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Muerte
del Emperador Napoleón
I
en Santa Helena,
el 5 de mayo de 1821
Litografía
de la época
según
Carl von Steuben. |
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|
Por
el Profesor |
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Manuel
Moreno Alonso
Miembro del Comité
Histórico del Instituto
napoleónico México-Francia
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| Pr.
Moreno Alonso |
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Traducción
del Instituto Napoleónico
México-Francia © |
| «
Muero
prematuramente, asesinado
por la oligarquía
inglesa y su sicario
» |
Napoleón. |
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«
Yo
he tenido en mis manos un mechón
de cabellos de Napoleón Bonaparte.
Lo cortó seis horas después
de la muerte
del Emperador su ayuda de cámara,
Louis Marchand y fue conservado desde
entonces entre los papeles de Lady Holland,
en Londres ».
El análisis de un mechón
similar ha servido para que el Laboratorio
Forense del FBI en Washington DC
y el Laboratorio Harwell de Investigación
Nuclear, de Londres, hayan confirmado
claramente que Napoleón fue envenenado
con arsénico, cuya actuación
se complicó con la ingestión
de otros medicamentos. Una prueba que
el propio Ben
Weider –autor de un famoso
libro sobre la muerte del Emperador,
presidente de la Sociedad Napoleónica
Internacional de Montreal y máximo
impulsor a escala internacional de las
investigaciones sobre las auténticas
causas del óbito de Bonaparte
– ha incorporado cuidadosamente
a sus argumentaciones; y que ha contado
con el respaldo técnico de otros
expertos.
En todos
los casos analizados, queda constancia
de la presencia de arsénico,
de la cantidad y de la proporción
en que fue ingerido por Napoleón
durante el último mes de su vida.
Otro análisis llevado a cabo
por el doctor Hamilton Smith, del Departamento
de Medicina Forense de la Universidad
de Glasgow, no sólo probó
la existencia de arsénico sino
también la proporción
progresiva en que le fue suministrado
desde su llegada a Santa
Elena.
Napoleón falleció el sábado,
5 de mayo de 1821, tres meses antes
de cumplir 52 años de edad. Pero
la gran cuestión es si se trató
de un asesinato por medio de un plan
bien trazado para causarle lentamente
la muerte, de modo que pareciese natural
o si, por el contrario, tenía
el hábito de tomar arsénico
para superar la depresión que
padecía y esa adición
acabó por causarle la muerte.
La presencia
de arsénico resulta evidente.
Puede explicar que su cuerpo se conservara
perfectamente cuando fue exhumado en
1840 para su entierro definitivo en
Los
Inválidos, mientras que su
ropa estaba destruida parcialmente por
el moho. Su progresiva obesidad también
se justifica por la toxicidad del arsénico
(el llamado Síndrome de Froehlich,
con distrofia adiposo-genital, caracterizada
por un tipo específico de obesidad
e hipogenitalismo). Ante todos los hechos
enumerados –y hay más–
hoy nadie niega que Napoleón
tenía gran cantidad de arsénico
en su cuerpo cuando murió, pero
eso no significa necesariamente que
fuera asesinado: el arsénico
se usaba como una droga que, en pequeñas
dosis, daba a su usuario un sentimiento
de fuerza y de vigor; el problema es
que causaba dependencia y deterioro
físico en las personas que lo
consumían habitualmente. El arsénico
también se ingería con
fines terapéuticos, aunque, en
el caso de Napoleón, su mezcla
con el calomel, suministrado contra
el estreñimiento y con vomitivos
y con agua de cebada condimentada con
almendras amargas, tendría consecuencias
fatales al actuar en el estómago
como un cianuro de mercurio.
La ingestión de arsénico
por parte de Napoleón en los
depresivos años de estancia en
Santa Elena está perfectamente
comprobada, pero parece sumamente improbable
que lo tomara por su propia voluntad,
pues es notorio su rechazo a todo tipo
de drogas y pócimas y, además,
no aparece tal dato en las numerosas
memorias de ninguno de sus compañeros
de destierro, ni en los detallados relatos
médicos existentes sobre su enfermedad.
