| |
| |
| EPÍTOME
DE LA VIDA DE SU MAJESTAD |
| NAPOLEÓN
I EL GRANDE |
| EMPERADOR
DE LOS FRANCESES Y REY DE
ITALIA |
|
|
|
|
|
 |
Apoteosis
de Napoleón
Busto (detalle) por Bertel Thorvaldsen (1770-1844).
Galerías napoleónicas Ben Weider,
Museo de Bellas Artes de Montreal; MBAM ©
|
|
|
|
| Instituto
Napoleónico México-Francia, INMF. ©
Esta página
está disponible al público de manera gratuita
y puede ser reproducida con fines no lucrativos, siempre y cuando
no sea mutilada, se cite la fuente completa y su dirección
electrónica. De otra forma, requiere permiso previo por
escrito de la institución.
Página pesada, en caso de no
visualizarse algunas imágenes no olvide refrescarla pulsando
F5 |
| Por
el Profesor |
Eduardo
Garzón-Sobrado
Presidente-fundador del Instituto Napoleónico
México-Francia, INMF. |
 |
| E.
Garzón-Sobrado |
|
|
| «
La paz es la primera
de las necesidades, como la primera de las glorias
» |
| Napoleón.
|
|
|
| |
|
|
|
|
PRESENTACIÓN
A LA VIDA DE NAPOLEÓN
|
|
|
|
Por
el Señor Jean-Claude
DAMAMME
Consultor Histórico Especial del Instituto
Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica
Internacional |
| ¿Hay
acaso un personaje más universalmente
conocido que el emperador de los franceses,
Napoleón I?
Pero de igual forma, ¿hay un personaje
sobre el cual se hayan diseminado tantas calumnias
y mentiras como sobre él? Sin perjuicio
de insultos groseros.
Algunos – los más numerosos, y
esto vale esencialmente para dos países:
Francia e Inglaterra – no han querido
y siguen no viendo en él más que
a un pendenciero inveterado, responsable,
y subrayo « responsable », de la
muerte de centenas de miles de hombres, víctimas
de su ambición insaciable, dos
palabras que acompañan « fielmente
» el nombre de Napoleón.
Y esta ambición mortífera, sus
detractores la fundan sobre la estafa semántica
que constituye esta fórmula de «
guerras napoleónicas »
que conocemos bien. ¿Acaso no es cierto
que se impone en la mente que aquel cuyo nombre
permitió forjar el adjetivo en cuestión,
no puede más que ser el responsable de
las guerras que marcaron trágicamente
los años de 1800 a 1815?
Solapado y eficaz.
Pero el prodigioso administrador a quien debemos
el Código civil, la Banca de Francia,
el Consejo de Estado (encargado de aconsejar
al gobierno en materia jurídica), el
Tribunal de Cuentas (encargado de examinar los
gastos del gobierno), las prefecturas, los tribunales
de comercio, los liceos, las Magistraturas del
Trabajo (a las que se acude para defender su
caso cuando se presenta un conflicto con su
empleador), las cámaras de Comercio…
Pero el infatigable constructor que se encuentra
en el origen de obras de arte parisinas como,
entre otras, los puentes de Austerlitz, de Jena,
de las Artes; quien hizo excavar las rutas del
Monte-Cenis (que enlazan Lyon a Turín
y a Génova), del Simplón (que
une Ginebra a Milán), de Alejandría
a Savona, de Génova a Alejandría,
de Parma a La Spezia, de París a Madrid
por Bayona, de París a Amsterdam, de
París a Namur-Lieja-Hamburgo, etc., sin
menoscabo de un gran número de caminos
departamentales; que hizo cavar los canales
como el canal lateral del Loira, de Nantes a
Brest, de Lübeck a Hamburgo, del Sambre
al Escaut, del Rin al Rhône por el Doubs,
enlazando el mar del Norte al Mediterráneo.
En esto también, etc. etc.…
¿Quién se preocupa por estas admirables
facetas de un hombre admirable?
¿Quién se preocupa igualmente
de aquel Primer Cónsul Bonaparte que
recogió a una Francia destrozada por
los excesos del Terror, con sus puertos encenagados,
sus caminos hundidos, sus hospitales infectos,
su industria muerta, sus fortificaciones derrumbadas,
sus finanzas exangües, su educación
pública nula, y que hizo otra vez de
ella una gran nación con la cual las
monarquías europeas tuvieron de nuevo
que contar? Y eso para el gran pesar de Inglaterra
que, desde ese momento, se encarnizó,
primero, en eliminar físicamente al hombre
por medio de atentados perpetrados por los realistas
franceses, y luego, en arruinar al país
a golpes de guerras de Coalición pagadas
por ella.
¿Quién sabe que este mismo hombre
trajo de vuelta la paz en Francia volviendo
a abrir las iglesias, clausuradas desde la Revolución,
pacificó la Vendea que los agitadores
ingleses y realistas habían vuelto un
foco de infección política y militar…?
¿Y cómo olvidar que fue él
quien, por primera vez y a pesar de una viva
oposición, logró en 1807 dar a
los judíos, que no eran entonces más
que parias sin ningún derecho, el estatuto
de ciudadanos enteramente?
La lista sería larga de los beneficios
que el Primer Cónsul y luego Emperador
Napoleón, aportó a Francia, y
es infinitamente lamentable que, víctimas
de una activa desinformación que data
de la caída del Primer Imperio y de la
Restauración de los Borbones, los franceses,
mis compatriotas, no tengan consciencia de ello.
Decenas de miles de libros han sido consagrados
a Napoleón, ¿pero quién
podrá leerlos jamás?
El profesor Eduardo Garzón-Sobrado, presidente-fundador
del Instituto Napoleónico México-Francia,
tuvo entonces la excelente idea, y sobre todo,
la palabra no es demasiado fuerte, el valor
– pues esta empresa era un verdadero desafío
– de proponerles un condensado de los
eventos más importantes que hicieron
la vida y marcaron el reino de Napoleón.
Lo esencial de lo que se debe saber está
en estas líneas.
Le agradezco sinceramente este hermoso trabajo,
no porque es mi amigo, sino porque, por devoción
a una memoria que nos es cara a ambos, devuelve
a aquel hombre de bien que es Napoleón
la justicia que merece pero que se le niega
demasiado a menudo. |
|
|

« Tengo
algún presentimiento de que un día esta pequeña
isla sorprenderá al mundo »
Juan Jacobo Rousseau (1713-1788).
 |
Salida
del sol en las montañas corsas
Ilustración de André Castaigne
(1860-1930). |
|
|
APOLEONE
DI BUONAPARTE nació
el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio,
capital de la isla de Córcega que, desde el
15 de mayo de 1768, había pasado a ser propiedad del reino
de Francia en virtud del tratado de Versalles, convenio que sellara
la cesión de este territorio por Génova al Rey Luis
XV.
Evidentemente la transacción no se había hecho de un
simple plumazo sobre el papel, una tozuda defensa patriótica
había hecho estragos en la ínsula pero, en aquel tiempo,
la resistencia corsa ya había sido aplacada por el ocupante
francés desde el 9 de mayo de 1768 tras la victoria del conde
de Vaux, en Ponte Corvo.
Esa mañana del 15 de agosto,
la muy piadosa María Laetitia Ramolino (1749-1836),
mujer afamada por su gran belleza y apodada la « pequeña
maravilla de Ajaccio », regresa de misa a toda prisa y da a
luz « casi sin dolor » a un precioso varón, no
en la recámara, a la que no alcanza a llegar, sino en pleno
salón, a las 11 de la mañana.
Es el pequeño Napoleone, un niño diferente desde su
nacimiento. Nace con dientes y, según una leyenda romántica
tenaz, apenas parido habría sido envuelto en una alfombra antigua
en la que figuraban representados los combates de la Ilíada,
siendo el bebé elegido arrullado nada menos que por los manes
de los héroes homéricos. Un día, muchos años
después, se interrogó a Laetitia al respecto y, alzando
los hombros con una sonrisa retozona en los labios, respondió:
« ¡no tenemos alfombras en nuestras casas en Córcega,
menos aún en verano que en invierno! ». Por lo pronto,
el 21 de julio de 1771, el bambino es bautizado en la catedral
de Ajaccio por el archidiácono Luciano, su tío abuelo.
 |
|
Predilección de la familia Bonaparte |
El
pequeño Nabulio, como es llamado cariñosamente
en casa, no es el mayor de la familia, dado que Giuseppe
lo ha precedido, pero se esfuerza por tener ese empleo
a fuerza de seriedad. Aquí lo vemos rodeado por
su madre Laetitia y su tío Luciano, el archidiácono,
quien le bautiza y le hereda el nombre de Napoleone.
Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860). |
|
Son muchos los que se preguntan de
dónde viene este nombre predestinado, de sonoridades extrañas
y poéticas. Su etimología, muy discutida, es incierta.
Algunos literatos pretenden que significaría « el león
del desierto »; es lo que pensaban poetas como Víctor
Hugo o la pareja legendaria compuesta por Barthélémy
y Méry; el Conde
de Las Cases también hace referencia a esta suposición
en su Memorial.
Ciertos investigadores creen que este apelativo es de origen latino
y se relaciona con la italiana villa de Nápoles, pero otros
historiadores afirman que más bien proviene del griego «
Ne-Appolyon », que quiere decir « el verdadero guerrero
».
Sin embargo existe otra hipótesis mucho más interesante,
y que es confirmada por la documentación medieval de los siglos
IX a XIII. Según esta teoría, nos hallamos frente a
un nombre de origen germánico ulteriormente adoptado y difundido
en las regiones central y norte de la península italiana. Sería
un derivado del lombardo Nebulunc (o Nebulung), variante a su vez
del germánico Niebelung, palabra que viene de nibil (niebla)
y que por consiguiente está vinculado con el alemán
Nibelung, Nibelungen, propio de la mitología germánica
como se sabe. El nombre se habría fundido enseguida en formas
preexistentes y comunes en los distintos dialectos italianos: Napoli
(Nápoles), Leone (León).
Más allá de estas sabias especulaciones, en lo que se
refiere a la elección familiar de un nombre tan particular
estamos bien seguros de dos cosas:
Primero, que lo hallamos regularmente en la genealogía de los
Buonaparte, como es el caso de un tío de Carlo María,
padre de Napoleón, llamado Napoleone, quien fuera un ferviente
patriota corso que combatió a los franceses antes de morir
en Corte en agosto 1769.
Segundo, que Laetitia habría explicado que: « Es en recuerdo
de aquel héroe que transmití este nombre a mi segundo
hijo. »
La vida de los Buonaparte se desarrolla
en un clima apacible y familiar, pero también áspero
y escueto. Laetitia tiene que hacerle frente a una vida difícil
con la llegada de doce niños pero, como buena matrona patricia,
siempre logra sacar adelante a la familia gracias a una férrea
disciplina, un carácter a toda prueba y principios morales
bien sólidos.
En cuanto al padre, Carlo, apuesto, gallardo y de emérita elocuencia,
es un viajero incansable y bastante mujeriego que se esmera con todas
sus fuerzas por lograr penetrar en la buena sociedad francesa. Pertenece
a la pequeña nobleza local, y como goza de la protección
del gobernador, el marqués Charles-Louis-René de Marbeuf,
logra beneficiarse de los privilegios propios de su estatuto, con
lo cual estará capacitado para enviar más tarde a sus
dos hijos mayores, Giuseppe (José) y Napoleone, a las escuelas
reservadas para los nobles sin recursos.
José es un muchacho muy bueno, dulce y flojo, que será
destinado al sacerdocio, escapando por poco a este designio ya todo
trazado.
Napoleone en cambio, pasa una infancia burguesa en casa, y casi salvaje
en las callejuelas de Ajaccio y el sendero de la viña paterna.
Como el padre, también es afecto a las bondades del sexo débil
y alguna vez estuvo muy apegado a una niñita local, lo que
le cuesta ser el blanco de las burlas de los demás mozalbetes,
que componen y le cantan un versito socarrón: Napoleone
di mezza calzetta fa l’amore a Giacominetta, « Napoleón
con la calceta a medias le hace el amor a Giacominetta ».
Hay que decir que pagaban caro su atrevimiento pues, como recordará
muchos años después el Emperador: « No
podía soportar ser el objeto de este barullo. Palos, pedruscos,
cogía todo lo que se presentaba bajo mi mano, y me lanzaba
a ciegas en medio de la melé. Felizmente siempre había
alguien para ponerme un alto y sacarme del aprieto; pero el número
no me detenía, yo no contaba ».
 |
Casa
natal de Napoleón
en Ajaccio, Córcega
Tarjeta postal de principios del siglo XX. |
|
Tras esta infancia plácida
y convencional, el pequeño Napoleone desembarca en el continente
en enero de 1779 para ingresar, gracias a una bolsa otorgada por el
Rey de Francia, al colegio de Autun, donde reencuentra
a su hermano mayor José, que le había precedido.
El 5 de mayo siguiente, es admitido en la escuela militar
de Brienne (Briena). Como todos los extranjeros, a menudo
el pequeño isleño es tomado en broma por sus camaradas
por su acento muy pronunciado, su vocabulario vacilante; en efecto
al llegar dejar Córcega no habla una palabra de francés,
idioma que tiene que aprender desde cero a todo vapor. Su extraño
nombre tampoco escapa a la astucia de sus camaradas, que pronto le
imputan el apodo irrisorio de La paille au nez, « la
paja en la nariz », manera burlesca de imitar la forma como
el pequeño pronuncia su nombre inverosímil, Napolione.
Por otra parte, una causa suplementaria que explica estos sarcasmos
y el tratamiento despectivo del que es víctima son sus orígenes
de la pequeña nobleza, así como su evidente pobreza,
sus ropas descoloridas y desgastadas, que hacen que el orgulloso infante
se repliegue sobre sí mismo, prefiriendo los grandes autores
y los libros a sus compañeros y a los juegos de su edad. El
6 de abril de 1783, sin haber alcanzado aún la edad de catorce
años, traza estas líneas en una carta destinada a su
padre:
| «
Briena, a 6 de abril de 1783.
-¡Padre
mío, si vos, o mis protectores, no me dais medios
de sostenerme más honorablemente, llamadme cerca
de vos, estoy cansado de exhibirme en la indigencia
y de ver sonreír por ello a alumnos insolentes,
quienes no tienen más que su fortuna sobre mí,
ya que no hay uno que no esté a cien picas por
debajo de los nobles sentimientos que me animan!
«
¡Eh! ¿¡Qué, Señor,
vuestro hijo sería continuamente el hazmerreír
de algunos nobles patanes, quienes, orgullosos de los
placeres que se dan, insultan sonriendo las privaciones
que padezco!? ¡No, padre mío, no! si la
fortuna se rehúsa absolutamente a la mejoría
de mi suerte, arrancadme de Briena: Dadme, si hace falta,
un estado mecánico; que yo vea iguales alrededor
de mí, sabré pronto ser su superior; por
estos ofrecimientos juzgad mi desesperación;
mas, lo repito, prefiero ser el primero de una fábrica
que el artista desdeñado de una academia.
Esta
carta, creedlo, no está dictada por el vano deseo
de librarme a diversiones dispendiosas, en nada estoy
prendado de ellas. Siento solamente la necesidad de
mostrar los medios que tengo de procurármelas
como mis camaradas. Vuestro respetuoso y afecto hijo,
De Buonaparte,
cadete.» |
|
 |
Napoleón
en la escuela de Briena
Estampa según el cuadro de Maurice Réalier
Dumas (1860-1928). |
|
Ante esta situación insostenible,
extirpado en plena infancia a su familia, a su isla tibia y sometido
a una angustia constante en esta pequeña prisión de
110 alumnos, el muchacho, altivo, de carácter templado cual
navaja de acero, se retrae, devora libros y cualquier lectura que
esté a su alcance, medita, sueña, se prepara: «
el genio no se perfecciona, pero el arte de
combinar bien las cosas es perfeccionado cada día por la observación
y la experiencia », asegurará.
A pesar de tantas contrariedades,
Napoleón guardará recuerdos entrañables de estos
tiempos difíciles que son los cinco años más
delicados y secretos de la vida de un hombre.
El 14 de mayo de 1783, oficiada por el abate Geoffroi, tiene lugar
en la capilla de Briena la primera comunión de Napoleón,
acto para el cual había sido preparado por el Padre Charles
Patrault. Una noche, ya en el crepúsculo de su vida en Longwood,
alguien preguntó al Emperador cuál fue la jornada en
la que fue más feliz. Todos esperaban oír los nombres
de Josefina, del Rey de Roma, las rememoraciones de la Consagración
o de Austerlitz,
mas Napoleón respondió lacónicamente: «
el día de mi primera comunión
».
En otra ocasión había dicho: « Para
mi pensamiento, Brienne es mi patria, es ahí donde sentí
las primeras impresiones del hombre ».

| JUVENTUD:
EL ÁGUILA EMPRENDE EL VUELO |
« Bonaparte será
quien pague el doble precio histórico de la Revolución:
un estado fuerte y la guerra permanente ».
François Furet.
En
octubre de 1784, Napoleón tiene quince años y se integra
a la escuela militar de París.
| Rápidamente
promovido a segundo teniente de artillería,
se incorpora en noviembre de 1785 al regimiento de La
Fère en guarnición en Valence, en el
sureste de Francia (Valence-sur-Rhône, antes llamada en
castellano Valencia de Francia). |
 |
Napoleón
alumno en la Escuela militar
Litografía de Nicolas-Toussaint Charlet
(1792-1845). |
|
|
Mejor
recibido que en Briena, puesto que rodeado de camaradas de su
condición, el joven Bonaparte ejerce entonces su oficio
con gran dedicación, doblegándose dócilmente
a las exigencias de la disciplina. Valence es también
para él la ocasión de abrirse al mundo y codearse
con la sociedad mundana y a veces frívola en la que gracias
a su gran personalidad pronto se hace notar favorablemente.
En cuanto a su persona, hay que decir que en ese momento el
muchacho no es lo que podamos llamar un vehemente amante de
vida, y menos aún un apasionado de la rutina de la guarnición
y la maniobra. Este hijo de las Luces es un romántico
solitario y melancólico, está desencantado y fiel
a su costumbre escapa al tedio de la realidad por medio de la
lectura y del estudio. También de la escritura. De hecho
sueña con dedicarse a las letras, con llevar una vida
literaria y seguir los pasos de su modelo del momento, Juan
Jacobo Rousseau, de quien escribió un día
esta frase plena de arrebato juvenil « ¡Oh
Rousseau! ¿Por qué no viviste más que sesenta
años? ¡Para el interés de la virtud, hubieses
debido ser inmortal! ». |
Junto
con Jean-Jacques, siempre conservará en su corazón
un lugar especial para los autores que han marcado su juventud,
como Goethe
o Bernardin de Saint-Pierre. En años
posteriores, conforme su espíritu va madurando se irá
interesando en autores a veces hoy olvidados o mal conocidos
pero de una gran importancia en su tiempo, como el Vizconde
de Bonald. Si duda merezca un lugar en nuestra evocación
el divino Corneille, poeta sublime a quien,
de haber vivido en su tiempo, el Emperador hubiera hecho «
un primer ministro; no son sus versos
lo que más admiro, es su gran sentido, su gran conocimiento
del corazón humano, es la profundidad de su política
». |
- |
Después de haber obtenido un permiso
en septiembre de 1786, regresa a Córcega donde los
negocios de la familia se han degradado gravemente desde la
muerte de su padre, acaecida dieciocho meses antes en un hospital
de Montpellier. Este suceso, que tuvo lugar lejos de Napoleón,
representó para él una pérdida muy dolorosa.
¡Pero aún le queda su familia y una madre amante
y orgullosa de su « pequeño Nabulio »,
que se convierte en el primer corso oficial del rey!
En uno de sus baúles de viaje, hallamos los siguientes
libros, inventoriados por su hermano José: destacan
historiadores y filósofos latinos y griegos, Platón,
Plutarco, Cicerón, Cornelius Nepos, Tito-Livio, Tácito,
obras clásicas de la biblioteca de un joven educado
de aquel tiempo. Viaja asimismo con cantidad de sus notas
de lectura sobre Siria, el gobierno de los persas, el antiguo
Egipto, la religión en Grecia, la Constitución
de Esparta o de Atenas. Atraído por el Oriente, posee
la Historia de los Árabes bajo el gobierno de los
califas del abate de Marigny, o las Memorias del
barón de Tott, sobre los turcos y los tártaros.
|
 |
Última
entrevista entre Bonaparte y Paoli
Pintura anónima. |
|
|
| En
cuanto a Europa, encontramos una Historia de Federico II,
y una Historia de Inglaterra de John Barrow, de la
que copia la lista de reyes anglosajones. En materia de la corriente
de las ideas políticas de su tiempo, lee a Mirabeau,
a Rousseau, a Voltaire, a Beaumarchais, y ha examinado El
Espía Inglés (“El observador inglés”),
de Pidansat de Mairobert. También ha resumido la República
de Platón, y plasmado análisis profundizados acerca
de la administración y el funcionamiento de los Estados.
Alma romántica, se conmueve con Bernardin de Saint-Pierre,
pasando de los sobresaltos del corazón a los del honor,
a los restauradores de la patria, los espartanos, Catón
el estoico... En la Geografía moderna de Lacroix,
subraya una tierra aislada, Santa Helena, perdida en las más
remotas aguas del océano Atlántico, y anota en
el margen: « pequeña isla
»…
En abril de 1787 obtiene una prolongación
de su permiso por « razones de salud » y algunos
meses más tarde lo encontramos en París, deambulando
en las calles y haciendo solicitaciones en las Administraciones,
forzando al destino para hacerse introducir en algunos salones
ancien régime.
En 1788 regresa con su guarnición
a Auxonne y, el año siguiente, el 19 de julio de
1789, asiste a un motín en esta misma ciudad.
Habiéndolo « singularmente
alarmado » la Revolución francesa en plena
marcha, el joven militar solicita un nuevo permiso el 9 de agosto,
que le es concedido, y regresa de nueva cuenta a su isla natal,
desgarrada entre partidos antagonistas anglófilos y francófilos,
donde él preconiza la integración de Córcega
a la « nueva Francia ». |
En julio de 1790, Napoleón
conoce a Pascual Paoli (1725-1807), jefe independentista corso y héroe
de su infancia, quien ha regresado hace poco del exilio. La entrevista
es un claro fracaso, pero dejará para la historia este testimonio
profético del Babbu di a patria, el « padre
de la patria » corsa: « ¡Oh Napoleón! No
tienes nada de moderno; perteneces por completo a los hombres de Plutarco.
¡Ánimo, alzarás tu vuelo! ».
El primero de junio de 1791, es asignado
al 4º Regimiento de Artillería en Valence
y obtiene el grado de teniente. En aquellos tiempos tempranos, frecuentando
a los jacobinos de la ciudad, el alma efervescente de sueños
de libertad e igualdad, no esconde en esa época su apoyo a
la proclamación de la república. Obtiene un nuevo permiso
en ocasión de las elecciones de la Asamblea legislativa que
se llevan a cabo en Corte en septiembre. Lo enseguida hallamos en
París, en mayo de 1792, donde asiste a las insurrecciones del
20 de junio y del 10 de agosto, siendo testigo ocular del asalto de
las Tullerías
al que llega tras seguir a « un grupo
de hombres horrorosos, que llevaban una cabeza en el extremo de una
pica » y presenciando las masacres ignominiosas de los
heroicos Guardias Suizos, el destace de sus cadáveres inertes
por las mujeres transtornadas y ebrias de sangre. « Me
encontraba en esa horrible época – recordará
años más tarde – alojado
en París, rue du Mail, plaza de las Victorias. Al sonido del
toque de alarma y de la noticia de que se daba el asalto de las Tullerías,
corrí al Carrusel... Me aventuré a entrar en el jardín.
Jamás, desde entonces, ninguno de mis campos de batalla me
dio la idea de tantos cadáveres que lo que me presentaron las
masas suizas... Recorrí todos los cafés del vecindario
de la Asamblea: por doquier la irritación era extrema, con
rabia en todos los corazones; se mostraba en todos los rostros, aun
cuando no fuesen en absoluto gentes de la hez del pueblo ».
Estas manifestaciones brutales y repugnantes lo marcarán para
toda su vida, y Napoleón guardará siempre en la memoria
esas imágenes terroríficas cuyo espectro hará
que recuerde con asco y el corazón estremecido de horror la
cara sangrienta de la Revolución francesa. « De
joven fui revolucionario por ignorancia y por ambición »,
confesará a Metternich en el futuro.
Elevado al grado de capitán en julio de dicho
año, vuelve a partir hacia Córcega en octubre.
 |
| Napoleón
presencia el saqueo de las Tullerías |
«
Antier, siete a ocho mil hombres, armados con picas, hachas,
espadas, fusiles, martillos de herrador, palos puntiagudos,
se dirigieron a la asamblea para hacer una petición.
De ahí fueron donde el rey. El jardín de
las Tullerías estaba cerrado y quince mil guardias
nacionales lo guardaban. Echaron abajo las puertas, entraron
en el palacio, apuntaron los cañones contra el
apartamento del rey, tiraron cuatro puertas, presentaron
al rey dos cucardas, una blanca y la otra tricolor. Le
dieron a escoger. “escoge pues” le dijeron,
“reinar aquí o en Coblenz”. El rey
sí se mostró. Se puso el gorro rojo. La
reina y el príncipe real hicieron lo mismo. Le
dieron de beber al rey. Permanecieron cuatro horas en
el palacio » (carta de Napoleón a su hermano
José). Estampa según la obra de Maurice
Réalier Dumas (1860-1928). |
|
En febrero de 1793, se presenta a
la cabeza de los voluntarios corsos y participa en un ataque que fracasa
contra Cerdeña. En marzo, rompe definitivamente sus relaciones
con el anglófilo Pascual Paoli y tras una breve estancia en
el continente, desembarca en Ajaccio con el ejército republicano
con el objetivo de acabar con la revuelta de los partisanos de Paoli.
Ante su resistencia encarnizada y después de haber escapado
a un atentado, decide reembarcar hacia Francia llevando consigo a
su familia que, perseguida y seriamente amenazada por los grupos paolistas,
se instala en Marsella.
| Fue
durante su estancia en Auxonne en donde se entera de una terrible
noticia: la ciudad de Tolón
(Toulon) se ha entregada a los ingleses.
Después de haber propuesto un plan de reconquista de
la ciudad al Comité de Salud Pública, el 16 de
septiembre de 1793 obtiene el mando en jefe de la artillería
de la armada encargada retomar la ciudad. Para él, es
la ocasión idónea de imponer sus puntos de vista
tras haber puesto de lado al mustio general Carteaux, juzgado
incompetente y que la Convención llama de nuevo. Es entonces,
bajo las órdenes del benévolo general Dugommier,
que el joven capitán demuestra a ojos del mundo sus prodigiosas
cualidades de táctico y recoge sus frutos el 19 de diciembre,
al arrebatar la ciudad a los ingleses.
Fecha histórica entre todas, en este día memorable
un verdadero jefe de guerra acababa de nacer.
A partir de este momento, la
popularidad del Bonaparte ha recorrido toda Francia con la velocidad
del rayo y el esforzado capitán se ha convertido en figura
central de los medios militar y sociopolítico franceses,
lo cual no lo exime de graves amenazas. |
 |
La
batería de los hombres sin miedo
« Me hacen falta hombres, de verdad,
con c... sobre todo no m.... No les pediré
nunca ir a tomar una posición enemiga, pero
insisto en que me sigan en esta posición. ¡Si
sois de esos hombres, levantad la mano! » Grabado
de Denis-Auguste Raffet (1804-1860). |
|
|
| El
9 de Termidor del año II (27 de julio de 1794) Robespierre
y sus asociados son derrocados y enseguida guillotinados. El
9 de agosto Bonaparte recibe de la Convención la orden
de dirigirse a Vendea y dirigir operaciones en el marco del
genocidio de católicos que por decreto gubernamental
se lleva a cabo en el Este de Francia. De lo alto de sus 25
años de edad, el muchacho rechaza con gran valor esta
disposición, lo que le cuesta ser « rayado »
de los cuadros del ejército por el Comité de Salud
Pública y luego detenido en arresto domiciliario en Niza,
en grave peligro de ser guillotinado como refractario. No será
sino gracias a la mediación de algunas de sus relaciones
que escapará al cadalso, saliendo de prisión el
día 20. Entonces se pone del lado de la Convención
termidoriana y posteriormente del Directorio,
siendo protegido por el vizconde Paul-François
de Barras (1755-1829) a quien conoce desde el sitio
de Tolón. Ha escapado por poco a la cuchilla revolucionaria. |
| |
 |
El
general Bonaparte y su ayuda de campo Junot en París
en 1795
Ilustración de Jacques Onfroy de Bréville,
Job (1858-1931). |
|
Con el vientre vacío y las
pantorrillas enjutas, lo hallamos poco después en París,
desempleado, pisoteando calles y avenidas, sin un céntimo en
el bolsillo apolillado. Amigo del célebre actor Talma desde
hace tres años, se ve forzado a pedirle prestado para subsistir…
Ha salvado el pellejo, pero ha caído en desgracia, lo que en
ese tiempo se llama « la guillotina seca ». También
se la pasa en la Biblioteca Nacional, donde escribe una novela de
amor; nada sorprendente en un París donde el erotismo está
a la orden del día, donde todo está permitido y las
Maravillosas andan desnudas bajo sus túnicas de muselina
a la antigua.
