A
ANDRÉS MARTINEAU
(2)
Mi
querido Andrés, no
soy yo quien te da este libro,
quizás el más
importante de todos los que
he podido escribir hasta hoy.
Es mi hijo Andrés quien
te lo da, ese tan llorado
hijo Andrés que Dios
ha llevado consigo en su inocencia
bautismal, y que tiene dieciocho
años hoy en el paraíso.
El libro hubiera sido dedicado
a él, y es conveniente
que tú ocupes su lugar
en este asunto. Quiero creer
que ésta es su voluntad.
El hubiera amado a Napoleón
como tú le amas, y
vuestro patrono común,
el gran Apóstol de
la Cruz, te hará comprender,
si le interrogas con amor,
lo que había de deseable
y de magnífico en el
sufrimiento del más
glorioso de todos los mortales.
Estamos en la noche del mundo,
querido hijo; tal vez seas
testigo de las divinas y terribles
cosas que el vencedor de reyes
parece haber grandiosamente
prefigurado.
Ojalá El
Alma de Napoleón
ensanche tu corazón
y lo fortalezca para el momento
de ignoradas pruebas.
|
León
BLOY. |
5
de Mayo de 1912 |
|
1)
Bloy leyó en febrero
de 1906 esta novela de Wells:
« Es el artificio de la
novela soñada,
pero en razón del gran
valor intelectual del autor,
hay algo más que un juego
de imaginación. Hay el
presentimiento, tan profundamente
humano, expresado o no, pero
universal, de un Personaje que
despierta de un largo sueño,
es decir obteniendo por fin
su mandato y encontrándose
así, de repente, amo
del mundo. ¡Cuántas
veces he pensado en él!
». Vemos cómo la
novela de Wells se une a la
meditación de Bloy sobre
Napoleón.
2) Hijo de René Martineau,
quien era, desde 1901, uno de
los grandes amigos de León
Bloy.
|
|

I
La
historia de Napoleón es ciertamente
la más desconocida de todas las historias.
Los libros que pretenden relatarla son innumerables,
Y los documentos de toda especie, llegan
hasta el infinito. En realidad, Napoleón
nos es, quizás, menos conocido que
Alejandro o Senaqueríb. Más
se le estudia, y más se descubre
en él, alguien que no tiene semejanza
con nadie. Esto es el abismo. Se conocen
datos, se sigue el curso de los hechos,
victorias o desastres; sábese de
cerca o de muy cerca, de famosas negociaciones,
polvo, y solamente polvo en el presente.
Sólo su nombre es prodigioso. NOMBRE
que, pronunciado por el más pobre
de todos los niños, bastaría
para avergonzar a cualquier hombre por grande
que fuera. Napoleón es el rostro
de Dios en las tinieblas.
Es notorio
que las profecías o prefiguraciones
bíblicas no pueden ser comprendidas
sino luego de su entera realización,
es decir, cuando todo lo que está
oculto, haya sido revelado, tal como Jesús
lo anuncia en el Evangelio, y esto lleva
necesariamente el pensamiento, más
allá de los tiempos.
Napoleón
es inexplicable y, sin duda alguna, el más
inexplicable de los hombres, porque él
es, ante todo y sobre todo, el Prefigurante
de Aquel que debe venir y que tal vez no
esté lejos, un prefigurante y un
precursor muy próximo a nosotros,
significado a su vez por todos
los hombres extraordinarios que le han precedido
en todos los tiempos.
Si se quiere
aceptar este postulado, y adentrarse un
poco en él, he aquí que la
historia toma un aspecto absolutamente distinto,
y el océano napoleónico, tan
terriblemente agitado hasta aquí,
se vuelve repentinamente sereno, sumamente
calmo, bajo un cielo de milagrosa serenidad.
¿Quién
de nosotros, franceses o extranjeros de
fines del siglo XIX, no ha sentido la congoja
enorme del desenlace de la incomparable
epopeya? Con sólo un átomo
de alma, resultaba ya abrumador pensar en
la caída en extremo súbita
del Gran Imperio y de su jefe; ¡recordar
que aun ayer había estado en lo más
alto de los Alpes de la humanidad; que por
el solo hecho de existir entre nosotros
lo más Prodigioso, Bien amado, y
Terrible, que jamás hubo, pudimos
creemos como la primera pareja en su paraíso,
dueños absolutos de lo que Dios ha
puesto bajo el cielo, y que, muy poco después,
también sería inevitable recaer
en el antiguo cieno de los Borbones! Cierto
es que esa caída había desarraigado,
casi, la tierra. Las convulsiones de 1813,
a pesar del dolor y de la excesiva amargura,
fueron en tal modo grandiosas, que la imaginación
y el orgullo pueden sentirse consolados
de aquéllas; pero el fin es demasiado
horrible; sobre todo, demasiado repentino,
y la más angélica de las resignaciones,
se siente impulsada a sustraerse a la doxología
de ese Salmo colosal de la penitencia.
II
Si bien
se sabe que hubo en él errores inmensos,
esos mismos errores, precisamente, hacen
que la tristeza sea insoportable. ¿Quién
es el que, leyendo la historia del Imperio
no haya intentado, suponiéndose contemporáneo,
persuadirse, por ejemplo, de que Napoleón
tendría menos confianza en la lealtad
rusa, menos obsequiosidades para con Alejandro
en Tilsitt; que demolería Prusia
de uno a otro extremo, y restablecería
a Polonia; que resolvería con mejor
acierto el peligroso asunto de Bayona; que
no habría hecho reyes de sus miserables
hermanos; que no habría dispersado
sus fuerzas desde Cádiz a Moscú,
derrochando y destruyendo, también,
los más bellos ejércitos del
mundo? ¿A quién, en fin, no
se le ha ocurrido esperar la llegada de
Grouchy a Waterloo, de ese mediocre y funesto
Grouchy, tan ciegamente escogido por el
Emperador, para el movimiento estratégico
más decisivo? Y esto no es todo.
