Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LAS TRAICIONES DE BERNADOTTE
Charles-Jean Bernadotte (1763-1844)
Mariscal del Imperio en 1804, rey de Suecia en 1818 bajo el nombre de Carlos Juan XIV, aquí representado vistiendo el uniforme de príncipe real de Suecia en 1811.
Óleo del barón François-Pascal-Simon Gérard.

Por el Coronel

Honneur et Patrie.

Émile Guéguen
Gran Oficial de la Legión de Honor
(1925-2003)
 
Cor. Émile Guéguen

El militar más condecorado de Francia, el Coronel Émile Guéguen, fue un combatiente emérito cuyas hazañas de guerra son célebres en todo el ejército de Francia. Siempre dio muestras en combate de un espíritu caballeresco reconocido por todos sus adversarios, alemanes, vietnamitas o argelinos por igual. Caballero, oficial y enseguida comendador de la Legión de Honor, fue elevado a la dignidad de Gran Oficial de dicha orden el 15 de octubre 1996.

A partir de 1988 dedicó por completo su vida a combatir por la imagen de Francia y la defensa de la memoria de Napoleón I, empeñándose en eliminar las calumnias dirigidas contra el Emperador. El coronel Guéguen forjó una sentencia que gustaba de repetir frecuentemente, y que se ha convertido en una verdadera profesión de fe para muchos napoleónicos del mundo: « Napoleón – decía – no tiene ninguna necesidad de leyenda, sólo necesita verdad ».

Traducción al castellano por el Instituto Napoleónico México-Francia ©.
Esta página está disponible al público de manera gratuita y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por escrito de la institución.

Van Murray, negociador estadounidense en la Convención de Mortefontaine, había escrito el 3 de octubre de 1800: « Napoleón Bonaparte es un hombre extraordinario pero es demasiado generoso con sus enemigos Franceses. La generosidad causará su debilidad y su ruina ».

Para mostrar cuan premonitorio era este comentario, vamos a dar en este artículo largos extractos de las memorias de Marcellin Marbot acerca de Bernadotte, a quien Napoleón perdonará siempre sus traiciones, hasta el punto de hacer de él un mariscal y un rey de Suecia al que encontrará en las filas de los enemigos de Francia en la batalla de Lipsia, en 1813.


Memorias de Marbot:

« En mayo de 1802, Bernadotte, cuyo mando se extendía a todos los departamentos comprendidos entre la embocadura de la Gironda y la del Sena, tenía bajo sus órdenes a un ejército de 80 000 hombres.

Si el general Bernadotte hubiese tenido más carácter, el Primer Cónsul hubiera tenido de qué preocuparse de haberle dado un mando tan importante; pues, puedo decirlo hoy, como un hecho histórico, y sin perjudicar a nadie, Bernadotte conspiró contra el gobierno del que Bonaparte era jefe.

Los generales Bernadotte y Moreau, celosos de la posición elevada del Primer Cónsul, habían resuelto derrocarle y ponerse a la cabeza del gobierno. Para alcanzar ese objetivo, Bernadotte, quien tenía un talento muy particular para darse a querer por los oficiales y los soldados, recorrió las provincias de su mando, pasando la revista de los cuerpos de tropas, y empleando todos los medios para ganárselos más: zalamerías de todos tipos, dinero, peticiones y promesas de avance, todo fue empleado con sus subalternos, mientras en secreto denigraba frente a los jefes al Primer Cónsul y a su gobierno.

Bernadotte tenía como jefe de estado mayor a un general de brigada llamado Simón, hombre capaz, pero sin firmeza. Al ponerle su posición en condiciones de corresponder diariamente con los jefes de cuerpo, avisó de ello para hacer de su oficina el centro de la conspiración. Un jefe de batallón llamado Fourcart, estaba entonces agregado al general Simón, quien hizo de él su agente principal. Fourcart, yendo de guarnición en guarnición, bajo pretexto de servicio, organizó una liga secreta, a la cual entraron casi todos los coroneles, así como cantidad de oficiales superiores, a los que se excitaba contra el Primer Cónsul.

