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Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
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León Bloy, El Alma de Napoleón

VIII
 
LA TIARA

Nosotros queremos (1) llegar hasta las propias puertas del infierno, pero, bien entendido, para detenemos allí”. Es en estos términos como el doloroso Pío VII hablaba del Concordato de 1801, estipulación terrible adonde le había llevado la necesidad de no dejar perecer definitivamente la llama de ese último luminar del mundo que era Francia.

Hasta fue menester, tanta era la repugnancia, el ascendiente sobrenatural de Napoleón sobre ese viejo pontífice, manso y tímido, que pareció ver en él algo más que un hombre, cuyos peores tratos no lograron aminorar su afecto. Pues el poder de sortilegio de ese vencedor, causa un asombro del que no es posible salir. Muy simple era que fuese adorado de sus soldados, cuyo corazón centup1icaba, y a quienes asociaba todos los días a la gloria más absoluta. Muy explicable era que los ministros de su poder, los innumerables funcionarios de su imperio fuesen deslumbrados por tantos prodigios como veíanle operar. Los mismos soberanos, sus adversarios o sus rivales, tan a menudo vencidos y humillados, no podían escapar al sentimiento de admiración, que manifestaban tremantes de inquietud. El salía de sí mismo para apoderarse de las almas, en millones de manos.

Pero el Vicario de Jesucristo, ¿era posible? Pontífice y Doctor supremo, infinitamente más alto que todos los hombres, no por naturaleza o cultura, sino por magisterio y ordenanza de Dios; Primado de honor y de jurisdicción en la Iglesia universal, Piedra fundamental y Llavero sin superior ni igual sobre la tierra; infalible y sublime juez, al que nadie podía juzgar ni deponer; ¿es verosímil que Pío VII, dignísimo sucesor de tantos santos Papas, no haya podido escapar a ese prestigio? Empero, esto es exacto. Pío VII sintió por Napoleón un amor de predilección, situándole en su corazón por encima de otros príncipes, al extremo de arriesgar el reproche de parcialidad, practicando así un como nepotismo en favor del conquistador del universo, como si hubiera sido su hijo más mimado. Hasta cuando debió sufrir su rigor, y sufrir hasta la agonía, su ternura por el pródigo pareció aumentar. No obstante, el Emperador no pudo lograr que él prevaricase, siquiera fuese en la forma, en 1813, en ocasión de ese forzado y subrepticio concordato firmado por un septuagenario inconsciente, casi moribundo, que tornó a él, inmediatamente después; concordato de ningún valor, y que sólo persiste en la historia como una prueba de la violencia moral ejercida por Napoleón contra su cautivo.

El Papa, en 1807, antes de la ruptura había dicho: “Nosotros hemos hecho todo lo que debía hacerse para que existiera una buena correspondencia y armonía: Nos estamos dispuestos a continuar en esta forma para lo venidero; con tal que se mantenga la integridad de principios respecto de los cuales Nos somos irremovibles. Esto ya es de Nuestra conciencia, y sobre ello no se obtendrá nada de Nos, aun cuando se Nos desollara, ancor chè ci scorticassero”.
Esta firmeza tan sencilla exasperó al emperador, que por un momento hízose profeta en su misma contra. Estaba amenazado de excomunión.
“¿Excomulgarme? -escribió el 22 de julio al virrey de Italia- ¿Pío VII piensa que las armas caerán de las manos de mis soldados?” Exactamente cinco años y tres meses fueron necesarios, para alcanzar octubre de 1812. (2).
El gran soldado quería de tal modo el imperio del mundo, que ello le había ofuscado la inteligencia al extremo de no comprender ya que hay cosas que no son exigibles, y que a los efectos de la transgresión de una consigna, no están en el ,mismo plano, un Papa que un granadero. “El Papa reina sobre los espíritus, y yo no reino más que sobre la materia”, exclama con desesperación. “Los sacerdotes conservan el alma., y me reservan (3) el cadáver”. ¡Qué relámpagos en la noche de este gran hombre, y cuán en vano! Empeñábase en desconocer el punto en que debe detenerse la exigencia de la fuerza. ¿Podía acaso ignorar que en el orden natural, el exceso de actividad del poder, engendra y tropieza al cabo, una resistencia que ya no puede vencer?

