“La
tierra es un hombre”, ha dicho no
sé qué filósofo místico.
Esta extraña frase acude a mi memoria
de pronto, pensando, una vez más,
en el Globo imperial, que veo siempre
acudir desde el fondo de los siglos, para
instalarse, por último, en la mano
de Napoleón.
Este globo,
naturalmente, representa la esfera terrestre,
imagen invertida de la esfera celeste,
de la cual parece no ser sino un punto
absolutamente imperceptible.
Pero, tanto el Espacio como la Cantidad,
no son más que una ilusión
en nuestro espíritu. El número
no es más que la multiplicación
indefinida de la Unidad primordial, y
nada más. Es, pues, probable, y
aún cierto, que la minúscula
tierra, tan extensa para los pobres humanos
forzados a recorrerla, es, en realidad,
más grande que todo, puesto que
Dios se ha encarnado en ella, para salvar
hasta a los astrónomos.
Esa Encarnación
no es solamente un Misterio, tal como
se la enseña; es centro de todos
los misterios. Omnia in IPSA constant.
Cuando se lee que el Hijo de Dios, su
Verbo, “ha sido hecho carne”,
es exactamente como si se leyera que ha
sido hecho tierra, puesto que
tierra es la sustancia de la carne del
hombre. Pero Dios, asumiendo la naturaleza
humana ha operado necesariamente, según
su naturaleza divina, es decir, de una
manera absoluta, haciéndose
así más hombre que todos
los hombres formados de tierra, haciéndose
él mismo la Tierra, en el sentido
más misterioso, más profundo.
Cuando
uno nombra la tierra, es, pues, al Hijo
de Dios, a Cristo-Jesús mismo a
quien uno nombra, y es para desalentar
toda constancia exegética en descubrir
que la palabra tierra está
escrita mucho más de dos mil veces
en la Vulgata, para no decir de la palabra
humus, invocador y sinónimo
de horno, que allí puede
leerse exactamente cuarenta y cinco veces.
Plenos de estos pensamientos, abrid el
Libro Santo, y tendréis como el
desgarramiento del velo del Abismo. En
seguida seréis testigos azorados
de los esponsales del Arrobamiento y del
Espanto. No podréis ni os atreveréis
a hablar más. No os atreveréis
más a escupir sobre la tierra que
es la Faz de Jesucristo, porque sentiréis
que esto es verdaderamente así.
Cuando
leáis, por ejemplo, en San Juan,
que Jesús “escribió
con el dedo sobre la tierra”, en
presencia de los Escribas y Fariseos,
acusando a su propia Esposa, la Iglesia
por la cual debía morir, de haber
sido “sorprendida en adulterio”,
sentiréis quizás, con una
emoción desconocida, que ese Redentor
escribió sobre su propia Faz,
con el mismo dedo con que había
curado a los ciegos y a los sordos, la
condena silenciosa de los implacab1es
y de los imbéciles. “El que
ha salido de la tierra, es de tierra y
habla de la tierra”, había
dicho su Precursor, y por ello el Maestro
se expresó siempre en parábolas
y en metáforas. No se terminaría
nunca, si con mano temblorosa y el corazón
palpitante como las campanas de la Epifanía,
debieran desarrollarse todas esas concordancias
del Texto santo.
Entonces,
un respeto sin límites sería
debido a esta tierra milagrosa, inexpresab1emente
manchada por todos los pueblos durante
tantos siglos, y tan cruelmente des honrada
hoy, por las industrias avarientas que
la despojan de todo su decoro, después
de haberla violado hasta en sus entrañas.
Pero toda la malicia de los demonios no
insultará más de lo que
ha sido insultada la Faz del Redentor.
Por mucho
que se la haya querido vender o permutar
con injusticia y por los giros de la más
innoble codicia, no se llegará
nunca a un equivalente en la calidad de
ultrajes. Por devastada que pueda ser
la faz visible de la tierra, no se la
despojará, sin embargo, de los
tesoros escondidos de la cólera
de Aquel cuya es la imagen, como tampoco
se extinguirá la inmensa hoguera
de su corazón.
“Cuando
yo esté formado (1) de tierra,
dice el Maestro, atraeré todo hacia
mí”. Se ha querido que esta
predicción espiritual se realizara
en el mundo visible, y los que fueron,
por un tiempo, soberanos de ese mundo,
sin saber lo que tenían en sus
manos de barro, plantaron la Cruz sobre
su globo para atraer todo a ellos.
Ella fue la desilusión secular
hasta Napoleón, que debía
ser, por decreto divino, su última
y más encumbrada víctima.
Nada semejante
existe ya, ni puede existir, habiendo
sido a su vez devorado el único
ser en el cual todas las cosas parecieron,
por un momento, tener su consistencia:
Napoleón el Grande. Nunca rey o
emperador alguno había fijado sobre
la tierra una mirada tan penetrante, y
tan atenta. Tal vez juzgando que ella
se le parecía, con sus volcanes
y sus océanos, consideró
su desaliento, el horror de sus llagas,
sus heridas, sus cicatrices, su palidez
mortal, observó hasta el comienzo
de su agonía. Médico más
que temerario, intentó curada,
renovar esa faz moribunda infundiéndole
una vida nueva. Sólo consiguió
cubrirla de sangre, y ésta era
indudablemente la única cosa que
tuvo que hacer, puesto que ella parece
haberse beneficiado de ese terrible tratamiento.
Aun después de un siglo, ella no
ha terminado de morir. Sus funerales han
sido desautorizados, pero la Cruz nueva
que Napoleón le había dado,
cae en el polvo, y la misma idea del Globo
se diluye, siendo discutida la esfericidad
de la tierra, por sabios que le atribuyen
no sé qué otra forma geométrica.
¿Cuándo
vendrá El que debe venir, y que
bajo Napoleón solamente fuera presentido
- por la convulsión universal de
los pueblos? Vendrá, sin duda alguna,
a Francia, como está convenido,
habiendo llorado, hablando de Él,
Nuestra Señora de la Misericordia
en la Salette... Vendrá por Dios
o contra Dios, nada de ello se sabe. Pero,
seguramente será el Hombre esperado
por los buenos y por los malos. Misionero
sobrenatural de alegría y de desesperación,
anunciado por tantos profetas, previsto
por los gritos de bestias amedrentadas
o feroces, como por el canto límpido
o melancólico de los pájaros,
el clamor de las simas, o la espantosa
exhalación de los osarios - desde
la Desobediencia del Patriarca de la Humanidad.
Ese día
se conocerá la verdadera forma
de la tierra, y se sabrá por
qué se llama Escabel de los Pies
del Señor.
Notas del capítulo:
1) Leemos
en el texto original: “Quand je
serai élevé
de terre”, es decir, “levado”,
“levantado”, o, según
el sentido que le da el traductor a este
término, “creado”.