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LA ENSEÑANZA DEL FRANCÉS
Una presentación de la Academia Francesa con la generosa anuencia de Su Excelencia el Príncipe Gabriel de Broglie, Canciller del Instituto de Francia.
Instituto de Francia.
Por el Profesor
Léopold Sédar Senghor
Gran-Cruz de la Legión de Honor
Gran-cruz de la orden del León del Senegal, Gran cruz de la Orden Nacional del Mérito, Comendador de las Palmas Académicas, Comendador de las Artes y de las Letras, Medalla del Reconocimiento franco-aliado 1939-1945, Cruz de combatiente 1939-1945.
Sr. Sédar Senghor
Traducción de la Francósfera México-Francia
La ponencia siguiente fue pronunciada por el Sr. Senghor, el presidente-poeta, durante la Sesión pública anual de las Cinco Academias, el martes 25 de octubre de 1988 en el Palacio del Instituto de Francia, en París..

Señor Presidente,
Mis queridos Cofrades,
Señoras, Señores,

Somos hoy en día, unos cuarenta y dos Estados, que reúnen aproximadamente a 400 millones de hombres, que hemos decidido crear la Francofonía. Es decir que, en cada uno de nuestros Estados, el francés ya es enseñado como lengua nacional, lengua oficial, lengua de comunicación internacional o, simplemente, pero esencialmente, como lengua de cultura.

El problema d la enseñanza de la lengua francesa siempre ha estado ligado a su defensa, muy precisamente, desde el siglo XVI. « Defender, inventar y crear la lengua francesa », es la gran tarea que se habían asignado, durante el Renacimiento, los siete poetas de la Pléyade. Defensa e ilustración de la lengua francesa, tal es el título que Joachim du Bellay dio a su manifiesto. Dos siglos más tarde, Antoine de Rivarol retomará el tema en su Discurso sobre la universalidad de la lengua francesa.

Esto dicho, queda que el desprecio de las reglas más simples de la gramática, sin olvidar la pronunciación, y primeramente en el Hexágono, es la principal causa del retroceso del francés en el mundo. Es significativo que se encuentra, hoy en día y en los mejores diarios franceses, ya sean éstos de derecha o de izquierda, faltas de sintaxis enormes. Se comprenderá, desde ese momento, que el Sr. Jean-Pierre Chevènement, en su tiempo, haya preconizado el regreso a « la escuela primaria de Papá ». Este regreso, debemos hacerlo, en Francia, y en los países francófonos de más allá del océano, enseñando la morfología, la sintaxis y la pronunciación del francés.

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Comenzaremos por la morfología respondiendo al argumento de quienes nos presentan al francés, con su 150.000 palabras, como una lengua pobre frente al inglés, que tendría más de 400 000. Es verdad en cierto sentido, salvo que más de dos tercios de las palabras de la lengua inglesa vienen del francés, del latín o del griego. Si es cierto que los ingleses, pero sobre todo los estadounidenses, fabrican un rico vocabulario, es, fuera de los préstamos que hemos visto, al azar de la inspiración, incluso del humor.
¿Es decir que deberá quitarse, de los glosarios y léxicos de los países francófonos, que se multiplican, todo lo que podríamos hacer entrar en el Dictionnaire de l’Académie française, que, según Stendhal, « siempre dicta la ley »? ¡Que no! El buen sentido quiere que junto a ese Dictionnaire, como de los demás diccionarios de Francia, continúen constituyéndose diccionarios de los países francófonos.

Puesto que, con los diccionarios, estamos en la formación de las palabras, en su morfología, la monitora y el institutor tendrán el esmero de insistir en los diferentes elementos que componen la palabra. En verdad, es desde la edad de tres o de cuatro años, desde la guardería de niños, que se debe comenzar a enseñar, cual juegos, la lectura y la escritura del francés. Se distinguirá, junto a la raíz, los diferentes afijos que le dan todo su sentido, es decir los pre-fijos, in-fijos y su-fijos. Estos diferentes elementos que provienen, en general, del latín o del griego; es la ocasión de recordar la importancia, en la enseñanza secundaria, de las humanidades grecolatinas. Para citar el ejemplo de Senegal, fue creado en ese país, desde la independencia y en la enseñanza secundaria, una « sección clásica », que comprende el cuarto más o menos de los alumnos y en donde éstos tienen que escoger entre el árabe y el latín-griego.

