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Castellano
COMENTARIOS SOBRE LA VIDA DE SU MAJESTAD
NAPOLEÓN I EL GRANDE
EMPERADOR DE LOS FRANCESES Y REY DE ITALIA
Français
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Vida de Napoleón.
Apoteosis de Napoleón
Busto (detalle) por Bertel Thorvaldsen (1770-1844). Galerías napoleónicas Ben Weider, Museo de Bellas Artes de Montreal; MBAM ©
Instituto Napoleónico México-Francia, INMF. ©
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Por el Profesor
Sir Eduardo Garzón-Sobrado
De la Academia Nacional de Historia y Geografía (UNAM)

Presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia, INMF
.
El Prof. Sir Eduardo Garzón-Sobrado, Presidente-fundador y director general del Instituto Napoleónico México-Francia .
E. Garzón-Sobrado
« La paz es la primera de las necesidades, como la primera de las glorias »
Napoleón I.
Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.
M. Jean-Claude Damamme.
PRESENTACIÓN A LA VIDA DE NAPOLEÓN
Por el Señor Jean-Claude DAMAMME
De la Asociación de los Escritores Combatientes de Francia, A.E.C.
Consultor Histórico Especial del Instituto Napoleónico México-Francia
Representante en Francia de la Sociedad Napoleónica Internacional
¿Hay acaso un personaje más universalmente conocido que el emperador de los franceses, Napoleón I?
Pero de igual forma, ¿hay un personaje sobre el cual se hayan diseminado tantas calumnias y mentiras como sobre él? Sin perjuicio de insultos groseros.
Algunos – los más numerosos, y esto vale esencialmente para dos países: Francia e Inglaterra – no han querido y siguen no viendo en él más que a un pendenciero inveterado, responsable, y subrayo « responsable », de la muerte de centenas de miles de hombres, víctimas de su ambición insaciable, dos palabras que acompañan « fielmente » el nombre de Napoleón.
Y esta ambición mortífera, sus detractores la fundan sobre la estafa semántica que constituye esta fórmula de « guerras napoleónicas » que conocemos bien. ¿Acaso no es cierto que se impone en la mente que aquel cuyo nombre permitió forjar el adjetivo en cuestión, no puede más que ser el responsable de las guerras que marcaron trágicamente los años de 1800 a 1815?
Solapado y eficaz.
Pero el prodigioso administrador a quien debemos el Código civil, la Banca de Francia, el Consejo de Estado (encargado de aconsejar al gobierno en materia jurídica), el Tribunal de Cuentas (encargado de examinar los gastos del gobierno), las prefecturas, los tribunales de comercio, los liceos, las Magistraturas del Trabajo (a las que se acude para defender su caso cuando se presenta un conflicto con su empleador), las cámaras de Comercio…
Pero el infatigable constructor que se encuentra en el origen de obras de arte parisinas como, entre otras, los puentes de Austerlitz, de Jena, de las Artes; que hizo excavar las rutas del Monte-Cenis (que enlazan Lyon a Turín y a Génova), del Simplón (que une Ginebra a Milán), de Alejandría a Savona, de Génova a Alejandría, de Parma a La Spezia, de París a Madrid por Bayona, de París a Amsterdam, de París a Namur-Lieja-Hamburgo, etc., sin menoscabo de un gran número de caminos departamentales; que hizo cavar los canales como el canal lateral del Loira, de Nantes a Brest, de Lübeck a Hamburgo, del Sambre al Escaut, del Rin al Rhône por el Doubs, enlazando el mar del Norte al Mediterráneo. En esto también, etc. etc.…
¿Quién se preocupa por estas admirables facetas de un hombre admirable?
¿Quién se preocupa igualmente de aquel Primer Cónsul Bonaparte que recogió a una Francia destrozada por los excesos del Terror, con sus puertos encenagados, sus caminos hundidos, sus hospitales infectos, su industria muerta, sus fortificaciones derrumbadas, sus finanzas exangües, su educación pública nula, y que hizo otra vez de ella una gran nación con la cual las monarquías europeas tuvieron de nuevo que contar? Y eso para el gran pesar de Inglaterra que, desde ese momento, se encarnizó, primero, en eliminar físicamente al hombre por medio de atentados perpetrados por los realistas franceses, y luego, en arruinar al país a golpes de guerras de Coalición pagadas por ella.
¿Quién sabe que este mismo hombre trajo de vuelta la paz en Francia volviendo a abrir las iglesias, clausuradas desde la Revolución, pacificó la Vendea que los agitadores ingleses y realistas habían vuelto un foco de infección política y militar…?
¿Y cómo olvidar que fue él quien, por primera vez y a pesar de una viva oposición, logró en 1807 dar a los judíos, que no eran entonces más que parias sin ningún derecho, el estatuto de ciudadanos enteramente?
La lista sería larga de los beneficios que el Primer Cónsul y luego Emperador Napoleón, aportó a Francia, y es infinitamente lamentable que, víctimas de una activa desinformación que data de la caída del Primer Imperio y de la Restauración de los Borbones, los franceses, mis compatriotas, no tengan consciencia de ello.
Decenas de miles de libros han sido consagrados a Napoleón, ¿pero quién podrá leerlos jamás?
El profesor Eduardo Garzón-Sobrado, presidente-fundador del Instituto Napoleónico México-Francia, tuvo entonces la excelente idea, y sobre todo, la palabra no es demasiado fuerte, el valor –pues esta empresa era un verdadero desafío– de proponerles un condensado de los eventos más importantes que hicieron la vida y marcaron el reino de Napoleón.
Lo esencial de lo que se debe saber está en estas líneas.
Le agradezco sinceramente este hermoso trabajo, no porque es mi amigo, sino porque, por devoción a una memoria que nos es cara a ambos, devuelve a aquel hombre de bien que es Napoleón la justicia que merece pero que se le niega demasiado a menudo.

 

INFANCIA Y FORMACIÓN

« Tengo algún presentimiento de que un día esta pequeña isla sorprenderá al mundo »
Juan Jacobo Rousseau (1713-1788).

Salida del sol en las montañas corsas
Ilustración de André Castaigne (1860-1930).

 

APOLEONE DI BUONAPARTE nació el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio, capital de la isla de Córcega que, desde el 15 de mayo de 1768, había pasado a ser propiedad del reino de Francia en virtud del Tratado de Versalles, convenio que sellara la cesión de este territorio por Génova al Rey Luis XV.
Evidentemente la transacción no se había hecho de un simple plumazo sobre el papel; una tozuda defensa patriótica había hecho estragos en la ínsula y en su brava población, indómita entre las que más, según lo refiee ya Tito Livio, pero, en aquel tiempo, la resistencia corsa ya había sido aplacada por el ocupante francés desde el 9 de mayo de 1768 tras la victoria del conde de Vaux, en Ponte Corvo.

Aquella mañana del 15 de agosto, la muy piadosa María Laetitia Ramolino (1749-1836), mujer decidida y afamada por su gran belleza, sin rival toda la isla decíase, y por ello apodada la « pequeña maravilla de Ajaccio », regresa de misa a toda prisa y da a luz « casi sin dolor » a un precioso varón, no en la recámara, a la que no alcanza a llegar, sino en pleno salón, a las 11 de la mañana.
El pequeño Napoleone es un niño diferente desde su nacimiento. Nace con dientes y, según una leyenda romántica tenaz, apenas parido habría sido envuelto en una alfombra antigua en la que figuraban representados los combates de la Ilíada, siendo el bebé elegido arrullado nada menos que por los manes de los héroes homéricos. Un día, muchos años después, se interrogó a doña Laetitia al respecto y la matriarca, alzando los hombros con una sonrisa retozona y algo sarcástica en los labios, respondió: « ¡no tenemos alfombras en nuestras casas en Córcega, menos aún en verano que en invierno! ». Por lo pronto, el 21 de julio de 1771, el bambino es bautizado en la catedral de Ajaccio por el archidiácono Luciano, su tío abuelo.

Predilección de la familia Bonaparte
El pequeño Nabulio, como es llamado cariñosamente en casa, no es el mayor de la familia, dado que Giuseppe le ha precedido; pero se esfuerza por tener ese empleo a fuerza de seriedad. Aquí le vemos rodeado por su madre Laetitia y su tío Luciano, el archidiácono, quien le bautiza y le hereda el nombre de Napoleone. Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

 

Son muchos los que se preguntan de dónde viene este nombre predestinado, de sonoridades extrañas y poéticas. Su etimología, muy discutida, es incierta, misteriosa.
Algunos literatos pretenden que significaría « el león del desierto »; es lo que pensaban poetas como Víctor Hugo o la pareja legendaria de la épica napoleónica compuesta por Barthélémy y Méry; el Conde de Las Cases, figura muy principal entre los evangelistas de Santa Helena, también hace referencia a esta suposición en su Memorial.
Ciertos investigadores creen que este apelativo es de origen latino y se relaciona con la italiana villa de Nápoles, pero otros historiadores afirman que más bien provendría del griego « Ne-Appolyon », que quiere decir « el verdadero guerrero ».
Sin embargo, existe otra hipótesis mucho más interesante, y que es confirmada por la documentación medieval de los siglos IX a XIII. Según esta teoría, nos hallamos frente a un nombre de origen germánico ulteriormente adoptado y difundido en las regiones central y norte de la península italiana. Sería un derivado del lombardo Nebulunc (o Nebulung), variante a su vez del germánico Niebelung, palabra que viene de nibil (niebla) y que por consiguiente está vinculado con el alemán Nibelung, Nibelungen, propio de la mitología germánica como se sabe. El nombre se habría fundido enseguida, en el transcurso de los siglos, en formas preexistentes y comunes en los distintos dialectos italianos: Napoli (Nápoles), Leone (León).
Más allá de estas sabias y, en ocasiones, un poco abstrusas especulaciones, en lo que se refiere a la elección familiar de un nombre tan particular estamos bien seguros de dos cosas:
Primero, que lo hallamos regularmente en la genealogía de los Buonaparte, como es el caso de un tío de Carlo María, padre de Napoleón, llamado Napoleone, quien fuera un ferviente patriota corso que combatió a los franceses antes de morir en la ciudad de Corte, en agosto 1769.
Segundo, que Laetitia habría explicado que: « Es en recuerdo de aquel héroe que transmití este nombre a mi segundo hijo. »

La vida de los Buonaparte, antigua familia italiana de ilustre abolengo establecida en Ajaccio desde el siglo XV, se desarrolla en un clima apacible y familiar, pero también áspero y escueto. Laetitia tiene que hacerle frente a una vida difícil con la llegada de doce niños pero, como buena matrona patricia, siempre logra sacar adelante a la familia gracias a una férrea disciplina, un carácter a toda prueba, fundamentos religiosos inamovibles y principios morales sólidamente establecidos: « tiene una cabeza de hombre en un cuerpo de mujer », diría de ella Napoleón.
En cuanto al padre, Carlo, varón muy apuesto, gallardo y de emérita elocuencia, es un viajero incansable y bastante mujeriego que se esmera con todas sus fuerzas por abrirse paso y lograr penetrar en la buena sociedad francesa. Abogado y asesor de la jurisdicción de Ajaccio habiendo realizado estudios de leyes en Roma y en Pisa, pertenece a la pequeña nobleza local (extracción de 1569, mantenida en 1771), y como goza de la protección del gobernador, el marqués Charles-Louis-René de Marbeuf, logra beneficiarse de los privilegios propios de su estatuto, con lo cual, tras un viaje a Versalles y la tramitación debida, estará capacitado para enviar más tarde a sus dos hijos mayores, Giuseppe (José) y Napoleone, a las escuelas reservadas para los jóvenes nobles sin recursos.
El primero, José, es un muchacho muy bueno, dulce y bastante flojo, que será destinado al sacerdocio, eludiendo por poco este designio ya desde el principio todo trazado para él.
Napoleone, en cambio, pasa una infancia despreocupada y soleada, burguesa en casa y casi salvaje en las callejuelas de Ajaccio y en el sendero del olivo y viña paternos, la bucólica propiedad campestre de los Millelli. Como el padre, éste también es afecto a las bondades del sexo débil y, desde muy pequeño, alguna vez estuvo muy apegado a una coqueta niñita local, lo cual le cuesta ser el blanco de las burlas de los demás mozalbetes, que componen y le cantan un versito socarrón que ha llegado hasta nosotros: Napoleone di mezza calzetta fa l’amore a Giacominetta, « Napoleón con la calceta a medias le hace el amor a Giacominetta ».
Hay que decir que los insolentes pagaban caro su atrevimiento pues, como recordará muchos años después el Emperador: « Yo no podía soportar ser el objeto de este barullo. Palos, pedruscos, cogía todo lo que se presentaba bajo mi mano, y me arrojaba a ciegas en medio de la melé. Felizmente siempre había alguien para ponerme un alto y sacarme del aprieto; pero el número no me detenía, yo no contaba ».

Casa natal de Napoleón en Ajaccio, Córcega
La fachada de la calle Malherba en una tarjeta postal de principios del siglo XX.

