
EL
ÚLTIMO COMBATE
La muerte del
Emperador |
| «
La imagen del Emperador está
constantemente presente ante mí
y no dejaré de verla sino
hasta que la muerte aniquile mis
sentidos. ¿Cómo
olvidar a un padre, a un bienhechor?
¿Cómo no recordar
los rasgos de su rostro, toda
su persona, el poder de sus armas,
la gloria de su reino, el prestigio
de su nombre? ¿Cómo
olvidar sus desdichas, su cautiverio,
su muerte, su cortejo y finalmente
su féretro en la tumba?
Está y permanecerá
grabado en mi corazón.
Todo lo que él es, todo
lo que emanó de él
se perpetuará de era en
era; los siglos por venir sabrán
que los franceses tuvieron a su
cabeza a un hombre prodigioso
que llevaba el nombre de Napoleón
» Louis-Étienne Saint-Denis,
“Alí”. |
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| «
Muerte
del Emperador Napoleón »,
por Martinet. |
|
Por
Louis-Etienne Saint Denis,
alias el Mameluco “Alí” (1788-1856)
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El
Mameluco «
Alí ».
Imaginado por Jazet. |
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El
legendario Louis-Etienne Saint-Denis,
nacido en Versalles en 1788, entra
en 1806 al servicio de Napoleón.
En 1811, pasa al servicio interior
como segundo « mameluco ».
Recibirá desde entonces el
nombre de Alí, por voluntad
del Emperador Napoleón.
Falso mameluco, Alí
será sin embargo un veraz testigo
así como uno de los más
fieles sujetos del Emperador. En efecto,
Alí anota todo en detalle,
desde la campaña de Rusia hasta
la muerte del Emperador, pasando por
el primer exilio en la isla de Elba,
la derrota de la armada francesa en
Waterloo y el embarque hacia la deportación
a Santa Elena, donde además
fungirá como bibliotecario
del Emperador. Como lo escribe Jean-Paul
Kauffmann: « Alí es la
memoria visual del cautiverio ».
Publicados por primera vez en 1926,
los Recuerdos del Mameluco
Alí sobre el Emperador Napoleón
constituyen un testimonio único
acerca del hombre que marcó
la historia por siempre jamás. |
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« Hacia
mediados de la última quincena [de abril
de 1821], se percibió en la noche hacia
el oeste un pequeño cometa casi imperceptible;
tenía, según se dice, una muy larga
cabellera (en cuanto a mí, no vi nada de
este cometa ni de su cabellera); era visible hacia
las siete o las ocho y se mostraba en el horizonte.
Cuando el Emperador se enteró de esta aparición,
dijo: « Viene
para marcar el término de mi carrera.
» Este cometa, después de haber aparecido
muchas veladas consecutivas, no fue más
visible. Algunos días después, hubo
un mar picado espantoso que duró dos o
tres días; las olas se elevaron más
alto que en las tempestades ordinarias; Derribaron
las digas y se llevaron a algunas personas que
estaban en el muelle. Muchos bastimentos perdieron
sus anclas y se vieron obligados a largarse para
evitar el peligro de venir a estrellarse contra
los peñascos. Unos oficiales de marina
que estaban en tierra firme, que no podían
echar una balsa en la mar para alcanzar a sus
equipajes, se vieron obligados a esperar, para
volver a embarcarse, a que el ventarrón
hubiera cesado. Parecía que el cielo y
la tierra quisieran marcar por medio de algo extraordinario
el término de una gran vida.
Cinco o seis días
antes de su muerte, el Emperador, quien estaba
entonces instalado en el salón, mandó
llamar al abate Vignali y tuvo una entrevista
con él. Era durante la velada, según
recuerdo. Decir lo que pasó durante esa
charla, es lo que nadie supo. Sin embargo, se
contó que la intención del Emperador
era que se hiciera saber al público que
había recibido la extremaunción
o que había cumplido con sus deberes religiosos.
El Sr. Vignali se llevó la verdad a la
tumba.
Durante
las últimas
y bien tristes veladas, casi todos
los franceses estaban reunidos en torno
al lecho del Emperador, y cada uno de
ellos ambicionaba una mirada de su desdichado
señor. El Emperador, percibiendo
a Pierron, que estaba a la vista, le dijo,
llamándole por su nombre: «Tú
le dirás a todos mis domésticos
que les he hecho ricos.»
