Ir al Índice de "León Bloy, El Alma de Napoleón".   León Bloy, El Alma de Napoleón
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M. NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
   

León Bloy, El Alma de Napoleón

IV
 
LA BATALLA (1)

Un día pálido se eleva sobre las tristes llanuras de Polonia. Al toque de los clarines ha respondido el relincho de cuarenta mil caballos. La noche fría y negra ha gravitado pesadamente sobre el ejército, cuyo sueño ha debido ser interrumpido, ¡cuántas veces! por los gemidos, lejanos o próximos, de los heridos de la víspera o de la antevíspera. Estas quejas han atravesado los recuerdos o los sueños de unos y de otros, pues cada uno de esos guerreros tiene un alma que se separará probablemente de su cuerpo, en término de algunas horas. Es ésta una inmensa majada de almas, el rebaño de la Eternidad.

Muchos, gran cantidad, sin duda alguna han vuelto a ver sus familias, sus campos, sus pueblos, en Borgoña, en Perigord, en Normandía, en Bretaña; otros en Holanda, en Alemania, en Italia y hasta en España, porque los ejércitos del Emperador se reclutan en todas partes, exceptuadas Rusia e Inglaterra.

Diez años hace que se combate, y seguramente se combatirá durante otros diez, y nadie podría decir cuándo ni cómo terminará esto, y Napoleón menos que nadie.
Los jefes más intrépidos murmuran ya. Lo que bien se advierte, es que se tiene contra sí la Europa entera, simplemente porque uno es la Francia, alma viviente de todos los pueblos, y que es ley para la bestia humana, guerrear contra su alma.

Para los oscuros soldados, esta alma es visible en Napoleón, y tanto que si él llegara a morir, ello significaría el fin de Francia y del mundo. ¿Hay algo más trágico, yo me pregunto, que las lágrimas de ese pobre granadero llorando a orillas del Berezina por haberlo visto marchar en medio de los espectros de su vieja guardia? “En verdad, yo no sé si duermo o si estoy despierto. Lloro de haber visto a nuestro Emperador andar a pie, con el bastón en la mano, ¡él, tan grande, y que tanto nos enorgullece!”

Pero no ha llegado ese momento. La humillación de los pueblos no ha sido todavía suficientemente fecundada, y será menester nuevas victorias para alumbrar los desastres.

Entretanto, he aquí el estruendo preliminar de la artillería, la voz grandiosa de los cañones. El Gran Ejército se distiende, alargando sus poderosos miembros, bostezando ante la muerte. Para acabar de despertado, el viento helado le arroja nieve a la cara. Helo ahí de pie, trémulo de frío y estremecido, en los valles, sobre las colinas, sobre los lagos helados, entre los bosques.

Hay acá y allá, sobre el tablero de lo Infalible, las temibles fieras de que dispone: Davout, Augereau, Ney, que no conoce la fatiga ni el miedo; Murat, el destripador de batallones, el Aquiles de todos los combates; el sublime Lannes, el terrible coracero Hautpol, los generales de epopeya Saint-Hilaire, Friant, Gudin, Morand, y otros cincuenta. Rápidos y exactos como ángeles de guerra, ejecutan las últimas órdenes de su amo, y la carnicería tiene comienzo.

Es menester que haya esta tarde, y por lo menos, veinte mil muertos y treinta mil heridos, y no hay, pues, tiempo que perder: pues Dios ha hecho la Jornada del Hombre para que éste la colme de obras buenas o malas, y en las inmediaciones del Polo, el día, en febrero, no tiene ocho horas.

Es indispensable haber sido testigo de uno de esos conflictos de multitudes para saber cuánto de sueño tiene la vida. He ahí toda una división segada por la metralla. ¿Qué importa, y quién tendría tiempo para llorar? Treinta escuadrones impulsados por las Furias la pisotean para sablear un poco más allá, a los artilleros y a los infantes, antes de caer ellos mismos en la luminosa noche de los muertos. Luego, la batalla tiene incesantes flujos y reflujos, sístole y diástole de ejércitos en lucha. Una posición conquistada mediante grandes esfuerzos, es perdida y vuelve a ser reconquistada, ¡cuántas veces! Una carga heroica, supuestamente decisiva, es contenida por un ciclón de fuego; la caballería semidestruida es llevada sobre la infantería que la protegerá como pueda, teniendo ésta, a veces, una imperiosa necesidad de ser a su vez; protegida. Pero aumenta el número de cadáveres, y las almas salidas de la tumba de sus cuerpos, las pobres almas, antes tenebrosas, sabiendo al fin por qué y para qué han combatido tan salvajemente, han ido a planear, invisibles, allá, sobre el otero imperial, alrededor del Señor visible, que las aparta con la mano como a importunos pensamientos...