¿Cómo no llorar ante el relato
de la segunda Abdicación? ¡El
más grande de los vencedores, abdicando
dos veces! ¡Napoleón
derribado de su sitial por un Fouché,
por un Lafayette, y luego yendo a entregar
alma y cuerpo a Inglaterra!...
Yo he dejado
de padecer estas cosas (1), el día
en que he podido comprender, o, por lo menos,
entrever el destino simbólico por
excelencia de ese Ser extraordinario.
En realidad,
todo hombre es simbólico, y en la
medida de su símbolo es que resulta
un viviente. Verdad es que esta medida es
desconocida, tanto como la trama de las
combinaciones infinitas de la Solidaridad
universal. El que supiera exactamente, por
un prodigio de infusión, la trascendencia
de un individuo cualquiera, tendría
ante los ojos, como un planisferio, todo
el Orden divino.
Lo que la
Iglesia denomina la Comunión de los
santos es un artículo de fe, y no
puede ser otra cosa. Preciso es creer en
ello, como se cree en la economía
de los insectos, en los efluvios de germinal,
en la Vía Láctea, sabiendo
muy bien que no puede comprenderse. Cuando
uno se niega a ello, es, o un necio, o un
perverso. Se enseña, en la Oración
Dominical, que debe pedirse el pan nuestro
y no mi pan. Para toda la tierra
y para todos los siglos. Identidad del pan
de César y del esc1avo. Identidad
mundial de la impetración. Equilibrio
misterioso del poder y de la debilidad,
en la Balanza donde todo es pesado. No existe
un ser humano capaz de decir lo que es,
con certeza. Nadie sabe lo que ha venido
a hacer en este mundo, a quién corresponden
sus actos, sentimientos y pensamientos;
cuáles son sus más allegados
entre todos los hombres, ni cuál
es su nombre verdadero, su inmortal
Nombre en el registro de la Luz. Emperador
o mozo de cordel, nadie conoce su fardo
ni su corona. (2)
La Historia es como un inmenso Texto litúrgico
donde las iotas y los puntos valen tanto
como versículos o capítulos
enteros, pero la importancia de unos y de
otros, es indeterminable, y profundamente
escondida. Si yo pienso, por lo tanto, que
Napoleón podría bien ser una
iota rutilante de gloria, véome obligado
a reconocer, al mismo tiempo, que la batalla
de Friedland, por ejemplo, bien ha podido
ser ganada por una niñita de tres
años o por un centenario vagabundo,
pidiendo a Dios que se hiciera su Voluntad
tanto en la tierra como en el cielo. En
tal caso lo que se dice Genio, sería
simplemente esa Voluntad divina encarnada,
si así puedo expresarme, hecha visible
y tangible en un instrumento humano llevado
a su más alto grado de fuerza y de
precisión, aunque, como el compás,
sin posibilidad de abandonar su extrema
circunferencia.
Lo que queda
en pie, para Napoleón y para la infinita
multitud de sus inferiores, que son todo
el conjunto, figuras del Invisible, es que
no puede moverse un dedo ni matar dos millones
de hombres, sin significar alguna cosa que
sólo en la Visión beatífica
sea manifestada. Dios sabe desde toda eternidad,
que en determinado momento, sólo
de Él conocido, tal o cual hombre
realizará libremente un
acto necesario. Armonía
incomprensible entre el Libre Albedrío
y la Presciencia. Las inteligencias más
luminosas no han podido ir nunca más
allá de este límite. En tal
estado, el Hombre integral, no debiendo
ser, según la palabra Creadora, más
que una semejanza, y una imagen, renovable
en mil millones de almas de cada generación,
fuerza es, pues, que sea siempre tal, haga
lo que haga, y preparar así, poco
a poco, en el crepúsculo de la Historia,
un acontecimiento inimaginable.
Los hay,
sin duda alguna, buenos y malos, y la Cruz
del Redentor está siempre allí;
pero los unos y los otros hacen exactamente
lo que está previsto, y no pueden
hacer otra cosa; no nacen ni subsisten sino
para sobrecargar el Texto misterioso, multiplicando
al infinito las figuras y los caracteres
simbólicos. Napoleón es el
más visible de esos caracteres indescifrables,
la más elevada de esas figuras, y
ésta es la causa de haber asombrado
tanto al mundo.
Notas
del capítulo:
1) León Bloy
escribió El Alma de Napoleón
entre enero y mayo de 1921. Pero soñaba
con él desde hacía años,
y acumulaba las lecturas de obras históricas
y de Memorias. Sus reacciones aparecían
en todas las páginas en su Diario
en aquella época.
Se siente “el contemporáneo
de los hombres de 1814” y anota el
9 de septiembre de 1902: “Consulado
e Imperio. A pesar del autor [Adolfo Thiers],
esta historia es para mí tan viva
que sufro realmente del abandono del proyecto
de desembarco en Inglaterra como he sufrido
precedentemente de la evacuación
de Egipto”.
Algunos meses más tarde, el 17 de
abril de 1903: “Waterloo. Cuando escriba
sobre Napoleón, diré mi extraña
angustia todas las veces que se habla de
Waterloo, por quien sea, y la imposibilidad,
para mi eterna, de consentir ese desastre.
Hubo las faltas o los crímenes de
Napoleón, sí. Pero bien hay
otra cosa, lo siento, en el lugar más
profundo de mi alma, que nunca, en ningún
día, se cumplió una injusticia
tan profunda”.
