El
momento más difícil de toda
la vida de Napoleón, parece haber
sido el 18 Brumario, o más exactamente,
el día siguiente, cuando se consumó
ese famoso golpe de Estado, luego que
Napoleón, espantosamente sacudido
por los jacobinos del Consejo de los Quinientos,
y escapado de sus manos por algunos de
sus granaderos, hubo al fin violado la
fortuna expulsando a la Asamblea.
Es indudable
que hubo para él otros crueles
instantes, muchos más de los que
podría suponerse. Pero aquí
comenzaba su ruta de emperador.
Por primera vez debió extender
la mano hacia el Globo simbólico,
y se vio en trance inminente de morir,
en forma harto ignominiosa. Aturdió
sus oídos el clamor jacobino de
¡Fuera de la ley!, equivalente
a Crucifixión.
Había sentido sobre él los
puños brutales del populacho, y
creyó desvanecer de asco y de horror.
“El pequeño César,
frágil, nervioso, impresionable,
dice Vandal (1), que siempre tuvo horror
al contacto material de las multitudes,
experimenta un desmayo físico.
Su pecho se oprime, su vista se turba,
y sólo tiene una confusa e indistinta
percepción de las cosas”.
Con frecuencia ha dicho de su desprecio
por las asambleas deliberantes; no tenia
práctica en tales asambleas, y
así lo hizo ver con toda claridad
en tal ocasión. Cuando se le arrebató
del medio de la canalla y volvió
a verse entre sus soldados, recuperose
en seguida, comprendió su verdadera
misión, y esto fue como el rayo.
Pero la angustia había sido plenaria,
y de aquello debió acordarse hasta
su muerte.
Mucho
se ha dicho que la vida es un sueño,
y es bien conocido el poder casi sobrenatural
de las impresiones que el alma recibe
en los sueños. ¿Qué
pensar del sueño napoleónico
que duró veinte años, de
Vendimiario a Waterloo? ¡El sueño
de un hombre semejante, sus efectos en
una alma como la de él, y la angustia
siempre renovada en tal sueño!
Hay dibujos
populares que muestran a Napoleón
durmiendo, la víspera de Austerlitz,
o sea teniendo su admirable ejército
y su joven imperio en el borde mismo de
un despeñadero, y cuando la menor
falta hubiera sido el desastre irremisible,
con doscientos mil prusianos preparándose
a caerle encima, y aun en el caso de una
victoria que no hubiera sido un triunfo.
Esas pobres
imágenes son extrañamente
significativas. Él dormía
bajo su “estrella”, pero,
¿quién podría asegurar
que ese sueño era el reposo de
su alma, en aquel -ingenuo aunque grande-
hombre de ingenio? Ya había tenido
muchas y trágicas horas de incertidumbre
en Boulogne, en Marengo, en Verona, en
Rívoli, en las Pirámides,
en San Juan de Acre, y esto debía
durar hasta el fin. Solo en todas partes,
es decir, no teniendo más que un
teniente que fue su igual, y siempre forzado
a hacer ciento cincuenta mil soldados,
por la adición de su persona, de
cincuenta mil combatientes, ¡cuál
no debía ser su secreta angustia,
a cada uno de sus pasos gloriosos!
Las imágenes
no dicen si dormía en vísperas
de todas sus batallas, pero la leyenda
popular lo daba a entender y esa leyenda
tenía razón, al menos, en
su alcance alegórico. Napoleón
era un durmiente sublime, un vencedor
sonámbulo, a quien el sufrimiento
de los otros, y el propio sufrimiento,
hacían gritar durante su sueño,
y cuyos gritos llevaban el espanto a las
extremidades del mundo. La única
vez que despertó sin su espada,
fue en ocasión de comparecer ante
Dios...
¡Qué
abismo de meditación, si uno da
en pensar que este hombre de guerra, inmenso,
jamás pudo obtener una victoria
definitiva, que luego de Austerlitz, fue
necesario Iena, Eylau, Friedland, y que
en seguida de Wagram
fue menester alcanzar este dilema terrible
planteado por el destino, o vencer inútilmente
a Moscú, o ser aplastado en otras
partes por la coalición de todos
los pueblos!
