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ANTECEDENTES
DEL ASUNTO ESPAÑOL |
Cronología
razonada hasta el Cinco de Mayo de
1808 |
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Por
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto
Napoleónico México-Francia
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El
rey Carlos IV cediendo la corona
de España y sus derechos
dinásticos al Emperador
Napoleón, el 5 de mayo
de 1808
Litografía romántica. |
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| «
Los asuntos de España
no dependieron más que
de un encadenamiento de circunstancias
que no se pudieron prever; ningún
cálculo humano pudo hacerse
sobre el exceso de estupidez
y de debilidad que hallé
en Carlos IV, ni sobre la culpable
ambición y la duplicidad
de Fernando, que es tan malo
como despreciable » |
Napoleón
a su director de gabinete,
Hugues Bernard Maret, duque
de Bassano. |
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CONTEXTO
GENERAL EN 1807
A mediados
del año 1807 un evento capital parece marcar
la pauta de lo que podría ser el inicio
de la paz tan largamente buscada por el Emperador
Napoleón en una Europa recientemente abrasada
por la cuarta Coalición contra Francia:
los tratados de Tilsit (ciudad de la entonces
Prusia oriental, hoy Sovetsk, en Rusia).
Tras el pavoroso combate de Eylau, y la subsiguiente
derrota del ejército ruso en Friedland
el 14 de junio de 1807, los emperadores de Rusia
y Francia se entrevistan por primera vez el 25
de junio.
La campaña de Polonia ha sido una más
que el Emperador no ha deseado, y, a pesar de
su victoria en calidad de defensor, vuelve a mostrarse
generoso con el vencido Zar de Rusia. Lo que Napoleón
desea, es terminar con las perpetuas agresiones
del gabinete de Londres, que monta contra Francia
una coalición tras otra. En una muy ilustrativa
carta previa del 2 de febrero de 1808 dirigida
al Alejandro, indigno de recibirla, y seguramente
incapaz de comprenderla, señala un
exasperado Léon
Bloy, el Emperador se explaya en cuanto al
sistema de alianza que prevee: «Entonces
los ingleses serán aplastados bajo el peso
de acontecimientos que habrán sobrecargado
la atmósfera. Vuestra Majestad y yo hubiéramos
preferido la suavidad de la paz, y pasar nuestra
existencia en medio de nuestros vastos imperios,
ocupados en vivificarlos y hacerlos felices...
Los enemigos del mundo no lo quieren. Es necesario
ser más grandes, a pesar nuestro. Es prudencia
y política hacer lo que el destino ordena,
e ir allá donde la marcha irresistible
de los acontecimientos nos señala».
Para alcanzar su objetivo, el Emperador necesita
pues asociar a Rusia al Bloqueo continental como
medio para arruinar la economía británica
y obligar a Inglaterra
a firmar una paz durable que dé reposo
permanente al continente.
En lo que se refiere al zar Alejandro, si bien
ha sido una vez más frustrado en sus iniciativas
bélicas, no por ello ha escarmentado; no
obstante, se ve confrontado a una doble necesidad
ineludible: en efecto, necesita ganar tiempo tanto
para renovar su ejército como para prepararse
a un posible y temible despertar patriótico
del pueblo polaco, siempre sujeto a las ávidas
ambiciones rusas.
Con las piezas así dispuestas en el tablero
diplomático, Rusia, a cambio de garantías
de no intrusión en su política en
tierras eslavas (Finlandia) y de prerrogativas
en sus planes de desmembramiento del imperio turco,
se compromete a apoyar a Francia durante cinco
años cerrando sus puertos al comercio británico,
y a declarar la guerra al Reino Unido de rechazar
éste una propuesta de mediación
del Zar Alejandro. Propiamente, estamos hablando
nada menos que de una alianza entre Francia
y Rusia.
Un primer tratado firmado el 7 de julio ha dado
fin formalmente a las hostilidades entre Francia
y la cuarta coalición. El segundo, firmado
el día 9, además de crear el reino
de Westfalia y el ducado de Varsovia, ambos estados
aliados de Francia, limitan el ejército
de Prusia por lo demás constriñendo
a éste reino a integrarse igualmente al
Bloqueo continental.
SITUACIÓN
POLÍTICA DE FRANCIA
Si los tratados de Tilsit parecen
dar más que un respiro a Francia, brindándole
concretamente las herramientas necesarias para
doblegar por fin a una Inglaterra teóricamente
aislada del continente, contradictoriamente, múltiples
amenazas combinadas se ciernen sobre Francia de
1807.
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| El
rey Don Carlos IV |
Lejos
de las representaciones satíricas
a la Goya, vemos aquí
a un exquisito rey Don Carlos
portando la banda de la real
y distinguida orden española
de Carlos III, así como
el collar del Toisón
de oro. Óleo de Francisco
Bayeu (1734-1795) |
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Primeramente, preocupa
al Emperador de la presencia en Portugal
de las fuerzas de ocupación inglesas,
cuyo fin no es otro que el de abrir un
frente de ataque y de eventual invasión
en el sur de Francia.
Enseguida, la delicuescencia de la autoridad
real española fruto de las disensiones
internas fomentadas por partidos antagonistas
y las graves disputas de interés
que germinan en el seno mismo de la abúlica
Familia Real, desgarrándola.
Finalmente, la amenaza franca de una traición
por la espalda del rey de España,
S.M. Don Carlos IV, contra el cual Napoleón
tenía graves pruebas de alevosía
tras haber hallado en Prusia una carta
más que comprometedora, olvidada
el año anterior por el rey Federico
Guillermo III durante su fuga tras la
doble derrota de Jena-Auerstaedt.
