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León Bloy, El Alma de Napoleón

EL ALMA DE NAPOLEÓN
 
El mundo entero es el ropaje de mi miseria.
Wells. Cuando el Durmiente despierte. (1).

Fortioribus fortior instat cruciatio.
Libro de la sabiduría
.

 
DEDICATORIA
 

A ANDRÉS MARTINEAU (2)

Mi querido Andrés, no soy yo quien te da este libro, quizás el más importante de todos los que he podido escribir hasta hoy.
Es mi hijo Andrés quien te lo da, ese tan llorado hijo Andrés que Dios ha llevado consigo en su inocencia bautismal, y que tiene dieciocho años hoy en el paraíso.
El libro hubiera sido dedicado a él, y es conveniente que tú ocupes su lugar en este asunto. Quiero creer que ésta es su voluntad.
El hubiera amado a Napoleón como tú le amas, y vuestro patrono común, el gran Apóstol de la Cruz, te hará comprender, si le interrogas con amor, lo que había de deseable y de magnífico en el sufrimiento del más glorioso de todos los mortales.
Estamos en la noche del mundo, querido hijo; tal vez seas testigo de las divinas y terribles cosas que el vencedor de reyes parece haber grandiosamente prefigurado.
Ojalá
El Alma de Napoleón ensanche tu corazón y lo fortalezca para el momento de ignoradas pruebas.

León BLOY.
5 de Mayo de 1912
1) Bloy leyó en febrero de 1906 esta novela de Wells: « Es el artificio de la novela soñada, pero en razón del gran valor intelectual del autor, hay algo más que un juego de imaginación. Hay el presentimiento, tan profundamente humano, expresado o no, pero universal, de un Personaje que despierta de un largo sueño, es decir obteniendo por fin su mandato y encontrándose así, de repente, amo del mundo. ¡Cuántas veces he pensado en él! ». Vemos cómo la novela de Wells se une a la meditación de Bloy sobre Napoleón.
2) Hijo de René Martineau, quien era, desde 1901, uno de los grandes amigos de León Bloy.

 

INTRODUCCIÓN

 

I

La historia de Napoleón es ciertamente la más desconocida de todas las historias. Los libros que pretenden relatarla son innumerables, Y los documentos de toda especie, llegan hasta el infinito. En realidad, Napoleón nos es, quizás, menos conocido que Alejandro o Senaqueríb. Más se le estudia, y más se descubre en él, alguien que no tiene semejanza con nadie. Esto es el abismo. Se conocen datos, se sigue el curso de los hechos, victorias o desastres; sábese de cerca o de muy cerca, de famosas negociaciones, polvo, y solamente polvo en el presente. Sólo su nombre es prodigioso. NOMBRE que, pronunciado por el más pobre de todos los niños, bastaría para avergonzar a cualquier hombre por grande que fuera. Napoleón es el rostro de Dios en las tinieblas.

Es notorio que las profecías o prefiguraciones bíblicas no pueden ser comprendidas sino luego de su entera realización, es decir, cuando todo lo que está oculto, haya sido revelado, tal como Jesús lo anuncia en el Evangelio, y esto lleva necesariamente el pensamiento, más allá de los tiempos.

Napoleón es inexplicable y, sin duda alguna, el más inexplicable de los hombres, porque él es, ante todo y sobre todo, el Prefigurante de Aquel que debe venir y que tal vez no esté lejos, un prefigurante y un precursor muy próximo a nosotros, significado a su vez por todos los hombres extraordinarios que le han precedido en todos los tiempos.

Si se quiere aceptar este postulado, y adentrarse un poco en él, he aquí que la historia toma un aspecto absolutamente distinto, y el océano napoleónico, tan terriblemente agitado hasta aquí, se vuelve repentinamente sereno, sumamente calmo, bajo un cielo de milagrosa serenidad.

¿Quién de nosotros, franceses o extranjeros de fines del siglo XIX, no ha sentido la congoja enorme del desenlace de la incomparable epopeya? Con sólo un átomo de alma, resultaba ya abrumador pensar en la caída en extremo súbita del Gran Imperio y de su jefe; ¡recordar que aun ayer había estado en lo más alto de los Alpes de la humanidad; que por el solo hecho de existir entre nosotros lo más Prodigioso, Bien amado, y Terrible, que jamás hubo, pudimos creemos como la primera pareja en su paraíso, dueños absolutos de lo que Dios ha puesto bajo el cielo, y que, muy poco después, también sería inevitable recaer en el antiguo cieno de los Borbones! Cierto es que esa caída había desarraigado, casi, la tierra. Las convulsiones de 1813, a pesar del dolor y de la excesiva amargura, fueron en tal modo grandiosas, que la imaginación y el orgullo pueden sentirse consolados de aquéllas; pero el fin es demasiado horrible; sobre todo, demasiado repentino, y la más angélica de las resignaciones, se siente impulsada a sustraerse a la doxología de ese Salmo colosal de la penitencia.

