Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LA MUERTE DEL EMPERADOR
EL ÚLTIMO COMBATE
« La imagen del Emperador está constantemente presente ante mí y no dejaré de verla sino hasta que la muerte aniquile mis sentidos. ¿Cómo olvidar a un padre, a un bienhechor? ¿Cómo no recordar los rasgos de su rostro, toda su persona, el poder de sus armas, la gloria de su reino, el prestigio de su nombre? ¿Cómo olvidar sus desdichas, su cautiverio, su muerte, su cortejo y finalmente su féretro en la tumba? Está y permanecerá grabado en mi corazón. Todo lo que él es, todo lo que emanó de él se perpetuará de era en era; los siglos por venir sabrán que los franceses tuvieron a su cabeza a un hombre prodigioso que llevaba el nombre de Napoleón » Louis-Étienne Saint-Denis, “Alí”.
"De qué murió Napoleón", "Cómo murió Napoleón", "Dónde murió Napoleón", "Asesinato de Napoleón"
Muerte de Napoleón.
Muerte del Emperador Napoleón
Acuarela de François Martinet.

Por

Louis-Etienne Saint Denis,
alias el Mameluco « Alí »
(1788-1856)

El Mameluco « Alí ».
Imaginado por Jazet.
Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia.
PRESENTACIÓN GENERAL
Por el Profesor
Eduardo Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia
El legendario Louis-Etienne Saint-Denis, nacido en Versalles en 1788, entra en 1806 al servicio de Napoleón. En 1811, pasa al servicio interior como segundo « mameluco ». Recibirá desde entonces el nombre de Alí, por voluntad del Emperador Napoleón.
Falso mameluco, Alí será sin embargo un veraz testigo así como uno de los más fieles sujetos del Emperador.
En efecto, Alí anota todo en detalle, desde la campaña de Rusia hasta la muerte del Emperador, pasando por el primer exilio en la isla de Elba, la derrota de la armada francesa en Waterloo y el embarque hacia la deportación a Santa Elena, donde además fungirá como bibliotecario del Emperador. Como lo escribe Jean-Paul Kauffmann: « Alí es la memoria visual del cautiverio ». Publicados por primera vez en 1926, los Recuerdos del Mameluco Alí sobre el Emperador Napoleón constituyen un testimonio único acerca del hombre que marcó la historia por siempre jamás.

« Hacia mediados de la última quincena [de abril de 1821], se percibió en la noche hacia el oeste un pequeño cometa casi imperceptible; tenía, según se dice, una muy larga cabellera (en cuanto a mí, no vi nada de este cometa ni de su cabellera); era visible hacia las siete o las ocho y se mostraba en el horizonte. Cuando el Emperador se enteró de esta aparición, dijo: « Viene para marcar el término de mi carrera. » Este cometa, después de haber aparecido muchas veladas consecutivas, no fue más visible. Algunos días después, hubo un mar picado espantoso que duró dos o tres días; las olas se elevaron más alto que en las tempestades ordinarias; Derribaron las digas y se llevaron a algunas personas que estaban en el muelle. Muchos bastimentos perdieron sus anclas y se vieron obligados a largarse para evitar el peligro de venir a estrellarse contra los peñascos. Unos oficiales de marina que estaban en tierra firme, que no podían echar una balsa en la mar para alcanzar a sus equipajes, se vieron obligados a esperar, para volver a embarcarse, a que el ventarrón hubiera cesado. Parecía que el cielo y la tierra quisieran marcar por medio de algo extraordinario el término de una gran vida.

Cinco o seis días antes de su muerte, el Emperador, quien estaba entonces instalado en el salón, mandó llamar al abate Vignali y tuvo una entrevista con él. Era durante la velada, según recuerdo. Decir lo que pasó durante esa charla, es lo que nadie supo. Sin embargo, se contó que la intención del Emperador era que se hiciera saber al público que había recibido la extremaunción o que había cumplido con sus deberes religiosos. El Sr. Vignali se llevó la verdad a la tumba.

Durante las últimas y bien tristes veladas, casi todos los franceses estaban reunidos en torno al lecho del Emperador, y cada uno de ellos ambicionaba una mirada de su desdichado señor. El Emperador, percibiendo a Pierron, que estaba a la vista, le dijo, llamándole por su nombre: «Tú le dirás a todos mis domésticos que les he hecho ricos.» Estas palabras produjeron un efecto tal en los asistentes que las légrimas se mostraron en los ojos de todos, y cada uno pareció decirle: «!Sire! guardad vuestras riquezas; nuestros votos son que volváis a la salud y que por largo tiempo viváis en medio de nosotros.»

