| MARGUERITE
YOURCENAR |
| O
la lengua francesa en
el súmmum de su
perfección |
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Marguerite
Yourcenar (1903 - 1987)
Miembro de la Academia
francesa.
Comendador de la Legión
de Honor, Oficial del
Mérito,
Oficial de la Orden
de Leopoldo de Bélgica |
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Por
la Doctora |
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Marthe
Peyroux
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Traducción
al castellano de la Francósfera
México-Francia ©
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Marthe
Peyroux
es catedrática
de Letras modernas, doctor
de Estado de la Universidad
de París IV Sorbona,
miembro de la Société
Internationale d’Études
Yourcenariennes
(S.I.E.Y.) y miembro del
Centre
International de Documentation
Marguerite Yourcenar
(CIDMY) de Bruselas. Es
igualmente miembro fundador
de la Société
Stendhal aujourd’hui,
(« Sociedad
Stendhal hoy »,
Sociedad Internacional
de Estudios Stendhalianos)
y vicepresidente de la
Asociación de los
escritores del 7º
distrito de París.
Ha escrito tres ensayos
y numerosos artículos
sobre la obra de Marguerite
Yourcenar; asimismo ha
dado múltiples
conferencias sobre la
escritora y su obra. Finalmente,
ha participado en coloquios
yourcenarianos las más
veces fuera de Francia,
y organizado una exposición
en la Biblioteca-Trocadero
en París.
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En
1970, un estudiante belga atento a dos
preguntas enunciadas por Saint-Exupéry:
« ¿Qué debe decirse
a los hombres? ¿Cómo hablarles?
», las propuso a la experiencia
y a la maestría de Marguerite Yourcenar.
He aquí la respuesta que recibió
a la segunda cuestión, respuesta
que no es otra que la enumeración
de los diez mandamientos yourcenarianos
para decir bien:
¿CÓMO
HABLARLES? Simplemente,
lúcidamente, sin
lugares comunes de ninguna suerte, sin
concesión a la pereza del lector,
pero también sin obscuridad querida,
sin falsa elegancia, sin afectación
de vulgaridad, sin jerga de escuela, de
capilla, de grupo o de administración,
sin concesión para con la moda
del día de hoy que será
ridícula mañana, sin deseo
de chocar por el placer de hacerlo, pero
sin vacilar en hacerlo, si se lo cree
útil, sin sacrificar nada de las
complejidades, de los hechos o de los
pensamientos, pero esforzándose
en presentar éstos lo más
claramente posible.
Parecería
hoy que ninguna de esas interdicciones
sea respetada. Prohibido prohibir.
Lo que es más, un buen número
de escritores por una sobrepuja en el
horror, la pornografía, la indecencia,
la baja estofa deprecian el tema de las
novelas, polucionan su estilo, la escritura,
como se dice en adelante.
Marguerite
Yourcenar no asistió nunca más
que a los inicios del desastre que mina
nuestra lengua. Pero ya entonces se dejaba
ver su desconfianza en relación
a las novedades revolucionarias, incluso
su reprobación total. Por ejemplo,
en 1971, confesaba no sentir « ninguna
afinidad con el nouveau roman,
reculando de instinto ante todo lo que
está en boga ». Michel de
Crayencour, el padre de Marguerite, le
confió que su madre que murió
al nacer su hija, gran lectora, se entretenía
con « los bellos libros, aquellos
que la moda no alcanza ». En 1978,
la novelista expresó sus primeros
pesares con un rebajamiento de la literatura:
« el sentido (de las) obras literarias
reflexionadas, nobles, un poco lentas,
parece irremediablemente perdido ».
Un año más tarde, se decía
asqueada por « la horrible sensualidad
espesa y como podrida que se desprende
de tantos libros de nuestros días,
sobre todo los que provienen de damas
a las que llama aquí (en los Estados
Unidos) « el frente de liberación
femenina ». Deploraba, en París,
« el desmoronamiento casi completo
de toda noción de estilo (un poco
menos sensible, asentía, con razón
o sin ella, en las artes visuales, o en
la música donde la noción
subsiste todavía) pero casi enteramente
desaparecido de la literatura ».
No emprendió sin embargo ninguna
cruzada a favor de la conservación
del buen y hermoso lenguaje. Se abstuvo
siempre de tener los primeros papeles,
de llevar una etiqueta. Sus escritos,
sus novelas, sus artículos y para
algunos privilegiados, su correspondencia
eran por la calidad de su forma tanto
como por la del fondo modelos ciertamente
difíciles de seguir pero que daban
la prueba de que para escribir bien, es
inútil recurrir a vocablos extranjeros
a los de nuestro patrimonio o de abandonare
toda regla sintáctica. Deploraba
la puesta de lado de toda estructura gramatical
a toda prueba, fuente de claridad,
el aflujo de novedades de la lengua que
a menudo atentan contra la música
de las palabras. Recordó en su
discurso de recepción a la Academia
francesa, que Roger Caillois, a cuya
silla sucedía, se desprendió
él también muy pronto de
esta sujeción a las modas; decía
no creer « que una palabra de más
de cuatro sílabas sea nunca necesaria
para designar una noción importante
», « en nuestros días,
añadía ella, esto es echar
bien bajo triunfantes clichés ».
