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Instituto
Napoleónico México-Francia - Institut
Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial. |
En
línea de manera permanente y gratuita
para todo el mundo hispano,
EL INSTITUTO NAPOLEÓNICO
MÉXICO-FRANCIA
se enorgullece en presentar: |
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| EL
ALMA DE NAPOLEÓN
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| L’Âme
de Napoléon |
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Versión
íntegra en castellano |

EL
ALMA DE NAPOLEÓN

NOTA
PRELIMINAR
La
traducción al castellano
que presentamos está firmada
« N.M. » y pertenece
a la edición de la hoy
desaparecida Editorial Mundo Moderno
(Buenos Aires, Argentina, año
de publicación no indicado,
década de 1940-50).
Ligeras correcciones así
como las notas propuestas en esta
presentación fueron establecidas
por el INMF, tomándose
algunas de ellas de la edición
de Joseph Bollery y Jacques Petit
que figuran en el tomo V de las
Obras de León Bloy, publicadas
por Mercure de France
(1966).
Para conocer más detalles
acerca de diferentes ediciones
de esta obra, no dude en visitar
la página Bibliografía
General
del sitio Internet del Instituto
Napoleónico México-Francia.
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BREVE
PRESENTACIÓN DE LEÓN
BLOY
Por
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del
Instituto Napoleónico México-Francia
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«
Léon Bloy consideró
el universo como una
suerte de criptografía
divina, en el que cada
hombre es una palabra,
una letra, o acaso,
un mero signo de puntuación.
Negó el espacio
cósmico; afirmó
que sus abismos y sus
luminarias no son más
que una proyección
de la conciencia humana
». |
Jorge
Luis Borges. |
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León
Bloy, autor ilustre y pensador visionario cuya
existencia estará marcada por múltiples
desgarramientos filosóficos y dramas
personales, nació sin embargo, un 11
de julio, en el marco simple, generoso y luminoso
del Périgueux de 1846.
Hijo de un francmasón voltairiano de
corto alcance que pretendía hacer de
él un pequeño funcionario, pero
de una madre comprensiva y cariñosa,
católica muy devota, Bloy mostró
desde su primera infancia disposiciones preocupantes
por la melancolía, sufriendo de profundos
accesos de tristeza. Se cuenta que su madre
solía encontrarlo en este estado frecuentemente,
sentado en su cama en la más completa
obscuridad, y llorando durante horas sin ningún
motivo aparente. Sombrío presagio.
En efecto, su
vida, que será un largo y auténtico
vía crucis, se verá pronto
sellada por su participación y compromiso
en la guerra fatídica de 1870, durante
la cual combatirá en el cuerpo franco
de Cathelineau a los communards, y
que nuestro autor narrará en una hermosa
colección de cuentos reunidos bajo el
título evocador de «Sudor de Sangre»
(Sueur de sang, 1893).
El joven literato había primero viajado
a París con algunos dibujos bajo el brazo,
esperando llegar a ser pintor. En cambio, la
dureza de la vida en la capital lo obligó
a desempeñar trabajos mediocres de oficina
y de traducción, lo cual le haría
sin embargo frecuentar y conocer a personalidades
del mundo de las letras que serían importantes,
ulteriormente, para su carrera literaria: Roselly
de Lorgues, Paul Féval, y en especial
el novelista católico ultra Barbey
d’Áurevilly, quien lo introduce
al universo de Bossuet, Pascal, Carlyle... En
ese contexto, Bloy se inicia primero como periodista
debutando en el diario Le Figaro, y
pasando enseguida al Gil Blas, publicando
en 1884 los «Palabras de un empresario
de demoliciones» (Propos d’un
entrepreneur de démolitions); por
otro lado, funda un panfleto semanal, Le
Pal (La Estaca).
Sin embargo, Bloy no entrará verdaderamente
al mundo de la literatura hasta la edad de 38
años, con la publicación de «El
Desesperado» (Le Désespéré,
1886) obra que le da a conocer de manera estruendosa,
siendo calificada de «declaración
de guerra». En realidad, nuestro autor
trata de rehabilitar a los llamados «excomulgados»
como Barbey d’Aurevilly, Verlaine o Baudelaire,
autores a quienes defiende a capa y espada y
que sufren de mala reputación en el ámbito
de la época por razones no necesaria
ni exclusivamente literarias.
De hecho, nacido católico, luego tentado
en su juventud por el socialismo revolucionario,
Bloy, ardiente lector de la Vulgata y de los
Padres de la Iglesia, vuelve con un raro fervor,
durante una grave convalecencia, a la religión
Católica bajo la influencia justamente
del arriba mencionado Barbey d’Aurevilly,
de quien ha sido secretario particular y corrector
de copias. Gracias a su maestro generoso, Bloy
había podido conocer y frecuentar personalmente
a importantes literatos como Paul Bourget, Joris-Karl
Huysmans, François Coppée y Jean
Richepin.
