Napoleón,
en Santa Elena, ha condenado él
mismo su aventura de España. “Esta
desdichada guerra me ha perdido, ha dividido
mis fuerzas, atacado mi moralidad en Europa.
Confieso que emprendí muy mal el
negocio; la inmoralidad debió de
ser demasiado evidente, la injusticia,
cínica, y el todo debe de ser muy
mezquino, puesto que yo he sucumbido.
Porque el atentado no se muestra más
que en su horrorosa desnudez, privado
de todo lo grandioso, y de los numerosos
beneficios que colmaban mi intención...
Bayona no fue una celada, sino un inmenso
golpe de Estado... Osé golpear
desde excesiva altura. Quise obrar como
la Providencia”.
¡Como
la Providencia! Todo Napoleón está
ahí. Sintiéndose confusamente
llamado a prefigurar a El que debe renovar
la faz de la tierra, creyóse designado
para operar por sí mismo esa renovación,
y muchos lo creyeron con él. Así
es como pudo ser, por diez años,
el árbitro y modelador de Europa.
Sin esos prejuicios, sus batallas maravillosas
no hubieran bastado. Pero hubo una España
que no quiso dejarse amasar, y el Cromwell
de las monarquías europeas, halló
su grano de arena en ese uréter
del viejo mundo.
Esta España
de granito y de guitarras, era un país
extraño que mucho tenía
que expiar. Infiel a su misión
de cristianizar América, ella había
destruido ferozmente pueblos enteros.
El oro inicuo de sus galeones de tortura
y de desesperación, desde mucho
tiempo había corrompido su corazón
y licuado su cerebro. Sus reyes católicos,
los más ricos de la tierra, decíase,
estaban allí, como el sol ridículo
de los Borbones, sobre algunos millones
de mendigos soberbios y roídos
por la miseria. La religión, trasvasada
de los sublimes corazones de Santa Teresa
y de San Juan de la Cruz, en almas voluptuosas
o salvajes, encorvadas por el fetichismo
de la devoción más material,
habíase hecho horrible.
Ningún
contacto con pueblo alguno, salvo, por
fuerza, con Portugal, el pueblo detestado
que le cerraba el Atlántico, impidiéndole
percibir al otro lado de ese océano,
el continente de oro. Privada para siempre
desde Utrecht, de sus antiguas posesiones
en Italia y en los Países Bajos,
recluida tras los Pirineos que creyó
haber abatido Luis XIV; duramente expoliada
en Gibraltar por la herética Inglaterra;
esta dominadora de la mitad del globo
dos siglos antes, subsistía desde
entonces como una pobrecilla huraña
en el tablero de sus montañas,
donde no penetraban las nuevas ideas.
En las ciudades todavía quedaban
hombres capaces de ver que su monarquía
era una inmundicia, y de sentir que algo
nuevo se agitaba en el aire. Ellos pagaron,
por otra parte, a precio excesivamente
caro esta clarividencia, habiendo sido
inhumanamente degollados por sus propios
conciudadanos, desde los primeros días.
Pero los campesinos nada vieron ni sintieron
nada, sino que serían tratados,
tal vez, como sus antepasados habían
tratado a los aborígenes del Nuevo
Mundo, tan vanamente confiados a la caridad
de la católica España por
el inefable Mensajero del Redentor, Cristóbal
Colón. Esto dio lugar a una guerra
de demonios.
Hubo,
sin embargo, una diferencia muy sensible,
y pido a todas las Españas, el
permiso de expresarla. Los soldados franceses,
al principio, y cuando la recepción
hecha a filo de puñales no los
había enfurecido todavía,
eran verdaderamente los ingenuos ilusos
del 89, creyendo llevar a todas partes
la liberación, y fraternizar con
todos los pueblos, ilusión que
será tan torpe como se quiera,
pero indudablemente generosa, que justo
era oponer al individualismo sombrío
de esa España tan hermética
como la China a toda ingerencia extranjera,
y profundamente indiferente a la fortuna,
como a las desdichas de los otros habitantes
del planeta.
De 1808
a 1814, se mató y se torturó
infernalmente, y esta guerra no pudo terminar
sino cuando terminó el gran imperio.
Trescientos mil franceses arrojados por
Napoleón sobre ese infortunado
reino, dado por él a un imbécil
hermano, lo recorrieron en todos sentidos,
destruyendo hombres y cosas, incendiando,
pillando, estrangulando, violando y profanando,
en represalia de más horribles
crueldades. Más de doscientos mil
combatientes españoles quedaron
allí, y, ¿cuántos
retornaron de los soldados del emperador?