En esas condiciones, y de cara a la hostilidad
franca aunque temporalmente contenida
de los estados prusiano y ruso en el frente
oriental, era forzoso para la seguridad
de Francia detener la crisis latente y,
progresivamente, la necesidad de controlar
la situación en España,
así como de mantener las plazas
fuertes de dicho reino lejos de las miras
inglesas, se hace imperiosa.
INICIO
DE LA CAMPAÑA DE PORTUGAL E INGRESO
EN ESPAÑA
En este marco ciertamente
desconcertante, y con el objetivo de consumar
el aislamiento de Inglaterra reforzando
el Bloqueo continental, Napoleón
juzga necesario dirigirse a Portugal,
cuyos puertos deben ser cerrados al comercio
y al mercado negro británicos,
fuentes inagotables de contrabando
y de subsidios para los armamentos y campañas
bélicas de las interminables
coaliciones que el gabinete
de Londres fomenta y financia
en Europa.
En efecto, es preciso acabar de una vez
con la presencia nefasta de Inglaterra
en el continente y Portugal, en ese año
de 1807, se ha convertido francamente
en un antro de conspiradores, agentes
ingleses y emigrados franceses furiosamente
hostiles a Francia, y que operan desde
un reino de Portugal que es una base de
operaciones –algunos lo han llamado
“una colonia de Londres”–
manipulando a su guisa a la familia reinante
de Braganza.
Evidentemente, esta presencia inglesa
es una llaga abierta en el sistema del
Bloqueo continental, y por esta razón
una prioridad en la lucha contra Albión.
Era pues preciso actuar para deshacerse
de una vez de esta seria amenaza.
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SEPTIEMBRE
DE 1807
Para llevar a
bien sus planes, el Emperador Napoleón
acude al rey Carlos IV de España, quien
se dice «aliado fiel» de la corona
imperial francesa, y a la cual se dirige en estos
términos a pesar de lo que hemos visto
más arriba.
Así, a unas semanas de haber firmado los
tratados de Tilsit, el Emperador escribe el 8
de septiembre de 1807 al soberano español
para solicitar su ayuda a fin de «arrancar
Portugal de la influencia de Inglaterra y forzar
a ésta última potencia a
desear y a pedir la paz».
En cuanto a la corte de Lisboa, cabeza de puente
de los intereses ingleses en el continente, en este
principio de septiembre recibe igualmente de las
Tullerías una misiva con la propuesta formal
de alianza con Francia y de adhesión al Bloqueo
continental, significándosele igualmente,
en vista de la gravedad del asunto, que en caso
de rechazo será considerada enemiga de Francia,
lo cual era evidentemente una fórmula de
cortesía pues Portugal lo era ya de facto.
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Sin una reacción franca de parte
de las autoridades portuguesas, a fines
del mes el representante de Portugal en
Francia es amonestado y, en frente de todo
el cuerpo diplomático, Napoleón
le previene con gran energía: «No
sufriré que haya un enviado inglés
en Europa. Si Portugal no hace lo que deseo,
la casa de Braganza no reinará más
en Europa dentro de dos meses».
En este marco de tensión, se abren
negociaciones secretas entre Francia y España
mientras las tropas francesas se ponen en
marcha hacia Portugal.
Como es
de esperarse, mucho han criticado los detractores
de Napoleón esta política
juzgándola un acto de prepotencia
abusiva y de hostil injerencia política
por parte del Emperador. No obstante, por
el otro lado, cabe preguntarse por qué,
si sus miras no eran más que un «pretexto»
para llevar a bien sus fines de mera «conquista»,
por qué, decíamos, el Emperador
esperó ocho años desde su
accesión al poder, durante los cuales
jamás agravió a Portugal,
no obstante comparsa tradicional y declarado
de Inglaterra, antes
de ir a expulsar allí la grave amenaza
de las fuerzas de invasión inglesas.
¿Hubiera un despótico tirano
esperado a llegar hasta el extremo de que
se presentara semejante situación,
y todavía después de ello,
se hubiese tomado el tiempo de entablar
negociaciones de persuasión y de
prevención, para llevar solo después
a cabo sus supuestos planes anexionistas?
Los calumniadores de Napoleón no
responden a menudo a esta pregunta sin embargo
elemental, puesto que tampoco la plantean
con demasiada frecuencia.
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João
VI, el Clemente (1767-1826),
rey de Portugal y emperador de
Brasil
Óleo de Jean-Baptiste
Debret (1768-1848) |
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OCTUBRE
DE 1807
Ante el silencio persistente e insolente de la
corte de Portugal, y la constante presencia de
fuerzas y mercancías inglesas en dicho
país, el Emperador Napoleón, que
ha esperado por varias semanas una respuesta de
la casa de Braganza (periodo durante el cual,
evidentemente, los ingleses no han menguado en
nada sus operaciones), considera la guerra declarada.
Por su parte, con la perspectiva de un ataque
a su enemigo Portugal, España, que por
otro lado ha sido el principal aliado de Francia
desde 1795 hasta este 1807 (bastante a pesar de
ella, al no contar más que con dos fronteras
y no desearlas ambas hostiles), acepta que un
segundo ejército, el francés, se
instale en el norte del país (y enseguida
en la capital). Por cierto que esta presencia
francesa tiene otra ventaja para Don Carlos, que
necesita ver su autoridad reforzada después
de haber descubierto los indicios de una grave
confabulación en su contra. Tras realizarse
las pesquisas de rigor, el rey ha mandado detener
a su propio hijo Don Fernando, a quien se acusa
nada menos que de maquinar el asesinato de su
propio padre y de haber escrito para tal efecto
a Napoleón, tratando de montar al soberano
francés contra el rey de España
en provecho exclusivo del principesco conjurado.