La pequeña Laure Permon, cuya familia hospeda a Napoleón
y algún día será duquesa de Abrantés,
nos dejó un vívido retrato del joven esparciata que
lleva polainas de cartón a modo de calzado y se obliga a no
comer más que pan seco, « el gato con botas » decía,
en esos tiempos de profunda miseria y charreteras doradas: «
Se le encontraba en las calles de París, errando con un paso
torpe e incierto, con un mal sombrero redondo hundido sobre sus ojos
y que dejaba escapar dos orejas de perro mal peinadas que caían
sobre el cuello de su redingote gris hierro vuelto tan célebre
».
 |
El
13 Vendimiario — San Roque 1795
Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860). |
|
En 1795, el 13
de vendimiario exactamente (5 de octubre), Barras le encarga la
represión de milicias organizadas realistas que, deseosas de
restaurar al rey en el trono de Francia, se sublevan en armas contra
la Convención, amenazando con hundir a Francia en una nueva
guerra civil. Bonaparte duda al principio, desconfía, pero
tras exigir plenos poderes y obtener las garantías exigidas,
acepta el reto y decide pasar al acto, sofocando la sedición.
Su acción contundente al contrarrestar esta peligrosa arremetida
le vale ser nombrado comandante general segundo del Ejército
del Interior tres semanas más tarde. Como si nada,
acaba nada menos que de salvar la república francesa y de asegurar
la paz civil.
 |
Encuentro
de Napoleón y de Josefina
Cuadro de Jules-Georges Bondoux (?-1920). |
|
Con su reputación a tope, de hecho ya internacional, será,
nuevamente gracias a Barras, presentado a la martiniquesa María-Josefa-Rosa
Tascher de la Pagerie, vizcondesa de Beauharnais, a quien
pronto nombra « Josefina
». Mayor que él y sin ser una mujer físicamente
muy hermosa, la criolla es en cambio extremamente sensual y de una
portentosa femineidad, realzada de encanto y con una personalidad
fuerte y muy atractiva. Viuda del vizconde Alexandre de Beauharnais,
general guillotinado durante el Terror y de quien tiene dos hijos,
vive de expedientes y frecuenta « íntimamente »
a los grandes personajes del Directorio. Napoleón se enamora
perdidamente de ella y después de un apasionado cortejo la
desposa el 5 de marzo de 1796, justo cuando acaba de obtener el mando
del Ejército de Italia. Además de ser su mujer
amada, locamente amada, « uno de los rayos
de [su] estrella », la «
incomparable Josefina » sería
una poderosa palanca social, política y diplomática
para Napoleón, quien siempre lo reconocería y se lo
agradecerá hasta el final: « La
circunstancia de mi matrimonio con Madama de Beauharnais me puso en
punto de contacto con todo un partido que era necesario a mi sistema
de fusión, uno de los principios más grandes de mi administración.
Sin mi mujer, no habría podido nunca tener con ese partido
ninguna relación natural ». Pero el vínculo
entre estos dos personajes elegidos iría todavía más
allá de estas consideraciones terrenales, lo cual no escapará
tampoco al legendario y misterioso discernimiento de Napoleón
quien, a guisa de obsequio de nupcias, ofrenda a su novia un hermoso
medallón esmaltado en oro, grabado con el lema predestinado:
«Hacia el destino»...
Las festividades de la boda son por desgracia de corta duración,
puesto que dos días después el General Bonaparte emprende
su ruta hacia Niza para ponerse a la cabeza de su nueva asignación
y hacer frente a los ejércitos de la Primera Coalición.
 |
Bonaparte
y Josefina
Estampa nupcial de la época. |
|

« Yo
me miraba por primera vez como un hombre llamado a influir sobre la
suerte de un pueblo. Veía al mundo fugarse bajo de mí
como si yo fuera transportado en los aires ».
Napoleón acerca de la campaña de Italia.
BONAPARTE PONE FIN A LA PRIMERA COALICIÓN
Al
llegar a Italia, el general Bonaparte se encuentra
con un ejército devastado y en ruinas, en plena descomposición.
Está compuesto por hombres desencantados y hambrientos, en
harapos y muchas veces incluso descalzos. Estos hombres duros y feroces
quedan sorprendidos al ver llegar a este «matemático»
veinteañero, casi imberbe, huesudo, desgarbado y pálido
como la muerte. Su cabello amarillo parece escurrirle por las mejillas
huecas, y sus pómulos salientes ponen de relieve una nariz
afilada como navaja, rematada por dos ojos azules férvidos
y resplandecientes como zafiros.
Thiébault recuerda que llevaba « su sombrerito coronado
por un penacho bastante mal atado, el cinturón tricolor más
que negligentemente anudado, su traje hecho a la diabla y un sable
que, en verdad, no parecía el arma que debiera hacer su fortuna
».
 |
¿De qué
os quejáis?
Unidades del Ejército de Italia plasmadas por
Denis-Auguste Raffet (1804-1860) |
No obstante el general no tarda en subyugarlos e imponerse tanto como
por sus dotes de seducción y de diplomacia como por su gran
aplomo. Se dirige a sus soldados en estos términos:
« ¡Soldados!
Estáis desnudos y mal alimentados. El gobierno os debe mucho,
pero nada puede por vosotros. Vuestra paciencia, el coraje que mostráis
en medio de las rocas son admirables, pero no os procuran gloria alguna;
ningún brillo relumbra sobre vosotros. Voy a conduciros a las
planicies más fértiles del mundo; ahí encontraréis
grandes ciudades y ricas provincias, en ellas encontraréis
honor, gloria y botín. Soldados de Italia, ¿os faltará
coraje? »
Pronto dejan de refunfuñar
y, con o sin zapatos, siguen al joven jefe con una suerte de fascinación.
Éste último, entre marzo de 1796 y abril de 1797 desbarata
uno tras otro a los ejércitos italianos y austriacos, éstos
últimos reputados por ser los primeros del mundo en aquel tiempo.
Los nombres gloriosos se suceden para la Historia:
Montenotte, Millésimo, Mondovi,
Lodi – donde el recibe el título afectuoso
del « pequeño cabo » –,
que llevan a la toma de Milán el 15 de mayo
de 1796. Les siguen Castiglione, Árcole
donde el general Bonaparte lleva a sus tropas al asalto del puente
mítico; Rívoli, la mayor victoria de
la campaña, que abre la ruta de Viena y obliga a Austria a
pedir un armisticio, cuyos preliminares son firmados en Leoben
el 18 de abril.
El general instala su Cuartel en Mombello y lleva una vida de procónsul,
dirigiendo no solo al ejército sino de hecho ya gobernando
a toda Italia, manejando la política local y en parte la vida
cultural (encuentra el tiempo de mandar restaurar muchas obras de
arte como La última Cena de Leonardo da Vinci) e intelectual,
pues entre otras muchas iniciativas funda su Journal de
Bonaparte et des hommes vertueux (« Diario de
Bonaparte y de los hombres virtuosos ») que se difunde hasta
en París. A pesar de ello no todo es radiante para este joven
corazón taciturno que languidece y concibe mil sueños
de su Josefina: « No he pasado un día
sin amarte. No he pasado una noche sin estrecharte en mis brazos.
No he tomado una taza de té sin maldecir la gloria y la ambición
que me tienen alejado del alma de mi vida… ».
 |
El
general Bonaparte junto al fuego de campo la víspera
de un combate
Escena de la campaña de Italia por Denis-Auguste
Raffet (1804-1860). |
|
En el plano político, todos
estos éxitos absolutamente asombrosos acarrean el tratado
de paz de Campo-Formio del 18 de octubre de 1797, negociado
y firmado exclusivamente por Napoleón con las autoridades austriacas
y que cierra la Primera Coalición que duraba desde 1793. Este
convenio se ha hecho un tanto en detrimento del Directorio, que deseaba
que el general Bonaparte explotara sin medida su victoria invadiendo
Viena y destruyendo tanto a la monarquía de los Habsburgo como
al Vaticano. Al contrario, durante toda la campaña, el General
que « no tiene más que dar una
orden para derrocar y arruinar por completo al poder pontifical,
(...) se abstiene de perseguir a los sacerdotes
franceses emigrados que se habían refugiado en tierra pontificia
en las legaciones arrebatadas a la Santa Sede » incluso haciendo
« unírsele al obispo de Ímmola, el Cardenal
Chiaramonti que será Pío VII, el Papa de su
coronación », recuerda el historiador realista Jacques
de Bainville.
En lo inmediato, el gobierno revolucionario, muy a su pesar, se verá
forzado a cerrar los ojos y resignarse, agobiado por su desesperada
situación económica pero también política,
después de que los realistas habían ganado las elecciones
legislativas; en esas condiciones, acabará contentándose
con el botín de guerra que emprende la ruta de Francia y que
subsana sus finanzas exangües.
En lo que respecta al héroe de Rívoli, el tratado de
Campo-Formio le confiere un renombre excepcional y creciente en el
país, redoblado a su regreso a casa en las esferas cultas tras
su admisión
en el Instituto nacional (el Instituto
de Francia) el 25 de diciembre de 1797. Digamos de paso que Napoleón
es el único jefe de Estado miembro de esta insigne institución
con quien haya contado jamás Francia (no será el único
país en reclamar crédito similar, pues Napoleón
será nombrado por aclamación miembro de la Academia
de Bolonia en 1800, y miembro de la Academia de Artes de Nueva York
en 1803). Esta notoriedad inusitada resulta muy molesta para el gobierno
del Directorio que ya percibe en aquel general a un rival potencial
y por ende se apresura a alejarlo de Francia. El príncipe de
Talleyrand recuerda en sus memorias: « parecía tan útil
al Directorio deshacerse de un hombre que le hacía sombra que
ordenó la expedición de Egipto, le dio el mando de ésta
y preparó así los eventos que más le preocupaba
prevenir ». En efecto, a Barras y a sus colegas se les ocurre
confiarle un artificioso ejército, en primera instancia encargado
de invadir Inglaterra, proyecto evidentemente ilusorio en una Francia
que no dispone de una armada naval capaz de hacerle frente a la poderosa
Navy británica. Napoleón está bien consciente
de ello y en cambio, a instigación suya y gracias al apoyo
del mencionado Talleyrand, ministro de relaciones exteriores, se optará
por confiarle en abril de 1798 la expedición
de Egipto, una campaña que, si desde un punto
estrictamente militar se revelará a la larga como un fracaso
doloroso, no deja de ser una de las más hermosas páginas
épicas de la historia, tanto de Francia como de la universal.
Pero vayamos por partes.
Después de zarpar de Tolón
el 19 de abril, la flota francesa de 300 bastimentos y llevando 36
000 soldados de infantería y 2500 de caballería, logra
burlar la escuadra de Horacio Nelson que se afana buscándola
en Gibraltar. Después de forzar la capitulación de la
isla de Malta, el ejército francés se presenta el 1º
de julio en el puerto de Alejandría, y el general en jefe lanza
su primera arenga en tierras faraónicas: « soldados,
la primera ciudad que vamos a encontrar ha sido construida por Alejandro;
hallaremos a cada paso grandes recuerdos dignos de excitar la emulación
de los franceses ». Los habitantes
de la ciudad se muestran primero intimidados por esta armada y desertan
las costas permitiendo a los extranjeros desembarcar sin resistencia,
pero pronto algunos beduinos acuden para atacar a los puestos avanzados
y decapitan a los franceses caídos en sus manos. Notando la
agitación de los defensores que se arremolinan en torno a las
fortificaciones, el general en jefe fuerza el ataque antes de que
se organicen y puedan recibir refuerzos. Para el medio día
del 2 de julio Alejandría ha caído gracias a las brechas
abiertas por la artillería y el valor de las divisiones Menou
y Kléber. Éste último queda sin embargo seriamente
herido, por lo que se le asignan 9000 hombres y el mando de la plaza
mientras Napoleón marcha sobre El Cairo con el resto del ejército,
atravesando como los hebreos antiguos el desierto del Damanhur. Como
a lo largo de toda la epopeya, el clima le hará pasar muy malos
ratos y esta travesía resulta un martirio abominable, máxime
para hombres provenientes de un clima templado y no acostumbrados
a canículas semejantes, por lo demás en pleno verano.
Sin agua ni la menor legumbre, el ejército se alimenta de sandías
e insectos, cuando los hay; muchos sucumben a las privaciones y otros
a la desesperación, incluso entre los bravos de Italia cunde
el pánico en medio de esta tórrida desolación.
En El Cairo, el terrible Murad Bey se entera de que un «ejército
de infieles» avanza hacia su capital y se regocija de antemano
al enterarse de que su mayoría son unidades de a pie, a los
que, pronostica, cortará la cabeza « como una sandía
» con su caballería mameluca. El 10 de julio, en Ramaniéh,
luego en Chebreys, los bravíos jinetes llegan por cientos al
contacto de los franceses agotados. De cara los legendarios mamelucos,
el general Bonaparte no se amilana y dispone a sus hombres en cuadros
bien formados flanqueados por piezas de cañón que cruzan
sus fuegos. Las temibles cargas de los hasta entonces invictísimos
mamelucos se quiebran una tras otra al chocar contra las ciudadelas
móviles pero inquebrantables.
El 21 de julio, antes de la batalla de las Pirámides que se
producirá en breve contra el grueso del ejército de
Mourad Bey, miles de jinetes furiosos determinados a defender su capital,
ya se vislumbran al sur las pirámides de Gizeh que darán
su nombre a la batalla y Napoleón declara a sus soldados: «Pensad
que de lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan».
El combate es muy disputado pero, bien conscientes de que en caso
de una derrota serían todos víctimas de una masacre
generalizada al estilo musulmán, los franceses redoblan esfuerzos
y gracias a las tácticas móviles y a la resistencia
sin falla de las divisiones Desaix y Reynier, se llevan la victoria.
Esa noche, el general Bonaparte duerme en Gizeh, en el palacio mismo
de Mourad Bey. La Batalla de las Pirámides le ha dado El Cairo
pero sobre todo le ha abierto las puertas del imperio otomano en Egipto.
 |
Napoleón
frente a las pirámides
Ilustración de Denis-Auguste Raffet (1804-1860). |
|
Apenas instalado en la capital, Bonaparte,
a quien los egipcios ahora llaman el «sultán El-Kébir»
– el más grande –, compone un «
diwán », es decir un consejo de notables de la ciudad
y organiza varios regocijos para celebrar la capitulación de
los turcos. Prefigurando su actividad como Primer Cónsul, legisla,
dicta una serie de medidas sociales, financieras y jurídicas
que tienden a arrancar al país de la anarquía en la
que lo mantenían los beys. Por desgracia nada de esto evitará
la sublevación de una parte de la población el 21 de
octubre, provocada por los jefes religiosos fanáticos, aconsejados
por agentes ingleses y en contacto permanente con el « comandante
de los creyentes », el gran sultán, que anunciará
la declaración de guerra de Turquía en septiembre y
el envío de dos ejércitos para reconquistar Egipto.
En efecto, el odio hacia los cristianos encuba, siempre latente y
amenazante, en aquel pueblo musulmán obcecado por el fanatismo
mahometano, para el cual dicho aborrecimiento es un artículo
de fe y que no puede conducirse « más
que con la mayor severidad », según palabras del
general, dado que « obedecer, para ellos,
es temer », explica. ¿Debe sorprendernos tan riguroso
proceder, cuando sabemos la repulsión de Napoleón por
el fanatismo, ese temible espectro cuyos «efectos
terribles ahogan las leyes sagradas de la humanidad, vuelven a los
pueblo feroces y acaban por forjarles hierros»?
Pero el primero de agosto siguiente, la flota francesa es destruida
por los ingleses del almirante Nelson en Abukír.
Esta derrota convierte a los franceses en prisioneros de su propia
conquista, pues dicha flota tenía como finalidad repatriar
a Francia al ejército de Oriente en caso de desgracia. Napoleón
recibe la noticia el 14 de agosto con una impasibilidad de mármol
que impacta a su entorno. Tiene cientos de proyectos en mente y junto
con los sabios de la expedición de consagra a estudios de las
más diversas naturalezas. Se toman medidas de la Esfinge, se
descubren y registran especies animales y vegetales, monumentos y
palacios, y se asciende a la cima de la pirámide de Keops.
Napoleón, quien «planteaba las preguntas, sondeaba el
mal e indicaba el remedio», funda en El Cairo el Instituto
de Egipto bajo la presidencia de Monge con quien se adentra
un día en el desierto del istmo de Suez. «¡Monge,
estamos en pleno canal!», exclama. En efecto, se hallan
en medio del antiguo lecho cavado por el faraón Necao, y entonces
manda que sus ingenieros empiecen a reconocer su traza. Enseguida
ordena que se lleve a cabo un estudio en vista del restablecimiento
de la comunicación entre el Mar Rojo y el Mediterráneo.
El año 1799 ve realizarse
la conquista de Siria con la toma de El-Alrich (20
de febrero) y de Jaffa (el 11 de marzo). En cambio,
ante San Juan de Acre (marzo-mayo), es el fracaso.
Tras la victoria del Monte-Thabor (el 16 de abril)
las tropas francesas salen de Siria. El fuerte de San Juan de Acre
era en efecto la clave estratégica militar y comercial del
dominio de Oriente, y cuya caída que hubiera puesto desde ese
momento a Inglaterra
de rodillas ante Francia. Retrospectivamente, se puede considerar
en cierto modo que este fracaso, aunado al desastre de Abukír,
selló desde ese momento la suerte ulterior del futuro reinado
de Napoleón, pues permitió a Inglaterra mantener su
potestad sobre las Indias y con ella el dominio comercial en oriente,
fondo inextinguible de recursos que le permitirán financiar
todas las guerras del periodo, una tras otra y hasta la última.
A pesar de todo, la expedición de Egipto queda como una cumbre
de la Historia universal, pues aunado a una multiplicidad de descubrimientos
científicos, arqueológicos, artísticos y geográficos,
ha permitido la creación por Napoleón del Instituto
de Egipto y engendrado la egiptología,
sembrado las semillas de la influencia
y de la irradiación de la cultura francesa en el Oriente Próximo,
que tantos frutos han dado y laten intensamente en nuestros días.
 |
Desembarco
en Fréjus, el 17 de vendimiario
del año VIII (9 de octubre de 1799)
Ilustración a colores según una litografía
de Grenier. |
|
Informado de la situación catastrófica
de una Francia librada a la corrupción más desenfrenada,
a la venalidad y a la incompetencia del Directorio, despojada de sus
adquisiciones territoriales y gravemente amenazada en sus fronteras
por los ejércitos enemigos, el general Bonaparte confía
el mando de la expedición al general Kléber el 22 de
agosto y decide zarpar hacia Francia. Aquí es el momento de
precisar un punto que los detractores de Napoleón, sirviéndose
como siempre de la ignorancia y de la buena fe del público,
tratan permanentemente de explotar para infamar al Emperador, pretendiendo
que éste habría « abandonado » a sus hombres
a su suerte, dándoles la espalda para alcanzar sus fines de
poder y de ambición personal en el Continente. En un manual
escolar incluso hallamos esta increíble acusación: «
[Napoleón] regresa a Francia sin que el gobierno se atreva
a castigarle por su deserción »,
¡nada menos! La verdad, nunca dicha, del asunto, es que Napoleón
estaba desde su partida formalmente autorizado por el Directorio a
volver « cuando y como él lo quisiera »,
y además, dichas autoridades le habían hecho llegar
una comunicación demandando su regreso a Francia ya desde el
26 de mayo de 1799. Ese mismo día, Talleyrand
escribe a Bruix lo siguiente: «El Directorio acude a vos para
instruirle [al general Bonaparte] acerca de la situación interior
y exterior. Traedle de vuelta» (Sorel, VI,
319).
Esto una vez precisado, tras una
travesía de lo más peligrosa, arriesgando su vida sorteando
milagrosamente a la flota inglesa en acecho constante, Napoleón
desembarca el 9 de octubre en las costas de Saint Raphaël
(Var) y después de un recibimiento triunfal, especialmente
en Lyon, emprende la ruta de París, donde a la noticia de su
llegada se baila en los cruces de las calles: «Viva Bonaparte
que viene a salvar a la Patria», escucha y anota Marbot, y el
publicista Fievée, entonces retirado en el Bourdonnais, recuerda
que « Cada campesino que me encontraba en los campos, las viñas
o los bosques, me abordaba para preguntarme si se tenían noticias
del general Bonaparte. Nunca nadie se informaba del Directorio ».
Es que, apunta Renée
Casin, « los franceses de todas las clases, de todos los
medios han reconocido en él de instinto al verdadero hombre
de Estado que sería, contra las tiranías y las facciones,
el liberador; contra el desorden, el ordenador; y contra los odios,
el pacificador ».

| BONAPARTE
SALVA A FRANCIA DE LAS GARRAS ANGLO-JACOBINAS |
« El sistema del
gabinete inglés será siempre aniquilar a Francia como
su único rival, y reinar después despóticamente
sobre el universo entero ».
Conde Micheal Vorontzov, embajador de Rusia en Londres (1803).
 |
18
de Brumario, 10 de noviembre de 1799
La Conspiración de los cuchillos representada por
un autor anónimo. Escuela inglesa de la época. |
|
En
la ciudad de París, los miembros del Directorio se encuentran
cada vez más aislados; arrinconados por su propia mediocridad,
su disolución y lamentables excesos, temen ser pronto echados
del poder.
En este marco inquietante y altamente explosivo, el cálculo
de Bonaparte resultará correcto y más que oportuno en
vista de la opinión pública ambiente, y su providencial
regreso se presenta como una auténtica patada en el hormiguero
de los clubes y de los cafés políticos, donde los chismorreos
e infinitas caricaturas cunden y estigmatizan a « la increíble
facción » o más bien a la « facción
de lo Increíble », ese régimen directorial corrupto
y venal, monstruoso producto termidoriano del acoplamiento del terrorismo
y de la finanza, doblemente amenazado por la miseria campesina y las
conspiraciones realistas.
En verdad, la población aborrece
este régimen en plena licuefacción, encarnado por Barras
y sus palinodias. La autoridad del gobierno es nula, los impuestos
ya no entran a las arcas; bandas armadas de truhanes operan en todos
los caminos y los hostales incluso en las puertas mismas de la capital.
En el Oeste, la insurrección es latente, y por doquier en la
administración se hacen amaños, se roba y se despoja
sin ley que valga. Las fuerzas vivas de Francia están hundidas
en el desaliento, el abatimiento profundo y general.
Ahora, la situación es de lo más peligrosa en Francia
pues, además de todo esto, de las amenazas armadas
en las fronteras y las conspiraciones de los grupos
realistas, fermenta también, apuntalada por agentes
ingleses infiltrados, una letal maquinación
jacobina, de lo más peligrosa, que busca nada
menos que restablecer el régimen
del Terror en el país.
 |
| La
Increíble facción |
| Infestado
de jacobinos, el corrupto régimen del Directorio,
ataviado a la usanza de los disipados y extravagantes
Incroyables, trata de escabullirse de la doble
amenaza de los realistas (a la izquierda) y de la profunda
miseria popular, representada por un campesino hambriento
(a la derecha). Los tres personajes están armados,
poniendo de manifiesto la tensión política
y social que se vivía en Francia al regreso de
Napoleón de Egipto. Caricatura anónima de
la época. |
|
La llegada impromptu del general Bonaparte
produce el efecto esperado entre la población y lógicamente
es primero censurada por las instancias gubernamentales; pero les
es imposible exigirle cuentas al héroe de las Pirámides.
Éste en cambio adopta de inmediato la postura de procurador:
«¿Qué habéis hecho
de esta Francia que os dejé tan brillante? ¡Había
dejado la paz, volví a encontrar la guerra; había dejado
victorias, he vuelto a hallar reveses; había dejado los millones
de Italia, he vuelto a encontrar leyes espoliadoras y miseria!...»,
¡les increpa con indignación!
Aclamado desde su llegada a Aviñón por las multitudes
delirantes, efectúa un trayecto triunfal hasta París
donde la oportunidad inesperada de su aparición es en cambio
hábilmente aprovechada por el abate
Sieyès (Director) quien ve en el joven ídolo «
la cabeza y la espada » que buscaba afanosamente y que, según
su plan, van a permitir el derrocamiento del Directorio. Su objetivo
es claro: salvar a Francia del grave peligro anglo-jacobino
y hacer adoptar una nueva Constitución.
Puesto al tanto del proyecto, Bonaparte siente entonces todos los
beneficios que puede sacar de tal operación; desde hace tiempo
ya, sueña con jugar un papel importante en la escena política;
la ocasión le es dada y conforme a su costumbre la toma sin
chistar. El mecanismo de la operación ya está montado,
Luciano, hermano de Napoleón y diputado del Consejo de los
Quinientos también forma parte del proyecto y ha estado «
trabajando » a los medios políticos. La hábil
Josefina también ha contribuido a neutralizar a los tres Directores
con quienes la alianza es francamente imposible: Barras, demasiado
desprestigiado y además obstinado en defender « su
» régimen y por ende sus intereses personales; «
Barras roba sin remordimientos », escribe un embajador extranjero,
y bajo la mesa negocia secretamente con Luis XVIII para librarle Francia
a cambio de algunos millones. Quedan Gohier, y Moulins, republicanos
sinceros pero sin envergadura.
Con la justificación de la conspiración descubierta,
el Consejo de los Ancianos, de mayoría moderada, proclama la
transferencia de las asambleas al castillo de Saint-Cloud, alejando
así a los cuerpos legales de cualquier sobresalto posible que
pudiera emanar de las masas populares. Al mismo tiempo, el general
Bonaparte es nombrado comandante de la plaza de París con el
encargo de proteger al gobierno.
El 18 todo marcha en orden, pero el 19
de Brumario, las cosas se deterioran gravemente. En esta jornada,
Napoleón tiene que enfrentarse prácticamente cuerpo
a cuerpo con la mayoría del Consejo de los Quinientos, de tendencia
jacobina… Luciano preside. En una sala contigua, los Ancianos
están más bien dispuestos a otorgarle plenos poderes
al general Bonaparte, pero tergiversan; Moreau acecha, Bernadotte
casi no puede ocultar su envidia y Fouché calcula... Ante esta
atmósfera tensa y fluctuante, los Quinientos se crecen y se
endurecen, teatralmente, afectan prestar juramento a la Constitución
y comienzan a proferir el alarido funesto que tuviera razón
de Robespierre: «¡Bonaparte, fuera de la ley!»
Cuando Napoleón se presenta a ellos en persona, de repente
está solo ante una turba de energúmenos sedientos de
sangre. De su sangre. Entonces se enerva, se desconcierta. Les grita
con toda la razón: « ¡Pero
ya no tenéis constitución! ¡La habéis
violado el 18 de fructidor! ». ¡No faltaba más!
La chusma jacobina no le deja decir ya ni una palabra, le insulta,
le expulsa, le rodea, se echa sobre él y casi le ahoga; ¡algunas
manos homicidas ya empuñan las dagas!
Durante algunos momentos el destino bascula, está en juego.