Una de las veladas siguientes, el Emperador tuvo una fiebre bastante fuerte como para hacerle delirar. Preguntó a Pierron, quien había ido al pueblo durante el día, de donde venía el barco llegado en la mañana (efectivamente, había llegado uno). «Sire, viene del Cabo», respondió Pierron. « ¿Qué trajo? ¿Tiene naranjas? – Sí Sire. – Hay que tomar muchas docenas. - Sire, he comprado. » En diferentes ocasiones, el Emperador hizo las mismas preguntas; enseguida habló del doctor Baxter, médico agregado al estado mayor del gobernador. « ¿Hace mucho que no habéis visto a Baxter? », preguntó el Emperador a Pierron. Pierron iba a decir “No” cuando, tras una señal del Gran Mariscal, dijo: « Si, Sire. Partió para Europa desde hace algún tiempo. - ¡Ah! Lo creía aquí. - No, Sire. Se fue a Inglaterra.» El doctor, hacia quien el Emperador sentía cierta antipatía, estaba en Plantation House; pero, al decir al Emperador que se había marchado, era para no causar desconcierto y agitación a su espíritu. Muchas veces durante la velada, el Emperador volvió al tema del doctor Baxter y al de las naranjas.

En la noche que siguió a esta velada, quiso levantarse. Puso los pies en el suelo. Quería, decía, ir a pasearse en el jardín. Corrimos a él y fuimos lo bastante afortunados para llegar a tiempo para sostenerle e impedir que cayera. Se desmayó en nuestros brazos, y lo pusimos de vuelta en su lecho, donde poco a poco recuperó el sentido.

Madama Bertrand, inquieta por la salud del Emperador a quien no había visto desde hacía algún tiempo, vino a verle el día siguiente. Ella le había mandado pedir en múltiples ocasiones que la recibiese, y siempre se había negado. Finalmente, enterándose de que estaba en las últimas, vino, se introdujo en el salón y avanzó cerca del lecho. El Emperador la reconoció: « ¡Ah! Madama Bertrand! », dijo. «¿Cómo se siente Vuestra Majestad?» - «¡Ay!... Así así», respondió el Emperador con una voz débil. Mirándola no profirió más palabras.

Lecho de muerte del Emperador Napoleón I
A lo largo de los años, el paradero del auténtico lecho de muerte de Napoleón, fallecido el 5 de mayo de 1821, ha dado pie a muchas polémicas y constituido por sí mismo un falso misterio, no por estar extraviado, sino por un simple problema de identificación.
El ejemplar presentado en esta imagen, perteneciente al Museo del Ejército del Hotel de Los Inválidos por donación de los príncipes Murat, es uno de los dos que fueron empleados por Napoleón durante su deportación en Santa Helena, y con certeza el que sirvió al Emperador en sus horas de agonía, a partir del momento en que se desplazó de su recámara al salón de Longwood por orden del Dr. Arnott, el 17 de abril de 1821. Al hacerlo, dejó tras de sí una segunda cama que, como lo señalan los testigos de la deportación, comportaba ornamentos en forma de águilas de su platería, mismas que como podemos constatar, la de nuestra foto no posee.
Por consiguiente, se deduce fácilmente que este mueble conocido como la « cama Murat », es el lecho en el que el gran Napoleón I rindió su último suspiro.

En el lugar que ocupaba el lecho del Emperador, había habido una consola sobre la cual estaba el busto del Rey de Roma, y, sobre él, estaba enganchado el retrato del joven príncipe de pie. Este cuadro había permanecido colgado. Las cortinas del lado del muro estaban levantadas. El Emperador, levantando los ojos, podía fácilmente percibir el retrato. Viendo que dirigía frecuentemente sus miradas de ese lado, se juzgó conveniente descolgar el cuadro y ponerlo en otro lugar donde no pudiera verlo. Por un tiempo, lo buscó con la mirada y, observando uno tras otro a los que estaban cerca de la cama, parecía decirles: «¿Dónde está mi hijo? ¿Qué habéis hecho con mi hijo?».
El mismo día, creo, habló con Noverraz, quien, desde hacía tiempo, había permanecido en cama a causa de una enfermedad muy seria y que, comenzando a restablecerse, había realizado todos sus esfuerzos para venir a ver al Emperador. « Estás bien cambiado », le dijo al divisarlo.