Desde el momento que se ha comprobado
que el arsénico acabó
con la vida de Bonaparte, numerosos
investigadores se han obsesionado por
hallar tanto al asesino que se lo administró
como al inductor del crimen.
Para ello, la mejor fuente es el diario
del ayuda de cámara de Napoleón,
el fiel Louis de Marchand, publicado
en 1955, en el que se dice que al Emperador
se le administró (a las 5:30
de la tarde del 3 de mayo de aquel 1821)
« sin su conocimiento o aprobación
(...) diez granos de calomel »,
una dosis verdaderamente « heroica
» (lo normal era una dosis de
uno a dos granos) que acabó con
él. Lo mismo le dijo en una carta
posterior el doctor Robert Gooch al
gobernador de Santa Elena, Hudson Lowe:
« La acción del calomel
libremente administrado fue mucho más
responsable de la muerte de Napoleón
que la hepatitis, el clima o el cáncer
». Con razón el Emperador
le pedía a su médico –
aunque no se llevara bien con él
– « luego
de mi muerte, que presiento no muy lejana,
quiero que abra mi cuerpo (...)
Le recomiendo
que lo observe todo cuidadosamente durante
su examen ». Lo que parece
indicar que Napoleón sospechaba
que estaba siendo envenenado.
Pero la cuestión no reside tanto
en si tomó o no mayores o menores
dosis de calomel, sino en si se le administró
con la intención de asesinarlo,
ya que también cabría
la posibilidad de un error médico
o de una equivocación terapéutica.
Ya en su tiempo, el propio Louis de
Marchand dejó escrito que «
su muerte tiene todos los síntomas
de un envenenamiento ».
Tenía
razón; envenenamiento hubo, pero
¿fue provocado por la adición
del Emperador, por una administración
errónea fortuita o se trató
de un crimen?
Tras
la hipótesis del asesinato planificado,
cabría imaginar conspiraciones
para todos los gustos achacables a los
monárquicos franceses, temerosos
de un nuevo retorno del Emperador; a
los ingleses, empezando, ante todo,
por el mismo gobernador Hudson Lowe,
para ahorrarse los ocho millones de
libras anuales que les costaba su reclusión;
incluso a algunos de sus compañeros
de la isla, deseosos de desembarazarse
de sus obligaciones y de volver a casa.
Y entre estos últimos, investigando
con suspicacia, lo mismo puede encontrarse
un culpable entre sus médicos
que entre sus compañeros de apariencia
más fiel.
Desde luego, todo comenzó con
la llegada del Emperador a Santa Elena,
el domingo 15 de octubre de 1815, cuando
los días del famoso prisionero
de Estado empezaron a hacerse interminables.
Y, desde entonces, aquel islote –
descubierto el 18 de agosto de 1502,
día de Santa Elena, madre de
Constantino, y perdido en el Atlántico,
a tres mil quinientos kilómetros
de la costa brasileña y a mil
novecientos de la africana, fue su prisión
y, después, su sepulcro. Porque
aquel islote, según uno de los
vigilantes del Emperador, era el lugar
del mundo « más aislado,
el más inabordable, el más
difícil de atacar, el más
pobre, el más insocial ».
Santa Elena fue desde el primer momento
la tumba del Emperador.
Perdida
en el Atlántico Sur, el navío
Northumberland había tardado
setenta y dos días hasta llegar
a su destino con los deportados, que
tuvieron que soportar sucesivamente
terribles tempestades, lluvias torrenciales
y una desesperante calma chicha. Y,
después, se encontraron con la
desolación de la isla, permanentemente
ahogada en la neblina y azotada en el
verano austral por la tempestad y el
viento con un ruido estremecedor. En
Longwood, donde el almirante inglés
Cockburn fijó la residencia del
prisionero, llueve casi todos los días.