 

Tras esta infancia plácida y convencional, el pequeño Napoleone desembarca en el continente un desconcertante día de enero de 1779 para ingresar, gracias a una beca otorgada por el Rey de Francia, al colegio de Autun, donde reencuentra a su hermano mayor José, quien le había precedido.
El 5 de mayo siguiente, es admitido en la escuela militar de Briena (hoy Brienne-le-Château, Aube, en la región de Champaña-Ardenas). Como todos los extranjeros, a menudo el exótico isleño es tomado en broma por sus camaradas por su acento muy pronunciado, su vocabulario prácticamente inxistente y evidentemente vacilante; en efecto a dejar Córcega el pequeño emigrante no hablaba ni una palabra de francés, idioma que tiene que aprender desde cero, sin antecedente familiar alguno y a todo vapor. Su extraño nombre tampoco escapa a la astucia de sus camaradas, que pronto le imputan el mote irrisorio de La paille au nez, « la paja en la nariz », manera burlesca de imitar la forma como el pequeño pronuncia su nombre inverosímil, Napolione. Por otra parte, una causa suplementaria que explica estos sarcasmos y el tratamiento despectivo del que es víctima, son sus orígenes de la pequeña nobleza, así como su evidente pobreza, sus ropas descoloridas, sus zapatos desgastados que hacen que el orgulloso infante se repliegue sobre sí mismo, prefiriendo los grandes autores y los libros a sus compañeros y a los juegos de su edad. El 6 de abril de 1783, sin haber alcanzado aún la edad de trece años, traza estas líneas imponentes en una carta destinada a su padre:

« Briena, a 6 de abril de 1783.

-¡Padre mío, si vos, o mis protectores, no me dais los medios de sostenerme más honorablemente, llamadme cerca de vos, estoy cansado de exhibirme en la indigencia y de ver sonreír por ello a alumnos insolentes, quienes no tienen más que su fortuna sobre mí, ya que no hay uno que no esté a cien picas por debajo de los nobles sentimientos que me animan!

« ¡Eh! ¿¡Qué, Señor, vuestro hijo sería continuamente el hazmerreír de algunos nobles patanes, quienes, orgullosos de los placeres que se dan, insultan sonriendo las privaciones que padezco!? ¡No, padre mío, no! si la fortuna se rehúsa absolutamente a la mejoría de mi suerte, arrancadme de Briena: Dadme, si hace falta, un estado mecánico; que yo vea iguales a mi alrededor, sabré pronto ser su superior; por estos ofrecimientos juzgad mi desesperación; mas, lo repito, prefiero ser el primero de una fábrica que el artista desdeñado de una academia.

Esta carta, creedlo, no está dictada por el vano deseo de librarme a diversiones dispendiosas, en nada estoy prendado de ellas. Siento solamente la necesidad de mostrar los medios que tengo de procurármelas como mis camaradas. Vuestro respetuoso y afecto hijo,

De Buonaparte, cadete. »


Napoleón en la escuela de Briena
Estampa según el cuadro de Maurice Réalier Dumas (1860-1928).

 

Ante esta situación insostenible, extirpado en plena infancia a su familia, a su isla luminosa y cálida, y sometido a una angustia constante en este pequeño presidio de ciento diez alumnos, el muchacho orgulloso, altivo, de carácter templado cual navaja de acero, se retrae, devora libros y cualquier lectura que esté a su alcance, medita, sueña, se prepara: « el genio no se perfecciona, pero el arte de combinar bien las cosas es perfeccionado cada día por la observación y la experiencia », asegurará.

A pesar de tantas contrariedades, Napoleón guardará recuerdos entrañables de estos tiempos difíciles que son los cinco años más delicados y secretos de la vida de un hombre.
El 14 de mayo de 1783, oficiada por el abate Geoffroi, tiene lugar en la capilla de Briena la primera comunión de Napoleón, acto para el cual había sido preparado por el Padre Charles Patrault. Una noche, ya en el crepúsculo de su vida en la bartolina de Longwood House, se le preguntó al Emperador cuál fue la jornada en la que fue más feliz. Todos los oyentes allí congregados esperaban oír los nombres de Josefina, del Rey de Roma, de los grandes reyes y potentados; las rememoraciones de la Consagración o de Austerlitz, mas Napoleón, volviendo a sí de un breve ensueño, respondió lacónicamente: « el día de mi primera comunión ».
En otra ocasión había dicho: « Para mi pensamiento, Briena es mi patria, es ahí donde sentí las primeras impresiones del hombre ».

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 

JUVENTUD: EL ÁGUILA EMPRENDE EL VUELO

« Bonaparte será quien pague el doble precio histórico de la Revolución: un estado fuerte y la guerra permanente ».
François Furet.

En octubre de 1784, Napoleón tiene quince años y se integra a la escuela militar de París.

Rápidamente promovido a segundo teniente de artillería, se incorpora en noviembre de 1785 al regimiento de La Fère, en guarnición en Valence, en el sureste de Francia (Valence-sur-Rhône, antes llamada en castellano Valencia de Francia).
Napoleón alumno en la Escuela militar
Litografía de Nicolas-Toussaint Charlet (1792-1845).
Mucho mejor recibido que en Briena, puesto que rodeado de camaradas de su condición, el joven Bonaparte ejerce entonces su oficio con gran dedicación, doblegándose dócilmente a las exigencias de la disciplina. Valence es también para él la ocasión de abrirse al mundo y de codearse con la sociedad mundana y a veces frívola en la que, gracias a su gran personalidad, pronto se hace notar favorablemente.
En cuanto a su persona, hay que decir que en ese momento el muchacho no es lo que podríamos llamar un vehemente amante de vida, y menos aún un apasionado de la rutina de la guarnición y de la maniobra. Este hijo de las Luces o de la Ilustración es un romántico genuino, solitario y melancólico; ya está desencantado y, fiel a su costumbre, escapa al tedio de la realidad ordinaria por medio de la lectura, la reflexión y el estudio. También de la escritura, actividad a la cual es muy proclive.
De hecho, sueña con dedicarse a las letras, con llevar una vida literaria y seguir los pasos de su modelo del momento, Juan Jacobo Rousseau, de quien escribió un día esta frase plena de añoranza y de arrebato juvenil: « ¡Oh Rousseau! ¿Por qué no viviste más que sesenta años? ¡Para el interés de la virtud, hubieses debido ser inmortal! ».
Junto con Jean-Jacques, siempre conservará en su corazón un lugar especial para los autores que han marcado su juventud, como Goethe o Bernardino de Saint-Pierre. En años posteriores, conforme su espíritu va madurando se irá interesando en autores a veces hoy olvidados o poco conocidos por la gran masa, pero de una gran importancia en su tiempo y sin duda para los vienen, tales como el Vizconde de Bonald. Ciertamente merece un lugar central en nuestra evocación el divino Corneille, poeta sublime a quien, de haber vivido en su tiempo, el Emperador hubiera hecho « un primer ministro; no son sus versos lo que más admiro, es su gran sentido, su gran conocimiento del corazón humano, es la profundidad de su política ».
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Después de haber obtenido un permiso en septiembre de 1786, regresa a Córcega donde los negocios de la familia se han deteriorado gravemente desde la muerte de su padre, acaecida dieciocho meses antes en un hospital de la ciudad sureña de Montpellier. Este suceso, que tuvo lugar lejos de Napoleón, representó para él una pérdida muy dolorosa y que causó en su espíritu un fuerte y durable impacto. ¡Pero aún le quedaba su familia, y una madre amante y orgullosa de su « pequeño Nabulio », que desde ese momento se convierte en el jefe de la familia, ¡a la vez que en el primer corso oficial del rey!
En uno de sus baúles de viaje, hallamos los siguientes libros, inventoriados por su hermano José: destacan historiadores y filósofos latinos y griegos, Platón, Plutarco, Cicerón, Cornelius Nepos, Tito-Livio, Tácito, todas obras clásicas de la biblioteca de un joven educado de aquel tiempo. Viaja asimismo con cantidad de sus notas de lectura sobre Siria, el gobierno de los persas, el antiguo Egipto, la religión en Grecia, la Constitución de Esparta o de Atenas. Atraído por el Oriente, posee la Historia de los Árabes bajo el gobierno de los califas del abate de Marigny, o las Memorias del barón de Tott, sobre los turcos y los tártaros.

Última entrevista entre Bonaparte y Paoli
Pintura anónima.
En cuanto a Europa, encontramos una Historia de Federico II, y una Historia de Inglaterra de John Barrow, de la que copia la lista de reyes anglosajones. En materia de la corriente de las ideas políticas de su tiempo, lee a Mirabeau, a Rousseau, a Voltaire, a Beaumarchais, y ha examinado El Espía Inglés (« El observador inglés » ), de Pidansat de Mairobert. También ha resumido la República de Platón, y plasmado análisis profundizados acerca de la administración y el funcionamiento de los Estados. Alma romántica, como hemos dicho, se conmueve con Bernardino de Saint-Pierre, pasando de los sobresaltos del corazón a los del honor, a los restauradores de la patria, los espartanos, Catón el estoico... Increíble premonición, en la Geografía moderna de Lacroix, subraya una tierra aislada, Santa Helena, perdida en las más remotas aguas del océano Atlántico, y anota en el margen del volumen: « pequeña isla » …
En abril de 1787 obtiene una prolongación de su permiso por « razones de salud » y algunos meses más tarde lo encontramos en París, deambulando en las calles y haciendo solicitaciones en las administraciones públicas, tratando de forzar al destino a fin de hacerse introducir en algunos salones ancien régime.
En 1788 regresa con su guarnición a Auxonne y, el año siguiente, el 19 de julio de 1789, asiste a un motín en esta misma ciudad. Habiéndole « singularmente alarmado » el estallido de la Revolución francesa en plena marcha, el joven militar solicita un nuevo permiso el 9 de agosto, que le es concedido, y regresa de nueva cuenta a su isla natal, desgarrada ahora entre partidos antagonistas anglófilos y francófilos, donde él preconiza la integración de Córcega a la « nueva Francia ».

En julio de 1790, Napoleón conoce a Pascual Paoli (1725-1807), jefe independentista corso y héroe de su infancia, quien ha regresado hace poco del exilio. La entrevista es un claro fracaso, pero dejará para la historia este testimonio profético del Babbu di a patria, el « Padre de la patria » corsa: « ¡Oh Napoleón! No tienes nada de moderno; perteneces por completo a los hombres de Plutarco. ¡Ánimo, alzarás tu vuelo! ».

El 1° de junio de 1791, en una Francia ya enteramente conflagrada por las contiendas revolucionarias y la guerra civil, es asignado al 4º Regimiento de Artillería en Valence y obtiene el grado de teniente. En aquellos tiempos tempranos, frecuentando a los jacobinos de la ciudad, su alma efervescente de sueños de libertad e igualdad, no esconde en esa época su apoyo a la proclamación de la naciente república. Obtiene un nuevo permiso en ocasión de las elecciones de la Asamblea legislativa que se llevan a cabo en Corte en septiembre.
Le hallamos enseguida en París, en mayo de 1792, donde, ya detonado el incipiente periodo del Terror con su cortejo de guillotinamientos y ejecuciones masivas, asiste a las insurrecciones del 20 de junio y del 10 de agosto, siendo testigo ocular del brutal asalto de las Tullerías al que llega tras seguir a « un grupo de hombres horrorosos, que llevaban una cabeza en el extremo de una pica » y presenciando el pillaje del palacio, las masacres ignominiosas de los heroicos Guardias Suizos, y el destace e incluso la violación sexual de sus cadáveres inertes por las mujeres callejeras, trastornadas y ebrias de sangre. « Me encontraba en esa horrible época –recordará años más tarde– alojado en París, rue du Mail, plaza de las Victorias. Al sonido del toque de alarma y de la noticia de que se daba el asalto de las Tullerías, corrí al Carrusel... Me aventuré a entrar en el jardín. Nunca, desde entonces, ninguno de mis campos de batalla me dio la idea de tantos cadáveres que lo que me presentaron las masas suizas... Recorrí todos los cafés del vecindario de la Asamblea: por doquier la irritación era extrema, con rabia en todos los corazones; se mostraba en todos los rostros, aun cuando no fuesen en absoluto gentes de la hez del pueblo ».
Estas manifestaciones bestiales, sus transgresiones y ultrajes repugnantes le marcarán para toda su vida, y Napoleón guardará por siempre en la memoria esas imágenes terroríficas cuyo espectro hará que recuerde con asco y con el corazón estremecido de horror de la guerra civil y el rostro sangriento y criminal de la Revolución francesa. « De joven fui revolucionario por ignorancia y por ambición », le confesará al príncipe de Metternich en el futuro.
Mientras tanto, elevado al grado de capitán en julio de dicho año, vuelve a partir hacia Córcega en octubre.

