Tras
la vergüenza de Inglaterra, la de
las otras monarquías europeas.
Debe reconocerse que ésta es desconcertante.
Nunca habíase visto parecida prostitución.
Austria la católica, Prusia la
luterana, y la cismática Rusia,
por turno o simultáneamente, solicitando
los subsidios ingleses para el exterminio
de Francia. De 1793 a 1813, cinco grandes
coaliciones, por no hablar de los innumerables
e incesantes complots subalternos en que
todo el mundo pasaba por la tesorería,
poderosos y altaneros ministros, simples
espías, exploradores, unidos en
el mismo propósito, esperando que
se devorasen entre ellos cuando el enemigo
común hubiera sido batido. Durante
veinte años fue un hormigueo inexpresable
de traidores, de mentirosos, de asesinos
disponibles, no cesando de tender sus
manos ávidas a Inglaterra, que
les pagaba a regaña dientes o les
regalaba la propina de su desprecio cuando
habían trabajado mal, lo que ocurría
con harta frecuencia. ¡El desprecio
de Inglaterra! Erales preciso tragar esto
al mismo tiempo que los terrib1es castigos
militares que les eran infligidos por
el Invencible.
Seguramente,
es tradición constante, jurisprudencia
inmutable de los hombres de Estado, que
todos los medios son buenos, en política,
y que el dinero mismo se ennoblece por
la intención de delinquir o de
estafar.
Esta es la doctrina de los brigantes,
y Europa fue su gran camino. Se adquirió
el hábito, y esos despedazamientos
territoriales que siguieron a la caída
de Napoleón, los trueques,
según la jerga diplomática
usada en aquella época, han establecido
superabundantemente la perennidad de esas
máximas.
Primero
Austria. Extra statum nocendi,
había expresado Kaunitz en 1788.
“Fuera del estado de hacer daño”.
Esta consigna tenía entonces a
Prusia como objetivo, antes de ser la
voz de orden universal contra Francia.
Hacer daño significaba
no estar sujeto a Austria, y como Francia,
a continuación de la Revolución,
la dañaba en todas formas, ella
no vaciló en colmar, por el medio
clásico del dinero inglés,
el déficit inquietante de su tesoro
de guerra.
Con el cínico Thugut, antiguo espía
de Choiseul, traidor a Francia y a Austria,
comenzaron los negocios, las transacciones
inmundas. “Estamos exhaustos”
gemía ya en 1794.
Metternich
debía continuar, pero sin la misma
franqueza, siendo de una esfera más
elevada, y uno de los más notables
gentilhombres que se haya podido conocer.
Napoleón convertido en el más
fuerte, él llegó hasta venderle
a muy alto precio una archiduquesa, excelente
negocio para el soberano de Austria, feliz
de negociar su hija, habiendo pasado la
edad de prostituirse él mismo.
Difícil es concebir tan completa
abyección.
Cuando la fortuna de Napoleón pareció
palidecer, se tuvieron presentes los recursos
británicos, y el suegro, Majestad
Apostólica, armó a trescientos
mil hombres, para conquistar un lecho
adúltero a la hija amada, que encontró
muy bueno todo ello. Por otra parte, habíase
hecho todo lo posible para que esa satisfactoria
mudanza fuera inevitable. Mucho tiempo
antes, la ruina del Dominador, habíase
decidido, por cualquiera fuese el medio,
y el matrimonio no había sido más
que un método de anestesia. Así
es como el príncipe de Metternich,
escribiendo más tarde sus Memorias,
pudo rendirse este propio testimonio:
“Las miras que siempre han formado
la base política austriaca, son
de las más puras que concebirse
pueda”.
Con Prusia
no puede ser cuestión de pureza
alguna. Se está en plena granujería
y en casa de bandidos. “La guerra
-ha dicho Mirabeau-, es la industria nacional
de Prusia”. Se entiende lo que eso
quiere decir. Después de los bárbaros
del siglo V, no se había visto
nación tan brutal y tan pillastre.
Y esto no ha cambiado. Se ha podido comprobar
lo dicho, en 1870.
Su prosperidad
escandalosa había comenzado, y
nadie tiene excusas para ignorarlo, en
el siglo XVI, por la unión de la
Marca de Brandeburgo y la Prusia propiamente
dicha, a la sazón estrecha y muy
pobre, dos colonias alemanas en país
eslavo. Este triste ducado de Prusia antes
conquistado sobre los idólatras
por la Orden Teutónica, sin fronteras
ni delimitaciones geográficas,
no había vacilado en hacerse luterano
para engrandecerse. Excelente medio en
el siglo XVI.
Apegado
por la apostasía, al margrave de
Brandeburgo; consideró que todo
lo que está a mano, es bueno de
tomar, y tal fue, bajo los Hohenzollern,
su única razón de Estado.
El gran Federico, verdadero fundador de
la potencia prusiana, tomó con
ambas manos, abarcando lo más posible:
Silesia y Polonia, designando a sus sucesores
Sajonia, Westfalia, Baviera, Austria inclusive
si se podía, toda la Alemania.