Y el suelo, recalentado, transforma
la lluvia en una niebla continua y malsana,
que caía sobre los deportados
como una losa insoportable. Y, por si
fuera poco, el prisionero de Estado
estaba constantemente vigilado. Según
las instrucciones del gobernador, tenía
que ser visto diariamente por un oficial
inglés, y no podía salir
de los límites asignados sin
ir acompañado.
En semejante ambiente aislado, vigilado,
neblinoso, húmedo y sofocante,
no resultan difíciles de explicar
los accesos de cólera y ataques
de depresión que se apoderan
del prisionero, que tiranizaba a su
séquito. Porque cuando el Emperador
no podía conciliar el sueño,
hacía llamar en plena noche a
alguno de sus oficiales – que
debían presentarse rápidamente
y de uniforme como si estuvieran en
Las Tullerías – para dictar
una constante protesta. Y con frecuencia
el prisionero se mostraba insoportable
y hasta grosero con las mujeres de su
entorno – las señoras de
Montholon y de Bertrand –, que
aguantaban con resignación las
impertinencias y los halagos de aquel
viejo verde que años atrás
había organizado los destinos
de Europa.
Las investigaciones más recientes
hallan en el envenenamiento crónico
con arsénico buena parte de los
motivos de sus cambios de humor. La
tesis del toxicólogo sueco Sten
Forshufvud es que el asesino llegó
a Santa Elena con el Emperador y se
fue de allí tras su muerte; que
tuvo que ser alguien muy próximo,
pues debía estar con él
todos los días, tener acceso
a la despensa y la bodega y gozar de
su confianza para inducirle a tomar
determinados medicamentos que, por sistema,
rechazaba... Por ejemplo, cuando el
médico Antommarchi le prescribió
un vomitivo, Napoleón se negó
a tomarlo, exclamando airado: «
¡Váyase
a paseo y adminístreselo usted
mismo! »... y, sin embargo,
a ruegos de sus ayudantes, el mariscal
Henri-Gratien Bertrand y el general
Charles-Tristan Montholon, terminó
tomándose el tártaro emético.
Siempre según Sten Forshufvud,
el arsénico tenía que
mezclarse con algo que sólo consumiera
el Emperador, por ejemplo su vino especial,
que llegaba en barriles y se embotellaba
en Santa Elena. Curiosamente, algunos
de sus compañeros de destierro
que recibieron una botella de ese vino
como regalo, también enfermaron
durante algún tiempo. La permanente
alternancia de recaídas y recuperaciones
del Emperador se explicarían
porque cuando se encontraba muy postrado,
o no bebía vino o lo consumía
muy diluido en agua y, por tanto, no
ingería veneno o lo hacía
en dosis mínimas.
El paso de ser dueño del mundo
a prisionero olvidado dio lugar a una
realidad incontestable, que fue devorando
internamente la personalidad del Emperador,
con un continuo desgaste mayor que el
producido por cien batallas. Según
los testimonios de quienes le rodeaban,
un profundo sentimiento de tristeza
se apoderaba de él durante días
enteros. Los recuerdos le asaltaban
y le hundían en el abismo. Por
otra parte, el pequeño mundo
de su entorno se hacía irrespirable:
el gobernador de la isla, es decir,
su carcelero, Hudson Lowe, siempre frío,
severo, reglamentarista y con no poca
dosis de imbecilidad, le exasperaba;
las rivalidades y envidias entre los
miembros de su séquito, amplificadas
por el ambiente cerrado de Longwood,
le ponían frenético. En
torno al Emperador, pronto se hizo evidente
que sus fieles acompañantes no
pensaban más que en abandonar
la horrible isla. El chambelán,
conde Emmanuel
Las Cases, autor después
del Memorial de Santa Elena, fue el
primero en abandonarlo una vez que recopiló
los materiales para el libro que lo
hizo famoso; su defección fue
muy sentida por el Emperador, que tenía
en él un oyente seguro y siempre
atento, que le seguía como un
caniche. Muestra de las envenenadas
relaciones existentes en el séquito
de Napoleón es que esa intimidad
originó que sus compañeros
profesaran a Las Cases una indisimulada
enemistad; por ejemplo, el general Gaspar
Gourgaud le llama « el jesuita
» en su Diario. La menor atención
del Emperador a Montholon o a Bertrand
descomponía a Gourgaud, que confiesa
en las páginas de su manuscrito
haber llorado porque el Emperador era
injusto, y hasta cruel, con él.