Estas palabras produjeron un efecto tal
en los asistentes que las légrimas
se mostraron en los ojos de todos, y cada
uno pareció decirle: «!Sire!
guardad vuestras riquezas; nuestros votos
son que volváis a la salud y que
por largo tiempo viváis en medio
de nosotros.»
Una de
las veladas siguientes, el Emperador tuvo
una fiebre bastante fuerte como para hacerle
delirar. Preguntó a Pierron, quien
había ido al pueblo durante el
día, de donde venía el barco
llegado en la mañana (efectivamente,
había llegado uno). «Sire,
viene del Cabo», respondió
Pierron. « ¿Qué
trajo? ¿Tiene naranjas?
– Sí Sire. – Hay
que tomar muchas docenas. - Sire,
he comprado. » En diferentes ocasiones,
el Emperador hizo las mismas preguntas;
enseguida habló del doctor Baxter,
médico agregado al estado mayor
del gobernador. « ¿Hace
mucho que no habéis visto a Baxter?
», preguntó el Emperador
a Pierron. Pierron iba a decir “No”
cuando, tras una señal del Gran
Mariscal, dijo: « Si, Sire. Partió
para Europa desde hace algún tiempo.
- ¡Ah! Lo
creía aquí. - No,
Sire. Se fue a Inglaterra.» El doctor,
hacia quien el Emperador sentía
cierta antipatía, estaba en Plantation
House; pero, al decir al Emperador que
se había marchado, era para no
causar desconcierto y agitación
a su espíritu. Muchas veces durante
la velada, el Emperador volvió
al tema del doctor Baxter y al de las
naranjas.
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 |
| El
paradero del auténtico
lecho de muerte de Napoleón
es en sí mismo un misterio,
no por estar extraviado, sino
por un problema de identificación.
Éste ejemplar, perteneciente
al Museo del Ejército en
Los Inválidos, es sin embargo
uno de los dos empleados por Napoleón
durante su agonía. |
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En la noche que
siguió a esta velada, quiso levantarse.
Puso los pies en el suelo. Quería, decía,
ir a pasearse en el jardín. Corrimos a
él y fuimos lo bastante afortunados para
llegar a tiempo para sostenerle e impedir que
cayera. Se desmayó en nuestros brazos,
y lo pusimos de vuelta en su lecho, donde poco
a poco recuperó el sentido.
Madama Bertrand,
inquieta por la salud del Emperador a quien no
había visto desde hacía algún
tiempo, vino a verle el día siguiente.
Ella le había mandado pedir en múltiples
ocasiones que la recibiese, y siempre se había
negado. Finalmente, enterándose de que
estaba en las últimas, vino, se introdujo
en el salón y avanzó cerca del lecho.
El Emperador la reconoció: « ¡Ah!
Madama Bertrand! », dijo. «¿Cómo
se siente Vuestra Majestad?» - «¡Ay!...
Así así», respondió
el Emperador con una voz débil. Mirándola
no profirió más palabras.
En el lugar que
ocupaba el lecho del Emperador, había habido
una consola sobre la cual estaba el busto del
Rey de Roma, y, sobre él, estaba enganchado
el retrato del joven príncipe de pie. Este
cuadro había permanecido colgado. Las cortinas
del lado del muro estaban levantadas. El Emperador,
levantando los ojos, podía fácilmente
percibir el retrato. Viendo que dirigía
frecuentemente sus miradas de ese lado, se juzgó
conveniente descolgar el cuadro y ponerlo en otro
lugar donde no pudiera verlo. Por un tiempo, lo
buscó con la mirada y, observando uno tras
otro a los que estaban cerca de la cama, parecía
decirles: «¿Dónde
está mi hijo? ¿Qué habéis
hecho con mi hijo?».
El mismo día, creo, habló con Noverraz,
quien, desde hacía tiempo, había
permanecido en cama a causa de una enfermedad
muy seria y que, comenzando a restablecerse, había
realizado todos sus esfuerzos para venir a ver
al Emperador. « Estás
bien cambiado », le dijo al divisarlo.
El día
siguiente, creo, hacia mediados de la tarde, Marchand,
hallándose solo frente al lecho, habiendo
notado que los rasgos del Emperador estaban inmóviles,
y creyendo que era un indicio del término
próximo de su existencia, le besó
la mano e, inmediatamente después, dirigió
sus pasos hacia el pequeño jardín,
el bosquecillo, donde yo estaba en ese momento
para tomar aire y caminar un poco. Me dijo lo
que acababa de hacer y añadió que
yo podía ir a hacer lo mismo. De inmediato,
uno y otro, entramos al salón y, con el
pecho oprimido, con las lágrimas en los
ojos, me acerco al lecho del Emperador y poso
mis labios temblorosos sobre esa mano que tantas
veces había sentido en mis mejillas, y
que recientemente había escrito mi nombre
en el testamento. Mi emoción fue tan grande
y tan viva después de esta acción
me apresuré a alejarme de la cama, por
miedo a que mis sollozos hicieran salir al Emperador
de su adormecimiento. Todas las veces que pienso
en ese momento en que mis labios rozaron la mano
del Emperador, siento mi corazón batir
y mis ojos llenarse de lágrimas.