A fin de cuentas, el infame intrigante no solo
denunciará hasta el último de sus
comparsas, sino que tendrá el descaro de
echarle la culpa a su esposa difunta... Para su
fortuna, el afable Carlos IV, una suerte de Luis
XVI a la española, acabará perdonando
a su inicuo retoño tras una juicio finalmente
de pura fachada.
En oposición a estos escenarios tan abracadabrantes
como deplorables, las cosas tienen tintes menos
baladíes del otro lado de la frontera,
y desde las Tullerías el Emperador Napoleón
escribe el 20 de octubre de 1807 à Champagny,
ministro de Relaciones exteriores: «Mi
intención es que hagáis, el 22,
la notificación a la legislación
de Portugal que la guerra está declarada,
y que tengan a bien dejar París dentro
de las veinticuatro horas y mis Estados en quince
días. Mi intención es al mismo tiempo
que escribáis al ministro de la Marina
que de la orden a todos mis bastimentos de guerra
y corsarios de perseguir al pabellón portugués».
Aterrado por la noticia, pero manipulado y con
su país de facto controlado por la corte
de Inglaterra, el perplejo y vacilante príncipe
regente Don Juan (João) VI se ve obligado
a atenerse a las consecuencias de su irresolución,
pues a pesar de todo opta, decisión que
pagará caro, por no acceder a las instancias
imperiales.
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| Copenhague
bombardeada y en llamas en 1807 |
Incendio
de la iglesia de Nuestra Señora
de Thyra Hilden y Pío
Díaz. Cuadro de Christoffer
Wilhelm Eckersberg (1783-1853) |
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Por su lado, previendo desde entonces
el evidente resultado de las operaciones
que se han iniciado, Napoleón,
ya desde el 23 de octubre, propone un
proyecto de convención sobre la
futura división de Portugal en
tres partes, determinadas –conjuntamente–
por plenipotenciarios nombrados por Francia
y por España.
Pocos días después, el 27
de octubre, ambos países firman
un tratado secreto en el palacio de Fontainebleau
condenando conjuntamente a la casa de
Braganza y de antemano determinando las
jurisdicciones y futuras dependencias
de las diferentes provincias de Portugal.
Es este tratado el que desencadena formalmente
la salida de la expedición de Junot
hacia Portugal.
El Emperador da a éste último
las siguientes órdenes el 31 de
octubre de 1807: «Deseo
que el 26, a más tardar, toda la
1ª división con su artillería
llegue a Alcántara, mientras que
la 2ª estará en marcha sobre
Alcántara y la 3ª ya habrá
pasado Ciudad Rodrigo, y que el 1º
de diciembre todo mi ejército esté
reunido en Alcántara. Si los portugueses
no hacen ninguna defensa, y que podéis
marchar sin obstáculo, entraréis
incluso antes de éste tiempo en
Portugal, a fin de reunir a toda vuestro
ejército en Abrantes (…)
Los ingleses hacen salir a fuerza sus
tropas de Copenhague, no es debido que,
por defecto de lentitud, os dejéis
prevenir».
La referencia a Copenhague es muy importante
en el contexto de nuestra relación,
pues debemos recordar que del 2 al 5 de
septiembre de 1807, la flota británica
había bombardeado aquella ciudad
con todos sus civiles y sin declaración
previa de guerra, apoderándose
de la flota naval danesa y neutralizando
la de comercio; la razón era simple:
Dinamarca había tenido la «osadía»
de declarase país neutro en el
conflicto que oponía Inglaterra
a Francia…
Esta deplorable agresión inglesa
(que de hecho acercará a Dinamarca
y Francia, suscitando una alianza entre
ambos estados el 30 de octubre) es en
cierta forma el pendiente de una primera
agresión inglesa a Dinamarca ocurrida
el 2 de abril de 1801, la cual, junto
con el asesinato del zar Pablo I de Rusia,
comanditado igualmente por el gabinete
de Londres (…), acabará con
la Liga de los Neutros.
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En
aquella ocasión, visionario como
siempre y comprendiendo las catastróficas
consecuencias de tan vil atentado, el Primer
Cónsul Bonaparte había denunciado
la perfidia inglesa en un pasaje célebre
del diario Moniteur: «Pablo
I murió en la noche del 23 al 24
de marzo. La escuadra inglesa pasó
el Sund el 30. La Historia nos enseñará
las relaciones que pueden existir entre
ambos eventos». |
NOVIEMBRE
DE 1807
Pero volvamos a los acontecimientos
de nuestro año 1807 cuando, el 30 de noviembre,
la Gran Armada de Napoleón, comandada por
los generales Junot, Dupont y Moncey, entra en
Lisboa con 25,000 hombres.
Las calles están desiertas, la capital
abandonada, los habitantes estupefactos. En efecto,
el día anterior, olvidando su dignidad
y desdeñando sus responsabilidades, la
familia regente ha escapado partiendo hacia el
Brasil sin la menor intención de defender
su país, su integridad ni su honor.
Es en semejantes condiciones como la Familia de
Braganza se refugia en su más importante
colonia instalándose en Río de Janeiro,
dando la espalda a su pueblo y abandonando su
destino y el de la patria en manos de los ingleses,
cuya flota queda sin embargo protegida gracias
a que los soberanos de Portugal han ordenado sabotear
todos los cañones que protegen el estuario.
 |
| El
Príncipe Regente de Portugal
y toda la Família Real embarcándose
hacia Brasil, en los muelles de Belém
|
Estampa
de Henry L’Évêque
(1768-1845) |
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ENERO DE
1808
Para principios del mes de enero,
el general Moncey con 30,000 hombres cruza los
Pirineos y ocupa las principales plazas de Gascona
y Navarra asegurando una buena posición
de apoyo en la frontera norte.