Y todavía el 27 de junio de 1903:
“1815. Quisiera acabar con esto, es
demasiado doloroso. ¡Qué incertidumbre
bizarra en el corazón del hombre,
qué necesidad más extraño
aún de incertidumbre o más
bien qué presentimiento admirable
de que nada es definitivo en este mundo!
Por mucho que sepa esta cruel serie de desastres,
me es imposible no esperar, en cada instante,
que no lo lograrán. Quiero
persuadirme que en Ligny, d’Erlon
obedecerá a su emperador, que Ney
le obedecerá en Quatre Bras, recobrando
su resolución de antaño, que
Grouchy finalmente se dignará escuchar,
en Wavre, a sus oficiales y a sus soldados.
Haga lo que haga, las desdichas pavorosas
y tan injustas, en apariencia, de esta guerra,
me sorprenden siempre... ¡Si todo
el mundo se hubiera equivocado, sin embargo!
¡Si la batalla durara aún!”
Ver León Bloy, Diario I y II (1892-19179),
edición establecida, presentada y
anotada por Pierre Glaudes, Robert Laffont,
colección “Bouquins”,
1999.
2) Sobre este tema que vuelve constantemente
en la obra de León Bloy, he aquí
lo que anota en “El Mendigo ingrato”;
(Le Mendiant ingrat; Diario,
30 de enero de 1894) acerca de las “Historias
desatentas-” (Histoires désobligeantes):
“La idea central de mi último
cuento, “Palabras digestivas”
(Propos digéstifs), siendo
que nadie puede estar seguro de su identidad
y que cada cual ocupa verosímilmente
el lugar de otro. Jeanne me preguntó
cómo era posible que hubiera semejante
desorden en la obra de Dios.
“Y la Caída, repliqué...
Nada está cumplido. Todos tenemos
que esperar, puesto que estamos en el Caos”.
III
Verdad
es que el mundo no es difícil de
asombrar. Es tan mediocre y tan bajo este
patrimonio de Satán, que un ademán
de fuerza o de grandeza es, por lo general,
suficiente. En nuestros días ha sido
frecuente observar políticos y escritores
cuyo talento no excedía el común
de los demás hombres, que han podido
hacerse admirar de las multitudes.
Napoleón,
dotado de fuerza y de grandeza, como no
lo había sido hombre alguno, debió
él mismo sorprenderse mucho más
que todos aquellos a quienes deslumbró.
Aborigen de una región espiritual
desconocida, extranjero de nacimiento y
de carrera en cualquier país que
fuese, se asombró realmente, toda
su vida, como Gulliver en Liliput, de la
excesiva inferioridad de los contemporáneos,
y sus últimas palabras recogidas
en Santa Elena prueban que este asombro,
convertido en absoluto desprecio, le siguió
a la tumba y hasta ante el tribunal de su
Juez.
¿Qué
había pues venido a hacer en esa
Francia del siglo XVIII que, indudablemente,
no lo presentía y aún menos
10 esperaba? No era otra cosa que Un
Gesto de Dios por medio de los Francos,
para que los hombres de toda la tierra no
olvidasen que hay verdaderamente un Dios
y que debe venir como un ladrón,
en un momento cualquiera, en compañía
de un Asombro definitivo que procurará
la destrucción del universo.
Convenía,
sin duda, que ese gesto fuese realizado
por un hombre que apenas creyera en Dios,
y que ignorara sus Mandamientos. No teniendo
la investidura de un Patriarca ni de un
Profeta, importaba que fuera inconsciente
de su Misión, tanto como una tempestad
o un terremoto, al punto de poder ser juzgado
de sus enemigos, como un Anticristo o un
demonio. Era necesario, principalmente y
ante todo, que por él fuese consumada
la Revolución Francesa, la irreparable
ruina del Viejo mundo. Evidentemente, Dios
no quería más ya ese viejo
mundo. Quería cosas nuevas, y para
ello, se requería un Napoleón.
Éxodo que costó la vida de
millones de hombres.
Mucho he
estudiado esa historia. La he estudiado
orando, llorando de gozo o de pena muchas
veces, y cuántas preguntándome
si no sería locura leerla desde el
punto de vista humano, como puede leerse
la historia de Cromwell o de Federico el
Grande, únicos jefes que, en mi opinión,
podríaseles suponer, después
de Aníbal o de César, en una
proximidad cualquiera de Napoleón,
y he terminado por sentirme en presencia
de uno de los misterios más terribles
de la Historia.
IV
Aparece
un joven que no se conoce a sí mismo,
y que debe creerse infinitamente lejos de
una misión sobrenatural, - si, no
obstante, una misión semejante puede
ocurrir a su espíritu. Tiene el sentido
de la guerra, y ambiciona una situación
militar. Tras de muchas miserias y humillaciones,
se le da un magro ejército, y de
inmediato se revela como el más audaz,
el más infalible de los capitanes.
El milagro comienza, y no termina más.
Europa,
que nunca viera nada semejante, tiembla.
Ese soldado se convierte en Amo. Se hace
Emperador de los franceses, y luego el Emperador
de Occidente - el EMPERADOR, simple y absolutamente,
para toda la duración de los siglos.
Es obedecido por seiscientos mil guerreros
que no es posible vencer, y que le adoran.
Hace lo que quiere, y renueva a su antojo
la faz de la tierra. En Erfurt, en Dresde
sobre todo, tiene el aspecto de un Dios.
Los potentados le lamen los pies. Él
ha extinguido el sol de Luis XIV, y ha desposado
la más encumbrada hija del mundo;
Alemania, cejijunta y apergaminada, no tiene
campanas suficientes, ni cañones
y fanfarrias bastantes para honrar a ese
Jerjes que recuerda con orgullo haber sido
subteniente de artillería veinticinco
años antes, no haber tenido un céntimo,
y que ahora arrastra veinte pueblos a la
conquista de Oriente.