II

Si bien se sabe que hubo en él errores inmensos, esos mismos errores, precisamente, hacen que la tristeza sea insoportable. ¿Quién es el que, leyendo la historia del Imperio no haya intentado, suponiéndose contemporáneo, persuadirse, por ejemplo, de que Napoleón tendría menos confianza en la lealtad rusa, menos obsequiosidades para con Alejandro en Tilsitt; que demolería Prusia de uno a otro extremo, y restablecería a Polonia; que resolvería con mejor acierto el peligroso asunto de Bayona; que no habría hecho reyes de sus miserables hermanos; que no habría dispersado sus fuerzas desde Cádiz a Moscú, derrochando y destruyendo, también, los más bellos ejércitos del mundo? ¿A quién, en fin, no se le ha ocurrido esperar la llegada de Grouchy a Waterloo, de ese mediocre y funesto Grouchy, tan ciegamente escogido por el Emperador, para el movimiento estratégico más decisivo? Y esto no es todo. ¿Cómo no llorar ante el relato de la segunda Abdicación? ¡El más grande de los vencedores, abdicando dos veces! ¡Napoleón derribado de su sitial por un Fouché, por un Lafayette, y luego yendo a entregar alma y cuerpo a Inglaterra!...

Yo he dejado de padecer estas cosas (1), el día en que he podido comprender, o, por lo menos, entrever el destino simbólico por excelencia de ese Ser extraordinario.

En realidad, todo hombre es simbólico, y en la medida de su símbolo es que resulta un viviente. Verdad es que esta medida es desconocida, tanto como la trama de las combinaciones infinitas de la Solidaridad universal. El que supiera exactamente, por un prodigio de infusión, la trascendencia de un individuo cualquiera, tendría ante los ojos, como un planisferio, todo el Orden divino.

Lo que la Iglesia denomina la Comunión de los santos es un artículo de fe, y no puede ser otra cosa. Preciso es creer en ello, como se cree en la economía de los insectos, en los efluvios de germinal, en la Vía Láctea, sabiendo muy bien que no puede comprenderse. Cuando uno se niega a ello, es, o un necio, o un perverso. Se enseña, en la Oración Dominical, que debe pedirse el pan nuestro y no mi pan. Para toda la tierra y para todos los siglos. Identidad del pan de César y del esc1avo. Identidad mundial de la impetración. Equilibrio misterioso del poder y de la debilidad, en la Balanza donde todo es pesado. No existe un ser humano capaz de decir lo que es, con certeza. Nadie sabe lo que ha venido a hacer en este mundo, a quién corresponden sus actos, sentimientos y pensamientos; cuáles son sus más allegados entre todos los hombres, ni cuál es su nombre verdadero, su inmortal Nombre en el registro de la Luz. Emperador o mozo de cordel, nadie conoce su fardo ni su corona. (2)


La Historia es como un inmenso Texto litúrgico donde las iotas y los puntos valen tanto como versículos o capítulos enteros, pero la importancia de unos y de otros, es indeterminable, y profundamente escondida. Si yo pienso, por lo tanto, que Napoleón podría bien ser una iota rutilante de gloria, véome obligado a reconocer, al mismo tiempo, que la batalla de Friedland, por ejemplo, bien ha podido ser ganada por una niñita de tres años o por un centenario vagabundo, pidiendo a Dios que se hiciera su Voluntad tanto en la tierra como en el cielo. En tal caso lo que se dice Genio, sería simplemente esa Voluntad divina encarnada, si así puedo expresarme, hecha visible y tangible en un instrumento humano llevado a su más alto grado de fuerza y de precisión, aunque, como el compás, sin posibilidad de abandonar su extrema circunferencia.

Lo que queda en pie, para Napoleón y para la infinita multitud de sus inferiores, que son todo el conjunto, figuras del Invisible, es que no puede moverse un dedo ni matar dos millones de hombres, sin significar alguna cosa que sólo en la Visión beatífica sea manifestada. Dios sabe desde toda eternidad, que en determinado momento, sólo de Él conocido, tal o cual hombre realizará libremente un acto necesario. Armonía incomprensible entre el Libre Albedrío y la Presciencia. Las inteligencias más luminosas no han podido ir nunca más allá de este límite. En tal estado, el Hombre integral, no debiendo ser, según la palabra Creadora, más que una semejanza, y una imagen, renovable en mil millones de almas de cada generación, fuerza es, pues, que sea siempre tal, haga lo que haga, y preparar así, poco a poco, en el crepúsculo de la Historia, un acontecimiento inimaginable.

Los hay, sin duda alguna, buenos y malos, y la Cruz del Redentor está siempre allí; pero los unos y los otros hacen exactamente lo que está previsto, y no pueden hacer otra cosa; no nacen ni subsisten sino para sobrecargar el Texto misterioso, multiplicando al infinito las figuras y los caracteres simbólicos. Napoleón es el más visible de esos caracteres indescifrables, la más elevada de esas figuras, y ésta es la causa de haber asombrado tanto al mundo.