Sin embargo, los planes estratégicos de
Napoleón no se limitan a las operaciones
terrestres y contemplan igualmente la importancia
de poner en juego las fuerzas navales españolas,
en especial las que se encuentran en el puerto
de Cádiz. Así, el 27 de enero de
1808, el Emperador transmite a su ministro de
relaciones exteriores indicaciones dirigidas al
embajador de Francia en España: «Señor
de Champagny, enviad un correo extraordinario
a España para llevar la orden al señor
Beauharnais de pedir que el navío de 120
cañones, el Príncipe de Asturias
y el navío el Montañés [ambos
sobrevivientes de Trafalgar]
me sean cedidos, y que en su lugar yo cederé
el navío Atlas [de 74 cañones]
que está en Vigo de tal suerte que tenga
en Cádiz ocho navíos comprendiendo
esos dos navíos y el San Justo [otra
nave de 74 cañones también sobreviviente
de Trafalgar] que el rey
de España ha puesto a mi disposición;
mandad igualmente pedir que medidas eficaces sean
tomadas para hacer cruzar a Cádiz cuatro
navíos españoles para estar listos
a unirse a mi escuadra y elevarla a doce navíos…».
El día siguiente, el Emperador añade
en una segunda misiva: «Es
necesario que órdenes sean dadas por la
corte de España para que una división
de 15 000 hombres, que está en Perpiñán,
sea recibida en Barcelona, para de ahí,
dirigirse a Cádiz».
FEBRERO DE 1808
A estas alturas el Emperador Napoleón
ha desplegado ya múltiples cuerpos de armada
en la Península para garantizar la seguridad
de las líneas de comunicación con
Portugal. El hombre designado para dirigir las
operaciones subsiguientes es nada menos que Murat,
gran duque de Berg, quien es nombrado el 20 de
febrero lugarteniente general en España
con la aprobación expresa, también
en este caso, de toda la Familia Real española
reunida en Bayona. Ésta elección
revelará ser catastrófica para la
continuación de la campaña a causa
de los graves errores y sobre todo de la ambición
desmesurada de que hará gala el mariscal,
verdadero artífice de la catástrofe
que está por tejerse.
Por el momento, éste es prevenido por medio
de las palabras siguientes del Emperador: «os
he nombrado mi lugarteniente a la cabeza de mi
ejército de España».
La misión de Murat no es fácil,
debe supervisar el 2º cuerpo de la Gironda
(Moncey), la división de los Pirineos occidentales
(Merle), la división de los Pirineos orientales
(Duhesme), el destacamento de la guardia a pie
y a caballo (Lepic)… Con esta perspectiva,
Murat sale de París la noche del 20 al
21 de febrero de 1808 y, acompañado por
Exelmans, llega a Bayona cuatro días después.
MARZO DE
1808
En este mes de marzo, y dada la importancia de
las operaciones que están en marcha, el
Emperador Napoleón considera la posibilidad
de presentarse personalmente en España.
El 7 de marzo, escribe al Junot: «Estaré
probablemente el 20 de marzo en Burgos».
Esta decisión sin justificación
aparente crea cierta nerviosidad en la capital;
el 9 de marzo, el Boletín del ministerio
de la policía general relata que «los
parisinos no ven con placer los preparativos de
partida de Su Majestad. No se le teme a los ejércitos
españoles, pero se conoce la mente fanática
de los monjes de España, y la salida del
Emperador dejará en la ciudad una verdadera
inquietud». Finalmente, para calmar
los espíritus, Napoleón decide quedarse
por el momento en Francia, y no saldrá
finalmente hacia España hasta noviembre
de 1808, haciendo su entrada en Madrid en los
primeros días de diciembre de 1808. Permanecerá
en dicho país hasta principios de enero
de 1809.
Entre tanto, Murat va en camino hacia Madrid
mientras en la corte española la situación
familiar se ha degradado gravemente; de hecho
la corte decide desplazarse a Andalucía
dejando la capital en una situación de
gran inestabilidad política y social.
El día 18, estallan revueltas populares
en Aranjuez, conocidas como «Revolución
de marzo»; estas insurrecciones han sido
fomentadas por ciertos nobles ferozmente francófobos
y favorables a la causa del heredero al trono
Don Fernando, quienes, azuzando una creciente
fermentación civil, pretenden deponer a
don Carlos IV y coronar en su lugar a su real
candidato.
El ministro Godoy ya ha sido destituido, y el
rey, falto de energía y autoridad, cede
bajo presión abdicando en favor de su hijo,
quien finalmente se convierte en el Rey Don Fernando
VII.
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| El
motín de Aranjuez frente
al palacio real, caída y encarcelamiento
del ministro Godoy |
Los
españoles se sublevan contra
su propio gobierno en una revuelta
organizada por los partisanos del
príncipe heredero, Don Fernando,
una camarilla de especuladores deseosos
de deshacerse del poderoso y odiado
ministro Godoy. Prepotente y gozando
de gran influencia en la corte de
Carlos IV, resume en su persona
una gran cantidad de elementos que
lo hacen muy impopular en algunos
sectores de la nobleza: sus orígenes
plebeyos, su impúdica relación
con la reina, sus planes de reformas
contrarias a los intereses de los
Grandes de España y de la
Iglesia. Por lo demás, la
desastrosa pérdida de la
flota en Trafalgar y la alianza
con Francia lo volvían tanto
más despreciable y blanco
prioritario de los francófobos
integrantes del círculo fernandino.
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El 23 de marzo, Murat no solo
llega a Madrid sino que de plano entra en la ciudad
con su estado mayor no obstante no haber recibido
en ese momento las intenciones expresas de Napoleón;
desconoce totalmente cual es el proyecto
de éste último para España;
de hecho el preguntará repetidamente en
su correspondencia cuál es el motivo de
su presencia en España, recibiendo siempre
respuestas esquivas o que le hacían ver
su rol de mero instrumento. Al mismo tiempo, ignorante
de la actitud insensata de su mariscal, el Emperador
le transmite ese mismo día sus consignas:
«Supongo que habéis
llegado hoy o que llegarais mañana a Madrid.
