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León Bloy, El Alma de Napoleón

XI
 
LOS MERCENARIOS

Tras la vergüenza de Inglaterra, la de las otras monarquías europeas. Debe reconocerse que ésta es desconcertante. Nunca habíase visto parecida prostitución. Austria la católica, Prusia la luterana, y la cismática Rusia, por turno o simultáneamente, solicitando los subsidios ingleses para el exterminio de Francia. De 1793 a 1813, cinco grandes coaliciones, por no hablar de los innumerables e incesantes complots subalternos en que todo el mundo pasaba por la tesorería, poderosos y altaneros ministros, simples espías, exploradores, unidos en el mismo propósito, esperando que se devorasen entre ellos cuando el enemigo común hubiera sido batido. Durante veinte años fue un hormigueo inexpresable de traidores, de mentirosos, de asesinos disponibles, no cesando de tender sus manos ávidas a Inglaterra, que les pagaba a regaña dientes o les regalaba la propina de su desprecio cuando habían trabajado mal, lo que ocurría con harta frecuencia. ¡El desprecio de Inglaterra! Erales preciso tragar esto al mismo tiempo que los terrib1es castigos militares que les eran infligidos por el Invencible.

Seguramente, es tradición constante, jurisprudencia inmutable de los hombres de Estado, que todos los medios son buenos, en política, y que el dinero mismo se ennoblece por la intención de delinquir o de estafar.
Esta es la doctrina de los brigantes, y Europa fue su gran camino. Se adquirió el hábito, y esos despedazamientos territoriales que siguieron a la caída de Napoleón, los trueques, según la jerga diplomática usada en aquella época, han establecido superabundantemente la perennidad de esas máximas.

Primero Austria. Extra statum nocendi, había expresado Kaunitz en 1788. “Fuera del estado de hacer daño”. Esta consigna tenía entonces a Prusia como objetivo, antes de ser la voz de orden universal contra Francia. Hacer daño significaba no estar sujeto a Austria, y como Francia, a continuación de la Revolución, la dañaba en todas formas, ella no vaciló en colmar, por el medio clásico del dinero inglés, el déficit inquietante de su tesoro de guerra.
Con el cínico Thugut, antiguo espía de Choiseul, traidor a Francia y a Austria, comenzaron los negocios, las transacciones inmundas. “Estamos exhaustos” gemía ya en 1794.

Metternich debía continuar, pero sin la misma franqueza, siendo de una esfera más elevada, y uno de los más notables gentilhombres que se haya podido conocer. Napoleón convertido en el más fuerte, él llegó hasta venderle a muy alto precio una archiduquesa, excelente negocio para el soberano de Austria, feliz de negociar su hija, habiendo pasado la edad de prostituirse él mismo. Difícil es concebir tan completa abyección.
Cuando la fortuna de Napoleón pareció palidecer, se tuvieron presentes los recursos británicos, y el suegro, Majestad Apostólica, armó a trescientos mil hombres, para conquistar un lecho adúltero a la hija amada, que encontró muy bueno todo ello. Por otra parte, habíase hecho todo lo posible para que esa satisfactoria mudanza fuera inevitable. Mucho tiempo antes, la ruina del Dominador, habíase decidido, por cualquiera fuese el medio, y el matrimonio no había sido más que un método de anestesia. Así es como el príncipe de Metternich, escribiendo más tarde sus Memorias, pudo rendirse este propio testimonio: “Las miras que siempre han formado la base política austriaca, son de las más puras que concebirse pueda”.

Con Prusia no puede ser cuestión de pureza alguna. Se está en plena granujería y en casa de bandidos. “La guerra -ha dicho Mirabeau-, es la industria nacional de Prusia”. Se entiende lo que eso quiere decir. Después de los bárbaros del siglo V, no se había visto nación tan brutal y tan pillastre. Y esto no ha cambiado. Se ha podido comprobar lo dicho, en 1870.

Su prosperidad escandalosa había comenzado, y nadie tiene excusas para ignorarlo, en el siglo XVI, por la unión de la Marca de Brandeburgo y la Prusia propiamente dicha, a la sazón estrecha y muy pobre, dos colonias alemanas en país eslavo. Este triste ducado de Prusia antes conquistado sobre los idólatras por la Orden Teutónica, sin fronteras ni delimitaciones geográficas, no había vacilado en hacerse luterano para engrandecerse. Excelente medio en el siglo XVI.

Apegado por la apostasía, al margrave de Brandeburgo; consideró que todo lo que está a mano, es bueno de tomar, y tal fue, bajo los Hohenzollern, su única razón de Estado.
El gran Federico, verdadero fundador de la potencia prusiana, tomó con ambas manos, abarcando lo más posible: Silesia y Polonia, designando a sus sucesores Sajonia, Westfalia, Baviera, Austria inclusive si se podía, toda la Alemania. Pero hubieran necesitado, sus herederos inmediatos, esa especie de genio, esa voluntad inquebrantable del terrible ladrón, y el monarca estúpido que fue su nieto, pretendiendo oponerse a Napoleón, habría perdido todo, seguramente, sin la deplorable magnanimidad de su adversario.

