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León Bloy, El Alma de Napoleón

IX
 
EL CHANCRO

Napoleón, en Santa Elena, ha condenado él mismo su aventura de España. “Esta desdichada guerra me ha perdido, ha dividido mis fuerzas, atacado mi moralidad en Europa. Confieso que emprendí muy mal el negocio; la inmoralidad debió de ser demasiado evidente, la injusticia, cínica, y el todo debe de ser muy mezquino, puesto que yo he sucumbido. Porque el atentado no se muestra más que en su horrorosa desnudez, privado de todo lo grandioso, y de los numerosos beneficios que colmaban mi intención... Bayona no fue una celada, sino un inmenso golpe de Estado... Osé golpear desde excesiva altura. Quise obrar como la Providencia”.

¡Como la Providencia! Todo Napoleón está ahí. Sintiéndose confusamente llamado a prefigurar a El que debe renovar la faz de la tierra, creyóse designado para operar por sí mismo esa renovación, y muchos lo creyeron con él. Así es como pudo ser, por diez años, el árbitro y modelador de Europa. Sin esos prejuicios, sus batallas maravillosas no hubieran bastado. Pero hubo una España que no quiso dejarse amasar, y el Cromwell de las monarquías europeas, halló su grano de arena en ese uréter del viejo mundo.

Esta España de granito y de guitarras, era un país extraño que mucho tenía que expiar. Infiel a su misión de cristianizar América, ella había destruido ferozmente pueblos enteros. El oro inicuo de sus galeones de tortura y de desesperación, desde mucho tiempo había corrompido su corazón y licuado su cerebro. Sus reyes católicos, los más ricos de la tierra, decíase, estaban allí, como el sol ridículo de los Borbones, sobre algunos millones de mendigos soberbios y roídos por la miseria. La religión, trasvasada de los sublimes corazones de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, en almas voluptuosas o salvajes, encorvadas por el fetichismo de la devoción más material, habíase hecho horrible.

Ningún contacto con pueblo alguno, salvo, por fuerza, con Portugal, el pueblo detestado que le cerraba el Atlántico, impidiéndole percibir al otro lado de ese océano, el continente de oro. Privada para siempre desde Utrecht, de sus antiguas posesiones en Italia y en los Países Bajos, recluida tras los Pirineos que creyó haber abatido Luis XIV; duramente expoliada en Gibraltar por la herética Inglaterra; esta dominadora de la mitad del globo dos siglos antes, subsistía desde entonces como una pobrecilla huraña en el tablero de sus montañas, donde no penetraban las nuevas ideas. En las ciudades todavía quedaban hombres capaces de ver que su monarquía era una inmundicia, y de sentir que algo nuevo se agitaba en el aire. Ellos pagaron, por otra parte, a precio excesivamente caro esta clarividencia, habiendo sido inhumanamente degollados por sus propios conciudadanos, desde los primeros días. Pero los campesinos nada vieron ni sintieron nada, sino que serían tratados, tal vez, como sus antepasados habían tratado a los aborígenes del Nuevo Mundo, tan vanamente confiados a la caridad de la católica España por el inefable Mensajero del Redentor, Cristóbal Colón. Esto dio lugar a una guerra de demonios.

Hubo, sin embargo, una diferencia muy sensible, y pido a todas las Españas, el permiso de expresarla. Los soldados franceses, al principio, y cuando la recepción hecha a filo de puñales no los había enfurecido todavía, eran verdaderamente los ingenuos ilusos del 89, creyendo llevar a todas partes la liberación, y fraternizar con todos los pueblos, ilusión que será tan torpe como se quiera, pero indudablemente generosa, que justo era oponer al individualismo sombrío de esa España tan hermética como la China a toda ingerencia extranjera, y profundamente indiferente a la fortuna, como a las desdichas de los otros habitantes del planeta.

De 1808 a 1814, se mató y se torturó infernalmente, y esta guerra no pudo terminar sino cuando terminó el gran imperio. Trescientos mil franceses arrojados por Napoleón sobre ese infortunado reino, dado por él a un imbécil hermano, lo recorrieron en todos sentidos, destruyendo hombres y cosas, incendiando, pillando, estrangulando, violando y profanando, en represalia de más horribles crueldades. Más de doscientos mil combatientes españoles quedaron allí, y, ¿cuántos retornaron de los soldados del emperador? Las cifras conocidas, son pavorosas. ¡Solamente en Zaragoza, un informe del mariscal Lannes acusa con horror más de sesenta mil enemigos muertos!...