Los señores
Arnott y Antommarchi, viendo que el Emperador
estaba de lo más bajo, se consultaron para
saber si administrarían una porción
de calomel
(mercurio suave). Se pusieron de
acuerdo y dieron la poción. Antes de esto,
había habido una consultación donde
Antommarchi, a la cual habían sido admitidos
los señores Schort [Shortt] y Mitchell.
Precedentemente,
se habían aplicado vesicatorias en los
muslos del enfermo; pero no se había obtenido
ningún efecto: no habían prendido.
La poción hizo efecto, determinó
una fuerte evacuación de una materia negruzca
y espesa y en parte dura, que se parecía
a la pez o al alquitrán.
Como el Emperador
estaba extremamente débil, nos vimos en
la imposibilidad de cambiarlo de cama, como lo
habíamos hecho dos días antes. Entonces
todavía había podido hacer uso de
su guardarropa; pero, esta vez, debimos contentarnos,
no pudiendo hacer nada mejor, con cambiar solamente
la sábana inferior. Esta operación
no se hizo sin dificultad. A fin de poder quitarlo
más fácilmente, subí sobre
los dos triángulos de la cama que forman
los dos lados y, pasando mis brazos bajo los riñones
del Emperador juntando mis manos, lo levanté
lo bastante alto para que Marchand y otro más
pudiesen quitar la sábana llena de todo
lo que había salido del cuerpo enfermo.
La posición en la que me encontraba era
tanto más molesta cuanto que el Emperador
todavía estaba muy pesado y que yo no tenía
ningún punto de apoyo. En esta circunstancia,
me hizo sentir que conservaba todavía suficiente
fuerza; pues, cuando yo sostenía su cuerpo
como suspendido, me dio un golpe en el flanco
exclamando: « ¡Ah,
bribón! Me lastimas ». Logramos
por fin limpiarlo y deslizarlo en otra sábana.
Fui yo quien fui a mostrar a los médicos
ingleses la sábana que acabábamos
de quitar, pasándoselas por la ventana
desde el lugar donde estaba habitualmente nuestro
chino.
El Emperador, desde su
fuerte fiebre, había tenido todavía
otros accesos de delirio, pero apenas
le quitamos la sábana sucia de
debajo de él, y que estuvo un poco
reposado, volvió enteramente a
su buen sentido y habló como si
no hubiera tenido más que una simple
indisposición. Lo creímos
salvado; pero los médicos nos dijeron
que la mejora que veíamos sólo
sería pasajera. Efectivamente,
nuestra ilusión se disipó
bien pronto, pues, el día siguiente,
el Emperador estuvo peor que nunca; articulaba
solo algunas palabras con mucha dificultad;
sus pies estaban fríos.
De vez en cuando, pedía un poco
de vino, lo cual nos apresurábamos
a darle. Decía después de
haber bebido algunas gotas: « ¡Alí!
¡que bueno está, ¡ah,
que bueno está el vino!
» El día anterior o el de
antes, ya había tenido hipo, que
desde entonces ya nunca le dejó.
Al ser el pulso casi insensible en la
muñeca, había que recurrir
a la yugular. Para recalentarle los pies,
los envolvíamos en toallas calientes.
Una vez que le puse una un poco demasiado
caliente, retiró sus pies bastante
vivamente. Un poco de agua azucarada que
le dábamos sostenía todavía
el poco de vida que le quedaba. Durante
la velada, cambió considerablemente
y, en la noche, parecía casi destruido.
La velada transcurrió
en la calma más triste. Nos esperábamos
a cada instante a verle exhalar el último
suspiro, y en todo momento uno u otro
de nosotros iba a su cama para asegurarse
que respiraba aún. Estaba apacible
y adormecido. De vez en cuando arrojaba,
y lo que despedía parecía
sedimento de café, de un color
un poco rojizo como el chocolate. Su chaleco
de franela y la parte de la sábana
que cubría su pecho estaban manchados
de ello.
