Ir al Índice de "León Bloy, El Alma de Napoleón".   León Bloy, El Alma de Napoleón
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M. NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
   

León Bloy, El Alma de Napoleón

I
 
EL ALMA DE NAPOLEÓN

El primero de todos los derechos para Napoleón, tanto como para el último tambor de sus ejércitos, era, ciertamente, tener un alma, un alma que fuera verdaderamente suya, y que no pudiera pertenecer a ningún otro. Es difícil pensar en ello.

Sin duda, cuando uno es cristiano está forzado a saber que todo hombre tiene un alma, y que esa criatura invisible es a semejanza de un Creador invisible.
Por consiguiente, sábese también que el alma de no importa quién, fuese de un imbécil o de un negro, es infinitamente más preciosa que todos los tesoros imaginables, incomparablemente más colosal que la estrella Canopus, a la que los astrónomos modernos le asignan una dimensión esférica ocho millones de veces superior a la de nuestro sol.
Algunos santos han dicho que si alguien pudiera ver un alma tal como es, en su magnitud y en su dignidad, ese alguien moriría al instante. Seguramente, si esto fuera puesto en duda, el Dogma de la Redención por la Sangre y por el Oprobio de un Dios encarnado sería absurdo e inconcebible.

Ya es mucho para un creyente que el Alma pueda ser pensada, y me atrevo a decir que es de todo punto de vista sobrenatural, que continuamente se hable de ella. No se trata aquí, por supuesto, del alma de las bestias o de las plantas, es decir, de su principio de vida que no es, en verdad, fácil de explicar ni de demostrar. Se trata de un alma humana incapaz de terminar, cuya misma existencia sólo es conocida por la operación de la Gracia, del alma invisible que debe sobrevivir a un cuerpo visible, que está ella llamada a reintegrar un día, de esta alma que Dios ha hecho partícipe de sí mismo, y, que es más duradera que todos los mundos.

Si esta idea es abrumadora, cuando nuestro espíritu se digna prestar atención al primero que llega, ¿qué será de un Napoleón? ¿Será necesario decir, mofándose del Redentor y de su Sangre, que el alma de éste es superior al, alma de los otros? Seguramente no, pero más grande, incomparablemente más grande por atribución, esto es exacto.

Hay almas que son esposas o concubinas preferidas que el Señor se complace en colmar de las más extraordinarias y suntuosas joyas. Si ellas son infieles o disipadas, asumirán su castigo condigno, porque el Señor es tan celoso como poderoso.
Pero, hasta en el fondo de su desgracia, ellas conservarán su gloria esencial, y el recuerdo de lo que ellas fueron no será borrado del corazón de los hombres.

Nadie destelló tanto como Napoleón, esto es cierto, pero nada prueba que su alma fuera más luciente que la de un pedante o de un zapatero.
Las antorchas o faros de su genio esparcieron una luminosidad que todavía brilla, y que no se extinguirá hasta el alba del Día de Dios. Pero su alma, siempre ignorada, no puede iluminar más que a él mismo, de un modo que escapa a nuestro entendimiento. Su alma, triste o jubilosa, sombría como los abismos, o torturada por la luz; su alma de pecador, de orgulloso, de implacable, de sentimental y de campechano; su alma de fuegos cambiantes, dolorosa o triunfante; su alma inconstante o desesperada, diciéndole siempre: “Tú estás solo, oh Napoleón, eternamente solo; nadie te acompaña, nadie sabe lo que tú amas o lo que odias, ni dónde te llevarán tus pasos, puesto que lo ignoras tú mismo. Pobre omnipotente desdichado, llora en el fondo de mí; yo te oculto y te protejo”.

Napoleón no ha tenido suyo, exclusivamente, sino su alma. Por ella ganó todas sus batallas; por ella fue un conductor de hombres inusitado, un administrador infinito; por ella osó amasar a Europa con manos prestadas por Dios, y que esperó no devolver jamás.
Por su alma, en fin, y su alma sola, tuvo la gloria de engañarse, como ningún hombre habíase engañado antes de él, y de ser abatido al fin, no siendo más que el Anunciador, no por la hostilidad furiosa de algunos reyes humillados, sino por la coalición de todos los siglos, y por el reflujo de la Revolución francesa que se retiraba de él, habiéndole llevado hasta las cumbres.