Lector apasionado
de autores como Louis de Bonald, Joseph de Maistre,
Ernest Hello y Blanc de Saint-Bonnet, y bajo
la influencia de su obra, Bloy, para entonces
realista legitimista y enemigo de la república,
se deja llevar poco a poco por su fe hacia un
posicionamiento político menos militante,
movido por su anhelo de altruismo y de caridad
cristiana, impregnado de compasión social,
y alimentando toda su fe con la clemencia por
los pobres, los olvidados, los tullidos; reprobando
siempre a los poderosos, creyendo ver la Salvación
en la mirada dolorida de los míseros,
pronosticando el fin apocalíptico del
mundo, inminente e inevitable, e intentando
descifrar el sentido y el significado secretos
de la Providencia en la Historia a través
de la observación tanto de los sucesos
más fútiles de la vida cotidiana
como de la reflexión filosófica
y el análisis del lenguaje críptico
de las escrituras santas.
Un
episodio característico de este
tipo de complejas y aparentes paradojas
en la personalidad de Bloy, así
como de su profundo compromiso con sus
valores y la sociedad, lo encontramos
en el famoso episodio del caso Dreyfus,
durante el cual su odio hacia Emilio Zola
no se compara más que con la profundidad
sincera de su piedad por el inculpado.
Presintiendo intuitivamente la inocencia
de éste último, así
como viendo claramente las implicaciones
ocultas del Affaire, no duda
en declarar abiertamente –descaradamente–
que el procesado es inocente, proclamando
además súbitamente su solidaridad
con los judíos, cuyo «genio»
le fascinaba. Este tipo de posicionamientos,
aunados a sus acerbos y persistentes ataques
a la sociedad comme il faut,
le acarreó el odio y la venganza
general, que se tradujo por su puesta
al margen de la sociedad, así como
del medio laboral. La venganza de la «gente
honesta» consistió en doblegarlo
por la degradación y el hambre:
relegado al ostracismo más completo,
Bloy cayó en la pobreza. En su
hermosa reseña biográfica
René Martineau escribe este terrible
pasaje: «A partir de ese momento,
la comparación con los demás
poetas, con Baudelaire, por ejemplo, no
es más posible. Léon Bloy
es un dandy al revés, que se glorifica
de sus ropas en harapos. Conoce la voluptuosidad
del sufrimiento aceptado por el amor de
Dios: “¡Todo lo que pasa
es adorable, escribe, perfectamente
adorable y soy quemado por las lágrimas!”.
Es decididamente declarado imposible,
incomprensible y además, insulta
con su actitud no solo a los indiferentes
o a los triunfadores, sino a su verdadero
dios, la riqueza. Se le detestó.
La pobreza se tornó para León
Bloy en la miseria, una miseria atroz
que lo forzó a mendigar».
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| Jules
Barbey d’Aurevilly,
maestro, consejero y amigo
de León Bloy. Cuadro
de Emile Lévy, 1882.
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Llevando con
su mujer Jeanne Molbech (hija del poeta danés
Christian Molbech) y sus hijas una existencia
de una miseria indescriptible, sobreviviendo
apenas de pan y leche, cuando no de agua sola,
en medio de sus arrebatos ora de clarividencia
mística, ora de impotencia y de furor,
Bloy, que se calificará a sí mismo
como un «mendigo ingrato», no cejará
sin embargo en su lucha por denunciar al mundo
y su falsedad, sin reparos contra los notables,
las personalidades institucionalizadas, y las
«glorias establecidas», profetizando
el regreso del Espíritu Santo, y sobre
todo escarneciendo a sus contemporáneos,
creyentes o ateos por igual, por su tibieza
y por la mediocridad de sus ambiciones espirituales.
Cuando las hay...
El escritor lleva a cabo esta tarea por medio
de obras como «La Mujer pobre» (La
Femme pauvre), o «Beluarios y Porqueros»
(Belluaires et Porchers). En este sentido,
crítico mordaz y polemista sin par, redacta
de 1892 hasta su muerte un Diario en
ocho volúmenes caracterizados por una
violencia verbal feroz y de un humor mortífero,
pero también pleno de angustias y de
efusiones místicas en espera apocalíptica
de un Juicio Final que él creía
próximo. En efecto, obsesionado por los
milagros de La Salette, Bloy (quien era un amigo
cercano de la iluminada Anne-Marie Roulé)
es considerado un «panfletario cristiano»
a la vez revolucionario y profeta. Vilipendiado
y despreciado, víctima encarnecida, como
decíamos, por esta doble faceta inquietante
y molesta, de una conspiración del silencio
abrumadora por parte de sus contemporáneos
–recordemos la célebre fórmula
de León Daudet: «¿León
Bloy? No lo conozco»– este visionario
sublime, Cruzado de la Luz y de las letras,
no obtendrá un solo reconocimiento literario
durante toda su vida; ni la profesión,
ni los lectores de su tiempo reconocerán
jamás sus méritos y su valía.
