Ir al Índice de "León Bloy, El Alma de Napoleón".   León Bloy, El Alma de Napoleón
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M. NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
   

León Bloy, El Alma de Napoleón

XIII
 
LOS SACRIFICADOS

¿Cuántos fueron éstos? quinientos o seiscientos mil quizás. No se sabe. Puede llegarse a un millón de franceses víctimas, no de la ambición de su jefe, como tantas veces se ha dicho, sino del imperativo de cosas no ajenas a la Voluntad divina.

Nadie en Europa deseó la paz tan apasionadamente como Napoleón, porque la paz éra1e necesaria para instaurar las magnificencias que su maravilloso espíritu había concebido, y que no pudo lograr nunca.
De 1796 a 1815, combatió por la conquista infinitamente deseada de ese paraíso terrenal a cuyas puertas vinieron a estrellarse todos sus ejércitos.

Y, ¡qué ejércitos! Nunca habíase visto nada más hermoso. Para engendrarlos y producirlos al fin, a esos ejércitos de ensueño y de apoteosis, había sido necesaria la gestación dolorosa de catorce siglos. En primer lugar, fueron menester los pobres y sublimes Obispos del Caos bárbaro, y todos los Santos de los Tiempos merovingios o carolingios que habían amalgamado la tierra de Francia con la Preciosísima Sangre de Cristo; luego fueron necesarias las Caballerescas Cruzadas y su entusiasmo sobrenatural; luego todavía la horrible y centenaria tribulación de la Guerra inglesa, las espantosas convulsiones de los siglos XIV y XV, en las que el Reino de la Madre de Dios creyó fenecer; en fin, había sido necesaria la humareda de todos los Borbones, y todas las guillotinas del Terror. No se conoce otra nación que haya sido tan trabajada ni tan abonada en sangre y en inmundicias.

Era impía, seguramente, o parecía serlo, como todo el mundo, por otra parte, inclusive en España, y como no podía menos de ser a fines del siglo XVIII. Pero en Francia ésta era una impiedad superficial, una gala espiritual contraída bajo los Borbones, curable por la sangre o por el fuego, pero sin que la afección llegara a sus entrañas. Francia sólo es incurable de Dios, como lo han demostrado las más diabólicas experiencias, principalmente, la de la Revolución. Precisamente, porque ella era la más generosa de las naciones, no era posible que, privada temporalmente de la fe cristiana, dejara de precipitarse a la desilusión magnífica del 89 Y a los delirios espantosos que resultaron en consecuencia. Porque esta visitante abandonada necesitaba un Dios visitador y corporal, un Dios tangible que la consolara; cuando Napoleón le fue mostrado, al punto ella lo reconoció, salió de ella un inmenso clamor de pasión delirante, y se entregó por entero.

Trátese de Fréjus o de Juan el Golfo, no existe en toda la historia otro ejemplo de tan poderoso ascendiente. Este hombre extraordinario fue realmente Dios para sus soldados que eran la flor de Francia. De ellos pudo hacer cuanto le viniera en ganas, pues que su alma exorbitante absorbía, como ya lo he dicho, todas esas almas ahora suyas por su voluntad, todo lo cual es, verdaderamente, muy misterioso.

Ese pueblo armado le siguió a todas partes, aceptando, por el amor de él, todas las penas de la vida, y todos los suplicios de la muerte. Cuando los grandes, colmados de sus beneficios, le traicionaron, los pobres soldados que habían vencido bajo sus órdenes toda la tierra, ricos solamente en heridas y en gloria, permanecieron fieles a su Emperador en desgracia, a su Emperador cautivo y extinto, sin acabar de comprender que él había terminado para siempre.
Los pueblos de todas las provincias han visto morir, hace más de sesenta años, a esos huérfanos del Prodigio, inválidos y miserables, ingenuos y grandiosos, que se veían siempre en Egipto o en Moscú. Con ellos pareció como si se apagaran las estrellas.

Su recuerdo se borra, y la nueva generación que no ha podido entreverlos fuera de las imágenes legendarias de Charlet o de Raffet (1), los ignora en realidad, insegura de que semejantes hombres hayan podido existir para acompañar al Gigante, cuyo solo nombre empequeñece todas las grandezas.

Día vendrá, tal vez, en que las reliquias de Napoleón no estarán más en su admirable Sepulcro de los Inválidos. Se abrirá el sarcófago, que se mostrará vacío, sin que reste siquiera la apariencia misma de esa tierra, después de extinguido el prestigio que le rodeaba.
¡Ella habrá ido a reunirse al polvo confuso y disperso de los humildes soldados que se sacrificaron por su Jefe, y cuyas almas de hijos amorosos se agruparán en torno a la Suya, en el Juicio Universal, como hacía, en los días de grandes batallas, antaño, su Guardia invencible!

Notas del capítulo:

1) Estos dos dibujantes consagraron la mayor parte de su obra a la evocación del Imperio. El segundo ilustró una Histoire de Napoléon por Norvins, a la cual Bloy hace alusión a propósito de las lecturas de su niñez.