Se convino que la guarnición de Rennes, compuesta de muchos regimientos, comenzaría el movimiento, que se extendería como una rociada de pólvora en todas las divisiones del ejército; y como era preciso que en esta guarnición hubiese un cuerpo que se decidiera el primero, para levantar a las demás, se hizo ir a Rennes al 82º de línea, comandado por el coronel Pinoteau, hombre capaz, muy activo, muy bravo, pero un poco exaltado de ideas, aunque pareciera flemático. Era una de las criaturas de Bernadotte y uno de los jefes más ardientes de la conspiración.

Todo estaba listo para la explosión, cuando Bernadotte, falto de resolución, y queriendo sacar las castañas del fuego con la pata del gato, persuadió al general Simón y a los demás conjurados principales de que era indispensable que se encontrara en París en el momento en que la deposición de los cónsules fuera proclamada por el ejército de Bretaña, a fin de estar en condiciones de apoderarse de inmediato de las riendas del gobierno, de concierto con Moreau, con quien iba a conferenciar acerca de tema tan grave. La realidad era que Bernadotte no quería verse comprometido si el asunto fallaba, reservándose la oportunidad de aprovechar de él en caso de éxito, y el general Simón, así como los otros conspiradores, fueron los suficientemente ciegos para no ver esta artimaña. Se convino entonces el día de la protesta general, y el que debía haberlo dirigido, puesto que la había preparado, tuvo la destreza de alejarse.

Antes de la salida de Bernadotte para París, se redactó una proclama dirigida al pueblo francés, así como al ejército. Muchos miles de ejemplares, preparados de antemano, debían ser pegados en los muros el día del evento. Un librero de Rennes, iniciado por el general Simón y por Fourcart al secreto de los conspiradores, se encargó de imprimir esta proclama él mismo. Era lo adecuado, para que la publicación pudiera tener lugar prontamente en Bretaña; pero Bernadotte deseaba tener en parís un gran número de ejemplares, que era importante difundir en la capital y enviar a todas las provincias, apenas el ejército del Oeste se hubiera rebelado contra el gobierno, y como se temía ser descubierto dirigiéndose a un impresor de París, he aquí cómo hizo Bernadotte para tener una gran cantidad de dichas proclamas sin comprometerse. Dijo a mi hermano Adolphe, su ayuda de campo, que acababa de hacer nombrar lugarteniente en la región del Loira, que le autorizaba a acompañarle a la capital y que le instaba a hacer llegar su caballo y su cabriolé, dado que la estancia sería larga. Mi hermano, encantado, llenó de diversos efectos los cofres de dicho coche, cuya conducción confía a su doméstico, que debía venir à por pequeñas jornadas mientras que Adolphe se va por la diligencia. Cuando mi hermano hubo partido, el general Simón y el comandante Fourcart, retardando bajo algún pretexto la salida del doméstico, abren las puertas del cabriolé, del cual retiran los efectos, que reemplazan por paquetes de proclamas; luego, habiendo vuelto a cerrar todo, ponen en camino al pobre Joseph, que no se imaginaba lo que llevaba con él.

Sin embargo, la policía del primer Cónsul, que comenzaba a organizarse bien, se había enterado de que se tramaba algo en el ejército de Bretaña, pero sin saber precisamente lo que se meditaba, ni quiénes eran los instigadores. El ministro de la policía creyó deber prevenir del hecho al prefecto de Rennes, que era el Sr. Mounier, célebre orador de la Asamblea constituyente. Por un azar muy extraordinario, el prefecto recibió el despacho el día mismo en que la conspiración debía estallar en Rennes durante el desfile, al medio día, ¡y ya eran las once y media!…

