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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
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LAS ACADEMIAS SIRVEN COMO CUSTODIAS DE LA CIVILIZACIÓN
Instituto de Francia.
Entrevista con el Príncipe
GABRIEL DE BROGLIE
CANCILLER DEL INSTITUTO DE FRANCIA
Comendador de la Legión de Honor, Caballero de la Orden Nacional del Mérito, Comendador de las Artes y las Letras,
Comendador de las Palmas Académicas
El Príncipe de Broglie
Entrevista realizada por Luisa Corradini.

«Los académicos somos custodios de la civilización. La heredamos, la mantenemos y la transmitimos. Pero hay un problema: la civilización evoluciona, y hay que pensar no sólo en la de ayer, sino también en la de hoy y en la de mañana », dice el príncipe Gabriel de Broglie, descendiente de una familia ilustre.

A los 77 años, Gabriel de Broglie ha pasado su vida al servicio del Estado y de la cultura. Dos veces académico (miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas y de la Academia Francesa), historiador, autor de más de una quincena de ensayos y novelas, este hombre afable tiene, desde 2005, la enorme responsabilidad de ser canciller del Instituto de Francia. El organismo, creado en 1795, recibe en su seno a las cinco academias que existen en este país: la Francesa (de la lengua), la de Letras e Inscripciones, la de Ciencias Morales y Políticas, la de Ciencias y la de Bellas Artes.

En 1635, cuando el cardenal de Richelieu fundó la Academia Francesa, hacía pocos años que la familia del príncipe Gabriel de Broglie había dejado su Piamonte natal para instalarse en Francia. François-Marie de Broglie (1611-1656) fue el primero de esa prestigiosa dinastía que se distinguió al servicio de Francia. En recompensa, fue nombrado teniente general de los ejércitos del rey en 1650. Desde entonces, la familia del actual canciller del Instituto de Francia estuvo presente en los momentos fundamentales de la historia de la nación, a la cual le ha dado una lista impresionante de mariscales, embajadores, ministros, filósofos, escritores, científicos, cinco académicos y un premio Nobel.

« Los Broglie son un regalo de esos que Italia le suele hacer a Francia desde el Renacimiento », dijo el historiador Maurice Druon el 1° de agosto de 2002, cuando recibió a Gabriel de Broglie como nuevo miembro de la Academia Francesa.

- Cuando usted fue recibido como miembro de la Academia Francesa, Maurice Druon terminó su discurso diciendo: « Somos custodios de civilización ». ¿Es eso ser académico?

- Ser custodios de la civilización es probablemente todo el problema de las Academias actuales. Es cierto que lo somos. Heredamos la civilización, la mantenemos y la transmitimos. Pero la civilización es algo que evoluciona. Estoy de acuerdo con esa fórmula, a condición de que no se trate de mantener la civilización anterior, sino de mantener « la » civilización. La de hoy y la de mañana.

- ¿De qué forma evolucionó el Instituto de Francia?

- Primero estuvieron las Academias Reales, que fueron fundadas durante el Antiguo Régimen: en 1635, en el caso de la Academia Francesa (de la lengua). La Revolución Francesa suprimió las Academias Reales, pero creó el Instituto de Francia, con una misión comparable. El Instituto tenía, sin embargo, un nuevo espíritu: el de los filósofos del siglo XVIII, de las Luces y de la razón. Es por eso que, poco después, el joven Napoleón Bonaparte fue tan feliz de haber sido nombrado miembro del Instituto. Lo fue en la sección de matemáticas.

- Mucha gente ignora que Napoleón era absolutamente brillante en matemáticas y que poseía una enorme cultura

- En efecto, era brillante. Y estaba orgulloso de ser miembro del Instituto, por lo que favoreció su existencia. Después de la caída de Napoleón y la restauración de la realeza, Luis XVIII restableció las antiguas academias reales para asegurar la continuidad. Desde entonces vivimos en esa simbiosis de antigua tradición real y modernidad napoleónica. Hoy es necesario preguntarse para qué sirven las academias en el siglo XXI. Esa es la gran pregunta.

