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CHATEAUBRIAND Y NAPOLEÓN
« Mi admiración fue grande y sincera aun cuando atacaba a Napoléon con la mayor vivacidad »
François-René de Chateaubriand.
Francois-René, Vizconde de Chateaubriand
Óleo de Pierre-Louis Delaval (1790-1870).
Por el Barón
Philippe de Saint-Robert
Presidente de la ASSELAF, ex-Alto Comisario de la Lengua francesa y del Alto Consejo de la Francofonía.
Miembro del Comité de la Francofonía de la Francósfera México-Francia
Barón de Saint-Robert
Traducción de la Francósfera México-Francia ©
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Comunicado hecho en la Sociedad de la Legión de Honor, Sección de Bruselas, el 8 de noviembre de 1989.

Señores,

Les estoy doblemente reconocido. Primeramente, por haberme hecho el honor de invitarme a estar entre ustedes. Enseguida de haberme dado la feliz ocasión de releer las Memorias de ultratumba en su parte muy vasta, vamos a verlo, consagrada por Chateaubriand à Napoleón y a sus relaciones con él. Entre Chateaubriand y Napoleón, estas relaciones fueron pasionales y los lazos constantes, hechos de admiración y de celos recíprocos: ni uno ni otro se desmintieron hasta el final.

Napoleón, como muchos hombres de Estado, tenía sueños literarios en su juventud: La Cena de Beaucaire da fe de ello. Chateaubriand, toda su vida, soñó con jugar un papel político y diplomático: o desempeñará tardíamente durante la Restauración – a su honor, pues, lo dice sin excesiva modestia, « si la Restauración hubiese seguido mejor [sus] opiniones », tal vez hubiera podido durar.

Pero es por la escritura – y por una escritura visionaria y profética (el mismo Napoleón calificó a Chateaubriand de profético) – que Chateaubriand se afirmó en política. Sus relaciones con Bonaparte comienzan con la gloria que le vale El Genio del Cristianismo y se acaban por la lectura que hace en Fontainebleau, en el momento de abdicar, Napoleón del célebre fascículo De Buonaparte y de los Borbones. Entre estos dos libros, vamos a conocer la evolución de una carrera política fuera de lo común.

Chateaubriand está tan obsesionado por Bonaparte que éste aparece desde las primeras páginas de las Memorias de ultratumba, redactadas en 1811 en la Vallée-aux-Loups: « Este 4 de octubre de 1811, aniversario de mi fiesta y de mi entrada a Jerusalém, me tienta a comenzar la historia de mi vida. El hombre que no da hoy el imperio del mundo a Francia más que pisotearla, ese hombre, de quien admiro el genio y del que aborrezco el despotismo, ese hombre me envuelve con su tiranía como con otra soledad; pero si aplasta el presente, el pasado lo desafía, y permanezco libre en todo lo que ha precedido su gloria. »

Chateaubriand – republicano de corazón y realista por razón (pero también por fidelidad) – había contemplado servir a Bonaparte: el vizconde deseaba demasiado pertenecer a su siglo para dejarse enviscar por el pasado. Se tiene el relato de su primera entrevista:

« Después de la adopción del Concordato por el Cuerpo legislativo en 1802, Luciano, ministro del Interior, dio una fiesta a su hermano; fui invitado, como habiendo reunido las fuerzas cristianas y haberlas llevado de vuelta a la carga. Estaba en la galería, cuando Napoleón entró: me sorprendió agradablemente; nunca lo había apercibido más que de lejos. Su sonrisa era acariciante y hermosa; su ojo admirable, sobre todo por la manera como estaba emplazado bajo su frente y enmarcado en sus cejas. Todavía no había ninguna charlatanería en la mirada, nada de teatral y de afectado. El Genio del Cristianismo, que hacía en ese momento mucho ruido, había ejercido su acción sobre Napoleón. Una imaginación prodigiosa animaba a ese político tan frío: no hubiera sido lo que fue, si la musa no hubiera estado ahí; la razón cumplía las ideas del poeta. Todos esos hombres de gran vida son siempre un compuesto de dos naturalezas, pues hace falta que sean capaces de inspiración y de acción: una da a luz el proyecto, la otra lo realiza.

