El
27 de mayo de 1653, cerca de Tournai,
en esa parte de los Países Bajos
que Francia desde hacía mucho tiempo
codiciaba de España, descubriose
la auténtica sepultura de Childerico
I. Los magistrados tuvieron serias dificultades
para tomar posesión de los objetos,
parte de los cuales ya había sido
robada por los asistentes. De las doscientas
joyas raras que habían sido observadas
en ocasión de las excavaciones,
solo quedaban unas treinta. Ellas eran
abejas de oro, de alas guarnecidas de
un vidrio rojo. El anillito de metal que
algunas conservaban, indicaba que debieron
ser pegadas a una tela. Un sabio declaró
que habían adornado un manto real,
sosteniendo que las flores de lis del
blasón de Francia, no serían
sino una deformación de esas abejas.
Supuestamente, Napoleón, que se
complacía en hablar de sus más
remotos antecesores, y que el día
de la distribución de las águilas
en Boulogne quiso sentarse sobre el trono
de Dagoberto, habíase interesado
por las reliquias de Childerico. Por orden
suya, las abejas de la tumba de Tournai
fueron imitadas para reemplazar sobre
el Manto de la Consagración imperial,
el sembrado de flores de lis que había
decorado el manto de los reyes capetos.
Singular fortuna de este ornamento merovingio
(1).
Después
de mil cuatrocientos años, no es
mucho lo que pueda decirse de ese padre
de Clovis que fuera Childerico I. Todo
lo que de él se sabe es que escandalizó
a los francos “por su lujuria”,
lo que no debió ser fácil,
y que esos castos bárbaros, habiéndole
expulsado por algún tiempo le sustituyeron
con el general romano Egidius. Sábese
también, según el buen San
Gregorio de Tours, que la Reina Basina
casó con él “por su
mérito y su gran bravura”.
Dagoberto
es sin duda más interesante, y
se llega a comprender que Napoleón
haya tenido el deseo de sentarse sobre
el trono milenario e incómodo de
ese gran merovingio. Pero Childerico tenía,
a sus ojos, el haber sido casi el rey
más antiguo de Francia y también,
haber sido hallado en su tumba con abejas
de oro empolvadas de antigüedad.
Tenía asimismo esto, con mucha
certeza, que las abejas debían
armonizar con su alma latina, mucho más
virgiliana, en el fondo, que corneliana,
a pesar de su gusto decidido por la tapicería
trágica.
San Bernardo,
según creo, comparaba, con más
satisfacción que profundidad, a
Jesucristo, en cuanto rey, con una abeja
“teniendo la miel de la misericordia,
y el dardo de la justicia”.
Pero San Bernardo no previó a Napoleón,
y seguramente Napoleón jamás
leyó a San Bernardo. La célebre
parábola del león de Sansón,
de mediocre repercusión en la fábula
de los toros de Aristea, íbale
mejor, y pienso que le era menos ignorada
(2).
Sea como
fuere, las abejas del hijo de Meroveo
le agradaron, y las llevó sobre
sus hombros, a través del mundo
en llamas, hasta el día en que
esas moscas, irritadas finalmente, contra
su amo, y tan traicioneras como los hombres,
claváronle sus aguijones.
Ellas
murieron, verdad es, al mismo tiempo que
él, y la misma experiencia tentada
por su sobrino, treinta años más
tarde, no pareció menos funesta.
Porque
hay un peligro terrible en tocar los símbolos.
“Adivina, o te devoro”, parecen
decir, como la Esfinge a los viajeros
bastante osados para aventurarse sobre
el camino a Tebas, capital enigmática
de la Beocia. Es ésta una ruta
que debe evitarse, cuando no se está
como el primer Napoleón, irresistiblemente
llevado.
Líbreme
Dios de intentar una explicación
cualquiera. Las abejas del manto imperial
son tan misteriosas para mí, como
debieron de serlo para el polvoriento
Childerico y para Napoleón mismo,
tan completamente indescifrables, como
los enigmas de Salomón, o las parábolas
del Evangelio.
Baste
esperar con certeza que sepamos un día,
lo que ellos fueron en el destino del
gran Imperio y en la de nuestro viejo
mundo, que no cesa de bajar a las tinieblas
desde que ha desaparecido él.
Notas
del capítulo:
1) Revista
Napoleónica, enero-febrero
1912.
2) El episodio de Sansón que halla
en el hocico del león muerto un
rayo de miel es bien conocido; es en las
Geórgicas de Virgilio
donde se cuenta la leyenda según
la cual abejas habrían nacido de
los toros inmolados por Aristeo. Hijo
de Apolo y de la ninfa Cirena, recordemos
que éste enseñó a
los hombres a adiestrar a las abejas.