El día siguiente, creo, hacia mediados de la tarde, Marchand, hallándose solo frente al lecho, habiendo notado que los rasgos del Emperador estaban inmóviles, y creyendo que era un indicio del término próximo de su existencia, le besó la mano e, inmediatamente después, dirigió sus pasos hacia el pequeño jardín, el bosquecillo, donde yo estaba en ese momento para tomar aire y caminar un poco. Me dijo lo que acababa de hacer y añadió que yo podía ir a hacer lo mismo. De inmediato, uno y otro, entramos al salón y, con el pecho oprimido, con las lágrimas en los ojos, me acerco al lecho del Emperador y poso mis labios temblorosos sobre esa mano que tantas veces había sentido en mis mejillas, y que recientemente había escrito mi nombre en el testamento. Mi emoción fue tan grande y tan viva después de esta acción me apresuré a alejarme de la cama, por miedo a que mis sollozos hicieran salir al Emperador de su adormecimiento. Todas las veces que pienso en ese momento en que mis labios rozaron la mano del Emperador, siento mi corazón palpitar y mis ojos llenarse de lágrimas.

Los señores Arnott y Antommarchi, viendo que el Emperador estaba de lo más bajo, se consultaron para saber si administrarían una porción de calomel (mercurio suave). Se pusieron de acuerdo y dieron la poción. Antes de esto, había habido una consultación donde Antommarchi, a la cual habían sido admitidos los señores Schort [Shortt] y Mitchell.

Precedentemente, se habían aplicado vesicatorias en los muslos del enfermo; pero no se había obtenido ningún efecto: no habían prendido. La poción hizo efecto, determinó una fuerte evacuación de una materia negruzca y espesa y en parte dura, que se parecía a la pez o al alquitrán.

Como el Emperador estaba extremamente débil, nos vimos en la imposibilidad de cambiarlo de cama, como lo habíamos hecho dos días antes. Entonces todavía había podido hacer uso de su guardarropa; pero, esta vez, debimos contentarnos, no pudiendo hacer nada mejor, con cambiar solamente la sábana inferior. Esta operación no se hizo sin dificultad. A fin de poder quitarlo más fácilmente, subí sobre los dos triángulos de la cama que forman los dos lados y, pasando mis brazos bajo los riñones del Emperador juntando mis manos, lo levanté lo bastante alto para que Marchand y otro más pudiesen quitar la sábana llena de todo lo que había salido del cuerpo enfermo. La posición en la que me encontraba era tanto más molesta cuanto que el Emperador todavía estaba muy pesado y que yo no tenía ningún punto de apoyo. En esta circunstancia, me hizo sentir que conservaba todavía suficiente fuerza; pues, cuando yo sostenía su cuerpo como suspendido, me dio un golpe en el flanco exclamando: « ¡Ah, bribón! Me lastimas ». Logramos por fin limpiarlo y deslizarlo en otra sábana. Fui yo quien fui a mostrar a los médicos ingleses la sábana que acabábamos de quitar, pasándoselas por la ventana desde el lugar donde estaba habitualmente nuestro chino.

El Emperador, desde su fuerte fiebre, había tenido todavía otros accesos de delirio, pero apenas le quitamos la sábana sucia de debajo de él, y que estuvo un poco reposado, volvió enteramente a su buen sentido y habló como si no hubiera tenido más que una simple indisposición. Lo creímos salvado; pero los médicos nos dijeron que la mejora que veíamos sólo sería pasajera. Efectivamente, nuestra ilusión se disipó bien pronto, pues, el día siguiente, el Emperador estuvo peor que nunca; articulaba solo algunas palabras con mucha dificultad; sus pies estaban fríos.
De vez en cuando, pedía un poco de vino, lo cual nos apresurábamos a darle. Decía después de haber bebido algunas gotas: « ¡Alí! ¡que bueno está, ¡ah, que bueno está el vino! » El día anterior o el de antes, ya había tenido hipo, que desde entonces ya nunca le dejó. Al ser el pulso casi insensible en la muñeca, había que recurrir a la yugular. Para recalentarle los pies, los envolvíamos en toallas calientes. Una vez que le puse una un poco demasiado caliente, retiró sus pies bastante vivamente. Un poco de agua azucarada que le dábamos sostenía todavía el poco de vida que le quedaba. Durante la velada, cambió considerablemente y, en la noche, parecía casi destruido.

