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León Bloy, El Alma de Napoleón

XIV
 
¡LA GUARDIA RETROCEDE!...

No se podrá comprender nada en Napoleón, mientras en él no se vea un poeta, un incomparable poeta en acción. Su poema es su vida entera, y en ello no hay quien lo iguale. Pensó siempre en poetas, y debió siempre actuar como tal, no siendo para él, ese mundo visible, más que un espejismo. Sus proclamas sorprendentes, su correspondencia infinita, sus visiones de Santa Elena, lo dicen con harta elocuencia. Ora hablando, ora escribiendo, su lenguaje lo magnificaba todo.

No se fatiga uno releyendo su admirable carta del 2 de febrero de 1808, al astuto parricida Alejandro, indigno de recibirla, y seguramente incapaz de comprenderla. Ofrecíale nada menos que la partición del mundo, señalándole el Asia, y reservándose el Occidente, esto, no como una eventualidad magnífica, sino como una consecuencia necesaria de su sistema de alianza:
“Entonces los ingleses serán aplastados bajo el peso de acontecimientos que habrán sobrecargado la atmósfera. Vuestra Majestad y yo hubiéramos preferido la suavidad de la paz, y pasar nuestra existencia en medio de nuestros vastos imperios, ocupados en vivificarlos y hacerlos felices... Los enemigos del mundo no lo quieren. Es necesario ser más grandes, a pesar nuestro. Es prudencia y política hacer lo que el destino ordena, e ir allá donde la marcha irresistible de los acontecimientos nos señala”.

¡Siempre el destino! ¿Napoleón, es, pues, el poeta del destino? (1) Los acontecimientos de que él habla, han de. mostrado históricamente lo irrealizable, o, si se prefiere, lo inocuo de sus grandes designios, pero no han demostrado en el alma de ese Emperador de emperadores donde ellos tenían, sin duda alguna, una consistencia profética, una irrealidad indemostrable, tanto más cierta a sus ojos.
Discerniendo mejor que nadie las apariencias materiales en la guerra o en la administración de su imperio, tenía, al mismo tiempo, un como presentimiento extático lo que era expresado por sus contingencias perecederas, y esto es precisamente lo que revelaba en él, al poeta.

No era posible que su vida sentimental difiriera esencialmente de su vida pública. Esta disparidad sólo va bien a los grandes hombres corrientes, a la canalla de los grandes hombres. Napoleón debíase a sí mismo, el ser enamorado como era emperador, es decir, a la manera de un poeta en extremo grande, procreador sin desmayos de las ilusiones maravillosas que le bastaban en ese bello crepúsculo matutino de estío que fue toda
su existencia.
Los más grandes desastres y hasta su espantosa caída, no lograron despertarle completamente. En Santa Elena continuó su ensueño sufriendo y, luego de su muerte, continúa en la imaginación o en el corazón de los que le admiran.

Se ha dicho con mucha exactitud, que Napoleón amaba como un colegial. ¿Dónde hubiera podido hallar el tiempo y la experiencia para amar de otra manera?
Como todos los colegiales, amó a las prostitutas, mujeres que se daban en seguida, discreta o desenfadadamente. Puede hasta decirse, que habiéndose encargado muy tempranamente de los intereses del mundo entero, no tuvo siquiera tiempo de amar ni desposar otras mujeres, sino algo más tarde, sin darle a ello toda la importancia que hubiera sido justa. Su pasión por Josefina, que era una ramera, y que no dejó de serio, pasión atestiguada por cartas llenas de delirio, tiene precisamente ese carácter del entusiasmo sensual de un adolescente imaginativo, casto aún, encendido por la coquetería de una ambiciosa.

Este género de erupción, para hablar con decencia, es fácilmente curable, y el colegial no tardó en instruirse. Por otra parte, en la época del comienzo de sus amores con Josefina, su grandeza futura no era sino presumible o adivinable. Esta mujer perversa y fascinante constituía su primer deslumbramiento. El que todavía no era más que Bonaparte, y que más tarde, con sólo un ademán hubiera hecho inmolar las más altaneras virtudes, debió creer entonces que una diosa del Olimpo se dignaba llegar hasta él: “Mio dolce amor, no me beses más porque, me enciendes la sangre”. Estas cosas se escriben a los dieciocho años. Pero parece que en Amor, Napoleón siempre tuvo esta edad. Quince años después de su gran pasión por Josefina, tuvo a María Luisa, y la sorprendente puerilidad de su calaverada de Compiègne. Debe recordarse que la muñeca que se le enviaba desde Viena, prodújole un nuevo deslumbramiento, que hizo renacer en él, al colegial tenaz de su prehistoria.