Transcurre
una estación, y he aquí “el
frío Aquilón que devora las
montañas, sicut igne”,
dice el Eclesiastés.
El subteniente de 1785 regresa a pie sobre
la nieve, apoyado sobre un bastón,
y seguido por algunos moribundos. Pero no
ha sido vencido sino por el cielo, y el
momento de ser vencido por los hombres,
no ha llegado todavía.
Dios ama
a este soberbio, y lo aflige por amor, sin
querer abatirlo completamente. Dios ha mirado
la sangre líquida de las matanzas,
y ese espejo le ha reflejado la faz de Napoleón.
Le ama como a su propia imagen; acaricia
a este Violento como acaricia a sus Apóstoles,
a sus mártires, a sus más
dulces confesores; acaríciale tiernamente
con sus manos poderosas, tal como un señor
imperioso acariciaría a una virgen
indómita que se negara a desvestirse.
Al cabo le despojará, ciertamente,
y en forma tan completa, que durante treinta
o cuarenta años los reyes se ocuparán
en disputar sus despojos. Pero no quiere
que esto ocurra al primer golpe. Insistirá
tres veces. 1813, 1814 y 1815, tres Epifanías
de dolor!
La primera,
y no la menos terrible, es la que más
se parece al diluvio del siglo V. Los colosales
ejércitos de la Coalición
suprema imitan bastante bien a los Hunos,
los Sármatas, los Suevos, los Alanos,
los Sajones, los Godos y los Vándalos
del Castigo de Roma. Toda esa canalla bárbara
punza los flancos del León mutilado,
pero no vencido. Él se retira bramando
de dolor y de orgullo, y retorna a Francia
donde hace combatir, uno contra diez, niños
por él transformados en legionarios.
El Olimpo o la Valhala de dioses imbéciles,
tiembla una vez más. Traicionado
en fin por tenientes que él había
concebido y alumbrado, es relegado a la
ínsula ridícula de Sancho
Panza. Todo parece terminado. Un vejete
fratricida y libertino intenta devorar a
Francia con sus encías. ¡Por
última vez reaparece el Invencible,
y cuán prodigiosamente!
El Reino
de Jesucristo y de su Madre, agotado de
sangre, traspasado de dolores, precipítase
al punto hacia él, con exclamaciones
de júbilo. Esto es 1815, ¡ay!
y Waterloo. Se combate como ángeles
en la desesperación. ¡Se bate
contra la Historia, se bate contra sesenta
siglos! Esto es el desastre, y Juana de
Arco llora en todos los caminos. Napoleón,
que traía la victoria, está
obligado a ocultarla entre las sombras de
la derrota, no queriendo ser vencido sino
por sí mismo. Incomprensiblemente
abdica una segunda vez, asqueado de todo,
y termina en Santa Elena, en medio de las
ratas y los escorpiones de Inglaterra.
V
Tal es este
misterio histórico, sin igual a otro
alguno.
Antes, en tiempos de mi juventud y aún
más tarde, cuando era aficionado
a las novelas de aventuras o melodramas,
he visto lo que me apasionaba sobre todas
las cosas, esto era, la incertidumbre
sobre la identidad de las personas.
Es el gran recurso, aun hoy no agotado,
de la Ficción patética. Desde
Edipo y Yocasta, nada ha cambiado. Es esencial
que el héroe, aunque intuitivo por
otra parte, si se le quiere imaginar, sea
él mismo un personaje enigmático.
Ese imperdible poder de una idea trivial,
tiene, sin duda alguna, su origen en algún
presentimiento profundo. Este es el efecto
de un concepto directo, aun cuando
muy antiguo, de la condición
humana. Yo lo he dicho: cada hombre
está sobre la tierra para significar
algo que él ignora, y así
realizar, una parcela o una montaña
de los materiales invisibles con que será
edificada la Ciudad de Dios. No ver en Napoleón
más que un hombre, más grande
que los otros, seguramente, pero insignificante
fuera de sus actos, es invalidar al mismo
tiempo el Futuro y el Pasado, descalificando
toda la historia.
“Ego
dixi, dii estis. Yo he dicho: Vosotros
sois dioses”, afirma el Señor.
¡Ah!, sin duda, por lo menos hay imágenes
de Dios, custodias de su misterio y, ciertamente
Napoleón es de las más manifiestas
que sea posible contemplar. Yo no creo que
haya en toda su vida, una acción
o una circunstancia que no pueda ser interpretada
divinamente, es decir, en el sentido
de una prefiguración del Reinado
de Dios sobre la tierra.
Nace en
una isla, y hace la guerra continua a una
isla. Cuando cae por primera vez, es en
una isla. Por último, muere cautivo
en una isla. Insular por nacimiento, insular
por emulación, insular por necesidad
de vivir, insular por necesidad de morir.
Hasta cuando tenía a Europa en sus
manos, hasta en las más terribles
batallas, el perpetuo mugido de las olas
del océano, cubría para él,
el estruendo de los cañones. Ambicioso
de reinar sobre todos los mares, el continente
le fue siempre un obstáculo.
Como un
gran navío presa de los hielos, él
fue continuamente presa de las tierras,
de las que no consigue desprenderse. Veinte
años pisoteó el continente
con furor, no pero donándole su oposición
a la conquista de esa isla inglesa inaccesible,
desde lo alto de la cual, él hubiera
sido ciertamente el Dominador del Atlántico
y del Mediterráneo, asegurando con
sus flotas, los viejos reinos y los viejos
imperios, y haciendo una isla de toda la
tierra, ¡otra isla inmensa como su
sueño! Tacete et ululate, qui
habitatis in insula (1), parecía
decir, con el Profeta, a cada uno de sus
pasos, y sin fruto alguno.