Mantendréis ahí una buena disciplina.
Si la corte está en Aranjuez, la dejaréis
ahí tranquila y le mostraréis buenos
sentimientos de amistad; si se ha retirado a Sevilla,
la dejareis allí tranquila igualmente».
Aquí es necesario abrir un breve paréntesis:
como vemos, las indicaciones de Napoleón
a Murat, primero inexistentes, son enseguida limitadas
extrictamente al ámbito disciplinario.
Ésta ausencia de señalamientos de
órden político o de objetivos estratégicos
será también reprochada a Napoleón
por sus detractores, como si el Emperador pudiera
haber sabido de antemano lo que su mariscal urdiría.
Volviendo a nuestro relato, ulteriormente, por
desgracia, a pesar de las directivas claras del
Emperador en lo que se refiere a la actitud que
deberá ser tenida para con los españoles
por Murat, éste último, que tiene
planes personales en mente, planeará más
bien despejarse el terreno y hacerse de la corona
española, ocupando la ciudad por su propia
cuenta con su ejército y sin ordenes en
ese sentido, lo cual genera comprensiblemente
una situación de duda y malestar entre
la población.
La situación se complica inextricablemente,
máxime que el día siguiente, 24
de marzo, Don Fernando VII hace por su lado su
propia entrada triunfal en Madrid…
Más aun, como si las cosas no fueran lo suficientemente
complejas, Murat vuelve a actuar por su propia mano
y se las arregla para invitar al ex rey a desdecirse
de su abdicación, que le ha sido arrancada
por coacción, y le sugiere dejar a Napoleón
jugar el papel de árbitro en el diferendo
que le opone a su hijo.
Carlos IV acepta y, sin dudar un momento dejar tan
grave situación en manos ajenas, escribe
al Emperador: «He sido forzado a abdicar,
pero, plenamente confiado, hoy en día, en
la magnanimidad y el genio del gran hombre que siempre
se ha mostrado mi amigo, he tomado la resolución
de conformarme en todo a lo que ese gran hombre
decida en cuanto concierne a mi suerte, la de la
reina y la del príncipe de la paz.
Dirijo a Vuestra Majestad mi protestación
contra los eventos de Aranjuez y contra mi abdicación.
Me remito y me confío por completo
al corazón y la amistad de Vuestra Majestad».
De esa forma, como vemos, Carlos IV, no solo se
echa para atrás en su abdicación,
sino que se remite por entero a la voluntad de Napoleón
para que sea éste quien resuelva el rompecabezas
dinástico español.
La realidad del momento
es que en gran medida por culpa de Murat,
existen ahora dos reyes en España,
y el Emperador, cuya mediación
ha sido solicitada igualmente por Fernando
VII, se encuentra ahora atrapado entre
dos sillas, viéndose obligado a
intermediar entre las partes. Por ende,
juzga prudente presentarse personalmente
y proceder a una confrontación
de los protagonistas de Bayona antes de
fijar una decisión.
Es en este punto donde
se empieza a trabar la trama de lo que
algunos han llamado la «emboscada,
celada o incluso ratonera
de Bayona», culpando a Napoleón
de haber urdido un plan para apoderarse
pura y llanamente del reino de España.
Al contrario, el Emperador, que necesita
todo menos un nuevo frente bélico
en el sur, busca ante todo evitar la guerra,
y ciertamente no abriga ninguna intención
de conquista.
En efecto, el soberano francés
escribirá a Murat: «El
asunto del 23 de marzo ha complicado singularmente
los eventos. Sigo en una gran perplejidad
(…)
No apruebo el partido que tomó
Vuestra Alteza imperial de apoderarse
tan precipitadamente de Madrid. Había
que mantener al ejército a diez
leguas de la capital (…)
Avisaré ulteriormente el partido
que deberá tomarse. Entretanto,
he aquí lo que juzgo conveniente
prescribiros (…) Os
las arreglaréis para que los españoles
no puedan sospechar el partido que he
de tomar. Esto no os será difícil:
yo mismo no tengo idea
(…) Ordeno
que la disciplina [en los rangos
del ejército francés] sea
mantenida de la manera más severa:
nada de gracia por las pequeñas
faltas. Se tendrá para con el habitante
los más grandes miramientos.
Se respetarán principalmente
las iglesias y los conventos.
El ejército evitará cualquier
encuentro con los Cuerpos del ejército
español (…)
De ningún lado, debe quemarse
un cartucho (…)
Es a la
política y a las negociaciones
a las que compete decidir el destino de
España».
Así pues, Napoleón
invita a Carlos IV y a Don Fernando a
reunirse todos para desenmarañar
este complejo laberinto diplomático.
Fernando acepta entrevistarse con el Emperador
en Burgos, donde llegará el día
10 de abril próximo.
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Don
Fernando VII de
Borbón (1784-1833)
Retratado por Vicente
Escobar y Flores (1762–1834).
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ABRIL DE
1808
El 2 de abril Napoleón sale hacia Bayona
sin saber todavía a quién va a apoyar;
en ese sentido, desconcertado, había escrito
a Murat: «¿Ejerceré
el acto de un gran protectorado, escogiendo entre
el padre y el hijo? Me parece difícil hacer
reinar a Carlos IV: su gobierno y su favorito
están tan despopularizados que no se sostendrían
tres meses. Fernando es enemigo de Francia, es
por eso que le hicieron rey. Ponerlo sobre el
trono será servir a las facciones que desde
hace 25 años quieren el aniquilamiento
de Francia. Una alianza de familia sería
un débil bien». Sin embargo,
una tercera opción se perfila en ciertos
medios: la de un candidato francés al trono
español. En efecto, el ministro de España
Manuel Godoy, « Príncipe de la Paz
», y Don Carlos IV están al tanto
de que el diplomático español Izquierdo
ha tenido una entrevista con Talleyrand y Duroc,
el 24 de febrero de 1808, en la que se ha evocado
la cesión del trono a cambio nada menos
que del reino de Portugal.