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| Camisa
que vestía el Emperador
Napoleón al momento de
morir |
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Durante los cuarenta
y tantos días que el Emperador estaba en
cama, nosotros que estuvimos constantemente junto
a él para servirle, estábamos tan
cansados y teníamos tanta necesidad de
reposarnos que, en la noche, no pudimos dominar
el sueño. La tranquilidad que reinaba en
el apartamento lo favoreció. Unos y otros,
sobre sillas, sillones o canapés, tomamos
algunos instantes de reposo. Si nos despertábamos,
corríamos rápidamente al lecho,
escuchábamos con mucha atención
para oír el aliento, y hacíamos
escurrir en la boca del Emperador, que estaba
un poco abierta, una o dos cucharadas de agua
azucarada para refrescársela. Examinábamos
el rostro del enfermo tanto como lo permitía
el reflejo de la luz del candelabro, oculto detrás
del biombo que estaba frente a la puerta del comedor.
Así fue como transcurrió la noche.
Hacia las cuatro
de la mañana, el poco reposo que habíamos
tomado había hecho desaparecer enteramente
el sueño. Fuimos junto a la cama; la respiración
que escapaba de la boca del Emperador era tan
débil que creímos por un momento
que ya no existía. Aproximamos la luz:
tenía los ojos abiertos, pero parecían
paralizados; la boca estaba un poco abierta.
Desde ese momento,
nos alejamos más de la cama y, en instantes
bastante cercanos, dábamos al moribundo
algunas gotas de agua que pasaba con dificultad.
Toda la jornada transcurrió sin ningún
cambio sensible. Los dos médicos, el Gran
Mariscal y Madama Bertrand, el general Montholon,
Marchand y las personas de la casa estaban formados
en gran parte frente al lecho, y algunas más
del lado opuesto; todos tenían los ojos
fijos en la figura del Emperador, que no tenía
otro movimiento que el movimiento convulsivo que
le daba el hipo. Era Antommarchi quien, colocado
en la cabecera de la cama, daba un poco de agua
al Emperador, para humectar la boca, primero con
una cuchara, enseguida con una esponja. Frecuentemente
le tomaba el pulso, ya sea en la muñeca,
o en la yugular. La víspera, le había
puesto sinapismos en los pies y una vesicatoria
sobre el estómago. Esto no produjo otro
efecto que hacer que la piel se levantara por
partes.
 |
| «
Napoleón
muerto con la Legión
de Honor, por él fundada
», por
G. Rouget; 1846. |
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|
Hacia
la mitad de la jornada, los hijos del Gran
Mariscal vinieron a ver al Emperador; creo
que el mayor, Napoleón, se sintió
mal.
Salvo por
algunos momentos de ausencia de unos y otros
para ir a tomar algunos alimentos, todo
el mundo permaneció constantemente
junto al Emperador de quien próximamente
la vida iba a retirarse. Finalmente, a las
seis y diez minutos de la tarde, el 5 de
mayo, un minuto y medio después del
cañonazo de la retreta, el Emperador
expiró. Cada soplo, que primero había
estado regularmente espaciado, se hizo progresivamente
y sucesivamente más alejado, y el
último, más lento que los
que lo habían precedido, no fue más
que la expiración de un suspiro prolongado.
En vano esperamos otra aspiración
y otra expiración... ¡Ay! ¡No
quedaba del Emperador más que restos
mortales!...
En ese momento supremo, todos los ojos se
llenaron de lágrimas. ¡Qué
triste espectáculo, la muerte de
un gran hombre y de un hombre de la talla
de Napoleón!
Si sus enemigos hubiesen estado ahí
presentes, sus ojos también se hubieran
mojado y hubiesen llorado sobre ese cuerpo
privado de vida.
Cuando todos
los asistentes se encontraron un poco restablecidos
de su dolorosa emoción, el Gran Mariscal
se levantó de su sillón y,
el primero, besó la mano del Emperador,
y todos, sin excepción, siguieron
su ejemplo. Entonces los sollozos estallaron
con más fuerza y las lágrimas
corrieron con mayor abundancia. ¡Qué
penosos y dolorosos momentos! ¡Qué
tema de reflexión y de meditación!
El que ahora está sin movimiento
y sin vida había comandado toda Europa;
había visto a sus pies a los príncipes,
los reyes, los emperadores, las naciones;
todos esperaban entonces su orden para obedecer
a sus menores voluntades; a su voz, a su
gesto, a su mirada, todo se animaba inmediatamente.
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