Notas del capítulo:
1)
León Bloy escribió El Alma de Napoleón entre enero y mayo de 1921. Pero soñaba con él desde hacía años, y acumulaba las lecturas de obras históricas y de Memorias. Sus reacciones aparecían en todas las páginas en su Diario en aquella época.
Se siente “el contemporáneo de los hombres de 1814” y anota el 9 de septiembre de 1902: “Consulado e Imperio. A pesar del autor [Adolfo Thiers], esta historia es para mí tan viva que sufro realmente del abandono del proyecto de desembarco en Inglaterra como he sufrido precedentemente de la evacuación de Egipto”.
Algunos meses más tarde, el 17 de abril de 1903: “Waterloo. Cuando escriba sobre Napoleón, diré mi extraña angustia todas las veces que se habla de Waterloo, por quien sea, y la imposibilidad, para mi eterna, de consentir ese desastre. Hubo las faltas o los crímenes de Napoleón, sí. Pero bien hay otra cosa, lo siento, en el lugar más profundo de mi alma, que nunca, en ningún día, se cumplió una injusticia tan profunda”.
Y todavía el 27 de junio de 1903: “1815. Quisiera acabar con esto, es demasiado doloroso. ¡Qué incertidumbre bizarra en el corazón del hombre, qué necesidad más extraño aún de incertidumbre o más bien qué presentimiento admirable de que nada es definitivo en este mundo! Por mucho que sepa esta cruel serie de desastres, me es imposible no esperar, en cada instante, que no lo lograrán. Quiero persuadirme que en Ligny, d’Erlon obedecerá a su emperador, que Ney le obedecerá en Quatre Bras, recobrando su resolución de antaño, que Grouchy finalmente se dignará escuchar, en Wavre, a sus oficiales y a sus soldados. Haga lo que haga, las desdichas pavorosas y tan injustas, en apariencia, de esta guerra, me sorprenden siempre... ¡Si todo el mundo se hubiera equivocado, sin embargo! ¡Si la batalla durara aún!”
Ver León Bloy, Diario I y II (1892-19179), edición establecida, presentada y anotada por Pierre Glaudes, Robert Laffont, colección “Bouquins”, 1999.
2) Sobre este tema que vuelve constantemente en la obra de León Bloy, he aquí lo que anota en “El Mendigo ingrato”; (Le Mendiant ingrat; Diario, 30 de enero de 1894) acerca de las “Historias desatentas-” (Histoires désobligeantes): “La idea central de mi último cuento, “Palabras digestivas” (Propos digéstifs), siendo que nadie puede estar seguro de su identidad y que cada cual ocupa verosímilmente el lugar de otro. Jeanne me preguntó cómo era posible que hubiera semejante desorden en la obra de Dios.
“Y la Caída, repliqué... Nada está cumplido. Todos tenemos que esperar, puesto que estamos en el Caos”.

III

Verdad es que el mundo no es difícil de asombrar. Es tan mediocre y tan bajo este patrimonio de Satán, que un ademán de fuerza o de grandeza es, por lo general, suficiente. En nuestros días ha sido frecuente observar políticos y escritores cuyo talento no excedía el común de los demás hombres, que han podido hacerse admirar de las multitudes.

Napoleón, dotado de fuerza y de grandeza, como no lo había sido hombre alguno, debió él mismo sorprenderse mucho más que todos aquellos a quienes deslumbró. Aborigen de una región espiritual desconocida, extranjero de nacimiento y de carrera en cualquier país que fuese, se asombró realmente, toda su vida, como Gulliver en Liliput, de la excesiva inferioridad de los contemporáneos, y sus últimas palabras recogidas en Santa Elena prueban que este asombro, convertido en absoluto desprecio, le siguió a la tumba y hasta ante el tribunal de su Juez.

¿Qué había pues venido a hacer en esa Francia del siglo XVIII que, indudablemente, no lo presentía y aún menos 10 esperaba? No era otra cosa que Un Gesto de Dios por medio de los Francos, para que los hombres de toda la tierra no olvidasen que hay verdaderamente un Dios y que debe venir como un ladrón, en un momento cualquiera, en compañía de un Asombro definitivo que procurará la destrucción del universo.

Convenía, sin duda, que ese gesto fuese realizado por un hombre que apenas creyera en Dios, y que ignorara sus Mandamientos. No teniendo la investidura de un Patriarca ni de un Profeta, importaba que fuera inconsciente de su Misión, tanto como una tempestad o un terremoto, al punto de poder ser juzgado de sus enemigos, como un Anticristo o un demonio. Era necesario, principalmente y ante todo, que por él fuese consumada la Revolución Francesa, la irreparable ruina del Viejo mundo. Evidentemente, Dios no quería más ya ese viejo mundo. Quería cosas nuevas, y para ello, se requería un Napoleón. Éxodo que costó la vida de millones de hombres.

Mucho he estudiado esa historia. La he estudiado orando, llorando de gozo o de pena muchas veces, y cuántas preguntándome si no sería locura leerla desde el punto de vista humano, como puede leerse la historia de Cromwell o de Federico el Grande, únicos jefes que, en mi opinión, podríaseles suponer, después de Aníbal o de César, en una proximidad cualquiera de Napoleón, y he terminado por sentirme en presencia de uno de los misterios más terribles de la Historia.

IV

Aparece un joven que no se conoce a sí mismo, y que debe creerse infinitamente lejos de una misión sobrenatural, - si, no obstante, una misión semejante puede ocurrir a su espíritu. Tiene el sentido de la guerra, y ambiciona una situación militar. Tras de muchas miserias y humillaciones, se le da un magro ejército, y de inmediato se revela como el más audaz, el más infalible de los capitanes. El milagro comienza, y no termina más.

Europa, que nunca viera nada semejante, tiembla. Ese soldado se convierte en Amo. Se hace Emperador de los franceses, y luego el Emperador de Occidente - el EMPERADOR, simple y absolutamente, para toda la duración de los siglos. Es obedecido por seiscientos mil guerreros que no es posible vencer, y que le adoran. Hace lo que quiere, y renueva a su antojo la faz de la tierra. En Erfurt, en Dresde sobre todo, tiene el aspecto de un Dios. Los potentados le lamen los pies. Él ha extinguido el sol de Luis XIV, y ha desposado la más encumbrada hija del mundo; Alemania, cejijunta y apergaminada, no tiene campanas suficientes, ni cañones y fanfarrias bastantes para honrar a ese Jerjes que recuerda con orgullo haber sido subteniente de artillería veinticinco años antes, no haber tenido un céntimo, y que ahora arrastra veinte pueblos a la conquista de Oriente.