Napoleón no es favorable a Godoy, personaje
ladino, depravado, gozando de un fuerte ascendente
sobre la Familia Real (¡es amante de la
reina de España a la que no ha dudado en
golpear públicamente frente al embajador
de Francia!) y lleno de duplicidad al que ha colocado
bajo vigilancia estrecha; en efecto, detrás
de su política publicamente muy favorable
a Francia sus tentativas de acercamiento con Prusia
y Rusia son bien conocidas en las Tullerías.
Este sentimiento es más que compartido
por el embajador de Francia, François de
Beauharnais, propicio al príncipe de Asturias
y que no escatima sus críticas contra el
ministro español en la corte de las Tullerías.
Como ejemplo, citemos una carta del 23 de noviembre
de 1807 en la que escribía que «desde
hace mucho tiempo, el Príncipe de la Paz,
gobernando España destruyendo esa monarquía,
buscaba hacer caer al heredero del trono en la
desgracia de su padre y hacer caer sobre él
el desprecio del pueblo que le quiere».
¡Por su lado, el rey Carlos IV, quien como
lo hemos visto ha pedido de su puño y letra
y sin presión alguna a Napoleón
ir a arreglar él mismo los problemas de
la familia real, no duda en acusar al Emperador
de quererlos destronar!
Conforme al plan establecido en lo referente
a la entrevista prevista en marzo entre Napoleón
y Don Fernando, éste último llega
a la ciudad de Burgos el 10 de abril. No halla
allí al Emperador que se encuentra ocupado
en Bayona con una inspección, sino a Bessières
estacionado con 23 000 hombres.
De hecho, Napoleón ha convocado en Bayona
al rey Carlos IV y a Don Fernando, sin embargo,
éste último prefiere seguir su ruta
solo hasta Vitoria, no deseando penetrar en Francia.
Ciertamente, sus dos principales consejeros, el
canónigo Escoiquiz, y su primer gentilhombre
Cevallos, le habían aconsejado no dar un
paso más. A pesar de ello, Fernando, consciente
de las buenas disposiciones de Napoleón
para con la causa, prefiere acercarse al Emperador
de quien espera un reconocimiento oficial; en
efecto, Savary había hecho entrega a Don
Fernando de la carta siguiente del Emperador,
cuya voluntad es siempre la misma: arbitrar de
buena fe el conflicto real español que
le ha sido confiado, por no decir impuesto: «Lo
digo a Vuestra Alteza, a los españoles
y al mundo entero, si la abdicación del
rey Carlos es de puro movimiento, si no ha sido
forzado por la insurrección y por el motín
de Aranjuez, no pongo ninguna dificultad en admitirla,
y reconozco a Vuestra Alteza real como rey de
España. Deseo pues discutir con él
este objeto…»
Consiguientemente, el 20 de abril, en el castillo
de Marracq, el Emperador recibe a Fernando y su
pequeña corte. Manuel Godoy les alcanza
algunos días después.
Las cosas no empiezan bien para Fernando, quen
pronto da una pésima impresión al
Emperador. Éste último sugiere al
intrépido heredero dejar el trono, no en
su provecho, sino en el de Don Carlos, rey legítimo
de España, e incluso le propone en guisa
de compensación la corona de Etruria.
Muy disgustado, el canónigo Escoiquiz,
consejero y confesor de Fernando, trata entonces
de embelesar, por no decir corromper al Emperador,
prometiéndole indigna y servilmente a cambio
de su reconocimiento de Fernando como rey de España
un gobierno «todo a la devoción de
Napoleón» e incluso una provincia
entera del norte del reino. Sin embargo, Napoleón,
quien conocía de antemano el verdadero
y vehementemente sentimiento anti francés
de esta camarilla, advierte pronto en Fernando
a un fanfarrón, un pelele sin honor ni
decoro, manipulado por una facción de la
nobleza y del clero.
Carlos IV junto con su esposa la reina María
Luisa de Parma llegan a su vez el día 30
recibiendo, contrariamente a Fernando, los honores
reales; están deseosos y confiados de obtener
el apoyo imperial. Llega pues el momento de escuchar
a Don Carlos, cuyos argumentos en contra de su
hijo acaban de disgustar al Emperador: el marco
de las discusiones es lamentable, tronándose
éstas en una agria y violenta disputa familiar,
en la que la familia real no duda en insultarse
mutuamente a gritos y amenazas, casi llegando
a las manos.
Confrontado a la decisión de tener que
resolver entre dos candidatos al trono débiles
e indecisos, ambos manipulados y fingiendo una
devoción de pura fachada, Napoleón
comienza a considerar el remplazo de éstos
por un príncipe francés de la Casa
Imperial. En todo caso, a pesar de su repulsión,
por el momento soporta tan bochornoso espectáculo
sin decidir nada.
MAYO DE
1808
Durante una reunión en la noche del 1º
al 2 de mayo, en respuesta a las instrucciones
de Fernando VII llevadas desde Bayona a Madrid
por un emisario, la junta de gobierno da su autorización
para que Murat, en respuesta a una solicitud del
27 de abril, trasladase a Bayona por petición
de Carlos IV a la reina de Etruria y el infante
Francisco de Paula, sus hijos.