Napoleón presencia el saqueo de las Tullerías
« Antier, siete a ocho mil hombres, armados con picas, hachas, espadas, fusiles, martillos de herrador, palos puntiagudos, se dirigieron a la asamblea para hacer una petición. De ahí fueron donde el rey. El jardín de las Tullerías estaba cerrado y quince mil guardias nacionales lo guardaban. Echaron abajo las puertas, entraron en el palacio, apuntaron los cañones contra el apartamento del rey, tiraron cuatro puertas, presentaron al rey dos cucardas, una blanca y la otra tricolor. Le dieron a escoger. “escoge pues” le dijeron, “reinar aquí o en Coblenz”. El rey sí se mostró. Se puso el gorro rojo. La reina y el príncipe real hicieron lo mismo. Le dieron de beber al rey. Permanecieron cuatro horas en el palacio » (carta de Napoleón a su hermano José). Estampa según la obra de Maurice Réalier Dumas (1860-1928).

 

En febrero de 1793, se presenta a la cabeza de los voluntarios corsos y participa en un ataque que fracasa contra Cerdeña. En marzo, rompe definitivamente sus relaciones con el anglófilo Pascual Paoli y, tras una breve estancia en el continente, desembarca en Ajaccio junto con el ejército republicano con el objetivo de acabar con la revuelta de los partisanos paolistas. Ante su resistencia encarnizada y después de haber escapado a un atentado, decide reembarcarse hacia Francia llevando consigo a su familia, que, perseguida y seriamente amenazada de muerte por los grupos paolistas, se instala en Marsella.

Fue durante su estancia en Auxonne en donde se entera de una terrible noticia: la ciudad de Tolón (Toulon) se ha entregada a los ingleses.

Después de haberle propuesto un plan de reconquista de la ciudad al Comité de Salud Pública, el 16 de septiembre de 1793 obtiene el mando en jefe de la artillería de la armada encargada retomar la ciudad. Para él, es la ocasión idónea de darse a conocer e imponer sus puntos de vista tras haber puesto de lado al mustio general Carteaux, juzgado incompetente y al que la Convención llama de nuevo. Es entonces, bajo las órdenes del benévolo general Dugommier, que el joven capitán, poniendo de manifiesto un arrojo personal que pasma a sus compañeros de batalla, demuestra por vez primera a ojos del mundo sus prodigiosas cualidades de táctico, y recoge sus frutos el 19 de diciembre, al arrebatarle la ciudad a la flota inglesa.
Fecha histórica entre todas, en este día memorable un verdadero jefe de guerra acababa de nacer.

A partir de este momento, la popularidad de Bonaparte ha recorrido toda Francia con la velocidad del rayo, y el esforzado capitán se ha convertido ya en figura central de los medios militar y sociopolítico franceses, lo cual sin embargo no le exime de graves amenazas.

La batería de los hombres sin miedo
« Me hacen falta hombres, de verdad, con c... sobre todo no m.... No les pediré nunca ir a tomar una posición enemiga, pero insisto en que me sigan en esta posición. ¡Si sois de esos hombres, levantad la mano! » Grabado de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).
El 9 de Termidor del año II (27 de julio de 1794) Robespierre y sus asociados son derrocados y enseguida guillotinados. El 9 de agosto Bonaparte recibe de la Convención la orden de dirigirse a la Vendea y dirigir operaciones en el marco de la cacería y genocidio de católicos que en ese momento, por decreto gubernamental fechado el 2 de agosto de 1793, se lleva a cabo en el Oeste de Francia. De lo alto de sus 25 años de edad, el muchacho rechaza con aplomo y un enorme valor esta disposición despreciable, lo que le cuesta ser « rayado » de los cuadros del ejército por el Comité de Salud Pública y luego detenido bajo arresto domiciliario en Niza, en grave peligro de ser él también guillotinado como « refractario ». No será sino gracias a la mediación de algunas de sus relaciones que escapará al cadalso, saliendo de prisión el día 20. Se pone entonces del lado de la Convención termidoriana y posteriormente del Directorio, siendo protegido por el vizconde Paul-François de Barras (1755-1829) a quien conoce desde el sitio de Tolón. Ha escapado por poco a la cuchilla revolucionaria...
 
El general Bonaparte y su ayuda de campo Junot en París en 1795
Ilustración de Jacques Onfroy de Bréville, « Job » (1858-1931).

 

Con el vientre vacío y las pantorrillas enjutas, lo hallamos poco después en París, demacrado, macilento, enfermo de una sarna pertinaz contraida en Tolón, desempleado y pisoteando calles y avenidas, sin un céntimo en sus bolsillos apolillados.
Amigo del célebre actor Talma desde hace tres años, se ve forzado a pedirle prestado para subsistir… Ha salvado el pellejo, pero ha caído en desgracia, en el aislamiento de la muerte pública, lo que en ese tiempo se llama « la guillotina seca ». También se la pasa en la Biblioteca Nacional, donde escribe una novela de amor; nada sorprendente para un joven romántico y solitario, extraviado en un París desenfrenado donde el erotismo está a la orden del día, donde todo está permitido y las Maravillosas andan desnudas bajo sus túnicas de muselina a la antigua.
La pequeña Laure Permon, cuya familia hospeda a Napoleón y algún día será duquesa de Abrantés, nos dejó un vívido retrato del joven esparciata que lleva polainas de cartón a modo de calzado y se obliga a no comer más que pan seco, « el gato con botas » decía, en esos tiempos de profunda miseria y charreteras doradas: « Se le encontraba en las calles de París, errando con un paso torpe e incierto, con un mal sombrero redondo hundido sobre sus ojos y que dejaba escapar dos orejas de perro mal peinadas que caían sobre el cuello de su redingote gris hierro vuelto tan célebre ».

 

El 13 Vendimiario — [iglesia de] San Roque 1795
Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

 

En 1795, el 13 de vendimiario exactamente (5 de octubre), Barras le encarga la represión de milicias organizadas realistas que, deseosas de restaurar al rey en el trono de Francia, se sublevan en armas contra la Convención, amenazando con hundir a Francia en una nueva guerra civil. Bonaparte duda al principio, desconfía tanto de la encomienda como del comanditario, concupiscente y corrupto hasta la médula; pero tras exigir plenos poderes y obtener las garantías exigidas, acepta el reto y decide pasar al acto, sofocando prestamente la sedición. Su acción contundente al contrarrestar esta peligrosa arremetida le vale ser nombrado comandante general segundo del Ejército del Interior tres semanas más tarde.

Encuentro de Napoleón y de Josefina
Cuadro de Jules-Georges Bondoux (?-1920).


Con su reputación a tope, de hecho ya internacional, será, nuevamente gracias a Barras, presentado a la aristócrata martiniquesa María-Josefa-Rosa Tascher de la Pagerie, vizcondesa de Beauharnais, a quien pronto nombra « Josefina ». Bastante mayor de edad que él y sin ser ya una mujer físicamente muy hermosa, la criolla es en cambio extremamente sensual y de una portentosa femineidad, realzada por un incomparable encanto y con una personalidad fuerte y muy atractiva. Viuda del vizconde Alexandre de Beauharnais, general guillotinado durante el Terror y de quien tiene dos hijos, la antigua cortesana, antaño figura notable del Antiguo Régimen y descendiente por ambas ramas de su estirpe de la reina Leonor de Aquitania, es decir de sangre noble inmejorable, es una superviviente providencial de los calabozos republicanos que para entonces vive de expedientes, frecuentando « íntimamente » a los grandes personajes del Directorio. Napoleón se enamora perdidamente de ella y, después de un apasionado cortejo, la desposa el 5 de marzo de 1796, justo cuando acaba de obtener el mando del Ejército de Italia. Además de ser su mujer amada, locamente « venerada », « uno de los rayos de [su] estrella », la « incomparable Josefina » será una poderosa palanca de elevación social, política y diplomática para Napoleón, quien siempre lo reconocería y se lo agradecerá hasta el final: « La circunstancia de mi matrimonio con Madama de Beauharnais me puso en punto de contacto con todo un partido que era necesario a mi sistema de fusión, uno de los principios más grandes de mi administración. Sin mi mujer, no habría podido nunca tener con ese partido ninguna relación natural ». Pero el vínculo entre estos dos personajes elegidos iría todavía más allá de estas consideraciones terrenales, lo cual no escapará tampoco al legendario y misterioso discernimiento de Napoleón quien, a guisa de obsequio de nupcias, ofrenda a su novia un hermoso medallón esmaltado en oro, grabado con el lema predestinado: « Hacia el destino »...

Las festividades de la boda son por desgracia de muy corta duración, puesto que dos días después el general Bonaparte, investido con una nueva misión, ésta de muy grandes proporciones, emprende su ruta hacia Niza para ponerse a la cabeza de su nueva asignación y hacerle frente a los ejércitos de la Primera Coalición.

Bonaparte y Josefina
Estampa nupcial de la época.

 

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 

NACE LA LEYENDA

« Yo me miraba por primera vez como un hombre llamado a influir sobre la suerte de un pueblo. Veía al mundo fugarse bajo de mí como si yo fuera transportado en los aires ».
Napoleón acerca de la campaña de Italia.

BONAPARTE LE PONE FIN A LA PRIMERA COALICIÓN

Al llegar a Italia, el general Bonaparte se encuentra con un ejército devastado y en ruinas, en plena descomposición. Está compuesto por hombres decaídos y hambrientos, en harapos y muchas veces incluso descalzos. Estos hombres duros y feroces quedan sorprendidos al ver llegar a este « matemático » veinteañero, casi imberbe, huesudo, desgarbado y pálido como la muerte. Su cabello largo y empolvado según los cánones de la época, parece escurrirle por las mejillas huecas, y sus pómulos salientes ponen de relieve una nariz afilada como navaja, rematada por dos férvidos ojos azules resplandecientes como zafiros.
Thiébault recuerda que llevaba « su sombrerito coronado por un penacho bastante mal atado, el cinturón tricolor más que negligentemente anudado, su traje hecho a la diabla y un sable que, en verdad, no parecía el arma que debiera hacer su fortuna ».

¿De qué os quejáis?
Unidades del Ejército de Italia plasmadas por Denis-Auguste Raffet (1804-1860)


No obstante el general no tarda en subyugarlos e imponerse tanto como por sus dotes de seducción y de diplomacia como por su poderosa autoridad innata y gran aplomo. Se dirige a sus soldados en estos términos:

« ¡Soldados! Estáis desnudos y mal alimentados. El gobierno os debe mucho, pero nada puede por vosotros. Vuestra paciencia, el coraje que mostráis en medio de las rocas son admirables, pero no os procuran gloria alguna; ningún brillo relumbra sobre vosotros. Voy a conduciros a las planicies más fértiles del mundo; allí encontraréis grandes ciudades y ricas provincias, en ellas hallaréis honor, gloria y botín. Soldados de Italia, ¿os faltará coraje? »

Pronto dejan de refunfuñar y, con o sin zapatos, siguen al joven jefe con una suerte de fascinación. Incontenible, éste último, entre marzo de 1796 y abril de 1797 desbarata uno tras otro a los ejércitos italianos y austriacos, éstos últimos reputados por ser los primeros del mundo en aquellos días. Los nombres gloriosos se suceden para la Historia: Montenotte, Millésimo, Mondovi, Lodi – donde el recibe el título afectuoso del « pequeño cabo » –, que llevan a la toma de Milán el 15 de mayo de 1796. Les siguen Castiglione, Árcole donde el general Bonaparte lleva a sus tropas al asalto del puente mítico; Rívoli, la mayor victoria de la campaña, que abre la ruta de Viena y obliga a Austria a pedir un armisticio, cuyos preliminares son firmados en Leoben el 18 de abril.
El general instala su Cuartel en Mombello y lleva una vida de procónsul, dirigiendo no sólo al ejército sino de hecho ya gobernando desde allí a toda Italia, manejando la política local y en parte la vida cultural (entre una contienda y una escaramuza, encuentra el tiempo de mandar restaurar muchas obras de arte como La última Cena de Leonardo da Vinci) e intelectual, pues entre otras muchas iniciativas funda su Journal de Bonaparte et des hommes vertueux (« Diario de Bonaparte y de los hombres virtuosos » ) que se difunde hasta en París. A pesar de ello no todo es radiante para este joven corazón taciturno que languidece y concibe mil sueños de su lejana –y distante– Josefina: « No he pasado un día sin amarte. No he pasado una noche sin estrecharte en mis brazos. No he tomado una taza de té sin maldecir la gloria y la ambición que me tienen alejado del alma de mi vida… ».

