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¡LA
GUARDIA RETROCEDE!... |
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No
se podrá comprender nada en Napoleón,
mientras en él no se vea un poeta,
un incomparable poeta en acción.
Su poema es su vida entera, y en ello
no hay quien lo iguale. Pensó siempre
en poetas, y debió siempre actuar
como tal, no siendo para él, ese
mundo visible, más que un espejismo.
Sus proclamas sorprendentes, su correspondencia
infinita, sus visiones de Santa Elena,
lo dicen con harta elocuencia. Ora hablando,
ora escribiendo, su lenguaje lo magnificaba
todo.
No se
fatiga uno releyendo su admirable carta
del 2 de febrero de 1808, al astuto parricida
Alejandro, indigno de recibirla, y seguramente
incapaz de comprenderla. Ofrecíale
nada menos que la partición del
mundo, señalándole el Asia,
y reservándose el Occidente, esto,
no como una eventualidad magnífica,
sino como una consecuencia necesaria de
su sistema de alianza:
“Entonces los ingleses serán
aplastados bajo el peso de acontecimientos
que habrán sobrecargado la atmósfera.
Vuestra Majestad y yo hubiéramos
preferido la suavidad de la paz, y pasar
nuestra existencia en medio de nuestros
vastos imperios, ocupados en vivificarlos
y hacerlos felices... Los enemigos del
mundo no lo quieren. Es necesario ser
más grandes, a pesar nuestro. Es
prudencia y política hacer lo que
el destino ordena, e ir allá donde
la marcha irresistible de los acontecimientos
nos señala”.
¡Siempre
el destino! ¿Napoleón, es,
pues, el poeta del destino? (1) Los acontecimientos
de que él habla, han de. mostrado
históricamente lo irrealizable,
o, si se prefiere, lo inocuo de sus grandes
designios, pero no han demostrado en el
alma de ese Emperador de emperadores donde
ellos tenían, sin duda alguna,
una consistencia profética, una
irrealidad indemostrable, tanto más
cierta a sus ojos.
Discerniendo mejor que nadie las apariencias
materiales en la guerra o en la administración
de su imperio, tenía, al mismo
tiempo, un como presentimiento extático
lo que era expresado por sus contingencias
perecederas, y esto es precisamente lo
que revelaba en él, al poeta.
No era
posible que su vida sentimental difiriera
esencialmente de su vida pública.
Esta disparidad sólo va bien a
los grandes hombres corrientes, a la canalla
de los grandes hombres. Napoleón
debíase a sí mismo, el ser
enamorado como era emperador, es decir,
a la manera de un poeta en extremo grande,
procreador sin desmayos de las ilusiones
maravillosas que le bastaban en ese bello
crepúsculo matutino de estío
que fue toda
su existencia.
Los más grandes desastres y hasta
su espantosa caída, no lograron
despertarle completamente. En Santa Elena
continuó su ensueño sufriendo
y, luego de su muerte, continúa
en la imaginación o en el corazón
de los que le admiran.
Se ha
dicho con mucha exactitud, que Napoleón
amaba como un colegial. ¿Dónde
hubiera podido hallar el tiempo y la experiencia
para amar de otra manera?
Como todos los colegiales, amó
a las prostitutas, mujeres que se daban
en seguida, discreta o desenfadadamente.
Puede hasta decirse, que habiéndose
encargado muy tempranamente de los intereses
del mundo entero, no tuvo siquiera tiempo
de amar ni desposar otras mujeres, sino
algo más tarde, sin darle a ello
toda la importancia que hubiera sido justa.
Su pasión por Josefina, que era
una ramera, y que no dejó de serio,
pasión atestiguada por cartas llenas
de delirio, tiene precisamente ese carácter
del entusiasmo sensual de un adolescente
imaginativo, casto aún, encendido
por la coquetería de una ambiciosa.
Este género
de erupción, para hablar con decencia,
es fácilmente curable, y el colegial
no tardó en instruirse. Por otra
parte, en la época del comienzo
de sus amores con Josefina, su grandeza
futura no era sino presumible o adivinable.
Esta mujer perversa y fascinante constituía
su primer deslumbramiento. El que todavía
no era más que Bonaparte, y que
más tarde, con sólo un ademán
hubiera hecho inmolar las más altaneras
virtudes, debió creer entonces
que una diosa del Olimpo se dignaba llegar
hasta él: “Mio dolce
amor, no me beses más porque,
me enciendes la sangre”. Estas cosas
se escriben a los dieciocho años.
Pero parece que en Amor, Napoleón
siempre tuvo esta edad. Quince años
después de su gran pasión
por Josefina, tuvo a María Luisa,
y la sorprendente puerilidad de su calaverada
de Compiègne. Debe recordarse que
la muñeca que se le enviaba desde
Viena, prodújole un nuevo deslumbramiento,
que hizo renacer en él, al colegial
tenaz de su prehistoria.
Las dos
mujeres, dignísimas una de la otra,
le fueron igualmente infieles y traicioneras,
como no podía ser de otro modo.
