Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
En línea de manera permanente y gratuita para todo el mundo hispánico,
EL INSTITUTO NAPOLEÓNICO MÉXICO-FRANCIA
se enorgullece en presentar:
 
L’ÂME DE NAPOLÉON
EL ALMA DE NAPOLEÓN
Por
LEÓN BLOY

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.

ÍNDICE

Nota preliminar
Presentación de León Bloy
Dedicatoria
Introducción

I. - El alma de Napoleón
II. - Las otras almas
III. - La angustia
IV.- La batalla
V. - El globo
VI. - Las abejas
VII. - El escabel
VIII. - La tiara
IX. - El chancro
X. - La isla infame
XI. - Los mercenarios
XII. - Los grandes
XIII. - Los sacrificados
XIV. - ¡La Guardia retrocede!...
XV.- El compañero invisible

EL ALMA DE NAPOLEÓN
León Bloy (1912)

--------------------------NOTA PRELIMINAR

El alma de Napoleón (1912).
La traducción al castellano que presentamos está firmada «N.M.» y pertenece a la edición de la hoy desaparecida Editorial Mundo Moderno, Buenos Aires, Argentina; 1946.
Ligeras correcciones así como las notas propuestas en esta presentación fueron establecidas por el INMF, tomándose algunas de ellas de la edición de Joseph Bollery y Jacques Petit que figuran en el tomo V de las Obras de León Bloy, publicadas por el Mercure de France en 1966.
Para conocer más detalles acerca de diferentes ediciones de esta obra, no dude en visitar la página
Bibliografía General del sitio Internet del Instituto Napoleónico México-Francia.

BREVE PRESENTACIÓN DE LEÓN BLOY

Pr. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del  Instituto Napoleónico México-Francia.
Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del
Instituto Napoleónico México-Francia
 
Jorge Luis Borges.
« Léon Bloy consideró el universo como una suerte de criptografía divina, en el que cada hombre es una palabra, una letra, o acaso, un mero signo de puntuación. Negó el espacio cósmico; afirmó que sus abismos y sus luminarias no son más que una proyección de la conciencia humana ».
Jorge Luis Borges.
Instituto Napoleónico México-Francia ©
Esta página y las siguientes de esta obra están disponibles al público de manera gratuita y pueden ser reproducidas con fines no lucrativos, siempre y cuando no sean mutiladas, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, se requiere el permiso previo por escrito de la institución.

León Bloy, autor ilustre y pensador visionario cuya existencia estará marcada por múltiples desgarramientos filosóficos y dramas personales, nació sin embargo, un 11 de julio, en el marco simple, generoso y luminoso del Périgueux de 1846.
Hijo de un francmasón voltairiano de corto alcance que pretendía hacer de él un pequeño funcionario, pero de una madre comprensiva y cariñosa, católica muy devota, Bloy mostró desde su primera infancia disposiciones preocupantes por la melancolía, sufriendo de profundos accesos de tristeza. Se cuenta que su madre solía encontrarlo en este estado frecuentemente, sentado en su cama en la más completa obscuridad, y llorando durante horas sin ningún motivo aparente. Sombrío presagio.

En efecto, su vida, que será un largo y auténtico vía crucis, se verá pronto sellada por su participación y compromiso en la guerra fatídica de 1870, durante la cual combatirá en el cuerpo franco de Cathelineau a los communards, y que nuestro autor narrará en una hermosa colección de cuentos reunidos bajo el título evocador de «Sudor de Sangre» (Sueur de sang, 1893).
El joven literato había primero viajado a París con algunos dibujos bajo el brazo, esperando llegar a ser pintor. En cambio, la dureza de la vida en la capital lo obligó a desempeñar trabajos mediocres de oficina y de traducción, lo cual le haría sin embargo frecuentar y conocer a personalidades del mundo de las letras que serían importantes, ulteriormente, para su carrera literaria: Roselly de Lorgues, Paul Féval, y en especial el novelista católico ultra Barbey d’Áurevilly, quien lo introduce al universo de Bossuet, Pascal, Carlyle... En ese contexto, Bloy se inicia primero como periodista debutando en el diario Le Figaro, y pasando enseguida al Gil Blas, publicando en 1884 los «Palabras de un empresario de demoliciones» (Propos d’un entrepreneur de démolitions); por otro lado, funda un panfleto semanal, Le Pal (La Estaca).
Sin embargo, Bloy no entrará verdaderamente al mundo de la literatura hasta la edad de 38 años, con la publicación de «El Desesperado» (Le Désespéré, 1886) obra que le da a conocer de manera estruendosa, siendo calificada de «declaración de guerra». En realidad, nuestro autor trata de rehabilitar a los llamados «excomulgados» como Barbey d’Aurevilly, Verlaine o Baudelaire, autores a quienes defiende a capa y espada y que sufren de mala reputación en el ámbito de la época por razones no necesaria ni exclusivamente literarias.
De hecho, nacido católico, luego tentado en su juventud por el socialismo revolucionario, Bloy, ardiente lector de la Vulgata y de los Padres de la Iglesia, vuelve con un raro fervor, durante una grave convalecencia, a la religión Católica bajo la influencia justamente del arriba mencionado Barbey d’Aurevilly, de quien ha sido secretario particular y corrector de copias. Gracias a su maestro generoso, Bloy había podido conocer y frecuentar personalmente a importantes literatos como Paul Bourget, Joris-Karl Huysmans, François Coppée y Jean Richepin.