Transcurre una estación, y he aquí “el frío Aquilón que devora las montañas, sicut igne”, dice el Eclesiastés.
El subteniente de 1785 regresa a pie sobre la nieve, apoyado sobre un bastón, y seguido por algunos moribundos. Pero no ha sido vencido sino por el cielo, y el momento de ser vencido por los hombres, no ha llegado todavía.

Dios ama a este soberbio, y lo aflige por amor, sin querer abatirlo completamente. Dios ha mirado la sangre líquida de las matanzas, y ese espejo le ha reflejado la faz de Napoleón. Le ama como a su propia imagen; acaricia a este Violento como acaricia a sus Apóstoles, a sus mártires, a sus más dulces confesores; acaríciale tiernamente con sus manos poderosas, tal como un señor imperioso acariciaría a una virgen indómita que se negara a desvestirse. Al cabo le despojará, ciertamente, y en forma tan completa, que durante treinta o cuarenta años los reyes se ocuparán en disputar sus despojos. Pero no quiere que esto ocurra al primer golpe. Insistirá tres veces. 1813, 1814 y 1815, tres Epifanías de dolor!

La primera, y no la menos terrible, es la que más se parece al diluvio del siglo V. Los colosales ejércitos de la Coalición suprema imitan bastante bien a los Hunos, los Sármatas, los Suevos, los Alanos, los Sajones, los Godos y los Vándalos del Castigo de Roma. Toda esa canalla bárbara punza los flancos del León mutilado, pero no vencido. Él se retira bramando de dolor y de orgullo, y retorna a Francia donde hace combatir, uno contra diez, niños por él transformados en legionarios. El Olimpo o la Valhala de dioses imbéciles, tiembla una vez más. Traicionado en fin por tenientes que él había concebido y alumbrado, es relegado a la ínsula ridícula de Sancho Panza. Todo parece terminado. Un vejete fratricida y libertino intenta devorar a Francia con sus encías. ¡Por última vez reaparece el Invencible, y cuán prodigiosamente!

El Reino de Jesucristo y de su Madre, agotado de sangre, traspasado de dolores, precipítase al punto hacia él, con exclamaciones de júbilo. Esto es 1815, ¡ay! y Waterloo. Se combate como ángeles en la desesperación. ¡Se bate contra la Historia, se bate contra sesenta siglos! Esto es el desastre, y Juana de Arco llora en todos los caminos. Napoleón, que traía la victoria, está obligado a ocultarla entre las sombras de la derrota, no queriendo ser vencido sino por mismo. Incomprensiblemente abdica una segunda vez, asqueado de todo, y termina en Santa Elena, en medio de las ratas y los escorpiones de Inglaterra.

V

Tal es este misterio histórico, sin igual a otro alguno.
Antes, en tiempos de mi juventud y aún más tarde, cuando era aficionado a las novelas de aventuras o melodramas, he visto lo que me apasionaba sobre todas las cosas, esto era, la incertidumbre sobre la identidad de las personas. Es el gran recurso, aun hoy no agotado, de la Ficción patética. Desde Edipo y Yocasta, nada ha cambiado. Es esencial que el héroe, aunque intuitivo por otra parte, si se le quiere imaginar, sea él mismo un personaje enigmático. Ese imperdible poder de una idea trivial, tiene, sin duda alguna, su origen en algún presentimiento profundo. Este es el efecto de un concepto directo, aun cuando muy antiguo, de la condición humana. Yo lo he dicho: cada hombre está sobre la tierra para significar algo que él ignora, y así realizar, una parcela o una montaña de los materiales invisibles con que será edificada la Ciudad de Dios. No ver en Napoleón más que un hombre, más grande que los otros, seguramente, pero insignificante fuera de sus actos, es invalidar al mismo tiempo el Futuro y el Pasado, descalificando toda la historia.

Ego dixi, dii estis. Yo he dicho: Vosotros sois dioses”, afirma el Señor. ¡Ah!, sin duda, por lo menos hay imágenes de Dios, custodias de su misterio y, ciertamente Napoleón es de las más manifiestas que sea posible contemplar. Yo no creo que haya en toda su vida, una acción o una circunstancia que no pueda ser interpretada divinamente, es decir, en el sentido de una prefiguración del Reinado de Dios sobre la tierra.

Nace en una isla, y hace la guerra continua a una isla. Cuando cae por primera vez, es en una isla. Por último, muere cautivo en una isla. Insular por nacimiento, insular por emulación, insular por necesidad de vivir, insular por necesidad de morir. Hasta cuando tenía a Europa en sus manos, hasta en las más terribles batallas, el perpetuo mugido de las olas del océano, cubría para él, el estruendo de los cañones. Ambicioso de reinar sobre todos los mares, el continente le fue siempre un obstáculo.