La velada transcurrió en la calma más triste. Nos esperábamos a cada instante a verle exhalar el último suspiro, y en todo momento uno u otro de nosotros iba a su cama para asegurarse que respiraba aún. Estaba apacible y adormecido. De vez en cuando arrojaba, y lo que despedía parecía sedimento de café, de un color un poco rojizo como el chocolate. Su chaleco de franela y la parte de la sábana que cubría su pecho estaban manchados de ello.

Camisa que vestía el Emperador Napoleón al momento de morir

Durante los cuarenta y tantos días que el Emperador estaba en cama, nosotros que estuvimos constantemente junto a él para servirle, estábamos tan cansados y teníamos tanta necesidad de reposarnos que, en la noche, no pudimos dominar el sueño. La tranquilidad que reinaba en el apartamento lo favoreció. Unos y otros, sobre sillas, sillones o canapés, tomamos algunos instantes de reposo. Si nos despertábamos, corríamos rápidamente al lecho, escuchábamos con mucha atención para oír el aliento, y hacíamos escurrir en la boca del Emperador, que estaba un poco abierta, una o dos cucharadas de agua azucarada para refrescársela. Examinábamos el rostro del enfermo tanto como lo permitía el reflejo de la luz del candelabro, oculto detrás del biombo que estaba frente a la puerta del comedor. Así fue como transcurrió la noche.

Hacia las cuatro de la mañana, el poco reposo que habíamos tomado había hecho desaparecer enteramente el sueño. Fuimos junto a la cama; la respiración que escapaba de la boca del Emperador era tan débil que creímos por un momento que ya no existía. Aproximamos la luz: tenía los ojos abiertos, pero parecían paralizados; la boca estaba un poco abierta.

Desde ese momento, nos alejamos más de la cama y, en instantes bastante cercanos, dábamos al moribundo algunas gotas de agua que pasaba con dificultad. Toda la jornada transcurrió sin ningún cambio sensible. Los dos médicos, el Gran Mariscal y Madama Bertrand, el general Montholon, Marchand y las personas de la casa estaban formados en gran parte frente al lecho, y algunas más del lado opuesto; todos tenían los ojos fijos en la figura del Emperador, que no tenía otro movimiento que el movimiento convulsivo que le daba el hipo. Era Antommarchi quien, colocado en la cabecera de la cama, daba un poco de agua al Emperador, para humectar la boca, primero con una cuchara, enseguida con una esponja. Frecuentemente le tomaba el pulso, ya sea en la muñeca, o en la yugular. La víspera, le había puesto sinapismos en los pies y una vesicatoria sobre el estómago. Esto no produjo otro efecto que hacer que la piel se levantara por partes.

« Napoleón muerto con la Legión de Honor, por él fundada », por Georges Rouget; 1846.

Hacia la mitad de la jornada, los hijos del Gran Mariscal vinieron a ver al Emperador; creo que el mayor, Napoleón, se sintió mal.

Salvo por algunos momentos de ausencia de unos y otros para ir a tomar algunos alimentos, todo el mundo permaneció constantemente junto al Emperador de quien próximamente la vida iba a retirarse. Finalmente, a las seis y diez minutos de la tarde, el 5 de mayo, un minuto y medio después del cañonazo de la retreta, el Emperador expiró. Cada soplo, que primero había estado regularmente espaciado, se hizo progresivamente y sucesivamente más alejado, y el último, más lento que los que lo habían precedido, no fue más que la expiración de un suspiro prolongado. En vano esperamos otra aspiración y otra expiración... ¡Ay! ¡No quedaba del Emperador más que restos mortales!...
En ese momento supremo, todos los ojos se llenaron de lágrimas. ¡Qué triste espectáculo, la muerte de un gran hombre y de un hombre de la talla de Napoleón!
Si sus enemigos hubiesen estado ahí presentes, sus ojos también se hubieran mojado y hubiesen llorado sobre ese cuerpo privado de vida.

Cuando todos los asistentes se encontraron un poco restablecidos de su dolorosa emoción, el Gran Mariscal se levantó de su sillón y, el primero, besó la mano del Emperador, y todos, sin excepción, siguieron su ejemplo. Entonces los sollozos estallaron con más fuerza y las lágrimas corrieron con mayor abundancia. ¡Qué penosos y dolorosos momentos! ¡Qué tema de reflexión y de meditación! El que ahora está sin movimiento y sin vida había comandado toda Europa; había visto a sus pies a los príncipes, los reyes, los emperadores, las naciones; todos esperaban entonces su orden para obedecer a sus menores voluntades; a su voz, a su gesto, a su mirada, todo se animaba inmediatamente. »

Ver también en este sitio: La liberación: la muerte del Emperador, por Louis Marchand.