“Nosotros
queremos (1) llegar hasta las propias puertas del infierno,
pero, bien entendido, para detenemos allí”.
Es en estos términos como el doloroso Pío
VII hablaba del Concordato de 1801, estipulación
terrible adonde le había llevado la necesidad de
no dejar perecer definitivamente la llama de ese último
luminar del mundo que era Francia.
Hasta fue menester, tanta
era la repugnancia, el ascendiente sobrenatural de Napoleón
sobre ese viejo pontífice, manso y tímido,
que pareció ver en él algo más que
un hombre, cuyos peores tratos no lograron aminorar su afecto.
Pues el poder de sortilegio de ese vencedor, causa un asombro
del que no es posible salir. Muy simple era que fuese adorado
de sus soldados, cuyo corazón centup1icaba, y a quienes
asociaba todos los días a la gloria más absoluta.
Muy explicable era que los ministros de su poder, los innumerables
funcionarios de su imperio fuesen deslumbrados por tantos
prodigios como veíanle operar. Los mismos soberanos,
sus adversarios o sus rivales, tan a menudo vencidos y humillados,
no podían escapar al sentimiento de admiración,
que manifestaban tremantes de inquietud. El salía
de sí mismo para apoderarse de las almas, en millones
de manos.
Pero el Vicario de Jesucristo,
¿era posible? Pontífice y Doctor supremo,
infinitamente más alto que todos los hombres, no
por naturaleza o cultura, sino por magisterio y ordenanza
de Dios; Primado de honor y de jurisdicción en la
Iglesia universal, Piedra fundamental y Llavero sin superior
ni igual sobre la tierra; infalible y sublime juez, al que
nadie podía juzgar ni deponer; ¿es verosímil
que Pío VII, dignísimo sucesor de tantos santos
Papas, no haya podido escapar a ese prestigio? Empero, esto
es exacto. Pío VII sintió por Napoleón
un amor de predilección, situándole en su
corazón por encima de otros príncipes, al
extremo de arriesgar el reproche de parcialidad,
practicando así un como nepotismo en favor del conquistador
del universo, como si hubiera sido su hijo más mimado.
Hasta cuando debió sufrir su rigor, y sufrir hasta
la agonía, su ternura por el pródigo pareció
aumentar. No obstante, el Emperador no pudo lograr que él
prevaricase, siquiera fuese en la forma, en 1813, en ocasión
de ese forzado y subrepticio concordato firmado por un septuagenario
inconsciente, casi moribundo, que tornó a él,
inmediatamente después; concordato de ningún
valor, y que sólo persiste en la historia como una
prueba de la violencia moral ejercida por Napoleón
contra su cautivo.
El Papa, en 1807, antes
de la ruptura había dicho: “Nosotros hemos
hecho todo lo que debía hacerse para que existiera
una buena correspondencia y armonía: Nos estamos
dispuestos a continuar en esta forma para lo venidero; con
tal que se mantenga la integridad de principios respecto
de los cuales Nos somos irremovibles. Esto ya es
de Nuestra conciencia, y sobre ello no se obtendrá
nada de Nos, aun cuando se Nos desollara, ancor chè
ci scorticassero”.
Esta firmeza tan sencilla exasperó al emperador,
que por un momento hízose profeta en su misma contra.
Estaba amenazado de excomunión.
“¿Excomulgarme? -escribió el 22 de julio
al virrey de Italia- ¿Pío VII piensa que las
armas caerán de las manos de mis soldados?”
Exactamente cinco años y tres meses fueron necesarios,
para alcanzar octubre de 1812. (2).
El gran soldado quería de tal modo el imperio del
mundo, que ello le había ofuscado la inteligencia
al extremo de no comprender ya que hay cosas que no son
exigibles, y que a los efectos de la transgresión
de una consigna, no están en el ,mismo plano, un
Papa que un granadero. “El Papa reina sobre los espíritus,
y yo no reino más que sobre la materia”, exclama
con desesperación. “Los sacerdotes conservan
el alma., y me reservan (3) el cadáver”.