El general Bonaparte junto al fuego de campo la víspera de un combate
Escena de la campaña de Italia por Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

 

En el plano político, todos estos éxitos absolutamente asombrosos y que cimbran a toda Europa acarrean el tratado de paz de Campo-Formio del 18 de octubre de 1797, negociado y firmado exclusivamente por Napoleón con las autoridades austriacas y que cierra por fin la Primera Coalición, que duraba desde 1793. En realidad este convenio se ha hecho un tanto en detrimento del Directorio, que deseaba que el general Bonaparte explotara sin medida ni recato su victoria invadiendo Viena y destruyendo tanto a la monarquía de los Habsburgo como al Vaticano, nada menos. Muy al contrario, durante toda la campaña, el General que « no tiene más que dar una orden para derrocar y arruinar por completo al poder pontifical, (...) se abstiene de perseguir a los sacerdotes franceses emigrados que se habían refugiado en tierra pontificia en las legaciones arrebatadas a la Santa Sede » incluso haciendo « unírsele al obispo de Imola, el cardenal Chiaramonti que será Pío VII, el Papa de su coronación », recuerda el historiador realista Jacques Bainville.
En lo inmediato, el gobierno revolucionario, muy a su pesar pues carente de todo recurso, se verá forzado a cerrar los ojos y a resignarse, agobiado por su desesperada situación económica pero también política, después de que los realistas habían ganado las elecciones legislativas; en esas condiciones, acabará contentándose con el botín de guerra que emprende la ruta de Francia y que subsana sus finanzas exangües.
En lo que respecta al héroe de Rívoli, el tratado de Campo-Formio le confiere un renombre excepcional y creciente en el país, redoblado a su regreso a casa en las esferas cultas tras su admisión en el Instituto nacional (el Instituto de Francia) el 25 de diciembre de 1797. Abundando en el tema, digamos de paso que Napoleón es el único jefe de Estado miembro de esta insigne institución con quien haya contado jamás Francia (que no será el único país en reclamar crédito similar, pues Napoleón será nombrado por aclamación miembro de la Academia de Bolonia en 1800, y miembro de la Academia de Artes de Nueva York en 1803). Esta notoriedad inusitada resulta muy molesta para el gobierno del Directorio, que ya percibe en aquel general a un rival potencial creciente y por ende se apresura a alejarlo de Francia. El príncipe de Talleyrand lo recuerda en sus memorias: « le parecía tan útil al Directorio deshacerse de un hombre que le hacía sombra que ordenó la expedición de Egipto, le dio el mando de ésta y preparó así los eventos que más le preocupaba prevenir ». En efecto, a Barras y a sus colegas se les ocurre confiarle un artificioso ejército, en primera instancia encargado de invadir Inglaterra, proyecto evidentemente ilusorio en una Francia que no dispone de una armada naval capaz de hacerle frente a la poderosa Navy británica. Sobra decir que Napoleón está bien consciente de ello, y en cambio, a instigación suya y gracias al apoyo del mencionado Talleyrand, ministro de relaciones exteriores, se optará por confiarle en abril de 1798 la expedición de Egipto, una campaña que, si desde un punto estrictamente militar se revelará a la larga como un fracaso doloroso, no deja de ser una de las más hermosas páginas épicas y culturales de la historia, tanto de Francia como de la universal.
Pero vayamos por partes.

Después de zarpar de Tolón el 19 de abril, la flota francesa de 300 bastimentos y llevando 36 000 soldados de infantería y 2500 de caballería, logra burlar la escuadra de Horacio Nelson que se afana buscándola en Gibraltar. Después de forzar la capitulación de la isla de Malta, el ejército francés se presenta finalmente el 1º de julio en el puerto de Alejandría; « ¡Ea, nuestro guía, derrota al enemigo y así después te haremos nuestro rey! », recuerda Marmont haber exclamado tras el desembarque, y poco después el general en jefe lanza su primera arenga en tierras faraónicas: « Soldados, la primera ciudad que vamos a encontrar ha sido construida por Alejandro; hallaremos a cada paso grandes recuerdos dignos de excitar la emulación de los franceses ». Los habitantes de la ciudad se muestran primero intimidados por esta armada y desertan las costas permitiendo a los extranjeros desembarcar sin resistencia, pero pronto algunos beduinos acuden para atacar a los puestos avanzados y decapitan a los franceses caídos en sus manos. Notando la agitación de los defensores que se arremolinan en torno a las fortificaciones, el general en jefe fuerza el ataque antes de que se organicen y puedan recibir refuerzos. Para el medio día del 2 de julio Alejandría ha caído gracias a las brechas abiertas por la artillería y el valor de las divisiones Menou y Kléber. Éste último queda sin embargo seriamente herido, por lo que se le asignan 9000 hombres y el mando de la plaza mientras Napoleón marcha sobre El Cairo con el resto del ejército, atravesando como los hebreos antiguos el desierto del Damanhur. Como a lo largo de toda la epopeya, el clima le hará pasar muy malos ratos y esta travesía resulta un martirio abominable, máxime para hombres provenientes de un clima templado y no acostumbrados a canículas semejantes, por lo demás en pleno verano. Vestido con insoportables uniformes de lana, sin agua ni la menor legumbre, el ejército se alimenta de raras sandías e insectos, cuando los hay; muchos sucumben a las privaciones y otros a la desesperación; incluso entre los bravos de Italia cunde el pánico en medio de esta tórrida desolación. En El Cairo, el terrible cacique Murad Bey se entera de que un « ejército de infieles » avanza hacia su capital y se regocija de antemano al enterarse de que su mayoría son unidades de a pie, a los que, pronostica, cortará la cabeza « como una sandía » con su temible caballería mameluca. El 10 de julio, en Ramaniéh, luego en Chebreys, los bravíos jinetes llegan por cientos al contacto de los franceses agotados. De cara los legendarios mamelucos, el general Bonaparte no se amilana y dispone a sus hombres en cuadros bien formados flanqueados por piezas de cañón que cruzan sus fuegos. Las temibles cargas de los hasta entonces invictísimos mamelucos se quiebran una tras otra al chocar contra las ciudadelas móviles pero inquebrantables de los occidentales.
El 21 de julio, antes de la batalla de las Pirámides que se producirá en breve contra el grueso del ejército de Murad Bey, miles de jinetes furiosos determinados a defender su capital, ya se vislumbran al sur las pirámides de Gizeh que darán su nombre a la batalla y Napoleón declara a sus soldados: « Pensad que de lo alto de estas pirámides cuarenta siglos os contemplan ». El combate es muy áspero y disputado pero, bien conscientes de que en caso de una derrota todos los perdedores serían víctimas de una masacre generalizada al estilo musulmán, los franceses redoblan esfuerzos y, gracias a las tácticas móviles y a la resistencia sin falla de las divisiones Desaix y Reynier, se llevan la victoria. Esa noche, el general Bonaparte duerme en Gizeh, en el palacio mismo de Murad Bey. La Batalla de las Pirámides le ha dado El Cairo pero sobre todo le ha abierto las puertas del imperio otomano en Egipto.

Napoleón frente a las pirámides
Ilustración de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

 

Apenas instalado en la capital, Bonaparte, a quien los egipcios –maravillados por su « hermosa cabellera amarilla » como lo referirá Gérard de Nerval en su Viaje a Oriente (1851)–, ahora llaman el « sultán El-Kébir » –el más grande–, compone un « diwán », es decir un consejo de notables de la ciudad y organiza varios regocijos para celebrar la capitulación de los turcos. Prefigurando su actividad como Primer Cónsul, legisla, dicta una serie de medidas sociales, financieras y jurídicas que tienden a arrancar al país de la anarquía en la que lo mantenían los beys. Por desgracia, nada de esto evitará la sublevación de una parte de la población el 21 de octubre, provocada por los jefes religiosos fanáticos aconsejados por agentes ingleses infiltrados y en contacto permanente con el « comandante de los creyentes », el gran sultán, quien anunciará la declaración de guerra de Turquía en septiembre y el envío de dos ejércitos para reconquistar Egipto. En efecto, el odio hacia los cristianos encuba, siempre latente y amenazante, en aquel pueblo musulmán obcecado por un fanatismo mahometano encima de todo azuzado, para el cual dicho aborrecimiento es un artículo de fe y que no puede conducirse « más que con la mayor severidad », según palabras del general, dado que « obedecer, para ellos, es temer », explica. ¿Debe sorprendernos tan riguroso proceder, cuando sabemos la repulsión de Napoleón por el fanatismo, ese temible espectro cuyos « efectos terribles ahogan las leyes sagradas de la humanidad, vuelven a los pueblo feroces y acaban por forjarles hierros »?
Pero el 1° de agosto siguiente, la flota francesa es destruida por los ingleses del almirante Nelson en Abukír. Esta derrota convierte a los franceses en prisioneros de su propia conquista, pues dicha flota tenía como finalidad repatriar a Francia al ejército de Oriente en caso de desgracia. Napoleón recibe la noticia el 14 de agosto con una impasibilidad de mármol que impacta a su entorno, estremecido por el informe. Tiene cientos de proyectos en mente y junto con los sabios de la expedición se consagra a realizar estudios de las más diversas naturalezas. Se toman medidas de la Esfinge, se descubren y registran especies animales y vegetales, monumentos y palacios, y se asciende a la cima de la pirámide de Keops. Napoleón, quien « planteaba las preguntas, sondeaba el mal e indicaba el remedio », funda en El Cairo el Instituto de Egipto bajo la presidencia de Gaspard Monge con quien se adentra un día en el desierto del istmo de Suez. « ¡Monge, estamos en pleno canal! », exclama. En efecto, se hallan en medio del antiguo lecho cavado por el faraón Necao, y entonces manda que sus ingenieros empiecen a reconocer su traza. Enseguida ordena que se lleve a cabo un estudio en vista del restablecimiento de la comunicación entre el Mar Rojo y el Mediterráneo, anunciador del futuro Canal de Suez.

El año 1799 ve realizarse la conquista de Siria con la toma de El-Alrich (el 20 de febrero) y de Jaffa (el 11 de marzo). En cambio, ante San Juan de Acre (marzo-mayo), es el fracaso. Tras la victoria del Monte-Thabor (el 16 de abril) las tropas francesas salen de Siria. El fuerte de San Juan de Acre era en efecto la clave estratégica militar y comercial del dominio de Oriente, y cuya caída hubiera puesto desde ese momento a Inglaterra de rodillas ante Francia. Retrospectivamente, se puede considerar en cierto modo que este descalabro, aunado al desastre de Abukír, selló desde ese momento la suerte ulterior del futuro reinado de Napoleón, pues permitió a Albión mantener su potestad sobre las Indias y con ella el dominio comercial en oriente, fondo inextinguible de recursos que le permitirán financiar todas las guerras del periodo, una tras otra y hasta la última.
A pesar de todo, la expedición de Egipto queda como una cumbre de la Historia universal, pues aunada a la multiplicidad de descubrimientos científicos, arqueológicos, artísticos, geográficos, zoológicos y botánicos que suscitó, ha permitido la creación por Napoleón del Instituto de Egipto y engendrado la egiptología, sembrado las semillas de la influencia y de la irradiación de la cultura francesa en el Oriente Próximo, que tantos frutos han dado y laten intensamente en nuestros días.

Desembarco en Fréjus, el 17 de vendimiario del año VIII (9 de octubre de 1799)
Ilustración a colores según una litografía de Grenier.

 

Informado de la situación catastrófica de una Francia librada a la corrupción más descomedida, a la venalidad y a la incompetencia del Directorio, despojada de sus adquisiciones territoriales y gravemente amenazada en sus fronteras por los ejércitos enemigos, el general Bonaparte confía el mando de la expedición al general Kléber el 22 de agosto, y decide zarpar hacia Francia. Aquí es el momento de precisar un punto que los detractores de Napoleón, sirviéndose como siempre de la ignorancia y de la buena fe del público, tratan permanentemente de explotar para infamar al Emperador, pretendiendo que éste habría « abandonado » a sus hombres a su suerte, dándoles la espalda para alcanzar sus fines de poder y de ambición personal en el Continente. En un manual escolar francés incluso hallamos esta increíble acusación: « [Napoleón] regresa a Francia sin que el gobierno se atreva a castigarle por su deserción »; ¡nada menos! La verdad, nunca dicha, del asunto, es que Napoleón, desde su partida, estabaformalmente formalmente autorizado por el Directorio a volver « cuando y como él lo quisiera », y además, dichas autoridades le habían hecho llegar una comunicación demandando su regreso a Francia ya desde el 26 de mayo de 1799. Efectivamente, ese mismo día Talleyrand escribe a Bruix lo siguiente: « El Directorio acude a vos para instruirle [al general Bonaparte] acerca de la situación interior y exterior. Traedle de vuelta » (Sorel, VI, 319).

Esto una vez precisado, tras una travesía de lo más peligrosa, arriesgando su vida sorteando milagrosamente a la flota inglesa en acecho constante, Napoleón desembarca el 9 de octubre en las costas de Saint Raphaël (departamento del Var) y después de un recibimiento triunfal, especialmente en Lyon, emprende la ruta de París, donde a la noticia de su llegada se baila en los cruces de las calles: « Viva Bonaparte que viene a salvar a la Patria », escucha y anota Marbot; y el publicista Fievée, entonces retirado en el Bourdonnais, recuerda que « Cada campesino que me encontraba en los campos, las viñas o los bosques, me abordaba para preguntarme si se tenían noticias del general Bonaparte. Nunca nadie se informaba del Directorio ». Es que, apunta Renée Casin, « los franceses de todas las clases, de todos los medios han reconocido en él de instinto al verdadero hombre de Estado que sería, contra las tiranías y las facciones, el liberador; contra el desorden, el ordenador; y contra los odios, el pacificador ».

 

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 

BONAPARTE SALVA A FRANCIA DE LAS GARRAS ANGLO-JACOBINAS

« El sistema del gabinete inglés será siempre aniquilar a Francia como su único rival, y reinar después despóticamente sobre el universo entero ».
Conde Micheal Vorontzov, embajador de Rusia en Londres (1803).

18 de Brumario, 10 de noviembre de 1799
La Conspiración de los puñales representada por un autor anónimo. Escuela inglesa de la época.

