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Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
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León Bloy, El Alma de Napoleón

III
 
LA ANGUSTIA

El momento más difícil de toda la vida de Napoleón, parece haber sido el 18 Brumario, o más exactamente, el día siguiente, cuando se consumó ese famoso golpe de Estado, luego que Napoleón, espantosamente sacudido por los jacobinos del Consejo de los Quinientos, y escapado de sus manos por algunos de sus granaderos, hubo al fin violado la fortuna expulsando a la Asamblea.

Es indudable que hubo para él otros crueles instantes, muchos más de los que podría suponerse. Pero aquí comenzaba su ruta de emperador.
Por primera vez debió extender la mano hacia el Globo simbólico, y se vio en trance inminente de morir, en forma harto ignominiosa. Aturdió sus oídos el clamor jacobino de ¡Fuera de la ley!, equivalente a Crucifixión.
Había sentido sobre él los puños brutales del populacho, y creyó desvanecer de asco y de horror. “El pequeño César, frágil, nervioso, impresionable, dice Vandal (1), que siempre tuvo horror al contacto material de las multitudes, experimenta un desmayo físico. Su pecho se oprime, su vista se turba, y sólo tiene una confusa e indistinta percepción de las cosas”.
Con frecuencia ha dicho de su desprecio por las asambleas deliberantes; no tenia práctica en tales asambleas, y así lo hizo ver con toda claridad en tal ocasión. Cuando se le arrebató del medio de la canalla y volvió a verse entre sus soldados, recuperose en seguida, comprendió su verdadera misión, y esto fue como el rayo. Pero la angustia había sido plenaria, y de aquello debió acordarse hasta su muerte.

Mucho se ha dicho que la vida es un sueño, y es bien conocido el poder casi sobrenatural de las impresiones que el alma recibe en los sueños. ¿Qué pensar del sueño napoleónico que duró veinte años, de Vendimiario a Waterloo? ¡El sueño de un hombre semejante, sus efectos en una alma como la de él, y la angustia siempre renovada en tal sueño!

Hay dibujos populares que muestran a Napoleón durmiendo, la víspera de Austerlitz, o sea teniendo su admirable ejército y su joven imperio en el borde mismo de un despeñadero, y cuando la menor falta hubiera sido el desastre irremisible, con doscientos mil prusianos preparándose a caerle encima, y aun en el caso de una victoria que no hubiera sido un triunfo.

Esas pobres imágenes son extrañamente significativas. Él dormía bajo su “estrella”, pero, ¿quién podría asegurar que ese sueño era el reposo de su alma, en aquel -ingenuo aunque grande- hombre de ingenio? Ya había tenido muchas y trágicas horas de incertidumbre en Boulogne, en Marengo, en Verona, en Rívoli, en las Pirámides, en San Juan de Acre, y esto debía durar hasta el fin. Solo en todas partes, es decir, no teniendo más que un teniente que fue su igual, y siempre forzado a hacer ciento cincuenta mil soldados, por la adición de su persona, de cincuenta mil combatientes, ¡cuál no debía ser su secreta angustia, a cada uno de sus pasos gloriosos!

Las imágenes no dicen si dormía en vísperas de todas sus batallas, pero la leyenda popular lo daba a entender y esa leyenda tenía razón, al menos, en su alcance alegórico. Napoleón era un durmiente sublime, un vencedor sonámbulo, a quien el sufrimiento de los otros, y el propio sufrimiento, hacían gritar durante su sueño, y cuyos gritos llevaban el espanto a las extremidades del mundo. La única vez que despertó sin su espada, fue en ocasión de comparecer ante Dios...

¡Qué abismo de meditación, si uno da en pensar que este hombre de guerra, inmenso, jamás pudo obtener una victoria definitiva, que luego de Austerlitz, fue necesario Iena, Eylau, Friedland, y que en seguida de Wagram
fue menester alcanzar este dilema terrible planteado por el destino, o vencer inútilmente a Moscú, o ser aplastado en otras partes por la coalición de todos los pueblos!
Que hagas esto o lo otro, tu ruina es inevitable, y nada puedes hacer para evitarla. Estás encadenado en el dormir, en la tortura o la voluptuosidad de los sueños. Una Voluntad superior, y absolutamente infalible ha decidido que tú serás el espectador inquieto de tu propia existencia incomparable...


El sublime Tauler (1) decía en tiempos pasados que el cielo está en el alma humana, y que place a Dios residir allí. “También los malos llevan el cielo en ellos, pero no podrían entrar en él. y éste es el suplicio más cruento de los condenados: saber que tienen en sí al cielo y a Dios, sin poder nunca gozar de Dios ni del cielo”.
Yo no creo en modo alguno, que Napoleón haya sido un malvado, y menos todavía, que sea un condenado, tal
como lo afirman con necio énfasis, los devotos imbéciles o prostituídos de la Restauración. Yo no concibo el Paraíso sin mi Emperador.
Basta ver en él un hombre excesivamente superior a los demás, aunque, al mismo tiempo, sujeto como los otros, a la ley del destierro. Nada puede reintegrar el cielo o el Paraíso terrenal de su alma, de donde lo expulsara la original Desobediencia. Sería menester poder ligar todos sus sentidos y dejados a la puerta, milagro infinitamente raro, obtenido solamente por los santos que la Iglesia pone sobre sus altares. Sin embargo, algo así es lo que ocurre a veces durante el sueño, y por ello las impresiones de alegría, de dolor o de terror adquieren entonces una energía que es imposible volver a hallar o comprender, cuando el despertar ha desentumecido el dragón de los sentidos.

Se dice que toda la vida de Napoleón fue un sueño; espanta el sólo pensar en la agitación sobrenatural de ese sueño de Titán. Entonces todas sus batallas hubieran tenido lugar en su alma, y las hubiera mirado u oído de lejos, en una angustia infinita, como un prodigioso poema que hubiera concebido Uno más grande y más temible que él.

Pensad, ahora, que él tuvo, entre otros sueños, el de su Coronación y de su Consagración por el Vicario de Jesucristo, que tuvo a toda Europa estremecida y convulsionada bajo la bota de sus infantes, bajo las herraduras de su caballería innumerable; que tuvo, después de sus victorias milagrosas, la pesadilla de los desastres infinitos y el apocalipsis no imaginable de su Regreso y de su caída.

¡Y todo esto en el umbral de su alma! El que jamás haya mendigado, nada podrá comprender en la historia de Napoleón.

El fué, en el umbral de su alma, el Mendigo del Infinito, el Mendigo siempre ansioso de su propio fin, que desconocía, ni podía comprender; el Mendigo extraordinario y colosal, pidiendo al viandante, el centavito del imperio del mundo, el favor insigne de contemplar en él mismo el Paraíso terrenal de su propia gloria, y que murió, en el extremo de la tierra, vacías las manos y el corazón deshecho, con el peso de muchos millones de agonías!

Notas del capítulo:

1) Albert Vandal (1853-1910), historiador, autor de múltiples obras sobre Napoleón: “Napoleón y Alejandro I” (Napoléon et Alexandre I), “La Alianza rusa durante el Primer Imperio” (L’Alliance russe sous le Premier Empire) (1880, 3 vol.), “El advenimiento de Bonaparte” (L’Avènement de Bonaparte) (1902 y 1907, 2 vol.). Bloy lo cita en múltiples ocasiones en sus obras y su Diario.
2) Místico alemán nacido en Estrasburgo, Juan Tauler (hacia 1300-1361) fue uno de los más célebres discípulos del Maestro Eckhart. Bloy lo cita en múltiples ocasiones en su Diario.