Como un gran navío presa de los hielos, él fue continuamente presa de las tierras, de las que no consigue desprenderse. Veinte años pisoteó el continente con furor, no pero donándole su oposición a la conquista de esa isla inglesa inaccesible, desde lo alto de la cual, él hubiera sido ciertamente el Dominador del Atlántico y del Mediterráneo, asegurando con sus flotas, los viejos reinos y los viejos imperios, y haciendo una isla de toda la tierra, ¡otra isla inmensa como su sueño! Tacete et ululate, qui habitatis in insula (1), parecía decir, con el Profeta, a cada uno de sus pasos, y sin fruto alguno.

Notas del capítulo:
1) Isaías, XXII, 2.

VI

Él decreta el Bloqueo continental, la más grande empresa que pudiera concebirse. Todo el continente europeo recluido y encadenado, trescientos millones de hombres que pueden ser condenados a la ruina y a la desesperación, porque Inglaterra, excluida de los pueblos, debe ser forzada a entregar las llaves y las triples barras de la prisión de los océanos, para todo lo cual, poco faltó... Esto recuerda, en grande escala, las famosas Prohibiciones de la Edad Media, cuya memoria es tan inquietante. ¡Decreto apocalíptico! Imagínaselo fechado en víspera del Juicio universal. Hay ángeles y trompetas en todos los cantones del cielo.

Pero los escitas y los sármatas acaban de nacer, solamente, a la civilización occidental. ¿No es justo que ellos tengan tiempo de corromperse a su vez? ¡Se niegan a sacrificarse! Napoleón les cae encima al frente de diez ejércitos. Pero, he aquí que Dios protege a esos bárbaros. Los guerreros legendarios e invencibles son muertos por el frío, y el bloqueo se hace imposible. También, desde ese momento, imposible la Dominación del mundo.

Esto era hermoso, sin embargo, demasiado hermoso para ese Dios celoso que no quiere partición. Cuando se digne, al fin de los fines, manifestarse completamente, o sea cuando todas las figuras hayan sido agotadas, preciso será que él haga algo semejante a ese Designio de Napoleón. ¡Entonces, pero solamente entonces se sabrá cuán bello era! Ciertamente, en ese momento Dios tendrá delante de sí y en su contra, una isla por humillar, la Isla de los Santos, otrora, transformada en la isla trágica y sombría, la isla de las Negaciones, de las Apostasías, de las Traiciones y del Orgullo. ¡Será bien necesario que, en cierto modo la separe del continente de la Fe, ya secuestrado él mismo en el más absoluto embrutecimiento!

¡Porque será preciso, oh Jesús, que os llamasteis a vos mismo el Hijo del Hombre, que os contentéis con muy poco si, desde ese instante, no cambiarais milagrosamente todo! Puesto que es inevitable que todo tenga su realización, vos tendréis, lo mismo que vuestro Napoleón, el obstáculo del frío y de los bárbaros. Pero, al mismo tiempo, tendréis el recurso que él no tuvo, de hacer de su pueblo algo como un pueblo nuevo, que no estará sino poco más abajo de los ángeles.

VII

Napoleón se casa dos veces, como un Asuero, repudiando a una prostituta para tomar otra que no tiene de común, con la Ester de la Biblia, nada más que los perfumes. Pero éstos eran los de la monarquía cesariana de los Habsburgo, vieja bergamota desvanecida que pareció embriagarle un día, y que pronto le aturdió e hizo vacilar, casi asfixiado con el efluvio peligroso de los antiguos sepulcros repletos de magnificencia y grandeza carnales.

Cuéntase que Asuero, que reinó sobre ciento veintisiete provincias de Asia, queriendo reemplazar a su primera mujer, hizo buscar por todo su imperio, y comparecer ante su presencia, a las más hermosas del mundo, inclusive las de Parsis y de Escitia indómita, y que al fin fijó su vista en una pobrecilla judía de nombre Ester, que significa la Misteriosa. Napoleón, más poderoso que este antiguo potentado, y no queriendo pobrezas, tuvo que escoger entre las herederas altísimas de las Majestades que lamían sus botas, e hizo esto como una campaña rápida, excluyendo con un gesto a las princesas de menor magnitud. Pero la que desposó, no fue, en verdad, una misteriosa, y el suegro infame, el hombre de las “entrañas de Estado”, como se le decía entre sus domésticos, convertido cuatro años más tarde en un Mardoqueo de adulterio, condujo él mismo, con la triple corona en su testa, a su propia hija, archiduquesa, al lupanar, para deshonrar a un yerno que ya no le hacía más temblar.
Para terminar, no saliendo de la Biblia, creeríase leer a Ezequiel en ese formidable capítulo en que la ignominia sin nombre de las dos esposas del Señor es divulgada. (1)

Notas del capítulo:
1) Ezequiel, capítulo XXIII.

VIII

¿Hablaremos del retorno de la isla de Elba? ¿Qué es lo que no se ha dicho o escrito sobre ese acontecimiento incomprensible? Hasta entonces, Napoleón no había combatido más que a los hombres y, precisamente porque era más grande que todos ellos, había sido, o parecía, vencido a la postre. Pero, saliendo de la isla de Elba, él emprende la lucha contra la naturaleza de las cosas, su propio destino, empeñándose en derribar al Ángel formidable, como Israel, fuerte contra Dios mismo.
No se había visto, y posiblemente no se verá nunca nada comparable al vuelo de su águila, yendo “de campanario en campanario, hasta las torres de Nuestra Señora”. ¿Por qué Nuestra Señora? Napoleón no era, sin embargo, en forma ostensible al menos, devoto de la Santa Virgen. Pero, siendo todo presumible en un ser tan grande, ¿no es acaso permitido suponer en él un presentimiento sobrehumano, una secreta adivinación del Dominio de María, eterna patrona y protectora de esa Francia que él había recogido en una ciénaga de sangre y de inmundicia, haciéndola tan magnífica?