El día siguiente, el funesto «2
de Mayo», tiene lugar la famosa
insurrección de los madrileños,
cuya incertidumbre ante la enredada situación
es espoleada por grupos de presión y por
el clero obscurantista español, que logran
canalizar la inquietud y el desenfrenado nacionalismo
popular para organizar una sangrienta cruzada
contra los franceses al grito de «muerte
a los infieles».
El detonador tiene que ver sin embargo con la
mencionada traslación de los infantes,
que algunos provocadores presentan como un acto
de desposesión y un rapto.
En efecto, ese día una multitud de madrileños
se había congregado frente al Palacio Real,
siendo en un primer tiempo testigos apacibles
de la salida de la reina de Etruria. Por el contrario,
la llegada de un segundo carruaje es aprovechada
por algunos facciosos para hacer correr el rumor
de que se está preparando la salida del
infante Don Francisco y dar la alarma. Un grito
se eleva entre la multitud: ¡Que
nos lo llevan!, y la turba enardecida
fuerza el paso, se deshace de los sentinelas -españoles-
que guardan la entrada, invade el palacio armada
con puñales y fusiles y trata de arrancar
al pequeño de manos de los oficiales -también
españoles- que le acompañan y lo
llevan hasta la carroza. En ese momento el general
francés Lagrange, un ayuda de campo del
mariscal Murat, se presenta en la escena y, tras
ser asido por la chusma que lo toma por un emisario
llegado especialmente para raptar al joven príncipe,
es violentamente golpeado; pronto acude en su
ayuda un grupo de granaderos de la Guardia Imperial
que abre fuego sobre los alborotadores. Grouchy
da testimonio de las consecuencias de esta reacción
en una carta del 3 de mayo al Emperador: «Monseñor,
tengo el honor de rendir cuenta a Vuestra Alteza
Imperial que una insurrección general estalló
ayer en Madrid, hacia las diez horas de la mañana.
El pretexto fue la partida del infante Don Francisco.
El pueblo se dirigió primero al palacio
y llenó enseguida todas las plazas, en
especial la Plaza Mayor y las de la Puerta del
Sol y de la Cibada; disparos de fusil, puñaladas
acompañaban las amenazas y en un instante
múltiples franceses fueron inmolados por
este pueblo bárbaro». Ante la
violencia de la incursión, Murat acude
con un batallón de granaderos de la Guardia
Imperial y, buscando dispersar rápidamente
a la muchedumbre delirante, ordena el fuego.
Avivada a la vez por el miedo, la sed de venganza
y el fanatismo más extremo, la cólera
del pueblo estalla y pronto la lucha armada se
extiende por todo Madrid: «La evacuación
de las calles, y nuestra ocupación de los
puntos principales de la ciudad no detenían
la viva fusilada y el granizo de piedras y de
tejas que, desde las ventanas y lo techos de muchas
casas, nos acometían y herían a
mucha gente» (Grouchy, Memorias.)
Cuando algún francés cae en manos
de los españoles, es masacrado con una
barbarie asombrosa. El furor popular se contagia
al ejército español, que se une
a la multitud librándose al desenfreno
sangriento. Sin amilanarse en lo más mínimo,
sino más bien todo lo contrario, el día
siguiente, 3 de mayo, el autoritario Murat reprime
con extrema dureza la insurrección. En
la Puerta del Sol, punto de reunión de
las tropas francesas encabezadas por el cuerpo
de mamelucos, el famoso Mustafá, héroe
de Austerlitz
y líder emblemático del regimiento
es asesinado de un balazo. El furor del destacamento
se desencadena entonces con especial encono arrastrando
a los coraceros y a los dragones a la refriega,
que a partir de ahora se convierte en un combate
abierto, abominable, que causa la muerte de cientos
de personas y que no se detiene ni en el interior
mismo de los conventos...
Después de lograr calmar la situación,
Murat manda detener a los amotinadores; éstos
comparecen el día siguiente ante una comisión
militar, conformemente al procedimiento oficial
de la época, y hallados culpables, son
fusilados, es el episodio inmortalizado por Goya
en su legendario cuadro, Los fusilamientos
de la montaña del Príncipe Pío
o El tres de mayo de 1808 en Madrid.
El balance de éstas jornadas
es sombrío; gracias a la relación
del jefe de Estado mayor de Murat, el general
Bélliard, sabemos de fuentes comprobables
que hubo 400 amotinados fusilados y unos 600 a
700 muertos durante en la represión del
2 de mayo, ésto es en total, sobre los
30,000 individuos que participaron en la sublevación,
unos mil españoles (y
no los 25,000 (!) que algunos historiadores españoles
han sugerido de manera surrealista). Del lado
francés tenemos entre 400 y 600 víctimas,
es decir una cifra a grandes rasgos equivalente,
sin real significado militar pero con consecuencias
diplomáticas y sobre todo políticas
de una gravedad inconcebible: repentinamente,
el pueblo español ha dado la espalda al
«francófilo» Don Carlos
para canalizar sus esperanzas en Don Fernando,
convirtiéndose a la vez en un fabuloso
ejército improvisado ciertamente, sin líderes
ni constitución formales, pero con una
absoluta e inquebrantable unidad espiritual; en
cuanto al ejército francés, se ha
convertido en un abrir y cerrar de ojos en una
armada de ocupación. Sin poder imaginarlo,
es el inicio irremediable de la guerra de Independencia
española, engranaje cruento y fatal que
se ha desencadenado y que desgarrará y
triturará al Imperio lenta pero inexorablemente,
hasta su caída final... Por el momento,
señalemos, pues no está de más
precisarlo, que Murat jamás recibió
directivas de Napoleón en cuanto a cómo
actuar en caso de sublevaciones o revueltas,
pues ninguno de estos casos de figura entraba
en sus planes.