Lector apasionado de autores como Louis de Bonald, Joseph de Maistre, Ernest Hello y Blanc de Saint-Bonnet, y bajo la influencia de su obra, Bloy, para entonces realista legitimista y enemigo de la república, se deja llevar poco a poco por su fe hacia un posicionamiento político menos militante, movido por su anhelo de altruismo y de caridad cristiana, impregnado de compasión social, y alimentando toda su fe con la clemencia por los pobres, los olvidados, los tullidos; reprobando siempre a los poderosos, creyendo ver la Salvación en la mirada dolorida de los míseros, pronosticando el fin apocalíptico del mundo, inminente e inevitable, e intentando descifrar el sentido y el significado secretos de la Providencia en la Historia a través de la observación tanto de los sucesos más fútiles de la vida cotidiana como de la reflexión filosófica y el análisis del lenguaje críptico de las escrituras santas.

Un episodio característico de este tipo de complejas y aparentes paradojas en la personalidad de Bloy, así como de su profundo compromiso con sus valores y la sociedad, lo encontramos en el famoso episodio del caso Dreyfus, durante el cual su odio hacia Emile Zola no se compara más que con la profundidad sincera de su piedad por el inculpado. Presintiendo intuitivamente la inocencia de éste último, así como viendo claramente las implicaciones ocultas del Affaire, no duda en declarar abiertamente –descaradamente– que el procesado es inocente, proclamando además súbitamente su solidaridad con los judíos, cuyo «genio» le fascinaba. Este tipo de posicionamientos, aunados a sus acerbos y persistentes ataques a la sociedad comme il faut, le acarreó el odio y la venganza general, que se tradujo por su puesta al margen de la sociedad, así como del medio laboral. La venganza de la «gente honesta» consistió en doblegarlo por la degradación, el desdeño y el hambre: relegado al ostracismo más completo, Bloy cayó en la pobreza, y pronto en la penuria. En su hermosa reseña biográfica René Martineau escribe este terrible pasaje: «A partir de ese momento, la comparación con los demás poetas, con Baudelaire, por ejemplo, no es más posible. Léon Bloy es un dandy al revés, que se glorifica de sus ropas en harapos. Conoce la voluptuosidad del sufrimiento aceptado con resignación por el amor de Dios: “¡Todo lo que pasa es adorable, escribe, perfectamente adorable y soy quemado por las lágrimas!”. Es decididamente declarado imposible, incomprensible y, además, insulta con su actitud no sólo a los indiferentes o a los triunfadores, sino al verdadero dios de éstos, la riqueza. Se le detestó. La penuria se tornó para León Bloy en la miseria, una miseria atroz que lo forzó a mendigar».
Jules Barbey d’Aurevilly, maestro, consejero y amigo de León Bloy. Óleo de Emile Lévy (1826-1890).

Llevando con su mujer Jeanne Molbech (hija del poeta danés Christian Molbech) y sus hijas una existencia de una indigencia indescriptible, sobreviviendo apenas de pan y leche, cuando no de agua sola, en medio de sus arrebatos ora de clarividencia mística, ora de impotencia y de furor, Bloy, quien se calificará a sí mismo como un «mendigo ingrato», no cejará sin embargo en su lucha por denunciar al mundo y su falsedad, sin reparos contra los notables, las personalidades institucionalizadas, y las «glorias establecidas», profetizando el regreso del Espíritu Santo, y sobre todo escarneciendo a sus contemporáneos, creyentes o ateos por igual, por su tibieza y por la mediocridad de sus ambiciones espirituales. Cuando acaso las hay...
El escritor lleva a cabo esta tarea por medio de obras como «La Mujer pobre» (La Femme pauvre), o «Beluarios y Porqueros» (Belluaires et Porchers). En este sentido, crítico mordaz y polemista sin par, redacta de 1892 hasta su muerte un Diario en ocho volúmenes caracterizados por una violencia verbal feroz y de un humor mortífero, pero también pleno de angustias y de efusiones místicas en espera apocalíptica de un Juicio Final que él creía próximo. En efecto, obsesionado por los milagros de La Salette, Bloy (quien era un amigo cercano de la iluminada Anne-Marie Roulé) es considerado un «panfletario cristiano» a la vez revolucionario y profeta. Vilipendiado y despreciado, víctima encarnecida, como decíamos, por esta doble faceta inquietante y molesta, de una conspiración del silencio abrumadora por parte de sus contemporáneos –recordemos la célebre fórmula de León Daudet: «¿León Bloy? No lo conozco»– este visionario sublime, Cruzado de la Luz y de las letras, no obtendrá un sólo reconocimiento literario durante toda su vida; ni la profesión, ni los lectores de su tiempo reconocerán jamás sus méritos y su valía. De hecho sus seguidores serán siempre muy pocos, contándose por decenas, acaso algunos cientos. Esta observación puede aplicarse a sus herederos espirituales, ya sea literatos o pensadores, destacándose no obstante grandes nombres tanto del Siglo XIX como del XX. Citemos entre ellos a Georges Bernanos, Pierre Emmanuel, Emile Verhaeren o Jacques Maritain, en el contexto de Francia. En el ámbito internacional, Franz Kafka, Maurice Maeterlinck, Rubén Darío y Jorge Luis Borges evocaron la influencia del maestro en su obra.

