En
su bella obra Napoleón y Alejandro
I, Vandal, describiendo el ceremonial
napoleónico en Dresde, en 1812,
escribió esto:
“En
la noche, los soberanos se reunían
para cenar, lo que tenía lugar
en casa del Emperador de los franceses.
Poco antes se congregaban en sus apartamentos.
Allí, si hemos de creer en una
tradición, Napoleón afectaba,
en su manera de hacer, y de hacerse anunciar,
una simplicidad grandiosa, que lo aislaba
de todos los poderosos que acudían
a su llamado, y lo sobreponía a
ellos. Sus invitados eran anunciados por
sus títulos y sus cualidades. Primero
eran Excelencias y Altezas innumerables,
Altezas de todo lugar y de todo origen,
antiguas o recientes, Reales o Serenísimas
- después las Majestades: Sus Majestades
el Rey y la Reina de Sajonia, sus Majestades
Imperiales y Reales Apostólicas,
Su Majestad la Emperatriz de los franceses,
Reina de Italia. Cuando todos esos llamados
sonoros habían resonado a través
de los salones, la augusta asamblea se
hallaba completa, y el Señor podía
venir. Entonces, tras un breve lapso,
la puerta se abría nuevamente,
de par en par, y el húsar decía
simplemente: ¡el EMPERADOR!”
Veintiocho
años más tarde, en el Hospital
de Inválidos, aguardábanse
los despojos traídos de Santa Elena.
Ninguna majestad ni alteza había
sido anunciada. ¿Para qué
habrían ellas de venir, no teniendo
ya nada que mendigar ni que esperar de
ese Muerto, víctima, otrora, de
su cobardía o de su perfidia?
Por otra
parte, desde el 5 de mayo de 1821, su
Europa estaba irreconocible. Los infames
y ridículos Borbones, llamados
de la Rama primogénita, suplantadores
de su gloria, habían sido arrojados.
Los portacoronas que fueron sus contemporáneos
o sus domésticos se pudrían
en o bajo la tierra, y nada había
sucedido en el mundo que fuera digno de
alguna atención. Los restos cada
vez más raros de su Gran Ejército,
estaban inseguros de su fin, y asíanse
fuertemente a la esperanza de otro retorno.
No es
posible prescindir absolutamente de la
Belleza, y verdaderamente es innoble en
demasía, subsistir en los legítimos
o ilegítimos desperdicios barridos
de toda Europa sobre la pobre Francia,
a partir de 1815. De todo el ceremonial
de 1812, quitado lo transitorio, no quedaba
más que esto:
La puerta, cerrada algún tiempo
sobre una multitud anhelante y silenciosa,
abrióse totalmente, y la voz grave
de un veterano de Wagram o de Moscú
dejó oír esta simple palabra:
¡el EMPERADOR! Se ha dicho que muchas
personas desvaneciéronse de entusiasmo,
viendo entrar el sarcófago.
Me parece
que esto es más grande que Dresde,
y que este último triunfo es incomparable.
Lo que volvía a la sazón,
no eran solamente las reliquias infinitamente
preciosas de un hombre cuya grandeza pareciera
igualar la de un santo: era el Globo imperial
en la mano del Amo, que había sido
el alma de Francia, más que ningún
otro héroe o príncipe, en
cualquier tiempo de la historia.
Ya he
dicho más arriba que tal era el
sentimiento profundo de sus soldados.
Cuando ellos morían exclamando
“¡Viva el Emperador!”
creían verdaderamente morir por
Francia, y no se equivocaban. Morían
exclusivamente por Francia; daban su vida
como jamás se ha hecho, no por
un territorio geográfico, sino
por un Jefe adorado que, a sus ojos, era
la Patria misma, la patria ilimitada,
resplandeciente, tan sublime como el inmenso
valle de los cielos, y del cual ningún
sabio hubiera podido designarle sus fronteras.
Esto era, la India, la inmensa Asia, Oriente
luego de Occidente, el globo realmente
del Imperio universal en las garras terribles
del Pájaro romano domesticado por
su Emperador, y su Emperador era la Francia
-equívoca, enigmática, indeterminable
antes de su aparición-, desde entonces
precisa en su majestad, irradiante y clara
como el día, la joven Francia de
Dios, la Francia del buen pan y del buen
vino, la Francia de la gloria, de la inmolación,
de la generosidad heroica, de la grandeza
sin límites, de todas las letanías
del corazón y del pensamiento.
Stat
Crux dum Volvitur orbis. Esto era,
exactamente, habiendo Napoleón
replantado sobre ese viejo globo, ahora
suyo, la Cruz abatida. Volvitur.
¿Dónde no había pisado
él, después de Carlomagno?
¿Cuántos no habían
creído tenerle entre sus manos
llenas de polvo?
Después
de Luis IV, llamado el Niño,
que fue en Alemania el último carolingio,
había tenido la ilustrísima
Casa de Sajonia, los tres Ottón
magnánimos y Enrique el Santo,
flor de la Edad Media en su primavera,
luego la baraúnda de las Casas
de Franconia y de Suavia. Hubo jefes de
lo que se llamó el Santo Imperio
Romano, venidos de Holanda, de Cornwailles,
de Castilla mismo, de Nassau, de Austria,
de Moravia, de Luxemburgo y de Baviera.
Hubo, en fin, los Habsburgos, a los que
Napoleón debía arrancar
ese magnífico símbolo de
dominación, por ellos degenerado
en emblema de impotencia o de torpeza.
¿Qué
podía significar, por otra parte,
en manos gibelinas de esos alemanes, el
simulacro venerado de la omnipotencia
cristiana de los Constantinos y los Teodosios?
Era preciso
un Napoleón, para restituido en
su persona, al Mundo Latino, tanto tiempo
en desgracia.
En su
persona y para siempre. El Globo imperial
está para siempre en la gran Tumba
de los Inválidos, donde no hay
lugar más que para un muerto solo.
Nadie vendrá aquí a capturarle,
así viniere a la cabeza de diez
millones de hombres.
“El
desierto, dice Las Cases, había
tenido siempre para el Emperador, una
particular atracción... Complacíase
en hacer observar que Napoleón
quiere decir León del desierto”.
¿En qué idioma? Lo ignoro.
Pero es muy cierto que ese espejismo de
su imaginación, es una realidad
profunda. Él mismo era el desierto,
haciendo en derredor suyo, vivo o muerto,
un desierto tan vasto, que los hombres
de toda la tierra no podrían llenarlo,
y en su conjunto, nada significarían,
bajo las miradas de Dios y en el silencio
del espacio.