Bonaparte me apercibió y me reconoció, ignoro por qué. Cuando se dirigió hacia mi persona, no se sabía lo que buscaba; las filas se abrían sucesivamente; cada uno esperaba que el Cónsul se detendría con él; tenía el aspecto de sentir una cierta impaciencia de esas equivocaciones. Me escondí detrás de mis vecinos; Bonaparte elevó de repente la voz y dijo: “¡Señor de Chateaubriand!”. Me quedé solo entonces adelante, pues la muchedumbre se retiró y pronto se volvió a formar en círculo alrededor de los interlocutores. Bonaparte me abordó con simplicidad: sin hacerme cumplidos, sin preguntas ociosas, sin preámbulo, me habló de inmediato de Egipto y de los árabes, como si yo hubiese sido de su intimidad y como si no hubiera hecho más que continuar una conversación ya comenzada entre nosotros. “Siempre estaba sorprendido”, me dijo, “cuando veía a los jeques caer de rodillas en medio del desierto, voltearse hacia el Oriente y tocar la arena de su frente. ¿Qué era esa cosa desconocida que adoraban hacia el Oriente?

Bonaparte se interrumpió, y pasando sin transición a otra idea: “¿El cristianismo? ¿No quisieron los ideólogos hacer de él un sistema de astronomía? ¿Aún cuando así fuera, creen persuadirme que el cristianismo es pequeño? Si el cristianismo es la alegoría del movimiento de las esferas, la geometría de los astros, por más que digan los espíritus fuertes, a pesar de ellos todavía han dejado suficiente grandeza al infame(*).

Bonaparte si más se alejó. Como a Job, en mi noche, un espíritu pasó ante mí: los vellos de mi carne se erizaron; a eso se limitó: no conozco su rostro y oí su voz como un pequeño soplo.

Mis días no fueron más que una sucesión de visiones; el infierno y el cielo continuamente se abrieron bajo mis pasos o sobre mi cabeza, sin que tuviera tiempo de sondear sus tinieblas o sus luces. Me encontré una sola vez en la orilla de los dos mundos al hombre del último siglo y al hombre del nuevo, Washington y Napoleón. Me entrevisté un momento con uno y otro; ambos me enviaron de vuelta a la soledad, el primero con un deseo benévolo, el segundo por un crimen. »

¿Me atrevería a decir que se creería leer una página de Robles que se abaten? Sabemos que al término de esta entrevista memorable, Chateaubriand será nombrado Primer Secretario de embajada en Roma, puesto que aceptará con todo y refunfuñando: « no valgo nada en segunda línea ». Pero sin embargo no disimuló su orgullo de ser distinguido por el gran hombre: « A continuación de esa entrevista, Bonaparte pensó en mí para Roma: había juzgado de un vistazo dónde y cómo podía serle útil. Poco le importaba que yo no hubiera estado en los asuntos, que ignorase hasta la primera palabra de la diplomacia práctica; creía que tal espíritu sabe siempre, y que no tiene necesidad de aprendizaje. Era un gran descubridor de hombres; pero quería que no tuvieran talento más que para él y aun a condición que se hablara poco de ese talento; celoso de todo renombre, lo veía como una usurpación del suyo: no debía haber más que Napoleón en el universo. Fontanes y Madama Bacciochi me hablaron de la satisfacción que el Cónsul había tenido de mi conversación: yo no había abierto la boca; eso quería decir que Bonaparte estaba contento de él. Me instaron a aprovechar la fortuna. »

La misión de nuestro Primer Secretario no se desarrolló muy bien. No se entiende con el cardenal Fesch, tío de Napoleón y su embajador ante el Papa. Se le cree fiel a los Borbones – lo cual es verdad, pero no le impide en nada, como lo hará siempre, hacer bien su trabajo de diplomático –; se hacen en París reportes contra él, pero se las arregla a su gloria: “Felizmente, tenía que vérmelas con Bonaparte: lo que debía ahogarme, me salvó”, y al término de su misión en Roma, se le promete a fin de cuentas una embajada y el acenso será de importancia. Chateaubriand va a ser nombrado « Encargado de asuntos de la República francesa ante la República del Valais ». Es el equivalente de un puesto de embajador. Esto nos vale que haga por última vez el elogio de los méritos de Bonaparte para con él: « Obtuve pues esta primera victoria diplomática sin esperármelo, y sin quererlo: es verdad que a la cabeza del Estado se hallaba una alta inteligencia, que no quería abandonar a intrigas otra inteligencia que él sentía demasiado dispuesta a separarse del poder. »

El Sr. de Chateaubriand en el ejército de Condé
Grabado proveniente de las Memorias de ultratumba.