El Sr. Mounier, a quien el ministro no daba ningún informe positivo, creyó que no podía hacer nada mejor para obtenerlos que dirigirse al jefe de estado-mayor, en ausencia del general en jefe. Así pues manda rogar al general Simón que pase a su hotel y le muestra el despacho ministerial. El general Simón, creyendo entonces que todo está descubierto, pierde la cabeza como un niño, y responde al prefecto que existe en efecto una vasta conspiración en el ejército, que desafortunadamente ha tomado parte en ella, pero que se arrepiente de ello; ¡y helo aquí que revela todo el plan de los conjurados, a cuyos jefes nombra, añadiendo que en unos instantes, las tropas reunidas en la plaza de armas van, a la señal dada por el coronel Pinoteau, a proclamar la deposición del gobierno consular!… Juzguen la sorpresa del Sr. Mounier, que se encontraba por cierto muy azorado en presencia del general culpable quien, primero turbado, podía volver a sí, y recordar que tenía 80 000 hombres bajo sus órdenes, de los cuales de 8 a 10 000 se reunían en el momento mismos, ¡no lejos de la prefectura!… La posición del Sr. Mounier era de lo más crítica; se las arregló como el hombre hábil que era.

Al general de gendarmería Virion le había sido encomendado por el gobierno formar en Rennes un cuerpo de gendarmería a pie, para cuya composición cada regimiento del ejército había provisto algunos granaderos. Esos militares, no teniendo ninguna homogeneidad entre ellos, escapaban por consiguiente a la influencia de los coroneles del ejército de línea y no conocían más que las órdenes de sus nuevos jefes de la gendarmería, quienes ellos mismos, según los reglamentos, obedecían al prefecto. El Sr. Mounier manda entonces de inmediato al general Virion, haciéndole decir que llevase a todos los gendarmes. Sin embargo, temiendo que el general Simón se echara para atrás y se escapase para ir a ponerse a la cabeza de las tropas, lo amansa por medio de lindas palabras, asegurándole que su arrepentimiento y sus confesiones atenuarán su falta a ojos del Primer Cónsul, y lo insta a entregar su espada y dirigirse a la torre Labat, donde van a conducirle los gendarmes a pie que en ese momento ingresaban en el patio. He aquí al primer motor de la revuelta estaba en prisión.

Mientras esto sucedía en la prefectura, las tropas de línea, reunidas en la plaza de Armas, esperaban la hora del desfile que debía ser la de la revuelta. Todos los coroneles formaban parte del secreto y habían prometido su concurso, exceptuando al del 79º, el Sr. Godard, a quien se esperaba ver seguir el movimiento.

¡De qué dependen los destinos de los imperios!… El coronel Pinoteau, hombre firme y determinado, debía dar la señal, que su regimiento, el 82º, ya formado en línea de combate en la plaza, esperaba con impaciencia; pero Pinoteau, de concierto con Fourcart, había empleado toda la mañana preparando envíos de proclamas, y en su preocupación, había olvidado rasurarse.

Suena el medio día. El coronel Pinoteau, listo para dirigirse al desfile, se da cuenta que su barba no está rasurada y se apresura a cortarla. ¡Pero mientras procede a esta operación, el general Virion, escoltado por un gran número de oficiales de gendarmería, entra precipitadamente en su recámara, hace confiscar su espada, y declarándole que es prisionero, lo hace llevar a la torre, donde ya se encontraba el general Simón!… Unos minutos de retraso, y el coronel Pinoteau, hallándose a la cabeza de 10 000 hombres, no se hubiera dejado intimidar por la captura del general Simón y ciertamente hubiera llevado a cabo sus proyectos de revuelta contra el gobierno consular; pero, sorprendido por el general Virion, ¿qué podía hacer? Tuvo que ceder ante la fuerza.

Hecho este segundo arresto, el general Virion y el prefecto envían a la plaza de Armas a un ayudante de campo encargado de decir al coronel Godard, del 79º, que tienen que transmitirle de inmediato una comunicación de parte del primer Cónsul, y, apenas ha llegado donde ellos, le ponen al tanto del descubrimiento de la conspiración, así como de la detención del general Simón, del coronel Pinoteau, y le instan a unirse a ellos para comprimir la rebelión. El coronel Godard se compromete a hacerlo, regresa a la plaza de Armas sin informar a nadie lo que le acaba de ser comunicado, ordena por el flanco derecho a su regimiento, al que conduce hacia la torre Labat, donde se reúne a los batallones de gendarmes que la guardaban. Ahí encuentra igualmente al general Virion y al prefecto, que hacen distribuir cartuchos a esas tropas fieles, y se espera los eventos.