Las dos mujeres, dignísimas una de la otra, le fueron igualmente infieles y traicioneras, como no podía ser de otro modo. Fatalista, como lo he dicho más arriba, desempeñóse lo mejor que pudo, teniendo bastante que hacer con amotinar contra su sola persona todos los pueblos europeos para cumplir lo que llamaba su destino. La época, además, así lo quería. Cada uno hacía cuanto le venía en ganas, y las hermanas de Napoleón fueron cortesanas en la simple acepción del vocablo.
Carolina, la más odiosa de las tres, no contenta de haber deshonrado veinte veces a su marido, el infortunado Murat, hizo de este héroe de todas las batallas, el lamentable alucinado en quien creía ella tener disponible al asesino de su hermano.

Pero al poeta inmenso de la Epopeya de veinte años, ¿quién podía asesinarle o solamente contristarle mortalmente? El veía a sus mujeres, sus hermanas y hermanos armados contra él, como veía a sus lugartenientes ingratos, y como veía todas las cosas, en el espejo enigmático de su magníficante pensamiento.

Tuvo lo que se ha convenido en llamar amantes, tantas como quiso, y al pasar, como el soldado entre los soldados del mundo, pero ellas no poseyeron ni conocieron su alma. “Ubi thesaurus, ibi cor. Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón”. El corazón de Napoleón no era una ciudadela inexpugnable, pero los o las que penetraron en ella, creyeron que nada había allí, porque el tesoro era invisible. Ese tesoro era el secreto de su poesía grandiosa, el arcano de ese Prometeo que se ignoraba a sí mismo, cuyas peores faltas han tenido la excusa de Polifemo o de Anteo, no sabiéndose tan colosal ni tan predestinado.

[ Era, junto con la impaciencia de todo obstáculo, el Celo profundo de una misión sobrenatural que no alcanzaba a desentrañar, pero que le brotaba de todos los poros y cuya certeza lo crucificaba; -situación amorosa que lo mostraba, a pesar de todo y siempre, infinitamente por encima de las codicias ordinarias y de su miserable servidumbre ]. (2)

He dicho los dos deslumbramientos de Napoleón. Hubo un tercero, más funesto. Fue el deslumbramiento de la Derrota. Hasta Waterloo él había conocido los desastres, pero no la derrota. Esta otra prostituta, tanto tiempo excluida, lo deseaba a su vez, y fue necesario soportarla.

¡La Guardia retrocede!... A este clamor pánico, él ve resquebrajarse su línea de batalla, ve su último ejército en plena derrota, siente la opresión del monstruo, y su virginidad de vencedor está perdida. Una noche horrorosa se extiende sobre su alma. ¿Todo, pues, ha terminado? ¿Será preciso que el poema termine en esta aventura espantosa? ¿Dónde está ahora su estrella? ¿Qué ha sido de su corazón y de su tesoro?
Indudablemente, no es Wellington quien se los ha arrebatado, como no lo es, tampoco, el granuja prusiano.
Encontrará esto dentro de tres meses, a dos mil leguas de su capital, en el otro hemisferio. Pero allá su estrella será como una mendiga implorando su pan, su corazón será torturado, y su tesoro será de dolores. ¡Ah, no es la Guardia sola que retrocede en Waterloo, es la Belleza de ese pobre mundo, es la Gloria, es el honor mismo; es la Francia: de Dios y de los hombres, viuda repentinamente yéndose a llorar en la soledad después de haber sido la Dominadora de las naciones!

En la mañana de ese aciago día, la Iglesia militante celebraba, en todas las parroquias de la Cristiandad, la misa de dos antiquísimos mártires, y recomendaba a todos los fieles “glorificarse en las tribulaciones, gloriamur in tribulationibus .
Hubo ciertamente en Francia humildes sacerdotes y asistentes más humildes que recordaban entonces a sus prójimos o amigos que iban a combatir, y que no pensaban más que su Jefe en invocar a los viejos mártires.
Es probable, sin embargo, que muchos de esos inmolados, fueran socorridos por ellos en la agonía; pero el murmullo dulce y místico de esa oración, no tuvo más eco apreciable que la imprecación desesperada de Cambronne, y el Emperador abatido no pensó en glorificarse de su tormento.

Glorificóse de ello más tarde, en Santa Elena, cuando vio venir la gran enamorada de los mendigos y de los emperadores, y ella le tomó su Secreto, para no trasmitido a nadie.

Notas del capítulo:

1) Sobre este interesante tema, recomendamos el excelente libro de Dimitri Merejkovsky Napoleón (o Vida de Napoleón); edición en castellano de Espasa-Calpe, colección “Austral”, Madrid, 1938. Traducción de José María Quiroga Plá. Existen muy numerosas reediciones.
2) Este pasaje, que presentamos comprendido entre corchetes, no figura en la traducción de la Editorial Mundo Moderno.