Muchas veces se ha preguntado uno, por qué el gran vencedor, disponible después de Wagram, no volvió a España para dar cima a su empresa. Cierto es que Wellington no hubiera podido tenerle delante de él, y que seguidamente él no habría tenido necesidad de correr sobre el Niemen, y a Moscú. Pero esto es el misterio, encontrado a cada paso, en la vida de Napoleón. Obediente a su implacable destino de prototipo o de parangón, era menester que el prodigio de actividad estuviera inerte en ese momento, para que se cumpliera el castigo de unos y otros. Era menester asimismo que se consumara la desesperante alianza austriaca, y que así fuese asegurada la ruptura con los bárbaros del norte.

La capitulación ignominiosa de Bailén, había tenido lugar en las inmediaciones de las Naves de Tolosa, campo de batalla glorioso para los españoles, desde hacía unos quinientos años, y es bien sabido cuánto los exaltó ese inesperado triunfo. Este fue el primer golpe.
Europa comprendió que el coloso, pareciendo menos invencible, se hallaba quebrantado, y él mismo sintió que la tierra se cansaba de sostenerle. Su omnipotencia, aunque recibida desde lo alto, ¡era tan humana y tan frágil! ¿Cómo hubiera podido no advertirlo? Seguramente él no se sabía un instrumento, sólo un instrumento magnífico para la representación de una parábola divina. Empero, él debió de tener la intuición de un primer aviso terrible, y la entrevista de Erfurt, inmediatamente después, el “jardín de reyes”, como él decía, no debió precisamente embriagarle.

Su única aparición en España, desastrosamente abreviada por el armamentismo austriaco, no había culminado en nada. La conquista de esta península malhadada, fue confiada a tenientes inhábiles o infieles, que no supieron o no quisieron jamás ponerse de acuerdo y que, por otra parte, hubiesen sido de antemano y fatalmente condenados al fracaso, por la sorprendente ineptitud de un rey ficticio. Quienes pagaron -y terriblemente-, fueron los soldados.

Mucho se ha hablado del patriotismo de los españoles, del despertar de un pueblo. ¿Qué es lo que no se ha declamado sobre ese lugar común? ¡Es como si se hablara del patriotismo de los vandeanos que combatían únicamente para sus sacerdotes! ¿Qué lazo podía existir en esa nación, esencialmente provincial y parroquial, entre los campesinos salvajes de la Mancha o los toreros de Andalucía o los montañeses de Asturias, por ejemplo, o los cerriles cabreros de Aragón? Ningún otro, sin duda, que la religión estrecha y forzada, pero idéntica en todas partes, que recibían de sus capuchinos o de sus curas. Esto era suficiente para eternizar una guerra diabólica. Si Napoleón no comprendió nada de ese carácter profundo de España, ¿qué es lo que sus desdichados soldados, educados en la ignorancia o en el desprecio de toda práctica religiosa, hubieran podido comprender?

El vencedor de reyes, habituado hasta entonces a recibir las llaves de los imperios o de las capitales, después de victorias decisivas, se asombró de un pueblo incapaz de capitular, siempre inasible, y no queriendo la guerra, más que las emboscadas perpetuas, y el intercambio continuo de atrocidades. Esta evidencia le repugnó, y dejó que las cosas siguieran su curso, esperando, tal vez, el cansancio, sacrificando de este modo la mitad de sus ejércitos magníficos, tratando de olvidar la horrible llaga de sus pies, para sólo pensar en la corona de todos los Césares, que pensaba ceñir sobre su cabeza en llamas. En toda la historia no ha habido una página más dolorosa. Las calamidades inexpresables que vinieron después, no han tenido ese aspecto de negrura trágica, ese abominable aspecto de deslealtad sanguinaria y de furor fratricida...

“Ese cáncer de España, sobre el cual no habría que volver”, decía el Emperador, cautivo y moribundo, “... esta funesta guerra de Rusia, ese espantoso rigor de los elementos... y después, el universo entero contra mí!... ¡Oh destino de los hombres!”.