Entonces Luciano, en su calidad de Presidente del Consejo de los Quinientos,
decide el éxito requisicionando a la tropa formada en los patios
del palacio, solicitando que se barra con la « dictadura del
puñal ». En ese momento, conducidos prestamente por Murat,
los granaderos entran en la sala y echan a los diputados, que en su
mayoría no han esperado a ser evacuados y quienes, perdiendo
de repente su hombría y toda pizca de decoro, escapan corriendo
por las ventanas…
A fin de cuentas, a pesar de lo aciago de la situación, se
ha ganado la partida sin hacer que se derrame la más mínima
gota de sangre. De hecho, notemos que la única en juego era
la de Napoleón, al haber sido puesto « fuera de la ley
» por algunos legisladores histéricos. A pesar de todo,
es de observar que ni el más mínimo balazo ha estallado,
y se ha logrado dominar el temible tumulto que hubiese podido poner
un alto definitivo a sus ambiciones políticas, y, más
grave aún, a su misma vida a manos de ciertos elementos desequilibrados
que no dudaban en recurrir a la última extremidad para proteger
sus nefastos intereses.
 |
Los
tres Cónsules
Bonaparte, Cambacerés y Lebrun. Dibujo y
grabado de Chataignier. |
|
Tras reunir en los campos circundantes
a un grupo de diputados de los Quinientos despavoridos y repentinamente
vueltos muy dóciles, se suspende la Constitución del
Directorio y se nombra a tres cónsules
provisorios, Sieyès, Bonaparte
y Roger Ducos, a quienes se asigna la misión
de redactar una nueva Constitución con el concurso de los demás
representantes. A partir del mes siguiente, el ahora Cónsul
Bonaparte hace que se adopte un nuevo estatuto llamado Constitución
del año VIII, aprobado por plebiscito a razón
de 3 011 007 sí, contra 1562
no. Se convierte entonces en el Primer
Cónsul; Sieyès y Ducos descartados enseguida,
Cambacérès y Lebrun
son nombrados respectivamente Segundo y Tercer cónsules. En
torno al hombre providencial, hallamos pues a un revolucionario regicida
y a un realista moderado, « dos hombres
sabios, capaces, pero de un matiz totalmente opuesto »,
dirá Napoleón. Una nueva página de la Historia
se abre, el Consulado
ha nacido.

« La
Concordia, he ahí lo que volverá a Francia invencible
».
Napoleón.
 |
| Bonaparte
presenta el olivo de la paz a todas las potencias de Europa |
El
Tiempo cierra el portón del templo de Jano mientras
lo soberanos de Europa reciben el olivo de la paz de manos
del Primer Cónsul, coronado por la Victoria que
trae de vuelta la Abundancia. Vemos en este orden al Gran
Turco, los reyes de Portugal, el Papa, el rey de Inglaterra,
el rey de España, el emperador de Alemania, el
rey de Prusia, el rey de Nápoles y el zar de Rusia.
Estampa alegórica, c. 1800-1802. |
|
A
partir de febrero de 1800, el Primer Cónsul se ha instalado
en el palacio de las Tullerías y ha puesto en pie una corte
brillante y en continuo desarrollo. Procura ante todo evitar todo
exceso institucional y predisposición maniquea, lo que ilustra
muy bien su famoso lema « Ni tacones rojos,
ni gorros rojos ». Como lo advierte el General Michel
Franceschi, es evidente que no pretende ser el hombre de la ruptura
histórica, sino el continuador de la Francia de siempre,
lo cual el propio Napoleón aseverará a través
de una fórmula no menos célebre: « Asumo
todo, de Clovis al Comité de Salud Pública ».
Al disponer de los amplios poderes que le confiere la
nueva Constitución, la cual él mismo ha organizado,
Napoleón emprende entonces la reconstrucción
de Francia que, en palabras del general Charles De Gaulle,
ha « recogido en pedacitos » (« ramassée
à la petite cuiller »). Francia está en ruinas,
el país devastado, desgarrado por facciones y partidos corruptos
y representantes inmorales y desacreditados. El pueblo dividido y
hambriento – no hay harina, no hay habas ni carbón –
no tiene recursos ni medios para procurárselos, pues el desempleo
es general y devastador. Los talleres ya no cuentan más que
con 1/8 de su personal obrero. Los puertos están desiertos.
Tampoco existen garantías de ningún tipo y menos aun
una autoridad capaz de protegerlas, ya no se diga de asegurarlas;
la inseguridad pública es abrumadora, en ciudades como Burdeos
ya ni siquiera se enciende el alumbrado en las noches; las calles
y los caminos a todo lo largo de la nación, ya lo hemos dicho,
están infestados de bandidos, de traficantes y de matones.
« Si los crímenes y los delitos
aumentan, es una prueba de que la miseria se incrementa, de que la
sociedad está mal gobernada. Su disminución es la prueba
de lo contrario » diría Napoleón sobre
este tema, lo cual debería dar mucho que pensar a nuestros
gobernantes actuales, y muy en particular a los de nuestro país...
También la inmoralidad reina y la familia, célula básica
de toda sociedad humana, está dislocada por el caos y el juego
de leyes e ideología disfuncionales. Tenemos el ejemplo de
una mujer que en cinco años se casó con cinco maridos
diferentes. ¡Otro hombre que había desposado sucesivamente
a dos hermanas, pide casarse con la madre de éstas, su madrastra
y su doble madrastra! Y se veían todavía cosas peores.
El estado de la infancia es también alarmante, pocas épocas
han visto tantos niños abandonados que aquella era de convulsiones.
La instrucción pública está hecha pedazos; no
hay locales ni maestros, y Chaptal escribe: « las escuelas primarias
no existen casi en ninguna parte ». En cuanto al Tesoro, está
compuesto por pagarés y asignados, papel viejo y sin valor
alguno, no tiene dinero sólido, contante y sonante, ni siquiera
lo suficiente – dice un cronista – ¡para costear
un pollo! En realidad quedaban en total 60 000 libras. Ciertamente,
por retomar una expresión elocuente y muy de actualidad, hablamos,
y es poco decirlo, de un « Estado fallido », si acaso
de « Estado » se puede hablar... No obstante, en
solo dieciocho meses hermosos napoleones de oro ya estarán
en circulación en todo el país, y la moneda francesa
quedará estabilizada por más de un siglo. ¡El
kilogramo de pan, que costaba 120 francos antes del inicio del mandato
del Primer Cónsul, ha bajado a 0,5 francos!
La nación se cubre de canteras y trabajos, las ruinas se levantan
y Francia experimenta un inusitado y vigoroso florecimiento.
Esta peliaguda reorganización, el Primer Cónsul la cristalizará
por medio de una obra
profunda y vastísima, rica en una multiplicidad de preceptos
pacificadores como la amnistía de los emigrados,
e instituciones que, en casi todos los casos, siguen vigentes todavía
en nuestros días: 1800, fundación del cuerpo
prefectoral, Banca de Francia; 1801, Concordato;
1802, creación
de la Orden de la Legión de Honor; 1803,
Franco germinal; 1804, Código
civil (Código Napoleón) etc. El Primer
Cónsul « sabe todo, hace todo, puede todo », ¡constata
pasmado el Abate Sieyès!
 |
El
Primer Cónsul en el ayuntamiento de Bruselas
Óleo (1804) de Charles Meynier (1763-1832). |
Se hicieron en Bruselas, en el corriente de mesidor (junio
de 1803) los más brillantes preparativos para recibir
en esta ciudad al Primer Cónsul; un arco de triunfo
en el estilo romano es erigido en la entrada de la Allée-Verte.
El 2 de termidor (21 de julio de 1803), el Primer Cónsul,
montado en un caballo blanco, hace su entrada en Bruselas;
diez mil hombres, tanto de infantería como de caballería,
le preceden. Una soberbia guardia de honor, portando un
uniforme escarlata, solapas, cuello y bocamangas azul
obscuro, ricamente bordados en plata, se había
organizado en Bruselas. Las fiestas públicas duraron
varios días. La del ayuntamiento fue magnífica:
el exterior de este edificio presentaba una masa de fuego
variada de todos los colores; la iluminación del
Parque, durante la fiesta del departamento, brindaba en
un bello día de verano un espectáculo encantador.
A media noche, cien mil farolillos, dispuestos en los
uniformes más agradables, propagaban, en las bellas
avenidas y los bosquecillos del Parque, una claridad magnífica.
Bonaparte tenía el proyecto de embellecer Bruselas
por medio de magníficos bulevares. Según
un plano que se le sometió y que él aprobó,
una parte de los suburbios de Lovaina, de Namur y de Flandes
habrían sido circunscritos en el recinto de la
ciudad; una vasta explanada habría sido contigua
al Parque; de la explanada, una magnífica calzada,
bordeada por una doble fila de arboles, habría
conducido al bosque de Soigne. Fue en Bruselas donde el
Primer Cónsul proyectó unir el Rin al Mosa
por un canal comenzado durante el reino de la infanta
Isabel. Bruselas rindió homenaje al Primer Cónsul
con un magnífico coche enteramente confeccionado
en los talleres del Sr. Simon, y a su esposa, con un vestido
de encajes de Bruselas. « Visita del Primer Cónsul
a Bruselas »; Gautier, Le Nouveau Conducteur
dans Bruxelles et ses environs, 1827. |
|
Estas fundaciones hunden sus raíces
en ciertas nociones primordiales del pensamiento napoleónico
como son los ideales de igualdad de todos los hombres
ante la ley y el impuesto, la libertad de
culto, de pensamiento y de acción
y, tal vez la más representativa de todas, la substitución
del mérito a la heredad, piedra de ángulo de
la edificación por Napoleón de una sociedad donde
todos tienen acceso a la educación y
la oportunidad de ascender y realizarse, no por su
origen, procedencia social o alcurnia familiar, sino por su trabajo,
esfuerzo y valor personales, nociones que hoy en día
nos parecen derechos naturales pero que entonces eran ideas completamente
novedosas y peligrosamente sediciosas en el sistema feudal imperante
en Europa: « Quiero que el hijo de un
cultivador pueda decirse: yo seré un día cardenal, mariscal
del Imperio o ministro », declarará en 1803. Napoleón
decía que la Instrucción
era «su primer cuidado para la paz, pues
es la garantía del porvenir. Quiero que sea pública,
para todos», y apenas al mando del país había
hecho regresar a los Frères des Écoles Chrétiennes
– Hermanos de las Escuelas Cristianas, que habían sido
proscritos y perseguidos por la revolución. Ulteriormente ordenará
abrir « clases normales » en cada academia de Francia
para formar maestros calificados y encargará al propio Cuvier
viajar a Alemania y a Holanda « para tomar
de la instrucción primaria un conocimiento detallado »
que se concretizará con un decreto para la aplicación
de « los excelentes métodos observados
en aquellos países ». En cuanto a la enseñanza
media y superior bastará recordar que el Emperador Napoleón
será el fundador de los Liceos, del Bachillerato
y de la Universidad Imperial, que afianzan las insignes
instituciones arriba mencionadas, fundamentos del gran proyecto napoleónico
basado como lo hemos visto en la premiación del esfuerzo y
el valor personales. Esta estructura meritocrática
es a la vez simbolizada y encarnada por la Legión
de Honor, distinción de un prestigio sin paralelo
que bajo la elocuente divisa « Honor y Patria
» estaba dedicada a recompensar las hazañas y sacrificios
hechos en beneficio de la Patria en los ámbitos civil y militar,
substanciando el espíritu de la futura nobleza de Imperio:
« No reconozco otra aristocracia que la
otorgada por el valor, el esfuerzo, el trabajo y el buen corazón
», afirmaba el Emperador.
Este espíritu eminentemente humanista e ilustrado es descrito
muy concisamente en la frase siguiente, dicha por el Emperador a Louis
de Fontanes, Gran Maestre de la Universidad Imperial: «
¿Sabéis lo que admiro más
en el mundo? Es la impotencia de la fuerza para organizar
algo. No hay más que dos potencias en el mundo, el sable y
el espíritu. Entiendo por espíritu, las instituciones
civiles y religiosas. A la larga, el sable siempre es vencido
por el espíritu » (en francés,
la palabra esprit tiene la doble connotación de espíritu
y mente).
El bienestar social y la asistencia a los desvalidos y discapacitados
no se quedan atrás y, a lo largo de todo el reinado napoleónico,
se desarrollará una muy rica red de instituciones varias de
beneficencia pública como, por ejemplo, los Burós de
beneficencia y los Comités de beneficencia, la institución
Sainte-Périne de Chaillot, el Monte de piedad, la Sociedad
maternal, la institución de los sordomudos, el Hospicio central
de vacunación
gratuita, el Hospicio imperial de los ciegos, los depósitos
de mendicidad, los talleres de caridad, sin olvidar la « Sociedad
de prevención », primer experimento de seguro
social establecido en las minas de hulla de Lieja, entonces
departamento del Ourthe, en Bélgica.
En el ámbito militar, a partir de 1800, Napoleón
entabla una política
de apaciguamiento, multiplicando sus iniciativas para sanar las
llagas dejadas por años de luchas fratricidas, decretando el
perdón a los emigrados y favoreciendo su regreso a casa, y
ante todo, respondiendo a los anhelos profundos del pueblo, tanto
materiales como espirituales pues, como él afirmaba «
el enemigo más temible no es el fanatismo,
sino el ateísmo ».
En efecto, consciente de la gran importancia de la religión
para fundamentar los buenos y sanos principios, así como para
cimentar la cohesión y la fraternidad de la nación dado
que « Se puede aplastar una nación
religiosa, pero no dividirla », restablece el milenario
culto católico firmando con la Santa Sede el Concordato
(15 al 16 de julio de 1801), tratado con el que Francia vuelve a convertirse
en « la hija mayor de la Iglesia ». Según sus palabras,
« Ninguna sociedad puede existir sin moral.
No hay buena moral sin religión. Luego no hay más que
la religión que dé al Estado un apoyo fuerte y durable.
Una sociedad sin religión es como un navío sin brújula
». El mensaje no puede ser más claro.
Muchos años después, en una misiva escrita al cardenal
Consalvi, Secretario de Estado del Vaticano, el propio Papa
Pío VII estipula que « a
Napoleón debemos sobre todo dar las gracias, después
de a Dios, por el restablecimiento de la religión en el gran
reino de Francia […] el
Concordato fue una obra de redención humana, digna de un héroe
».
Formalmente, la religión Católica
ya no es la « religión de Estado », sino «
la religión de la mayoría de los franceses ».
El clero, hasta entonces perseguido cruelmente por las hordas revolucionarias,
obedece a las directivas del Papa, pero debe también prestar
juramento al gobierno que lo retribuye. Como si nada, con el Concordato,
Napoleón acaba de plantear las bases de la laicidad,
principio de toda sociedad moderna.
 |
Firma
del Concordato entre Francia y la Santa Sede, el 15 de
julio de 1801
Lavado bistre y realces de blanco por el barón
François-Pascal-Simon Gérard (1770-1837). |
|
En el ámbito personal, a partir de la firma
del Concordato Napoleón vuelve a emplazar una capilla en
el palacio y asiste a misa todos los domingos. De hecho, desde 1802,
se esmera en identificar su imagen con la de los reyes de Francia,
viajando a las provincias y recordando así el ceremonial
de las visitas reales del Antiguo Régimen.
Más modestamente, cuando encuentra algún tiempecillo
para sí y no lo emplea descansando donde su esposa, bromeando
y jugando con ella y su séquito, gusta de pasearse en su
« buena villa de París
», recorriendo las calles en un total incógnito en
compañía de su secretario. Narra Bourrienne como,
en París, « dejaba aun menos a Bonaparte que en la
Malmaison. A veces íbamos juntos, durante la velada, a dar
paseos en el jardín de las Tullerías, pero para ello,
él esperaba siempre que las rejas estuviesen cerradas. En
aquellas salidas nocturnas, él llevaba siempre un redingote
gris y un sombrero redondo. Al “¿¡Quién
vive!?” de los faccionarios, yo estaba encargado de responder:
“El Primer Cónsul”. Cuando nos paseábamos
en la ciudad, [las salidas] eran a menudo muy picantes […]
cuando yo veía a Bonaparte, vestido con su redingote gris,
entrar en nuestro gabinete a las 8 horas de la noche, sabía
que iba a decirme: “Bourienne, vamos
a dar una vuelta”. Algunas veces entonces, en vez de
salir por los arcos del jardín, salíamos por la portezuela
cerca del portillo del Louvre. Tomaba mi brazo e íbamos a
regatear objetos de poco valor en las boticas de la rue Saint-Honoré
o la rue de l’Arbre sec. Mientras yo hacía
desplegarse ante sus ojos los objetos que parecía querer
comprar, él, jugaba su papel de cuestionador, y no había
nada más placentero que verle entonces tomar el tono ligero
y guasón de los jóvenes a la moda. Qué torpe
era para darse gracias, cuando alzando las esquinas de su corbata,
decía con una voz apagada: “¿Y
bien señora, qué hay de nuevo?” “Ciudadano,
¿qué se dice de Bonaparte?” “Vuestra
botica me parece bien surtida, ¿debe venir mucha gente aquí?”
“Veamos, ¿Qué se dice
de ese farsante de Bonaparte?” Uno de los momentos
más graciosos de aquellas escapadas fue, sin duda, cuando
se vio obligado a partir a rienda suelta para “¡huir
de las tonterías que les había atraído el tono
irreverente con el que Bonaparte hablaba del Primer Cónsul!
».
 |
| «
El Emperador habiendo preguntado a un bisutero
lo que se pensaba de ese farsante de Napoleón,
estuvo a punto de ser echado a escobazos ».
Grabado según un dibujo de Jules
David (1808-1892). |
|
EL PELIGROSO TRAMPOLÍN
DE LA SEGUNDA COALICIÓN
« Podemos
permitirnos todo en la empresa contra Francia. Hay que destruir la
anarquía en Francia. Debemos impedir que retome su antigua
preponderancia. Parece que ambos objetos bien pueden ejecutarse a
la vez. Apoderémonos de las provincias francesas que nos son
convenientes (…). Una vez esto hecho, trabajemos todos de concierto
para dar a lo que quede de Francia un gobierno estable y permanente.
Se convertirá en una potencia de segundo orden que ya no será
temible para nadie y haremos desaparecer de Europa el foco de democracia
que ha pensado abrasar a Europa ».
Conde Markov, plenipotenciario ruso.
En el marco internacional, Napoleón no escatima
energías en su tarea pacificadora y de inmediato despacha misivas
a todos los monarcas europeos a fin de hacerlos entrar en razón
y consumar
una paz duradera, un estado de armonía que anhela con todas
sus fuerzas y que es imprescindible para su proyecto de reconstrucción.
Sabe que al no ser un monarca de antigua estirpe, la menor derrota
en el campo de batalla puede costarle su posición, por no mencionar
su vida.
Por desgracia, a pesar de todos sus esfuerzos
pronto se ve forzado a emprender una segunda campaña de Italia,
con el fin de detener a los ejércitos austriacos que, gracias
a los subsidios del ministro inglés
William Pitt, avanzan amenazando con invadir
la frontera sur de Francia. Cruza los Alpes con su valeroso ejército
y, gracias a la intervención milagrosa del general Desaix,
obtiene una difícil victoria en Marengo,
el 14 de junio, venciendo a las fuerzas austriacas estupefactas por
esta hazaña que no se había visto desde Aníbal.
Es éste el preludio a la paz Lunéville,
que es firmada el 9 de febrero de 1801. Gracias a este convenio se
ha asegurado la paz en toda la Italia del Norte, que se llena de repúblicas
amparadas bajo la protección de Francia.
Fortalecido por este legendario éxito,
pero también sabedor de la precariedad de su condición,
de que un solo descalabro puede echar por tierra todos sus proyectos
y los destinos de Francia, la paz general, que es su deseo más
caro, se convierte en una obsesión para el Primer Cónsul.
Como será el caso a lo largo de todo el Consulado y enseguida
del Imperio, el aspecto civil se antepone siempre al militar.
Napoleón sabe que la guerra es un escollo gigantesco
para las numerosas reformas que pretende poner en marcha.
Igualmente, pone todo en práctica para convencer a Inglaterra,
España y Holanda de ir a sentarse en la mesa de negociaciones
para discutir condiciones que pudieran, por fin, poner un término
a aquellas guerras que duran desde hace diez años y que ahorcan
humana y económicamente a las partes concernidas. No habrá
para ello ventajas materiales y territoriales que Napoleón
no consienta, así sería desde la primera misión
diplomática de su enviado Duroc, quien el 3 de diciembre de
1799 lleva el primer mensaje de amistad de los Cónsules al
Rey de Prusia Federico Guillermo III. Otro gesto amistoso que es menester
recalcar es la liberación y el envío de vuelta a Rusia
de los 7000 prisioneros rusos capturados por los ejércitos
revolucionarios desde 1792. Equipados por orden de Napoleón
con uniformes nuevos, enviados a casa sin demanda de intercambio ni
contraparte, fueron entregados el 21 de marzo de 1801 al general Sprengtporten,
quien los recibía gustoso en representación de un admirativo
Zar Pablo I, monarca favorable que pagaría
su entusiasmo y aprecio por la persona del Primer Cónsul con
la vida, cayendo víctima de asesinos rusos conjurados patrocinados
por los ingleses. El propio Luis XVIII, pretendiente
Borbón al trono de Francia, reconocería que: «
Pablo I había sido víctima de una conspiración
de palacio en la que se encontraron el oro y la mano del gobierno
británico ».
Por último, recordemos igualmente que ya el 5 de Nivoso del
Año 8 (jueves 26 de diciembre de 1799), el Primer Cónsul
había dirigido al Rey Jorge III de Inglaterra
así como a Francisco II emperador de Austria, la carta siguiente,
reiterada
en el futuro sin mayor éxito:
| «
Señor mi Hermano,
Llamado
por el deseo de la nación francesa a ocupar la
primera magistratura de la República, creo conveniente,
al entrar en funciones, hacer parte de ello inmediatamente
a Vuestra Majestad.
¿La
guerra que desde hace ocho años, asola las cuatro
partes del mundo, debe pues ser eterna? ¿No hay
acaso ningún medio de entenderse?
¿Cómo
las dos naciones más ilustradas de Europa, poderosas
y fuertes más allá de lo que lo exige
su seguridad y su independencia, pueden sacrificar a
ideas de vana grandeza, el bien del comercio, la prosperidad
interna, la felicidad de sus familias? ¿Cómo
no sienten que la paz es la primera de las necesidades,
como la primera de las glorias?
Estos
sentimientos no pueden ser extraños al corazón
de Vuestra Majestad, quien gobierna una nación
libre, y con el único fin de hacerla feliz.
Vuestra
Majestad no verá en esta apertura más
que mi deseo sincero de contribuir eficazmente, por
segunda vez, a la pacificación general, por medio
de un trámite pronto, todo de confianza, y despejado
de esas formas que, necesarias tal vez para disfrazar
la dependencia de los Estados débiles, no perciben
en los Estados fuertes más que el deseo mutuo
de engañarse.
Francia,
Inglaterra, por el abuso de sus fuerzas, pueden aún
por largo tiempo, para la desgracia de todos los pueblos,
retrasar el agotamiento de aquellas; mas, me atrevo
a decirlo, la suerte de todas las naciones civilizadas
está atada al término de una guerra que
abrasa al mundo entero. »
Firmado
BONAPARTE |
|
-
ASPECTOS DE LA OBRA COLOSAL
DE RECONSTRUCCIÓN DE FRANCIA
« Los
panfletarios, estoy destinado a ser su comidilla, pero temo poco ser
su víctima: morderán sobre granito
»
Napoleón.
Gracias a la victoria de Marengo,
triunfo portentoso en sí pero además apuntalado por
el del general Moreau en Hohenlinden, el Primer Cónsul
se ha instalado definitivamente en la gloria y es capaz de organizar
su poder, así como de atiborrar a voluntad de instituciones
y adelantos a esa Francia de la que es amo y señor absoluto
a los treinta años de edad. Dos palabras engloban
toda la titánica tarea que recae sobre sus hombros y que Francia
espera de él: Reconciliación y Reconstrucción.
Su espíritu, su mente y su corazón están hechizados
por una obsesión, su grande pensée –
el gran pensamiento de la fusión de la Francia nueva
con la Francia del pasado. «Mi
principio es Francia ante todo», expone firme
y sumariamente.
 |
El
Primer Cónsul en su gabinete de trabajo en las Tullerías
Dibujo de Audouin. |
|
Durante los primeros años de
su gobierno, pasará la mayor parte de su tiempo en su hermosa
residencia de campo de Malmaison, cerca de París, donde sus
familiares le encuentran siempre atareado pero igualmente accesible,
alegre y enamorado de su céfira Josefina. Cuando Napoleón
deja Malmaison, es para dirigirse a su gabinete de trabajo de las
Tullerías, donde trabaja veinte horas al día y dicta
a tres secretarios a la vez, relevándolos cuando alguno se
encuentra extenuado. Uno de ellos exclamará: « hay tres
Atlas en él… », estupefacto por la profundidad
y la prodigiosa profusión de su memoria histórica, política
y geográfica. Si acaso se aleja de París, es para alentar
la implantación o el desarrollo de talleres y manufacturas.
En efecto, nada es más urgente que recuperar el enorme terreno
perdido durante la revolución y ponerse a tono en el plano
industrial europeo. La ciencia y las artes no están de más
y conocen una rápida recuperación. Un día de
1801, será en las Tullerías donde el Primer Cónsul
invite a Volta para que reproduzca sus experimentos sobre la pila
eléctrica, que ha inventado, frente a los miembros del Instituto.
Ese mismo año el vizconde de Chateaubriand publica su Atala,
Georges Cuvier sus Lecciones de anatomía comparada,
Laplace prosigue la publicación del Tratado de Mecánica
celeste y el abate René-Just Haüy termina su monumental
Tratado de Mineralogía.
Las obras públicas apasionan al Primer Cónsul. Cuando
una discusión surge entre los ingenieros que dibujan el trazado
del canal de Saint-Quentin, él se presenta in situ y decreta
con autoridad decisiones que han probado su lucidez, pues sus resultados
prácticos prevalecen y son funcionales hoy en día, en
pleno el siglo XXI. En el mismo contexto por ejemplo, el Primer Cónsul
también hará emprender los canales del Ourcq, y de Nantes,
en Brest. De igual forma insistirá en ser él quien pose
simbólicamente la primera piedra de la reconstrucción
de la ciudad de Lyon, arrasada como sabemos durante la revolución.
Esta noble villa le guardará desde entonces un indefectible
apego, que resistirá a todos los reveses.
 |
Posa
por el Primer Cónsul de la primera piedra de la reconstrucción
de Lyon
Litografía de Horace Vernet (1789-1863). |
|
Otra obsesión lo hechiza,
la de los caminos y ríos, base fundamental de la comunicación
y el desarrollo, ya sea industrial, comercial, cultural etc., y no
meras vías cuyo fin sería el de « facilitar la
rapidez de movimiento del ejército », como algunos han
lerdamente afirmado…
Desde la fundación de la República Cisalpina, el Primer
Cónsul ha ordenado la creación de la carretera del Simplón,
nada menos el más audaz paso de montaña nunca antes
construido. Después de la Paz de Lunéville Napoleón
le da la orden al general Turreau de que su cuartel general se desplace
Domodossola, al pie del Simplón, con el fin de que sus soldados
le echen la mano a los obreros; de esta forma se alcanzará
la cifra de 30 000 hombres que trabajarán de 1801 a 1807 en
dicha carretera, que al final comportará 613 puentes, 20 casas
de refugio y 8 galerías emparedadas. De esta fecha data igualmente
la decisión de emprender en Cherbourg grandes obras que devolverán
al puerto sus antiguas glorias, perdida incluso ya en tiempos del
Antiguo Régimen, y que Napoleón, vuelto emperador, consagrará
con una magnífica inauguración solemne.
Amberes (Flandes), Quiberón, Belle-Île y sobre todo el
puerto comercial de Lorient serán igualmente beneficiarios
de este tipo de iniciativas.
 |
El
Primer Cónsul durante una sesión del Consejo
de Estado
Grabado de Barbant. |
|
A este periodo pertenece también
otra obra magna de la obra Napoleónica, el Código
Civil, elaborado por el consejo de Estado bajo la impulsión
constante del Primer Cónsul en persona, quien asiste a cincuenta
y siete sesiones de una duración de 5 a 6 horas cada una, examinando
diligentemente, una por una, cada cuestión planteada por los
abogados y juristas expertos de todas las escuelas y familias del
Derecho, tanto antiguas como modernas, uno de ellos incluso distinguido
por haber sido abogado del rey Luis XVI.
De la misma forma que la Gran Armada va a simbolizar la fusión
de los ejércitos de la monarquía con los del año
II, así como el régimen napoleónico juntará
nobles emigrados y republicanos, el Código Civil marca la síntesis
del Derecho romano, del Derecho consuetudinario, del trabajo legislativo
a veces admirable pero a menudo incoherente llevado a cabo por las
asambleas revolucionarias.
Tras dos años de elaboración, este monumento jurídico,
el más importante que un Estado haya realizado desde el emperador
Justiniano, es promulgado, en 37 leyes, del 5 de marzo de 1803 al
15 de marzo de 1804. El 21 de marzo de 1804 una última ley
los reúne en un solo cuerpo que comporta 2 281 artículos.
