Cuando
Napoleón restableció el
mariscalato, dándose de esta manera
dieciocho primos, pareció
mostrar miedo de su propia obra. La observación
pertenece al contemporáneo Thiébault,
admirablemente situado para opinar al
respecto y cuyas Memorias, muy
superiores a las de Marbot (1), son desde
el punto de vista militar, sobre todo,
el documento más fiel que pueda
ser consultado.
Temiendo,
supone Thiébault, dar excesivo
poder a antiguos camaradas de guerra,
subalternos y vasallos suyos ahora, el
Emperador advenedizo estimó
que, en cierta medida convenía
revocar la institución por sus
elecciones, y las hizo de modo que predominara
el favoritismo a la justicia. Naturalmente,
yo dejo a Thiébault la responsabilidad
de una acusación tan grave, señalando,
sin embargo, que es deplorable ver a Napoleón
colocar en el mismo “rango”,
a generales cuya desigualdad debería
conocer él mejor que ninguno.
Un Berthier,
por ejemplo, llamado por el mismo emperador
“un cernícalo”, o un
seudo vencedor, tal como Brune, junto
al gran Massená; los heroicos Ney
y Lannes, comparables sólo a los
caballeros de los tiempos heroicos, junto
a un Soult, invisible e inencontrable
en Austerlitz, donde su cuerpo de ejército
tenía el cometido principal, tanto
tiempo como duró el peligro y que,
más tarde, atribuyóse toda
la gloria. Ese duque de Dalmacia a quien
Napoleón no quería dar el
nombre de un lugar cualquiera, recordatorio
de una victoria, fue, como se sabe, el
factor preponderante del fracaso en España,
donde el emperador había tenido,
luego de la casi traición de Oporto,
la debilidad o la ceguera inconcebible
de confiarle una relevante situación.
Pero,
¿qué decir de Marmont, el
vencido de Arapiles y abominable traidor
de Essonnes, cuyo solo nombre se hace
una sangrienta injuria? ¿Qué
decir de Murat y de Augereau, tan intrépidos,
sin embargo, uno y otro, y que fueron
tan terriblemente desleales en los días
aciagos? ¿Qué pensar del
imbécil y vanidoso MacDonald, saqueador
de Italia en 1799, que nunca supo otra
cosa que hacerse derrotar; de Gouvion
Saint-Cyr, el más hábil
general, quizá, que hubo en Europa
después de Napoleón, pero
cuyo diabólico humor hizo perder
el fruto de la batalla de Dresde, y comenzó
el desastre irreparable de 1813; del inepto
y valeroso Oudinot; del ridículo
tambor Víctor, canonizado duque
de Bellune; del feroz y rutinario Davout,
que privó a Francia invadida, de
un ejército que tal vez la hubiera
salvado, encarnizándose con tozudez
de bruto en la defensa de una ciudad que
no estaba en peligro; de Grouchy, en fin,
a quien el demonio protector de Inglaterra
parece haber hecho escoger por el infortunado
emperador para que se acabara su peregrinación?
La más
insólita y funesta de esas insensateces
en las promociones, fue indudablemente
la de Bernadotte, a quien Napoleón
sabía su enemigo personal, y del
cual no debía estimar en mucho
sus bravuconadas. Se sabe con qué
moneda le pagó a su emperador.
Pero Bernadotte tenía en su favor
el ser cuñado de José, y
Napoleón era un jefe de clan hipersensible.
Ese lazo de familia le hizo perdonar,
aparte muchas otras cosas, el crimen de
Auerstadt, que cualquier otro príncipe
hubiera pagado con su cabeza, y su rarísima
conducta en Wagram, que sólo le
costó una desgracia benigna y transitoria.
Convertido en rey de Suecia por el consentimiento
del Amo, que no tuvo carácter para
oponerse, este odioso aventurero, embriagado
por la vanagloria de verse “incensado
por legítimos” se volvió
en seguida enemigo acérrimo de
su bienhechor y de su patria. Su nombre
es una inmundicia en la historia, y es
perfectamente conveniente que los renegados
luteranos de todas las Suecias, se sientan
orgullosos y satisfechos de Bernadotte.
Tal fue,
o poco más o menos siempre, la
ganancia de Napoleón cuando quiso
hacer grandes los hombres que lo rodeaban.
Hijo de la Revolución, debió,
naturalmente, tomar lo que su madre le
había dejado, es decir, asesinos
y domésticos, en la proporción
de 90 a 95%. Los servidores de gran talento,
fuera del militar, para no designar más
que a Talleyrand y Fouché, fueron
bajo él, los maravillosos crápulas
que hubiesen sido bajo cualquier otro
régimen. Puede, incluso, decirse
sin hipérbole, que su torpeza sufrió
el contagio de la grandeza de Napoleón,
al extremo de que el mundo acabará
sin duda antes de que se haya podido discernir
un desprecio suficientemente equitativo.
Y casi todos fueron así, en la
medida que servía a cada uno de
los infinitos peldaños de la administración
del Gran Imperio, de manera que uno termina
por sentirse menos admirado de la gloria
de Napoleón, que de la ignominia
de las ingratitudes o de las traiciones
que su reinado determinó, habiendo
activado la excesiva energía del
astro, en forma inusitada, el proceso
de la putrefacción universal. Cuando
ese astro declinó, toda la historia
quedó como impregnada de un hedor
desconocido...
Verdad
es que Napoleón no supo nunca castigar,
y esto, que uno lo encuentra en cada página
de su vida, hasta perder la paciencia,
es quizás el rasgo esencial de
ese hombre, raro entre raros, que tanto
se ha querido representar como un tirano,
y que fue, sobre todo, en virtud de no
se sabe qué herencia, un fatalista
profundo, incapaz de resentimiento, siempre
temeroso de destruir algo de su obra,
humillando a los que él mismo había
elevado, dejando de querer y dejando de
obrar cuando creía haber oído
la voz de su destino; sentándose,
entonces, pleno de una muda resignación,
sobre el brocal del pozo de dolor.
“Las quejas, decía, están
por debajo de mi dignidad y de mi carácter.
Yo ordeno, o me callo”.
Notas
del capítulo:
1) Las
Memorias del general barón
Thiébault, 5 volúmenes (publicadas
en 1893-1895 por Plon), conocieron un
éxito prodigioso. Pero están
sujetas a caución, en particular
cuando habla de los mariscales... Él
estimaba haber merecido esta distinción
que no recibió y concibió
por ello mucha amargura. No es pues de
sorprender que Bloy se inspire en él
en este capítulo; le debe esta
opinión bien severa acerca de los
mariscales del Imperio.
Las Memorias del general y barón
Marbot (1782-1854), se sitúan entre
las más populares sobre el periodo
imperial. La edición establecida
y anotada por Jacques Garnier publicada
en 1983 por el Mercure de France, muestra
que “el testimonio de Marbot es
mucho menos fantasioso de lo que toda
una tradición histórica
había llevado a pensar” (Jean
Tulard, Nouvelle bibliographie critique
des Mémoires sur l’époque
Napoléonienne (“Nueva
bibliografía crítica de
las Memorias sobre la época napoleónica”)
Droz, 1991).