Molestado sin razón alguna por los pretendidos ataques de la Santa Sede, la cual no hacía sino defenderse, Napoleón tomó el deplorable partido del secuestro. El Papa, aun cuando profundamente desdichado por tener que castigar, respondió con la excomunión, que algo más tarde retractó, cuando la protección divina pareció alejarse de su enemigo, imposibilitado de dormir, dícese, por esa formidable sentencia.

Ha habido otros pontificados tan agitados como el de Pío VII, pero ninguno pudo proporcionar al titular una amargura tan absoluta. La cruz infligida por Napoleón era incomparablemente más dura y más pesada que todas las otras. Esta era la cruz del genio, del heroísmo, la cruz de una gloria militar que no había tenido nunca igual, la cruz de la grandeza humana desmesurada, ¡la cruz de toda prefiguración terrenal, la cruz de honor!

El infortunado Pontífice, abrumado antes por el peso de sus Llaves, todavía debió cargar con ese fardo. Debió soportarle quince años, y es un milagro que no haya sucumbido.

Su antecesor inmediato, Pío VI, el Papa de la Revolución, había llevado una existencia muy ruda, debiendo morir en el destierro, no lejos de la Salette, habiendo oído desmoronarse en torno suyo, todo el viejo mundo (4). Mucho tiempo antes de que estallara la revolución, ya constituía un suplicio gobernar el universo cristiano. “¡Ay! -decía Pío VII, Papa del Consulado y del Imperio- no tenemos más paz ni reposo verdaderos, que en el gobierno de católicos vasallos de infieles o de herejes. Los católicos de Rusia, de Inglaterra, de Prusia o de Levante, no Nos crean dificultades. Ellos piden las bulas, las directivas que creen necesarias y andan, según ellas, en la forma más apacible, siguiendo las leyes de la Iglesia. Conocéis bien cuánto nuestro predecesor tuvo que padecer a causa de los cambios operados por los emperadores José y Leopoldo. Sois testigos de los ataques de que hemos sido objeto, todos los días, por las cortes de España y de Nápoles. Nada es tan desdichado hoy como el Soberano Pontífice. Es el guardián de las leyes de la Religión, es su Jefe supremo; la Religión es un edificio que se quiere convulsionar al tiempo de decir que se le respeta. Créese tener necesidad de Nos para realizar incesantemente esas subversiones, y no se considera que Nuestra conciencia y Nuestro honor se oponen a todas esas mutaciones. Burlona y hasta airadamente se rechazan Nuestras objeciones; los pedidos nos llegan casi siempre acompañados de amenazas y el embajador francés, el espiritual Cacault, refiriendo esas quejas en un despacho al Primer Cónsul, agregaba audazmente: “No hay ídolo que haya sido tan golpeado y maltratado por su negro, como la Santa Sede, el Papa y el Sacro Colegio lo han sido, desde hace diez años, por los fieles católicos”.

Pero, ¿qué eran todas las anteriores triquiñuelas o chicanas, remontando al menos hasta Francisco I, comparadas con el celo del “hijo devoto”? Napoleón escribiendo al Papa, en febrero de 1806, la carta insólita en la que se declaraba Emperador de Roma, y que podría resumirse así : “Yo me preocupo más de la religión, que Vos mismo; vos la dejáis en sufrimiento; mirad cómo lo hago yo; yo seré más juicioso, más hábil, hasta más piadoso que vos, que dejáis perecer las almas” (!!!)

La actividad absorbente de ese soldado que nada sabía del gobierno de la Iglesia, no podía admitir ni imaginar la lentitud de las decisiones romanas, y una impaciencia furiosa lo agitaba con igual frecuencia en su trono que en campaña.