El Gran Maestre de la Universidad, Fontanes, presenta el Código
Civil al Primer Cónsul durante una arenga en la que, una vez
más, la hipérbola no excede a la verdad. Al respecto,
Sainte-Beuve escribirá: « un consejo de sabios, enardecidos
por un héroe, aprovechó el momento decisivo en que la
nación, profundamente conmovida, se hallaba repentinamente
puesta de nueva cuenta bajo un mejor genio y asociaba el vigor de
un nuevo pueblo a la madurez de un pueblo antiguo ».
INGLATERRA VUELVE A DESATAR
A LOS DEMONIOS DE LA GUERRA
« Si fuéramos
justos un solo día, no nos quedaría un año de
vida »
William Pitt.
« Vuestra
única política, el gran Federico lo ha dicho hace mucho
tiempo, es ir a tocar a las puertas con una bolsa en la mano
»
Napoleón, en Le Moniteur; marzo de 1805.
 |
Fox
en la Cámara de los Comunes
Charles James Fox se opone, sin éxito, a
la política bélica y anti-francesa de la gentry,
encarnada por William Pitt. Litografía de Horcholle. |
|
En primera instancia, como lo hemos
visto, los esfuerzos
del Primer Cónsul por lograr una paz general y durable
no son totalmente vanos. España y Holanda se asocian al tratado
por lo que, quedándose momentáneamente sola en sus afanes
bélicos, la beligerante Inglaterra se verá obligada
a firmar, muy a regañadientes, la paz general en Amiens,
el 25 de marzo de 1802.
Albión devuelve entonces a Francia las Antillas y los establecimientos
de la India, conservando por su cuenta Trinidad, sustraída
a España, y Ceilán, arrebatada a Holanda; restituye
el Cabo a ésta última. Pero ante todo, Inglaterra
se compromete a evacuar Egipto y a restituir Malta a su Orden dentro
de los tres meses. Esta última cláusula va
a constituir una verdadera manzana de discordia, voluntariamente fatal
para la paz pues, en efecto, las verdaderas intenciones del gabinete
de Londres, disimuladas alevosamente en la mesa de negociaciones,
son claras en su proyecto político desde el principio. Así,
el jefe del gabinete británico Lord Addington,
ante su Parlamento, presentaba la situación en estos términos:
« Por ahora, nuestro deber es conservar
nuestras fuerzas. Reservémoslas para ocasiones futuras,
cuando podamos recobrar la ofensiva con esperanza de éxito
».
Estas pocas palabras, muy edificantes, debemos tenerlas en mente pues
contienen por sí solas toda la filosofía guerrera
de Inglaterra, que hasta 1815 llevará a cabo una constante
y deshonrosa política de guerra por procuración,
es decir de ataques interpuestos llevados a cabo por ejércitos
continentales a su sueldo. En efecto, todo lo demás que pueda
alegarse pertenece al ámbito de una retórica engañosa,
como lo revelan las declaraciones hechas a su colega ruso por el embajador
británico en París, lord Wittworth,
en una confidencia notable por su disimulo y su cobardía: «
Mi corte querrá sin duda prevalecerse
de las ventajas de su posición actual que la pone en situación
de propinar a Francia golpes muy sensibles sin tener nada
que temer ».
Por su parte, el Primer Cónsul espera candorosamente, y varios
años después, un desencantado Napoleón dirá
desde su exilio que « en Amiens, yo creía
de muy buena fe la suerte de Francia, la del Imperio, la mía,
fijadas. Para mí, yo iba a dedicarme únicamente a la
administración de Francia, y creo que hubiese concebido prodigios
».
Ciertamente, aunque por el momento
ya ha logrado algunos cuantos y nada desdeñables por cierto
pues, desde el punto de vista diplomático, debemos recalcar
que entre 1800 y 1803 el Primer Cónsul habrá concluido
la sorprendente cantidad de dieciséis tratados y convenciones
internacionales, extraordinario encadenamiento de convenios cuyo resultado
será que Francia ya no esté en guerra contra
nadie, una situación que el país no conocía
desde el 20 de abril de 1792. Le ha aportado a la
nación la paz exterior general, y el pueblo francés
retribuirá este obsequio inapreciable profesándole desde
entonces un culto que no se desmentirá más, como lo
veremos más lejos. En las calles y en la prensa proliferan
las estampas y grabados, los buhoneros distribuyen bustos y estatuillas
con su efigie de aire etrusco; también se componen versos y
canciones en honor al joven dirigente, « el soldado que sabe
hacer la guerra pero aun mejor la paz », según una copla
popular.
 |
Instalación
del gobierno consular en las Tullerías
Litografía francesa de la época. |
|
Pero volvamos por un momento a la
Constitución del año VIII.
Diseñada por el Primer Cónsul, ha sido redactada por
Daunou, un ideólogo republicano liberal hostil al
jacobinismo. Esta carta magna refuerza al poder ejecutivo confiando
únicamente a los notables el poder de representación;
no obstante, el sufragio universal es mantenido.
Para 1802, tras haber erradicado en el interior la doble oposición
realista y jacobina, y en el exterior la amenaza extranjera, Napoleón
ha logrado afirmar sólidamente la paz social en Francia. Ante
semejantes beneficios, el Tribunado interviene manifestando su voluntad
de dar al Primer Cónsul una «prueba brillante de agradecimiento
nacional», sugiriendo entonces el Senado una prolongación
por 10 años del mandato del Primer Cónsul.
Por su lado, Napoleón plantea la realización de un senadoconsulto
que prevé el consulado
vitalicio y, por decreto consular, el 20 de floreal del
año X (10 de mayo de 1802) se somete a plebiscito la pregunta:
« ¿Será Napoleón Cónsul vitalicio?
».
El 12 de mayo, el voto resulta en una unanimidad menos una
voz (la de Lazare Carnot) en el Tribunado, y una unanimidad
menos tres voces en el Cuerpo Legislativo. Ahora, otra de
las grandes líneas directrices del régimen napoleónico
es el « appel au peuple
» – el llamado o convocación al pueblo, que se
lleva a cabo a través del sistema del referendo
o democracia directa, en la que el pueblo se manifiesta directamente
sin que su voto pase por el filtro de representantes e intermediarios,
una figura electoral ante la cual incluso (¿o deberíamos
decir sobre todo?) nuestras democracias actuales tiemblan.
Para tal efecto, en cada comuna se abren registros en los que los
ciudadanos son invitados a consignar sus votos disponiendo de tres
semanas de plazo a partir del día de publicación del
decreto por los ayuntamientos. En el caso que nos ocupa el plebiscito
también es avalado palmariamente por el pueblo francés
con el resultado sobradamente elocuente de 3
568 885 votos a favor,
8 374 en contra, sobre un total de 3 577 259 de electores.
De esta forma, al término del plebiscito, el 2 de agosto de
1802 Napoleón es proclamado Cónsul de por vida
por deseo expreso del pueblo de Francia y de las Cámaras.
 |
Proclamación
del Consulado vitalicio
Estampa popular francesa de la época. |
|
Dos días después, 4
de agosto de 1802, se adapta la Constitución del año
VIII naciendo entonces la Constitución del año
X, que modifica la composición del Tribunado reduciendo
a sus miembros de 100 a 50. Asimismo, otorga al Primer Cónsul
el privilegio de nombrar a los miembros del Senado y de disolver el
Cuerpo legislativo y el Tribunado. Le concede igualmente los derechos
de firmar solo los tratados y el de gracia. Finalmente, este documento
determina que el sufragio universal será parcialmente abandonado
en provecho del sufragio censitario.
Enseguida, aprovechando la ocasión del
aniversario del Primer Cónsul, el 15 de agosto se conmemora
la institución del Consulado vitalicio con la celebración
de un solemne Te Deum en la Catedral de Nuestra Señora
de París.
Por desgracia,
todas estas solemnidades son de corta duración y la paz tan
arduamente adquirida en Amiens es violada sin más el 18 de
mayo de 1803 por el ministro William Pitt, de vuelta
al poder el Londres. ¿Cómo procede este sujeto para
disparar las hostilidades? Comienza con un acto de bandidaje. Sin
declaración previa de guerra, Inglaterra se apodera
de todos los navíos franceses y holandeses
con un valor de 200 millones, bastimentos neutros de comercio cuyo
cargamento ahora iba a enriquecer a los mercantes de la City
y cuyas tripulaciones, sin más ni más, fueron echadas
en las mazmorras. Los desgraciados que caían en manos británicas
terminaban sus días en los «ponts-ships», los siniestros
pontones, donde se pudrían literalmente hasta
morir. Napoleón respondería a estos abusos decretando
que todos los sujetos de su Majestad Británica «actualmente
en Francia» (Moniteur) serían constituidos prisioneros
de Guerra. ¿Cuál fue su suerte? Quedaban prisioneros
bajo palabra y la mayoría trabajaba con empleadores o en residencia
donde los habitantes, percibiendo según su estatuto la mitad
del sueldo asignado a los suboficiales y soldados en actividad en
las tropas francesas o el medio sueldo de los simples soldados, ¡y
gozando del derecho de hacer ir a su mujer a Francia! En el Memorial,
Napoleón aclara que «Propuse el
intercambio durante toda la duración de la guerra. Los ingleses
prefirieron dejar a sus prisioneros diez años, antes que renunciar
en el futuro a sus incalificables métodos de rapiñas
en la mar» (1º de noviembre de 1816).
Inglaterra tampoco ha respetado su promesa de evacuar Malta, y el
gabinete de Londres, al tanto que prodiga enormes cantidades de dinero,
organiza ya la Tercera Coalición que constará
de Inglaterra (financiando el proyecto), Austria, el reino de Nápoles
y Rusia. Ante tan violenta e inicua acometida, el Primer Cónsul
se ve forzado a replicar, lo que hace el 20 de junio por medio de
un decreto que prohíbe la entrada a Francia de toda mercancía
proveniente de Inglaterra o de sus posesiones. También se propone
lavar la afrenta considerando una expedición punitiva al corazón
mismo de Inglaterra, para lo cual moviliza la flota y el ejército
de tierra a Boloña (Boulogne-sur-Mer, en las costas de Bretaña).
Pero un peligro más fermenta
en las entrañas de la misma Francia.
Desde Inglaterra, amparados y generosamente respaldados por el Gabinete
de Londres, los realistas fanáticos emigrados en Londres, encabezados
por el conde de Artois (futuro rey Carlos X), mente
extraviada y criminal, buscan, ya no derrocar sino liquidar físicamente
al Primer Cónsul. Para tal fin fomentan un complot apoyándose
entre otros en el traidor general Pichegru, en el rebelde Georges
Cadoudal y sus cómplices, en 1804.
 |
| Atentado
de la Calle Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800 |
| Al
dirigirse a la Ópera para escuchar una adaptación
de La Creación del mundo de Franz Joseph
Haydn, su compositor preferido, el Primer Cónsul
escapa de milagro a la brutal explosión de una
“máquina infernal”. Se trata de una
bomba oculta en una carreta confiada por los terroristas
a una pobre niña de catorce años llamada
Marianne Peusol, a quien han dado 12 céntimos a
cambio de que sujete a la yegua que lleva atado el mortífero
dispositivo. Ambas quedarán pulverizadas por el
estallido que causa 22 muertos más y un centenar
de heridos. Inicialmente se sospecha de los jacobinos,
pero tras las investigaciones de la “policía
científica” los culpables del complot resultan
ser los realistas bajo el mando del duque de Enghien y
su agente Georges Cadoudal. Entre varios ejecutores más,
será el antiguo jefe chuán Joseph Picot
de Limoëlan quien se haya encargado de embaucar a
la pequeña Peusol, logrando escurrirse de los agentes
de Fouché y escapando de París. Huirá
a los Estados Unidos y, desgarrado el resto de sus días
por el remordimiento, se hará sacerdote. Sin volver
nunca más a Francia, muere en Carolina del Sur
el 29 de septiembre de 1826. Litografía de la época. |
|
Estos conspiradores caerán
en mano de la eficaz policía de Fouché, siendo luego
juzgados y condenados. Sin embargo, planes homicidas como los suyos,
ilustrados especialmente por el milagroso fracaso del atentado de
la máquina infernal de la calle
Saint Nicaise, perpetrado el 24 de diciembre de 1800,
siguen pesando como una amenaza constante para la vida del Primer
Cónsul, quien nunca dejará de ser el blanco de grupos
organizados como los misteriosos Chevaliers de la Foi («Caballeros
de la Fe»), igualmente dirigidos por de Artois (fundados en
1810). Gracias a las confesiones de Pichegru y otros personajes de
alto rango pertenecientes a los círculos del realismo militante,
se conoce que, conforme a los proyectos de una conspiración
en curso, un «joven príncipe»
debe llegar a París y « unir » al país tras
del asesinato del Primer Cónsul, con el objetivo de operar
una restauración realista. Efectuada una indagación,
Bonaparte hace arrestar el 15 de marzo en Ettenheim, en el gran ducado
de Baden, al duque
de Enghien, hijo único del último príncipe
de Condé. Llevado a la fortaleza de Vincennes, es juzgado ahí
mismo y, a espaldas del Primer Cónsul, condenado
a muerte por una comisión especial presidida por el general
Hulin, quien tratará de justificarse cerca de veinte años
más tarde al publicar sus Explicaciones ofrecidas a los
hombres imparciales. A instancias y por imposición
directa del general Savary y el clan de los regicidas (Talleyrand,
Fouché y sus compinches), el príncipe es fusilado subrepticiamente
en las fosas, apenas la sentencia pronunciada, sin obtener la entrevista
personal que solicitaba con el Primer Cónsul. Éste último
acaba de ser víctima de una grosera manipulación que
años después describirá de esta forma en el Memorial
de Santa Helena: « Con toda seguridad,
si hubiese sido instruido a tiempo de ciertas particularidades concernientes
a las opiniones y al natural del duque de Enghien, y sobre todo si
hubiera visto la carta que me escribió y que Talleyrand no
me entregó más que cuando él ya no era, bien
ciertamente hubiese perdonado (…) Todo
se había previsto con anterioridad. Las piezas se encontraron
totalmente listas, sólo había que firmar. Y la suerte
del príncipe ya estaba decidida ». Por lo pronto,
su secretario Menevál describe el momento en que la noticia
llega a los oídos del Primer Cónsul quien dejó
escapar un brusco movimiento de sorpresa y de descontento. Constant,
su ayuda de cámara, nos cuenta en sus memorias que al anunciarse
este terrible acontecimiento, la esposa del Primer Cónsul,
Josefina, «entró o más bien se precipitó
en la recámara gritando: “¡el duque de Enghien
está muerto! ¡Ah! ¿Amigo mío, qué
has hecho?”... Éste palideció como la
muerte, y dijo con una emoción extraordinaria: “¡Los
desgraciados se han apresurado demasiado! ¡Ya solo me queda
llevar la responsabilidad!”». A su hermano José
ha escrito algo similar: « Hay que soportar
la responsabilidad del evento; echarla sobre otros, incluso con verdad,
se parecería demasiado a una cobardía, [lo suficiente]
para que quiera dejar que se sospeche de mí
». Y entonces, manda que a la duquesa de Borbón, madre
del príncipe, se le asigne un socorro de 100 000 francos que
la víctima acepta, lo cual no puede dejar de ser desconcertante
para los que se empeñan en imputarle el crimen a como dé
lugar. Tal vez sea por ello por lo que nunca hagan mención
del hecho.
Diecisiete años más tarde, al redactar su testamento,
tres semanas antes de morir, el Emperador Napoleón vuelve sobre
el asunto y procede a una última aclaración. Asume la
entera responsabilidad del arresto del duque y de su presentación
ante la justicia como una decisión legítima. No obstante,
no se siente culpable en absoluto de la orden de ejecución,
por lo tanto, no tiene ninguna razón de sentir remordimientos,
a lo mucho sólo la frustración de no haber podido ejercer
su derecho de gracia, lo cual hubiera sido, además de un magnífico
gesto humano y altamente simbólico, una poderosa palanca política.
Siente como una profunda injusticia la acusación de crimen.
Ya en su lecho de muerte, asumiendo la responsabilidad de la terrible
transgresión perpetrada por otros, escribe: « Hice
arrestar y juzgar al duque de Enghien porque era
necesario para la seguridad, el interés
y el honor del pueblo francés, en el momento
en que el conde de Artois mantenía, según su confesión,
a sesenta asesinos en París. En una
situación similar, actuaría todavía de la misma
manera. »
Por lo pronto, el lúcido conspirador
Cadoudal, que percibe nítidamente el significado profundo y
todo el alcance de este acto que marca la ruptura definitiva con los
borbones y corta con cualquier pretensión de restauración
borbónica, concluye con esta frase amarga, lanzada mientras
sube junto con sus cómplices al cadalso, el 28 de junio de
1804: « ¡Queríamos devolver un rey a Francia, le
hemos dado un emperador!»..
 |
Ejecución
del duque de Enghien, 20 de marzo de 1804
Ilustración anónima de la época. |
|
Pero dejemos la polémica histórica
y volvamos a la realidad del momento. Ante la verosimilitud del peligro
constante que se cierne sobre la vida del Primer Cónsul, interviene
una cuestión que no podía escapar a la clase dirigente,
a saber la de la supervivencia del régimen y de sus adquisiciones
en la hipótesis de que el joven regente llegase a desaparecer
brutalmente por obra de manos criminales.
En estas circunstancias, durante el mes de abril de 1804, mientras
se llevaba a cabo la instrucción de las actas de Cadoudal y
de sus cómplices, entre los cuales figuraban los generales
traidores Pichegru y Moreau, un miembro del Tribunado hizo entrega
ante la Asamblea de una propuesta que tendía a investir
al Primer Cónsul de la dignidad imperial y declarar el imperio
francés hereditario en su familia. La idea no era
espontánea, pues en opinión de algunos partisanos sólo
la fundación de una dinastía podría asentar definitivamente
los logros de la revolución y del Consulado, y garantizar su
perennidad.
Es así como una comisión encargada del examen de la
proposición hizo entrega de su reporte algunos días
después y concluyó su adopción.
Una sola voz discordante se elevó en medio de esta unanimidad,
nuevamente la del matemático y antiguo miembro del Directorio,
Lazare Carnot, un republicano inflexible que como
hemos visto ya se había señalado por su negativa de
votar el consulado vitalicio, al que veía con gran recelo presintiendo
desde entonces el retorno definitivo a las formas monárquicas.
Lo volveremos a encontrar más adelante, durante los días
sombríos de 1814-1815 en condiciones emotivas.
Entretanto, el 2 de mayo de 1804,
después de haber proclamado que «no hay título
más conveniente a la gloria de Bonaparte y a la dignidad del
jefe supremo de la nación francesa que el título de
emperador», el Tribunado formula los estatutos
siguientes:
«
El Tribunado, ejerciendo el derecho que le es atribuido
por el artículo 29 de la Constitución emite el
voto:
1° Que Napoleón Bonaparte, Primer Cónsul,
sea proclamado Emperador de los franceses, y, en dicha calidad,
encargado del gobierno de la república francesa;
2° Que el título de emperador y el poder imperial
sean hereditarios en su familia, de varón en varón,
por orden de primogenitura;
3° Que al hacer en la organización de las autoridades
constituidas las modificaciones que podrá exigir el establecimiento
del poder hereditario, la igualdad, la libertad, los derechos
del pueblo sean conservados en su integridad.
El presente voto será presentado al Senado por seis oradores,
que permanecen encargados de exponer el voto del Tribunado.
» |
Vino entonces el turno del Senado.
 |
Napoleón
recibe en Saint Cloud el senadoconsulto que lo proclama
emperador, el 18 de mayo de 1804
Óleo de Georges Rouget (1783-1869). |
|
Consultado por medio de un plebiscito
acerca de la cuestión, el pueblo francés se expresa
sin ambigüedad alguna; los resultados hablan por sí solos:
3 572 329
voces «a favor», 2
569 «en
contra».
Todos estos sufragios honraban no solo a las instituciones, sino esencialmente
al hombre que, en solamente cinco años, había salvado
a la Francia moribunda y le había vuelto a dar un prestigio
sin precedentes. Tras una década de masacres y persecuciones
más horribles unas que otras, el pueblo le estaba agradecido
por la paz civil que él les había devuelto; la misma
Vendea, ayer tan profundamente realista, le otorgaba una cuasi unanimidad
al hombre que había puesto un término a los exterminios
revolucionarios.
Consiguientemente, el 4 de mayo, los senadores reconocen el principio
de transmisión hereditaria como base fundamental del Estado
y adoptan a unanimidad de los sufragios un nuevo comunicado en el
cual refrendan el establecimiento de la dignidad imperial
hereditaria en la persona y familia del Primer Cónsul.
El 18 de mayo, los senadores reunidos escuchan a
su antiguo presidente, el naturalista Lacepède, quien fue igualmente
el primer gran canciller de la Legión de Honor, leer el texto
del senadoconsulto que daba su forma oficial y legal a estas nuevas
instituciones de facto monárquicas.
Enseguida se dirigieron todos al castillo de Saint-Cloud, hoy desaparecido,
donde el Primer Cónsul acompañado de su esposa Josefina
esperaba a los magistrados. Según los testimonios de los presentes,
el Cónsul estaba « tranquilo, digno y sin rigidez ».
Este hombre, de apenas 35 años de edad a quien, hasta entonces,
nadie se había dirigido de otra forma que llamándolo
«ciudadano general» o «ciudadano Primer Cónsul»,
oyó a Cambacérès decirle al acercarse a él:
« Sire…»; acababa de ser proclamado Emperador de
los franceses con el nombre de NAPOLEÓN
I.
Terminada la arenga solemne del delegado,
el Emperador prorrumpe: « Todo lo que
puede contribuir al bien de la Patria, está esencialmente ligado
a mi dicha. Acepto el título que me creéis útil
para la gloria de la nación. Someto a la sanción del
pueblo la ley de la heredad. Espero que Francia no se arrepienta nunca
de los honores con que rodeará a mi familia ».
En ese momento el estruendo de todos los cañones de París
se dejó oír hasta Saint-Cloud y, al discurso de Cambacérès,
un grito, el primero de una larga serie que hasta hoy nunca se ha
extinguido, les hizo eco:
¡VIVA
EL EMPERADOR!
« Sí, es
verdaderamente el trono de Carlomagno que vuelve a levantarse después
de diez siglos »
Pierre Louis de Lacretelle, el mayor.
 |
| Armas
del Imperio francés |
|
Sin perder tiempo, desde el
19 de mayo Napoleón nombra a muchos de sus grandes dignatarios;
los ex segundo y tercer Cónsules, Cambacérès
y Lebrun, son nombrados respectivamente archicanciller y architesorero,
y el Emperador eleva igualmente a catorce generales a la dignidad
de Mariscal de Imperio: Berthier, Lannes, Murat, Moncey, Jourdan,
Masséna, Augereau, Bernadotte, Soult, Brune, Mortier, Ney,
Davout, y Bessières. Les siguen igualmente generales senadores
y otros nombramientos que empezarán a dar cuerpo y forma al
nuevo régimen que, si ya estaba formalizado desde el punto
de vista legal, todavía estaba por cristalizarse de una forma
más excelsa y más sublime: la espiritual.
Para hablar de esta nueva etapa que
conllevará nuevos y espinosos desafíos para el Emperador,
nos es preciso volver un poco hacia atrás.
El 23 de abril de 1804, durante una sesión privada del Consejo
de Estado, además de la cuestión de la transmisión
hereditaria se evocó el tema de la consagración
del jefe de una nueva dinastía. Esta noción
fue abordada por el mismo Napoleón, perfecto conocedor de todo
el apoyo que aporta a un trono la caución de la religión.
Ahora… en esta asamblea, toda poblada de revolucionarios, la
simple mención de esta eventualidad había levantado
más que fuertes reticencias, desatando de hecho una viva y
en ocasiones violenta oposición.
A pesar de estos obstáculos, apenas nombrado Emperador, Napoleón
buscó la manera de hacer sancionar por la iglesia católica,
por él restaurada, los derechos al trono que la nación
acababa de conferirle. Este designio implicaba recibir la unción
sacra de manos del Soberano Pontífice, nada menos..
Como era de esperarse, para muchos esta voluntad
era un grave error argumentando entre otras cosas que « la intervención
de un pontífice no añade nada a los derechos de los
príncipes ni a las obligaciones de los pueblos ». Para
otros tantos, republicanos, no había ni siquiera lugar para
discutir el tema.
A todos ellos, el Primer Cónsul había respondido como
sigue, con toda la gran simplicidad y el implacable realismo propios
de toda verdad: « Todo lo que
tiende a volver sagrado a quien gobierna es un gran bien
», tras lo cual se entablan las tramitaciones
y por medio de una misiva
solicita personalmente a Su Santidad Pio VII ir a consagrarle en París.
Evocando todos los beneficios que
el joven soberano ha prodigado a la cristiandad, el ministro de Relaciones
exteriores, Talleyrand, envía también por su lado una
serie de comunicados al Vaticano. En uno de ellos pregunta al Santo
Padre « ¿qué monarca podría ofrecerlos
tan grandes, tan numerosos en el corto espacio de dos o tres años?»
Pronto, tras recorrer cerca de 2 200 kilómetros, su Santidad
Pío VII arribaba a París el 29 de noviembre.
Su llegada desencadenaría la ira de los realistas, de por sí
furiosos por el fracaso de sus tentativas de asesinato contra el Primer
Cónsul. El conde Joseph de Maistre incluso maldice a ese «pontífice
indigno».
En cuanto a los republicanos, no se quedan atrás y se indignan
de que « Bonaparte », ese « hijo de la revolución
» – etiqueta que por desgracia no lo dejará nunca
– la « prostituyera » a los pies de un sacerdote...
 |
La
llegada de Pío VII a Fontainebleau
Dibujo de Martinet. |
|
Mientras las diferentes facciones
se libraban a las argucias y a los altercados, muy lejos de ahí,
se deja oír una voz que llega el 6 de junio desde la lejana
Varsovia. Es el clamor amargo de un hombre que por el momento no era
más que el conde de Provenza, y que pretendía
reinar bajo el nombre de Luis XVIII.
Al tener conocimiento de la accesión de Napoleón al
trono, escribe la protestación siguiente:
«
Al tomar el título de emperador, queriendo volverlo
hereditario en su familia, Bonaparte pone el sello a su usurpación.
Este nuevo acto de una revolución en la que todo, desde
su origen, ha sido nulo, no podría sin duda infirmar
mis derechos; pero, contable de mi conducta a todos los soberanos,
cuyos derechos no están menos dañados que los
míos y cuyos tronos están todos estremecidos por
los principios peligrosos que el senado de París a osado
sentar; contable hacia Francia, mi familia, mi propio honor,
yo creería traicionar la causa común guardando
silencio en esta ocasión. Declaro pues, en presencia
de todos los soberanos que, lejos de reconocer el título
imperial que Bonaparte acaba de hacerse deferir por un cuerpo
que ni siquiera tiene existencia legítima, protesto contra
este título y contra todos los actos subsecuentes a los
que pudiera dar lugar ». |
Napoleón, cuyo intelecto era
tan agudo y penetrante, percibió de inmediato todo lo que podría
sacar de este documento torpe y de doble filo. Lejos de ocultarlo,
lo mandó publicar in extenso en el Moniteur
del 1º de julio. Los eventos que seguirían demostraron
cuánta razón tenía pues, en verdad, esta protestación
resultó ser una ayuda inapreciable brindada, muy involuntariamente,
al nuevo régimen. Las palabras del conde de Provenza, que no
eran otra cosa que la negación rotunda y el cuestionamiento
en bloque de las adquisiciones de la revolución, entre ellas
los derechos civiles y de propiedad tan arduamente ganados, a precio
de tanta sangre y sacrificios, lograron como por arte de magia lo
que había sido imposible hasta entonces: ¡hicieron unirse
a todos los que, de espíritu tenazmente republicano, todavía
rechazaban el Imperio!
 |
Juramento
durante la ceremonia de distribución de la Legión
de Honor en Boloña
Litografía coloreada decimonónica. |
|
Quince días después,
el 15 de julio, Napoleón procede a las primeras
entregas de las medallas de la Legión de honor,
inicialmente durante una ceremonia magna en la capilla de Los Inválidos.
El legado del Papa, el cardenal Caprara, oficia la misa y el conde
de Lacépède, Gran Canciller de la Legión de Honor,
pronuncia el discurso de honor, señalado por restas palabras:
« ¡Honor, Patria, Napoleón! Sed por siempre
jamás la divisa sagrada de Francia y la garantía de
su eterna prosperidad ». Entre los primeros condecorados
figuran el cardenal de Belloy, el conde de Rochambeau, y los cardenales
Fesch y el propio Caprara.
El 28 de termidor (15 de agosto), el Emperador se desplaza a Boloña,
donde como sabemos le esperan las tropas reunidas en previsión
de la incursión planeada en Inglaterra, una flotilla de 2 400
bastimentos y un contingente de 200 000 hombres.