¡Qué relámpagos en la noche de este
gran hombre, y cuán en vano! Empeñábase
en desconocer el punto en que debe detenerse la exigencia
de la fuerza. ¿Podía acaso ignorar que en
el orden natural, el exceso de actividad del poder, engendra
y tropieza al cabo, una resistencia que ya no puede
vencer?
Molestado sin razón
alguna por los pretendidos ataques de la Santa Sede, la
cual no hacía sino defenderse, Napoleón tomó
el deplorable partido del secuestro. El Papa, aun cuando
profundamente desdichado por tener que castigar, respondió
con la excomunión, que algo más tarde retractó,
cuando la protección divina pareció alejarse
de su enemigo, imposibilitado de dormir, dícese,
por esa formidable sentencia.
Ha habido otros pontificados
tan agitados como el de Pío VII, pero ninguno pudo
proporcionar al titular una amargura tan absoluta. La cruz
infligida por Napoleón era incomparablemente más
dura y más pesada que todas las otras. Esta era la
cruz del genio, del heroísmo, la cruz de una gloria
militar que no había tenido nunca igual, la cruz
de la grandeza humana desmesurada, ¡la cruz de toda
prefiguración terrenal, la cruz de honor!
El infortunado Pontífice,
abrumado antes por el peso de sus Llaves, todavía
debió cargar con ese fardo. Debió soportarle
quince años, y es un milagro que no haya sucumbido.
Su antecesor inmediato,
Pío VI, el Papa de la Revolución, había
llevado una existencia muy ruda, debiendo morir en el destierro,
no lejos de la Salette, habiendo oído desmoronarse
en torno suyo, todo el viejo mundo (4). Mucho tiempo antes
de que estallara la revolución, ya constituía
un suplicio gobernar el universo cristiano. “¡Ay!
-decía Pío VII, Papa del Consulado y del Imperio-
no tenemos más paz ni reposo verdaderos, que en el
gobierno de católicos vasallos de infieles o de herejes.
Los católicos de Rusia, de Inglaterra, de Prusia
o de Levante, no Nos crean dificultades. Ellos piden las
bulas, las directivas que creen necesarias y andan, según
ellas, en la forma más apacible, siguiendo las leyes
de la Iglesia. Conocéis bien cuánto nuestro
predecesor tuvo que padecer a causa de los cambios operados
por los emperadores José y Leopoldo. Sois testigos
de los ataques de que hemos sido objeto, todos los días,
por las cortes de España y de Nápoles. Nada
es tan desdichado hoy como el Soberano Pontífice.
Es el guardián de las leyes de la Religión,
es su Jefe supremo; la Religión es un edificio que
se quiere convulsionar al tiempo de decir que se le respeta.
Créese tener necesidad de Nos para realizar incesantemente
esas subversiones, y no se considera que Nuestra conciencia
y Nuestro honor se oponen a todas esas mutaciones. Burlona
y hasta airadamente se rechazan Nuestras objeciones; los
pedidos nos llegan casi siempre acompañados de amenazas
y el embajador francés, el espiritual Cacault, refiriendo
esas quejas en un despacho al Primer Cónsul, agregaba
audazmente: “No hay ídolo que haya sido tan
golpeado y maltratado por su negro, como la Santa Sede,
el Papa y el Sacro Colegio lo han sido, desde hace diez
años, por los fieles católicos”.
Pero, ¿qué
eran todas las anteriores triquiñuelas o chicanas,
remontando al menos hasta Francisco I, comparadas con el
celo del “hijo devoto”? Napoleón escribiendo
al Papa, en febrero de 1806, la carta insólita en
la que se declaraba Emperador de Roma, y que podría
resumirse así : “Yo me preocupo más
de la religión, que Vos mismo; vos la dejáis
en sufrimiento; mirad cómo lo hago yo; yo seré
más juicioso, más hábil, hasta más
piadoso que vos, que dejáis perecer las almas”
(!!!)
La actividad absorbente
de ese soldado que nada sabía del gobierno de la
Iglesia, no podía admitir ni imaginar la lentitud
de las decisiones romanas, y una impaciencia furiosa lo
agitaba con igual frecuencia en su trono que en campaña.