El general Gourgaud todavía no
tenía treinta y cinco años
y estaba muy orgulloso de haber sido
el primero en entrar en el Kremlin de
Moscú y de haber salvado al Emperador
matando a un cosaco que se había
lanzado contra él. Sus celos
hacia Montholon – que había
ascendido por causas políticas
gracias a los Borbones y cuyo único
mérito militar era haber servido
en el Estado Mayor de Berthier –,
eran continuos, al tiempo que su mujer,
la bella Albine, le sacaba de quicio
porque, cuando advertía que la
observaba Napoleón, « adelanta
los pies, se ciñe el vestido
al talle, trata de parecer guapa, lo
que no es fácil..., abre su pañoleta
y deja ver su piel arrugada ».
El general no soportaba, sencillamente,
que la Montholon tuviera « bondades
» con el Emperador, al que visitaba
a veces durante la noche; y que el marido,
aparentemente complaciente por admiración,
ejerciera también su influencia
sobre aquél.
A finales de 1817, el médico
irlandés, oficial del ejército
británico, Barry O’Meara,
que le atendió de 1815 a 1818,
escribió en su último
informe antes de abandonar la isla:
« Dos años de inacción,
un clima mortífero, habitaciones
mal aireadas, bajas, un trato inaudito,
el aislamiento, el abandono, todo lo
que ofende al alma actúan de
consuno (...) ¿Es sorprendente
que haya entrado el desorden en las
funciones hepáticas?... ».
Y cuando el doctor irlandés se
fue, el prisionero se negó a
recibir los cuidados de ningún
otro que le enviara el gobernador, que,
ante todo, vendría a ser, según
pensaba, una especie de espía
a su servicio. Mientras tanto, su salud
empeoraba.
En el verano de 1818, Charles-Tristan
de Montholon escribió a la emperatriz
María Luisa: « El emperador
Napoleón se muere entre los tormentos
de la agonía más larga
y más terrible. Sí, señora,
el hombre que las leyes divinas unieron
a vos por los lazos más sagrados,
el que habéis visto recibir los
homenajes de casi todos los soberanos
de Europa, el hombre sobre cuya suerte
os he visto derramar tantas lágrimas
cuando se alejaba de vos, perece de
la muerte más cruel, cautivo
sobre esta roca en medio de los mares,
a dos mil leguas de sus más caros
afectos, solo, sin amigos, sin parientes,
sin noticias de su mujer, sin consuelo
alguno ».
En el mes de enero de 1819, se encontraba
tan mal – se quejaba de un fuerte
dolor en el costado derecho –
que aceptó hacerse examinar por
un amigo de O’Meara, médico
a bordo del navío Conqueror,
el doctor Stokoë, quien le diagnosticó
una hepatitis crónica. John Stokoë
se ganó una enorme reprimenda
del gobernador, por haber redactado
« alarmantes boletines de salud
»; más aún, el desgraciado
médico fue llevado ante un Consejo
de Guerra por haberse atrevido a decir
que el « prisionero de Estado
» padecía hepatitis. Según
el gobernador, en Santa Elena no se
padecían esas enfermedades.