Al borde de una calle bautizada Napoleón en honor
al nuevo soberano que cumple años en este día solemne,
adornada con tres arcos triunfales y bordeada por brillantes fanfarrias
y lozanas dríades danzantes, se encuentra el circo de Therlincthum
que, engalanado con trofeos, estandartes y una corona de oro en fondo
de pañerías tornasoladas que ostentan los símbolos
del Imperio, será sede en unos momentos de la segunda ceremonia
de entrega de las cruces de la Legión de Honor.

LA CONSAGRACIÓN Y EL
CORONAMIENTO
«
Decid bien que soy Carlomagno
»
Napoleón al Cardenal Fesch.
El
2 de diciembre de 1804 era un gran día para
Napoleón, quien el 7 de septiembre (20 de fructidor del año
XII) se había recogido frente a la tumba de Carlomagno en Aquisgrán.
La crónica del tiempo indica
que ese día la nieve, que la víspera había caído
sin interrupción, desapareció por completo para ceder
su lugar a un sol radiante.
Según un testigo, « A las diez de la mañana, el
Emperador salió de las Tullerías para dirigirse a Nuestra
Señora. Su cortejo era numeroso y magnífico: cinco coches
escoltaban al suyo, una carroza enteramente dorada con siete ventanas
».
 |
El
cortejo de la Consagración
El Emperador
deja las Tullerías para dirigirse a la catedral de
Nuestra Señora de París. Dibujo de Isabey
para Le Livre du Sacre. |
|
Afuera, « había 50 000 hombres bajo las armas, y 500
000 curiosos en las ventanas o en las calles. La iglesia estaba totalmente
tendida en telas de seda carmesí, ornamentadas con franjas,
galones de escudos de armas bordados de oro. La nave, el coro y el
santuario estaban cubiertos con tapicerías de Aubusson y de
la Savonnerie. Gradas dispuestas en forma de anfiteatro estaban cargadas
de espectadores: las mujeres brillantes de encantos y de aderezos,
los hombres vestidos con atuendos resplandecientes, plazas asignadas
a todos los dignatarios del Estado, el trono del Emperador elevado
en medio de la nave, el del Papa en el santuario. Todo aquello era
hermoso, magnífico y bien ordenado. Esta mezcla de la pompa
de las ceremonias de la Iglesia romana con la magnificencia de la
Corte de las Tullerías presentaba a la vista, hay que convenirlo,
un brillante espectáculo ».
Los infinitos lienzos rutilantes, lábaros e insignias resplandecientes
de telas preciosas que ponen de relieve los símbolos majestuosos
del Imperio naciente y de la Santa Sede también cumplen la
función, ésta menos conocida, de disimular los graves
destrozos causados por los revolucionarios durante las convulsiones
de los años pasados cuando, con toda su furia y codicia fantásticas,
las hordas de gentuza habían saqueado el tesoro de la catedral
y barrido con su contenido invaluable, dispersándolo a los
cuatro vientos.
Al llegar el cortejo a la catedral,
el Emperador, « muy conmovido y de una palidez extrema »,
abandona su traje a la francesa, terciopelo rojo bordado de oro, bufanda
blanca, manto corto sembrado de abejas,
sombrero rematado con plumas blancas, collar de la Legión de
Honor en diamantes, y reviste sus atuendos de consagración.
Porta en este momento una simple corona de laurel que le da el aspecto
de una medalla antigua.
Enseguida se procede a la ceremonia, que se lleva a cabo en presencia
de unos veinticinco mil asistentes. El Papa se halla en el altar,
de espaldas a la maravillosa Piedad de Nicolas Coustou, Napoleón
avanza hacia él, se arrodilla, y recibe la triple unción
que lo consagra como Emperador, grandioso espectáculo que no
se había visto desde Carlomagno. Entonces toma la corona que
se hallaba sobre el altar, y la coloca
sobre su cabeza.
 |
| Las
unciones |
Su
Santidad el Papa Pío VII da la bendición
y aplica las tres unciones que consagran a Napoleón
emperador de los franceses. Aguafuerte y buril (detalle)
proveniente de El libro de la Consagración
(1805-1811); Dibujo de Isabey y Fontaine, grabado por
Delvaux. |
|
Mencionemos aquí, pues es importante
subrayarlo, que Napoleón nunca le arrebató la
corona al Papa, como se tiene la necia costumbre de decirlo,
y que no solo es esto una gran falacia, sino también una gran
tontería y sobre todo una grave difamación.
El pontifical romano nos indica que es la tradición de la coronación
la que le da su significado a la consagración. En él
encontramos lo que sigue: « Recibe, dice el ritual,
la corona del reino que es puesta sobre tu cabeza por las manos,
aunque indignas, de los obispos, en nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo ».
Ahora, aceptar este procedimiento al pie de la letra, representaba
para Napoleón reconocer públicamente que le debía
su corona imperial únicamente al Papa y a la Iglesia.
Dado el contexto sociopolítico muy particular en el que había
accedido al trono, no podía suscribir a esta forma, por lo
que informó cabalmente a Pío VII que dadas las circunstancias
deseaba, –lo citamos textualmente–, «tomar
la corona para evitar toda discusión
entre los grandes dignatarios del Imperio que pretendieran
dársela en nombre del pueblo.»
El Papa accedió de buena voluntad a la petición, y consiguientemente
lo que tuvo lugar en la catedral ocurrió con su pleno
consentimiento y tal como se había previsto
y ensayado con antelación.
 |
|
Napoleón corona a la emperatriz
|
| Depués
de tomar la corona sobre el altar, el Emperador
la posa suavemente sobre la cabeza de Josefina,
quien la recibe con las manos en plegaria. Grabado
romántico.
|
|
|
Como
vemos, la realidad no tiene nada que ver con la historia establecida,
la doctrina «oficial» diremos, esos dogmas absurdos,
sin fundamento, pero machacados al infinito, con los que los
ignorantes, los maledicentes y los negligentes siempre se empeñan
en presentar a Napoleón como un salvaje, como un déspota
perverso sin el menor miramiento por los demás.
Añadamos finalmente que este procedimiento estaba estipulado
muy claramente y con anterioridad en los artículos
XXX, XXXI y XXXII
del Extracto del ceremonial relativo a la consagración
y a la coronación, manual programático
impreso por la Imprenta Imperial, en el que se consigna que
el Emperador « hará entrega al archicanciller de
la mano de Justicia, el cetro al architesorero, subirá
al altar, tomará la corona, la colocará
sobre su cabeza, cogerá en sus manos la
de la emperatriz, regresará para colocarse cerca de ella
y la coronará. La emperatriz recibirá de rodillas
la corona. » |
Tras esta digresión ciertamente
muy justificada, y una vez Napoleón coronado, el Santo Padre
abraza al Emperador, lo besa y, volteándose hacia la asistencia,
grita:
« ¡Vivat Imperator
in æternum! »
Entonces, el jefe de los heraldos
de armas proclama con una voz sonora:
« El muy glorioso
y muy augusto emperador Napoleón, emperador de los franceses,
está coronado y entronizado, ¡viva el Emperador!
»
Y en la nave, la asistencia, conmocionada,
respondió con ovaciones repetidas que hicieron temblar las
bóvedas:
¡Viva el Emperador!
¡Viva la Emperatriz!
« Si
babbu ci vidia », ¡si papá
nos viera!, murmura Napoleón al oído de su hermano,
José.
Es así como,
al son de los órganos majestuosos y de los repiques sonoros
de las torres de Nuestra Señora de París, nace la IV
Dinastía francesa, la de los Napoleónidas,
hoy en día encarnada y encabezada noblemente por Su Alteza
Imperial y Real Don Juan
Cristóbal, Príncipe Napoleón.
 |
Retrato
del Emperador Napoleón I |
Modelo
magnífico realizado en 1807, el cuadro
definitivo, por desgracia hoy perdido, se encontraba
expuesto en el Palacio de Cassel, donde reinaba
el rey Jerónimo de Westfalia. En esta magnífica
representación vemos al Emperador Napoleón
en una actitud de plácida majestad, con
mirada baja y serena, observando a sus pueblos.
De pie junto al trono imperial, ha posado la corona
de Carlomagno y la Mano de
Justicia, « vara de la virtud y de
la verdad », para tomar el globo, símbolo
del mundo, coronado por la cruz del rey San
Luis. « Está bien, está
muy bien, David. Habéis adivinado todo
mi pensamiento. Me habéis hecho un caballero
francés », dirá el soberano
a su pintor oficial. Óleo de Jacques-Louis
David (1748-1825). |
|
|
Tres días después de
su coronación en la catedral de Nuestra Señora de París,
consagrado por la religión y la Cruz del Salvador, por el Águila
de Júpiter, ave de luz, y por el manto purpúreo carolingio,
Napoleón I rige un imperio cuya legitimidad se sustenta en
las cámaras e instancias legislativas, en el apoyo popular,
mismo que le asegura la fidelidad de sus súbditos, y en el
aval y bendición recibidos de la Iglesia de manos del Sumo
Pontífice.
Es en este contexto en el que el águila,
adoptada desde junio de 1804 como emblema del Imperio por decisión
del propio Napoleón, así como las banderas y estandartes
que esta corona, deberán ser entregados por el Emperador a
los guardias nacionales de los 108 departamentos, así como
a todos los cuerpos de armada del ejército, lo cual tendrá
lugar durante una grandiosa ceremonia en el Campo de Marte, el 5 de
diciembre de 1804.
Para el evento, los dos más distinguidos arquitectos
del Imperio, Percier y Fontaine, han concebido y montado una imponente
tribuna alegórica frente a la fachada de la Escuela militar.
Sedente un regio estrado, el Emperador Napoleón, acompañado
por su familia y rodeado por los altos dignitarios de la corona, presta
juramento a la vez que recibe el de todos los cuerpos de tropas presentes.
La ceremonia se desarrolla en un clima nevado y lluvioso, no obstante,
la solemnidad del evento anima y enardece todos los corazones: «Soldados,
he aquí vuestras banderas; estas Águilas os servirán
siempre como punto de reunión; estarán por doquier donde
vuestro Emperador las juzgue necesarias para la defensa de su trono
y de su pueblo. Juráis sacrificar vuestra vida para defenderlas,
y mantenerlas constantemente por vuestro valor en el camino de la
victoria», exclama.
Tras enunciar esta alocución enérgica y grave, el soberano
avanza dignamente rodeado por sus nuevos mariscales Lannes, Berthier,
Murat, Augereau, Masséna, Bernadotte... tiende el brazo a la
manera de los emperadores romanos y, absortos en el oleaje de una
algarabía universal, cazadores, granaderos, dragones y zapadores
– el conjunto de los guerreros reunidos lanza el grito delirante
al Emperador: «¡Lo juramos!», envueltos todos entre
las águilas y los lienzos flotantes de las banderas.
¡Viva el Emperador!
 |
| Juramento
del ejército hecho al Emperador tras la ditribución
de la águilas, 5 de diciembre de 1804,
más comunmente llamado
La distribución de las Águilas
Cuadro de 1810 por Jacques-Louis David (1748-1825); Museo
nacional del Castillo de Versalles. |
|
LA TERCERA COALICIÓN
« Es
con pesar, con horror que voy a hacer la guerra
»
Napoleón al conde Morkoff.
En
virtud de un decreto promulgado por una delegación de notables
italianos y votado por consulta del 17 de marzo de 1805, el Emperador
Napoleón acaba de ser promulgado Rey
de Italia.
El 26 de mayo siguiente ha sido coronado en la catedral
San Ambrosio (el Domo) de Milán durante una excelsa ceremonia
oficiada por el arzobispo de la ciudad y legado del Papa en París,
el Cardenal Caprara.
Como en la catedral de Nuestra Señora, Napoleón posó
él mismo sobre su cabeza, tocada con la corona imperial, la
Corona de Hierro, mítico nimbo de los reyes
lombardos, que contiene un aro inalterado forjado a partir
de un clavo de la corona de Cristo y que el propio
Carlomagno portara a partir del año 774. « ¡Dios
me la da, cuidado a quien la toque! » fueron
las palabras sacramentales pronunciadas por el Emperador según
la fórmula consagrada, así « asumiendo la altiva
divisa vinculada a la antigua diadema por sus primeros poseedores
», observa Sir Walter Scott.
Napoleón se convertía de esta forma en el promotor de
la Independencia y la unificación de Italia,
perpetuamente amenazada por las miras austriacas que hacían
de esa « expresión geográfica », como la
designara desdeñosamente Metternich, su coto de caza privado,
y nombraba un virrey en la persona del valeroso Eugenio de Beauharnais.
Asimismo, menos de dos semanas después de su consagración
en Milán, el Emperador sienta las bases de una nueva orden
de caballería
imperial promulgando un decreto que crea la Orden
de la Corona de Hierro.
 |
| Consagración
de Napoleón I como rey de Italia
El Emperador posa sobre su cabeza la Corona de Hierro
de los reyes lombardos.
Grabado de Henri Félix
Emmanuel Philippoteaux (1815–1884). |
|
Siempre en el marco de su proyecto
de reconstrucción de Francia y con el objetivo de inscribir
su régimen en la duración y evitar todo retorno a ciertas
estructuras del antiguo régimen, el Emperador Napoleón
creará a la larga una nobleza imperial. Sin
embargo, a pesar de la adopción progresiva por Francia de formas
y tradiciones de tipo monárquico, la corte de Viena no tiene
oídos más que para sus afanes de venganza y Austria
adhiere ese año de 1805 a la convención anglo-rusa de
San-Petersburgo, con lo cual la tercera coalición
contra Francia se pone en marcha.
El 27 de agosto, tras enterarse de que el almirante Villeneuve se
había refugiado con su flota en el puerto de Cádiz,
el Emperador juzga incierta una invasión de Inglaterra y ante
las amenazas nacientes en el Este, ordena a su armada dejar Boloña
y marchar a grandes pasos hacia Alemania. Las tropas se ponen en movimiento
en varias columnas que pasarán a la historia bajo el apelativo
de « Los siete Torrentes ».
El 21 de octubre, la marina francesa es destruida frente a Trafalgar
por la flota inglesa del almirante Nelson, quien pierde la vida en
la batalla. Para Francia, esta derrota es una catástrofe cuya
extensión solo podría compararse a la de Waterloo, pues
corta de tajo y definitivamente a los franceses cualquier posibilidad
de travesía marítima, en cierta forma haciéndolos
presos del continente y por ende volviendo imposible cualquier ataque
directo al núcleo mismo del problema: el Gabinete de Londres,
sólidamente resguardado del otro lado del canal de la Mancha.
En cuanto al desdichado Villeneuve, hecho prisionero, perfecto sabedor
de la extensión de su error, víctima del oprobio y agobiado
por la vergüenza y el deshonor, se suicida a su regreso a Rennes
el 22 de abril de 1806 después de haber sido liberado bajo
palabra.
A la cabeza de la Gran Armada, tras
una campaña fulgurante, Napoleón se lleva la más
prestigiosa batalla de su vida y de la Historia universal en las cercanías
del pueblo de Austerlitz, en Bohemia, el 2 de diciembre de 1805, fecha
del aniversario de su Coronación, enfrentándose a los
ejércitos austro-rusos que buscaban invadir Francia por el
Este y cuya ofensiva se había adentrado hasta los territorios
de Baviera (aliada de Francia), siendo la vanguardia austriaca comandada
por el general Mack categóricamente detenida en Ulm
(15-17 de octubre de 1805).
Como será el motivo recurrente a lo largo de todo su reinado,
el Emperador Napoleón lo habrá intentado todo para evitar
el conflicto armado. Poco antes de la batalla de Austerlitz, había
escrito a su ministro el príncipe Talleyrand: «Habrá
probablemente mañana una batalla muy seria con los rusos. Hice
mucho para evitarla pues es sangre vertida inútilmente. No
habléis de batalla pues sería inquietar mucho a mi mujer.
No os alarméis; estoy en una fuerte posición; lamento
lo que costará y casi sin objetivo». Al mismo
tiempo, en una misiva íntima, escribe a Josefina: «Se
sufre, y el alma está oprimida de ver tantas víctimas».
También había solicitado el día anterior una
entrevista personal con el zar Alejandro, a quien había propuesto
una suspensión de armas. Por desgracia, estimando la invitación
por abajo de su dignidad de derecho divino, Alejandro decidió
enviar en su lugar, para discutir de tú a tú
con Napoleón, soberano de un gran país, a un simple
ayuda de campo, el príncipe Dolgorouki. El Emperador decidió
soportar este insulto cuyo objetivo era humillarlo y, superando su
irritación, declaró: «Es
la paz, y no concibo porqué vuestro señor no puede entenderse
conmigo. No pido más que verle y presentarle una hoja en blanco
firmada “Napoleón”, sobre la cual inscribirá
él mismo las condiciones de paz». Pero el Emperador
ignoraba que, tras bambalinas, consciente de lo que estaba en juego,
el gobierno inglés había –¡ya
desde mediados del año 1804!– depositado dos
millones y medio de libras en las cajas de los Tesoros ruso
y austriaco, y que, a fines de ese mismo año de 1804, los mercaderes
de Londres se habían aligerado los bolsillos de cinco
millones de libras más para financiar la coalición.
Por consiguiente la oferta de paz es rechazada con singular desprecio.
Sin otra solución, la confrontación armada estalla el
día siguiente, será la arriba anunciada Batalla
de Austerlitz, combate mítico que pertenece a
la leyenda y es conocido igualmente como la « Batalla
de los Tres Emperadores »; tras ella, con la coalición
hecha trizas por el genio estratégico de Napoleón, el
coraje tenaz del mariscal Davout y la bravura indómita de la
Grande Armée, los agresores se ven obligados a firmar
el tratado de Presburgo, con lo cual Austria pierde
numerosos territorios y se pone fin al Santo Imperio Germánico,
el cual, en Alemania, cede su lugar a la Confederación
del Rin en julio de 1806.
 |
Victoria
de Austerlitz el 2 de diciembre de 1805
Taller de Carle Vernet, Museo Napoleón del
castillo de Grosbois. |
|
A partir de entonces una gran reorganización
europea tiene lugar.
En el reino de Italia, el Código civil es puesto en aplicación
el 1º de enero de 1806.
Con el fin de reconfortar su política en los estados anexados,
Napoleón distribuye las coronas a sus hermanos: José
es proclamado rey de Nápoles el 15 de febrero
de 1806, Luis recibe el reino de Holanda
el 5 de junio siguiente. El mismo Napoleón se convierte en
protector de la Confederación del Rin. Acto
seguido el régimen feudal es abolido en el reino de Nápoles.
Finalmente, con el doble prestigio
obtenido en la defensa de Francia durante la campaña de Bohemia,
y tras haber restaurado la Iglesia de Francia luego de las persecuciones
y masacres de la política de descristianización
llevada a cabo por la revolución francesa, el Emperador solicita
el apoyo del Papa en su lucha contra Inglaterra, reino cismático
y apóstata, patrocinador de todos los conflictos europeos,
pidiéndole cerrar sus puertos a los navíos y al comercio
ingleses. El Santo Padre se hace el sordo, lo cual es resentido por
Napoleón como una traición.
LA CUARTA COALICIÓN
« Si
Su Majestad el rey de Inglaterra quiere realmente la paz con Francia,
nombrará un plenipotenciario para dirigirse a Lille. El Emperador
está listo para hacer todas las concesiones que podéis
desear obtener »
Napoleón al Primer ministro británico Charles James
Fox (20 de febrero de 1806).
Al
no aceptar la supremacía francesa en sus puertas, animada por
el odio visceral de sus reyes y espoleada por Inglaterra, Prusia,
que no llegó a la cita de Austerlitz y mantiene todas sus fuerzas
intactas, se prepara para declarar la guerra a Francia.
A pesar de lo múltiples esfuerzos
hechos por el Emperador para evitar un nuevo conflicto (éste
es uno de los más ejemplares en este aspecto), y no obstante
las numerosas pruebas de su voluntad de paz, Prusia, que tiene el
corazón henchido de odio y los bolsillos de oro inglés,
decreta la movilización el 9 de agosto, desencadenando la campaña
de Prusia. La Gran Armada sale a su encuentro y el ejército
agresor es hecho trizas en otro enfrentamiento grabado en los anales
de la leyenda, la doble batalla de Jena y Auerstaedt
el 14 de octubre siguiente; « el Emperador silbó, y Prusia
ya no existía », dirá Heine.
El 27, aclamado por el pueblo alemán, Napoleón realiza
una entrada triunfal en Berlín a la cabeza de la Gran Armada.
Humillada, y después de muchos reveses, Prusia se tiene que
resignar a firmar un armisticio en Charlottenburg. Así, fortalecido
por los nuevos territorios exigidos a Prusia en legítima y
justa – pero además generosa – compensación
de guerra, Napoleón, ovacionado, venerado, idolatrado por un
millón de polacos que ven en las banderas tricolores marcadas
con la N la señal
inequívoca del libertador, escucha los clamores de este pueblo
cuya patria yacía despedazada, y hace renacer a la sufrida
Polonia, suelo hermano, tierra de héroes y
mártires creando el Gran Ducado de Varsovia.
« Es un pueblo, verdaderamente, y que
merece que se piense en él », dice el Emperador
a su fiel Duroc. Tomando la palabra ante los diputados del Palatinado
el 19 de noviembre, les anuncia que «
Francia nunca ha reconocido el reparto de Polonia; que la ilustre
nación polaca a prestado los más grandes servicios a
Europa entera, y que el principio político que ha llevado a
Francia a desconocer el reparto de Polonia haciéndole desear
su restablecimiento, los polacos podían siempre contar con
su poderosa protección ». En 1807, después
de la constitución del Gran Ducado de Varsovia, y en 1809 tras
su agrandamiento, Polonia casi está restablecida. En 1812 la
Dieta suprema de Varsovia proclamará: « ¡Luego,
Polonia existirá! » El rey Federico Augusto
I de Sajonia, aliado fiel del Emperador, es nombrado duque de Varsovia,
título que conservará hasta 1813.
Entre tanto, Napoleón habrá suprimido la servidumbre
y hallado el tiempo de ceder a los encantos de una hermosa
patriota, la condesa María
Walewska...
 |
Batalla
de Jena (14 de octubre de 1806)
Óleo de Charles Thévenin (1764-1838),
Museo Napoleón del castillo de Grosbois. |
|
Después de la lamentable bravata
y postrera catástrofe prusiana, ¿cuál es la opinión
de Napoleón al respecto de Alemania? Hallamos la respuesta
en el Memorial: « Pude imponerle
muchos millones, pero sí que me habría cuidado de insultarla
con desprecio. La estimaba. Que los alemanes me detesten, es bastante
simple; se me forzó diez años a batirme sobre sus cuerpos.
No pudieron conocer mis verdaderas disposiciones ». «
En realidad es popular en Alemania », comenta Renée Casin,
y anota que « Nietzsche fue bastante duro hacia
sus compatriotas al respecto: “Cuando se vio aparecer entre
dos siglos de decadencia una fuerza mayor de genio y de voluntad,
una fuerza lo bastante poderosa para hacer de Europa una unidad política
y económica que hubiera dominado al mundo, fueron otra vez
los alemanes con sus guerras de independencia quienes frustraron a
Europa del significado maravilloso que recelaba la existencia de Napoleón;
así pues se cargaron la consciencia de todo lo que ha sucedido
desde entonces, de todo lo que existe hoy; son responsables
de esta enfermedad, de esta sinrazón supremamente anti-civilizadora
que se llama el nacionalismo, neurosis de la que sufre Europa
y que perpetúa la monomanía de los pequeños Estados
y de la pequeña política; le quitaron a Europa su sentido
y su razón; la acorralaron en un impase” » (Ecce
Homo). Sin duda, este extracto de un extraordinario profetismo
adquiere todo su luminoso significado cuando la historia es vista
retrospectivamente, a través del filtro de las dos guerras
mundiales que conflagrarían a Europa en el siglo siguiente.
Una nueva página de la historia
del Imperio se abre el 21 de noviembre cuando, desde Berlín,
el Emperador decreta
el Bloqueo Continental que prohíbe a los
países bajo influencia francesa todo comercio con Inglaterra.
Privado de su flota después de Trafalgar y por ende imposibilitado
para atacar directamente a la isla
infame, Napoleón ve en este medio la mejor –
y única – manera de asestar un golpe terrible a la economía
inglesa; por otro lado espera que esta medida, originando una inflación
que ocasione el derrumbe del sistema financiero británico,
incite al pueblo inglés a levantarse contra sus abusivos dirigentes.
Es importante resaltar que la decisión del bloqueo nunca fue
un fantasma de « dictador », como, evidentemente, se suele
presentar, sino una necesidad absoluta para torcerle el pescuezo al
Gabinete de Londres, que había tomado, el primero, la iniciativa
el 16 de mayo de 1806, decretando el bloqueo –
nada menos – de todos los puertos y costas del continente,
desde Brest hasta la embocadura del Elba…
 |
| Bombardeo
de Copenhague, durante la noche del 3 al 4 de sept. de 1807 |
Bombardeo
terrorista de civiles en país neutro. « Si
los franceses hubiesen atacado a Dinamarca tan injustamente
como los ingleses y matado a dos mil burgueses por medio
del bombardeo de Copenhague, cómo se gritaría
contra ellos. “Qué monstruos”, diríase.
Pero los ingleses son ángeles » Carlos José,
príncipe de Ligne. Óleo de Christoffer Wilhelm
Eckersberg (1783-1853). |
|
El mismísimo Talleyrand, en el reporte que dirigió al
Emperador al respecto, escribió: « Contra una potencia
que desconoce a tal grado todas las ideas de justicia, ¿qué
puede hacerse sino olvidarlas uno mismo un instante para constreñirla
a no violarlas más? El derecho de la defensa natural permite
oponer a su enemigo armas de las que él se sirve, y hacer actuar
contra él sus propios furores ».
Lógicamente el Gabinete de Londres no se quedará de
brazos cruzados y, no contento con el criminal ataque que ha perpetrado
en Dinamarca de agosto a septiembre (bombardeo de civiles en Copenhague),
expedirá una surrealista orden del consejo real fechada el
11 de noviembre de 1807 prohibiendo a todo bastimento neutro
navegar sin procurarse previamente en Londres o en Malta una licencia
y, de paso, ¡pagar impuestos considerables por su cargamento!
Por si hubiera que ilustrar más la escandalosa piratería
y el vandalismo impúdico característicos de la Inglaterra
de aquel tiempo, admiremos la arrogancia y el cinismo del ministro
inglés William Pitt, «doctrinario
de la guerra a ultranza», quien antes de morir a principios
de 1806, había afirmado sin la menor vergüenza que «
todos los [países] neutros deben someterse
a la inspección del último corsario inglés.
Renunciar al derecho de inspección es sufrir que Francia
resucite su marina y su comercio. Nunca Inglaterra renunciará
a estos derechos [!] indisputables cuyo ejercicio es absolutamente
indispensable para la conservación de los intereses más
caros de su imperio. Las leyes invocadas por los neutros son
atentatorias contra las bases de nuestra grandeza y nuestra
seguridad marítima; son un principio jacobínico
[sic] de los derechos del hombre, que nos conduciría
a renunciar a todas las ventajas para las cuales hemos desde hace
tanto tiempo y con tanto provecho desplegado toda la energía
británica ».
Este pasaje edificante bien vale la pena de ser divulgado, pues como
vemos, ¡bastaba con que un país neutro invocara sus derechos
elementales de circulación e intercambio para que
el Gabinete británico viera en ellos una insolencia y un atentado
contra su hegemonía comercial y expansionista, verdadero núcleo
y corazón, revelado aquí en palabras de su más
inflexible exponente, de las
guerras de Inglaterra contra Napoleón!
 |
| MIDAS,
transmutándolo todo en ORO
[borrado] PAPEL |
| La
escasez de oro, el pánico bancario derivado de
la crisis económica y los costos siempre ascendentes
de las interminables guerras patrocinadas por Inglaterra,
llevaron al ministro William Pitt, aquí representado,
a suspender los pagos en metal y substituirlos por papel
moneda. Caricatura satírica inglesa de James Gillray
(1757-1815). |
|
Pero volvamos al 26 de noviembre,
en una actitud impropia de su condición soberana, el rey Federico-Guillermo
de Prusia se rehúsa a ratificar el armisticio de Charlottenburg.
Por supuesto, cuenta con apoyos como el del gabinete de Londres y
sobre todo el de la corte rusa para salirse de problemas. O al menos
en eso confía, pues para su desgracia, Rusia, que de paso pretende
hacerse de Polonia, es vencida por el Emperador que acude al rescate
primero. Un encuentro inicial se produce el 8 de febrero de 1807 en
Eylau.