« Resurrección »
Ilustración de Louis Beroud (1852-1930).

Hoy prácticamente rehabilitado y reconocido como un actor eminente de la literatura francesa del cambio de siglo (y sencillamente de las letras francesas), León Bloy, aunque aún mal conocido por el público en general, nos legó una obra única que no entra en ninguna escuela específica, de inmensa calidad literaria, de una profunda erudición, un vigoroso fervor sobrenatural, y de un estilo deslumbrante y de gran virtuosismo; una obra en suma notable además por la coherencia y la gran fuerza de su testimonio profético, así como por el poder devastador de su crítica de la mentalidad burguesa. Puesto en sus propias palabras, Bloy explicó en una carta el sentido de su obra: «Penetrado, encantado, poseído por la certeza de que todo es misterioso, hombres y cosas, porque simbolista y figurativo, he querido mostrar por doquier el misterio siempre evidente para mi y hacerlo sentir con una violencia extrema, hasta producir la constricción o la dilatación de los corazones...».

Retomando en cierto modo la famosa expresión de Hegel que se extasiaba viendo en Napoleón al «Alma del mundo», Bloy, en las maravillosas páginas que presentamos a continuación, se propone estudiar y revelar a Napoleón desde un enfoque metafísico, trascendente. Napoleón es en efecto un ser providencial, en el sentido que es el fruto y el instrumento superior de la Providencia.
Para Bloy, la trayectoria y el destino del Emperador son sobrenaturales, movidos éstos, así como la obra y grandes eventos del coloso iluminado por la mano de Dios, que escribe y teje la fortuna de los hombres de maneras cuyo entendimiento nos rebasa. Napoleón el Grande, el magnánimo emperador de Occidente, arquitecto que de las tinieblas de la anarquía y del caos restablece el orden, heraldo de la paz, chantre de la equidad y de la tolerancia, redentor de los desamparados y restaurador de los altares, soberano omnipotente pero lleno de clemencia, Napoleón es pues una expresión física del soplo divino, una manifestación del Espíritu Santo, la afirmación misteriosa e impenetrable de un designio celestial.

La vida de Napoleón, «es la marcha de un semidiós, de batalla en batalla, de victoria en victoria. Bien se podía decir de él que estaba en una iluminación perpetua: por ello es que su destino fue de un brillo tal que nunca el mundo había visto uno semejante antes de él, y tal vez no lo verá jamás después», dirá a Eckermann el gran Goethe, para quien era impensable siquiera asomarse a la calle sin portar en la solapa la Cruz de la Legión que le había otorgado el héroe.

«No se podrá comprender nada en Napoleón, señala el iluminado Bloy, mientras en él no se vea un poeta, un incomparable poeta en acción. Su poema es su vida entera, y en ello no hay quien lo iguale. Pensó siempre en poetas, y debió siempre actuar como tal, no siendo para él, ese mundo visible, más que un espejismo». Entreviendo esta voluntad sobrenatural que ciertos visionarios han vislumbrado detrás de la vida y obra prodigiosas de Napoleón, autores como el mismo Víctor Hugo, Hilaire Belloc o el ruso Dimitri Merejkowski, nos han desde entonces brindado profundos tratados, magníficos frescos, tratando de penetrar el velo sobrenatural que parece turbar nuestra percepción y limitar nuestra visión a la mera representación de la realidad; sin duda ninguno ha alcanzado jamás la profunda clarividencia de la obra Bloy, igualado su agudo y culto discernimiento, ni se ha acercado a su belleza reveladora y radiante, diáfana y pura. «Donde los historiadores se detienen, sin saber ya nada, los poetas y los magos aparecen y adivinan», escribió Barbey d’Aurevilly.

León Bloy falleció en la completa miseria en Bourg-la-Reine, en 1917, a la edad de 71 años.

Coyoacán, 18 de agosto de 2005.