Notas
del capítulo:
1) Isaías, XXII, 2.
VI
Él
decreta el Bloqueo continental, la más
grande empresa que pudiera concebirse. Todo
el continente europeo recluido y encadenado,
trescientos millones de hombres que pueden
ser condenados a la ruina y a la desesperación,
porque Inglaterra, excluida de los pueblos,
debe ser forzada a entregar las llaves y
las triples barras de la prisión
de los océanos, para todo lo cual,
poco faltó... Esto recuerda, en grande
escala, las famosas Prohibiciones de la
Edad Media, cuya memoria es tan inquietante.
¡Decreto apocalíptico! Imagínaselo
fechado en víspera del Juicio universal.
Hay ángeles y trompetas en todos
los cantones del cielo.
Pero los
escitas y los sármatas acaban de
nacer, solamente, a la civilización
occidental. ¿No es justo que ellos
tengan tiempo de corromperse a su vez? ¡Se
niegan a sacrificarse! Napoleón les
cae encima al frente de diez ejércitos.
Pero, he aquí que Dios protege a
esos bárbaros. Los guerreros legendarios
e invencibles son muertos por el frío,
y el bloqueo se hace imposible. También,
desde ese momento, imposible la Dominación
del mundo.
Esto era
hermoso, sin embargo, demasiado hermoso
para ese Dios celoso que no quiere partición.
Cuando se digne, al fin de los fines, manifestarse
completamente, o sea cuando todas las figuras
hayan sido agotadas, preciso será
que él haga algo semejante a ese
Designio de Napoleón. ¡Entonces,
pero solamente entonces se sabrá
cuán bello era! Ciertamente, en ese
momento Dios tendrá delante de sí
y en su contra, una isla por humillar, la
Isla de los Santos, otrora, transformada
en la isla trágica y sombría,
la isla de las Negaciones, de las Apostasías,
de las Traiciones y del Orgullo. ¡Será
bien necesario que, en cierto modo la separe
del continente de la Fe, ya secuestrado
él mismo en el más absoluto
embrutecimiento!
¡Porque
será preciso, oh Jesús, que
os llamasteis a vos mismo el Hijo del Hombre,
que os contentéis con muy poco si,
desde ese instante, no cambiarais milagrosamente
todo! Puesto que es inevitable que todo
tenga su realización, vos tendréis,
lo mismo que vuestro Napoleón, el
obstáculo del frío y de los
bárbaros. Pero, al mismo tiempo,
tendréis el recurso que él
no tuvo, de hacer de su pueblo algo como
un pueblo nuevo, que no estará sino
poco más abajo de los ángeles.
VII
Napoleón
se casa dos veces, como un Asuero, repudiando
a una prostituta para tomar otra que no
tiene de común, con la Ester de la
Biblia, nada más que los perfumes.
Pero éstos eran los de la monarquía
cesariana de los Habsburgo, vieja bergamota
desvanecida que pareció embriagarle
un día, y que pronto le aturdió
e hizo vacilar, casi asfixiado con el efluvio
peligroso de los antiguos sepulcros repletos
de magnificencia y grandeza carnales.
Cuéntase
que Asuero, que reinó sobre ciento
veintisiete provincias de Asia, queriendo
reemplazar a su primera mujer, hizo buscar
por todo su imperio, y comparecer ante su
presencia, a las más hermosas del
mundo, inclusive las de Parsis y de Escitia
indómita, y que al fin fijó
su vista en una pobrecilla judía
de nombre Ester, que significa la Misteriosa.
Napoleón, más poderoso que
este antiguo potentado, y no queriendo pobrezas,
tuvo que escoger entre las herederas altísimas
de las Majestades que lamían sus
botas, e hizo esto como una campaña
rápida, excluyendo con un gesto a
las princesas de menor magnitud. Pero la
que desposó, no fue, en verdad, una
misteriosa, y el suegro infame, el hombre
de las “entrañas de Estado”,
como se le decía entre sus domésticos,
convertido cuatro años más
tarde en un Mardoqueo de adulterio, condujo
él mismo, con la triple corona en
su testa, a su propia hija, archiduquesa,
al lupanar, para deshonrar a un yerno que
ya no le hacía más temblar.
Para terminar, no saliendo de la Biblia,
creeríase leer a Ezequiel en ese
formidable capítulo en que la ignominia
sin nombre de las dos esposas del Señor
es divulgada. (1)
Notas
del capítulo:
1) Ezequiel, capítulo XXIII.
VIII
¿Hablaremos
del retorno de la isla de Elba? ¿Qué
es lo que no se ha dicho o escrito sobre
ese acontecimiento incomprensible? Hasta
entonces, Napoleón no había
combatido más que a los hombres y,
precisamente porque era más grande
que todos ellos, había sido, o parecía,
vencido a la postre. Pero, saliendo de la
isla de Elba, él emprende la lucha
contra la naturaleza de las cosas, su propio
destino, empeñándose en derribar
al Ángel formidable, como Israel,
fuerte contra Dios mismo.
No se había visto, y posiblemente
no se verá nunca nada comparable
al vuelo de su águila, yendo “de
campanario en campanario, hasta las torres
de Nuestra Señora”. ¿Por
qué Nuestra Señora? Napoleón
no era, sin embargo, en forma ostensible
al menos, devoto de la Santa Virgen. Pero,
siendo todo presumible en un ser tan grande,
¿no es acaso permitido suponer en
él un presentimiento sobrehumano,
una secreta adivinación del Dominio
de María, eterna patrona y protectora
de esa Francia que él había
recogido en una ciénaga de sangre
y de inmundicia, haciéndola tan magnífica?