Estamos en febrero de 1804. El tiempo va a acelerarse con una fuerza trágica, y algunas semanas más tarde, estalla el drama que separará para siempre a Chateaubriand de Bonaparte: « Dos días antes del 20 de marzo, me vestí para ir a despedirme de Bonaparte en las Tullerías; no lo había vuelto a ver desde el momento en que me había hablado donde Luciano. La galería donde recibía estaba llena; estaba acompañado por Murat y un ayuda de campo; pasaba casi sin detenerse. A medida que se acercó de mí, me llamó la atención la alteración de su rostro: sus mejillas estaban caídas y lívidas, sus ojos desapacibles, su tez empalidecida y enturbiada, su aspecto sombrío y terrible. El atractivo que precedentemente me había impulsado hacía él, cesó; en vez de quedarme en su camino, hice un movimiento a fin de evitarle. Me lanzó una mirada para buscar reconocerme, dirigió unos pasos hacia mí, y luego se desvió y se alejó. ¿Le habré parecido como una advertencia? (…) Sea como sea, Napoleón pasó a otro salón. Satisfecho de haber cumplido mi deber presentándome en las Tullerías, me retiré. Por el gozo que siempre he sentido al salir de un castillo, es evidente que no estaba hecho para entrar en él. De regreso en el hotel de Francia, dije a muchos de mis amigos: “Tiene que haber algo extraño que no sabemos, pues Bonaparte no puede estar cambiado a tal punto, a menos que esté enfermo”. (…) Sí, lo noté: una inteligencia superior no engendra el mal sin dolor, porque no es su fruto natural y que no debería portarlo. »

El día siguiente (o dos días después, la fecha es incierta), después de haberse despedido de un ciprés plantado por Pauline de Beaumont, en el bulevar de Los Inválidos, y « pagado ese tributo », escribe Chateaubriand: « Bajé el bulevar, atravesaba la explanada de Los Inválidos, el puente Luis XVI y el jardín de las Tullerías, del que salí cerca del pabellón de Marsán, en la reja que se abre hoy sobre la calle de Rívoli. Ahí, entre las once de la mañana y el medio día, oí a un hombre y a una mujer que gritaban una noticia oficial; unos paseantes se detenían, súbitamente petrificados por estas palabras: “Juicio de la comisión militar especial convocada en Vincennes, que condena a la pena de muerte al llamado Louis-Antoine-Henri de Borbón, nacido el 2 de agosto de 1772 en Chantilly”. Este grito cayó sobre mí como el relámpago; cambió mi vida, así como cambió la de Napoleón. Volví a mi casa; le dije a Madama de Chateaubriand: “El duque de Enghien acaba de ser fusilado”. Me senté frente a una mesa, y me puse a escribir mi demisión. Madama de Chateaubriand no se opuso y me vio escribir con un gran valor. »

Desafiando así a Bonaparte, lo que en efecto no iba sin gran riesgo (el duque de Enghien acababa de hacer el gasto), Chateaubriand escogía una vez más la pobreza que había sido por tanto tiempo su suerte en Inglaterra y en los Estados Unidos, pero se elevaba al nivel de la Historia y, sobre todo, de Bonaparte: « El Sr. de Talleyrand, indiferencia o cálculo, guardó mi demisión muchos días antes de hablar de ella: cuando la anunció a Bonaparte, éste había tenido el tiempo de reflexionar. ¡Al recibir de mi parte la única marca de censura de un honnête homme que no temía desafiarlo, no pronunció más que estas dos palabras: “Está bien”! Más tarde dijo a su hermana: “Vaya que tuvisteis miedo por vuestro amigo”. Mucho tiempo después, charlando con el Sr. de Fontanes, le confesó que mi renuncia era una de las cosas que más le habían llamado la atención. (…) Osando dejar a Bonaparte, me había puesto a su nivel, y estaba animado contra mí con toda su insidia, como yo lo estaba contra él con toda mi lealtad. Hasta su caída, tuvo la espada suspendida sobre mi cabeza; regresaba a mí a veces por una inclinación natural y buscaba ahogarme en sus fatales prosperidades; a veces, yo me inclinaba hacía él por la admiración que me inspiraba, por la idea de que asistía a una transformación social, no a un simple cambio de dinastía: pero antipáticas en muchas de nuestras relaciones, nuestras dos naturalezas reaparecían, y si él me hubiera mandado fusilar de buen grado, matándole yo no hubiera sentido mucha pena. »