En la ciudad de París, los miembros del Directorio se encuentran cada vez más aislados; sofocados por la corrupción, arrinconados por su propia mediocridad, su disolución y lamentables excesos, temen ser pronto echados del poder.
En este marco inquietante y altamente explosivo, el cálculo de Bonaparte resultará correcto y más que oportuno en vista de la opinión pública ambiente, y su providencial regreso se presenta como una auténtica patada en el hormiguero de los clubes y de los cafés políticos, donde los chismorreos e infinitas caricaturas cunden y estigmatizan a « la increíble facción » o mejor dicho a la « facción de lo Increíble », ese régimen directorial podrido y venal, monstruoso producto termidoriano del acoplamiento del terrorismo y de la finanza, doblemente amenazado de un lado por la miseria del campesinado desarraigado, desarticulado y despojado por el « progresismo » fisiocrático revolucionario, y del otro por las conspiraciones realistas.

En verdad, la población aborrece este régimen en plena licuefacción, encarnado por Barras y sus palinodias. La autoridad del gobierno es nula, los impuestos ya no entran a las arcas; bandas armadas de truhanes y degolladores operan en todos los caminos y los hostales, incluso en las puertas mismas de la capital. En el Oeste, la insurrección es latente, y por doquier en la administración se hacen amaños, se roba y se despoja sin ley que valga. Las fuerzas vivas de Francia están hundidas en el desaliento, el abatimiento profundo y general.
Ahora, la situación es de lo más peligrosa en Francia pues, además de todo esto, de las amenazas armadas en las fronteras y de las conspiraciones de los grupos realistas, fermenta también, apuntalada por agentes ingleses infiltrados, una letal maquinación jacobina, de lo más peligrosa, ya que busca nada menos que restablecer el régimen del Terror en el país.

La Increíble facción
Infestado de jacobinos, cundido de traidores, infiltrado por agentes ingleses, el ultra corrupto régimen del Directorio, aquí ataviado a la usanza de los disipados y extravagantes Incroyables, trata de escabullirse de la doble amenaza que pesa sobre él: los realistas (a la izquierda) y la profunda miseria popular, representada por un campesino hambriento (a la derecha). Nótese que los tres personajes están armados, poniendo el artista de manifiesto la tensión política y social que se vivía en Francia al regreso de Napoleón de Egipto. Caricatura anónima de la época.

 

La llegada impromptu del general Bonaparte produce el efecto esperado entre la población y lógicamente es primero censurada por las instancias gubernamentales; pero les es imposible exigirle cuentas al héroe de las Pirámides. Éste en cambio adopta de inmediato la postura de procurador: « ¿Qué habéis hecho de esta Francia que os dejé tan brillante? ¡Había dejado la paz, volví a encontrar la guerra; había dejado victorias, he vuelto a hallar reveses; había dejado los millones de Italia, he vuelto a encontrar leyes espoliadoras y miseria!... », ¡les increpa con indignación!
Aclamado desde su llegada a Aviñón por las multitudes delirantes, efectúa un trayecto triunfal hasta París donde la oportunidad inesperada de su aparición es en cambio hábilmente aprovechada por el
abate Sieyès (Director) quien ve en el joven ídolo « la cabeza y la espada » que buscaba afanosamente y que, según su plan, van a permitir el derrocamiento del Directorio. Su objetivo es claro: salvar a Francia de la grave amenaza anglo-jacobina y hacer adoptar una nueva Constitución.

Puesto al tanto del proyecto, Bonaparte siente entonces todos los beneficios que puede sacar de tal operación; desde hace tiempo ya, sueña con jugar un papel importante en la escena política; la ocasión le es dada y conforme a su costumbre la toma sin chistar. El mecanismo de la operación ya está montado, Luciano, hermano de Napoleón y diputado del Consejo de los Quinientos también forma parte del proyecto y ha estado « trabajando » a los medios políticos. La hábil Josefina también ha contribuido a neutralizar a los tres Directores con quienes la alianza es francamente imposible: Barras, demasiado desprestigiado y además obstinado en defender « su » régimen y por ende sus intereses personales; « Barras roba sin remordimientos », escribe un embajador extranjero, y bajo la mesa negocia secretamente con Luis XVIII para librarle Francia a cambio de algunos millones. Quedan Gohier, y Moulins, sinceros en su convicción republicana pero sin envergadura.
Con la justificación de la conspiración que ha sido descubierta, el Consejo de los Ancianos, de mayoría moderada, proclama la transferencia de las asambleas al castillo de Saint-Cloud, alejando así a los cuerpos legales de cualquier sobresalto posible que pudiera emanar de las masas populares. Al mismo tiempo, el general Bonaparte es nombrado comandante de la plaza de París con el encargo de proteger al gobierno.
El día 18 todo marcha en orden, pero e
l 19 de Brumario, las cosas se deterioran gravemente. En esta jornada, Napoleón tiene que enfrentarse prácticamente cuerpo a cuerpo con la mayoría del Consejo de los Quinientos, de tendencia jacobina… Luciano preside. En una sala contigua, los Ancianos están más bien dispuestos a otorgarle plenos poderes al general Bonaparte, pero tergiversan; el traidor Moreau acecha, Bernadotte, él también futuro traidor, casi no puede ocultar su envidia y Fouché calcula... Ante esta atmósfera tensa y fluctuante, los Quinientos se crecen y se endurecen; teatralmente, afectan prestar juramento a la Constitución y comienzan a proferir el alarido funesto que otrora tuviera razón de Robespierre: « ¡Bonaparte, fuera de la ley! », vociferan airadamente. Cuando Napoleón se presenta ante ellos en persona, de repente se encuentra solo ante una turba de energúmenos sedientos de sangre. De su sangre. Entonces se enerva, se desconcierta; les grita con toda la razón: « ¡Pero ya no tenéis constitución! ¡La habéis violado el 18 de fructidor! ». ¡No faltaba más: la chusma jacobina no le deja decir ya ni una palabra, le insulta, le expulsa, le rodea, se echa sobre él y le sofoca: ¡algunas manos homicidas ya empuñan las dagas!
Durante algunos momentos el destino bascula, está en juego. Entonces, Luciano, en su calidad de Presidente del Consejo de los Quinientos, decide el éxito requisicionando a la tropa formada en los patios del palacio, solicitando que se barra con la « dictadura del puñal ». En ese momento, conducidos prestamente por el decidido Murat, a quien Napoleón había conocido durante el episodio de Vendimiario, los granaderos entran en la sala y echan a los diputados, quienee en su mayoría no han esperado a ser evacuados y, perdiendo de repente su hombría y toda pizca de decoro, escapan sin más, corriendo y literalmente brincando por las ventanas…
A fin de cuentas, a pesar de lo aciago de la situación, se ha ganado la partida sin hacer que se derrame la más mínima gota de sangre. De hecho, notemos de paso que la única en juego era la del propio Napoleón, al haber sido declarado « fuera de la ley » por algunos legisladores histéricos. A pesar de todo, es de observar que ni el más mínimo balazo ha estallado, lográndose dominar el temible tumulto que hubiese podido poner un alto definitivo a sus ambiciones políticas y, más grave aún, a su misma vida a manos de ciertos elementos desequilibrados que no dudaban en recurrir a la última extremidad para proteger sus nefastos intereses.

Los tres Cónsules
Bonaparte, Cambacerés y Lebrun. Dibujo y grabado de Chataignier.

 

Tras reunir en los campos circundantes a un grupo desperdigado de diputados de los Quinientos, despavoridos y repentinamente vueltos inusualmente dóciles y solícitos, se suspende la Constitución del Directorio y se nombra a tres cónsules provisorios, Sieyès, Bonaparte y Roger Ducos, a quienes se asigna la misión de redactar una nueva Constitución con el concurso de los demás representantes.
A partir del mes siguiente, el ahora Cónsul Bonaparte hace que se adopte un nuevo estatuto llamado Constitución del año VIII, aprobado por plebiscito a razón de 3 011 007 , contra 1562 no. Se convierte entonces en el Primer Cónsul; Sieyès y Ducos descartados enseguida, Cambacérès y Lebrun son nombrados respectivamente Segundo y Tercer cónsules. En torno al hombre providencial, hallamos pues la insospechada cooparticipación de un revolucionario regicida y de un realista moderado, « dos hombres sabios, capaces, pero de un matiz totalmente opuesto », dirá Napoleón. Una nueva página de la Historia se abre así, el Consulado ha nacido.

 

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 

EL CONSULADO

« La Concordia, he allí lo que volverá a Francia invencible ».
Napoleón.

Bonaparte presenta el olivo de la paz a todas las potencias de Europa
El Tiempo cierra el portón del templo de Jano mientras lo soberanos de Europa reciben el olivo de la paz de manos del Primer Cónsul, coronado por la Victoria que trae de vuelta la Abundancia. Vemos en este orden al Gran Turco, a los reyes de Portugal, al Papa, al rey de Inglaterra, al rey de España, al emperador de Alemania, al rey de Prusia, al rey de Nápoles y al zar de Rusia. Estampa alegórica, c. 1800-1802.

 

A partir de febrero de 1800, el Primer Cónsul se ha instalado en el palacio de las Tullerías y ha puesto en pie una corte brillante y en continuo desarrollo. Procura ante todo evitar todo exceso institucional y predisposición maniquea, lo que ilustra muy bien su famoso lema « Ni tacones rojos, ni gorros rojos ». Como lo advierte el General Michel Franceschi, « es evidente que no pretende ser el hombre de la ruptura histórica, sino el continuador de la Francia de siempre », lo cual el propio Napoleón aseverará a través de una fórmula no menos célebre: « Asumo todo, de Clovis al Comité de Salud Pública ».
A
l disponer de los amplios poderes que le confiere la nueva Constitución, la cual él mismo ha organizado, Napoleón emprende entonces la reconstrucción de Francia que, en palabras del general Charles De Gaulle, ha « recogido en pedacitos » (« ramassée à la petite cuillère » ). Francia está en ruinas, el país devastado, desgarrado por facciones y partidos corruptos y representantes inmorales y desacreditados. El pueblo dividido y hambriento –no hay harina, no hay habas ni carbón– no tiene recursos ni medios para procurárselos, pues el desempleo es general y devastador. Los talleres ya no cuentan más que con 1/8 de su personal obrero. Los puertos están desiertos. Tampoco existen garantías de ningún tipo y menos aún una autoridad capaz de protegerlas, ya no se diga de asegurarlas; la inseguridad pública es abrumadora, en ciudades como Burdeos ya ni siquiera se enciende el alumbrado en las noches; las calles y los caminos a todo lo largo de la nación, ya lo hemos dicho, están infestados de bandidos, de traficantes y de matones. « Si los crímenes y los delitos aumentan, es una prueba de que la miseria se incrementa, de que la sociedad está mal gobernada. Su disminución es la prueba de lo contrario » diría Napoleón sobre este tema, lo cual debería dar mucho que pensar a nuestros gobernantes actuales, y muy en particular a los de nuestro país...
También la inmoralidad, la indecencia, el libertinaje reinan, y la familia, célula básica de toda sociedad humana, está dislocada por el caos y la acción de leyes e ideologías disfuncionales. Tenemos el ejemplo de una mujer que en cinco años se casó con cinco maridos diferentes. ¡Otro hombre que había desposado sucesivamente a dos hermanas, pide casarse con la madre de éstas, su madrastra y su doble madrastra! Y se veían todavía cosas peores, abominaciones de la peor naturaleza, y contrarias a ésta. El estado de la infancia es también alarmante, pocas épocas han visto tantos niños abandonados como aquella era de convulsiones. La instrucción pública está hecha pedazos; no hay locales ni maestros, y Chaptal escribe: « las escuelas primarias no existen casi en ninguna parte ». En cuanto al Tesoro, está compuesto por pagarés y asignados, papel viejo y sin valor alguno, no tiene dinero sólido, contante y sonante, ni siquiera lo suficiente –dice un cronista– ¡para costear un pollo! En realidad quedaban en total 60 000 libras. Ciertamente, por retomar una expresión elocuente y muy de actualidad, hablamos, y es poco decirlo, de un « Estado fallido », si acaso de « Estado » se puede hablar.
No obstante, una vez Napoleón en el poder, en tan sólo dieciocho meses, hermosos napoleones de oro ya estarán en circulación en todo el país, y la moneda francesa quedará estabilizada por más de un siglo. ¡El kilogramo de pan, que costaba 120 francos antes del inicio del mandato del Primer Cónsul, ha bajado a 0,5 francos! La nación se cubre de canteras y trabajos, las ruinas se levantan y Francia experimenta un insólito y vigoroso florecimiento.
Esta peliaguda y milagrosa reorganización, sin precedetes en la historia, el Primer Cónsul la materializará por medio de una obra profunda y vastísima, rica en una multiplicidad de preceptos pacificadores como la entrañable amnistía general del 6 de Floreal del Año X (26 de abril de 1802), e instituciones que, en casi todos los casos, siguen vigentes todavía en nuestros días: 1800, fundación del cuerpo prefectoral, Banca de Francia; 1801, Concordato; 1802, creación de la Orden de la Legión de Honor; 1803, Franco germinal; 1804, Código civil (Código Napoleón) etc.
El Primer Cónsul « sabe todo, hace todo, puede todo », ¡constata pasmado el Abate Sieyès!

