Un
día pálido se eleva sobre
las tristes llanuras de Polonia. Al toque
de los clarines ha respondido el relincho
de cuarenta mil caballos. La noche fría
y negra ha gravitado pesadamente sobre
el ejército, cuyo sueño
ha debido ser interrumpido, ¡cuántas
veces! por los gemidos, lejanos o próximos,
de los heridos de la víspera o
de la antevíspera. Estas quejas
han atravesado los recuerdos o los sueños
de unos y de otros, pues cada uno de esos
guerreros tiene un alma que se separará
probablemente de su cuerpo, en término
de algunas horas. Es ésta una inmensa
majada de almas, el rebaño de la
Eternidad.
Muchos,
gran cantidad, sin duda alguna han vuelto
a ver sus familias, sus campos, sus pueblos,
en Borgoña, en Perigord, en Normandía,
en Bretaña; otros en Holanda, en
Alemania, en Italia y hasta en España,
porque los ejércitos del Emperador
se reclutan en todas partes, exceptuadas
Rusia e Inglaterra.
Diez años
hace que se combate, y seguramente se
combatirá durante otros diez, y
nadie podría decir cuándo
ni cómo terminará esto,
y Napoleón menos que nadie.
Los jefes más intrépidos
murmuran ya. Lo que bien se advierte,
es que se tiene contra sí la Europa
entera, simplemente porque uno es la Francia,
alma viviente de todos los pueblos, y
que es ley para la bestia humana, guerrear
contra su alma.
Para los
oscuros soldados, esta alma es visible
en Napoleón, y tanto que si él
llegara a morir, ello significaría
el fin de Francia y del mundo. ¿Hay
algo más trágico, yo me
pregunto, que las lágrimas de ese
pobre granadero llorando a orillas del
Berezina por haberlo visto marchar en
medio de los espectros de su vieja guardia?
“En verdad, yo no sé si duermo
o si estoy despierto. Lloro de haber visto
a nuestro Emperador andar a pie, con el
bastón en la mano, ¡él,
tan grande, y que tanto nos enorgullece!”
Pero no
ha llegado ese momento. La humillación
de los pueblos no ha sido todavía
suficientemente fecundada, y será
menester nuevas victorias para alumbrar
los desastres.
Entretanto,
he aquí el estruendo preliminar
de la artillería, la voz grandiosa
de los cañones. El Gran Ejército
se distiende, alargando sus poderosos
miembros, bostezando ante la muerte. Para
acabar de despertado, el viento helado
le arroja nieve a la cara. Helo ahí
de pie, trémulo de frío
y estremecido, en los valles, sobre las
colinas, sobre los lagos helados, entre
los bosques.
Hay acá
y allá, sobre el tablero de lo
Infalible, las temibles fieras de que
dispone: Davout, Augereau, Ney, que no
conoce la fatiga ni el miedo; Murat, el
destripador de batallones, el Aquiles
de todos los combates; el sublime Lannes,
el terrible coracero Hautpol, los generales
de epopeya Saint-Hilaire, Friant, Gudin,
Morand, y otros cincuenta. Rápidos
y exactos como ángeles de guerra,
ejecutan las últimas órdenes
de su amo, y la carnicería tiene
comienzo.
Es menester
que haya esta tarde, y por lo menos, veinte
mil muertos y treinta mil heridos, y no
hay, pues, tiempo que perder: pues Dios
ha hecho la Jornada del Hombre para que
éste la colme de obras buenas o
malas, y en las inmediaciones del Polo,
el día, en febrero, no tiene ocho
horas.
Es indispensable
haber sido testigo de uno de esos conflictos
de multitudes para saber cuánto
de sueño tiene la vida. He ahí
toda una división segada por la
metralla. ¿Qué importa,
y quién tendría tiempo para
llorar? Treinta escuadrones impulsados
por las Furias la pisotean para sablear
un poco más allá, a los
artilleros y a los infantes, antes de
caer ellos mismos en la luminosa noche
de los muertos. Luego, la batalla tiene
incesantes flujos y reflujos, sístole
y diástole de ejércitos
en lucha. Una posición conquistada
mediante grandes esfuerzos, es perdida
y vuelve a ser reconquistada, ¡cuántas
veces! Una carga heroica, supuestamente
decisiva, es contenida por un ciclón
de fuego; la caballería semidestruida
es llevada sobre la infantería
que la protegerá como pueda, teniendo
ésta, a veces, una imperiosa necesidad
de ser a su vez; protegida. Pero aumenta
el número de cadáveres,
y las almas salidas de la tumba de sus
cuerpos, las pobres almas, antes tenebrosas,
sabiendo al fin por qué y para
qué han combatido tan salvajemente,
han ido a planear, invisibles, allá,
sobre el otero imperial, alrededor del
Señor visible, que las aparta con
la mano como a importunos pensamientos...