Pero hubieran necesitado, sus herederos
inmediatos, esa especie de genio, esa
voluntad inquebrantable del terrible ladrón,
y el monarca estúpido que fue su
nieto, pretendiendo oponerse a Napoleón,
habría perdido todo, seguramente,
sin la deplorable magnanimidad de su adversario.
Después
de Iena, Prusia quedó más
pobre que nunca, debiendo recurrir a la
prostitución, cosa que no repugnaba
precisamente ni a su temperamento ni a
su conciencia. A ello proveyó Inglaterra
con más abundancia que amor en
1813. Cartago estaba obligada a asalariar
a sus mercenarios. Stein, Scharnhorst,
Gneisenau, y la horrible crápula
de Blücher sirviéronla con
un celo tanto más vivo cuanto entendían
acrecer su sucia patria con algunos de
los mejores pedazos del monstruo abatido.
La más insaciable de las cortes
de Europa, considerándose la más
lesionada, maniobró para obtener
la parte más suculenta en el presente
y en el futuro. El bandidaje endémico
y hereditario se amplificó, se
extralimitó, se magnificó
hasta engendrar en nuestros días,
el Imperio alemán que terminará
quizás por roerse a sí mismo,
como los sepultados vivos, en la tumba
del desprecio y de la execración,
que el socialismo está en plan
de prepararle.
¿Debe
inscribirse a Rusia entre los mercenarios?
Con toda seguridad. Uno no puede imaginarse
a Souvorof, por ejemplo, atravesando Europa,
inundando Italia y trepando sobre las
montañas de Suiza, escaso de fondos:
El tesoro moscovita era inseguro y la
moneda rusa probablemente depreciada,
al otro lado del Vístula.
Tampoco se representa uno al delicioso
parricida Alejandro hurgando en sus propios
recursos para ir a hacerse aplastar en
Austerlitz o en Friedland. La función
de negociador olímpico le iba mejor
que ninguna otra.
De todos
los errores de Napoleón, después
del de Bayona, el más craso y más
cruelmente expiado fue el de dejarse prendar
por las sonrisas y las caricias de ese
bizantino que no dejó un día
sin hacerle traición, cuya amistad
llena de entusiasmo fue una mentira cínica,
sostenida imperturbablemente durante cuatro
años, hasta el día en que
Inglaterra, impacientada por esa novela,
le obligó a declararse en lo que
realmente era: un enemigo implacable.
Cuando
estuvo madura la coalición de 1805,
Inglaterra había firmado un tratado
de subsidios a razón de 1.200.000
esterlinas por 100.000 hombres que Rusia
pondría en armas, y treinta millones
de francos para Austerlitz. En el tratado
no constaba que se tuviera que estafar
a los muertos. El zar desconfió,
habiendo probado en Moravia que es menos
fácil ganar una gran batalla que
asesinar al propio padre. ¿Obtuvo
su recibo? Los ángeles malditos
deben saberlo, pero es infinitamente dudoso
para los hombres. Los negocios son los
negocios, y Gran Bretaña, descontenta,
no dio resguardo. No se había pagado
a los rusos para que fueran vencidos.
Esta cuenta fue arreglada, sin duda, por
las infracciones al bloqueo continental.
Al día
siguiente de Austerlitz, Alejandro, a
quien Napoleón podía retener
prisionero de guerra y encerrar en una
fortaleza, suplicó muy humildemente
a su vencedor que le permitiera retirarse
con los restos de sus ejércitos,
lo que le fue acordado. “¡Hacerles
gracia hoy -exclamó el heroico
y desdichado Vandamme (1)- es querer que
ellos estén en París dentro
de seis años!”.
Diez años más tarde, hubo
en Santa Elena un comisario pensionado
por Alejandro, para asegurarse la detención
del cautivo. Tal es la belleza de la historia,
tal es la política, y no otra fue
la recompensa de la magnanimidad de Napoleón,
que perdonó casi siempre, y que
jamás fue perdonado.
Queda
por saberse lo que fue de su alma, de
su alma excesivamente grande, en ese horrible
torbellino de iniquidades. Alma de un
liceal sublime, llevada por el Aliento
de Dios, a alturas ignoradas, casi sin
ver la pequeñez humana, incorregiblemente
enamorada de todo lo que le parecía
generosidad o grandeza, y a causa de ello,
a pesar del más fecundo genio,
designada mucho más que un alma
ordinaria, para todos los padecimientos
del Desengaño.
Hay, en
las más humildes iglesias de Francia,
una pobre lámpara encendida noche
y día, delante del Santísimo
Sacramento del Altar.
Se me ocurre esta idea, absurda quizás:
que esa lámpara es, en cierto modo,
como la confianza de Napoleón.
Notas
del capítulo:
1) Dominique
Vandamme (1770-1830), general. Hecho prisionero
durante la campaña de Dresde (1813),
llevado a Rusia, regresó a Francia
en 1814 y participó en la aventura
de los Cien Días. Expulsado después
de Waterloo, se exilió en los Estados
Unidos, de donde volvió en 1819.