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Muerte
de Daoíz y defensa del Parque
de Monteleón
Cuadro de Manuel Castellano
(1826-1880). |
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Mientras tanto, la terrible noticia
de estos eventos llega a Bayona el 5 de
mayo a las 16 horas. Leamos la relación
que hace de ello Savary en sus memorias: «El
Emperador se paseaba a caballo [en la ruta
de Saint-Jean-de-Luz]; estaba con él,
cuando encontramos a un oficial que le era enviado
a rienda suelta de Madrid por el gran duque de
Berg. Este oficial era el Sr. Daneucourt, capitán
de las cazas, y oficial del Emperador, quien había
sido enviado a Madrid poco antes. Era portador
de los detalles que este príncipe daba
al Emperador acerca de la masacre de los soldados
aislados, de los hospitales; y de todos los franceses
que habían caído por el puñal
de un populacho furibundo en la jornada del 2
de mayo [...] Al leer estos detalles,
el Emperador estaba trasnportado de cólera».
En su propia cara, el rey Carlos
IV y su esposa acusan a Fernando de haber fomentado
el levantamiento de Madrid. Fuera de sí,
la reina golpea a su hijo en pleno rostro, y lo
amenaza de llevarlo al cadalso.
Furioso él también, Napoleón,
que tiene en su poder «pruebas
de que fue Don Antonio y la Junta quienes tramaron
esta insurrección (…) halladas
en correos interceptados» ordena
a Fernando reconocer antes de la media noche a
su padre como rey legítimo, y además
darlo a conocer en Madrid, o de lo contrario él
y su séquito serán «tratados
como rebeldes». En efecto, el Emperador
manifiesta sin ambages que nunca reconocerá
como rey de España a un príncipe
que ha hecho asesinar franceses. Pávido,
Fernando cede y acepta un confortable retiro al
castillo de Valençay, que le ofrece Talleyrand.
En cuanto a Carlos IV, renuncia de nueva cuenta
a una corona de la que con tanta facilidad ya
se había deshecho anteriormente. Partirá
exiliado, recibiendo a cambio los castillos de
Fontainebleau y de Compiègne, acompañados
por una generosa renta. Ulteriormente, tras una
estancia en Marsella, residirá a partir
de 1811 en Roma.
En estas condiciones, aquel 5 de mayo de 1808,
la Casa española de Borbón, lejos
de ser desposeída por la fuerza
y conquistada, renuncia voluntariamente
a su trono, a su tradición y a su pueblo,
es duro admitirlo, a cambio de magnificencias
y palacios, cediendo de grado el reino de España
a la dinastía Napoleónida. Así,
muy a pesar de Murat que verá sus esperanzas
reales en la Península frustradas, el rey
José subirá al trono de España
el 6 de junio de 1808 en lo que, hay que aceptarlo,
será sin duda el error más grave
de todo el reinado de Napoleón, quien en
este extraño pendiente histórico
hace figura de un nuevo Luis XIV aunque claramente
sin el mismo éxito, confrontado por su
parte a dos reyes y no, como en el caso del segundo,
¡a ninguno! Al contrario, jusificada o no,
el resultado es que esta costosa injerencia en
la línea dinástica española
será la mismísima clave de arco
–fracturada– que en pocos años
hará desmoronarse hasta sus cimientos el
magnífico edificio del Gran Imperio napoleónico.
En cuanto a su propia responsabilidad
y errores y errores en este drama, el Emperador
se explayará largamente con el Conde
de Las Cases en Santa
Helena rememorando melancólicamente
los sinsabores de su campaña de 1808: «Esa
combinación me perdió. Todas las
circunstancias de mis desastres vienen a enlazarse
a ese nudo fatal; destruyó mi moralidad
en Europa, complicó mis dificultades, abrió
una escuela a los soldados ingleses. Fui yo quien
formé al ejército inglés
en la Península (…) La
nación [España] despreciaba
a su gobierno; clamaba por una regeneración.
De la altura a la que la suerte me había
elevado, me creí llamado, creí digno
de mí de cumplir en paz tan gran evento.
Quise evitar la sangre; que ni una gota mancillase
la emancipación castellana. Liberé
pues a los españoles de sus horribles instituciones;
les di una constitución liberal; creí
necesario, demasiado ligeramente tal vez, cambiar
su dinastía. Puse a uno de mis hermanos
a su cabeza; pero fue el único extranjero
en medio de ellos. Respeté la integridad
de su territorio, sui independencia, sus costumbres,
el resto de sus leyes. El nuevo monarca llegó
a la capital, no teniendo otros ministros, otros
consejeros, otros cortesanos que los de la última
corte. Mis tropas iban a retirarse; cumplía
el más grande beneficio que jamás
haya sido diseminado en un pueblo, me decía
a mí mismo, y me lo digo todavía».
Y el Emperador, evocando la gran bravía
de la nación hispana, concluye recordando
que «los españoles
en masa se condujeron como un hombre de honor.
Nada tengo que decir sobre eso, sino que triunfaron,
¡que fueron cruelmente castigados por ello!,
¡que tal vez lo estén lamentando!...
¡merecían algo mejor!...».
Por lo pronto, de vuelta en 1808, Don Fernando,
ese príncipe al que sus fieles sujetos
españoles llamaban «el Deseado»
y por el cual estaban degollándose a muerte
en las calles de todo el reino, con toda sencillez,
y por su propio movimiento, transmitía
campechanamente a Don José I, desde algún
salón de recreo de su estancia palaciega
en Valençay, la humilde expresión
del «juramento que le debo, así como
el de los españoles que están conmigo».
Ver también:
- España,
un pararrayos que precipitó al relámpago,
por el general Michel Franceschi.
- Guerra
de España: reacción de enfado,
por Jean-Claude Damamme.
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