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León Bloy, El Alma de Napoleón

XII
 
LOS GRANDES

Cuando Napoleón restableció el mariscalato, dándose de esta manera dieciocho primos, pareció mostrar miedo de su propia obra. La observación pertenece al contemporáneo Thiébault, admirablemente situado para opinar al respecto y cuyas Memorias, muy superiores a las de Marbot (1), son desde el punto de vista militar, sobre todo, el documento más fiel que pueda ser consultado.

Temiendo, supone Thiébault, dar excesivo poder a antiguos camaradas de guerra, subalternos y vasallos suyos ahora, el Emperador advenedizo estimó que, en cierta medida convenía revocar la institución por sus elecciones, y las hizo de modo que predominara el favoritismo a la justicia. Naturalmente, yo dejo a Thiébault la responsabilidad de una acusación tan grave, señalando, sin embargo, que es deplorable ver a Napoleón colocar en el mismo “rango”, a generales cuya desigualdad debería conocer él mejor que ninguno.

Un Berthier, por ejemplo, llamado por el mismo emperador “un cernícalo”, o un seudo vencedor, tal como Brune, junto al gran Massená; los heroicos Ney y Lannes, comparables sólo a los caballeros de los tiempos heroicos, junto a un Soult, invisible e inencontrable en Austerlitz, donde su cuerpo de ejército tenía el cometido principal, tanto tiempo como duró el peligro y que, más tarde, atribuyóse toda la gloria. Ese duque de Dalmacia a quien Napoleón no quería dar el nombre de un lugar cualquiera, recordatorio de una victoria, fue, como se sabe, el factor preponderante del fracaso en España, donde el emperador había tenido, luego de la casi traición de Oporto, la debilidad o la ceguera inconcebible de confiarle una relevante situación.

Pero, ¿qué decir de Marmont, el vencido de Arapiles y abominable traidor de Essonnes, cuyo solo nombre se hace una sangrienta injuria? ¿Qué decir de Murat y de Augereau, tan intrépidos, sin embargo, uno y otro, y que fueron tan terriblemente desleales en los días aciagos? ¿Qué pensar del imbécil y vanidoso MacDonald, saqueador de Italia en 1799, que nunca supo otra cosa que hacerse derrotar; de Gouvion Saint-Cyr, el más hábil general, quizá, que hubo en Europa después de Napoleón, pero cuyo diabólico humor hizo perder el fruto de la batalla de Dresde, y comenzó el desastre irreparable de 1813; del inepto y valeroso Oudinot; del ridículo tambor Víctor, canonizado duque de Bellune; del feroz y rutinario Davout, que privó a Francia invadida, de un ejército que tal vez la hubiera salvado, encarnizándose con tozudez de bruto en la defensa de una ciudad que no estaba en peligro; de Grouchy, en fin, a quien el demonio protector de Inglaterra parece haber hecho escoger por el infortunado emperador para que se acabara su peregrinación?

La más insólita y funesta de esas insensateces en las promociones, fue indudablemente la de Bernadotte, a quien Napoleón sabía su enemigo personal, y del cual no debía estimar en mucho sus bravuconadas. Se sabe con qué moneda le pagó a su emperador. Pero Bernadotte tenía en su favor el ser cuñado de José, y Napoleón era un jefe de clan hipersensible. Ese lazo de familia le hizo perdonar, aparte muchas otras cosas, el crimen de Auerstadt, que cualquier otro príncipe hubiera pagado con su cabeza, y su rarísima conducta en Wagram, que sólo le costó una desgracia benigna y transitoria. Convertido en rey de Suecia por el consentimiento del Amo, que no tuvo carácter para oponerse, este odioso aventurero, embriagado por la vanagloria de verse “incensado por legítimos” se volvió en seguida enemigo acérrimo de su bienhechor y de su patria. Su nombre es una inmundicia en la historia, y es perfectamente conveniente que los renegados luteranos de todas las Suecias, se sientan orgullosos y satisfechos de Bernadotte.

Tal fue, o poco más o menos siempre, la ganancia de Napoleón cuando quiso hacer grandes los hombres que lo rodeaban. Hijo de la Revolución, debió, naturalmente, tomar lo que su madre le había dejado, es decir, asesinos y domésticos, en la proporción de 90 a 95%. Los servidores de gran talento, fuera del militar, para no designar más que a Talleyrand y Fouché, fueron bajo él, los maravillosos crápulas que hubiesen sido bajo cualquier otro régimen. Puede, incluso, decirse sin hipérbole, que su torpeza sufrió el contagio de la grandeza de Napoleón, al extremo de que el mundo acabará sin duda antes de que se haya podido discernir un desprecio suficientemente equitativo.
Y casi todos fueron así, en la medida que servía a cada uno de los infinitos peldaños de la administración del Gran Imperio, de manera que uno termina por sentirse menos admirado de la gloria de Napoleón, que de la ignominia de las ingratitudes o de las traiciones que su reinado determinó, habiendo activado la excesiva energía del astro, en forma inusitada, el proceso de la putrefacción universal. Cuando ese astro declinó, toda la historia quedó como impregnada de un hedor desconocido...

Verdad es que Napoleón no supo nunca castigar, y esto, que uno lo encuentra en cada página de su vida, hasta perder la paciencia, es quizás el rasgo esencial de ese hombre, raro entre raros, que tanto se ha querido representar como un tirano, y que fue, sobre todo, en virtud de no se sabe qué herencia, un fatalista profundo, incapaz de resentimiento, siempre temeroso de destruir algo de su obra, humillando a los que él mismo había elevado, dejando de querer y dejando de obrar cuando creía haber oído la voz de su destino; sentándose, entonces, pleno de una muda resignación, sobre el brocal del pozo de dolor.
“Las quejas, decía, están por debajo de mi dignidad y de mi carácter. Yo ordeno, o me callo”.

Notas del capítulo:

1) Las Memorias del general barón Thiébault, 5 volúmenes (publicadas en 1893-1895 por Plon), conocieron un éxito prodigioso. Pero están sujetas a caución, en particular cuando habla de los mariscales... Él estimaba haber merecido esta distinción que no recibió y concibió por ello mucha amargura. No es pues de sorprender que Bloy se inspire en él en este capítulo; le debe esta opinión bien severa acerca de los mariscales del Imperio.
Las Memorias del general y barón Marbot (1782-1854), se sitúan entre las más populares sobre el periodo imperial. La edición establecida y anotada por Jacques Garnier publicada en 1983 por el Mercure de France, muestra que “el testimonio de Marbot es mucho menos fantasioso de lo que toda una tradición histórica había llevado a pensar” (Jean Tulard, Nouvelle bibliographie critique des Mémoires sur l’époque Napoléonienne (“Nueva bibliografía crítica de las Memorias sobre la época napoleónica”) Droz, 1991).