Toda su vida, Chateaubriand va a arrastrar el orgullo y el pesar interno de su gesto; estará embrujado por lo que habría podido aportar a un Bonaparte más respetuoso de las libertades y de los hombres, como más tarde lo estará por lo que la Restauración perdió de crédito desatendiendo sus opiniones. En ambos casos, se puede pensar que la buena opinión que Chateaubriand tenía así de sí mismo no lo engañaba acerca del fondo de las cosas: « Si Bonaparte no hubiera matado al duque de Enghien, si me hubiera acercado cada vez más a él (y su inclinación lo llevaba a ello), ¿qué hubiera resultado para mí? Mi carrera literaria estaba acabada: ingresado de pronto en la carrera política, donde probé lo que hubiera podido por la guerra de España, me hubiera hecho rico y poderoso. Francia habría podido ganar con mi reunión con el Emperador; yo, habría perdido. Tal vez hubiera yo logrado mantener algunas ideas de libertad y de moderación en la cabeza del gran hombre; pero mi vida, ordenada entre las que se llaman dichosas, hubiera estado privada de lo que hace el carácter y el honor de ésta: la pobreza, el combate y la independencia. »

Bonaparte, en cuanto a él, ¿tuvo remordimientos, tanto en relación al acto que lo había separado de Chateaubriand como de la consecuencia de ese acto, es decir del alejamiento de Chateaubriand? He aquí lo que Chateaubriand escribe al respecto: « Esa mezcla de cólera y de atracción de Bonaparte contra y por mí es constante y extraña: me quiere encerrar por el resto de mis días en Vincennes y de repente pregunta al Instituto por qué no habló de mí en ocasión de los premios decenales. Hace más, declara a Fontanes que, puesto que el Instituto no me encuentra digno de concurrir por el premio, él me dará uno, que me nombrará superintendente general de todas las bibliotecas de Francia; superintendencia señalada como una embajada de primera clase. La primera idea que Bonaparte había tenido de emplearme en la carrera diplomática no le pasaba: no admitía, por una causa por él bien conocida, que yo hubiera dejado de formar parte del ministerio de Relaciones exteriores. Y sin embargo, a pesar de estas munificencias proyectadas, su prefecto de policía me invita contradictoriamente a alejarme de París y voy a continuar mis memorias en Dieppe. »

Chateaubriand, en todo caso, tampoco se consola de la ruptura. La primera época de la tercera parte de las Memorias, que comprende nada menos que siete libros, comienza por una historia de Bonaparte y en especial por una historia ampliamente detallada de su familia, de sus orígenes nobles, – como si Chateaubriand quisiera a su vez elevar su adversario a su propio nivel –, y recapitula toda la historia del Imperio hasta su caída. Cantidad de notas, de observaciones, igualmente guiadas por la admiración, la severidad o la amargura, son de una excepcional penetración política y psicológica. En ellas se pueden enumerar ilustraciones que marcan cada etapa de la carrera del gran hombre:

Campaña de Italia: « En los últimos tiempos de la campaña de Italia, Bonaparte tuvo mucho que sufrir de la envidia de diversos generales y del Directorio: dos veces había presentado su demisión; los miembros del gobierno la deseaban y no osaban aceptarla. Los sentimientos de Bonaparte no seguían la inclinación del siglo; cedía a contrapecho a los intereses de la Revolución: de ahí las contradicciones de sus actos y de sus ideas. » Notemos igualmente, sin comentario, una carta de Napoleón a Carnot durante esa misma campaña de Italia, carta que Chateaubriand reproduce íntegramente y que le arranca esta observación admirativa: « ¡Qué vivacidad! ¡Qué diversidad de genio! ».