Y, admírome
ahora de mi propia prudencia. ¿Para
qué tantas precauciones literarias?
¿No rompe los ojos que el Acontecimiento
fue entera, absolutamente sobre-natural?
Quizás no había en Francia
una familia que no hubiera sangrado hasta
el agotamiento sus venas, hasta la definitiva
paralización de los latidos del corazón.
En Italia, en Egipto, en Alemania, en Polonia,
en España sobre todo y en Rusia,
un número infinito de franceses había
muerto por su voluntad, o lo que podría
considerarse su voluntad. La sola campaña
de Sajonia había costado más
de cien mil vidas. Hubiera podido creerse
que ese devorador insaciable había
extenuado todo entusiasmo, y secado todas
las fuentes del amor.
Ocurrió
precisamente lo contrario. Un último
ejército de víctimas vino
a ofrecerse, ¡Y qué víctimas!
Un como rugido de gloria subió hasta
el cielo. En una revista, los caballeros
heroicos de cien batallas, cruzando sus
sables por encima de su cabeza, hiciéronle
un arco de acero llorando de alegría
y de furor. Algunos días más
tarde eran a su vez inmolados. Eran los
últimos, pero aún quedaban,
de todos modos, y Napoleón, si lo
hubiera querido, podía aún,
a pesar de Waterloo, continuar indefinidamente
los sacrificios humanos.
En verdad,
jamás hubo un hombre adorado como
lo fue él, en la esperanza o en el
desaliento, en los tormentos infinitos de
la fatiga, del hambre y de la sed, en medio
del fango y de la nieve, entre la metralla
y los incendios, en los destierros, en las
prisiones, en los hospitales y en medio
de la agonía; adorado a pesar de
todo, adorado siempre, como un redentor
al que no podían alcanzar las corrupciones
de la tumba, como una virgen de gloria que
no podía morir. En mi niñez
yo he conocido viejos mutilados incapaces
de distinguirle del Hijo de Dios.
IX
El recuerdo
de esas imágenes de Raffet, que ilustran
la pobre historia de Norvins, parecíame
un Evangelio cuando yo tenía doce
años. Sí, eso es, un Evangelio.
Apenas conocía yo otro, adelantada
o retardada mi cultura cristiana, por la
cultura napoleónica. A pesar de tantos
años transcurridos, todavía
encuentro el estremecimiento de magnificencia
que recorría mi ser, hojeando esas
páginas que mal podía leer,
ignorando absolutamente la historia. Pero,
¡qué fiebre, qué temblor
ante las imágenes! ¡Qué
necesidad tenía de leer! Con y por
ellas, seguía por todas partes a
mi héroe y mi emperador, desde Tolón
hasta Santa Elena. Yo le acompañaba
principalmente a Egipto y a Rusia; veíale
siempre todopoderoso, siempre infalible,
como un dios, y me creía uno de los
más veteranos de su Vieja Guardia.
¿Qué
necesidad tenía yo de comprender?
Sentía ya entonces, y nunca he dejado
de sentir en él lo Sobrenatural,
y las ocho letras de su nombre, impresas,
recuerdo, en grandes mayúsculas color
de sangre, sobre la tapa, me parecía
que irradiaban hasta los extremos del universo.
Nada de ello he olvidado después.
Había
también, muy cerca de la ciudad,
un jardín extraño y ciertamente
muy ridículo que quizás volveré
a ver en el Paraíso. Un burgués
cualquiera, un imbécil -tengo ese
temor- había ideado hacer de su propiedad,
un lugar de peregrinación napoleónica.
Habíale dado el nombre de Santa Elena,
y allí me condujo mi padre, siendo
yo muy niño. Es esto tan lejano,
que apenas puedo recordado. Había
un enorme busto del Emperador, una columna
del gran ejército en símil
bronce, una especie de caverna circundada
de sauces llorones y representando la tumba
de exilio, de la que emanaba un espanto
religioso, una efigie verdosa del Rey de
Roma en cuna de hiedra o de madreselvas,
y yesos de veteranos o de mariscales desafiando
toda pulla sublunar.
He aquí
cuanto puedo hallar en las criptas de mi
memoria, y todavía no estoy muy seguro
de ello. Pero la emoción de mi corazón
de niño perdura, y por tal razón
al cabo de cincuenta años, puedo
escribir estas páginas (1). ¡Tal
era y tal es aún, tanto tiempo después
de su último suspiro, el ascendiente
de ese Prodigioso!
Notas
del capítulo:
1) Ver más arriba la nota del apartado
II de esta Introducción.
X
Considerado
Napoleón como un instrumento divino,
simplifícase mucho el inventario
de sus faltas, registradas con tanto esmero,
y en tanto papel, por todos sus jueces.
Si con el nombre de faltas se entiende razonablemente
una serie de transgresiones voluntarias,
veniales o capitales, de una ley promulgada,
la estricta justicia no permite que se las
impute a un instrumento. En este sentido,
Napoleón puede no haber cometido
una sola falta, estando siempre obligado
a cumplir, en calidad de instrumento, lo
que le estaba prescripto querer y realizar.
No cabe
duda alguna de que fuera, al mismo tiempo,
un hombre bajo la ley de la caída,
y por tanto, pasible de incurrir en los
desórdenes de su libertad. Pero de
esto sólo Dios es juez, Dios
de todos (1). Yo no considero más
que las faltas llamadas políticas.
Nadie fuera de él, ha podido saber
ni conjeturar sin temeridad, lo que de su
propia voluntad pone en las acciones magníficas
o pavorosas exigidas por una Voluntad superior,
a la cual no debía desobedecerse.