Victoria un tanto indecisa, esta confrontación épica,
una de las más costosas de la epopeya, se termina por una auténtica
carnicería. Unos 20 000 franceses quedan fuera de combate;
los generales d’Hautpoul, Desjardins, Corbineau, Dahlmann, Bonnet,
Varé, dejan la vida en el campo de honor y se ve a Napoleón
llorar con profundo desconsuelo frente a tanta miseria y desolación.
Permanece en el campo hasta el siguiente 16 velando personalmente
por la evacuación y el cuidado de los heridos, ayudando a transportarlos
con sus propias manos y asistiendo al personal médico. «
Un padre que pierde sus hijos no encuentra
ningún encanto en la victoria », exclama,
y el 12 de febrero todavía escribe que «Cuando
el corazón habla, la gloria ya no ofrece ilusión alguna».
Leamos al respecto las palabras de príncipe Don Carlos Napoleón:
« Napoleón se considera como el padre de sus soldados.
Comparte sus pruebas y sus sufrimientos. Numerosos testimonios lo
muestran conmocionado por los gritos de los heridos y los campos de
cadáveres. Pero su sacrificio es el precio que exige el cumplimiento
de su deber y del de ellos. Semejante pensamiento pertenece a los
tiempos de guerra. Felizmente, vivimos hoy un periodo de paz, al menos
en Europa. No podemos juzgar la historia pasada con conceptos contemporáneos.
Lo repito, sus guerras no produjeron masacres de poblaciones
ni engendraron odios étnicos o religiosos. Ciertamente, hubo
muertes civiles. Pero las hubo mucho menos que en las guerras de hoy
en día. Las proporciones son incluso inversas: diez a veinte
por ciento del total entonces, mientras que llegamos a ochenta por
ciento en los conflictos de la segunda mitad del siglo XX y de los
principios del XXI. Cada vida merece respeto. Cada muerte es una muerte
en demasía. Pero algunas llaman a la venganza y siembran el
fanatismo, no aquellas cuya responsabilidad él lleva ».
Mientras el Emperador, a quien siempre se imputa soezmente la responsabilidad
de los famosos «dos millones de muertos» de las guerras
llamadas « napoleónicas », se afanaba en la noble
y terrible tarea arriba mencionada, unos extraños personajes
recorrían el campo de batalla, aunque con otros fines bien
distintos.
Llegados del otro lado del Canal de la Mancha bajo el aspecto de agentes
delegados del Tesoro británico, la misión de
estos buitres inenarrables era llevar una siniestra contabilidad,
verificando in situ el resultado de las operaciones de los ejércitos
aliados de modo que Londres pudiera llevar un balance preciso del
número de heridos y muertos antes de saldar sus cuentas...
Pues, como buen usurero, de 1805 a 1815, durante todas las guerras
de Coalición, el gobierno de Su Majestad británica Jorge
III no suministraba sus preciosas libras y guineas sin velar escrupulosamente
por que éstas fueran utilizadas cabalmente para el mayor beneficio
de sus intereses y, según una crónica del tiempo, «verificar
si los reyes habían legítimamente ganado sus subsidios».
No por nada el emperador de Austria, Francisco II, había confesado
después de Austerlitz, no obstante refiriéndose a sus
compinches y benefactores, que « Los ingleses son mercantes
de carne humana ». Sobran los comentarios…
Un segundo choque se producirá
en Friedland
el 14 de junio siguiente. Ésta vez el resultado es claro y,
sin necesidad de explayarse al respecto, Napoleón escribe estas
dos líneas a la dulce María, quien ya no lo dejará
más: « Batimos al enemigo, la paz
está a la vista. Pienso en ti. Te amo ». Menos
modesto, ante el significado histórico de esta victoria que
tras las de Marengo y Austerlitz han hecho de Napoleón el mayor
capitán de todos los tiempos, el historiador John Robert Seeley,
evocando el senadoconsulto del 18 de mayo de 1804, constata: «
el título de emperador significó en 1804 poco más
que [el de] regente militar. Pero ahora emperador tiene más
bien su connotación medieval de supremacía sobre una
confederación de príncipes. Napoleón se ha convertido
en un rey de reyes ». De nueva cuenta,
Rusia se ve forzada a aceptar las condiciones de paz así como
la alianza francesa por medio del del
tratado de Tilsit,
del 7 de julio siguiente.
 |
El
campo de batalla el día siguiente de la batalla de
Eylau
Óleo Charles Meynier (1763-1832). |
|
Napoleón, consciente de que
su titánico bloqueo contra los intereses británicos
requiere la ocupación global de las costas, se acerca a España
y obtiene el derecho de paso que permite a las tropas
francesas bajo el mando de Junot, dirigirse a Portugal, reino aliado
sempiterno de los ingleses y puerto de entrada para sus productos
pero también cabeza de puente permanentemente abierta para
sus tropas de incursión en el continente.
Las fuerzas de Junot llegan a Lisboa el 30 de noviembre
de 1807, mientras en España el débil
rey Carlos IV se enfrenta en una reyerta doméstica
a su propio hijo, el ruin príncipe Fernando, quien apoyado
por una red de conspiradores ultraconservadores y violentamente francófobos
pretende despojar a su padre y hacerse de la corona.
Frente al giro muy alarmante que toma este delicado asunto, el rey
de España decide solicitar el arbitraje del Emperador. Tras
un encuentro muy lamentable en Bayona, en el que la familia real se
desgarra a insultos e injurias indignas de su estirpe, Napoleón,
exasperado ante semejante espectáculo propio no de soberanos
sino de verduleras, pone a todo el mundo de acuerdo enviando al hijo
funesto a Valençay, en residencia vigilada, y obteniendo de
un Carlos IV, notorio por su indolencia y su duplicidad, la cesión
de todos los derechos al trono de España a cambio de los castillos
de Compiègne, de Chambord, y de una (muy) confortable renta.
Ahora, un reino no puede quedarse sin un rey. Por ende, viendo el
peligro que se cierne en el reino fronterizo, este « vientre
flojo» que es España, navío sin rumbo y objetivo
de guerra principal de Inglaterra, el Emperador hace acudir a su hermano
José del reino de Nápoles, entrega su corona a Murat,
y le concede en cambio la de España. Cuando José sube
al trono, Fernando, por su propio movimiento y probablemente entre
dos festejos bien rociados, actividad a la que era tan afecto, le
escribe para manifestarle « el juramento que os debo,
así como el de los españoles que están conmigo
».
Del otro lado de la frontera, ha sido anexado
Portugal, abandonado a toda prisa por la familia real que pusilánimemente
ha huido hacia Brasil, sin más ni más abandonando a
su pueblo a su suerte en manos del ocupante.
Pero evidentemente Inglaterra no se
ha quedado con los brazos cruzados. El advenimiento del rey José
al trono español ha provocado una insurrección general
cuyos cabecillas han apelado al gabinete de Londres, el cual ha despachado
prontamente un cuerpo expedicionario.
Tratando de desbloquear lors restos de la marina francesa cercada
tras de catástrofe de Trafalgar, las tropas del general Dupont
avanzan hacia Cádiz. Repentinamente, intranquilo por el sublevamiento
de Andalucía, Dupont abandona el proyecto y se repliega en
la Sierra Morena. Primer error: las tropas españolas de Castaños
le cierran el paso en Bailén, obligando a
Dupont a tentar un ataque, sin éxito, el 19 de julio de 1808.
Tres días después, segundo error, accede a firmar una
convención infamante y comete la gravísima sinrazón
de incluir la capitulación a la división Vedel, que
en ese mismo momento ya estaba empezando a darle la vuelta al enemigo;
es así como 15 000 franceses bajan las armas de un desventurado
plumazo. Vaya si les pesó, pues si bien es cierto que Castaños
había prometido repatriarlos, la Junta de Sevilla no ratifica
esta cláusula y en cambio envía a los desdichados a
pudrirse literalmente en una muerte lenta en los diabólicos
pontones Cádiz o en la isla de Cabrera…
En el plano internacional, esta defección deshonrosa, funesta
en sí, tiene una repercusión colosal en Europa. La noticia
de que la Gran Armada « no es invencible » se propaga
como el rayo, pero además desata una ola de violencia surrealista
en la Península, convertida en degolladero: se suceden emboscadas,
atentados, ejecuciones, combates, incendios, masacres que rebasan
la imaginación. Al horror se suma la mancilla: el Comandante
Henri Lachouque rememora la manera como « algunos jefes españoles
llevaban puestos uniformes arrancados a los cadáveres e incluso
adornaban las crines de sus caballos con la Legión de Honor
». La situación es tan apremiante que el propio Napoleón
se verá obligado a dejar sus asuntos e intervenir personalmente.
Previamente, reúne a sus aliados
en la ciudad de Erfurt
donde por medio de un congreso (del 27 de septiembre al 14 de octubre
de 1808) tratará de llegar a un punto de acuerdo con el zar.
Está en juego la neutralidad militar de Prusia pero sobre todo,
la de Austria mientras Francia esté comprometida en España.
Para este efecto, Napoleón debe obtener de su aliado
ruso la garantía de su movilización en caso de agresión
armada contra Francia.
 |
Napoleón
recibe en Erfurt al embajador de Austria
Óleo de Nicolas Gosse (1787-1878). |
|
De toda Europa acuden reyes, reyezuelos
y príncipes que concurren para halagar al Señor de Occidente,
que frente a este « auditorio de reyes » se complace en
recordar « cuando tenía el honor
de ser teniente de artillería en Valence ». Desafortunadamente
no se llega a nada con el esquivo Alejandro; se parlamenta, se discurre
y se discute pero Napoleón no logra obtener más que
un remiendo incierto en vez de la renovación firme presupuesta
en virtud de la alianza franco-rusa. No obstante las importantes concesiones
y hasta la petición de la mano de la joven hermana del zar,
la gran duquesa Ana, Alejandro, carácter fundamentalmente soslayado,
sigue permaneciendo ambiguo y esquivo acerca del punto capital de
la intervención del ejército ruso en caso de ataque
de Austria. Como consecuencia ambos potentados se separan disgustados,
especialmente Napoleón quien se da cuenta de toda la fragilidad
de la inconsistente alianza con Rusia.
El Emperador toma entonces la ruta
de España y contrariamente a sus generales lo arrolla todo
a su paso. Tras la vitoria de Somosierra el 30 de noviembre, entra
en Madrid y marcha hacia el cuerpo expedicionario inglés, que
emprende la fuga.
El 22 de diciembre de 1808, el Emperador se pone en marcha hacia el
norte donde proyecta destruir las fuerzas de Sir John Moore
que se ha aventurado en la región de Valladolid, lo que da
lugar a una escena muy representativa. Retrasado considerablemente
por el frío, la nieve y el lodo, no puede alcanzar a tiempo
a Moore quien escapa apenas al aniquilamiento. En su fuga frenética,
incluso abandona, dejándolos en manos de este « satélite
del diablo » que según él es Napoleón,
a un millar de mujeres y de niños ingleses, hallados por los
franceses el 2 de enero de 1809 en un hangar de Astorga, hambrientos,
tiritando de frío y temblando de miedo ante la llegada del
monstruo. Desencajadas, las madres se echan a los pies del Emperador
y le suplican preservar la vida de sus hijos. Napoleón hace
que se tomen todas las disposiciones para tranquilizar, alojar, calentar,
vestir y alimentar a esos desgraciados, antes de enviarlos de regreso
en excelente estado de salud al ejército británico.
Esta anécdota ejemplar no puede dejar de recordarnos la poco
gloriosa sentencia del duque de Wellington, que nos permite poner
en clara perspectiva a las partes envueltas en estos conflictos: «Ningún
verdadero caballero existe más allá de los confines
de las islas británicas; simplemente no es posible»
(!)
En pocas semanas España estará
pacificada, pero este sosiego no será más que una flor
de un día. En efecto, Napoleón
será maltratado en este reino por las incesantes y brutales
revueltas del pueblo excitado por agitadores recalcitrantes y una
iglesia española fanática, que rechaza la imposición
del rey José y está frenética contra Napoleón,
a quien tacha de « anticristo » a
raíz entre otras cosas de su decreto de supresión de
la Inquisición española (4 de diciembre de 1808), la
cesión del derecho
de culto a los protestantes o la polémica liberación
de los judíos (decreto de 1806, y ulteriormente de 1811).
A pesar de tan bajos ataques, es manifiesto que el Emperador, por
medio de este tipo de reformas, fundamentaba la libertad religiosa
y de conciencia, principios ambos que Su Santidad el Papa
Benedicto XVI, en tiempos recientes, ha definido
como « la fuente de toda otra libertad ».
A la larga, este triste asunto
español acabará por un terrible fracaso que menguará
gravemente las fuerzas del ejército francés, acabando
a fuego lento con sus mejores elementos. Las consecuencias de este
desastre se resentirán profundamente en las futuras campañas
emprendidas Napoleón, y serán la piedra de ángulo
que, rematada por la catástrofe de la retirada de Rusia en
1812, fundamente el postrer triunfo de las coaliciones aliadas. «
Esta desdichada guerra de España fue
una verdadera llaga, la causa primera de las desgracias de Francia
», fallará el Emperador.
Mientras tanto, como era de esperarse,
apenas las dificultades en España son conocidas, Austria, no
sin haberse asegurado previamente de la alianza de los ingleses y
motivada por los nuevos subsidios proporcionados por el gabinete de
Londres, ataca por la espalda retomando las armas contra las tropas
francesas estacionadas en Alemania. Así, el 8 de abril de 1809,
el ejército austriaco invade, otra vez, el reino de Baviera,
aliado de Francia como hemos visto. De esta forma la Quinta
Coalición ve la luz.
 |
Rendición
de Madrid
Litografía de la época. |
|
LA QUINTA COALICIÓN
« He
mostrado que quiero cerrar la puerta a las revoluciones. Los soberanos
me deben el haber detenido el torrente del espíritu revolucionario
que amenazaba sus tronos. Todos sus tronos caerían, se derrumbarían
si el de mi hijo cayera ».
Napoleón.
Confrontado a esta nueva agresión
en un momento en que la situación se torna muy sensible, el
Emperador Napoleón tiene que dejar su gabinete en París
y parte prestamente para ponerse nuevamente al mando de la Gran Armada.
A pesar de todas las contrariedades, galvanizado por su presencia,
el ejército francés vence al archiduque Carlos en Abensberg
el 20 de abril de 1809 y obtiene la victoria dos días después
en Eckmühl.
El 13 de mayo, el Emperador obtiene la capitulación de la ciudad
de Viena, y el día 15 ofrece la independencia a los
húngaros.Vale la pena detenerse un minuto en este
episodio que nadie evoca nunca: « Os ofrezco
la paz, la integridad de vuestro territorio, de vuestra libertad,
de vuestras constituciones. No quiero nada de vosotros, no deseo más
que veros [ser] una nación libre
e independiente. Vuestra unión con Austria ha hecho vuestra
desgracia. Tenéis costumbres nacionales, una lengua nacional;
os jactáis de un ilustre y antiguo origen: retomad pues vuestra
existencia como nación. Una paz eterna, relaciones de comercio,
una independencia asegurada, tal es el precio que os espera, si queréis
ser dignos de vuestros ancestros y de vosotros mismos ».
Por cierto, así como los húngaros, los eslavos apelan
al Emperador: « sí que esperamos que Napoleón
nos libere pronto a todos del yugo extranjero », revelará
un eslavo de Austria a Dezydery Chlapowski, lancero polaco al servicio
del Imperio.
También Iliria será regenerada tras
el paso de las águilas francesas. De Serbia,
el célebre patriota George Petrovic Karageorge escribió
al monarca francés: « sois llamado con justicia Napoleón
el Grande, pues muchos pueblos os deben su existencia y su bienestar
actuales, y particularmente Iliria, recientemente resucitada que habitan
nuestros hermanos de raza ».
Los días 5 y 6 de julio, Napoleón
gana la tremenda batalla de Wagram,
brutal confrontación en la cual registramos entre tantos más
otro gesto de gran humanidad del Emperador, ordenando a Daru, intendente
general del ejército, el suministro de los alimentos de sus
propios hombres a los soldados enemigos en pleno periodo de conflicto:
« Me entero con terror de que los 18 000
prisioneros en la isla de Lobau sufren hambre, es inhumano e imperdonable.
Enviadles de inmediato 20 000 raciones de pan e igual número
de raciones de harina para las panaderías ».
Al fin el 12 de julio, sin más
recursos, Austria firmará el armisticio en Znaim,
ratificando el tratado de paz en Viena el 14 de octubre
siguiente.
 |
Napoleón
en Wagram
Por Horace Vernet (1789-1863). |
|
Nueva « aliada » de Francia,
será en Austria donde el Emperador elija a su segunda esposa
de quien espera tener al fin un hijo, ese tan esperado heredero al
trono de Francia que no ha podido darle Josefina, de la que tras muy
dolorosos episodios se divorcia muy a su pesar y por evidentes razones
de Estado el 16 de diciembre de 1809.
Después de varias peripecias y frente los ojos despechados
del zar Alejandro, el emperador de Austria, Francisco I, gana la partida
y concede la mano de su hija, la archiduquesa María-Luisa,
a quien Napoleón desposa en abril de 1810. De esta unión
nace, el 20 de marzo de 1811, un hermoso bebé
llamado Francisco-Carlos-José-Napoleón,
quien recibe inmediatamente el título de Rey
de Roma en virtud del senadoconsulto del 17 de febrero
de 1810. Este título tiene un profundo significado y simbolismo,
pues se inscribe en la lógica de la herencia del Imperio Romano
Germánico, en el cual el sucesor del emperador recibía
de los Electores el título de « Rey de los romanos »
El Emperador, jubiloso, cuenta a partir de entonces con un heredero.
El pueblo exulta y festeja. Sin enemigos que amenacen inmediatamente
la integridad de Francia, y con una Inglaterra prácticamente
exhausta y al borde de la quiebra; el reino de Napoleón se
encuentra en ese momento en su apogeo y el Emperador casi palpa la
paz general con la que tanto ha soñado, disfrutando de un breve
pero intenso periodo de tranquilidad.
 |
Boda del Emperador
Napoleón y de la archiduquesa María Luisa de Austria,
el 2 de abril de 1810
Estampa de la época. |
Es de mencionar que a pesar de los
diferentes conflictos que se concatenan inexorablemente a lo largo
de todo el reinado imperial, Napoleón no ceja ni un momento
en sus esfuerzos, siempre realizados a contracorriente y en medio
de las constantes agresiones, por continuar sus reformas y a dotar
a Francia de instituciones
sólidas, que figurativamente él llama sus «
masas
de granito »: Creación
de la Universidad, de los consejos de los
magistrados del trabajo (prud’hommes) (1806), el
Tribunal de Comercio (1807), etc. Bajo su impulso, carreteras
y caminos, puentes y canales se suceden, creándose más
en sus 15 años de reinado que en el de todos los borbones reunidos.
El bloqueo refuerza la industria francesa. Nunca
en la historia de Francia las empresas químicas y textiles
han conocido semejante prosperidad. Sin embargo, víctimas del
dominio total de la flota inglesa en los mares, es de mencionar que
aquellas dedicadas la exportación se hallan confrontadas a
las peores dificultades para despachar su producción, y a menudo
son rápidamente conducidas a la quiebra.
Mientras produce sus tan esperados
frutos, el bloqueo continental arrastra a Napoleón a los cuatro
rincones de Europa en un intenso trabajo de organización. Al
norte, incorpora la provincia de Hanover al reino de Westfalia en
cuyo trono ha instalado a su más joven hermano, Jerónimo,
desde 1807.
Al sur, su voluntad indómita de verse respetado por todos,
incluido el Papa cuyos estados siguen comerciando con Inglaterra,
le lleva inclusive a ocupar Roma el 2 de febrero de 1808. Ganándose
todo el furor de Pío VII, quien persiste en negarse a cerrar
sus puertos al comercio inglés, le manda detener, y le asigna
una residencia en Savona en 1809; en 1812 será transferido
al palacio de Fontainebleau.
El 17 de febrero de 1810, los Estados Pontificios son incorporados
al Imperio por decreto. Evidentemente la relación no cesa de
deteriorarse y el Papa se niega desde ese momento a entronizar a los
obispos nombrados por Napoleón en los Estados anexados.
 |
¡Es
un Rey de Roma!
Grabado de Denis-Auguste Raffet (1804-1860). |
|
El 15 de agosto de 1811, el zar Alejandro
I, rompiendo el tratado de Tilsit y en violación
abierta de su palabra y rúbrica, vuelve a abrir sus
puertos a los ingleses, para quienes esta transgresión política
pero también de honor es un verdadero don caído del
cielo que les permite respirar cuando ya estaban al borde de la asfixia.
Napoleón hará saber a Kurakín, embajador de Rusia
en Francia, que no se quedará con los brazos cruzados ante
la actitud inaceptable de Alejandro, quien de inmediato quiere ver
en esta situación un casus-belli.
Al no moverse el zar de su posición, Napoleón ordena
entonces la partida de la Gran Armada hacia la frontera rusa el 8
de febrero de 1812; comienza así el juego de las alianzas y
las traiciones.
El 18 de febrero, el mariscal Bernadotte, hermano
de armas de juventud, llamado con el asentimiento de Napoleón
a sentarse en el trono de Suecia, traiciona
nuevamente al Emperador proponiendo una alianza sueco-rusa.
Este renegado, que debe toda su fortuna, sus riquezas, sus honores
y hasta un trono a la mano generosa de Napoleón, no dudará,
llegado el momento, en ordenar abrir fuego sobre sus antiguos compatriotas...
Francia, en cuanto a ella, se entiende
con Prusia (24 de febrero) y con Austria (14 de marzo). El 9 de abril,
el acuerdo entre Suecia y Rusia es firmado y la traición se
consolida.
Del otro lado del mundo, el 18 de
junio, los Estados-Unidos de América declaran
la guerra a Inglaterra rehusándose a someter su flota a las
órdenes de los ingleses, que pretenden conservar la supremacía
en todos los mares y sobre todo aquello que navegue en él.
¿Acaso no había ordenado el Consejo británico
a partir del 11 de noviembre de 1807 que todos los navíos neutrales
debían hacer escala en Gran Bretaña antes de acostar
en el continente europeo? El 23 de noviembre siguiente, Napoleón
había replicado ordenando la confiscación de todo navío
que se hubiera sometido a las exigencias británicas.
Lo que es importante señalar, es que por medio de esta declaración
de guerra, los Estados Unidos reconocían la legitimidad
del combate que llevaba Napoleón contra Inglaterra desde la
ruptura de la paz de Amiens.
Pero no eran los únicos en América en hacerlo.
Disgustados por los abusos interminables y la catastrófica
gestión de las colonias, y sobre todo aprovechando el derrumbe
del imperio español y la tremenda conmoción sufrida
en la corte de Madrid en 1808, surgían por doquier elementos
e incluso movimientos de afinidad bonapartista que poco a
poco cundían por toda la América Latina, extendiéndose
desde Texas y la alta California, entonces territorios novohispanos
(es decir mexicanos), hasta la cuna del Río de la
Plata. Todos recordaban el apoyo manifestado por el Emperador Napoleón
al principio independentista cuya lógica, como lo había
afirmado el soberano en 1809, « está
en el orden necesario de los acontecimientos, está en la justicia,
está en el interés bien entendido de las potencias
». ¿Acaso no había reivindicado su apoyo a esta
causa en este mismo 1812 cuando, en una elocución ante el Cuerpo
Legislativo, había refrendado que « Las
jóvenes naciones de la América han lanzado un grito
de la Independencia; los deseos del Universo los acompañan
en una lucha tan gloriosa »? Los émulos
más ilustres del Emperador nunca olvidarán la infinita
deuda de los países americanos en su lucha en el camino
hacia la libertad y la soberanía tan largamente anheladas.
 |
| La
Gran Armada entra a Rusia |
|
Pero regresemos a Rusia.
Sin cambios en la actitud deshonrosa de Alejandro, Napoleón
y la Gran Armada cruzan el río Niemen el 24
de junio de 1812. Tras múltiples victorias, incluida la de
la Moskowa, entran en Moscú el 14 de septiembre.
A partir del día siguiente, los primeros incendios abrasan
la ciudad, provocados no por Napoleón, como
se le acusa falsamente, sino por orden del gobernador Rostopchine.
Los rusos aplican la bárbara política de la tierra quemada.
Escenario dantesco, Moscú arde en llamas altas como montañas
durante cuatro días. Las tropas francesas se esfuerzan por
apagarlas y Napoleón envía cantidad de emisarios ante
el zar Alejandro, pero éste último, porfiado hasta el
final, rechaza todo compromiso « mientras quede un soldado francés
en el suelo ruso ». Comienza entonces la espera fatal…
El 13 de octubre, la primera nieve,
muy prematura, hace su aparición, seguida bien pronto por un
frío glacial que rebasa todo lo que los soldados franceses
habían visto hasta entonces.
El día 19, el Emperador, harto de esperar inútilmente
un cambio en la disposición de Alejandro, vegetando en una
ciudad fantasma y completamente asolada por el fuego y el pillaje
de las hordas de truhanes y desesperados que merodean en las calles,
ordena finalmente el regreso al país.
Desgraciadamente, las condiciones climáticas van a hacerse
tales, que esta retirada se convertirá en una auténtica
pesadilla. Sin entrar en detalles dejaremos a los testigos que tuvieron
la desdicha de vivir esta tragedia y han dejado algunos testimonios,
así como a los grandes autores, la tarea de describirnos las
escenas apocalípticas que tuvieron razón de nuestra
valiente Gran Armada, cogida en la trampa mortal de los hielos eternos,
hostigada por hordas salvajes de cosacos despiadados y en ocasiones
caníbales. «La guerra es un oficio
de bárbaros», lamentábase Napoleón
al confiarse al Conde de Ségur. Poco después, en espacio
de algunas semanas tan solo, la Gran Armada, invencible para los hombres
y para las naciones, habrá cesado de existir, disipada en las
ráfagas glaciales, segada por los elementos, el hambre y la
desesperación. El doméstico Constant relata que una
noche de 1808, él y Roustam habían despertado violentamente
en medio de la noche al oír gritos provenientes de la recámara
del Emperador. Acuden pronto y descubren que el soberano ha tenido
una terrible pesadilla, que les explica enseguida: « soñé
que un oso me abría el pecho y me devoraba el corazón
».
¿Sueño premonitorio? Como recalca el príncipe
don Carlos Napoleón, « es en efecto el oso ruso el que
el primero llevará al Imperio a su pérdida ».
 |
Episodio
de la retirada de Rusia
Óleo de Nicolas-Toussaint Charlet (1792-1845). |
|
Por si fuera poco, desde París
llegan noticias alarmantes: el general traidor Malet ha difundido
la falsa noticia de la muerte del Emperador tratando por medio de
este ardid de hacerse del poder.
Así, el 5 de diciembre, Napoleón transfiere el mando
de lo que queda del ejército al rey Murat y parte hacia Francia
toda prisa. En el boletín que envía y que le precede
en la capital francesa, anuncia toda la extensión del desastre.
La noticia se esparce a través Europa como un reguero de pólvora.
¡El Águila está herida! Es la ocasión tan
esperada por muchos para formar una nueva coalición contra
Francia...
LA SEXTA COALICIÓN
« No
he vencido y conquistado más que en mi propia defensa. Es una
verdad que el tiempo desarrollará cada día más.
Europa no cesó nunca de hacerle la guerra a Francia, a sus
principios, y nos era preciso abatir so pena de ser abatido
».
Napoleón en Santa Helena.
Sabedora de que Napoleón se
ha quedado prácticamente sin defensas, la corte de Prusia,
vislumbrando una invasión de Francia que solo concebía
en sueños y que ahora conjetura plausible, se alía con
Rusia.
Por su lado, privado de ejército y de cara a tan grave amenaza,
el Emperador, el 11 de enero de 1813 y con el objetivo de reconstituir
un ejército, decreta la movilización de 350 000 hombres,
la mayoría de ellos jóvenes sin experiencia, como es
fácil imaginarlo.
El 13 de enero, el rey Murat abandona
su comando durante la retirada de Rusia y regresa a su reino de Nápoles.
Es doloroso decirlo, pero el 26 de febrero, aquel a quien Napoleón
ha colmado de beneficios y ha hecho rey, cuñado y compañero
de mil batallas, torna casaca y propone sus servicios a Austria tratando
de preservar su reino... La indignidad es tal, o la desconfianza,
que Austria igual rechaza la oferta.
El 3 de marzo, es el turno de Bernadotte, quien pacta con Inglaterra...