Las cifras conocidas, son pavorosas. ¡Solamente
en Zaragoza, un informe del mariscal Lannes
acusa con horror más de sesenta
mil enemigos muertos!...
Muchas
veces se ha preguntado uno, por qué
el gran vencedor, disponible después
de Wagram, no volvió a España
para dar cima a su empresa. Cierto es
que Wellington no hubiera podido tenerle
delante de él, y que seguidamente
él no habría tenido necesidad
de correr sobre el Niemen, y a Moscú.
Pero esto es el misterio, encontrado a
cada paso, en la vida de Napoleón.
Obediente a su implacable destino de prototipo
o de parangón, era menester que
el prodigio de actividad estuviera inerte
en ese momento, para que se cumpliera
el castigo de unos y otros. Era menester
asimismo que se consumara la desesperante
alianza austriaca, y que así fuese
asegurada la ruptura con los bárbaros
del norte.
La capitulación
ignominiosa de Bailén, había
tenido lugar en las inmediaciones de las
Naves de Tolosa, campo de batalla glorioso
para los españoles, desde hacía
unos quinientos años, y es bien
sabido cuánto los exaltó
ese inesperado triunfo. Este fue el primer
golpe.
Europa comprendió que el coloso,
pareciendo menos invencible, se hallaba
quebrantado, y él mismo sintió
que la tierra se cansaba de sostenerle.
Su omnipotencia, aunque recibida desde
lo alto, ¡era tan humana y tan frágil!
¿Cómo hubiera podido no
advertirlo? Seguramente él no se
sabía un instrumento, sólo
un instrumento magnífico para la
representación de una parábola
divina. Empero, él debió
de tener la intuición de un primer
aviso terrible, y la entrevista de Erfurt,
inmediatamente después, el “jardín
de reyes”, como él decía,
no debió precisamente embriagarle.
Su única
aparición en España, desastrosamente
abreviada por el armamentismo austriaco,
no había culminado en nada. La
conquista de esta península malhadada,
fue confiada a tenientes inhábiles
o infieles, que no supieron o no quisieron
jamás ponerse de acuerdo y que,
por otra parte, hubiesen sido de antemano
y fatalmente condenados al fracaso, por
la sorprendente ineptitud de un rey ficticio.
Quienes pagaron -y terriblemente-, fueron
los soldados.
Mucho
se ha hablado del patriotismo de los españoles,
del despertar de un pueblo. ¿Qué
es lo que no se ha declamado sobre ese
lugar común? ¡Es como si
se hablara del patriotismo de los vandeanos
que combatían únicamente
para sus sacerdotes! ¿Qué
lazo podía existir en esa nación,
esencialmente provincial y parroquial,
entre los campesinos salvajes de la Mancha
o los toreros de Andalucía o los
montañeses de Asturias, por ejemplo,
o los cerriles cabreros de Aragón?
Ningún otro, sin duda, que la religión
estrecha y forzada, pero idéntica
en todas partes, que recibían de
sus capuchinos o de sus curas. Esto era
suficiente para eternizar una guerra diabólica.
Si Napoleón no comprendió
nada de ese carácter profundo de
España, ¿qué es lo
que sus desdichados soldados, educados
en la ignorancia o en el desprecio de
toda práctica religiosa, hubieran
podido comprender?
El vencedor
de reyes, habituado hasta entonces a recibir
las llaves de los imperios o de las capitales,
después de victorias decisivas,
se asombró de un pueblo incapaz
de capitular, siempre inasible, y no queriendo
la guerra, más que las emboscadas
perpetuas, y el intercambio continuo de
atrocidades. Esta evidencia le repugnó,
y dejó que las cosas siguieran
su curso, esperando, tal vez, el cansancio,
sacrificando de este modo la mitad de
sus ejércitos magníficos,
tratando de olvidar la horrible llaga
de sus pies, para sólo pensar en
la corona de todos los Césares,
que pensaba ceñir sobre su cabeza
en llamas. En toda la historia no ha habido
una página más dolorosa.
Las calamidades inexpresables que vinieron
después, no han tenido ese aspecto
de negrura trágica, ese abominable
aspecto de deslealtad sanguinaria y de
furor fratricida...
“Ese
cáncer de España, sobre
el cual no habría que volver”,
decía el Emperador, cautivo y moribundo,
“... esta funesta guerra de Rusia,
ese espantoso rigor de los elementos...
y después, el universo entero contra
mí!... ¡Oh destino de
los hombres!”.