Los testimonios históricos son bastante claros. Configurador y Regulador de esta Revolución que cambió la faz del mundo, Napoleón tuvo contra sí, necesariamente, todas las Tradiciones anteriores. Todas las cosas del Pasado debieron naturalmente precipitarse hacia él y sobre él, como innúmeros torrentes atraídos por un abismo único.

En vano trató de moldearlos, desplazando todas las fronteras, tratando de fabricar nuevos reyes y nuevos pueblos, fechando de por sí, una era nueva.
Las cosas le obedecieron menos que los hombres, y es para confundir el pensamiento, decirse que hubo un alma, una sola alma de orgullo, de amor y de sufrimiento, como los otros, para llevar ésta, un alma en extremo desmesurada, pero absolutamente única por destino, en la cual fue necesario que se concentrara el esfuerzo de la resistencia continua a todas las almas, yeguas pérfidas o salvajes que era indispensable domar siempre.

A riesgo de parecer paradojal, me atrevo a pronunciar la palabra desinterés. ¿Cuál podía ser, en efecto, el interés o los intereses de un hombre llegado a una situación tan prodigiosa? ¿Qué ambición hubiera podido albergar sino la de ser o la de mantenerse tal como era, lo que debía haber sido siempre, aun en el limbo de sus destinos, porque el porvenir, en el sentido ordinario, es una palabra sin acepción, cuando se habla de tales parangones de humanidad? En la cima de todo, a la edad de treinta y ocho años, satisfecho de todo cuanto puede hacer palpitar, no le quedaba sino hacerse adorar como un rey pagano, si su poder inusitado hubiera prevalecido sobre la gota del agua bautismal.

¡El desinterés de Napoleón! ¿Quién piensa, pues, en ello? Fue a su medida, sin embargo, y completamente desmesurado, no precisamente por desprecio o saciedad, sino porque no tuvo tiempo de buscar o aun de considerar lo que hubiera podido serle provechoso. Él tuvo el desinterés del verdadero soldado que ejecuta una consigna peligrosa, sin ser sostenido ni siquiera por el pensamiento de que su obediencia pudiera parecer heroica.
No sabiendo él mismo dónde lo llevaba una Voluntad misteriosa, cuyas exigencias ni pensaba discutir, y reservándose la responsabilidad total, tan grave como no la ha asumido ningún mortal, le pareció simple exigir el desinterés absoluto de millones de criaturas que él colmaba de gloria, no teniendo otra cosa que darles; pero adivinando muy bien que esos instrumentos inferiores de la Fuerza irresistible, cuyo impulso soportaba, iban como él, y al mismo paso, hacia el inevitable cumplimiento de un Designio oculto hasta para la comprensión de su genio.

Nunca se repetirá lo bastante; todo estaba contra él, todas las almas contra su sola alma. No solamente las almas de los contemporáneos tan violentamente comprimidas por él, sino las almas de antes, las almas siempre vivas de antiguos muertos, que habían ido colmando, gota a gota, durante siglos, las Siete Copas de la Cólera que él se encargara de presentar al mundo, y todavía las almas venideras, sobre las cuales esas espantosas Copas serían inevitablemente derramadas, porque él, como ya lo he dicho, no era más que un Precursor.
Todas, pues, debían estar contra él, lo mismo que los criminales contra el ejecutor de sus propias obras, y también, en virtud de ese instinto universal de la humanidad en el estado decadente, que no perdona a los Superiores.

Es, pues, razonable, pensar que Napoleón, aun en los días de sus triunfos más rotundos, fue un hombre secreta pero profundamente desdichado, puesto que la felicidad, o lo que se quiere designar como felicidad, en ésta vida, no es más que una combinación, ilusoria por otra parte, de satisfacciones mediocres y gangas adventicias que no pueden convenir a un gran hombre, y, sobre todo, al más grande de los hombres.