No obstante, sin descuidar la morfología ni, naturalmente, la semántica o sentido de las palabras, el institutor, y luego el profesor, incluso en la universidad, se apegarán a enseñar la sintaxis, en donde se revela el genio del pueblo de Francia. La sintaxis, es decir no solo el orden de las palabras en la proposición y de las proposiciones en la frase, sino aún sus otras relaciones. Es ahí, en efecto, donde aparece la más auténtica del genio francés: de la francidad (1), como me gusta decirlo. Pero es ahí también, y no en la política ni la economía, que se manifiesta el mayor peligro que amenaza a Francia, y la Francofonía con ella.

Es significativo, una vez más, que hallemos, en los mejores diarios franceses, faltas de sintaxis enormes, como « bien que » [«aunque»], o incluso « malgré que » [«a pesar de que»], seguidos del verbo en indicativo, o aún « si » con el verbo en futuro del mismo modo (2). Me sorprendí, en su momento, de que un candidato del Concurso Charles-Hélou preguntara la simplificación de las reglas de la gramática francesa, juzgadas demasiado difíciles. Y que nos propusiera, además de la « simplificación de la ortografía », el abandono de la concordancia de los tiempos, y de ciertos empleos del subjuntivo, y de las reglas de concordancia del participio pasado.

Si siguiésemos esta lógica de la facilidad, ya no nos quedaría más que votar por la promoción del esperanto. Lo que este último no tiene, y para ser serio, las demás lenguas indoeuropeas, son las cualidades que, de los siglos XIII al XX, han hecho del francés una suerte de latín, mejor, de griego moderno, es decir la lengua de la diplomacia puesto que de la cultura europea. Estas cualidades, son esencialmente la lógica en la elegancia y la claridad en el matiz. La lógica, es decir la coherencia que exige la justeza de las ideas. La elegancia, quiero decir la brevedad donosa que hace el encanto del francés en el sentido etimológico de la palabra. En cuanto a la claridad, además de las cualidades evocadas, se apoya sobre la precisión de los detalles, pero matizada por lo que escapa a los hechos, a los substantivos, para refugiarse en los adjetivos o calificativos.

Estas cualidades mencionadas del francés, las hallamos en los substantivos, las más veces heredados del latín o del griego, pero sobre todo en los verbos, en los que me detendré comparando el francés a las lenguas aglutinantes de África. Aquí, las distinciones se hallan esencialmente en los sistemas verbales, más precisamente en las realidades de los tiempos y de los aspectos. Mientras que el francés insiste en el tiempo, es decir en el momento preciso en el que pasa la acción en relación con el sujeto parlante, el africano lo hace sobre el aspecto, que es la manera concreta como se desarrolla la acción o bien se presenta el estado expresado por el verbo. De ahí, en África, la abundancia de los aspectos y, en Francia, la de los tiempos.

Si tomo el francés como modelo de lengua indoeuropea, es, por supuesto, porque estamos en Francia. Es sobre todo porque la lengua de Descartes es la más racional, de inicio, la más significativa en el ámbito considerado. Frente a ella, elegiré el wolof, que es una lengua aglutinante de clases nominales, como lo son la mitad de las lenguas africanas, entre ellas el antiguo egipcio.

Ahora pues, el francés, en el sistema verbal, pone el acento en el tiempo cuando el wolof lo hace en el aspecto. Así es como en el modo indicativo, el francés tiene ocho tiempos, sin contar los tiempos sobrecompuestos, mientras que el wolof no tiene más que cinco. Pero el wolof, en el pretérito del indicativo, que corresponde al imperfecto del francés, tiene cuatro aspectos según si la acción o el estado pertenecen a un pasado reciente o habitual, cercano o lejano.

A la complejidad de los aspectos del verbo en las lenguas africanas corresponde la de los tiempos en francés. Nos queda que tenemos que hablar también de los modos, que son otra riqueza de la lengua francesa. En ellos distinguimos cuatro modos personales, que son de un empleo delicado, sin olvidar los modos impersonales que son el infinitivo, el participio y el gerundio. Esto equivale a decir que el profesor de francés, si no el institutor, pero sobre todo en África, deberá insistir en los modos más característicos: en el participio, singularmente el gerundio, pero sobre todo en el subjuntivo. Éste es, en efecto, como se ha dicho, « el modo del dinamismo psíquico ». Más que cualquier otro, expresa la sensibilidad francesa en su riqueza matizada.

Avanzaré en la sintaxis hablando de la concordancia de los tiempos, que es precisamente el conjunto de las reglas que son las más características del genio francés. Para simplificar, se trata, en una frase compuesta por una proposición principal y una subordinada, de establecer una correspondencia entre el tiempo del verbo de la principal y el del verbo de la subordinada. Hay allí, que se trate del empleo de los tiempos o de los modos, una serie de reglas que el maestro tendrá que enseñar cuidadosamente a sus alumnos, sin olvidar los casos de discordancia. El caso más típico es aquel donde el verbo de la subordinada expresa una verdad general. Como en la frase: « La naturaleza ha hecho que el hijo se parece a la madre. » El verbo de la subordinada está en presente del indicativo, mientras que el de la principal está en pasado.