- ¿Y cuál es la respuesta?

-Que tenemos un gran desafío. La sociedad cambia tan rápidamente que debemos definir lo que debe ser hoy el espíritu académico y lo que será mañana. Así volvemos a lo que decíamos hace un momento: tradición, investigación, creación, transmisión.

Napoleón el Grande
Estatua de Laurent-Philippe Roland (1746-1816) en la Academia Francesa.

- Hay en los últimos tiempos una suerte de desafección de la nuevas generaciones de escritores, que no quieren transformarse en académicos. ¿A qué atribuye esa actitud?

- Antes que nada es necesario destacar el hecho inhabitual de que nueve académicos murieron en un lapso extremadamente corto. Actualmente hay siete asientos vacíos sobre 40. Es considerable y angustiante. Pero volvamos a la generación actual de escritores franceses. Se trata de una generación brillante y numerosa. Los novelistas de hoy escriben con toda la libertad de creación de la lengua moderna, pero tratan muy bien el francés. Estos escritores, es verdad, no siempre están dispuestos a venir a la Academia.

- ¿Y por qué?

- Por que es gente muy ocupada. Muchos de esos escritores llegan a vivir de sus libros. Pero en el mundo actual han desaparecido los círculos literarios y los salones para ser reemplazados por una sociedad donde cada uno está un poco aislado y en contacto con el mundo a través de ese potente instrumento que es el audiovisual, la televisión. Esos jóvenes escritores no se sienten demasiado atraídos por un trabajo exigente y vitalicio. Pero además escogen las formas de mediatización. Y esas formas no son necesariamente las de la Academia. Nuestras sesiones solemnes, a las cuales el público es extremadamente fiel, no son exactamente la forma preferida de mediatización que buscan las nuevas generaciones.

- ¿Acaso el Instituto ha organizado alguna forma de reflexión para hallar respuestas a esta situación inédita?

- No, no hay grupo ni comisión. La vida decidirá. Pero la reflexión sobre lo que es una academia en el siglo XXI nació de un encuentro entre académicos europeos que yo mismo organicé aquí en París en octubre 2007. Hubo 61 academias invitadas y asistieron más de 80 académicos. Mi intención era crear ocasiones para que los académicos de toda Europa pudieran entrar en contacto. Debo decir que cuando algunos me preguntaron por qué nos reuníamos sólo entre europeos, contesté: « Y bien, la próxima reunión será mundial ».

- Usted evocaba el mundo mediático y, justamente, algunos historiadores afirman que ese mundo comenzó en el siglo XVIII, cuando, al regresar de su expedición a Laponia, el matemático Pierre-Louis Maupertuis prefirió publicar sus resultados en un diario en vez de dar a conocer su informe a sus pares del Instituto de Ciencias. ¿Cree usted que así fue?

- Ese fue el comienzo. Agregado al éxito de la enciclopedia, que fue una aventura elitista, más que científica. Los autores de la enciclopedia fueron desbordados por el éxito y la sociedad se abrió a todo lo que era nuevo. Ese fue, en realidad, el nacimiento de la opinión pública. Antes de que existiera la mediatización, se produjo el nacimiento de la opinión. Ese fenómeno no dejó de progresar hasta la aparición de los medios de masa. Hoy nos encontramos ante una nueva era, que comenzó en el siglo XX. Esa mediatización modifica profundamente todo: los seres humanos, las relaciones sociales Estamos lejos de haber visto todas las consecuencias. Como usted sabe, yo me ocupé mucho del audiovisual durante mi carrera. Escribí un libro sobre el tema que tiene el nombre de un proverbio chino, « Una imagen vale 10 000 palabras ». La idea es que la imagen es un lenguaje, que hay un vocabulario, una gramática de la imagen. Hay figuras de retórica, formas mediocres y elevadas, hay más o menos búsqueda intelectual. En ese libro, me pregunto por qué no enseñamos a leer las imágenes a quienes reciben ese lenguaje. A partir de allí, el audiovisual ha perdido su vocación pedagógica inicial para transformarse, desde ese punto de vista, en un verdadero fracaso.

Instituto de Francia.

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