Confesaba mantener relaciones «
pasionales » con el subjuntivo hoy
tan desacreditado. Apreciaba la riqueza
de los tiempos del pasado que permitían
situarse bien en la superficie del
tiempo. ¿Qué diría
en nuestros días en que lo mismo
pasa con los tiempos del porvenir? ¿No
es el futuro cada vez más batido
en brecha por el presente? Recurría
con frecuencia y poesía a los procedimientos
retóricos más sutiles y
más expresivos de nuestra lengua.
Por ejemplo, practicaba a menudo la perífrasis,
o sea el arte de decir sin nombrar.
El emperador Adriano abatido tras el suicidio
de su favorito Antinous no es más
el Zeus olímpio, el Señor
de Todo, el Salvador del Mundo sino un
hombre de cabellos grises sollozando sobre
el puente de una barca. Usaba con
gran frecuencia metáforas o comparaciones
que enlazaba a veces como guirlandas,
escenarios poéticos a su prosa.
Así supo expresar el deslumbramiento
y la violencia de la pasión de
la manera más pura, más
decente, más delicada que haya
entre Afrodisia y Kostis el Rojo, modo
que debería hacerse ruborizar de
vergüenza a nuestros erotómanos
iracundos contemporáneos. «
Su pasión nacida con lo repentino
del rayo […] ese hombre vuelto para
ella más necesario que el pan y
el agua […] y la enagua amarilla
que llevaba en aquel tiempo, y que habían
extendido sobre sí en guisa de
cobija, y había sido como si hubieran
dormido bajo un jirón de sol […]
y las miradas ávidas y locas que
echaba sobre ella como sobre un precioso
objeto robado y su risa que la serenaba
[…] ».
Por supuesto el caos literario de nuestro
tiempo la afligía. El regreso a
la lengua tan pura y tan preciosa que
la de Racine le parecía una utopía;
como consecuencias, se interrogaba acerca
de las razones de semejante « infección
», de semejante « desorden
en el arte de fines del Siglo XX ».
Encontraba al arte moderno un lado «
demoniaco », ese arte del artista
« que va hasta el extremo de la
descomposición de las cosas »;
hasta « un último estado
de la degradación » y, escéptica,
se preguntaba si ahí no se trataba
« de un proceso que nos rebasa,
incluso si nos decidiéramos
a luchar contra él ». Estaba
abrumada por « la orgía de
confesiones y de jactancias demoniacas
de hoy » pero humildemente tenía
tendencia a pensar que « el arte
abierto » de nuestros días
podría ser el resultado de una
« infección y de un desorden
que existían de muy antiguo ».
Nadie, según una de sus confesiones,
deploraba más que ella la muerte
de la melancolía, pero, se interrogaba,
¿no hay que culpar por ello a demasiadas
« dulzonas melodías de salón
que traducían una visión
embustera de la sensibilidad humana? »
Le sucedió
sin embargo encontrar en su prosa la elegancia
raciniana que mezcla la musicalidad de
las palabras a una erudición discreta
para significar un pesar a la vez suave
y punzante. Adriano acaba de hacer la
ascensión del Etna, con su favorito
a su lado. Enfermo, percibiendo el
perfil de su muerte, recuerda:
«
Estaciones alcionianas, solsticios
de mis días… »*
Alejandrino
perfecto, cesura bien puesta, reanudación
anafórica de la sonoridad «
s » en el hemistiquio y en el camino.
Resurrección progresiva de un recuerdo
fabuloso evocado en el tempo lento y monocorde
que conviene a un enfermo falto de aliento.
Erudición obligada con la evocación
del pájaro legendario, el alción,
de feliz presagio cuando la dicha colmaba
el alma y los sentidos del príncipe
entonces en una de las cimas de su vida.
Alusión a la divinidad solar en
su pleno brillo. Adriano revive en un
murmullo delicioso el acmé de su
vida amorosa que el destino ha brisé
sin gritar agua va.
Tolstoi,
« maestro de todos nosotros »,
como lo designaba Marguerite Yourcenar,
lamentaba ya en Ana Karenina,
« esa admirable lengua francesa
de antaño, tan educada, tan galante,
raramente hablada hoy » de
no ser por nuestra primera académica.
Expuesta como lo estaba en su isla de
los Montes Desiertos, a la tentación
de salpicar su lenguaje de palabras inglesas
o mejor aún de romper con su lengua
materna, Marguerite Yourcenar se fijó
por deber permanecer fiel a esta lengua
que le parecía tan bella y honrarla
hasta que su pluma cayera de sus manos.
En el extremo fin de su vida, rarificándose
las visitas al otro lado del Atlántico,
lamentaba ya no oír hablar el francés.
En su lecho de hospital en Bar Harbor,
medio consciente, tuvo la dicha, manifestada
por una sonrisa, de oír a Yannick
Guillou, uno de sus tres ejecutores literarios,
expresarse en la lengua a la que ella
había servido sin descontinuar
y que le había granjeado la gloria.
En su
placa funeraria colocada en el mismo suelo
según la usanza estadounidense,
había hecho grabar un epitafio
en francés, epitafio tomado de
su novela Opus nigrum **, «
Plazca al que es tal vez dilatar el corazón
del hombre a la medida de toda la vida
».
Y es así como en el cementerio
de un pequeño pueblo estadounidense
reposa la que defendió e ilustró
esa lengua francesa tan expuesta a los
golpes de sus sepultureros así
como a los de sus legatarios y que importa
salvar a todo precio.
* «
Saisons alcyoniennes, solstices de mes
jours… »
** L’Œuvre au noir. 1968.