Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Instituto Napoleónico México Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
¿QUÉ ANIMAL HERÁLDICO PARA REPRESENTAR AL IMPERIO?*
Armas del Imperio.
El Águila explayada
Emblema glorioso e inconfundible del Imperio francés, el Águila explayada, con la mirada desafiante dirigida hacia su costado izquierdo, apoyadas sus garras sobre el haz de Júpiter que irradia llamas y truenos, surca los cielos envuelta en el manto resplandeciente emanado de la Corona imperial, señal o marca de la elección por Dios del soberano, ella misma rematada y aureolada por el globo crucífero ceñido por la Cruz del rey San Luis: símbolo del mundo, representa el imperio defendido por el soberano, garante de los valores y de las virtudes del cristianismo.

Por

Frédéric Masson
(1847-1923)

Frédéric Masson
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Notas del INMF.
« El gallo no tiene fuerza, ¡no puede ser la imagen de un imperio tal como Francia! Hay que escoger entre el águila, el elefante o el león. Tomemos al águila: es el ave que porta el trueno y que mira al sol de frente. Las águilas francesas sabrán hacerse respetar como las águilas romanas. »
Napoleón.

¿Qué animal heráldico será elegido para representar al Imperio?

Se discute en el Consejo de Estado. El gallo tiene sus partidarios, pero al elefante, que gozaba entonces de una popularidad aplastante, no le faltan abogados; el león, siendo el rey de los animales, estuvo a punto de llevársela. En la minuta del proyecto de decreto que regula el gran sello del Imperio, el León figura con todas sus letras, un león en reposo, de oro, sobre campo de azur. Napoleón raya con su mano León en reposo y escribe en interlínea: Águila explayada.

Águila Imperial, esbozo de Chaudet.
El Águila Imperial
Estudio preparatorio, en grafito y tinta, ejecutado en 1804 por el escultor Antoine-Denis Chaudet (1810-1763).

¿Por qué? ¿No es acaso porque André Favyn en su teatro de honor (1) y, después de él, todos los heraldistas que se han complacido creando armoriales prehistóricos y apócrifos, han unánimemente afirmado que « Carlomagno tomaba por armas un águila de oro sobre campo de azur »? Incluso de haberse podido hacer valer que sí, sobre el escudo de Carlomagno, no se tienen sino nociones imprecisas.

Dithmar (2) afirma que, en tiempos de Luis el Debonario, y anteriormente sin duda, « un águila de metal estaba colocada en la parte occidental del palacio imperial de Aquisgrán y que fue siempre el uso de quienes estaban en posesión del palacio apoderarse de esa águila ». Lotario se había designado así como emperador poniendo al águila de su lado: versa aquila.

El águila explayada sobre el escudo es carolingia; el águila en reposo en las insignias militares parece más bien romana: los soldados de la Grande Armada, herederos de los legionarios, les toman prestados naturalmente sus signos de reunión; deben profesarles el mismo culto, rodearlas de la misma fidelidad, rendirle los mismos honores. Ya no es a las banderas, cuya tela flotante palidece bajo el sol y se desgarra al viento, que se dirige la religión militar; es a las águilas de un metal imperecedero, que portan el trueno, planean en el viento de las batallas, sobre las cuales las balas impotentes granizan sin herirlas.

El águila no le basta a Napoleón. El águila orna dignamente al blasón del Imperio que no debe ser confundido con el de la Realeza; afirma la dignidad imperial y recuerda a Carlomagno: pero, para la persona misma del Emperador, ¿no conviene adoptar otro emblema? No puede pensarse en las flores de lis, aunque sean de uso práctico; sembradas sin número en los tapices, las cortinas, las insignias de los reyes capetos, producían en ellos un efecto que no podían esperar unas águilas. Y además eran tradicionales, y el pueblo se había habituado a ellas. Quedaba por descubrir, en la fauna o la flora, alguna planta o algún animal que, estilizado, tomara un parecido con las flores de lis y que fuera justificable en Francia por una tradición histórica. A falta de encontrar algunos que se proclamasen de Carlomagno, se remontó más arriba y se recordó muy oportunamente que, en Tournai, en la tumba de Childerico I, se habían hallado abejas de metal que se había juzgado haberse desprendido de su ropaje o de su manto real, y de las que, apresuradamente, se habían hecho escudos de armas. De la abeja a la flor de lis, la diferencia era mediocre; ¿no se había afirmado que ésta venía de aquella antes que del sapo de los Salienses? (3): ¿no se decía, en ocasión de la entrada de Luis XII a Génova en 1507, que el rey de Francia portaba un hábito sobre el cual estaban sembradas abejas innumerables?
¿Abejas o flores de lis? « Se han visto flores de lis tan mal hechas que se asemejaban a abejas.»
Se tenía la autoridad de Chifflet (4): « Apes ex auro solidae » que tienen un rey sin aguijón; rex ipsos sine aculeo est, que no es severo y no ejerce su venganza, según la opinión de Séneca y de Platón. »