Que hagas esto o lo otro, tu ruina es
inevitable, y nada puedes hacer para evitarla.
Estás encadenado en el dormir,
en la tortura o la voluptuosidad de los
sueños. Una Voluntad superior,
y absolutamente infalible ha decidido
que tú serás el espectador
inquieto de tu propia existencia incomparable...
El sublime Tauler (1) decía en
tiempos pasados que el cielo está
en el alma humana, y que place a Dios
residir allí. “También
los malos llevan el cielo en ellos, pero
no podrían entrar en él.
y éste es el suplicio más
cruento de los condenados: saber que tienen
en sí al cielo y a Dios, sin poder
nunca gozar de Dios ni del cielo”.
Yo no creo en modo alguno, que Napoleón
haya sido un malvado, y menos todavía,
que sea un condenado, tal
como lo afirman con necio énfasis,
los devotos imbéciles o prostituídos
de la Restauración. Yo no concibo
el Paraíso sin mi Emperador.
Basta ver en él un hombre excesivamente
superior a los demás, aunque, al
mismo tiempo, sujeto como los otros, a
la ley del destierro. Nada puede reintegrar
el cielo o el Paraíso terrenal
de su alma, de donde lo expulsara la original
Desobediencia. Sería menester poder
ligar todos sus sentidos y dejados a la
puerta, milagro infinitamente raro, obtenido
solamente por los santos que la Iglesia
pone sobre sus altares. Sin embargo, algo
así es lo que ocurre a veces durante
el sueño, y por ello las impresiones
de alegría, de dolor o de terror
adquieren entonces una energía
que es imposible volver a hallar o comprender,
cuando el despertar ha desentumecido el
dragón de los sentidos.
Se dice
que toda la vida de Napoleón fue
un sueño; espanta el sólo
pensar en la agitación sobrenatural
de ese sueño de Titán. Entonces
todas sus batallas hubieran tenido lugar
en su alma, y las hubiera mirado u oído
de lejos, en una angustia infinita, como
un prodigioso poema que hubiera concebido
Uno más grande y más temible
que él.
Pensad,
ahora, que él tuvo, entre otros
sueños, el de su Coronación
y de su Consagración por el Vicario
de Jesucristo, que tuvo a toda Europa
estremecida y convulsionada bajo la bota
de sus infantes, bajo las herraduras de
su caballería innumerable; que
tuvo, después de sus victorias
milagrosas, la pesadilla de los desastres
infinitos y el apocalipsis no imaginable
de su Regreso y de su caída.
¡Y
todo esto en el umbral de su alma! El
que jamás haya mendigado, nada
podrá comprender en la historia
de Napoleón.
El fué,
en el umbral de su alma, el Mendigo del
Infinito, el Mendigo siempre ansioso de
su propio fin, que desconocía,
ni podía comprender; el Mendigo
extraordinario y colosal, pidiendo al
viandante, el centavito del imperio del
mundo, el favor insigne de contemplar
en él mismo el Paraíso terrenal
de su propia gloria, y que murió,
en el extremo de la tierra, vacías
las manos y el corazón deshecho,
con el peso de muchos millones de agonías!
Notas
del capítulo:
1) Albert
Vandal (1853-1910), historiador, autor
de múltiples obras sobre Napoleón:
“Napoleón y Alejandro I”
(Napoléon et Alexandre I),
“La Alianza rusa durante el Primer
Imperio” (L’Alliance russe
sous le Premier Empire) (1880, 3
vol.), “El advenimiento de Bonaparte”
(L’Avènement de Bonaparte)
(1902 y 1907, 2 vol.). Bloy lo cita en
múltiples ocasiones en sus obras
y su Diario.
2) Místico alemán nacido
en Estrasburgo, Juan Tauler (hacia 1300-1361)
fue uno de los más célebres
discípulos del Maestro Eckhart.
Bloy lo cita en múltiples ocasiones
en su Diario.