Pío VII intentó infructuosamente explicarle que la rapidez de los asuntos eclesiásticos era prevaricación. Muy pronto ya no hubo medios de entenderse, siendo imposible ningún acuerdo persistente entre estos dos hombres, el uno empuñando la Espada inmensa, pero de sólo un día, y el otro presentando la Ley, sin fin ni vicisitudes.

Con absoluta buena fe, al principio de su poderío, Napoleón quiso curar las heridas de la Iglesia, como ya lo he dicho, así como las de la Tierra toda, y así lo pretendió en 1806 y aún más tarde. Pero el Absoluto es incompatible, y el absoluto que estaba en la voluntad del Emperador, nunca pudo girar las Llaves del Arca Santa donde residía, bajo las miradas del Papa, lo absoluto de la Voluntad divina.

El primer disentimiento grave, es la negativa de anular el matrimonio protestante del príncipe Jerónimo. En tal ocasión, Pío VII se toma el trabajo, estéril en sus efectos, de escribir una extensa carta de angélica serenidad, digna, en todos sus términos, de los más santos Doctores. Un poco más tarde, se produce la ocupación de Ancona, despreciándose la neutralidad pontificia, primer síntoma del prurito de despojo. El Papa se queja de esta injusticia con una mansedumbre apostólica y paternal, que no tiene más efecto que el de endurecer el corazón de Faraón. Entonces, nada más queda por hacer. La Iglesia, privada de su Jefe, está obligada a esperar, sufriendo y gimiendo, que el gran vencedor sucumba.
El prodigioso hombre de Iena y de Lobau, que tenía necesidad de su Bloqueo continental para prefigurar el Diablo o el Espíritu Santo, fue, sin que tal vez en nada interviniera el fondo de su corazón, hasta ese extremo de opresión, en que se hace inevitable el rompimiento de los diques celestiales. “Prohíbese al Papa Pío VII Comunicarse con ninguna iglesia del Imperio, so pena de desobediencia”. Esta contraexcomunión política, tan semejante a un edicto policial, fue notificada al Cautivo, el 14 de enero de 1811.

El 19 de marzo siguiente, fecha infinitamente notable, nacía el Rey de Roma. El Patriarca de la Obediencia cuya era la fiesta, -y que fuera proclamado por otro Papa, el Patrono de la Iglesia universal, recibió, pues, en sus brazos al pobre niño, hijo del más grande de los hombres, y como era también el Patrono de la buena muerte, restituyóle en la mayor brevedad posible, a su verdadero padre, el Emperador de los mundos.

En 1809, pocos días después del secuestro, Pío VII, arrastrado de ciudad en ciudad, pasaba por Grenob1e. Ahí las dos solas resistencias inexpugnables que Napoleón hallara en el continente, la Santa Sede y España, reuniéronse. Los prisioneros de Zaragoza estaban en Grenoble. A la llegada del Jefe de la Iglesia, todos se precipitaron, arrodillándose a sus pies, siendo imitados en ello, por la ciudad entera.

Napoleón, a la sazón sobre el Danubio, quizás sintió como el paso de una sombra. Su “estrella” palidecía. Por un tiempo habíase dejado de veda, en Bailén y en Cintra; estuvo a punto de apagarse en Essling, extraña estrella que le hubiera tal vez conducido a Belén, si él hubiera sabido arrodillarse una sola vez, como sus vencidos, y que lo condujo a Santa Elena habiéndole allí la madre de Constantino preparado una sepultura solitaria, donde la cruz de la esperanza, acordada a los más humildes náufragos del Océano, no le fue admitida.

Todo esto parece hoy exageradamente distante. Los juicios de los hombres han sustituido sus cóleras, pero aún no se advierte, entre los historiadores, un discernimiento superior de los sucesos magníficos del Primer Imperio. Nadie ha observado esto, sino cuando ocurría entre las dos potencias más grandes, los únicos en realidad, Dios y César, algo inefable, no pudiendo ser comparado más que a una u otra de esas parábolas o prefiguraciones proféticas del Antiguo Testamento, resonantes misteriosamente en todas las páginas del Nuevo.