Después de Iena, Prusia quedó más pobre que nunca, debiendo recurrir a la prostitución, cosa que no repugnaba precisamente ni a su temperamento ni a su conciencia. A ello proveyó Inglaterra con más abundancia que amor en 1813. Cartago estaba obligada a asalariar a sus mercenarios. Stein, Scharnhorst, Gneisenau, y la horrible crápula de Blücher sirviéronla con un celo tanto más vivo cuanto entendían acrecer su sucia patria con algunos de los mejores pedazos del monstruo abatido.
La más insaciable de las cortes de Europa, considerándose la más lesionada, maniobró para obtener la parte más suculenta en el presente y en el futuro. El bandidaje endémico y hereditario se amplificó, se extralimitó, se magnificó hasta engendrar en nuestros días, el Imperio alemán que terminará quizás por roerse a sí mismo, como los sepultados vivos, en la tumba del desprecio y de la execración, que el socialismo está en plan de prepararle.

¿Debe inscribirse a Rusia entre los mercenarios? Con toda seguridad. Uno no puede imaginarse a Souvorof, por ejemplo, atravesando Europa, inundando Italia y trepando sobre las montañas de Suiza, escaso de fondos:
El tesoro moscovita era inseguro y la moneda rusa probablemente depreciada, al otro lado del Vístula.
Tampoco se representa uno al delicioso parricida Alejandro hurgando en sus propios recursos para ir a hacerse aplastar en Austerlitz o en Friedland. La función de negociador olímpico le iba mejor que ninguna otra.

De todos los errores de Napoleón, después del de Bayona, el más craso y más cruelmente expiado fue el de dejarse prendar por las sonrisas y las caricias de ese bizantino que no dejó un día sin hacerle traición, cuya amistad llena de entusiasmo fue una mentira cínica, sostenida imperturbablemente durante cuatro años, hasta el día en que Inglaterra, impacientada por esa novela, le obligó a declararse en lo que realmente era: un enemigo implacable.

Cuando estuvo madura la coalición de 1805, Inglaterra había firmado un tratado de subsidios a razón de 1.200.000 esterlinas por 100.000 hombres que Rusia pondría en armas, y treinta millones de francos para Austerlitz. En el tratado no constaba que se tuviera que estafar a los muertos. El zar desconfió, habiendo probado en Moravia que es menos fácil ganar una gran batalla que asesinar al propio padre. ¿Obtuvo su recibo? Los ángeles malditos deben saberlo, pero es infinitamente dudoso para los hombres. Los negocios son los negocios, y Gran Bretaña, descontenta, no dio resguardo. No se había pagado a los rusos para que fueran vencidos. Esta cuenta fue arreglada, sin duda, por las infracciones al bloqueo continental.

Al día siguiente de Austerlitz, Alejandro, a quien Napoleón podía retener prisionero de guerra y encerrar en una fortaleza, suplicó muy humildemente a su vencedor que le permitiera retirarse con los restos de sus ejércitos, lo que le fue acordado. “¡Hacerles gracia hoy -exclamó el heroico y desdichado Vandamme (1)- es querer que ellos estén en París dentro de seis años!”.
Diez años más tarde, hubo en Santa Elena un comisario pensionado por Alejandro, para asegurarse la detención del cautivo. Tal es la belleza de la historia, tal es la política, y no otra fue la recompensa de la magnanimidad de Napoleón, que perdonó casi siempre, y que jamás fue perdonado.

Queda por saberse lo que fue de su alma, de su alma excesivamente grande, en ese horrible torbellino de iniquidades. Alma de un liceal sublime, llevada por el Aliento de Dios, a alturas ignoradas, casi sin ver la pequeñez humana, incorregiblemente enamorada de todo lo que le parecía generosidad o grandeza, y a causa de ello, a pesar del más fecundo genio, designada mucho más que un alma ordinaria, para todos los padecimientos del Desengaño.

Hay, en las más humildes iglesias de Francia, una pobre lámpara encendida noche y día, delante del Santísimo Sacramento del Altar.
Se me ocurre esta idea, absurda quizás: que esa lámpara es, en cierto modo, como la confianza de Napoleón.

Notas del capítulo:

1) Dominique Vandamme (1770-1830), general. Hecho prisionero durante la campaña de Dresde (1813), llevado a Rusia, regresó a Francia en 1814 y participó en la aventura de los Cien Días. Expulsado después de Waterloo, se exilió en los Estados Unidos, de donde volvió en 1819.