Con la concordancia de los tiempos, estamos en el corazón mismo de la sintaxis, donde encontramos, una vez más, la diferencia entre el genio albo-europeo, más precisamente francés, y el genio africano. Éste último creó una sintaxis de yuxtaposición y de coordinación; el primero, una sintaxis de subordinación. « La sintaxis francesa es incorruptible », nos dijo Rivarol. En verdad, lo que hace la fuerza de la lengua francesa, lo que la impuso, en su tiempo, a Europa, lo que puede hacer de ella, en el transcurso del tercer milenio, una lengua universal, es su sintaxis.

Naturalmente, la sintaxis africana no ignora la subordinación con sus conjunciones, ni la sintaxis francesa, el estilo narrativo, hecho de proposiciones yuxtapuestas o coordenadas, como en la poseía. Es simplemente una cuestión de estilo, quiero decir de cultura, la cultura estando definida como el espíritu de una civilización.
Por supuesto, para ser completo, me hubiera debido hablar del empleo de las mayúsculas como signos de puntuación, ámbitos en los que se distinguen los franceses. Dicho esto, pienso menos en la reglas de gramática propiamente dichas que en la estilística. Cuando Jean-Paul Sartre, hablando de la negritud, la presenta como la esperanza de « descubrir la Esencia negra en el pozo de su corazón », la primera e de la esencia toma una mayúscula filosófica. Por otro lado, cuando el orden de las palabras en la frase ya no es el de la lógica gramatical, —sujeto, verbo, complemento de objeto, complemento circunstancial—, se recuadra, por medio de comas, las palabras o expresiones así puestas de relieve, sin olvidar aquellas puestas, por así decirlo, entre paréntesis. Es el caso en esta frase de Jacqueline de Romilly, tomada de una obra sobre Los Sofistas en la Atenas de Pericles (3): « Hipias, lo hemos visto, da, al menos en Xenofón, una definición muy relativista de la ley, asumida como una convención ». No es casualidad si he citado dos profesores.

En todo caso el institutor insistirá en la pronunciación del francés. Escúchese solamente, y en París, a los hombres y mujeres de la burguesía, cuya pronunciación nos es presentada como el modelo, incluso los speakers de la Radiotelevisión francesa. Se puede oír frases como esta: « Quanta je suis à la campagne, je suis souvent dérangé, soite le matin, soite le soir par mes voisins ». (4) Así es como señalamos por doquier, y en todos los medios, esas faltas que consisten en pronunciar una consonante al final de una palabra, e incluso a añadirle una e, que no es muda. Es el caso sobre todo en palabras como fait [hecho] y but [objetivo], en las que la t final no debe pronunciarse.

La principal cualidad de la pronunciación francesa es su nitidez, mejor aún, su precisión matizada. Así es como no hay vocales medias. Cualquiera que sea su posición, que lleven o no el acento de intensidad, las vocales francesas siempre son abiertas o cerradas. Por otro lado, la mayoría de los fonemas, así sean vocales, consonantes o semiconsonantes, están articulados en la parte anterior de la boca. Es lo que les da la nitidez evocada. Salvo los labios, que se abren y se cierran sin contracción, nada en la cara debe moverse. A la elegancia de la pronunciación francesa debe responder, en efecto, un rostro no menos elegante puesto que calmado.

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Es tiempo de concluir. Lo haré brevemente.
Que se trate de la morfología, de la sintaxis, incluso de la pronunciación, lo que caracteriza la lengua francesa, es, más allá de la riqueza de sus medios, la claridad de los principios que presiden su uso, donde la excepción confirma la regla. Es porque aquí la claridad está completada por los matices, y la armonía enriquecida por sus componentes. Hoy, más que nunca, cuando, nolentes volentes, nos encaminamos hacia la Civilización de lo Universal, el francés puede, debe ser la lengua del nuevo humanismo.

NOTAS:
1) Francidad: « conjunto de valores de la lengua y de la cultura, por consiguiente, de la civilización francesa ».
2) Por ejemplo decir « si tendré » en vez de « si tuviese ».
3) Les Sophistes dans l’Athènes de Périclès.
4) « Cuando estoy en el campo, a menudo soy molestado, ora en la mañana, ora en la noche por mis vecinos ».

Instituto de Francia.

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