Y, admírome ahora de mi propia prudencia. ¿Para qué tantas precauciones literarias? ¿No rompe los ojos que el Acontecimiento fue entera, absolutamente sobre-natural? Quizás no había en Francia una familia que no hubiera sangrado hasta el agotamiento sus venas, hasta la definitiva paralización de los latidos del corazón. En Italia, en Egipto, en Alemania, en Polonia, en España sobre todo y en Rusia, un número infinito de franceses había muerto por su voluntad, o lo que podría considerarse su voluntad. La sola campaña de Sajonia había costado más de cien mil vidas. Hubiera podido creerse que ese devorador insaciable había extenuado todo entusiasmo, y secado todas las fuentes del amor.

Ocurrió precisamente lo contrario. Un último ejército de víctimas vino a ofrecerse, ¡Y qué víctimas! Un como rugido de gloria subió hasta el cielo. En una revista, los caballeros heroicos de cien batallas, cruzando sus sables por encima de su cabeza, hiciéronle un arco de acero llorando de alegría y de furor. Algunos días más tarde eran a su vez inmolados. Eran los últimos, pero aún quedaban, de todos modos, y Napoleón, si lo hubiera querido, podía aún, a pesar de Waterloo, continuar indefinidamente los sacrificios humanos.

En verdad, jamás hubo un hombre adorado como lo fue él, en la esperanza o en el desaliento, en los tormentos infinitos de la fatiga, del hambre y de la sed, en medio del fango y de la nieve, entre la metralla y los incendios, en los destierros, en las prisiones, en los hospitales y en medio de la agonía; adorado a pesar de todo, adorado siempre, como un redentor al que no podían alcanzar las corrupciones de la tumba, como una virgen de gloria que no podía morir. En mi niñez yo he conocido viejos mutilados incapaces de distinguirle del Hijo de Dios.

IX

El recuerdo de esas imágenes de Raffet, que ilustran la pobre historia de Norvins, parecíame un Evangelio cuando yo tenía doce años. Sí, eso es, un Evangelio. Apenas conocía yo otro, adelantada o retardada mi cultura cristiana, por la cultura napoleónica. A pesar de tantos años transcurridos, todavía encuentro el estremecimiento de magnificencia que recorría mi ser, hojeando esas páginas que mal podía leer, ignorando absolutamente la historia. Pero, ¡qué fiebre, qué temblor ante las imágenes! ¡Qué necesidad tenía de leer! Con y por ellas, seguía por todas partes a mi héroe y mi emperador, desde Tolón hasta Santa Elena. Yo le acompañaba principalmente a Egipto y a Rusia; veíale siempre todopoderoso, siempre infalible, como un dios, y me creía uno de los más veteranos de su Vieja Guardia.

¿Qué necesidad tenía yo de comprender? Sentía ya entonces, y nunca he dejado de sentir en él lo Sobrenatural, y las ocho letras de su nombre, impresas, recuerdo, en grandes mayúsculas color de sangre, sobre la tapa, me parecía que irradiaban hasta los extremos del universo. Nada de ello he olvidado después.

Había también, muy cerca de la ciudad, un jardín extraño y ciertamente muy ridículo que quizás volveré a ver en el Paraíso. Un burgués cualquiera, un imbécil -tengo ese temor- había ideado hacer de su propiedad, un lugar de peregrinación napoleónica. Habíale dado el nombre de Santa Elena, y allí me condujo mi padre, siendo yo muy niño. Es esto tan lejano, que apenas puedo recordado. Había un enorme busto del Emperador, una columna del gran ejército en símil bronce, una especie de caverna circundada de sauces llorones y representando la tumba de exilio, de la que emanaba un espanto religioso, una efigie verdosa del Rey de Roma en cuna de hiedra o de madreselvas, y yesos de veteranos o de mariscales desafiando toda pulla sublunar.

He aquí cuanto puedo hallar en las criptas de mi memoria, y todavía no estoy muy seguro de ello. Pero la emoción de mi corazón de niño perdura, y por tal razón al cabo de cincuenta años, puedo escribir estas páginas (1). ¡Tal era y tal es aún, tanto tiempo después de su último suspiro, el ascendiente de ese Prodigioso!

Notas del capítulo:
1) Ver más arriba la nota del apartado II de esta Introducción.

X

Considerado Napoleón como un instrumento divino, simplifícase mucho el inventario de sus faltas, registradas con tanto esmero, y en tanto papel, por todos sus jueces. Si con el nombre de faltas se entiende razonablemente una serie de transgresiones voluntarias, veniales o capitales, de una ley promulgada, la estricta justicia no permite que se las impute a un instrumento. En este sentido, Napoleón puede no haber cometido una sola falta, estando siempre obligado a cumplir, en calidad de instrumento, lo que le estaba prescripto querer y realizar.

No cabe duda alguna de que fuera, al mismo tiempo, un hombre bajo la ley de la caída, y por tanto, pasible de incurrir en los desórdenes de su libertad. Pero de esto sólo Dios es juez, Dios de todos (1). Yo no considero más que las faltas llamadas políticas. Nadie fuera de él, ha podido saber ni conjeturar sin temeridad, lo que de su propia voluntad pone en las acciones magníficas o pavorosas exigidas por una Voluntad superior, a la cual no debía desobedecerse.