El 11 de marzo las tropas rusas ya están en Berlín.
El 17, Prusia declara la guerra a Francia y, el 28, el Emperador nombra
un Consejo de regencia, poniendo a su cabeza a la emperatriz María-Luisa,
quien presta juramento.
El 3 de abril, se produce una nueva movilización de 180 000
hombres. El Imperio se tambalea, pero Napoleón aún tiene
esperanzas y se mantiene firme.
El día 13, llega otra noticia: Austria le hace saber que está
lista para un nuevo enfrentamiento. Los argumentos aliados y las monedas
inglesas han sabido persuadirle, y el suegro resentido está
dispuesto a pelearse con su yerno. Poco le importa que su propia hija
sea regente de Francia, emperatriz de este país, y que su nieto
sea el heredero del más hermoso imperio creado desde Carlomagno.
 |
La
emperatriz María Luisa y el Rey de Roma
Óleo de Joseph Franque (1774-1833). |
|
Con la mesa puesta como enunciado
más arriba, el 15 de abril el Emperador Napoleón parte
para reunirse con su ejército en Alemania, llegando a Erfurt
el 25.
El 2 de mayo gana la batalla de Lützen contra
las fuerzas ruso-prusianas que se baten en retirada, y prosigue su
ruta al Este hacia Dresde, donde llega el 8 de mayo.
El 20 de mayo, ocurre una nueva victoria francesa en Bautzen,
luego otra más en Würchen al día
siguiente. Sin embargo, estos triunfos no son decisivos en la medida
en que, faltos de caballería, los franceses no pueden perseguir
al enemigo y aniquilarlo definitivamente, lo que le permite a éste
último reorganizarse constantemente y volver al ataque en los
días siguientes como enjambres de insectos feroces.
Del 4 de junio al 10 de agosto se lleva a cabo el Congreso
de Praga, cima que reunirá a Prusia, Rusia y Francia
bajo la mediación del príncipe de Metternich, quien
pretenderá hacer pasar a Austria por una mediadora imparcial.
Desde el 4 de junio, Napoleón ha pedido el cese de las hostilidades
hasta el 20 de julio, lapso que será prorrogado hasta el 10
de agosto; este tiempo será aprovechado por todas las partes
para reforzarse. En realidad, Napoleón aceptó casi la
totalidad de las condiciones aliadas, lo cual no evitó que
el plenipotenciario austriaco retomara las hostilidades al término
del congreso. En efecto, hoy sabemos que Austria había
adherido en secreto al tratado de Reichenbach, decreto que
estipulaba que todo acuerdo debía recibir previamente
la sanción de Inglaterra, lo cual equivale a decir
que en esta mascarada cualquier esfuerzo del Emperador por alcanzar
la paz sería vano y estaba condenado al fracaso de antemano.
El 2 de julio, las tropas francesas
inician su salida de España. Evidentemente, para los coaligados
esta renuncia es una nueva confesión de debilidad por parte
del ejército francés y, sobre todo, una nueva prueba
de que su jefe, a fin de cuentas, no es invencible.
El 12 de agosto, Austria hace oficialmente
su declaración de guerra a Francia. Las hostilidades reinician;
siguen una sucesión de combates ora favorables a las armas
francesas, ora a las de sus enemigos.
El 23 de agosto, en Gross-Beeren, el soez Bernadotte,
a la cabeza de un cuerpo de 23 000 suecos, da la orden de inicua de
abrir fuego sobre los soldados franceses, sus compatriotas, y vence
a su otrora hermano de armas Oudinot.
Todos estos combates sucesivos cuestan
muy caro en vidas humanas, y una nueva leva de 280 000 hombres es
decretada el 9 de octubre.
Napoleón, tras haber batido a Blücher en Düben el
10 de octubre, concentra sus fuerzas en Leipzig el día 14.
Del 16 al 19, se lleva a cabo en los alrededores de dicha ciudad la
batalla de Leipzig, llamada más tarde la «
Batalla de las Naciones », en donde los 160 000 hombres
de que dispone el Emperador no pueden hacer frente a 320 000 hombres
de los coaligados. Sin embargo, a pesar del número abrumador,
Napoleón logra entablar una retirada ordenada en dirección
de Erfurt, operación que nos hará rememorar otra anécdota.
En aquellos momentos, el Emperador había mandado pedir a sus
enemigos un armisticio de algunas horas para que los civiles pudieran
evacuar la ciudad de Leipzig. Esta petición le fue denegada,
recuerda Marbot, pues los Aliados sospechaban que su moción
no era sino un ardid para ganar tiempo y reorganizar al ejército
francés. En realidad, las tropas ya estaban en marcha, y para
facilitar su movimiento se había propuesto a Napoleón
el recurso de incendiar por completo la ciudad, lo cual habría
protegido la retirada y le hubiera aportado varias ventajas militares.
¿Y qué fue lo que decidió el « déspota
sediento de sangre »? Rechazó semejante barbarie aun
cuando las hordas aliadas le pisaban los tobillos, buscando su completo
exterminio.
 |
La
batalla de Leipzig
Óleo de Alexander Zauerweid. |
|
Para el 2 de noviembre, el Emperador
está de regreso en París.
Trata de tranquilizar al entorno, dado que a pesar de la precariedad
de la situación y la inminencia de una invasión masiva
por parte de los ejércitos enemigos, nada está aún
perdido, a condición de hacerse un llamado al valor y al patriotismo
de los franceses. Por consiguiente el día 15 se decreta una
nueva leva de 180 000 hombres.
El 16, sintiendo nacer el recelo a su alrededor, el Emperador propone
un congreso de paz. Convenicdos de su superioridad y henchidos de
soberbia, los coaligados, desfachatadamente, le hacen saber por medio
de la declaración de Frankfurt que « los Aliados no hacen
la guerra a Francia, sino a Napoleón ». Interesante
indicación, máxime cuando uno piensa que, ciertamente,
esta sarta de buitres no había esperado su accesión
al poder, en 1800, para librarse a sus embestidas rapaces contra Francia.
Pero ha llegado la hora de las traiciones.
Notables, comerciantes y financieros ven sus privilegios y fortunas
temblar sobre la cuerda floja y así, el 29 de diciembre, el
Cuerpo legislativo, a través de su ponente Laîsné,
denuncia « la actividad ambiciosa de Napoleón ».
Esta vez la impresión del texto es votada por doscientos veintitrés
voces contra cincuenta y una. Napoleón se opone a ella y, el
1º de enero de 1814, declara ante el Cuerpo legislativo:
«Vuestra
comisión ha sido guiada por el espíritu
de la Gironda.
¡En
vez de ayudarme, secundáis al extranjero!...
¿Es momento de hablar de los abusos cuando doscientos
mil cosacos cruzan nuestras fronteras?
No se trata de libertad y de seguridad individual, se
trata de independencia nacional. ¿No estábais
contentos con la constitución? Hace cuatro años
que había que pedir otra ». |
|
También es la hora del estigma
y la deshonra.
Al mismo tiempo, el futuro Luis XVIII hace llegar
a París un comunicado por el cual llama a los franceses a «
recibir con los brazos abiertos » a los invasores Aliados…
El 24 de enero, el Emperador Napoleón parte a ponerse a la
cabeza de su joven ejército, la invasión inminente de
Francia por los Aliados estando ya en la puerta. Se inicia así
la gloriosa Campaña
de Francia, una de las más bellas y heroicas que
registra la historia y en la que, en defensa de Francia, le hará
frente, solo, a la manada feroz de todos los monarcas absolutistas
coaligados.

« Si la guerra no
entra en los cálculos de Napoleón, debe esencialmente
entrar en los nuestros ».
Conde Johann Philipp von Stadion (1763-1824), ministro austriaco de
Asuntos extranjeros.
El
Conde Alexandre d’Hauterive (1754-1830), estadista y diplomático
curtido, había anunciado anteriormente que « La coalición
habrá destruido al Imperio francés el día en
que lo haya hecho retrogradar, pues, en esta marcha uno no se detiene
», palabras premonitorias que ahora demostraban toda su lucidez
visionaria.
Al inicio de la nueva campaña
que ha iniciado en Champaña, 65 000 franceses,
en su mayoría adolescentes y reclutas inexpertos, se ven confrontados
a una masa invasora de 250 000 aliados, es decir
una relación de 1 contra 4 a favor de éstos
últimos en términos de estadística general, pero
que en ciertas batallas, llegará a traducirse en un plano real
en una diferencia de 1 contra 8.
A pesar de todo su talento y de numerosos y asombrosos éxitos
(Briena el 28 de enero, Champaubert
el 10 de febrero, Montmirail el 11, Château-Thierry
el 12, Vauchamps el 14, Mormant
y Nangis el 17, Montereau el 18,
Méry el 23, Craônne el
7 de marzo) el número tiene razón del valor. Aunque
se multiplica desempeñándose en una compleja e imbricada
red de intervenciones, el Emperador es abrumado por la masa y no puede
impedir a las fuerzas coaligadas entrar en París el 31 de marzo.
Este desastre es tanto más doloroso cuanto que el pueblo parisino
le esperaba para salvar la capital, pero nadie contaba, y Napoleón
menos que cualquiera, con que el mariscal Marmont,
duque de Ragusa (1774-1852), en cuyas manos estaba confiada la defensa
de la capital hasta la llegada del Emperador, ordenara inopinadamente
la retirada de sus 20 000 hombres… Esta traición fue
tan vivamente sentida, tan profunda la herida, que dio nacimiento
al vocablo francés raguser, es decir « ragusar
», adjetivo que hasta hoy en día es empleado como sinónimo
de traición, del acto de traicionar.
Pobre consolación sin embargo, pues esta vez el Águila
está en tierra, y si acaso una de sus alas bate todavía,
será enseguida el Senado el que se encargue de neutralizarla,
votando el 2 de abril la deposición del Emperador Napoleón
I.
Luego, también los mariscales le abandonarán, deseosos
de preservar sus adquisiciones, sus fortunas y sus privilegios.
 |
¡Atención,
el Emperador nos tiene echado el ojo!
Un veterano se dirige a los jóvenes conscriptos en
una escena de la campaña de Francia. Litografía
de Denis Auguste Marie Raffet (1804-1860). |
|
En el castillo Fontainebleau, el 6
de abril, es un hombre abatido quien firma su abdicación; sin
condiciones. Tras haberle dicho adiós
a sus soldados en una punzante escena, después de besar
el pabellón glorioso y contemplado las águilas que atravesaran
toda Europa, Napoleón parte para tomar la irrisoria soberanía
de la isla de Elba, burlesco reino de opereta de 222 km² que
los Aliados se han dignado otorgarle.
Poco después, el 3 de mayo,
Luis XVIII regresa a Francia. Llega a París
plácidamente instalado en los furgones del extranjero, y se
sienta sobre el trono de Francia que éstos le han servido en
charola de plata tras haberlo conquistado a precio de la preciosa
sangre de la juventud francesa, aquella de los conscriptos valientes
y heroicos llamados al frente por decreto de la emperatriz en 1813
y que, en su mayoría todavía imberbes, pasarán
a la historia como los « María-Luisa ».
El 30 de mayo, el tratado
de París reduce a Francia a sus fronteras de 1792,
perdiendo casi todas las adquisiciones de la Revolución y,
en ultramar, la isla de Francia, Santa Lucía y Tobago.
 |
Adioses del Emperador a sus soldados
Desgarradora escena en Fontainebleau, el 20 de
abril de 1814. Grabado según un dibujo de Nicolas-Toussaint
Charlet (1792-1845). |
|
Pronto, el pabellón blanco
remplaza al tricolor, que ha flotado sobre tantas victorias coronado
con esas « Águilas francesas [que] llevaron a los pueblos
la Libertad y la Igualdad », como lo diría Winston Churchill
en una de sus alocuciones durante la II Guerra Mundial.
Luis XVIII se dedica a escribir versos latinos dejando actuar a su
hermano d’Artois y a los emigrados que desde hace veinte años
« no han aprendido nada ni olvidado nada ». Se instaura
en el reino un semblante de parlamentarismo y los viejos privilegios
feudales vuelven a hacer su aparición.
La mayoría de los viejos soldados son puestos en situación
de « medio-sueldo
» y se ven reducidos a la miseria. También son puestos
bajo vigilancia y relegados a sus provincias donde, hambrientos y
humillados, no se privan de incitar a la revuelta mientras cultivan
la memoria del Emperador, difundiendo la leyenda
entre un pueblo que ha perdido toda su dignidad y que escucha gustoso
las historias de las hazañas y de las glorias del tiempo pasado.
Pero el descontento no solo cunde en los campos, incluso la burguesía
se muestra disgustada por la torpeza de los nuevos gobernantes y añora
la eficacia de la administración imperial, ese aparato acertado
y vigoroso, « clase nueva »
forjada pacientemente por Napoleón, conformada por, «
gentes remarcables por el mérito
» y fuertemente apegadas al Estado. Así, en su jardín
de Porto Ferrajo, el Emperador empieza a ver llegar desde Francia
emisarios cada vez más abundantes que imploran su regreso.
Es durante esas semanas dolientes cuando la imaginación popular
inventa para Napoleón un apodo lleno de esperanza: le
Père la Violette, el « Padre la Violeta
». Es que el último mensaje del Emperador a sus seguidores
tras la capitulación de París se quería profético:
habíales dicho que volvería con las violetas, flor de
primavera. Y así esta flor se convierte en un símbolo
bonapartista, señal de reunión para veteranos,
fieles exaltados, entusiastas inconformes, ciudadanos desesperados
y simples revoltosos que se intercambian tarjetas y viñetas
sediciosas al tanto que beben a la salud del Caporal Violette
– el « Cabo Violeta ».
Por su parte, el Emperador tiene también
motivos para quejarse.
Su esposa María Luisa y su hijo
el Rey de Roma están lejos de él en Viena, incautados
en manos del emperador Francisco que los retiene celosamente.
Por otro lado, el rey Luis XVIII viola alegremente
las cláusulas del tratado de Fontainebleau,
que le obligaban a garantizar a Napoleón el pago de
una renta anual de dos millones de francos.
Finalmente, los Aliados, bien concientes de la inepcia del
nuevo régimen y sobre todo del apoyo popular enorme
y creciente de que goza el Emperador, temerosos de su sombra
acechante se arrepienten de haber dejado en libertad al «Usurpador»
y empiezan a discutir la posibilidad de su transferencia a
algún lugar perdido en los extremos del mundo; ya se
habla de Santa Helena...
Por si esto fuera poco, los servicios secretos de Napoleón
descubren varias conjuraciones que apuntan llanamente a asesinar
al Emperador, medio bastante más expeditivo que las
estériles reyertas en la mesas de negociaciones.
|
 |
Violetas
imperiales
Imagen popular sediciosa que oculta los rostros
del Emperador, la emperatiz y el rey de Roma. |
|
Es
así como, menos de un año más tarde, aprovechando
la ausencia del comisario inglés Campbell, Napoleón
inicia la tentativa más extraordinaria de su epopeya
y, armando una flotilla de seis navíos, se embarca el
26 de febrero de 1815 en el bergantín l’Inconstant,
decidido a conquistar él solo todo el reino de Francia,
acompañado tan solo por un pequeño ejército
de irreductibles que le siguen siendo fieles, y contando con
el pueblo francés que le espera. Para entonces ya es
más que claro que éste nunca ha aceptado a Luis
XVIII, ese rey obeso, indolente y cobarde que, durante años,
desde su cómodo sillón en el exilio y bajo el
ala protectora de los ingleses, promovió guerra tras
guerra contra sus propios compatriotas y que ahora vegeta impuesto
por la fuerza por las potencias extranjeras.
Así, mientras él dormita o se lamenta agobiado
por un mal de la gota que no le deja reposo, Napoleón
desembarca en el Golfo Juan el 1º
de marzo de 1815, y por lo que hoy conocemos como «
La
Ruta Napoleón », emprende su travesía
épica, sin paralelo en la Historia universal, que le
llevará en pocos días de vuelta hasta el trono
de Francia. |
Dejemos que sea el historiador estadounidense
John Stevens Cabot Abbott (1805–1877) quien
nos relate este episodio:
« Esta
jornada triunfal de Napoleón por casi setecientas millas,
a través del corazón de Francia, invadiendo por
sí solo y sin ayuda un reino de treinta millones de habitantes,
venciendo a todos los ejércitos de los borbones y recuperando
el trono sin desenvainar la espada ni disparar un solo
mosquete, presenta una de las más notables instancias
que se registren en cuanto al poder de una mente poderosa sobre
los corazones humanos. Entusiasmo sin límites, de parte
de ciudadanos y soldados, le acogieron en cada paso de su camino.
Un voto más enfático a favor del Imperio no podía
haber sido dado. Nunca monarca alguno gozó de título
más legítimo al trono. ¡Y sin embargo, los
aliados, al renovar la Guerra contra él, tuvieron sin
siquiera ruborizarse el descaro de proclamar que estaban luchando
por las libertades del pueblo contra la tiranía de
un usurpador! En vista de semejantes logros por parte de
Napoleón, no nos maravillamos de que Lamartine, su implacable
enemigo político, dijera que, como hombre, “Napoleón
era la mayor entre las creaciones de Dios”».
|
| |
 |
| Regreso
de la isla de Elba,
por Bellangé |
En
su camino a París, el 7 de marzo de 1815,
en Laffrey, cerca de Vizille, una tropa formada
realista sale al encuentro del Emperador a fin de
llevar preso al «
usurpador » ante Luis XVIII. Después
de ordenar a sus hombres bajar las armas poniendo
en tierra las bocas de sus fusiles, Napoleón
se apea de su caballo y camina tranquilamente hacia
la tropa. Al llegar a veinte pasos del frente de
batalla, abriendo su redingote y descubriendo su
pecho, Napoleón se detiene y dice con voz
firme y clara « ¡Soldados! Si hay
uno sólo entre vosotros que quiera matar
a su Emperador, puede hacerlo... ¡heme aquí!
». Un sólo clamor respondió:
¡Viva el Emperador! y tanto soldados
como oficiales, echando a tierra las armas, corrieron
a mezclarse con los veteranos de la isla de Elba. |
|
|
En efecto, como lo había pronosticado,
« el Águila vuela de campanario
en campanario hasta las torres de Nuestra Señora »
y en veinte días Napoleón arriba a París, que
ya había sido abandonado a rienda suelta durante la noche del
19 de marzo por Luis XVIII.
A uno de sus personajes, un viejo
granadero, Honorato de Balzac hace decir: «
¿Habrase visto jamás a un hombre reconquistar un trono
solo mostrando su sombrero? ¡Es el mayor milagro que Dios ha
hecho! »
Sabedores del avance del « Usurpador
», algunos consejeros reales entre los cuales destacaba Chateaubriand,
habían invitado al rey a esperar a Napoleón con el pie
firme y defender las Tullerías, encarándolo. Pero hay
que decir que Luis XVIII no era muy dado a los actos de bravura, y
prefiere escapar en medio del llanto de sus partisanos sin siquiera
llevarse sus papeles de Estado. En cambio sí ha tenido la precaución
de empacar los diamantes de la corona.
 |
Luis
XVIII abandonando París el 19 de marzo de 1815
Grabado romántico francés. |
|
En oposición a esta escena
desoladora, cuando Napoleón llega al palacio en la noche del
20, aniversario del nacimiento del Rey de Roma, estalla un alborozo
popular indescriptible. De hecho está a punto de ser sofocado
por los cientos de sujetos que le han esperado durante todo el día,
que lo arrancan literalmente a su coche y lo llevan en hombros hasta
su gabinete de las Tullerías.
Recordando esos momentos portentosos en que había reconquistado
el trono de Francia sin haber disparado un solo tiro, Napoleón
dirá más tarde: « me bastó
rascar la puerta con la tabaquera ». Pero el milagro
del regreso de Elba no radicaba solamente en el prodigioso ascendente
del Emperador y en el amor entrañable que el pueblo le profesaba.
Más allá de eso, Napoleón era un símbolo
vivo, era la encarnación misma de todas las esperanzas y los
anhelos de los pobres y los desheredados: el honor, la dignidad, el
respeto, la igualdad y la justicia. No por nada era llamado, según
la fórmula famosa y consagrada, « el
padre del pueblo y del soldado », un sentimiento íntimo,
muy hondamente enraizado en el corazón de los franceses, y
que Stendhal plasmará sobre el papel sentando que « Napoleón
restableció la moral del pueblo, esa es su gloria más
verdadera. Se trata del hombre más grande que haya aparecido
sobre la tierra desde Julio César. Él fue nuestra única
religión. Cometimos más tarde infidelidades a esta religión,
pero en todas las grandes circunstancias, así como la religión
católica lo hace con sus fieles, retomó su imperio en
nuestros corazones ».
Se inicia entonces el breve y onírico
lapso conocido como los Cien Días, poderoso
periodo caracterizado por el impulso popular y el renacimiento del
patriotismo libertario del pueblo francés, avivado por su líder
incontestado, héroe y padre a la vez, el Emperador
Napoleón.
 |
Entrada
de Napoleón en las Tullerías, el
20 de marzo de 1815
Tras la fuga del rey Luis XVIII, el Emperador es
llevado en triunfo hasta su despacho por la muchedumbre
delirante. Grabado romántico francés. |
|
Apenas instalado en su despacho, Napoleón
afirma con fuerza su voluntad de paz interior y sobre todo exterior.
Pero, rechazando de entrada toda discusión, los Aliados, aterrorizados
ante la situación, se apresuran a poner a Napoleón al
margen de Europa el 13 de marzo en Viena. Ahora, como el Emperador
es apoyado por la cuasi totalidad del pueblo francés, luego
entonces es Francia la que es puesta al margen de Europa…
En este momento, el verdadero móvil
de los enemigos de Francia sale a resplandecer en plena luz: el imperdonable
crimen de Napoleón es haber restaurado la soberanía
del pueblo, después de haberla instaurado bajo el Consulado.
LA SÉPTIMA COALICIÓN
« El
deseo del pueblo francés, incluso formalmente expresado, no
tendrá ningún efecto ni peso alguno ».
Friedrich von Gentz (1764-1832), consejero prusiano.
Al dejar la isla de Elba y emprender
su camino de regreso a Francia, el Emperador había dicho, refiriéndose
a sus enemigos y a los traidores de 1814: « No
castigaré a nadie, oísteis, quiero olvidarlo todo, todos
tenemos reproches que hacernos », y apenas instalado
en las Tullerías había despachado sus propuestas de
paz a los Aliados, haciéndoles saber que acepta el
tratado de París. Con esto Napoleón renunciaba
formalmente y por escrito a toda reconquista de las fronteras de 1792
y además se comprometía a respetar las de 1789. ¿Se
puede acaso desplegar mejor voluntad de paz? Todo lo que el Emperador
pide a los coaligados es dejar a Francia la libre elección
de su régimen político. En una carta personal, trata
de convencer a los soberanos de Europa de que el Antiguo Régimen
ya no conviene a la Nación francesa: « Los
Borbones no quisieron asociarse ni a sus sentimientos, ni a sus costumbres.
Francia tuvo que separarse de ellos. Su voz llamaba a un libertador
(…). Bastante gloria ha ilustrado por turnos las banderas de
las diversas naciones. Las vicisitudes de la suerte bastante han hecho
suceder grandes reveses a grandes éxitos. Una arena
más bella está hoy abierta a los soberanos, y soy el
primero en bajar a ella ». Esa arena, era la
de la paz y el buen entendimiento; la del trabajo conjunto.
Pero los Aliados, contrariamente a él,
no estaban dispuestos a olvidar nada.
Para el 25 de
marzo de 1815 ya han puesto en pie una nueva coalición, la
séptima, en la que Francia se enfrentará
sola contra todos y que esta vez pondrá un término definitivo
a la carrera de Napoleón, luego de la derrota del ejército
francés en las llanuras sombrías de Bélgica.
La cruzada que se prepara en vista de una nueva restauración
de los Borbones constituye una monstruosa injerencia
en los asuntos interiores de Francia, según
el mismísimo calificativo de la oposición parlamentaria
británica cuyo portavoz en la Cámara de los Comunes
declaró que «Bonaparte ha sido recibido en Francia como
un libertador. Los Borbones perdieron su trono por sus propios errores.
Sería una medida monstruosa hacerle la guerra a una
nación para imponerle un gobierno que no quiere».
Todo está dicho en unas cuantas palabras honestas y clarividentes:
Francia está siendo víctima de un triple atentado
a su Libertad, a su Soberanía y a su Independencia;
se le niega el derecho a disponer de sí misma. La prensa británica
no se queda atrás y el diario The Morning Chronicle
interpela a lord Castlereagh, ministro de Asuntos Exteriores en estos
términos: « Los patriotas ingleses piensan que
es menos contra Bonaparte que contra el espíritu de libertad
que se unen los potentados del continente ». Estas
líneas clarividentes –y sobre todo honestas– no
son más que un eco doloroso de lo que ya varios años
antes había señalado Charles James Fox, al reprochar
a los parlamentarios británicos que si el Emperador era un
«conquistador a su pesar» (Aubry) era porque « [los
británicos] Hicimos a Francia
una ley de la conquista indefinida ». ¡Frase
evidentemente desconocida pero que sin duda figuraría como
el más excelente y probo epígrafe en cualquier libro
sobre Napoleón!
Enfrentando a una fuerza dos veces
mayor que la suya, el Emperador, con sus 300 000 hombres alzados a
toda prisa, es acometido por una apisonadora de 700 000 combatientes
que ataca masivamente las fronteras de Francia en tres direcciones
de invasión, los Alpes (austriacos), el Rin (austro-rusos),
y el norte (anglo-prusianos). Se lleva una victoria contra los prusianos
del mariscal Blücher en Ligny (16 de junio de
1815), pero no puede continuar la persecución a causa de una
tormenta salvadora y despacha para tal efecto al mariscal Grouchy,
encargado de impedir la concentración de las tropas en fuga,
y de ser necesario contenerlas.
Dos días más tarde, el 18 de junio de 1815, Napoleón
se enfrenta en Waterloo
a los ejércitos anglo-holandeses. Contrariamente a lo planeado,
se ve obligado a iniciar la batalla no al amanecer sino al medio día,
cuando el terreno se ha medio secado tras una tempestad nocturna que
ha hecho estragos, impidiendo el empleo de la artillería y
el buen desempeño de la caballería en un terreno convertido
en un lodazal.
Una vez iniciada, la lucha es feroz.
El príncipe de Orange muere en la refriega y al caer la tarde,
el centro inglés, que se ha mantenido en una defensa férrea,
está vacilando, listo para romperse. El duque Wellington
prepara ya la retirada hacia la costa cuando, súbitamente,
en la lejanía, entre las humaredas que se alzan como torres,
hace su aparición un cuerpo armado. ¿Como en Marengo
con la llegada de Desaix, será el refuerzo el que decida la
victoria?
« Es Grouchy
», dice el Emperador.
Era Blücher.
Desorientado y ofuscado por su acato
estricto a las órdenes, el desdichado mariscal francés
se había negado a marchar al cañón, ¡y
los prusianos se le habían escurrido bajo las narices hasta
el campo de batalla!
Aplastados por la masa, los franceses son hundidos por todos los frentes.
Solo queda una esperanza. «¡La Guardia muere y
no se rinde!», exclama el heroico general Cambronne,
y la Guardia (la Media Guardia, pues la Vieja se enfrentaba a los
prusianos en Plancenoit), sola en medio del horno, avanza y se interna
en la hoguera.
En ese momento, un traidor, un oficial realista de carabineros, llega
al galope ante las filas inglesas y anuncia a los oficiales de Wellington
por dónde iba a atacar la Guardia… Ésta es interceptada
en su movimiento por las fuerzas británicas que, « inexplicablemente
», ya la estaban esperando. Sorprendida, es recibida brutalmente
con un fuego tupido y mortífero, « segada cual espigas
de trigo » relatará un testigo. Los heridos entonces
retrogradan, en un intento por no estorbar los movimientos de sus
camaradas; pero en la atmósfera reinante de angustia y de traición
ambiente, corre la voz del retroceso de los Guardias, quienes más
que hombres eran un símbolo. Más que un grito, un alarido
desgarra las espesas cortinas de humo y fuego: « ¡la
Guardia recula! ». Entonces cunde el pánico general;
todo está perdido. Napoleón se interna en el último
cuadro, el « Batallón Sagrado
», y busca morir entre sus bravos, pero es arrancado al hervidero
por los generales desesperados, y se logra organizar la retirada.
El Águila acababa de replegar sus alas para siempre, y Lord
Byron lanza su sentencia como un rayo en la eternidad: «
La victoria nunca antes fue echada a perder en un suelo tan imposible
de aprovechar, como esta colina de estiércol de tiranía...
