Su
número es infinito y desalienta
pensar en ello. Las otras almas,
es el género humano todo entero.
Pues tal es el deslumbramiento procurado,
no por el ensueño, sino por el
pensamiento. Napoleón de una parte
y el mundo en la otra.
Me parece
haber vivido en esa época, aun
no olvidada, del año VI, en que
Bonaparte traía a París
la ratificación, ¡cuán
inútil! del tratado de Campo-Formio.
Eso fue la primavera del delirio, el principio
de la fascinación universal. Uno
se mataba para ver de más cerca
al joven general, con presencia de héroe
de la antigüedad, y sólo comparable
a imaginarios vencedores, que a los veintiocho
años de edad venía de hacer
arrodillar ante sí, a los clásicos
ejércitos de Austria, victoriosos
-no hacía un siglo todavía-
de Luis XIV. La atmósfera humeante
de gloria, en este gran pueblo, era casi
irrespirable.
Desde
ese momento, el dominador debió
sentir su poderío y juzgar a sus
contemporáneos. A no dudar, había
debido ver cuán fácil era,
con sus dotes, hollar lo que había
de más grande, lo que se creía,
por siglos, lo más grande. Entonces,
necesariamente debió comenzar,
para él, y ya contra él,
el espectáculo desconocido hasta
ese momento, de la avalancha furiosa de
todas las almas que habitaban o habían
habitado cuerpos desde mucho tiempo o
desde siempre.
Sin remontamos
al Diluvio, hubo, al menos, un Enrique
IV, el rey gascón, destructor de
la Unidad católica en Francia y
absurdamente ambicioso de una hegemonía
europea, que no permitió la providencial
puñalada de Ravaillac. Este charlatán
potentado (1), que no ha podido dejar
al pueblo más que el recuerdo de
sus liviandades, había osado decir,
sintiéndose amenazado: “Vosotros
no me conocéis; cuando me hayáis
perdido, reconoceréis lo que valía
yo, y la diferencia que existe entre
los demás hombres y yo”.
Él estaba persuadido de ello, sin
duda alguna, y más que él
su nieto.
El protocolar
Luis XIV, jefe supremo de la oficina de
las monarquías y uno de los más
mediocres presumidos que jamás
haya sido visto, no juzgándose
“distinto de muchos soles, nec
pluribus impar”, exigió
simplemente que uno encegueciera o se
idiotizara mirándole. El cenagoso
Luis XV, muy digno de su antecesor, inmediatamente
a su muerte, ¡oh Juvenal!, debió
ser puesto en el ataúd, mediante
el espantoso uso de un desagotador de
pozos negros, y éste es el rasgo
más característico de su
reinado.
En fin, Luis XVI, la Nada real neumática
y automática, matador de golondrinas
y cerrajero; capaz, a lo sumo, y según
Thiébault (2), de matar perrillos
a golpes de bastón, y reír
interminablemente de esta simple ocupación;
excelente objeto para la guillotina, y
tesoro inapreciable para los dípticos
del martirologio de los imbéciles.
Dase por
entendido que estos personajes, con todos
sus prójimos, sus amigos, sus ministros,
sus mujeres o sus queridas, tenían
almas. Lo mismo es necesario decir de
cada uno de los grandes bufones de la
Revolución, yendo de Mirabeau al
verdusco Robespierre.
Y cuando Napoleón ha dejado de
barrer el espacio bajo el cielo, aquello
se continúa innoblemente con el
saco de excrementos que se ha llamado
Luis XVIII, y su imbécil segundogénito
Carlos X, fratricidas los dos, y suplantadores
repugnantes de su sobrino, el infortunado
Luis XVII, tan incapaces uno y otro de
un gesto de inteligencia superior, como
de un impulso de arrojo o de bondad magnánima.
No acabaría
de prostituirse la imaginación
si fuera necesario hablar de Luis Felipe,
del capitular de Sedán, de los
Presidentes de nuestra sucia (3) República,
y, sobre todo, del Monstruo que ya se
oye golpear en los vidrios de la posada.
.
He dicho
que Napoleón está precisamente
en el centro de este inmenso torbellino,
no pudiendo hallarse en otra parte, a
causa de la exorbitante magnitud de su
alma. A esa altura del pensamiento que
trato de alcanzar, claro está que
las nociones de tiempo o de espacio no
existen más.