De hecho sus seguidores serán siempre
muy pocos, contándose por decenas, acaso
algunos cientos. Esta observación puede
aplicarse a sus herederos espirituales, ya sea
literatos o pensadores, destacándose
no obstante grandes nombres tanto del Siglo
XIX como del XX. Citemos entre ellos a Georges
Bernanos, Pierre Emmanuel, Emile Verhaeren o
Jacques Maritain, en el contexto de Francia.
En el ámbito internacional, Franz Kafka,
Maurice Maeterlinck, Rubén Darío
y Jorge Luis Borges evocaron la influencia del
maestro en su obra.
Hoy prácticamente
rehabilitado y reconocido como un actor eminente
de la literatura francesa del cambio de siglo
(y sencillamente de las letras francesas), León
Bloy, aunque aún mal conocido por el
público en general, nos legó una
obra única que no entra en ninguna escuela
específica, de inmensa calidad literaria,
de una profunda erudición, un vigoroso
fervor sobrenatural, y de un estilo deslumbrante
y de gran virtuosismo; una obra en suma notable
además por la coherencia y la gran fuerza
de su testimonio profético, así
como por el poder devastador de su crítica
de la mentalidad burguesa. Puesto en sus propias
palabras, Bloy explicó en una carta el
sentido de su obra: «Penetrado, encantado,
poseído por la certeza de que todo es
misterioso, hombres y cosas, porque simbolista
y figurativo, he querido mostrar por doquier
el misterio siempre evidente para mi y hacerlo
sentir con una violencia extrema, hasta producir
la constricción o la dilatación
de los corazones... ».
Retomando en
cierto modo la famosa expresión de Hegel
que se extasiaba viendo en Napoleón al
« Alma del mundo », Bloy, en las
maravillosas páginas que presentamos
a continuación, se propone estudiar y
revelar a Napoleón desde un enfoque metafísico,
trascendente. Napoleón es en efecto un
ser providencial, en el sentido que
es el fruto y el instrumento superior de la
Providencia.
Para Bloy, la trayectoria y el destino del Emperador
son sobrenaturales, movidos éstos, así
como la obra y grandes eventos del coloso iluminado
por la mano de Dios, que escribe y teje la fortuna
de los hombres de maneras cuyo entendimiento
nos rebasa.
Para Bloy, Napoleón el Grande, el magnánimo
emperador de Occidente, arquitecto que de las
tinieblas de la anarquía y del caos restablece
el orden, heraldo de la paz, chantre de la equidad
y de la tolerancia, redentor de los desamparados
y restaurador de los altares, soberano omnipotente
pero lleno de clemencia, Napoleón es
pues una expresión física del
soplo divino, una manifestación del Espíritu
Santo, la afirmación misteriosa e impenetrable
de un designio celestial. La vida de Napoleón,
«es la marcha de un semidiós,
de batalla en batalla, de victoria en victoria.
Bien se podía decir de él que
estaba en una iluminación perpetua: por
ello es que su destino fue de un brillo tal
que nunca el mundo había visto uno semejante
antes de él, y tal vez no lo verá
jamás después», dirá
a Eckermann el gran Goethe, para quien era impensable
siquiera asomarse a la calle sin portar en la
solapa la Cruz de la Legión que le había
otorgado el héroe.
«No
se podrá comprender nada en Napoleón,
señala el iluminado Bloy, mientras
en él no se vea un poeta, un
incomparable poeta en acción. Su poema
es su vida entera, y en ello no hay quien lo
iguale. Pensó siempre en poetas, y debió
siempre actuar como tal, no siendo para él,
ese mundo visible, más que un espejismo».
Entreviendo esta voluntad sobrenatural que ciertos
visionarios han vislumbrado detrás de
la vida y obra prodigiosas de Napoleón,
autores como el mismo Víctor Hugo, Hilaire
Belloc o el ruso Dimitri Merejkowski, nos han
desde entonces brindado profundos tratados,
magníficos frescos, tratando de penetrar
el velo sobrenatural que parece turbar nuestra
percepción y limitar nuestra visión
a la mera representación de la realidad;
sin duda ninguno ha alcanzado jamás la
profunda clarividencia de la obra Bloy, igualado
su agudo y culto discernimiento, ni se ha acercado
a su belleza diáfana, radiante y pura.
León Bloy falleció en la completa
miseria en Bourg-la-Reine, en 1917, a la edad
de 71 años.
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