Campaña de Egipto: « Esta aventura de Egipto cambia a la vez la fortuna y el genio de Napoleón, superdotando a este genio, ya demasiado brillante, con un rayo de sol que acuñó la columna de nube y de fuego. »

Campaña de España: « Vencedores de los mejores soldados de Europa, derramábamos la sangre de los monjes con esa rabia impía que Francia tenía de las bufonerías de Voltaire y de la demencia atea del Terror. Fueron sin embargo esas milicias del claustro las que pusieron un término a los éxitos de nuestros viejos soldados: no se esperaban a hallar esos religiosos, a caballo como los dragones de fuego, sobre las vigas abrasadas de los edificios de Zaragoza, cargando sus escopetas entre las flamas al son de las mandolinas, al canto de los boleros y al Réquiem de la misa de los muertos: las ruinas de Sagunto aplaudieron. »

La Retirada de Rusia: Napoleón, obligado a evacuar Moscú en llamas, imagina un momento apoderarse de San Petersburgo: « Bonaparte había cambiado de sueño; declaraba que quería marchar hacia San Petersburgo; ya trazaba la ruta en sus mapas: explicaba la excelencia de su plan nuevo, la certeza de entrar a la segunda capital del imperio: “¿Qué tiene que hacer ahora sobre ruinas? ¿No basta para su gloria que haya entrado al Kremlin?” Tales eran las nuevas quimeras de Napoleón; el hombre rozaba en la locura pero sus sueños eran aún los de un espíritu inmenso. Bonaparte, sintiendo que un paso retrógrada rompía el prestigio y hacía desvanecerse el terror de su nombre, no podía decidirse a descender. »

Campaña de Francia: « No hacía falta nada menos que los males con los que Francia estaba aplastada, para mantenerse en el alejamiento que Napoleón inspiraba y para defenderse al mismo tiempo de la admiración que hacía renacer tan pronto como actuaba: era el más orgulloso genio de acción que jamás haya existido; su primera campaña en Italia y su última campaña en Francia (no hablo de Waterloo) son sus dos más bellas campañas; Condé en la primera, Turenne en la segunda, gran guerrero en aquella, gran hombre en ésta; pero diferentes en sus resultados: por una ganó el imperio, por la otra lo perdió. Sus últimas horas de poder, tan desenraizadas, tan descarnadas como lo estaban, no pudieron ser arrancadas, como los dientes de un león, más que por los esfuerzos del brazo de Europa. El nombre de Napoleón era todavía tan formidable que los ejércitos enemigos no pasaron el Rin más que con terror; miraban sin cesar hacia atrás para asegurarse bien de que la retirada les sería posible; amos de París, temblaban aún. »

Aun cuando en el fondo él mismo era un hombre de guerra, al menos por su formación, Chateaubriand, en este ámbito como en tantos otros (como en el de la religión) está extremadamente adelantado a su tiempo por la sensibilidad que siente y expresa en relación a las insoportables consecuencias de las «guerras Napoleónicas». Se podría decir que al respecto, es un precursor de una sensibilidad que se refiere tan de buen grado a los «derechos del hombre». Sus descripciones de la campaña de Rusia son preciosas de ese punto de vista. Naturalmente, fluctúa siempre en sus apreciaciones. Así es como horrorizado por la masacre de los prisioneros de Jaffa, del cual da un largo relato, Chateaubriand está desgarrado entre la realidad y la historia escrita: « Esa unanimidad de quejas es la exageración natural de hombres caídos de la altura de sus ilusiones: en todos los tiempos los franceses han soñado con el Oriente; la caballería les había trazado la ruta; si ya no tenían la fe que los llevaba a la liberación de la Santa Tumba, tenían la intrepidez de los cruzados, la creencia de los reinos y de las bellezas que habían creado, en torno a Godofredo, los cronistas y los trovadores. Los soldados vencedores de Italia, habían visto un rico país que tomar, caravanas que saltear, caballos, armas y serrallos por conquistar; los novelistas habían apercibido a la princesa de Antioquia, y los sabios añadían a sus sueños el entusiasmo de los poetas. No hay hasta el Viaje de Antenor que no pasara al principio por una docta realidad: se iba a penetrar en el misterioso Egipto, descender a las catacumbas, excavar en las Pirámides, encontrar manuscritos ignotos, descifrar jeroglíficos y despertar a Termosiris. Cuando, en vez de todo aquello, el Instituto abatiéndose sobre las pirámides, no encontrando los soldados más que felahs desnudos, chabolas de lodo seco, se encontraron ante la peste, beduinos y mamelucos, el desengaño fue enorme. Pero la injusticia del sufrimiento cegó sobre el resultado definitivo. Los franceses sembraron en Egipto los gérmenes de civilización que Mehmet cultivó: la gloria de Bonaparte se incrementó; un rayo de luz se deslizó en las tinieblas del islamismo, y una brecha fue hecha a la barbarie. »