La historia entera se hace sinóptica
y simultánea, al extremo de que
es posible yuxtaponer y anexar estrechamente,
ante los ojos, los acontecimientos más
dispares o los más distantes. La
duración es una ilusión
consecutiva a la invalidez de la naturaleza
humana decadente. “Todo hombre es
la suma de su raza”, ha dicho profundamente
un filósofo (4). Todo grande hombre
es una suma de almas.
En una
época remota, y relativamente oscura,
hubo un momento en que todo lo que se
llama el Pasado, estaba en la necesidad
de llegar hasta Carlomagno. De igual modo,
hace cien años, fue menester que
todo, con Carlomagno a la cabeza, se precipitara
sobre Napoleón, y ese conflicto
es, sin duda, el más extraordinario
de los prodigios. Es inevitable, pues,
afirmar que Napoleón es el Jefe
soberano de todas las voluntades, anteriores,
contemporáneas o posteriores, y
que centraliza en la suya la totalidad
de las almas.
En este
sentido, y tras el desfalco ideal de la
apariencia cronológica, puede decirse
sin eufemismos que Luis XIV, por ejemplo,
no tuvo deferencia hacia Napoleón
haciendo un rey de España, de su
duque de Anjou, luego de haberle escandalosamente
desobedecido, firmando el deplorable
tratado de Ryswick. Y aún, ¡cuántas
otras cosas! La inercia de ese miserable
sultán cristiano después
de Steinkerque, cuando le era posible
aplastar a Guillermo de Orange; el salvaje
y estéril incendio del Palatinado;
la torpe expulsión de dos o trescientos
mil calvinistas, que le hubiera sido fácil
y tan refrescante hacer matar; el aún
más torpe bombardeo de Argel y
de Túnez, sin lograr la conquista,
y la infructuosa paz de Nimega, ocasión
brindada a los burgueses de París,
para disfrazar al triunfador en peluca,
con el sobrenombre el Grande,
en el mismo instante en que esta treta
política, desprestigiando a Francia,
preparaba simultáneamente, para
fines del siglo siguiente, las futuras
coaliciones y el triunfo definitivo de
Inglaterra.
En suma,
Napoleón le debía la derrota
de Trafalgar, la angustia de Austerlitz,
el duelo de Eylau, la ilusión de
Tilsitt, la deshonrosa estafa de Bayona
y el atroz sinsabor que fue su consecuencia,
el terrible peligro de Essling, el Matrimonio
insensato, el fin de su poderío
en Rusia, la vorágine de 1813,
y el desastre final de Waterloo.
Ciertamente
él es deudor de todo ello y de
su mortal Cautiverio, del sol ridículo
de Luis XIV, de la luna pálida
y obscena de Luis XV, deudor de la necedad
confusa de Luis XVI, y, en fin, del rabioso
Comité de Salud Pública,
tendiente a desbordar todas las fronteras,
sin freno posible. Heredero y ejecutor
testamentario de todas esas almas cenagosas
o trágicas, debió ir hasta
Moscú para defender las barreras
de París, y esto fue la catástrofe.
A sus
ojos, inmediatamente, ¿cuáles
fueron las almas? Todos pensarán
naturalmente en Talleyrand, en Fouché,
en Bernadotte, para el cual todos los
oprobios son pocos. Pero hubo sus perras
mujeres, sus hermanos y sus hermanas,
todos los que él había hecho
grandes, la majada infinita de funcionarios
que él había colmado de
beneficios, la propia nación, por
él exaltada a la real corona del
mundo. Luego, en el futuro crepuscular,
todo cuanto sabemos, ¡ay!... Entonces,
uno se pregunta si es posible concebir
un destino más torturante.
Notas
del capítulo:
1) Extraña
traducción, pues el original de
Bloy reza así: Ce hâbleur
de la «poule au pot»,
es decir, « este fanfarrón
del “guiso de gallina” »
2) Paul Charles de Thiébault (1769-1846),
general en 1801, luego general de división
y barón (1813).
3) “Salope”, en el texto original:
puerca, en el sentido de mujerzuela,
ramera.
4) Antoine Blanc de Saint-Bonnet, filósofo
católico legitimista (1815-1880).