Si bien
confusamente, él sentía bien
esa voluntad, cuando hablaba de su “estrella”,
sin alcanzar a comprenderlo, sentía
una mano en sus cabellos, una mano sobre
su corazón, que cesaba entonces de
latir, una mano, se ha dicho, en torno a
su pensamiento formidable.
Estremeciéndose,
ese Amo del mundo veíase circunscripto
en una libertad de orden inferior y - bajo
su máscara imperial - hermano menor
y servidor de todos, inclusive de los más
miserables, que no tenían, como él,
una consigna, un mandato de eternidad, una
misión divi¬na que llenar, y
que parecían tener, más que
él, la elección de sus obras
buenas o malas.
Tal vez
entonces fuera posible explicar, por intermitentes
rebeliones de su alma, por súbitas
veleidades de evadirse de una tan fatal
grandeza, los incomprensibles perdones que
tuvo tantas veces para sus enemigos más
peligrosos, y su inconcebible debilidad
hacia compañeros indignos de él.
«Este
hombre nacido para el imperio, ha dicho
un historiador penetrante, que entró
con paso firme en la soberanía, y
se encontró sin esfuerzo, no solamente
el igual, sino el superior, y bajo todos
los aspectos, de reyes y de emperadores
vencidos por él, siempre fue en su
familia, un advenedizo y un menor. En su
familia no fue emperador, sino para dar.
Nunca logró hacerse obedecer ni respetar.
Conservó para los suyos esa extraña
complacencia que extendió a todos
los que le habían ayu¬dado en
los tiempos difíciles, servido en
los años de crisis. Este guerrero,
este autócrata violento, generoso,
bonachón, fue de todos los señores
y conductores de hombres, el más
notablemente engañado y traicionado,
por sus mujeres, por sus hermanos, por sus
hermanas, por sus ministros, por sus tenientes,
por sus servidores».
Indudablemente convenía que así
sucediera, y que hasta sus mismas faltas
- pues debe emplearse esta palabra - fuesen
como partes esenciales del poema de su destino.
Notas
del capítulo:
1) En el original, estas palabras están
en castellano.
XI
Por otra
parte, se está suficientemente advertido
cuando, siendo capaz de ahondar, se llega
a considerar la flagrante necedad de una
sustitución imaginaria en los acontecimientos
cumplidos. Otro desenlace hubiera tenido
lugar, dícese, si tal circunstancia
hubiera sido prevista. Pero, precisamente,
esa, circunstancia no podía ser prevista
ni sorteada, puesto que era menester ese
desenlace y no otro. Los hechos son absolutos
en sí mismos, y en todas sus peripecias.
Los hechos históricos son el Estilo
de la Palabra de Dios, y esa palabra no
puede ser condicional. Eran precisos Vincennes,
Tilsitt y Bayona, los Reyes hermanos, la
impunidad incomprensible de Bernadotte y
la desastrosa campaña de Moscú;
era menester, luego de Dresde y Kuhlm, la
inconmensurable demencia de abandonar en
las inútiles fortalezas alemanas
150.000 soldados más que suficientes
para aplastar la Coalición en las
llanuras de Champagne. En fin, era necesario,
como otro factor más, que existiera
un Grouchy. Eran necesarias todas esas cosas
conocidas y muchas otras que no se conocen,
y la prueba sin réplica es que son
cosas ocurridas bajo la mirada de Dios,
que no se equivoca, y que quería
esas cosas, desde siempre.
“¿He
cumplido, pues, las voluntades del Destino?”
respondía el Emperador a alguno de
sus grandes que intentaban disuadirle de
sus proyectos sobre Rusia, en 1812. “Yo
me siento impulsado hacia un fin
que desconozco. Cuando lo haya alcanzado,
un átomo bastará para derribarme”
(1). Defendióse en Santa Elena, del
reproche de haber amado excesivamente la
guerra, diciendo que siempre estuvo obligado
a hacerla, y ésta es una rigurosa
exactitud. Si él amó la guerra,
de la que era un maestro incomparable, y
en ella fue el gran artista enamorado de
su arte, pero forzado a vivir exclusivamente
de él, ¿quién tendría
el derecho de incriminárselo?
Uno se pregunta
quién es el hombre que, como él,
haya podido galopar tanto bajo el acicate
de su destino.
Sábese de su famosa carrera desenfrenada,
de Valladolid a Burgos, treinta y cinco
leguas en cinco horas. Había partido
con una numerosa escolta, en razón
del peligro de las guerrillas. Poco a poco
sus acompañantes iban quedando rezagados,
y llegó casi solo. Debió dejar
Inglaterra, insuficientemente estrangulada
al norte de España, para echarse
sobre Austria amenazadora, y no tenía
una hora que perder.
Esta fantástica cabalgata, casi inverosímil,
es una imagen de toda la vida forzada de
ese Titán, siempre constreñido
a salirle al encuentro al rayo, y que sólo
en la muerte halló reposo.
Notas
del capítulo:
1) Citado por el general Philippe-Paul de
Ségur (1780-1873) en su brillante
relación de la campaña de
Rusia, “Historia de Napoleón
y de la Grande Armada en 1812” (Histoire
de Napoléon et de la Grande Armée
en 1812; 1824), libro II, capítulo
II.
XII
Por falta
de atención, o debilidad de inteligencia,
me he sorprendido a menudo de las dos Abdicaciones,
no concibiendo que tal hombre hubiera abdicado
una sola vez. Hoy pienso que él hizo
esto, como todo lo que hizo, por mandato.
Es muy otra la versión de las dos
esposas y al respecto me digo que es aquí,
principalmente, donde debe investigarse.
