“Inglaterra
trafica todo”, decía, con
amarga bonhomía el augusto prisionero
de Lord Bathurst y de Hudson Lowe; “¿por
qué no se pone a vender libertad?”
Debe creerse que esa mercadería
le faltaba, y que le faltará Siempre.
¿Qué
es lo que no se ha dicho de la libertad
inglesa? Otro lugar común, eminentemente
clásico. ¿Y cuál
es la nación más esclava
de sus prejuicios religiosos o políticos,
de sus instituciones, de su fariseísmo
diabólico, de su orgullo insoportable
e impío? Lo mismo da hablar de
la libertad de Cartago, donde se crucificaba
a los leones, es decir, a los ciudadanos
que despreciaban el comercio, o de la
libertad de Roma, donde los deudores insolventes
pasaban, por fuerza de las leyes, a ser
esclavos de sus acreedores. La hipocresía
romana, que sólo ha sido aventajada
por la hipocresía británica,
había construido un templo de la
Libertad sobre el monte Aventino. Allí
se depositaban los archivos del Estado.
La Diosa estaba representada como una
mujer vestida de blanco, símbolo
de la inocencia, teniendo a sus pies un
gato, animal díscolo por excelencia.
Inglaterra ha reemplazado ese pérfido
felino por un leopardo, y en esto radica
la diferencia.
Al gobierno
de los intereses dinásticos, dominante
preocupación de los reyes de Francia,
y sobre todo de Luis XIV, predecesor molecular
de Napoleón, se opone en esta nación
-tan moderna por la bajeza de sus codicias
como antigua por su dureza para con los
débiles el gobierno exclusivo de
intereses mercantiles. Porque tal es la
vergüenza y la tarea indeleble de
Inglaterra. Es una usurera cartaginesa,
un mercader con traje de etiqueta, a la
que su aislamiento insular le permite,
decía Montesquieu, “insultar
en todas partes” y robar impunemente.
La famosa rivalidad tradicional no es
otra cosa que el antagonismo secular de
un pueblo noble y otro innoble, el odio
de una nación avariciosa hacia
una nación generosa.
“La
idea de destruir a Inglaterra -hace notar
Sorel (1)-, era en Francia una idea corriente
a fines del antiguo régimen; se
la juzgaba simple y natural, y se la discutía
seriamente. Los archivos están
llenos de proyectos de invasión”.
Napoleón pensaba y decía
que la naturaleza ha hecho de Gran Bretaña,
una de nuestras islas. En Boulogne, sin
duda, él la veía recortada
en una cuarentena de departamentos franceses,
con una autonomía eventual para
Irlanda y tal vez para Escocia. Su plan
de invasión estuvo muy cerca de
realizarse, y Gran Bretaña, presa
de miedo cerval, convertida en pródiga
por arte mágica, apresuróse
a echarle a sus espaldas los ejércitos
de Austria y de Rusia.
Porque
la vieja bribona, Old England,
a falta del joven imperio que no podía
ponerse a sus plantas, estaba obligada
a ofrecerse, mediante oro, apoyos o sostenes
más maduros, que no estuvieron
muy lejos de arruinarla. No se habló
más que de dinero, Europa se transformó
en un mercado de sangre humana, en el
que la Compradora fue a menudo engañada
sobre la calidad de los glóbulos
o la cantidad de la efusión. La
engañosa paz de Amiens no había
sido más que una tregua de quince
meses, una huelga no habitual del homicidio.
Los negocios interrumpidos prosiguieron
su curso, e Inglaterra fue más
esclava que nunca de su caja registradora.
Como he
intentado demostrarlo en otro lugar, la
abyección comercial es indecible.
Es el grado más bajo y, en los
tiempos caballerescos, aun en Inglaterra
el mercantilismo deshonraba. ¿Qué
pensar de todo un pueblo que no vive,
no respira, no trabaja, no procrea, sin
ese objeto; mientras otros pueblos, millones
de seres humanos, sufren y mueren por
grandes cosas?
Durante diez años, de 1803 a 1813,
los ingleses pagaron para que les fuera
posible traficar en seguridad en su isla,
para que fuera estrangulada Francia, que
obstaculizaba su vileza, la Francia de
Napoleón que ellos nunca habían
visto tan inmensa, y que los colmaba de
inquietudes.
“Quinientos
años de rivalidad han hecho personal
a cada individuo la emulación que
aguijonea a los dos pueblos... Francia
está en la posición de la
antigua Roma respecto de Cartago entre
la segunda y tercera guerra púnica...
“Inglaterra es la enemiga natural
de Francia; es una enemiga ávida,
ambiciosa, injusta y de mala fe. El objeto
invariable y querido de su política
es, si no la destrucción de Francia,
al menos su humillación, su envilecimiento
y su ruina... Esta razón de Estado
la lleva siempre sobre toda otra consideración,
y cuando ella habla, todos los medios
son justos, legítimos y hasta necesarios,
con tal que ellos sean eficaces”.
Justa quibus necessaria. Así
se expresaban publicistas anteriores a
la Revolución.
Pero Inglaterra
no era solamente el enemigo natural de
Francia. Era su enemigo sobrenatural.
Hacía cerca de tres siglos -antes
que, bajo las faldas de la odiosa Isabel,
se desencadenasen los demonios impuros
del mercantilismo protestante- el padre
de esta yegua coronada, el polígamo
Enrique VIII, no había tenido más
que hacer un ademán para que toda
Inglaterra, otrora llamada la Isla de
los Santos, renegara de la Iglesia. Bochorno
mayor e inicial de ese reino consagrado
a Satán por un amo amasado en lodo,
impaciente de una autoridad religiosa
que se oponía a sus lascivias.