Aquí flaquean la voz y el corazón. Ya no se sabe lo que debe o no decirse. Tenemos, por ejemplo, a Moisés, el inmenso Jefe del Pueblo de Dios a quien el Señor “hablaba cara a cara, como acostumbra un hombre hablar con su amigo”. En castigo de sus culpas, el Pueblo de Dios es afligido cruelmente. Moisés ruega y el Señor le ordena construir una serpiente de bronce, cuya sola vista curará a los que la miren. Esa serpiente significará, pues, al mismo tiempo, el antiguo Enemigo de los hombres, y su Salvador; es la imagen del Tentador sobre la Cruz de la Redención, y el que instaura ese Signo espantoso y saludable, es el obediente Vicario de Dios en el
desierto, el antecesor indiscutible del Vicario de Jesucristo, en esos tiempos lejanos. ¿No sería eso –apenas me atrevo a escribirlo-, a cuarenta siglos de distancia, una maravilla simbólica análoga a la CONSAGRACIÓN de Napoleón por Pío VII, consagración de un usurpador, comparado con harta frecuencia al Anticristo para que fuera presentado al mundo agónico un signo de la esperanza de una cura igualmente milagrosa?

Con un poco de audacia, podría llegar a decirse que esa consagración, por la cual fuera tan censurado el dulcísimo Pontífice, estaba tal vez en el pensamiento de ese confidente de la Caridad divina, como la Extremaunción administrada a una Europa gravemente enferma, y condenada por los más sabios médicos.

En fin, están esas dos Almas: el alma central y desmedida del único Napoleón, por una parte; por otra parte, el alma del Papado imperecedero.
¿Quién podrá pensar o atreverse a sostener, luego de cien años, que hubo entre ellas, verdadero antagonismo?

Dios había querido a Napoleón, como había querido a todos los Papas, como había querido a su Iglesia.

Preciso era, pues, que subsistiesen juntos, y en cierta armonía, a cualquiera que fuese el precio; el uno, para ahondar hasta el abismo, la diferencia entre el antiguo y el nuevo mundo; el otro, para decir a todos los pueblos:
“¡He aquí el Delimitador! Dura es su mano, y pesada su planta; pero Aquel a quien represento ha querido que así y no de otro modo fuera. Si yo sufro por él, será en la seguridad infinita y perdurable de haber hecho lo que había que hacer, en determinado momento, por Dios y por los hombres. Si ese predestinado me quiebra, no lo hará sin antes haberse desarraigado él mismo. Pero la Tiara que yo tengo el honor de llevar, en pos de tantos otros, no será afectada por ello.

“Reconoced, pues, en él y en mí, la Voluntad del Padre celestial, cumpliéndose sobre la tierra, al mismo tiempo que en lo más alto de los cielos”.


Notas del capítulo:

1) “Nous voulons bien aller jusqu’aux portes de l’enfer...”, en el texto original. La traducción nos parece errónea, sería más correcto emplear la expresión “estamos dispuestos a”.
2) Para aderezar este punto, podríamos citar el Salmo 194, verso 15: Nolite tangere Christos meos, et in Prophetis meis nolite malignari (“No toquéis a mis Ungidos, ni hagáis mal a mis Profetas”). En un lenguaje menos rebuscado, un proverbio francés hace también eco de esta advertencia: Qui mange du Pape en meurt (“quien come Papa, muere”). Estas palabras se leen por primera vez en la Chronique des trés Chrestiens Roys de France des relations aux Papes (“Crónica de los muy Cristianos Reyes de Francia de las relaciones con los Papas”) (1463).
3) Napoleón dice “y me avientan el cadáver”, en la cita original.
4) Pío VI, arrestado, encarcelado y atormentado ignominiosamente por orden del Directorio, murió en Valence, Francia, en 1799.