A partir de entonces, y con su salud
cada vez más quebrantada, el
Emperador pasó otros siete meses
sin médico. En abril de 1819,
recibió por última vez
a un visitante ilustre; se trataba de
un primo de lord Liverpool – Robert
Banks Jenkinson, a la sazón primer
ministro británico – que,
de regreso de la India, decidió
conocerle; el Emperador le rogó
que comunicara a Liverpool que deseaba
salir de aquella isla, « nefasta
» para las personas afectadas
de su enfermedad; más aún,
que Santa Elena era tan malsana y que
las tropas de la guarnición padecían
una fuerte mortalidad. Pero en cuanto
el visitante abandonó Longwood,
el gobernador pudo hablar con él
y tergiversar el mensaje del Emperador,
asegurándole que el prisionero
estaba haciendo una comedia.
Y, sin embargo, Napoleón cada
vez se sentía peor y comenzó
a esperar con impaciencia la llegada
de un médico, de un sacerdote
y de dos criados. Fue el mariscal Bertrand
quien los hizo llamar, en carta dirigida
al cardenal Fesch, que vivía
en Roma cerca de la madre del Emperador.
Pero la designación no fue muy
afortunada: eligieron a Francesco Antommarchi,
un patólogo corso que, hasta
entonces, sólo se había
ocupado de cadáveres en Florencia
y que, en Santa Elena, mostraría
mucho más talento para la intriga
que conocimientos médicos. Cuando
el prisionero, al cabo de cuatro años
de cautiverio, recibió aquel
socorro de su familia no pudo más
que entristecerse: sólo habían
encontrado para él una especie
de forense, obstinado en sostener hasta
los últimos días que sólo
padecía de una enfermedad política
y en tratarle de obstrucciones intestinales,
y dos curas, uno ya con un pie en la
sepultura y el otro tan inculto que
era « algo así como un
pastor ».
A finales de 1819, la salud del Emperador
mejoró notablemente y, con frecuencia,
paseaba a caballo con Bertrand y Montholon.
Pero en octubre de 1820 su situación
se agravó. Según el testimonio
posterior del gobernador, se encontraba
mucho más pálido que la
última vez que lo había
visto; « en general, su fisonomía
se caracteriza por un tono de palidez
mórbida, que cualquier indisposición
aumenta, naturalmente ». Pero
no se trataba de su característica
palidez, sino el efecto de su enfermedad
casi terminal. No obstante, mujeriego
hasta el fin, ante la ausencia de Albine
de Montholon – que había
dejado la isla a causa del nacimiento
de una hija, la Napoleona, porque, según
las malas lenguas, era hija del Emperador,
pero que también pudo serlo de
un teniente inglés de la guarnición
– se encaprichó de la esposa
del mariscal Bertrand, Fanny Dillon,
irlandesa de origen, alta, delgada y
rubia. Sentía celos de que el
médico Antommarchi fuese recibido
diariamente en su casa y le enfurecía
la actitud digna de la irlandesa, mostrándose
profundamente injusto con ella, hasta
el punto de que el mariscal –
que todo lo soportaba del Emperador
sin quejarse jamás – pensó
abandonarlo. Realmente, parece que nunca
hubo relación alguna entre el
médico y la esposa del mariscal,
pero esas calumnias llegaban a Napoleón
vía Montholon, que deseaba deshacerse
de Antommarchi.
El 5 de diciembre de 1820, escribió
Montholon a su mujer: « La enfermedad
del Emperador ha tomado un mal cariz;
a su afección crónica
se ha unido una patente consunción;
su debilidad es tan grande que no puede
realizar función vital alguna
sin experimentar una fatiga extrema
y, a menudo, perder el conocimiento...
».
Y no se trataba sólo de una gran
fatiga, sino que comenzó a sufrir
atrozmente. El propio Napoleón
explicó su mal a sus compañeros
de cautiverio: el dolor que sentía
en el estómago era como el que
le causaría « un
cuchillo clavado que alguien se complaciera
en remover ». Montholon
observa luego: « desde que se
ha derrumbado, paso con él todo
mi tiempo; pretende que esté
siempre a su lado; no quiere tomar otros
remedios que los que yo le doy o le
aconsejo, lo cual enloquece a su médico;
sólo yo encuentro gracia cerca
de él. (...) Y cuando deja la
cama se siente débil, vacilante,
quebrantadísimo ».