Porque todavía no ha decidido la victoria, y ésta le es necesaria. La victoria es su Requiem, el reposo de su propia alma en este mundo en tinieblas. Ella es su pan y su vino, es su hogar y su luz. ¿Ha sido, pues, creado para otra cosa que para la victoria? Cuando uno de sus cuerpos llega a retroceder, es como si él fuera físicamente rechazado por la grupa de los caballos, por el empuje de las multitudes. Pero su rostro, impasible como el bronce, nada trasluce de su tormento. Quizás tamo poco sufra, tanto es fuerte su corazón, tan grande es la impavidez de su genio. A no dudar, sufrirá más tarde.

En ese momento él parece feliz, siente su fuerza. Se sabe tutor de los abortos de la Fortuna, tiene arcos de triunfo para la Incertidumbre y hasta para eventuales desastres, completamente seguro de hallar siempre, en el fondo de sí mismo, algún recurso imprevisto y fulminante que le hará más poderoso.

Entonces mira una vez más su campo de batalla y, tranquilamente, “hace tres pasos, como los Dioses”. De todas sus combinaciones profundas, ineficaces hasta el momento, brota de pronto una Maniobra que hace pensar en Hércules niño, salpicando todo el cielo con la leche de la esposa de Júpiter.

Murat acaba de pasar como un torrente, aplastando toda Europa, en una media hora, sobre cuatro kilómetros cuadrados, y Napoleón no tiene sino algunas etapas de sus soldados para convertirse en el Emperador de Occidente.

“La suerte de una batalla, decía él en Santa Elena, es el resultado de un instante, de un pensamiento. Uno se acerca con combinaciones diversas, se adentra, se bate cierto tiempo; el momento decisivo se presenta, una chispa moral pronuncia y la más pequeña reserva, realiza”.
Él ha confesado que estuvo muy profundamente emocionado ante el espectáculo de los campos de Eylau, tan enrojecidos de sangre, que la nieve debió teñirse en ella, durante todo el invierno. No es posible dudar de esa emoción, cuando se ha estudiado a Napoleón. Es más hombre que los otros, en razón de su superioridad infinita. Pero esa misma superioridad lo “adhiere al borde” de una impasibilidad necesaria a su prestigio.

“Una particularidad, dice Thiers, golpeó todos los ojos. Sea pensando en retornar a las cosas del pasado, sea también la economía, había querido devolverse el uniforme blanco a las tropas. Habíase ensayado sobre algunos regimientos, pero la vista de la sangre sobre la vestimenta blanca, decidió la cuestión”. Napoleón, lleno de repugnancia y de horror, declaró que no quería más que uniformes azules, costaren lo que fuere”.

No pudo, a pesar de todo, impedirse delatar, en esa oportunidad, los sacudimientos de su corazón, en uno de esos boletines lapidarios y fatídicos con los que zarandeaba al mundo.

Para el que ve en lo Absoluto, la guerra no tiene sentido si no es de exterminio, y el futuro inmediato nos lo mostrará. Es necedad o hipocresía hacer prisioneros. Seguramente Napoleón no fue tonto ni hipócrita, pero el pretendido verdugo era un sentimental, siempre dispuesto a la clemencia, -un magnánimo que, a pesar de todo, creía en la magnanimidad de los demás, y bien se sabe cuánto le costó esta incomprensible ilusión.


En Austerlitz, deja en libertad a Alejandro, pudiendo hacerle su prisionero; después de Iena, deja el trono a la casa de Prusia abatida; tras de Wagram, desdeña fraccionar la monarquía austriaca, etc. ¡Por último, en Rochefort, él se confía a la generosidad de Inglaterra! El sabía los horrores de los pontones; hubiérale sido fácil usar de represalias, enviando a presidio, no a pobres marineros y soldados, sino a toda una alta clase de la colectividad inglesa detenida en Francia en ocasión de la ruptura de la paz de Amiens, expediente terrible y que hubiera sido probablemente más eficaz que el bloqueo continental.
Más tarde había de reprocharse no haberlo hecho así acusándose de falta de carácter...

No era, pues, el monstruo que hubiera hecho falta para la guerra total, apocalíptica, con todas sus consecuencias, el abismo de guerra invocado por el abismo de torpezas, y, evidentemente, no habría de ser el precursor de ese demonio.

Notas del capítulo:

1) En una carta a René Martineau, en julio de 1912, Bloy dice que este capítulo “es una de mis mejores cosas”.