¿Cómo juzgar a fin de cuentas? Es que, dice Chateaubriand, hay siempre dos Bonaparte: uno grande y el otro pequeño. Evocando la deportación de Pío VII a Fontainebleau, – una absurdidad política como acaso no hubo otra, y tan inútil – Chateaubriand escribe: « ¿Qué incentivaba pues a Bonaparte? La parte mala de su genio, su imposibilidad de quedarse en reposo: jugador eterno, cuando no ponía imperios en un mapa, ponía fantasía en ella.» Algunos de sus juicios son en extremo severos, pero ve lejos: « Poseído por su propia existencia, Bonaparte había reducido todo a su persona; Napoleón se había apoderado de Napoleón; ya no había en él más que él. » Y pensando en su propio vagabundeo pasado, en las desdichas de su familia, y de sus príncipes, tal vez en la calidad de su escritura testamentaria ligada al desastre y a la muerte, Chateaubriand juzgará en último recurso que «la grandeza de Napoleón no era de esa calidad que pertenece al infortunio; sólo la posteridad le dejaba sus facultades enteras: no estaba hecho para la desgracia

De semejante juicio, saca vistas más profundas acerca de los designios de la Providencia y la inestabilidad de las fortunas: recordando que cuando el plebiscito del 1o de diciembre de 1804 fue presentado a Napoleón, el Emperador respondió: «Mis descendientes conservarán por largo tiempo este trono», Chateaubriand añade: « Cuando se ve las ilusiones con las que la Providencia rodea el poder, uno se consuela por su corta duración ». Diez años más tarde, no sentirá más que asco por el Senado conservador que destituye a Napoleón, a quien se lo debía todo. No obstante entonces es para Chateaubriand la oportunidad tan esperada de entrar en escena. He dicho que su relación con Napoleón está marcada por la publicación de dos libros: el Genio del Cristianismo que abre a Chateaubriand el favor del Primer Cónsul, una carera diplomática que dejará pronto, y su famoso fascículo que, según él – pero no hay que minimizar su papel – será determinante en el regreso de Luis XVIII: « Fue en esos días críticos que lancé mi fascículo De Buonaparte y de los Borbones para hacer inclinar la balanza: se sabe cuál fue su efecto. Me eché a cuerpo descubierto en la melé para servir de escudo a la libertad renaciente contra la tiranía aún de pie y cuya desesperación triplicaba las fuerzas. Hablé en nombre de la legitimidad. (…) Luis XVIII declaró que mi fascículo le había aprovechado más que un ejército de cien mil hombres; hubiese podido añadir que había sido para él un certificado de vida. Contribuí a darle una segunda vez la corona por el feliz desenlace de la guerra de España. Desde el inicio de mi carrera política me hice popular en la multitud, pero desde entonces también fallé mi fortuna con los hombres poderosos. Todo lo que había sido esclavo bajo Bonaparte me aborrecía; por otro lado, yo era sospechoso para todos los que querían poner a Francia en estado de vasallaje. No tuve para mí, en el primer momento, entre los soberanos, más que al mismo Bonaparte. Ojeó mi fascículo en Fontainebleau: el duque de Bassano se la había llevado; la discutió con imparcialidad, diciendo: “Esto es justo; aquello no es justo. ¡No tengo reproches que hacerle a Chateaubriand; me resistió en mi poder; pero esos canallas, tales y tales!” y los nombraba. Mi admiración por Bonaparte siempre ha sido grande y sincera, mientras atacaba a Napoleón con la mayor vivacidad (…) pues tal es el embarazo que causa al escritor imparcial un resplandeciente renombre: lo aparta tanto como puede, a fin de poner lo verdadero al desnudo; pero la gloria regresa como un vapor radiante y cubre en el instante mismo el cuadro. »