Pío VII intentó
infructuosamente explicarle que la rapidez de los asuntos
eclesiásticos era prevaricación. Muy pronto
ya no hubo medios de entenderse, siendo imposible ningún
acuerdo persistente entre estos dos hombres, el uno empuñando
la Espada inmensa, pero de sólo un día, y
el otro presentando la Ley, sin fin ni vicisitudes.
Con absoluta buena fe, al
principio de su poderío, Napoleón quiso curar
las heridas de la Iglesia, como ya lo he dicho, así
como las de la Tierra toda, y así lo pretendió
en 1806 y aún más tarde. Pero el Absoluto
es incompatible, y el absoluto que estaba en la voluntad
del Emperador, nunca pudo girar las Llaves del Arca Santa
donde residía, bajo las miradas del Papa, lo absoluto
de la Voluntad divina.
El primer disentimiento
grave, es la negativa de anular el matrimonio protestante
del príncipe Jerónimo. En tal ocasión,
Pío VII se toma el trabajo, estéril en sus
efectos, de escribir una extensa carta de angélica
serenidad, digna, en todos sus términos, de los más
santos Doctores. Un poco más tarde, se produce la
ocupación de Ancona, despreciándose la neutralidad
pontificia, primer síntoma del prurito de despojo.
El Papa se queja de esta injusticia con una mansedumbre
apostólica y paternal, que no tiene más efecto
que el de endurecer el corazón de Faraón.
Entonces, nada más queda por hacer. La Iglesia, privada
de su Jefe, está obligada a esperar, sufriendo y
gimiendo, que el gran vencedor sucumba.
El prodigioso hombre de Iena y de Lobau, que tenía
necesidad de su Bloqueo continental para prefigurar el Diablo
o el Espíritu Santo, fue, sin que tal vez en nada
interviniera el fondo de su corazón, hasta ese extremo
de opresión, en que se hace inevitable el rompimiento
de los diques celestiales. “Prohíbese
al Papa Pío VII Comunicarse con ninguna iglesia del
Imperio, so pena de desobediencia”. Esta
contraexcomunión política, tan semejante a
un edicto policial, fue notificada al Cautivo, el 14 de
enero de 1811.
El 19 de marzo siguiente,
fecha infinitamente notable, nacía el Rey de Roma.
El Patriarca de la Obediencia cuya era la fiesta, -y que
fuera proclamado por otro Papa, el Patrono de la Iglesia
universal, recibió, pues, en sus brazos al pobre
niño, hijo del más grande de los hombres,
y como era también el Patrono de la buena muerte,
restituyóle en la mayor brevedad posible, a su verdadero
padre, el Emperador de los mundos.
En 1809, pocos días
después del secuestro, Pío VII, arrastrado
de ciudad en ciudad, pasaba por Grenob1e. Ahí las
dos solas resistencias inexpugnables que Napoleón
hallara en el continente, la Santa Sede y España,
reuniéronse. Los prisioneros de Zaragoza estaban
en Grenoble. A la llegada del Jefe de la Iglesia, todos
se precipitaron, arrodillándose a sus pies, siendo
imitados en ello, por la ciudad entera.
Napoleón, a la sazón
sobre el Danubio, quizás sintió como el paso
de una sombra. Su “estrella” palidecía.
Por un tiempo habíase dejado de veda, en Bailén
y en Cintra; estuvo a punto de apagarse en Essling, extraña
estrella que le hubiera tal vez conducido a Belén,
si él hubiera sabido arrodillarse una sola vez, como
sus vencidos, y que lo condujo a Santa Elena habiéndole
allí la madre de Constantino preparado una sepultura
solitaria, donde la cruz de la esperanza, acordada a los
más humildes náufragos del Océano,
no le fue admitida.
Todo esto parece hoy exageradamente
distante. Los juicios de los hombres han sustituido sus
cóleras, pero aún no se advierte, entre los
historiadores, un discernimiento superior de los sucesos
magníficos del Primer Imperio. Nadie ha observado
esto, sino cuando ocurría entre las dos potencias
más grandes, los únicos en realidad,
Dios y César, algo inefable, no pudiendo ser comparado
más que a una u otra de esas parábolas o prefiguraciones
proféticas del Antiguo Testamento, resonantes misteriosamente
en todas las páginas del Nuevo.
