, ¿no fue invisible a su manera, y cuánto? para sus servidores incapaces de sospechar, ni aun de suponer sus ansiedades, cuando él se entretenía con el traslúcido compañero, a través del cual su alma veía formarse las tempestades. “No vayas por ahí”, decía el ángel. “Mi destino lo ordena”, decía el Emperador. Y he aquí que el Destino se oponía a Dios... Pero esto, ninguno de su corte podía advertido. Así hubo momentos, horas, largas noches, en que este Amo del mundo, no sabiendo qué hacer, pasaba de una a otra resolución, sorteando los escollos, para verse nuevamente entre ellos, traído por la violencia del oleaje insultante, hasta que, agotado del esfuerzo, se dejaba caer con cinco o seiscientos mil guerreros, murmurando no sé qué palabras que podían significar esto: “¡Que Dios se apiade de mí!”

Esta pavesa de la majestad humana casi infinita, llegó en fin a Santa Elena. Al desembarcar en esta isla, inmortalizada desde entonces por él, el Almirante Cockburn presentóle una invitación para “el general Bonaparte”. Recibiéndola de manos de Bertrand, Napoleón dijo al gran mariscal: “Es menester remitida al general Bonaparte; la última vez que oí hablar de él fue en la batalla de las Pirámides, o en la del Monte Tabor”.
Lord Rosebery (2), verdadero inglés, sin embargo, señala como una indigna y repulsiva bufonada esa obstinada negativa del título imperial del gran Cautivo.

El mismo Cockburn respondió en los términos que vemos aquí en una carta donde el conde Bertrand mencionaba el nombre del Emperador: “Señor, yo tengo el honor de acusaros recibo de vuestra carta fechada ayer. Esta carta me obliga a declararos oficialmente que yo no tengo conocimiento de un emperador cualquiera que habita en esta isla, ni de una persona revestida de tal dignidad, que haya, como vos decís, viajado conmigo sobre el Northumberland”.

Esta innoble y mezquina persecución inglesa, duró más tiempo que el mismo Napoleón. “Sobre el sarcófago del Emperador, dice Rosebery, sus servidores querían escribir este simple nombre: Napoleón, con lugar y fecha de nacimiento y de muerte. Sir Hudson Lowe negó su consentimiento, a menos que se agregara el apellido Bonaparte. Pero los servidores no pudieron aceptar una designación que el Emperador no había querido admitir jamás. De manera que el sarcófago no llevó nombre alguno. Esto parece increíble, pero es así”.

Nada faltó en este suplicio de aquel cuyo imperdonable crimen había sido hallarse mucho más alto que todas las cabezas humanas, y haber cumplido las proezas más grandes que la tierra hubiese visto durante diecinueve siglos. Nada, sino los gemidos de la víctima, y tal vez también su presencia.
Los verdugos y los domésticos ingleses tenían razón sin duda, más de la que podrían haber creído, negando la presencia del Emperador. Ellos no tenían más que una pobre apariencia humana ya tocada por la Muerte; Napoleón estaba fuera de su alcance, tal como su invisible Compañero, con quien conversaba, muy lejos de ellos.

Con mucha frecuencia se ha hablado de sus continuos monólogos. En realidad esos monólogos eran los diálogos de un Ausente con un Invisible, y este último era precisamente el camarada que había menester en esta excesiva miseria, un exilado que ni siquiera podía lograr que se le llamara por su nombre.

Puede suponerse que a la hora final, un poderoso Arcángel debió de intervenir para presentar al Padre de las misericordias su más grande imagen, pero en el curso de su periplo de gloria y de infortunio, parece conforme a las leyes del equilibrio sobrenatural que este Emperador de los siglos haya tenido, por protector y por compañero de todos los momentos, al menor de los bienaventurados Espíritus Mensajeros que el Señor pudiera hallar en sus vastos cielos.

Bourg-la-Reine. Enero-Abril 1912.

FIN

Notas del capítulo:

1) León Bloy, La Mujer pobre.
2) Archibald Philip Pimrose, conde de Roseberry (1847-1929), político inglés, autor de “Napoleón, la última fase” (The Last Phase), que León Bloy cita igualmente en su Diario.