Si bien confusamente, él sentía bien esa voluntad, cuando hablaba de su “estrella”, sin alcanzar a comprenderlo, sentía una mano en sus cabellos, una mano sobre su corazón, que cesaba entonces de latir, una mano, se ha dicho, en torno a su pensamiento formidable.

Estremeciéndose, ese Amo del mundo veíase circunscripto en una libertad de orden inferior y - bajo su máscara imperial - hermano menor y servidor de todos, inclusive de los más miserables, que no tenían, como él, una consigna, un mandato de eternidad, una misión divi¬na que llenar, y que parecían tener, más que él, la elección de sus obras buenas o malas.

Tal vez entonces fuera posible explicar, por intermitentes rebeliones de su alma, por súbitas veleidades de evadirse de una tan fatal grandeza, los incomprensibles perdones que tuvo tantas veces para sus enemigos más peligrosos, y su inconcebible debilidad hacia compañeros indignos de él.

«Este hombre nacido para el imperio, ha dicho un historiador penetrante, que entró con paso firme en la soberanía, y se encontró sin esfuerzo, no solamente el igual, sino el superior, y bajo todos los aspectos, de reyes y de emperadores vencidos por él, siempre fue en su familia, un advenedizo y un menor. En su familia no fue emperador, sino para dar. Nunca logró hacerse obedecer ni respetar. Conservó para los suyos esa extraña complacencia que extendió a todos los que le habían ayu¬dado en los tiempos difíciles, servido en los años de crisis. Este guerrero, este autócrata violento, generoso, bonachón, fue de todos los señores y conductores de hombres, el más notablemente engañado y traicionado, por sus mujeres, por sus hermanos, por sus hermanas, por sus ministros, por sus tenientes, por sus servidores».
Indudablemente convenía que así sucediera, y que hasta sus mismas faltas - pues debe emplearse esta palabra - fuesen como partes esenciales del poema de su destino.

Notas del capítulo:
1) En el original, estas palabras están en castellano.

XI

Por otra parte, se está suficientemente advertido cuando, siendo capaz de ahondar, se llega a considerar la flagrante necedad de una sustitución imaginaria en los acontecimientos cumplidos. Otro desenlace hubiera tenido lugar, dícese, si tal circunstancia hubiera sido prevista. Pero, precisamente, esa, circunstancia no podía ser prevista ni sorteada, puesto que era menester ese desenlace y no otro. Los hechos son absolutos en sí mismos, y en todas sus peripecias. Los hechos históricos son el Estilo de la Palabra de Dios, y esa palabra no puede ser condicional. Eran precisos Vincennes, Tilsitt y Bayona, los Reyes hermanos, la impunidad incomprensible de Bernadotte y la desastrosa campaña de Moscú; era menester, luego de Dresde y Kuhlm, la inconmensurable demencia de abandonar en las inútiles fortalezas alemanas 150.000 soldados más que suficientes para aplastar la Coalición en las llanuras de Champagne. En fin, era necesario, como otro factor más, que existiera un Grouchy. Eran necesarias todas esas cosas conocidas y muchas otras que no se conocen, y la prueba sin réplica es que son cosas ocurridas bajo la mirada de Dios, que no se equivoca, y que quería esas cosas, desde siempre.

“¿He cumplido, pues, las voluntades del Destino?” respondía el Emperador a alguno de sus grandes que intentaban disuadirle de sus proyectos sobre Rusia, en 1812. “Yo me siento impulsado hacia un fin que desconozco. Cuando lo haya alcanzado, un átomo bastará para derribarme” (1). Defendióse en Santa Elena, del reproche de haber amado excesivamente la guerra, diciendo que siempre estuvo obligado a hacerla, y ésta es una rigurosa exactitud. Si él amó la guerra, de la que era un maestro incomparable, y en ella fue el gran artista enamorado de su arte, pero forzado a vivir exclusivamente de él, ¿quién tendría el derecho de incriminárselo?

Uno se pregunta quién es el hombre que, como él, haya podido galopar tanto bajo el acicate de su destino.
Sábese de su famosa carrera desenfrenada, de Valladolid a Burgos, treinta y cinco leguas en cinco horas. Había partido con una numerosa escolta, en razón del peligro de las guerrillas. Poco a poco sus acompañantes iban quedando rezagados, y llegó casi solo. Debió dejar Inglaterra, insuficientemente estrangulada al norte de España, para echarse sobre Austria amenazadora, y no tenía una hora que perder.
Esta fantástica cabalgata, casi inverosímil, es una imagen de toda la vida forzada de ese Titán, siempre constreñido a salirle al encuentro al rayo, y que sólo en la muerte halló reposo.

Notas del capítulo:
1) Citado por el general Philippe-Paul de Ségur (1780-1873) en su brillante relación de la campaña de Rusia, “Historia de Napoleón y de la Grande Armada en 1812” (Histoire de Napoléon et de la Grande Armée en 1812; 1824), libro II, capítulo II.

XII

Por falta de atención, o debilidad de inteligencia, me he sorprendido a menudo de las dos Abdicaciones, no concibiendo que tal hombre hubiera abdicado una sola vez. Hoy pienso que él hizo esto, como todo lo que hizo, por mandato. Es muy otra la versión de las dos esposas y al respecto me digo que es aquí, principalmente, donde debe investigarse.