En enero de 1821 su estado empeoró.
Sólo come « algunas rebanadas
de pan mojadas en jugo de cordero asado,
algunas cucharaditas de gelatina de
carne y algunas ruedas de patatas fritas.
Para beber sólo toma medio vaso
de vino mezclado con agua. Una gota
de café termina la comida ».
A principios de marzo, su debilidad
se agudizó. El día 5 de
este mes, Montholon escribía,
con un detallismo casi autoinculpatorio,
a su esposa Albine: « Hoy es un
cadáver al que un soplo de vida
anima en lo físico y en lo moral;
esta maldita Santa Elena lo ha matado
» (...) (Su color era de) «un
amarillo que da miedo» (...) «
Está en el último grado
de debilidad, hundido en un abatimiento
y un debilitamiento de los que nada
puede sacarle ».
Por supuesto, ni él ni sus fieles
tienen esperanzas en el galeno Antommarchi,
que le cuida con ignorancia –
similar, por otro lado, a la de los
demás médicos que le asistieron
– y desapego. El Emperador también
se niega a que le visite el doctor inglés
Arnott, que había llegado a la
isla en un relevo de la guarnición;
creía que iría a dar cuenta
inmediatamente de su situación
a su verdugo, el gobernador, para que
se regocijara de su agonía. Al
final se resignó a que lo viera,
pero poco es lo que ya podía
hacer el inglés. De cualquier
forma se terminó ganando el aprecio
del Emperador, que ya no podía
soportar a Antommarchi; cerca ya de
su final ordenaba al mariscal Henry-Gratien
Bertrand: « Bueno,
que (Antommarchi) pase
todo su tiempo con sus querindangas
(...) pero ¡líbrenme
de ese hombre que es tonto, ignorante,
fatuo y sin honor!... Quiero que llamen
a Arnott para que me cuide en lo sucesivo.
Pónganse de acuerdo con Montholon.
No quiero nada más con Antommarchi...
Ya he hecho mi testamento y le lego
veinte francos para que se compre una
cuerda y se ahorque ».
Por
su parte, el mariscal, para calmarle,
llega a proponerle que su propia mujer
lo cuide. Pero el Emperador rehúsa
ante el disgusto de Bertrand, que presentía
haber caído en desgracia ante
su señor, a quien le debía
lo que era. Debía tener cierta
razón, pues en su testamento,
dictado en Longwood el 15 de abril de
1821, Napoleón le legaba 400.000
francos oro – la cuarta parte
de lo que dejaba a Montholon –
« como prueba
de mi satisfacción por los cuidados
filiales que me ha prodigado durante
seis años, y para indemnizarle
de las pérdidas que su estancia
le ha ocasionado ».
Al doctor Arnott, después de
la redacción del testamento,
le dirá que Inglaterra es la
culpable de su situación: «
(...) he sido
asesinado lentamente con premeditación
y con ensañamiento, y el infame
Hudson Lowe ha sido el ejecutor de las
altas obras de vuestros ministros...»
El 30
de abril, cuando tan sólo le
quedaban cinco días de vida,
se despertó sobresaltado, gritando:
« ¡Oh,
la muerte! ¡La muerte!
». Se pasa las horas sumido en
la inconsciencia y su estado es tan
grave que el gobernador, por vez primera,
advierte que el prisionero se le muere,
por lo que envía a varios médicos
militares a visitarle. Al advertir una
posible oclusión intestinal creen
que es imprescindible el empleo de un
purgante y proponen que se le administre
calomel. Antommarchi se opone, pero
Montholon apoya a los británicos
y le administran una dosis entre cinco
y diez veces superior a la normal. La
víspera de su muerte –
el viernes, día 4 de mayo –
hizo un tiempo terrible: una fuerte
lluvia cayó sin cesar a la vez
que un viento huracanado amenazaba con
destruirlo todo, hasta el punto de que
el sauce bajo el que el Emperador solía
sentarse fue arrancado de cuajo. Napoleón
agonizaba.