Aquí flaquean la
voz y el corazón. Ya no se sabe lo que debe o no
decirse. Tenemos, por ejemplo, a Moisés, el inmenso
Jefe del Pueblo de Dios a quien el Señor “hablaba
cara a cara, como acostumbra un hombre hablar con su amigo”.
En castigo de sus culpas, el Pueblo de Dios es afligido
cruelmente. Moisés ruega y el Señor le ordena
construir una serpiente de bronce, cuya sola vista curará
a los que la miren. Esa serpiente significará, pues,
al mismo tiempo, el antiguo Enemigo de los hombres, y su
Salvador; es la imagen del Tentador sobre la Cruz de la
Redención, y el que instaura ese Signo espantoso
y saludable, es el obediente Vicario de Dios en el
desierto, el antecesor indiscutible del Vicario de Jesucristo,
en esos tiempos lejanos. ¿No sería eso –apenas
me atrevo a escribirlo-, a cuarenta siglos de distancia,
una maravilla simbólica análoga a la CONSAGRACIÓN
de Napoleón por Pío VII, consagración
de un usurpador, comparado con harta frecuencia
al Anticristo para que fuera presentado al mundo agónico
un signo de la esperanza de una cura igualmente milagrosa?
Con un poco de audacia,
podría llegar a decirse que esa consagración,
por la cual fuera tan censurado el dulcísimo Pontífice,
estaba tal vez en el pensamiento de ese confidente de la
Caridad divina, como la Extremaunción administrada
a una Europa gravemente enferma, y condenada por los más
sabios médicos.
En fin, están esas
dos Almas: el alma central y desmedida del único
Napoleón, por una parte; por otra parte, el alma
del Papado imperecedero.
¿Quién podrá pensar o atreverse a sostener,
luego de cien años, que hubo entre ellas, verdadero
antagonismo?
Dios había querido
a Napoleón, como había querido a todos los
Papas, como había querido a su Iglesia.
Preciso era, pues, que subsistiesen
juntos, y en cierta armonía, a cualquiera que fuese
el precio; el uno, para ahondar hasta el abismo, la diferencia
entre el antiguo y el nuevo mundo; el otro, para decir a
todos los pueblos:
“¡He aquí el Delimitador! Dura
es su mano, y pesada su planta; pero Aquel a quien represento
ha querido que así y no de otro modo fuera. Si yo
sufro por él, será en la seguridad infinita
y perdurable de haber hecho lo que había que hacer,
en determinado momento, por Dios y por los hombres. Si ese
predestinado me quiebra, no lo hará sin antes haberse
desarraigado él mismo. Pero la Tiara que yo tengo
el honor de llevar, en pos de tantos otros, no será
afectada por ello.
“Reconoced, pues,
en él y en mí, la Voluntad del Padre celestial,
cumpliéndose sobre la tierra, al mismo tiempo que
en lo más alto de los cielos”.
Notas del capítulo:
1) “Nous voulons
bien aller jusqu’aux portes de l’enfer...”,
en el texto original. La traducción nos parece errónea,
sería más correcto emplear la expresión
“estamos dispuestos a”.
2) Para aderezar este punto, podríamos citar el Salmo
194, verso 15: Nolite tangere Christos meos, et in Prophetis
meis nolite malignari (“No toquéis a mis
Ungidos, ni hagáis mal a mis Profetas”). En
un lenguaje menos rebuscado, un proverbio francés
hace también eco de esta advertencia: Qui mange
du Pape en meurt (“quien come Papa, muere”).
Estas palabras se leen por primera vez en la Chronique
des trés Chrestiens Roys de France des relations
aux Papes (“Crónica de los muy Cristianos
Reyes de Francia de las relaciones con los Papas”)
(1463).
3) Napoleón dice “y me avientan el
cadáver”, en la cita original.
4) Pío VI, arrestado, encarcelado y atormentado ignominiosamente
por orden del Directorio, murió en Valence, Francia,
en 1799.