El Primer Cónsul en el ayuntamiento de Bruselas
Óleo (1804) de Charles Meynier (1763-1832).
« Se hicieron en Bruselas, en el corriente de mesidor (junio de 1803) los más brillantes preparativos para recibir en esta ciudad al Primer Cónsul; un arco de triunfo en el estilo romano es erigido en la entrada de la Allée-Verte. El 2 de termidor (21 de julio de 1803), el Primer Cónsul, montado en un caballo blanco, hace su entrada en Bruselas; diez mil hombres, tanto de infantería como de caballería, le preceden. Una soberbia guardia de honor, portando un uniforme escarlata, solapas, cuello y bocamangas azul obscuro, ricamente bordados en plata, se había organizado en Bruselas. Las fiestas públicas duraron varios días. La del ayuntamiento fue magnífica: el exterior de este edificio presentaba una masa de fuego variada de todos los colores; la iluminación del Parque, durante la fiesta del departamento, brindaba en un bello día de verano un espectáculo encantador. A media noche, cien mil farolillos, dispuestos en los uniformes más agradables, propagaban, en las bellas avenidas y los bosquecillos del Parque, una claridad magnífica. Bonaparte tenía el proyecto de embellecer Bruselas por medio de magníficos bulevares. Según un plano que se le sometió y que él aprobó, una parte de los suburbios de Lovaina, de Namur y de Flandes habrían sido circunscritos en el recinto de la ciudad; una vasta explanada habría sido contigua al Parque; de la explanada, una magnífica calzada, bordeada por una doble fila de arboles, habría conducido al bosque de Soigne. Fue en Bruselas donde el Primer Cónsul proyectó unir el Rin al Mosa por un canal comenzado durante el reino de la infanta Isabel. Bruselas rindió homenaje al Primer Cónsul con un magnífico coche enteramente confeccionado en los talleres del Sr. Simon, y a su esposa, con un vestido de encajes de Bruselas ». « Visita del Primer Cónsul a Bruselas »; Gautier, Le Nouveau Conducteur dans Bruxelles et ses environs, 1827.

 

Estas fundaciones hunden sus raíces en ciertas nociones primordiales del pensamiento napoleónico como son los ideales de igualdad de todos los hombres ante la ley y el impuesto, la libertad deUn « Napoleón », pieza de veinte francos oro. culto, de pensamiento y de acción y, tal vez la más representativa de todas, la substitución del mérito a la heredad, piedra de ángulo de la edificación por Napoleón de una sociedad donde todos tienen acceso a la educación y la oportunidad de ascender y realizarse, no por su origen, procedencia social o alcurnia familiar, sino por su trabajo, esfuerzo y valor personales, nociones que hoy en día –al menos en la teoría– nos parecen derechos naturales pero que entonces eran ideas completamente novedosas y peligrosamente sediciosas en el sistema feudal imperante en Europa: « Quiero que el hijo de un cultivador pueda decirse: yo seré un día cardenal, mariscal del Imperio o ministro », declarará en 1803. Napoleón decía que la Instrucción era « su primer cuidado para la paz, pues es la garantía del porvenir. Quiero que sea pública, para todos », y apenas al mando del país había hecho regresar a los Frères des Écoles Chrétiennes – Hermanos de las Escuelas Cristianas, que habían sido proscritos y perseguidos por la revolución. Ulteriormente, ordenará abrir « clases normales » en cada academia de Francia con el fin de formar maestros cualificados, y encargará al propio Cuvier viajar a Alemania y a Holanda « para tomar de la instrucción primaria un conocimiento detallado » que se concretizará con un decreto para la aplicación de « los excelentes métodos observados en aquellos países ». En cuanto a la enseñanza media y superior bastará recordar que el Emperador Napoleón será el fundador de los Liceos, del Bachillerato, de las Casas de educación de la Legión de Honor y de la Universidad Imperial, que afianzan las insignes instituciones arriba mencionadas, fundamentos del gran proyecto napoleónico basado como lo hemos visto en la premiación del esfuerzo y el valor personales. Esta estructura meritocrática es a la vez simbolizada y encarnada por la Legión de Honor, distinción de un prestigio sin paralelo que bajo la elocuente divisa « Honor y Patria » estaba dedicada a recompensar las hazañas y sacrificios hechos en beneficio de la Patria en los ámbitos civil y militar, substanciando el espíritu de la futura nobleza de Imperio: « No reconozco otra aristocracia que la otorgada por el valor, el esfuerzo, el trabajo y el buen corazón », afirmaba el Emperador.
Este espíritu eminentemente elevado, a la vez humanista y universalista, es descrito muy concisamente en la frase siguiente, dicha por el Emperador a Louis de Fontanes, Gran Maestre de la Universidad Imperial: « ¿Sabéis lo que admiro más en el mundo? Es la impotencia de la fuerza para organizar algo. No hay sino dos potencias en el mundo, el sable y el espíritu. Entiendo por espíritu, las instituciones civiles y religiosas. A la larga, el sable siempre es vencido por el espíritu » (en la lengua francesa, la palabra esprit tiene la doble connotación de espíritu y mente).
El bienestar social y la asistencia a los desvalidos y discapacitados no se quedan atrás y, a lo largo de todo el reinado napoleónico, se desarrollará una muy rica red de instituciones varias de beneficencia pública como, por ejemplo, los Burós de beneficencia y los Comités de beneficencia, la institución Sainte-Périne de Chaillot, el Monte de piedad, la Sociedad maternal, la institución de los sordomudos, el Hospicio central de vacunación gratuita, el Hospicio imperial de los ciegos, los depósitos de mendicidad, los talleres de caridad, sin olvidar la « Sociedad de prevención », primer experimento de seguro social, establecido en las hulleras de Lieja, entonces departamento del Ourthe, en la actual Bélgica.

En el ámbito militar, a partir de 1800, Napoleón entabla una política de apaciguamiento, multiplicando sus iniciativas reconciliatorias para sanar las llagas dejadas por años de luchas fratricidas, decretando el perdón a los emigrados y favoreciendo su regreso a casa; y ante todo, respondiendo a los anhelos profundos del pueblo, tanto materiales como espirituales pues, como él afirmaba « el enemigo más temible no es el fanatismo, sino el ateísmo ».
En efecto, consciente de la gran importancia de la religión para fundamentar los buenos y sanos principios, así como para cimentar la cohesión y la fraternidad de la nación dado que « Se puede aplastar una nación religiosa, pero no dividirla », restablece –sobre los viejos escombros de los mortíferos y falsos cultos cívicos revolucionarios « de la Razón » de los hebertistas ateos (1793-1794) y « del Ser supremo » de los montañeses deistas (1794)– la religión católica firmando con la Santa Sede el Concordato (15 al 16 de julio de 1801), tratado con el que Francia recobra su fe milenaria y vuelve a convertirse en « la Hija mayor de la Iglesia ». Según sus palabras, « Ninguna sociedad puede existir sin moral. No hay buena moral sin religión. Luego no hay más que la religión que dé al Estado un apoyo fuerte y durable. Una sociedad sin religión es como un navío sin brújula ». El mensaje no puede ser más claro.
Muchos años después, en una misiva escrita al cardenal Consalvi, Secretario de Estado del Vaticano, el propio Papa Pío VII estipula que « a Napoleón debemos sobre todo dar las gracias, después de a Dios, por el restablecimiento de la religión en el gran reino de Francia […] el Concordato fue una obra de redención humana, digna de un héroe ».
Formalmente, si bien la religión católica ya no es jurídicamente definida como la « religión de Estado », se la contempla con el estatuto de « religión de la mayoría de los franceses ». El clero, hasta entonces cruelmente perseguido por los ideólogos y las turbas ateas revolucionarios, obedece a las directivas del Papa, pero debe también prestar juramento de lealtad al gobierno consular, que lo retribuye. Así como si nada, con el Concordato, Napoleón acaba de plantear (en oposición al mortífero dogma del laicismo masónico revolucionario militante que –liberticida neo-religión civil– a la larga habrá logrado imponerse en nuestra actualidad) las bases modernas de la laicidad y del derecho de conciencia en el Estado, principio de pacificación social y de respeto privado juzgado fundamental en toda sociedad libre contemporánea, consciente de la necesidad para dicho Estado de asegurarle a la Iglesia su plena autonomía, sin invadir su campo ni adjudicarse sus poderes y prerrogativas naturales e inherentes, y cuyo cabal reconocimiento, más allá de su ámbito puramente espiritual, debe abordar la legitimidad de su intervención en el espacio público. Es ésto a lo que el papa Pío XII se referiría, muchas décadas más tarde, con su concepto de la « Sana Laicidad » (el 23 de abril de 1958, es decir, y es importante subrayarlo, antes del concilio Vaticano II), y que Su Santidad Benedicto XVI refrendará enseguida, ya entablado el segundo milenio, bajo el calificativo de « laicidad positiva », aquella, señaló, « abierta y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida », respetuosa de la libertad religiosa y « capaz de superar el relativismo » (11 de enero de 2010).

Firma del Concordato entre Francia y la Santa Sede, el 15 de julio de 1801
Tras la rúbrica de este importante documento, el Primer Cónsul ordena celebrar una misa en la catedral de París con el fin de dar gracias a Dios por el Concordato y por la Paz de Amiens. Sólo uno de los tres cónsules será asperjeado por el celebrante con agua bendita : Napoleón.
Lavado bistre y realces de blanco por el barón François-Pascal-Simon Gérard (1770-1837).

 

En el ámbito personal, a partir de la firma del Concordato Napoleón vuelve a emplazar una capilla en el palacio y asiste puntualmente a misa todos los domingos. De hecho, a partir de 1802 se esmera en identificar su imagen con la de los reyes de Francia, viajando a las provincias y recordando así el ceremonial de las visitas reales del Antiguo Régimen.
Más modestamente, cuando encuentra algún tiempecillo para sí y no lo emplea descansando donde su esposa, bromeando y jugando con ella y su séquito, gusta de pasearse en su « buena villa de París », recorriendo las calles en un total incógnito en compañía de un asistente. Narra su entonces secretario Bourrienne como, en París, « dejaba aun menos a Bonaparte que en la Malmaison. A veces íbamos juntos, durante la tarde, a dar paseos en el jardín de las Tullerías, pero para ello, él esperaba siempre que las rejas estuviesen cerradas. En aquellas salidas nocturnas, él llevaba siempre un redingote gris y un sombrero redondo. Al “¿¡Quién vive!?” de los faccionarios, yo estaba encargado de responder: “El Primer Cónsul”. Cuando nos paseábamos en la ciudad, [las salidas] eran a menudo muy picantes […] cuando yo veía a Bonaparte, vestido con su redingote gris, entrar en nuestro gabinete a las 8:00 horas de la noche, sabía que iba a decirme: “Bourienne, vamos a dar una vuelta”. Algunas veces entonces, en vez de salir por los arcos del jardín, salíamos por la portezuela cerca del portillo del Louvre. Tomaba mi brazo e íbamos a regatear objetos de poco valor en las boticas de la rue Saint-Honoré o la rue de l’Arbre sec. Mientras yo hacía desplegarse ante sus ojos los objetos que parecía querer comprar, él, jugaba su papel de cuestionador, y no había nada más placentero que verle entonces tomar el tono ligero y guasón de los jóvenes a la moda. Qué torpe era para darse gracias, cuando alzando las esquinas de su corbata, decía con una voz apagada: “¿Y bien señora, qué hay de nuevo?” “Ciudadano, ¿qué se dice de Bonaparte?” “Vuestra botica me parece bien surtida, ¿debe venir mucha gente aquí?” “Veamos, ¿Qué se dice de ese farsante de Bonaparte?” Uno de los momentos más graciosos de aquellas escapadas fue, sin duda, cuando se vio obligado a partir a rienda suelta para “¡huir de las tonterías que les había atraído el tono irreverente con el que Bonaparte hablaba del Primer Cónsul! ».

« El Emperador habiéndole preguntado a un bisutero lo que se pensaba de ese farsante de Napoleón, estuvo a punto de ser echado a escobazos ». Grabado según un dibujo de Jules David (1808-1892).

 

EL PELIGROSO TRAMPOLÍN DE LA SEGUNDA COALICIÓN

« Podemos permitirnos todo en la empresa contra Francia. Hay que destruir la anarquía en Francia. Debemos impedir que retome su antigua preponderancia. Parece que ambos objetos bien pueden ejecutarse a la vez. Apoderémonos de las provincias francesas que nos son convenientes (…). Una vez esto hecho, trabajemos todos de concierto para dar a lo que quede de Francia un gobierno estable y permanente. Se convertirá en una potencia de segundo orden que ya no será temible para nadie y haremos desaparecer de Europa el foco de democracia que ha pensado abrasar a Europa ».
Conde Markov, plenipotenciario ruso.