Se ve luego hasta el final el esmero de objetividad, de imparcialidad, una suerte de complicidad, elevar siempre la pluma de Chateaubriand por encima de toda crítica mezquina de un periodo que sin embargo no cesó de reprobar. A decir verdad, Chateaubriand soñaba también con su propia gloria: « Es sobre estos eventos inmensos que está escrita esta parte de mis Memorias que habéis visto, así como un texto moderno profanando antiguos manuscritos. Contaba mis abatimientos y mis obscuridades en Londres sobre las elevaciones y el brillo de Napoleón; el ruido de sus pasos se mezclaba al silencio de los míos en mis paseos solitarios; su nombre me perseguía hasta en los reductos donde se encontraban las tristes indigencias de mis compañeros de infortunio, y los gozosos desamparos, o, como habría dicho nuestra vieja lengua, las miserias “hilarosas” de Peltier. Napoleón era de mi edad: partidos ambos del seno del ejército, él había ganado cien batallas cuando yo languidecía aún en la sombra de esas emigraciones que fueron el pedestal de su fortuna. Quedado tan lejos detrás de él, ¿le podía jamás alcanzar? Dejé Inglaterra algunos meses después de que Napoleón hubo dejado Egipto; volvimos a Francia casi al mismo tiempo, él de Memphis, yo de Londres: él había tenido ciudades y reinos; sus manos estaban llenas de poderosas realidades; yo aún no había cogido más que quimeras. »

Se ve que si Chateaubriand pudo decir de Napoleón que no había en él más que él, se puede decir también que todo llevaba a Chateaubriand inexorablemente de vuelta a él mismo, pues tales son los grandes hombres, los que saben que el mundo no podría privarse de ellos sin ser más pobre. Cuando el Encantador podrá por fin pesar sobre los hombres y sobre las cosas, experimentará otros sueños que los de Napoleón pero no serán menos dolorosos. Los Cien Días son la cruel revelación de que los hombres no están a la altura de la idea que encarnan: para no huir ante el retorno del desterrado, « bastaba tener un poco de corazón » dice Chateaubriand, pero el pequeño mundo de las Tullerías pone pies en polvorosa hacia Gante en el más lamentable desorden. Y el espectador comprometido llora por él mismo: « ¿Por qué vine en una época en la que estaba tan mal situado? ¿Por qué fui realista contra mi instinto en un tiempo en el que una miserable raza de corte no podía ni oírme ni comprenderme? ¿Por qué fui echado a esa tropa de mediocridades que me tomaban por un descerebrado, cuando hablaba de coraje; por un revolucionario, cuando hablaba de libertad? »

Nadie, piensa Chateaubriand, es pues igual a su destino. ¿Y él mismo? Si supo mostrar con penetración la contradicción entre los sentimientos de Napoleón y las inclinaciones de su siglo, vive y expresa dolorosamente las propias entre su fidelidad a un mundo en el que ya no cree pero al cual brinda un soplo inesperado, y su adhesión a las ideas nuevas: no olvidemos las páginas en las que pone en paralelo a Washington y a Napoleón, que son también de una rara penetración.

En fin, terminaré, Señores, tal vez para ilustrar una última vez esta contradicción entre Napoleón y su tiempo que subrayó tan bien Chateaubriand, y también para hacer honor a la sociedad de ustedes, por esta observación de Chateaubriand sobre Napoleón, que les concierne: « A semejanza de la Orden de los Caballeros de San Luis, la Legión de honor está creada: por esta institución pasa un rayo de la antigua monarquía y se introduce un obstáculo a la nueva igualdad. »

Pero sabemos bien que si hay malas igualdades, las hay buenas: las que elevan a unos, o al menos que los distinguen, sin rebajar a otros. Es exactamente la idea que Chateaubriand y Napoleón se hacían de la aristocracia, y es la única idea por la cual ésta pueda, de una cierta manera, revivir.

(*) Referencia sarcástica que hace Napoleón de Voltaire, citándolo: « Aplastemos al Infame » («Ecrasons l’Infâme»)... NdT.

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