Y al día siguiente – sábado,
día 5 de mayo de 1821–,
a las cinco y cuarenta y nueve minutos
de la tarde, ante la presencia de un
buen número de personas congregadas
alrededor de su lecho, dejaba de existir.
Desde luego, de entre los miembros del
círculo más próximo
al Emperador, los médicos que
le asistieron – y que fueron en
total cuatro mientras estuvo en Longwood
– tuvieron un papel fundamental
en la evolución de la enfermedad
que, finalmente, acabó con su
vida.
El primero
de ellos fue Barry O’Meara, un
irlandés con experiencia médica
de barcos y que, aunque no supiera remediar
el mal que aquejaba al Emperador, siempre
le fue leal, razón por la cual
el gobernador Lowe recomendó
su traslado a Londres en 1818. Después,
en tres ocasiones, le atendió
el doctor inglés Stokoë,
médico del Conqueror,
que fue quien diagnosticó que
padecía de hepatitis. Como se
apuntaba antes, ello había provocado
incluso su expulsión de la Marina,
porque en la Santa Elena del gobernador
Lowe « no había hepatitis
». En 1819 llegó de Italia
el médico corso Antommarchi,
que había estudiado en Pisa y
Florencia y que, como forense, entendía
más de cadáveres que de
enfermos. En sus últimas semanas
de vida, quien lo visitará será
el médico naval inglés
Arnott.
Se ha sugerido que aquellos médicos,
poco expertos en la enfermedad del prisionero,
intentaron calmarle y reanimarle con
dosis cada vez mayores del fatal arsénico.
No sería, por tanto, necesario
acudir a una intencionalidad asesina
para atribuirle su envenenamiento; ya
se ha dicho que el arsénico y
el mercurio – utilizado en la
famosa Solución Fowler –
y hasta la misma estricnina, se usaban
como estimulantes y tónicos.
Esta posibilidad se refuerza si se tiene
en cuenta la dependencia que tales agentes
ocasionaban...
Esta
tesis no parece sostenerse: existe una
pormenorizada información sobre
cuanto tomaba o no el Emperador y, tal
como ya se ha dicho, su resistencia
a ingerir cualquier pócima; en
una ocasión le reprendía
a Antommarchi: « Guárdese
sus medicinas; no quiero tener dos enfermedades,
la que ya tengo y la que usted me provocará
»... Es decir, si alguno de los
médicos hubiera empleado arsénico,
habría quedado algún testimonio
escrito. Por otro lado, hubiera debido
ser una conducta unánime, pues
Napoleón estuvo siendo envenenado
desde 1815 hasta su muerte.
NOTA:
Este artículo
data del año 2001. Las irregularidades
señaladas por el autor fueron
objeto en los años subsiguientes
de estudios profundos, entre los cuales
destacan dos en particular. Primeramente,
los análisis llevados a cabo
por el Profesor Wennig
y el Dr. Kintz en 2003, en Luxemburgo,
donde se pudo probar de manera categórica
la presencia del arsénico en
la médula capilar, el
corazón mismo del cabello de
Napoleón, lo cual es señal
irrevocable de un tránsito por
el flujo sanguíneo, y por ende
de una
ingestión previa del tóxico
por vía oral.
Enseguida, el 2
de junio de 2005, en Illkirch-Graffenstaden,
cerca de Estrasburgo, el Dr. Pascal
Kintz, corroborando las cantidades de
arsénico y de otros agentes químicos
ya antes hallados en los cabellos del
Emperador, logró determinar y
demostrar la naturaleza
exacta del arsénico hallado
en ellos en más del 97%, arsénico
mineral (As III y V), el
más tóxico existente,
mejor conocido como raticida o «matarratas».