¿Sería posible, pues, que él pueda tener dos abdicaciones divinas? ¿Es concebible semejante idea? Dios diciendo: “A partir de este momento no soy más Dios”. Una primera vez, porque se le abandona; la segunda, porque él se abandona a sí mismo. Esto es el vértigo, el despeñadero de lo absurdo y de lo imposible. Y, sin embargo, esto se ha visto en el gran espejo de los enigmas (1), en 1814 y 1815. Mucho se le ha llorado, y hay gente que lo llora todavía. Antes y, sobre todo, después de los Cien Días, los desdichados decíanse a sí mismos: “¡Esto ha terminado! No tenemos más Dios, ¿qué será de nosotros? No se podrá ya nacer, ni se podrá morir más. No podrá ser uno juzgado ni recompensado por nadie. No hay ya paraíso para la esperanza, ni infierno para la desesperación”. Y hubo en el pobre mundo una tristeza infinita.

¿Porqué, pues, Napoleón ha abdicado, y, lo repito, abdicado dos veces? Sólo uno podría responder a esto, y se llama el Espíritu Santo. Este diría: “El ha abdicado por mí. Siendo la semejanza del Padre cuando se arrepintió de haber hecho a los hombres, siendo la imagen de su Hijo, por ellos crucificado, Napoleón estaba obligado a despedirlos en su persona y de ese modo, puesto que no quedaba por prefigurar, sino el Paracleto del triunfo definitivo en que deben cumplirse todos los símbolos, y consumarse todas las profecías. Vuestro emperador ha hecho lo que debía hacer, tan exactamente, como los soles o como los animales, sin comprenderlo ni saberlo, y la magnificencia que apareció en él antes que cayera, no era sino, y por anticipado, un reflejo infinitamente pálido de mi próximo esplendor. Los dos gestos por los cuales él os ha abandonado, eran míos verdaderamente, en el espacio y en la duración, pero en una forma que se os oculta, y que no conoceréis antes de tiempo”.

Que el que puede comprender, comprenda, ha dicho Jesús, que sólo hablaba en parábolas, y este conjuro misterioso no podía más que dirigirse al solo Paracleto venidero, por quien serán develados todos los arcanos.
No siendo el representante acreditado de ese Consolador, nada tengo, pues, que explicar. Por otra parte, después de la caída y de la abyección proveniente de la Caída original, ¿quién es, pues, capaz de explicar o de comprender profundamente cualquier cosa? Ya es muy hermoso y medianamente sobrehumano mostrar que en todas partes hay misterio, o dado a presentir; proclamar, por ejemplo, que no hay causas juzgadas en la historia, que la vida de los hombres, grandes o pequeños, “no es sustraída, sino solamente cambiada”, según la expresión litúrgica, vira mutatur, non tollitur, y que, en consecuencia, nada se sabe, verdaderamente, de las combinaciones perpetuamente iterativas de la Voluntad divina.

Notas del capítulo:
1) Recuerdo del texto de San Pablo, ya citado por Bloy: primera epístola a los Corintios, XIII, 12: “Videmus nunc per speculum in aenigmate”.

XIII

¡Ah, si Napoleón hubiera podido ser la multitud! Si su nombre hubiera sido el nombre de la multitud, ¡cuánto más fácil de explicar sería todo esto! En primer lugar, no habría tenido necesidad de nacer en una isla, lo que hubiera simplificado todo, siendo su caso esencialmente geográfico, y toda idea de un Bloqueo continental, o solamente departamental, hubiera resultado sin ocasión y sin oportunidad. Una sola esposa le hubiera bastado, la universal imbecilidad, esposa fiel si las hubo, ¡y cuán fecunda!
Jamás habría estado en la isla de Elba, demasiado alejada de los centros, y, por consiguiente, nunca hubiera tenido que retornar de ella. En lo que atañe a las dos abdicaciones, mejor será no hablar. Fácil hubiera sido reemplazarlas por el Sufragio universal que, ciertamente, así lo creemos, habría horrorizado a la Coalición, y así hubiera sobrevenido la prostitución política, cincuenta años antes.

Pero... Napoleón no era la multitud. Estaba solo, absoluta y terriblemente solo, y su soledad tenía un aspecto de eternidad. Los famosos anacoretas de la antigüedad cristiana tenían en sus desiertos la conversación de los Ángeles. Estos santos hombres estaban aislados, pero no eran únicos; veíanse entre ellos algunas veces, y su enumeración es difícil. Napoleón, semejante a un monstruo que hubiera sobrevivido a la extinción de su especie, estuvo verdaderamente solo, sin compañeros para comprenderle o asistirle, sin ángeles visibles, y quizás, también, sin Dios; pero esto ¿quién puede saberlo?

No teniendo iguales ni semejantes, estuvo solo en medio de reyes y de otros emperadores que parecían domésticos apenas llegados a su presencia; solo estuvo en medio de sus grandes, por él fabricados de barro y de esputos, y que recayeron en su origen, el mismo día en que empezó a declinar su poder; solo en medio de sus pobres soldados, que no podían darle sino su sangre, y que se la brindaron con largueza. Solo se halló en Santa Elena, en medio de las ratas de Longwood.
¡Estuvo solo, en fin, consigo mismo principalmente, donde erraba tal como un leproso intocable en un palacio inmenso y desierto!
¡Para siempre solo, como la Montaña o el Océano!...