Instantáneamente la libre
Inglaterra apostató, y tanto más
gustosamente, cuanto el rey concedía
con munificencia los bienes de los obispados
y monasterios a sus domésticos
obedientes. Hubo mártires, pero
en número reducido.
Esto, mientras Francia, convulsionada
de horror, luchaba furiosamente contra
la herejía, y se preparaba a combatirla
por espacio de cincuenta años,
por todos los medios, hasta la abjuración
de otro lascivo obligado a aceptar la
misa para reinar sobre la progenie espiritual
de San Dionisio y de San Martín,
¡Entretanto
que Inglaterra lleva esta iniquidad al
Juicio universal, esperando también
las calamidades que pudieran ser su consecuencia,
muy cercana hoy, hubo, en la época
de Napoleón, la grande angustia
insular que hizo correr a través
de Europa, un Danubio de sangre, y que
tuvo sobre todo el horror de una vaca
a cuatro pasos del Becerro de Oro, amotinando
un continente mercenario para la destrucción
o envilecimiento de la maravillosa nación
francesa! Las más sombrías
maquinaciones de la más audaz política
fueron sus prácticas, y el propio
temor de revo1ucionar a todos los pueblos
civilizados no la detuvo. Basta recordar
la incomparable piratería del bombardeo
de Copenhague, al día siguiente
de Tilsitt, para volar la flota danesa
que el gabinete inglés suponía
ganada para la causa franco-rusa, sin
que semejante atentado fuera provocado
por acto ninguno de hostilidad.
“El
poder oculto y magnético de Inglaterra”.
¿Dónde, pues, he leído
esas palabras? ¿Cuál era
ese poder, y de dónde podía
venir a esta nación apóstata,
hacia la que se aguzaban como hacia un
polo, todas las conciencias fangosas o
perturbadas, tan pronto como la sortílega
cuchicheaba en el silencio de las cancillerías
europeas?
¡No parece que es como para inspirar
miedo, que el más grande de los
hombres fuese su víctima, que el
león del desierto que había
en él, pudiera ser fascinado al
fin, por esa serpiente de bajos fondos,
hasta precipitarse entre sus fauces como
en un refugio!
¡Es
abrumador decirse que el hombre de guerra
al que ningún otro puede compararse
haya sido vencido por un Wellington! Verdad
es que entonces sus lugartenientes le
obedecían mal o le traicionaban.
¡Pero, de todos modos, un Wellington,
es demasiado ignominioso! Todo lo que
podría decirse de ese inconcebible
general inglés, cuyo principal
mérito en España fue el
de un buen intendente de las vituallas,
y que hubiera sido irremediablemente aplastado
en Waterloo, si Napoleón hubiera
podido hacerse obedecer; todo lo que la
indignación o el sarcasmo francés
podría inspirar, no iría
más lejos, para deshonrar a tal
fantoche, que los consejos satíricos
dados a los “generales en jefe”,
por el autor inglés de la encantadora
obra: Advice to the officers of the
british army. (2)
“Nada
es tan recomendable como la generosidad
hacia el enemigo. Seguirle apuntándole
con un arma después de la victoria,
sería sacar ventajas de su situación.
Basta con haberle probado que podéis
batirle cuando lo juzguéis conveniente...
Procederéis siempre abiertamente
y en buena fe, con amigos y enemigos.
Os cuidaréis de disimular o de
tender emboscadas. Nunca atacaréis
al enemigo durante la noche. Acordaos
de Héctor yendo a combatir a Ajax:
¡Cielo, alúmbranos y combate
contra nosotros! Si el enemigo se retira,
dejadle sacar algunos días de ventaja,
a fin de mostrarle que siempre podéis
"sorprenderle cuando os lo propongáis.
¿Quién sabe si una actitud
tan generosa no lo impulsará a
detenerse? Después que él
se ha detenido en un lugar seguro, entonces
podéis poneros en su persecución,
con todo vuestro ejército... Nunca
avancéis un oficial inteligente;
un rústico compañero es
todo lo que necesitáis para la
ejecución de vuestras órdenes.
Un oficial que sabe una letra más
de lo que exige la rutina, debéis
considerarlo como vuestro enemigo personal,
pues podéis estar seguro de que
se ríe de vos y de vuestras maniobras”.
Es indiscutible
que Wellington, tan justamente admirado
por Inglaterra, ha seguido al pie de la
letra, en sus campañas de la península
y aún de Bélgica, esos preciosos
consejos. Habíanle sido necesarios,
en España y en Portugal, para no
ser destruido veinte veces, la ausencia
capital de Napoleón y la anarquía
criminal de los generales que le reemplazaban.
Puede
tenerse la absoluta certeza de que hasta
la pérdida del Imperio fue menos
amarga a Napoleón, que esa suplantación
ridícula e ignominiosa. Lo que
prevalecía contra él, el
grandioso y magnánimo emperador
latino, era, en la persona del mediocre
Wellington, todo el comercio y toda la
banca de Londres. Esta era la horrible
hipocresía del protestantismo parsimonioso
y arrogante de los traficantes en matanzas
y en infamias. Era, en fin y sobre todo,
la sorprendente enmienda del Dios de los
ejércitos, arrepintiéndose,
como en el Diluvio, de haber hecho un
hombre tan grande y, por efecto de una
misericordia terrible, humillándole,
al fin, bajo los pies de un aborto de
la gloria!
Notas
del capítulo:
1) Albert
Sorel (1842-1906), historiador. León
Bloy leyó su obra mayor, “Europa
y la Revolución francesa”
(L’Europe et la Révolution
française), en ocho volúmenes
(1885-1904).
2) Advertencia a los oficiales del
ejército británico.
(N. del T.).