No obstante, los oficiales de los regimientos que se encuentran estacionados en la plaza de Armas, sorprendidos por la partida súbita del 79o, y no concibiendo el retraso del coronel Pinoteau, mandaron a buscarlo en su casa y se enteraron de que acababa de ser conducido a la torre. Fueron informados al mismo tiempo del arresto del general Simón. ¡La emoción fue grande!…

Desde las primeras confesiones del general Simón, y si bien la victoria no estuviese aún asegurada, el Sr. Mounier había expeditado una estafeta al gobierno, y el Primer Cónsul ordenó visitar a todos los viajeros que venían de Bretaña.

Mientras todo eso pasaba, el buen José llegaba tranquilamente a Versalles en el cabriolé de mi hermano, y grande fue su sorpresa cuando fue sujetado por gendarmes, que, a pesar de sus protestas, le llevaron al ministerio de la policía. Ya se imaginarán que al enterarse de que el coche conducido por este hombre pertenecía a uno de los ayudas de campo de Bernadotte, el ministro Fouché hizo abrir los cofres del vehículo, hallándolos llenos de proclamas por medio de las cuales Bernadotte y Moreau, después de haber hablado del Primer Cónsul en términos muy violentos, anunciaban su caída y el advenimiento de ellos al poder. Bonaparte, furioso contra estos dos generales, los mandó llevar ante él. Moreau le dijo que al no tener ninguna autoridad sobre el ejército del Oeste, declinaba toda responsabilidad sobre la conducta de los regimientos de los que estaba compuesta. ¡Las proclamas de los rebeldes llevaban la firma de Bernadotte, y se acababa de decomisar más de mil ejemplares en el cabriolé de su ayudante de campo!… El Primer Cónsul pensaba que pruebas tan evidentes iban a aterrar y a confundir a Bernadotte; pero este jugó la carta de la sorpresa, de la indignación: “¡No sabía nada, absolutamente nada! ¡El general Simón era un miserable, así como Pinoteau! ¡Desafiaba que se le pudiera mostrar el original de la proclama firmada de su mano! ¡¿Era acaso su culpa si unos extravagantes habían hecho imprimir su nombre al calce de una proclama que con todas las fuerzas de su alma él no reconocía, así como tampoco a los culpables autores de todas esas andanzas, cuya punición él era el primero en demandar?!”

El Primer Cónsul, aunque convencido de la culpabilidad de Bernadotte, no juzgó que fuera posible motivar un acto de acusación contra un general en jefe cuyo nombre era my popular en el país y en el ejército; pero no se tuvo tantos miramientos con mi hermano Adolphe. Una bella noche, llegaron a arrestarlo donde mi madre, y eso en un momento en que la pobre mujer estaba ya agobiada de dolor. »


Al testimonio de Marbot, podemos añadir el de Menevál, el secretario de Napoleón: « El hijo de Bernadotte y de Désirée Clary, recibió el nombre de Óscar. Siendo Napoleón el padrino, el bautizo fue demorado hasta su regreso de Egipto. Bernadotte, tan obsequioso ante Napoleón, no cesó jamás de conspirar contra él; después de lo cual buscaba el apoyo de todos para hacerse perdonar. José Bonaparte y su esposa Julie Clary eran tan perseverantes en sus esfuerzos para obtener su perdón, que Bernadotte alternaba sin cesar ofensas y sumisión ».

La mansedumbre de la que dio pruebas Napoleón para con Bernadotte y Moreau, quien trató poco después de hacerlo asesinar, se renovó con sus ministros Talleyrand y Fouché, así como con el zar de Rusia, el emperador de Austria y el rey de Prusia. ¡La fórmula « su buen corazón le perdió » nunca ha sido más verdadera que aplicada a Napoleón!