¿Sería
posible, pues, que él pueda tener
dos abdicaciones divinas? ¿Es concebible
semejante idea? Dios diciendo: “A
partir de este momento no soy más
Dios”. Una primera vez, porque se
le abandona; la segunda, porque él
se abandona a sí mismo. Esto es el
vértigo, el despeñadero de
lo absurdo y de lo imposible. Y, sin embargo,
esto se ha visto en el gran espejo de los
enigmas (1), en 1814 y 1815. Mucho se le
ha llorado, y hay gente que lo llora todavía.
Antes y, sobre todo, después de los
Cien Días, los desdichados decíanse
a sí mismos: “¡Esto ha
terminado! No tenemos más Dios, ¿qué
será de nosotros? No se podrá
ya nacer, ni se podrá morir más.
No podrá ser uno juzgado ni recompensado
por nadie. No hay ya paraíso para
la esperanza, ni infierno para la desesperación”.
Y hubo en el pobre mundo una tristeza infinita.
¿Porqué,
pues, Napoleón ha abdicado, y, lo
repito, abdicado dos veces? Sólo
uno podría responder a esto, y se
llama el Espíritu Santo. Este diría:
“El ha abdicado por mí. Siendo
la semejanza del Padre cuando se arrepintió
de haber hecho a los hombres, siendo la
imagen de su Hijo, por ellos crucificado,
Napoleón estaba obligado a despedirlos
en su persona y de ese modo, puesto que
no quedaba por prefigurar, sino el Paracleto
del triunfo definitivo en que deben cumplirse
todos los símbolos, y consumarse
todas las profecías. Vuestro emperador
ha hecho lo que debía hacer, tan
exactamente, como los soles o como los animales,
sin comprenderlo ni saberlo, y la magnificencia
que apareció en él antes que
cayera, no era sino, y por anticipado, un
reflejo infinitamente pálido de mi
próximo esplendor. Los dos gestos
por los cuales él os ha abandonado,
eran míos verdaderamente,
en el espacio y en la duración, pero
en una forma que se os oculta, y que no
conoceréis antes de tiempo”.
Que
el que puede comprender, comprenda,
ha dicho Jesús, que sólo hablaba
en parábolas, y este conjuro misterioso
no podía más que
dirigirse al solo Paracleto venidero, por
quien serán develados todos los arcanos.
No siendo el representante acreditado de
ese Consolador, nada tengo, pues, que explicar.
Por otra parte, después de la caída
y de la abyección proveniente de
la Caída original, ¿quién
es, pues, capaz de explicar o de comprender
profundamente cualquier cosa? Ya es muy
hermoso y medianamente sobrehumano mostrar
que en todas partes hay misterio, o dado
a presentir; proclamar, por ejemplo, que
no hay causas juzgadas en la historia, que
la vida de los hombres, grandes o pequeños,
“no es sustraída, sino solamente
cambiada”, según la
expresión litúrgica, vira
mutatur, non tollitur, y que, en consecuencia,
nada se sabe, verdaderamente, de las combinaciones
perpetuamente iterativas de la Voluntad
divina.
Notas
del capítulo:
1) Recuerdo del texto de San Pablo, ya citado
por Bloy: primera epístola a los
Corintios, XIII, 12: “Videmus
nunc per speculum in aenigmate”.
XIII
¡Ah,
si Napoleón hubiera podido ser la
multitud! Si su nombre hubiera sido el nombre
de la multitud, ¡cuánto más
fácil de explicar sería todo
esto! En primer lugar, no habría
tenido necesidad de nacer en una isla, lo
que hubiera simplificado todo, siendo su
caso esencialmente geográfico, y
toda idea de un Bloqueo continental, o solamente
departamental, hubiera resultado sin ocasión
y sin oportunidad. Una sola esposa le hubiera
bastado, la universal imbecilidad, esposa
fiel si las hubo, ¡y cuán fecunda!
Jamás habría estado en la
isla de Elba, demasiado alejada de los centros,
y, por consiguiente, nunca hubiera tenido
que retornar de ella. En lo que atañe
a las dos abdicaciones, mejor será
no hablar. Fácil hubiera sido reemplazarlas
por el Sufragio universal que, ciertamente,
así lo creemos, habría horrorizado
a la Coalición, y así hubiera
sobrevenido la prostitución política,
cincuenta años antes.
Pero...
Napoleón no era la multitud. Estaba
solo, absoluta y terriblemente solo, y su
soledad tenía un aspecto de eternidad.
Los famosos anacoretas de la antigüedad
cristiana tenían en sus desiertos
la conversación de los Ángeles.
Estos santos hombres estaban aislados, pero
no eran únicos; veíanse
entre ellos algunas veces, y su enumeración
es difícil. Napoleón, semejante
a un monstruo que hubiera sobrevivido a
la extinción de su especie, estuvo
verdaderamente solo, sin compañeros
para comprenderle o asistirle, sin ángeles
visibles, y quizás, también,
sin Dios; pero esto ¿quién
puede saberlo?
No teniendo
iguales ni semejantes, estuvo solo en medio
de reyes y de otros emperadores que parecían
domésticos apenas llegados a su presencia;
solo estuvo en medio de sus grandes, por
él fabricados de barro y de esputos,
y que recayeron en su origen, el mismo día
en que empezó a declinar su poder;
solo en medio de sus pobres soldados, que
no podían darle sino su sangre, y
que se la brindaron con largueza. Solo se
halló en Santa Elena, en medio de
las ratas de Longwood.
¡Estuvo solo, en fin, consigo mismo
principalmente, donde erraba tal como un
leproso intocable en un palacio inmenso
y desierto!
¡Para siempre solo, como la Montaña
o el Océano!...