En el marco internacional, Napoleón no escatima energías en su tarea pacificadora y de inmediato despacha misivas a todos los monarcas europeos a fin de hacerlos entrar en razón y consumar una paz duradera, un estado de armonía que anhela con todas sus fuerzas y que es imprescindible para su proyecto de reconstrucción. Sabe que al no ser un monarca de antigua estirpe, el más ligero desliz, la menor derrota en el campo de batalla pueden costarle su posición, por no mencionar su vida.
Por desgracia, a pesar de todos sus esfuerzos pronto se ve forzado a emprender una segunda campaña de Italia, con el fin de detener a los ejércitos austriacos que, gracias a los subsidios del ministro inglés William Pitt, avanzan amenazando con invadir la frontera sur de Francia. Cruza entonces los Alpes con su valeroso ejército y, gracias a la intervención milagrosa del general Desaix, obtiene una difícil victoria en Marengo, el 14 de junio de 1800, venciendo a las fuerzas austriacas estupefactas por esta hazaña que no se había visto desde Aníbal. Es éste el preludio a la paz de Lunéville, que es firmada el 9 de febrero de 1801. Gracias a este convenio se ha asegurado la paz en toda la Italia del Norte, que se llena de repúblicas amparadas bajo la protección de Francia.
Acto seguido, el Primer Cónsul restaura los Estados Pontificios conforme a los límites estipulados en el tratado de Tolentino (firmado el 19 de febrero de 1797), y entabla las primeras aperturas diplomáticas apuntando a restablecer la religión católica en Francia, como ya se ha relatado más arriba. Las tramitaciones son dirigidas al cardenal Martiniana, a quien corresponderá dar parte del proyecto al papa recientemente electo, el benedictino Bernabé Chiaramonti, nombrado Pío VII, antiguo obispo de Imola, cuya elección el 14 de marzo de 1800 (entronizado el 21 siguiente) había indispuesto mucho al emperador Francisco I de Austria –quien no se había privado de externarlo con un insultante desplante público y político–, pero que Napoleón, conocido suyo y por él apreciado desde la víspera de la capitulación de Mantua (2 de febrero de 1797), había reconocido formalmente.

Pero volvamos un momento a nuestra evocación de Marengo.
Fortalecido por este legendario éxito, pero también sabedor de la precariedad de su condición, de que un sólo descalabro puede echar por tierra todos sus proyectos y los destinos de Francia, la concreción de una paz general, que es su deseo más caro, se convierte en una verdadera obsesión para el Primer Cónsul.
Como será el caso a lo largo de todo el Consulado y e
nseguida del Imperio, en la obra de Napoleón el aspecto civil se antepone siempre al militar. Él sabe que la guerra es un escollo gigantesco para las numerosas reformas que pretende poner en marcha. Igualmente, pone todo en práctica para convencer a España, Holanda y la muy hostil Inglaterra de ir a sentarse en la mesa de negociaciones a fin de discutir condiciones que pudieran, por fin, poner un término a aquellas guerras que duran desde hace diez años y que ahorcan humana y económicamente a las partes concernidas. No habrá para ello ventajas materiales y territoriales que Napoleón no consienta, y así sería desde la primera misión diplomática de su enviado Duroc, quien el 3 de diciembre de 1799 lleva el primer mensaje de amistad de los Cónsules al Rey de Prusia Federico Guillermo III. Otro gesto amistoso y muy simbólico que es menester recalcar es la liberación sin condiciones y el repatriación a Rusia de los 7000 prisioneros rusos capturados por los ejércitos revolucionarios desde 1792. Equipados por orden y cortesía de Napoleón con uniformes nuevos, enviados a casa sin demanda de intercambio ni contraparte, fueron entregados el 21 de marzo de 1801 al general Sprengtporten, quien los recibía gustoso en representación de un admirativo Zar Pablo I, monarca dulce, pacífico y favorable que pagaría muy caros su entusiasmo y aprecio por la persona del Primer Cónsul, con su vida misma en verdad, cayendo víctima de asesinos conjurados patrocinados por los ingleses. El propio Luis XVIII, pretendiente Borbón al trono de Francia quien entre 1807 y 1814 vivirá exiliado en el condados ingleses de Essex y de Buckingham, reconocería que: « Pablo I había sido víctima de una conspiración de palacio en la que se encontraron el oro y la mano del gobierno británico ».
Por último, recordemos igualmente que ya desde el 5 de Nivoso del Año 8 (jueves 26 de diciembre de 1799), el Primer Cónsul había dirigido al Rey Jorge III de Inglaterra, así como a Francisco II, emperador de Austria, la carta siguiente, reiterada en el futuro sin mayor éxito:

« Señor mi Hermano,

Llamado por el deseo de la nación francesa a ocupar la primera magistratura de la República, creo conveniente, al entrar en funciones, hacer parte de ello inmediatamente a Vuestra Majestad.

¿La guerra que desde hace ocho años, asola las cuatro partes del mundo, debe pues ser eterna? ¿No hay acaso ningún medio de entenderse?

¿Cómo las dos naciones más ilustradas de Europa, poderosas y fuertes más allá de lo que lo exige su seguridad y su independencia, pueden sacrificar a ideas de vana grandeza, el bien del comercio, la prosperidad interna, la felicidad de sus familias? ¿Cómo no sienten que la paz es la primera de las necesidades, como la primera de las glorias?

Estos sentimientos no pueden ser extraños al corazón de Vuestra Majestad, quien gobierna una nación libre, y con el único fin de hacerla feliz.

Vuestra Majestad no verá en esta apertura más que mi deseo sincero de contribuir eficazmente, por segunda vez, a la pacificación general, por medio de un trámite pronto, todo de confianza, y despejado de esas formas que, necesarias tal vez para disfrazar la dependencia de los Estados débiles, no perciben en los Estados fuertes más que el deseo mutuo de engañarse.

Francia, Inglaterra, por el abuso de sus fuerzas, pueden aún por largo tiempo, para la desgracia de todos los pueblos, retrasar el agotamiento de aquellas; mas, me atrevo a decirlo, la suerte de todas las naciones civilizadas está atada al término de una guerra que abrasa al mundo entero. »

Firmado

BONAPARTE


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ASPECTOS DE LA OBRA COLOSAL DE RECONSTRUCCIÓN DE FRANCIA

« Los panfletarios, estoy destinado a ser su comidilla, pero temo poco ser su víctima: morderán sobre granito »
Napoleón.

Gracias a la victoria de Marengo, triunfo portentoso en sí pero además apuntalado por el del general Moreau en Hohenlinden, el Primer Cónsul se ha instalado definitivamente en la gloria y es capaz de organizar su poder, así como de atiborrar a voluntad de instituciones y adelantos a esa Francia de la que es amo y señor absoluto a los treinta años de edad. Dos palabras engloban toda la titánica tarea que recae sobre sus hombros y que Francia espera de él: Reconciliación y Reconstrucción. Su espíritu, su mente y su corazón están hechizados por una obsesión, su grande pensée – el gran pensamiento de la fusión de la Francia nueva con la Francia del pasado. « Mi principio es Francia ante todo », expone firme y sumariamente.

El Primer Cónsul en su gabinete de trabajo en las Tullerías
Dibujo entintado a la pluma de Pierre Audouin (1768-1822).

 

Durante los primeros años de su gobierno, pasará la mayor parte de su tiempo en su hermosa residencia de campo de Malmaison, cerca de París, donde sus familiares le encuentran siempre atareado pero igualmente accesible, alegre y enamorado de su céfira Josefina. Cuando Napoleón deja la Malmaison, es para dirigirse a su gabinete de trabajo de las Tullerías, donde labora de dieciocho a veinte horas al día y dicta a tres secretarios a la vez, relevándolos cuando alguno se encuentra extenuado. Uno de ellos exclamará: « hay tres Atlas en él… », estupefacto por la profundidad y la prodigiosa profusión de su memoria histórica, política y geográfica. « He nacido para el trabajo. Conozco el límite de mis ojos, el límite de mis piernas, pero no el límite de mi cerebro », asegura por su parte. Si acaso se aleja de París, es para alentar la implantación o el desarrollo de talleres y manufacturas. En efecto, nada es más urgente que recuperar el enorme terreno perdido durante la revolución y ponerse a tono en el plano industrial europeo. La ciencia y las artes no están de más y conocen una rápida recuperación. Un día de 1801, será en las Tullerías donde el Primer Cónsul invite al físico Alessandro Volta para que reproduzca sus experimentos sobre la pila eléctrica, que ha inventado, frente a los miembros del Instituto. Ese mismo año el vizconde de Chateaubriand publica su Atala, Georges Cuvier sus Lecciones de anatomía comparada, Laplace prosigue con la publicación del Tratado de Mecánica celeste y el abate René-Just Haüy termina su monumental Tratado de Mineralogía.
Las obras públicas apasionan al Primer Cónsul. Cuando una discusión surge entre los ingenieros que dibujan el trazado del canal de Saint-Quentin, él se presenta in situ y decreta con autoridad decisiones que han probado su lucidez, pues sus resultados prácticos prevalecen y son funcionales todavía hoy en día, en pleno el siglo XXI. En el mismo contexto por ejemplo, el Primer Cónsul también hará emprender los canales del Ourcq, y de Nantes, en Brest. De igual forma insistirá en ser él quien pose simbólicamente la primera piedra de la reconstrucción de la ciudad de Lyon, arrasada como sabemos durante la revolución. Esta noble villa le guardará desde entonces un indefectible apego, que resistirá a todos los reveses.

Posa por el Primer Cónsul de la primera piedra de la reconstrucción de Lyon
Litografía de Horace Vernet (1789-1863).

 

Otra obsesión lo hechiza, la de los caminos y ríos, base fundamental de la comunicación y el desarrollo, ya sea industrial, comercial, cultural etc., y no meras vías cuyo fin sería el de « facilitar la rapidez de movimiento del ejército », como algunos han lerda e insidiosamente afirmado.
Desde la fundación de la República Cisalpina, el Primer Cónsul ha ordenado la creación de la carretera del Simplón, nada menos que el más audaz paso de montaña nunca antes construido. Después de la Paz de Lunéville Napoleón le da la orden al general Turreau de que su cuartel general se desplace Domodossola, al pie del Simplón, con el fin de que sus soldados le echen la mano a los obreros; de esta forma se alcanzará la cifra de 30 000 hombres que trabajarán de 1801 a 1807 en dicha carretera, que al final comportará 613 puentes, 20 casas de refugio y 8 galerías emparedadas. De esta fecha data igualmente la decisión de emprender en Cherbourg grandes obras que devolverán al puerto sus antiguas glorias, perdidas incluso ya en tiempos del Antiguo Régimen, y que Napoleón, vuelto emperador, consagrará con una magnífica inauguración solemne.
Amberes (Flandes), Quiberón, Belle-Île y sobre todo el puerto comercial de Lorient serán igualmente beneficiarios de este tipo de iniciativas y edificaciones.

El Primer Cónsul durante una sesión del Consejo de Estado
Grabado de Nicolas Barbant (1806-1879).

 

A este periodo pertenece también otra obra magna de la obra Napoleónica, el Código Civil, elaborado por el consejo de Estado bajo la impulsión y presencia constantes del Primer Cónsul en persona, quien asiste a cincuenta y siete sesiones de una duración de 5 a 6 horas cada una, examinando diligentemente, una por una, cada cuestión planteada por los abogados y juristas expertos de todas las escuelas y familias del Derecho, tanto antiguas como modernas, uno de ellos incluso distinguido por haber sido abogado del rey Luis XVI.
De la misma forma que la Gran Armada va a simbolizar la fusión de los ejércitos de la monarquía con los del año II, así como el régimen napoleónico juntará nobles emigrados y republicanos, el Código Civil marca la síntesis del Derecho romano, del Derecho consuetudinario, del trabajo legislativo a veces admirable pero confuso y a menudo incoherente llevado a cabo por las asambleas revolucionarias.
Tras dos años de elaboración, este monumento jurídico, el más importante que un Estado haya realizado desde el emperador Justiniano, es promulgado, en 37 leyes, del 5 de marzo de 1803 al 15 de marzo de 1804. El 21 de marzo de 1804 una última ley los reúne en un sólo cuerpo que comporta 2281 artículos.
El Gran Maestre de la Universidad, Fontanes, le presenta el Código Civil al Primer Cónsul durante una arenga en la que, una vez más, la hipérbola no excede a la verdad. Al respecto, Sainte-Beuve escribirá: « un consejo de sabios, enardecidos por un héroe, aprovechó el momento decisivo en que la nación, profundamente conmovida, se hallaba repentinamente puesta de nueva cuenta bajo un mejor genio y asociaba el vigor de un nuevo pueblo a la madurez de un pueblo antiguo ».

 

INGLATERRA VUELVE A DESATAR A LOS DEMONIOS DE LA GUERRA

« Si fuéramos justos un sólo día, no nos quedaría un año de vida »
William Pitt.

« Vuestra única política, el gran Federico lo ha dicho hace mucho tiempo, es ir a tocar a las puertas con una bolsa en la mano »
Napoleón, en Le Moniteur; marzo de 1805.

Fox en la Cámara de los Comunes
Charles James Fox se opone, sin éxito, a la política bélica y anti-francesa de la gentry, encarnada por William Pitt. Litografía de Horcholle.