Porque
todavía no ha decidido la victoria,
y ésta le es necesaria. La victoria
es su Requiem, el reposo de su
propia alma en este mundo en tinieblas.
Ella es su pan y su vino, es su hogar
y su luz. ¿Ha sido, pues, creado
para otra cosa que para la victoria? Cuando
uno de sus cuerpos llega a retroceder,
es como si él fuera físicamente
rechazado por la grupa de los caballos,
por el empuje de las multitudes. Pero
su rostro, impasible como el bronce, nada
trasluce de su tormento. Quizás
tamo poco sufra, tanto es fuerte su corazón,
tan grande es la impavidez de su genio.
A no dudar, sufrirá más
tarde.
En ese
momento él parece feliz, siente
su fuerza. Se sabe tutor de los abortos
de la Fortuna, tiene arcos de triunfo
para la Incertidumbre y hasta para eventuales
desastres, completamente seguro de hallar
siempre, en el fondo de sí mismo,
algún recurso imprevisto y fulminante
que le hará más poderoso.
Entonces
mira una vez más su campo de batalla
y, tranquilamente, “hace tres pasos,
como los Dioses”. De todas sus combinaciones
profundas, ineficaces hasta el momento,
brota de pronto una Maniobra que hace
pensar en Hércules niño,
salpicando todo el cielo con la leche
de la esposa de Júpiter.
Murat
acaba de pasar como un torrente, aplastando
toda Europa, en una media hora, sobre
cuatro kilómetros cuadrados, y
Napoleón no tiene sino algunas
etapas de sus soldados para convertirse
en el Emperador de Occidente.
“La
suerte de una batalla, decía él
en Santa Elena, es el resultado de un
instante, de un pensamiento. Uno se acerca
con combinaciones diversas, se adentra,
se bate cierto tiempo; el momento decisivo
se presenta, una chispa moral
pronuncia y la más pequeña
reserva, realiza”.
Él ha confesado que estuvo muy
profundamente emocionado ante el espectáculo
de los campos de Eylau, tan enrojecidos
de sangre, que la nieve debió teñirse
en ella, durante todo el invierno. No
es posible dudar de esa emoción,
cuando se ha estudiado a Napoleón.
Es más hombre que los otros, en
razón de su superioridad infinita.
Pero esa misma superioridad lo “adhiere
al borde” de una impasibilidad necesaria
a su prestigio.
“Una
particularidad, dice Thiers, golpeó
todos los ojos. Sea pensando en retornar
a las cosas del pasado, sea también
la economía, había querido
devolverse el uniforme blanco a las tropas.
Habíase ensayado sobre algunos
regimientos, pero la vista de la sangre
sobre la vestimenta blanca, decidió
la cuestión”. Napoleón,
lleno de repugnancia y de horror, declaró
que no quería más que uniformes
azules, costaren lo que fuere”.
No pudo,
a pesar de todo, impedirse delatar, en
esa oportunidad, los sacudimientos de
su corazón, en uno de esos boletines
lapidarios y fatídicos con los
que zarandeaba al mundo.
Para el
que ve en lo Absoluto, la guerra no tiene
sentido si no es de exterminio,
y el futuro inmediato nos lo mostrará.
Es necedad o hipocresía hacer prisioneros.
Seguramente Napoleón no fue tonto
ni hipócrita, pero el pretendido
verdugo era un sentimental, siempre
dispuesto a la clemencia, -un magnánimo
que, a pesar de todo, creía en
la magnanimidad de los demás, y
bien se sabe cuánto le costó
esta incomprensible ilusión.
En Austerlitz, deja en libertad a Alejandro,
pudiendo hacerle su prisionero; después
de Iena, deja el trono a la casa de Prusia
abatida; tras de Wagram, desdeña
fraccionar la monarquía austriaca,
etc. ¡Por último, en Rochefort,
él se confía a la generosidad
de Inglaterra! El sabía los horrores
de los pontones; hubiérale sido
fácil usar de represalias, enviando
a presidio, no a pobres marineros y soldados,
sino a toda una alta clase de la colectividad
inglesa detenida en Francia en ocasión
de la ruptura de la paz de Amiens, expediente
terrible y que hubiera sido probablemente
más eficaz que el bloqueo continental.
Más tarde había de reprocharse
no haberlo hecho así acusándose
de falta de carácter...
No era,
pues, el monstruo que hubiera hecho falta
para la guerra total, apocalíptica,
con todas sus consecuencias, el abismo
de guerra invocado por el abismo de torpezas,
y, evidentemente, no habría de
ser el precursor de ese demonio.
Notas
del capítulo:
1) En
una carta a René Martineau, en
julio de 1912, Bloy dice que este capítulo
“es una de mis mejores cosas”.