Fatalista, como lo he dicho más
arriba, desempeñóse lo mejor
que pudo, teniendo bastante que hacer
con amotinar contra su sola persona todos
los pueblos europeos para cumplir lo que
llamaba su destino. La época, además,
así lo quería. Cada uno
hacía cuanto le venía en
ganas, y las hermanas de Napoleón
fueron cortesanas en la simple acepción
del vocablo.
Carolina, la más odiosa de las
tres, no contenta de haber deshonrado
veinte veces a su marido, el infortunado
Murat, hizo de este héroe de todas
las batallas, el lamentable alucinado
en quien creía ella tener disponible
al asesino de su hermano.
Pero al
poeta inmenso de la Epopeya de veinte
años, ¿quién podía
asesinarle o solamente contristarle mortalmente?
El veía a sus mujeres, sus hermanas
y hermanos armados contra él, como
veía a sus lugartenientes ingratos,
y como veía todas las cosas, en
el espejo enigmático de su magníficante
pensamiento.
Tuvo lo
que se ha convenido en llamar amantes,
tantas como quiso, y al pasar, como el
soldado entre los soldados del mundo,
pero ellas no poseyeron ni conocieron
su alma. “Ubi thesaurus, ibi
cor. Donde esté tu tesoro,
allí estará tu corazón”.
El corazón de Napoleón no
era una ciudadela inexpugnable, pero los
o las que penetraron en ella, creyeron
que nada había allí, porque
el tesoro era invisible. Ese
tesoro era el secreto de su poesía
grandiosa, el arcano de ese Prometeo que
se ignoraba a sí mismo, cuyas peores
faltas han tenido la excusa de Polifemo
o de Anteo, no sabiéndose tan colosal
ni tan predestinado.
[ Era,
junto con la impaciencia de todo obstáculo,
el Celo profundo de una misión
sobrenatural que no alcanzaba a desentrañar,
pero que le brotaba de todos los poros
y cuya certeza lo crucificaba; -situación
amorosa que lo mostraba, a pesar
de todo y siempre, infinitamente por encima
de las codicias ordinarias y de su miserable
servidumbre ]. (2)
He dicho
los dos deslumbramientos de Napoleón.
Hubo un tercero, más funesto. Fue
el deslumbramiento de la Derrota. Hasta
Waterloo él había conocido
los desastres, pero no la derrota. Esta
otra prostituta, tanto tiempo excluida,
lo deseaba a su vez, y fue necesario soportarla.
¡La
Guardia retrocede!... A este clamor
pánico, él ve resquebrajarse
su línea de batalla, ve su último
ejército en plena derrota, siente
la opresión del monstruo, y su
virginidad de vencedor está perdida.
Una noche horrorosa se extiende sobre
su alma. ¿Todo, pues, ha terminado?
¿Será preciso que el poema
termine en esta aventura espantosa? ¿Dónde
está ahora su estrella? ¿Qué
ha sido de su corazón y de su tesoro?
Indudablemente, no es Wellington quien
se los ha arrebatado, como no lo es, tampoco,
el granuja prusiano.
Encontrará esto dentro de tres
meses, a dos mil leguas de su capital,
en el otro hemisferio. Pero allá
su estrella será como una mendiga
implorando su pan, su corazón será
torturado, y su tesoro será de
dolores. ¡Ah, no es la Guardia sola
que retrocede en Waterloo, es la Belleza
de ese pobre mundo, es la Gloria, es el
honor mismo; es la Francia: de Dios y
de los hombres, viuda repentinamente yéndose
a llorar en la soledad después
de haber sido la Dominadora de las naciones!
En la
mañana de ese aciago día,
la Iglesia militante celebraba, en todas
las parroquias de la Cristiandad, la misa
de dos antiquísimos mártires,
y recomendaba a todos los fieles “glorificarse
en las tribulaciones, gloriamur in
tribulationibus .
Hubo ciertamente en Francia humildes sacerdotes
y asistentes más humildes que recordaban
entonces a sus prójimos o amigos
que iban a combatir, y que no pensaban
más que su Jefe en invocar a los
viejos mártires.
Es probable, sin embargo, que muchos de
esos inmolados, fueran socorridos por
ellos en la agonía; pero el murmullo
dulce y místico de esa oración,
no tuvo más eco apreciable que
la imprecación desesperada de Cambronne,
y el Emperador abatido no pensó
en glorificarse de su tormento.
Glorificóse
de ello más tarde, en Santa Elena,
cuando vio venir la gran enamorada de
los mendigos y de los emperadores, y ella
le tomó su Secreto, para no trasmitido
a nadie.
Notas
del capítulo:
1) Sobre
este interesante tema, recomendamos el
excelente libro de Dimitri Merejkovsky
Napoleón (o Vida de
Napoleón); edición
en castellano de Espasa-Calpe, colección
“Austral”, Madrid, 1938. Traducción
de José María Quiroga Plá.
Existen muy numerosas reediciones.
2) Este pasaje, que presentamos comprendido
entre corchetes, no figura en la traducción
de la Editorial Mundo Moderno.