Águila explayada y abeja
Confeccionados en madera tallada y dorada, estos hermosos emblemas decorativos fueron utilizados durante la Consagración del Emperador Napoleón, en 1804, en el marco de la ceremonia solemne en la Catedral metropolitana de Nuestra Señora de París.

 

 

He allí en lo referente a los Antiguos; en cuanto a los Modernos, ¿no se había retenido que, en la Convención nacional, en la sesión del 3 de brumario, del año IV, Daubermesnil, hablando en nombre del comité de Instrucción pública, había propuesto que el sello del Estado fuera una colmena rodeada de abejas, y que ese emblema fuera emplazado en el frontispicio de todos los edificios nacionales? A lo cual, es verdad, el ciudadano Baraillon había objetado que « las abejas eran los escudos de armas de varios reyes de Francia de la primera raza, tales como Childeberto y Childerico. Por otro lado, había añadido, las abejas no pueden ser en emblema de una república: ¿no se sabe que tienen una reina a la que todas le hacen su corte? »
A este buen comentario, la Convención había suscrito, y había rechazado por la cuestión previa el inocente proyecto de Daubermesnil.

Ahora que se tenía un emperador (5), la reina de las abejas cesaba de ser facciosa: no obstante, de la adopción de este emblema, Napoleón no hizo objeto de ningún decreto, ni de decisión alguna en regla; sembró sin embargo abejas a profusión en su pabellón de comando; las introdujo en los ribetes de las banderas del ejército; engalanó con ellas el jefe del escudo de los grandes-dignatarios y de las buenas villas, las esparció en los tapices y las cortinas de su uso, pero, de aquellas abejas, no dio en ningún lugar razón.

Lo mismo con el color verde, vuelto imperial (6), afectado a la librea de la Casa, vuelto nacional en Italia, propuesto incluso en 1811 para todas las banderas de los ejércitos imperiales, adoptado, al parecer, por un momento para el estandarte particular del Emperador, tal vez únicamente porque, en Córcega, era tradicional.

La abeja
Símbolo de inmortalidad, de resurrección y de linaje desde el Antiguo Egipto, se le considera como el emblema de N.S. Jesucristo. El Emperador « se reserva su uso exclusivo ». Ejemplar bordado en hilo de oro.

* Texto extraído de Le Sacre et le Couronnement de Napoléon (« La Consagración y el Coronamiento de Napoleón »), de Frédéric Masson; Albin Michel & Librairie Jules Tallandier, 1978; París.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

NOTAS:
1) André Favyn (1560-16…?), Le Théâtre d’honneur et de chevalerie, ou l’histoire des ordres militaires des roys et princes etc. (« El teatro de honor y de caballería, o la historia de las órdenes militares de los reyes y príncipes », etc.), 1620.
2) Tietmaro, obispo de Merseburgo (975-1018), en su Chronicon (1012-1018).
3) O, según Guenon, más probablemente una rana.
4) Jean-Jacques Chifflet (1588-1660); médico, anticuario y arqueólogo borgoñón.
5) Refrendada como hereditaria por el Senado desde el 4 de mayo de 1804, la dignidad imperial es instaurada legalmente por decreto en virtud del senadoconsulto del 18 de mayo de dicho año. Su calidad de monarquía de derecho divino es instituida y santificada con las tres unciones papales y la coronación del Emperador Napoleón por Su Santidad Pío VII, el 2 de diciembre de 1804, en la Catedral metropolitana de Nuestra Señora de París.
6) Al verde Imperio, el pueblo añadirá el violeta en 1815, al regreso del Emperador de la isla de Elba, quien al partir exiliado tras la capitulación de París, había profetizado que volvería a Francia junto con el renacer de esas herbáceas, flores de la primavera, convertidas en símbolo bonapartista y en señal de reunión de los veteranos; de allí también el mote tardío de Napoleón, le Père la Violette (« el Padre Violeta »), y el origen de la famosa expresión « violetas imperiales », internacionalmente conocida y diseminada en la cultura popular por medio de canciones y películas cinematográficas.