»; y el comandante Henry Lachouque cierra con este colofón:
« comprenderán que un drama se terminó aquí;
el telón cayó sobre el final del último acto
comenzado el 24 de junio de 1812, día en que el Ejército
de Europa pasó el Niemen. La Confederación de la Europa
nueva, la del Código, de la Libertad, de la Civilización
mediterránea, concebida según la lección de Roma
y realizada por Napoleón, se derrumbó en estos lares
bajo los golpes de la Vieja Europa de la Santa Alianza. He aquí
el balance de la Europa de 1815: Francia amputada, Polonia repartida,
Italia recortada, Bélgica ligada a Holanda a su pesar, Alemania
desgarrada, parcelación incoherente, confederación de
Europa, es decir alianza de los pueblos, aplastada, barreras aduanales
todos los cien kilómetros. Consecuencias: revoluciones, guerras,
destrucciones, deportaciones, sangre. Imposibilidad de establecer
la paz. En Santa Helena, Napoleón previó todo eso: “La
aglomeración de Europa, dijo, llegará,
tarde o temprano, por la fuerza de las cosas; el impulso está
dado y no pienso que tras mi caída y la desaparición
de mi sistema, haya en Europa otro equilibrio posible que la aglomeración
de los grandes pueblos”. Hizo falta más de un
siglo, media docena de revoluciones, dos guerras mundiales, la imposibilidad
de concluir la paz, para que hombres de Estado europeos pensaran en
rehacer lo que Napoleón había creado y Waterloo, ¡destruido!
».
 |
Retirada
del Batallón Sagrado, en Waterloo, 18 de junio de
1815
Litografía de Denis Auguste Marie Raffet
(1804-1860). |
|
De regreso a París, todavía
existen los medios de preparar la resistencia. La derrota en Bélgica
ha sido estrepitosa, pero las pérdidas no han sido pesadas.
El pueblo, como siempre, aclama a su Emperador, le suplica defenderlo,
le insta a defender el honor y la integridad de Francia. Pero las
cámaras le dan la espalda. Talleyrand ya se entiende con el
invasor, Fouché trabaja en la sombra, conspirando por la eliminación
de su soberano.
Tomada su decisión, el Emperador abdica una última vez,
el 22 de junio, en favor de su hijo Francisco, Rey de Roma, quien
se convierte en Napoleón II: « Me
entrego en sacrificio al odio de los enemigos de Francia »,
escribe, y añade esta frase desconsolada y llena de aflicción:
« Ojalá que mis enemigos sean sinceros
en sus declaraciones y que no la hayan traído realmente más
que contra mi persona (…) Uníos
para la salud pública y para permanecer una Nación independiente
».
Apenas ha firmado su abdicación,
se encuentra solo, abandonado por todos en los salones desiertos del
Eliseo.
El hermano Luciano se presenta ante el Emperador y le pide reiniciar
el combate. Revolucinario hasta el fin, le aconseja instalar una «
dictadura de salud pública » que permita continuar el
combate, no para pretender aplastar a los coaligados, sino para arrancarles
un tratado de paz; el apoyo franco y masivo del pueblo lo inviste
con la legitimidad democrática de continuar la lucha. Pero
semejante manera de proceder equivaldría ineluctablemente a
hacer correr sangre entre franceses. El soberano se rehúsa
categóricamente y desiste. ¿Acaso no es el Emperador
de los franceses? Privado del apoyo de las instancias y cuerpos legales,
de ninguna manera se rebajará a ser el vulgar jefe de una turba
callejera. Por lo demás, demasiada sangre francesa ha sido
ya derramada, y de ninguna manera será él quien inicie
una guerra civil, no extinguió una revolución para reiniciar
otra.
Otro visitante se presenta, muy inesperado éste, el ultra republicano
Carnot. Es verdad que durante los Cien Días había sido
nombrado ministro del Interior, pero como lo hemos visto en otros
tiempos se había opuesto en dos ocasiones cardinales a Napoleón,
votando en contra del Consulado vitalicio y más tarde contra
la consagración del Emperador. Este último, que respetaba
al hombre, nunca le guardó rencor por ello; « ¡Carnot,
os he conocido demasiado tarde! », exclama, y estas palabras
resuenan melancólicamente en la soledad del palacio.
Afuera el escenario es muy distinto. Todos los días una multitud
se aglutina frente a las rejas del palacio. Cientos, tal vez miles
de individuos se amontonan y por la ventana llegan los clamores de
un remolino humano compuesto por soldados, comerciantes, artesanos,
obreros y campesinos. Es el pueblo de París, que de esta forma
quiere impedir que se vaya: « ¡Viva el Emperador!
¡No nos abandonéis! ».
Observándolos detenidamente y pensando en todas esas personas
a quien llenó de honores, de títulos y hasta de tronos,
y que hoy le han dado la espalda, dice con una mirada llena de ensoñación:
« a estos, nada les di; los encontré
pobres y los dejo pobres ». Pero no era así; les
había legado algo mucho más grande que las riquezas
y los honores que se van con el viento, era la dignidad, era el honor,
era un espíritu, una fe: « Felizmente, – recuerda
el bravo Coignet en el ocaso de su vida –, había memorizado
lo que el Emperador nos dijo tantas veces, que “el
hombre puede lo que quiere”» (Veinte
años de Gloria con el Emperador).
Sin duda, la Historia del Imperio
se confunde con una interminable y gloriosa resistencia
militar, cuya duración es propiamente milagrosa. Dada la desproporción
de las fuerzas en presencia, el fracaso final era ineluctable; sin
embargo, su caída sólo fue una apariencia engañosa.
En 1815, se derribó al portador de la esperanza libertaria,
pero no a la esperanza misma que se puso en hibernación. Después
de un primer brote en 1830, volvería a florecer en 1848, imperial,
permitiendo al pueblo volver a ceñirse su corona usurpada.
Por doquier en Europa, las poblaciones se sacudieron entonces el yugo
de sus opresores al grito de « ¡Viva Napoleón!
». « Meteoro destinado a arder para
iluminar al mundo », su mensaje libertador retumbó
en todo el planeta.
Mas por el momento el Emperador se
da la vuelta y rodeado por fantasmas y voces lejanas, lentamente se
eclipsa por la puerta que da a los Campos Elíseos. Enseguida,
por « invitación » apremiante del gobierno provisional
presidido por Fouché, sale de la ciudad de París.
 |
Napoleón
I en Fontainebleau en 1814
Óleo de Paul Delaroche (1797-1859).
|
|
CONSIDERACIONES A MANERA DE
EPÍLOGO
« Su
vida brilló con un esplendor del que el mundo jamás
había sido testigo, y es dudoso que se capaz de poderlo ver
otra vez »
« El
mundo no avanza más que gracias a quienes se oponen a él
»
Johann Wolfgang von Goethe.
Así es como se cierra el trágico
capítulo de lo que erróneamente se conoce, en virtud
de un vicioso y falaz artificio semántico
y una hábil propaganda
cultivada en toda libertad a partir de 1815, divulgada hasta nuestros
días complacientemente por los manuales
escolares orientados y difundida a placer por autores
que hallan en ella un fructuoso fondo de comercio,
lo que erróneamente se conoce, decíamos, como las «
Guerras Napoleónicas », serie prácticamente
ininterrumpida de cruentos conflictos por procuración que deben
ser llamados « Guerras de las Coaliciones »
pues fueron, todos y cada uno, impúdicamente
promovidos y financiados por Inglaterra e ideados
por sus codiciosos dirigentes: William Pitt, Lord
Castealreagh y otros Lord Liverpool, verdaderos
vampiros sin escrúpulos, responsables de toda esa sangre y
auténticos carniceros de Europa.
En efecto, las ambiciones hegemonistas de Albión, ese país
de mercantis, habrán costado la vida a unos seis
millones de hombres en batalla, sin contar las pérdidas
colaterales, y representado para el gabinete de Londres la suma de
– nada menos –, 66 millones
de libras de oro entre 1794 y 1815 (la mitad de éstas
pagadas entre 1811 y 1815), destinadas a financiar el terrorismo
de Estado, los atentados políticos y civiles,
incautaciones, piratajes, asesinatos
y guerras sin fin en el continente europeo. ¡Qué
contraste en relación al gran hombre
de paz que clamaba que « una guerra
entre europeos es una guerra civil »!
 |
Observemos con atención, pues ningún
manual oficial se detendrá jamás en este punto,
que para evitar revoluciones sangrientas Napoleón
no buscó nunca sublevar a los pueblos contra sus déspotas,
¡procedimiento que éstos últimos intentaron
en vano contra él! Aun cuando ocupase su capital, no
emprendió nunca – con la excepción justificada
de los Borbones de Nápoles – derrocar sus viejos
regímenes absolutistas, tratando en cambio de sellar
con ellos alianzas de paz y constituir una relación
durable y de buen entendimiento. En cierto modo, podemos incluso
afirmar que la causa primera de la caída final del
Emperador Napoleón se debe sin duda a su excesiva
benevolencia para con las dinastías reinantes;
de hecho se roería los puños por ello en Santa
Helena, quejándose de que « Aunque
en nombre de los soberanos se me haya proclamado “moderno
Atila”, “Robespierre a caballo”, todos saben
en el fondo de su corazón que ellos descienden de él.
¡De haberlo sido yo, tal vez reinaría aún,
pero ellos, bien seguramente y desde hace mucho, no reinarían
más! ». Es también patente que
en todas las guerras que le fueron impuestas,
Napoleón dio muestra de una moderación que parece
incomprensible. ¿Cuántas veces no acabó
una victoria con tal de detener la efusión de sangre,
creyendo cándidamente – o mejor dicho, queriendo
creer – que el enemigo le estaría agradecido
por su clemencia? Así sucedió en Austerlitz,
en Friedland, Wagram, la
Moskova, Bautzen, etc.,
etc.
¿Y qué decir de las sempiternas peticiones
de paz realizadas por el Emperador, por no citar
aquí más que las hechas a Inglaterra, todas
y cada una rechazadas sistemáticamente y con desdeño
por el Gabinete de Saint-James: 1803,
1805, 1806, 1808,
1812, 1813, 1815…?
Ahora, pregúntese el lector:
– ¿Por qué nunca son citadas en los manuales
escolares?
– ¿Por qué se omiten invariablemente en
las series televisivas y en las reseñas editoriales?
– ¿Por qué se descartan de oficio en los
reportajes y documentales
supuestamente serios?
– ¿Por qué se olvidan sistemáticamente
en las « enciclopedias » impresas o digitales
no obstante destinadas, teóricamente, a ilustrar al
público en general?
Terminemos resaltando junto con el general
Michel Franceschi que, contrariamente al estereotipo mostrenco
pero siempre divulgado y remachado hasta el hastío,
Napoleón no fue un conquistador, inversamente
a los dos monstruos sagrados de la Historia a los que se le
compara frecuentemente, Alejandro Magno y Julio César.
El Emperador nunca tuvo como fin la conquista de los
países y la dominación de los pueblos.
Su intangible finalidad de guerra se limitó siempre
a la anulación del ejército enemigo con el único
objetivo de la apertura de negociaciones de paz.
Incluso la expedición de Egipto, que más presenta
la apariencia de una conquista, no debe ser entendida más
que como lo que fue, una operación de gran estrategia
indirecta en remplazo del entonces imposible desembarco en
Inglaterra. ¿Acaso Napoleón no había
proferido – y demostrado con sus innumerables leyes
e instituciones– que: « Las
verdaderas conquistas son las que se hacen sobre la ignorancia
»? En cambio, mientras los fundamentos
del mundo libre contemporáneo reposan plenamente en
la colosal obra civil y legislativa del Emperador Napoleón,
¿qué dejaron sus enemigos a la posteridad?
|
 |
Retrato del Emperador
Último retrato de Napoleón, pintado
durante los Cien Días. Erróneamente atribuida
a Prud’hon, debemos esta bella obra, símbolo
de nuestro Instituto, al barón François Gérard
(1770-1837). |
|
Por
otro lado, el Emperador tampoco buscó jamás destruir
a los reyes como han dicho a tontas y a locas ideólogos
iconoclastas y corruptores, deseosos de recuperar su figura
histórica para alcanzar sus propios fines deletéreos;
en Santa Helena, se explayó muy claramente acerca de
«la causa que hice triunfar
por doquier, regenerar a los pueblos por sus reyes»,
misma que, decía, incumbiría a su hijo
continuar.
El 21 de enero de 1798, el Directorio había organizado
una « fiesta » para celebrar el asesinato del rey
Luis XVI. Profundamente agraviado, aquel jovencito
que no era entonces más que el general Bonaparte y nunca
temió jugarse el pellejo, escribió de inmediato
al Directorio que «celebrar la muerte
de un hombre por medio de una fiesta no puede ser nunca el acto
de un gobierno, sino el de una facción y de un club de
sangre»; unos años después sería
él mismo quien suprimiera esta celebración vergonzosa,
así como ordenaría el restablecimiento de la fiesta
de santa Juana de Arco en Orleáns y la restauración
de las tumbas
reales en la basílica de San Dionisio, odiosa y bestialmente
saqueada por los revolucionarios en 1793. |
En
el mismo registro, también se pronunció
claramente sobre la inmolación monstruosa de la reina:
«...debe ser motivo de gran pesar
para todos los corazones franceses el crimen cometido en la
persona de esta desdichada reina. Hay una gran diferencia entre
su muerte y la de Luis XVI, aunque, ciertamente, él
tampoco merecía su desgracia. [María
Antonieta que] era una mujer que no tenía
honores, que no era más que una princesa extranjera,
una rehén sagrada, fue llevada de un trono a la guillotina
pasando por todo tipo de ultrajes ¡Hay allí algo
peor que el regicidio! ».
En cuanto al pequeño rey mártir Luis
XVII, sería igualmente objeto de una mención
específica del Emperador, plasmada durante su deportación:
« el 8 de junio, Luis XVII había
muerto víctima de los tratos odiosos
que había recibido en su prisión ». |
En resumen, siempre atacado, el Emperador
Napoleón, gran reconciliador, no hizo más
que defender con uñas y dientes a la Francia nueva afrontando
a siete
implacables coaliciones militares, auténticas
cruzadas lanzadas contra su persona y los ideales que encarnaba,
cuando la gigantesca obra de construcción civil de la refundación
de Francia que él había abierto requería toda
su energía y era, fundamentalmente, incompatible con los azares
de las aventuras militares. Sin haber querido la conmoción,
el cambio radical, pero participando en él, lo había
fecundado. « En esta inmensa lucha del
presente contra el pasado, soy el árbitro y el mediador natural
» concluiría, bien consciente de haberse encontrado en
el eje mismo de dos épocas.
Un contemporáneo de la epopeya, el general barón
Pelet fue uno de los primeros en comprender toda la amplitud
y el alcance esta asombrosa coyuntura, y así lo consigna con
gran sutileza en su obra Cuadro de las Campañas de Napoleón
en el Continente de Europa por un testigo ocular: «Napoleón,
muy por encima de sus victorias y de las ambiciones ordinarias, se
había impuesto la más bella, la más grande de
las misiones. Dominando Europa a consecuencia de la constante coalición
de sus enemigos, de sus ataques perpetuos, de su rechazo obstinado
de la paz general, había sabido juzgar inevitable la regeneración
moderna y pretendía dirigirla. Colocado en el más alto
punto de las Luces, por encima de los intereses como de las pasiones,
había podido pesar las necesidades del tiempo».
 |
Estatua
ecuestre del Emperador Napoleón I
Escultura de Armand Le Veel (1821-1905), en el
puerto de Cherbourg, señalando a Inglaterra. |
|
.

«
La muerte no es nada; pero vivir
vencido y sin gloria, es morir todos los días »
Napoleón.
«
Vivo no había conseguido el mundo. Muerto, lo conquista
»
Vizconde François-René de Chateaubriand.
Arribado
al sur de Francia, de paso por Rochefort y enseguida haciendo su última
etapa en la isla
de Aix, el Emperador está acompañado por una pequeña
comitiva que concibe una serie de proyectos para transladarlo a los
Estados Unidos o a México, a fin de establecerse e iniciar
en América una nueva vida. Sin embargo Napoleón renuncia
a la idea de una fuga, improcedente con su título y su dignidad
y, en cambio, cual Temístocles, decide ponerse
bajo la protección de las leyes de su peor enemigo. Redacta
estas líneas históricas y llenas de honor y grandeza
dirigidas al príncipe Regente de Inglaterra:
«
Alteza Real,
Confrontado
a las facciones que dividen a mi país, y a la enemistad
de las mayores potencias de Europa, he terminado mi carrera
política y vengo, como Temístocles, a buscar
amparo en el hogar del pueblo británico.
Me pongo bajo la protección de sus leyes, que reclamo
de Vuestra Alteza Real, como del más poderoso,
del más constante y más generoso de mis
enemigos. |
Napoleón
». |
|
¡Inglaterra no esperaba tanto!
El 15 de julio a las seis horas, rodeado
por estrepitosos « ¡Viva el Emperador! » emitidos
por cien hombres en llantos y cuyo corazón sangra, Napoleón
se embarca en el Belerofonte, navío inglés
de 74 cañones.
A bordo, el capitán Maitland, ansioso y trémulo,
pregunta al señor Andrew Mott, su segundo a bordo: «¿Lo
tenéis?»...
El 23 de julio, a la altura de Ouessant,
a través de su catalejo de Austerlitz, el Emperador Napoleón
contempla la tierra de Francia una última vez.
 |
Último
adiós a Francia
Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860). |
|
Napoleón es llevado a las costas
de Portsmouth donde el 25 de julio tiene lugar un espectáculo
extraordinario e inesperado en la pequeña localidad de Torbey,
en cuya rada, desde el día anterior, se encuentra anclado el
Belerofonte.
Desde el día 24, los habitantes de la región, curiosos
y anhelantes de ver al hombre que durante 15 años llenó
sus pensamientos cotidianos de fascinación y de terror, se
han reunido en torno al buque del prisionero, y el 25, las balsas
y embarcaciones diversas son ya tantas, que tapizan el mar y éste
no se distingue más. En ese bullicio improvisado, surge de
repente la silueta fantástica de Napoleón. Sin aviso
ni señal alguna acaba de aparecer en la cubierta, y se presenta
a las miradas estupefactas de tan caótico público. Tras
un brevísimo murmullo, casi sordo, el « Ogro corso »
levanta su sombrero y saluda a la multitud atónita. Un breve
silencio casi palpable inunda la atmósfera. Súbitamente,
el espacio es desgarrado por un grito lejano, al cual sigue otro,
y otro más, e inmediatamente las ovaciones son tantas y tales,
que el Emperador, desconcertado ante un clamor popular tan intenso
como inesperado, repite su gesto algunas veces más, antes de
desaparecer, frente a las miradas atónitas de los oficiales
británicos.
Ese mismo día 25 de julio, Lord Liverpool
escribe: « Santa Helena es el lugar del mundo mejor elegido
para encerrar a semejante personaje. A tal distancia y en semejante
lugar, toda intriga le resultará imposible, y, alejado de Europa,
pronto será olvidado ».
En efecto, el Emperador, sin haber pisado el suelo británico,
se entera de que Inglaterra le niega su título de emperador
y le ha clasificado como « prisionero de guerra ».
Así, engañándolo como solo ella sabe hacerlo,
pues el comandante inglés había afirmado que «recibiría
a Napoleón a bordo de su nave y le conduciría a Inglaterra
si lo deseaba», Albión le retiene prisionero a bordo
y enseguida lo deporta a traición a un tenebroso y remoto peñasco
perdido en el hemisferio austral, la roca más aislada del océano
Atlántico, distante de 1900 Km de las costas de África
y 2900 Km del Brasil, llamado Santa
Helena, « isla cagada por el diablo en su vuelo
de un mundo a otro », dirá Madama Bertrand...
Para los ingleses, está fuera
de toda discusión poner a disposición del monarca caído
la residencia del gobernador, Plantation House, la única casa
de la isla digna de recibir al antiguo soberano. Al contrario, al
llegar, el prisionero, a quien de manera despectiva ya no se le llama
más que « el general Buonaparte », será
confinado en una vieja granja para animales, « aglomeración
de barracas construidas para servir de abrigo a las bestias de ganado
», precisa lord Rosebery, húmeda, eternamente golpeada
por los vientos e infestada de ratas que circulaban en manadas bajo
la duela podrida, incluso en plena superficie. « Nunca he visto
ninguna habitación humana en semejante estado de enmohecimiento
y de humedad », se indigna el médico británico
Barry O’Meara, quien ha presenciado la recámara del Emperador,
donde el papel tapiz en jirones se cae en pedazos pútridos
y donde los residentes tendrán incluso que planchar los naipes
previamente a poder utilizarlos...
Un día, en un momento de abandono, entreviendo
una catástrofe que le parecía inevitable y que suponía
ordenada, dice a Las Cases: « Me espero
a todo, me matarán aquí, es seguro ». A
veces se despierta a media noche, tras un sueño agitado, y
busca a su hijo amado entre las sombras. Pero todo lo que le responde
es el sonido sordo de la lluvia que golpea los postigos de su ventana
o que destila lánguidamente de los plafones cubiertos con cartón
alquitranado. En otra ocasión, remembrando lo que ha sido y
no será más, afligido por lo desesperanzado de su situación,
suspira de lo alto de su peñón, árido monte calvario:
« Sólo el infortunio le faltaba
a mi renombre. He llevado la Corona Imperial de Francia, la Corona
de Hierro de Italia; y ahora Inglaterra me ha dado otra más
grande aún y más gloriosa, – la que fue llevada
por el Salvador de Mundo –, una Corona de Espinas ».
Postrado en su prisión, abandonado
a sus recuerdos, este coloso todavía será temido
por sus captores. Relegado en una planicie yerma y rodeada
de precipicios y barrancas escarpadas, será custodiado
en permanencia por una guarnición de 5000 soldados,
500 cañones y una flotilla
en maniobras perpetuas.
|
 |
Napoleón
en Santa Helena dictando sus memorias a Las Cases
Esbozo al óleo de Ary Scheffer (1795-1858). |
|
|
Esta
vigilancia surrealista, aunada al «hospedaje» del
prisionero, costaban a Inglaterra la suma propiamente faraminosa
de 300 000 £
anuales, según palabras del propio rey Jorge IV, es decir
más de 3 000 000 de francos
oro. Para darnos una mejor idea de la proporción
de estas cifras, precisemos que esta suma es el equivalente
de 60 millones de francos del año 2000,
motivo, todos convendrán en ello, más que suficiente
para justificar la eliminación del oneroso « perturbador
del reposo público ».
Así, sumido en la impotencia, la desesperación
y el olvido, pasaban los años y con ellos se extinguía
la vida del Emperador, cuya salud se empezó a deteriorar.
Extrañamente. |
En efecto, tras haber sido envenenado
metódicamente con dosis sistemáticas de raticida,
como se demostró científicamente en sendos análisis
llevados a cabo en 2003
y 2005,
aislado de sus seres queridos y presa de una dolorosa agonía,
« el Emperador devolvió a Dios el más
poderoso soplo de vida que animó jamás a la
arcilla humana », según la expresión memorable
del vizconde de Chateaubriand, a las 17:49 horas del 5
de mayo de 1821. Los tres minutos
antes de su muerte, «rindió tres suspiros»,
nos dice el gran Mariscal Bertrand, quien añade que
« en la noche, el Emperador había pronunciado
el nombre de su hijo antes del de “a
la cabeza del ejército”. El día
anterior, había preguntado dos veces: « ¿cómo
se llama mi hijo? ». Y el fiel Marchand había
respondido: « Napoleón ».
Sus últimas palabras para la historia serían
sonidos inarticulados que, según lo refiere Marchand,
fueron traducidos por « Francia…,
mi hijo…, ejército… ». Otros,
creen distinguir, en el efluvio de un susurro, « Josefina
»…
Acompañado en su lecho de muerte por un puñado
de fieles, fallece
« en la religión apostólica
y romana en cuyo seno h[a] nacido
», según lo había consignado en su testamento
algunos días antes. Ha sufrido durante más de
cinco interminables años vejaciones y privaciones indignas
y permanentes, que por siempre mancillarán de vergüenza
y de ignominia a quien tan bajamente se las infligió:
« Mi muerte es el resultado de
una serie de ultrajes dignos de la mano que me los prodigó.
Yo había venido a sentarme junto a los lares del pueblo
británico, en demanda de una hospitalidad leal; y he
aquí, que contra todos los derechos imperantes sobre
la tierra, me respondieron con las cadenas… Pero, sin
duda, a Inglaterra le estaba reservado sorprender y arrastrar
a los reyes europeos a dar al mundo el espectáculo
inaudito de cuatro grandes potencias encarnizadas contra un
solo hombre. ¿Y cómo me habéis tratado
desde que fui desterrado? No hay una indignidad, no hay un
horror que no os hayáis complacido en infligirme. Me
habéis asesinado incesantemente en detalle, con premeditación,
y el infame Hudson ha sido el verdugo de vuestros ministros.
¡Acabaréis como la altanera república
de Venecia, y yo, moribundo en este peñón espantoso,
privado de los medios y careciendo de todo, lego el oprobio
y el horror de mi muerte a la familia reinante de Inglaterra
». Así lo había expresado el 20 de abril
a Bertrand bajo la forma de una terrible oración fúnebre
que se vería sucintamente recalcada en su testamento:
« Muero prematuramente,
asesinado por la oligarquía inglesa y su sicario. El
pueblo inglés no tardará en vengarme
».
Muy lejos de ahí, bajo las bóvedas del Parlamento
británico, Lord Holland, indignado y ultrajado, enunciaba
con admirable arrojo que « ¡Europa entera lleva
el luto del héroe; y quienes han contribuido a esta
fechoría están destinados al desprecio de las
generaciones presentes así como al de la posteridad!
»
|
Tras la muerte heroica del mártir
de Santa Helena, el gobernador de la isla, Hudson Lowe,
siempre igual a sí mismo y cuya infamia a la larga le costaría
incluso el escarnio de sus propios compatriotas, se negará
pertinazmente a inscribir sobre su loza sepulcral el nombre «
NAPOLEÓN ». Para
él como para la despiadada Inglaterra, jamás existió
el soberano, tan solo el « general Buonaparte »…
En aquel entonces, el hosco carcelero no podía adivinar que,
escasos 19 años más tarde, él mismo asistiría
absorto al retorno
triunfal del Emperador a París y presenciaría la
misa solemne que le es ofrendada en Los Inválidos al son egregio
y radiante del Oficio de los Mártires, ni
que 34 años después, el 24 de agosto de 1855, la reina
Victoria de Gran Bretaña iría personalmente a rezar
bajo el domo dorado de los
Inválidos, al pie de la tumba del gran Emperador Napoleón,
gigante sin paralelo en la Historia universal cuya figura supo infundir
a los pueblos orgullo y valor, un ideal de gloria y de grandeza inextinguibles
y que aun nos inspiran y deslumbran, imprimiendo a la vez una huella
profunda e indeleble en las arenas de los siglos. « Y yo, extranjero
a Francia, compatriota de los verdugos de Napoleón, quise echar
algunas flores sobre su tumba, para esconder el oprobio de mi país
», se lamentará a su vez Lord Byron, él mismo
memorable exiliado.
En efecto, por petición del
rey Luis Felipe de Orleáns, las cenizas
del gran monarca habían sido restituidas a Francia en 1840
y depositadas entre las bóvedas marmóreas de los Inválidos,
preciosamente resguardadas «a orillas
del Sena, en medio de ese pueblo francés al que tanto am[ó]»,
donde, a pesar de « los envidiosos y de los mediocres »,
como pronosticaba el comandante Lachouque, reposa y reposará
siempre, en la gloria eterna, hasta que se acabe el mundo.
 |
Tumba
del S.M. el Emperador y Rey Napoleón I
Iglesia San Luis del Hotel de Los Inválidos, en París. |
«
La tumba del Emperador,
para franceses de 20 años, no es el lugar de la
paz, el filosófico foso en el que un pobre cuerpo
que tanto se agitó se deshace; es el crucero de
todas las energías que se llaman audacia, voluntad,
apetito. Desde hace cien años, la imaginación
por doquier dispersada se concentra en este punto. Soterrad
por el pensamiento esta cripta en la que lo sublime está
situado; nivelad la historia, suprimid a Napoleón:
aniquiláis la imaginación condensada del
siglo. No se oye aquí el silencio de los muertos,
sino un rumor heroico; este pozo bajo el domo, es el clarín
épico donde remolinea el soplo por el cual toda
la juventud tiene el pelo erizado ». |
| Maurice
Barrès,
Le roman de l’énergie nationale.
Tomo 1, Les déracinés. 1897. |
|

|
|