¿Cuántos
fueron éstos? quinientos o seiscientos
mil quizás. No se sabe. Puede llegarse
a un millón de franceses víctimas,
no de la ambición de su jefe, como
tantas veces se ha dicho, sino del imperativo
de cosas no ajenas a la Voluntad divina.
Nadie
en Europa deseó la paz tan apasionadamente
como Napoleón, porque la paz éra1e
necesaria para instaurar las magnificencias
que su maravilloso espíritu había
concebido, y que no pudo lograr nunca.
De 1796 a 1815, combatió por la
conquista infinitamente deseada de ese
paraíso terrenal a cuyas puertas
vinieron a estrellarse todos sus ejércitos.
Y, ¡qué
ejércitos! Nunca habíase
visto nada más hermoso. Para engendrarlos
y producirlos al fin, a esos ejércitos
de ensueño y de apoteosis, había
sido necesaria la gestación dolorosa
de catorce siglos. En primer lugar, fueron
menester los pobres y sublimes Obispos
del Caos bárbaro, y todos los Santos
de los Tiempos merovingios o carolingios
que habían amalgamado la tierra
de Francia con la Preciosísima
Sangre de Cristo; luego fueron necesarias
las Caballerescas Cruzadas y su entusiasmo
sobrenatural; luego todavía la
horrible y centenaria tribulación
de la Guerra inglesa, las espantosas convulsiones
de los siglos XIV y XV, en las que el
Reino de la Madre de Dios creyó
fenecer; en fin, había sido necesaria
la humareda de todos los Borbones, y todas
las guillotinas del Terror. No se conoce
otra nación que haya sido tan trabajada
ni tan abonada en sangre y en
inmundicias.
Era impía,
seguramente, o parecía serlo, como
todo el mundo, por otra parte, inclusive
en España, y como no podía
menos de ser a fines del siglo XVIII.
Pero en Francia ésta era una impiedad
superficial, una gala espiritual contraída
bajo los Borbones, curable por la sangre
o por el fuego, pero sin que la afección
llegara a sus entrañas. Francia
sólo es incurable de Dios, como
lo han demostrado las más diabólicas
experiencias, principalmente, la de la
Revolución. Precisamente, porque
ella era la más generosa de las
naciones, no era posible que, privada
temporalmente de la fe cristiana, dejara
de precipitarse a la desilusión
magnífica del 89 Y a los delirios
espantosos que resultaron en consecuencia.
Porque esta visitante abandonada necesitaba
un Dios visitador y corporal, un Dios
tangible que la consolara; cuando Napoleón
le fue mostrado, al punto ella lo reconoció,
salió de ella un inmenso clamor
de pasión delirante, y se entregó
por entero.
Trátese
de Fréjus o de Juan el Golfo, no
existe en toda la historia otro ejemplo
de tan poderoso ascendiente. Este hombre
extraordinario fue realmente Dios para
sus soldados que eran la flor de Francia.
De ellos pudo hacer cuanto le viniera
en ganas, pues que su alma exorbitante
absorbía, como ya lo he dicho,
todas esas almas ahora suyas por su voluntad,
todo lo cual es, verdaderamente, muy misterioso.
Ese pueblo
armado le siguió a todas partes,
aceptando, por el amor de él, todas
las penas de la vida, y todos los suplicios
de la muerte. Cuando los grandes, colmados
de sus beneficios, le traicionaron, los
pobres soldados que habían vencido
bajo sus órdenes toda la tierra,
ricos solamente en heridas y en gloria,
permanecieron fieles a su Emperador en
desgracia, a su Emperador cautivo y extinto,
sin acabar de comprender que él
había terminado para siempre.
Los pueblos de todas las provincias han
visto morir, hace más de sesenta
años, a esos huérfanos del
Prodigio, inválidos y miserables,
ingenuos y grandiosos, que se veían
siempre en Egipto o en Moscú. Con
ellos pareció como si se apagaran
las estrellas.
Su recuerdo
se borra, y la nueva generación
que no ha podido entreverlos fuera de
las imágenes legendarias de Charlet
o de Raffet (1), los ignora en realidad,
insegura de que semejantes hombres hayan
podido existir para acompañar al
Gigante, cuyo solo nombre empequeñece
todas las grandezas.
Día
vendrá, tal vez, en que las reliquias
de Napoleón no estarán más
en su admirable Sepulcro de los Inválidos.
Se abrirá el sarcófago,
que se mostrará vacío,
sin que reste siquiera la apariencia misma
de esa tierra, después de extinguido
el prestigio que le rodeaba.
¡Ella habrá ido a reunirse
al polvo confuso y disperso de los humildes
soldados que se sacrificaron por su Jefe,
y cuyas almas de hijos amorosos se agruparán
en torno a la Suya, en el Juicio Universal,
como hacía, en los días
de grandes batallas, antaño, su
Guardia invencible!
Notas
del capítulo:
1) Estos
dos dibujantes consagraron la mayor parte
de su obra a la evocación del Imperio.
El segundo ilustró una Histoire
de Napoléon por Norvins, a
la cual Bloy hace alusión a propósito
de las lecturas de su niñez.