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León Bloy, El Alma de Napoleón

VII
 
EL ESCABEL

La tierra es un hombre”, ha dicho no sé qué filósofo místico. Esta extraña frase acude a mi memoria de pronto, pensando, una vez más, en el Globo imperial, que veo siempre acudir desde el fondo de los siglos, para instalarse, por último, en la mano de Napoleón.

Este globo, naturalmente, representa la esfera terrestre, imagen invertida de la esfera celeste, de la cual parece no ser sino un punto absolutamente imperceptible.
Pero, tanto el Espacio como la Cantidad, no son más que una ilusión en nuestro espíritu. El número no es más que la multiplicación indefinida de la Unidad primordial, y nada más. Es, pues, probable, y aún cierto, que la minúscula tierra, tan extensa para los pobres humanos forzados a recorrerla, es, en realidad, más grande que todo, puesto que Dios se ha encarnado en ella, para salvar hasta a los astrónomos.

Esa Encarnación no es solamente un Misterio, tal como se la enseña; es centro de todos los misterios. Omnia in IPSA constant. Cuando se lee que el Hijo de Dios, su Verbo, “ha sido hecho carne”, es exactamente como si se leyera que ha sido hecho tierra, puesto que tierra es la sustancia de la carne del hombre. Pero Dios, asumiendo la naturaleza humana ha operado necesariamente, según su naturaleza divina, es decir, de una manera absoluta, haciéndose así más hombre que todos los hombres formados de tierra, haciéndose él mismo la Tierra, en el sentido más misterioso, más profundo.

Cuando uno nombra la tierra, es, pues, al Hijo de Dios, a Cristo-Jesús mismo a quien uno nombra, y es para desalentar toda constancia exegética en descubrir que la palabra tierra está escrita mucho más de dos mil veces en la Vulgata, para no decir de la palabra humus, invocador y sinónimo de horno, que allí puede leerse exactamente cuarenta y cinco veces.
Plenos de estos pensamientos, abrid el Libro Santo, y tendréis como el desgarramiento del velo del Abismo. En seguida seréis testigos azorados de los esponsales del Arrobamiento y del Espanto. No podréis ni os atreveréis a hablar más. No os atreveréis más a escupir sobre la tierra que es la Faz de Jesucristo, porque sentiréis que esto es verdaderamente así.

Cuando leáis, por ejemplo, en San Juan, que Jesús “escribió con el dedo sobre la tierra”, en presencia de los Escribas y Fariseos, acusando a su propia Esposa, la Iglesia por la cual debía morir, de haber sido “sorprendida en adulterio”, sentiréis quizás, con una emoción desconocida, que ese Redentor escribió sobre su propia Faz, con el mismo dedo con que había curado a los ciegos y a los sordos, la condena silenciosa de los implacab1es y de los imbéciles. “El que ha salido de la tierra, es de tierra y habla de la tierra”, había dicho su Precursor, y por ello el Maestro se expresó siempre en parábolas y en metáforas. No se terminaría nunca, si con mano temblorosa y el corazón palpitante como las campanas de la Epifanía, debieran desarrollarse todas esas concordancias del Texto santo.

Entonces, un respeto sin límites sería debido a esta tierra milagrosa, inexpresab1emente manchada por todos los pueblos durante tantos siglos, y tan cruelmente des honrada hoy, por las industrias avarientas que la despojan de todo su decoro, después de haberla violado hasta en sus entrañas. Pero toda la malicia de los demonios no insultará más de lo que ha sido insultada la Faz del Redentor.

Por mucho que se la haya querido vender o permutar con injusticia y por los giros de la más innoble codicia, no se llegará nunca a un equivalente en la calidad de ultrajes. Por devastada que pueda ser la faz visible de la tierra, no se la despojará, sin embargo, de los tesoros escondidos de la cólera de Aquel cuya es la imagen, como tampoco se extinguirá la inmensa hoguera de su corazón.

“Cuando yo esté formado (1) de tierra, dice el Maestro, atraeré todo hacia mí”. Se ha querido que esta predicción espiritual se realizara en el mundo visible, y los que fueron, por un tiempo, soberanos de ese mundo, sin saber lo que tenían en sus manos de barro, plantaron la Cruz sobre su globo para atraer todo a ellos. Ella fue la desilusión secular hasta Napoleón, que debía ser, por decreto divino, su última y más encumbrada víctima.

Nada semejante existe ya, ni puede existir, habiendo sido a su vez devorado el único ser en el cual todas las cosas parecieron, por un momento, tener su consistencia: Napoleón el Grande. Nunca rey o emperador alguno había fijado sobre la tierra una mirada tan penetrante, y tan atenta. Tal vez juzgando que ella se le parecía, con sus volcanes y sus océanos, consideró su desaliento, el horror de sus llagas, sus heridas, sus cicatrices, su palidez mortal, observó hasta el comienzo de su agonía. Médico más que temerario, intentó curada, renovar esa faz moribunda infundiéndole una vida nueva. Sólo consiguió cubrirla de sangre, y ésta era indudablemente la única cosa que tuvo que hacer, puesto que ella parece haberse beneficiado de ese terrible tratamiento. Aun después de un siglo, ella no ha terminado de morir. Sus funerales han sido desautorizados, pero la Cruz nueva que Napoleón le había dado, cae en el polvo, y la misma idea del Globo se diluye, siendo discutida la esfericidad de la tierra, por sabios que le atribuyen no sé qué otra forma geométrica.

¿Cuándo vendrá El que debe venir, y que bajo Napoleón solamente fuera presentido - por la convulsión universal de los pueblos? Vendrá, sin duda alguna, a Francia, como está convenido, habiendo llorado, hablando de Él, Nuestra Señora de la Misericordia en la Salette... Vendrá por Dios o contra Dios, nada de ello se sabe. Pero, seguramente será el Hombre esperado por los buenos y por los malos. Misionero sobrenatural de alegría y de desesperación, anunciado por tantos profetas, previsto por los gritos de bestias amedrentadas o feroces, como por el canto límpido o melancólico de los pájaros, el clamor de las simas, o la espantosa exhalación de los osarios - desde la Desobediencia del Patriarca de la Humanidad.

Ese día se conocerá la verdadera forma de la tierra, y se sabrá por qué se llama Escabel de los Pies del Señor.


Notas del capítulo:

1) Leemos en el texto original: “Quand je serai élevé de terre”, es decir, “levado”, “levantado”, o, según el sentido que le da el traductor a este término, “creado”.