 

En primera instancia, como lo hemos visto, los esfuerzos del Primer Cónsul por lograr una paz general y durable no son totalmente vanos. España y Holanda se asocian al tratado por lo que, quedándose momentáneamente sola en sus afanes bélicos, la beligerante Inglaterra se verá obligada a firmar, muy a regañadientes, la efímera y de hecho prácticamente virtual paz general en Amiens, el 25 de marzo de 1802.
Albión devuelve entonces a Francia las Antillas y los establecimientos de la India, conservando por su cuenta Trinidad, sustraída a España, y Ceilán, arrebatada a Holanda; restituye el Cabo a ésta última. Pero ante todo, Inglaterra se compromete a evacuar Egipto y a restituir Malta a su Orden dentro de los tres meses. Esta última cláusula va a constituir una verdadera manzana de discordia, voluntariamente fatal para la paz pues, en efecto, las verdaderas intenciones del gabinete de Londres, disimuladas alevosamente en la mesa de negociaciones, son claras en su proyecto geopolítico desde el principio. Así, el jefe del gabinete británico Lord Addington, ante su Parlamento, presentaba la situación del momento a la vez anunciando la inminente violación del tratado de Amiens en estos términos como mínimo claros: « Por ahora, nuestro deber es conservar nuestras fuerzas. Reservémoslas para ocasiones futuras, cuando podamos RETOMAR LA OFENSIVA con esperanza de éxito ».
Estas pocas palabras, muy edificantes, debemos tenerlas en mente pues contienen por sí solas toda la esencia y filosofía guerreras de Inglaterra, que hasta 1815 llevará a cabo una constante y deshonrosa política de guerra por procuración, es decir, perpetrada por medio de perversos ataques interpuestos ejecutados por ejércitos continentales a su sueldo. En efecto, todo lo demás que pueda alegarse para buscar contestar esta verdad pertenece al ámbito de una retórica engañosa, como lo revelan las declaraciones hechas a su colega ruso por el embajador británico en París, lord Wittworth, en una confidencia notable por su disimulo y su cobardía: « Mi corte querrá sin duda prevalecerse de las ventajas de su posición actual que la pone en situación de propinar a Francia golpes muy sensibles sin tener nada que temer ».
Por su parte, el Primer Cónsul espera candorosamente, y varios años después, desposeído y recluído, un desencantado Napoleón dirá desde su suelo de deportación que « en Amiens, yo creía de muy buena fe la suerte de Francia, la del Imperio, la mía, fijadas. Para mí, yo iba a dedicarme únicamente a la administración de Francia, y creo que hubiese concebido prodigios ».

Ciertamente, aunque por el momento ya ha logrado algunos cuantos de ellos, y nada desdeñables por cierto, ya que, desde el punto de vista diplomático, debemos recalcar que entre 1800 y 1803 el Primer Cónsul habrá concluido la sorprendente cantidad de dieciséis tratados y convenciones internacionales, extraordinario concatenamiento de convenios cuyo resultado será que Francia ya no esté en guerra contra nadie, una situación que el país no conocía desde el 20 de abril de 1792. Le ha aportado pue sa la nación la paz exterior general, y el pueblo francés retribuirá este obsequio inapreciable profesándole desde entonces un culto que no se desmentirá más, como lo veremos más lejos. En las calles y en la prensa proliferan las estampas y grabados, los buhoneros distribuyen bustos y estatuillas con su efigie de aire etrusco; también se componen versos y canciones en honor al joven dirigente, « el soldado que sabe hacer la guerra pero aun mejor la paz », según una copla popular muy sonada.

Instalación del gobierno consular en las Tullerías
Litografía francesa de la época.

 

Pero antes de proseguir, volvamos por un momento a la Constitución del año VIII.
Diseñada por el Primer Cónsul, ha sido redactada por Daunou, un ideólogo republicano liberal hostil al jacobinismo. Esta carta magna refuerza al poder ejecutivo confiando únicamente a los notables el poder de representación; no obstante, el sufragio universal es mantenido.
Para 1802, tras haber erradicado en el interior la doble oposición realista y jacobina, y en el exterior la amenaza de agresión extranjera, Napoleón ha logrado afirmar sólidamente la paz social, reactivar campo laboral, impulsar la industria y la agicultura y reanimar la economía en Francia. Ante semejantes beneficios, el Tribunado interviene manifestando su voluntad de darle al Primer Cónsul una « prueba brillante de agradecimiento nacional », sugiriendo entonces el Senado una prolongación por diez años del mandato del Primer Cónsul. Por su lado, Napoleón plantea la realización de un senadoconsulto que prevé el consulado vitalicio y, por decreto consular, el 20 de floreal del año X (10 de mayo de 1802) se somete a plebiscito la pregunta: « ¿Será Napoleón Cónsul vitalicio? ».
El 12 de mayo, el voto resulta en una unanimidad menos una voz (la de Lazare Carnot) en el Tribunado, y una unanimidad menos tres voces en el Cuerpo Legislativo. Ahora, otra de las grandes líneas directrices del régimen napoleónico es el muy distintivo llamado o convocación al pueblo, que se lleva a cabo a través del sistema del referendo o democracia directa, en la que el pueblo se manifiesta sin que su voto pase por el filtro de representantes ni de intermediarios, una figura electoral ante la cual incluso (¿o deberíamos decir sobre todo?) nuestras pseudo democracias actuales, confiscadas por la oligarquía de la hiper-clase cosmopolita, tiemblan de horror. Para tal efecto, en cada comuna se abren registros en los que los ciudadanos son invitados a consignar sus votos disponiendo de tres semanas de plazo a partir del día de publicación del decreto por los ayuntamientos. En el caso que nos ocupa, el plebiscito también es avalado palmariamente por el pueblo francés con el resultado sobradamente elocuente de 3 568 885 votos a favor, y 8 374 en contra, sobre un total de 3 577 259 de electores.
De esta forma, al término del plebiscito, el 2 de agosto de 1802 Napoleón es proclamado Cónsul de por vida por deseo expreso del pueblo de Francia y de las Cámaras el Estado.

Proclamación del Consulado vitalicio
Estampa popular francesa de la época.

 

Dos días después, el 4 de agosto de 1802, se adapta la Constitución del año VIII naciendo entonces la Constitución del año X, que modifica la composición del Tribunado reduciendo a sus miembros de 100 a 50. Asimismo, le otorga al Primer Cónsul el privilegio de nombrar a los miembros del Senado y de disolver el Cuerpo legislativo y el Tribunado. Le concede igualmente los derechos de firmar sólo los tratados y el de gracia. Finalmente, este documento determina que el sufragio universal será parcialmente abandonado en provecho del sufragio censitario.
Enseguida, aprovechando la ocasión del aniversario del Primer Cónsul, el 15 de agosto se conmemora la institución del Consulado vitalicio con la celebración de un solemne Te Deum en la Catedral de Nuestra Señora de París.

Por desgracia, todas estas solemnidades son de corta duración y la paz tan arduamente adquirida en Amiens es violada sin más el 18 de mayo de 1803 por el ministro William Pitt, de vuelta al poder en Londres. ¿Cómo procede este sujeto para disparar las hostilidades? Comienza con un acto de alevoso bandidaje: sin siquiera molestarse en emitir una declaración previa de guerra, Inglaterra asalta y se apodera de todos los navíos franceses y holandeses que su flota de guerra halla a su paso. Bastimentos neutros de comercio, son presas fáciles cuyo cargamento, con un valor de 200 millones, iría a enriquecer a los ruines mercantes de la City, y cuyas tripulaciones, sin más ni más, son echadas en las mazmorras. Los pobres infelices que caían en las garras británicas terminaban sus días en los « ponts-ships », los pontones de siniestra memoria donde, sin esperanza de indulto o de fuga, se pudrían literalmente hasta morir. Profundamente consternado, Napoleón respondería a estos abusos indescriptibles decretando que todos los sujetos de su Majestad Británica « actualmente en Francia » (Moniteur) serían constituidos prisioneros de Guerra. ¿Cuál fue la suerte de esto individuos? Quedaban prisioneros bajo palabra y la mayoría de ellos trabajaba con empleadores o en residencia donde los habitantes, percibiendo según su estatuto la mitad del sueldo asignado a los suboficiales y soldados en actividad en las tropas francesas o el medio sueldo de los simples soldados, ¡y gozando del derecho de hacer ir a su mujer a Francia! En el Memorial, Napoleón aclara que « Propuse el intercambio durante toda la duración de la guerra. Los ingleses prefirieron dejar a sus prisioneros diez años, antes que renunciar en el futuro a sus incalificables métodos de rapiñas en la mar » (1º de noviembre de 1816).
Inglaterra no ha respetado tampoco su promesa de evacuar Malta, y el gabinete de Londres, al tanto que prodiga enormes cantidades de dinero, organiza ya la Tercera Coalición que constará de Inglaterra (financiando el proyecto), Austria, el reino de Nápoles y Rusia. Ante tan violenta e inicua acometida, el Primer Cónsul se ve forzado a replicar, lo cual hace el 20 de junio por medio de un decreto de interdicción económica que prohíbe la entrada a Francia de toda mercancía proveniente de Inglaterra o de sus posesiones. También se propone lavar la afrenta y cortar de tajo la conspiración desde su raíz considerando una expedición punitiva al corazón mismo de Albión, para lo cual moviliza la flota y el ejército de tierra a Boloña (Boulogne-sur-Mer, en las costas de Bretaña).

Pero un peligro más fermenta en las entrañas de la misma Francia.

Desde Inglaterra, amparados y generosamente respaldados por el Gabinete de Londres, un conciliábulo de realistas fanáticos emigrados en la capital inglesa y encabezados por el conde de Artois (futuro rey Carlos X), mente taimada y criminal, buscan, ya no derrocar, sino liquidar llana y físicamente al Primer Cónsul. Para tal fin fomentan en 1804 un elaborado complot, apoyándose entre otros en el traidor general Pichegru, en el férreo rebelde Georges Cadoudal y su camarilla de cómplices.

Atentado de la Calle Saint-Nicaise, el 24 de diciembre de 1800
Al dirigirse a la Ópera para escuchar una adaptación de La Creación del mundo de Franz Joseph Haydn, su compositor preferido, el Primer Cónsul escapa de milagro a la brutal explosión de una “máquina infernal”. Se trata de una bomba oculta en una carreta confiada por los terroristas a una pobre niña de catorce años llamada Marianne Peusol, a quien han dado 12 céntimos a cambio de que sujete a la yegua que lleva atado el mortífero dispositivo. Ambas quedarán pulverizadas por el estallido que causa 22 muertos más y un centenar de heridos. Inicialmente se sospecha de los jacobinos, pero tras las investigaciones de la “policía científica” los culpables del complot resultan ser los realistas bajo el mando del duque de Enghien y su agente Georges Cadoudal. Entre varios ejecutores más, será el antiguo jefe chuán Joseph Picot de Limoëlan quien se haya encargado de embaucar a la pequeña Peusol, logrando escurrirse de los agentes de Fouché y escapando de París. Huirá a los Estados Unidos y, desgarrado el resto de sus días por el remordimiento, se hará sacerdote. Sin volver nunca más a Francia, muere en Carolina del Sur el 29 de septiembre de 1826. Litografía de la época.

 

A la larga estos conspiradores caerán en mano de la eficaz policía de Fouché, siendo luego juzgados y condenados. Sin embargo, planes homicidas como los suyos, ilustrados especialmente por el milagroso fracaso del atentado de la máquina infernal de la calle Saint Nicaise, perpetrado el 24 de diciembre de 1800, siguen pesando como una amenaza constante para la vida del Primer Cónsul, quien nunca dejará de ser el blanco de grupos organizados como los misteriosos Chevaliers de la Foi (« Caballeros de la Fe »), igualmente dirigidos por de Artois (fundados en 1810). Gracias a las confesiones de Pichegru y otros personajes de alto rango pertenecientes a los círculos del realismo militante, se conoce que, conforme a los proyectos de una conspiración en curso, un « joven príncipe » debe llegar a París y « unir » al país tras del asesinato del Primer Cónsul, con el objetivo de operar una restauración realista. Efectuada una indagación, Bonaparte hace arrestar el 15 de marzo de 1804 en Ettenheim, en el gran ducado de Baden, al duque de Enghien, hijo único del último príncipe de Condé. Llevado a Estrasburgo y transferido la fortaleza de Vincennes, es juzgado allí mismo y, a espaldas del Primer Cónsul, condenado precipitadamente a muerte por una comisión especial presidida por el general Hulin, quien tratará de justificarse cerca de veinte años más tarde al publicar sus Explicaciones ofrecidas a los hombres imparciales. A instancias y por imposición directa del general Savary y el clan de los regicidas (Talleyrand, Fouché y sus compinches), el príncipe es fusilado subrepticiamente en las fosas, apenas la sentencia pronunciada, sin obtener la entrevista personal que solicitaba con el Primer Cónsul. Éste último acaba de ser víctima de una grosera manipulación que años después describirá de esta forma en el Memorial de Santa Helena: « Con toda seguridad, si hubiese sido instruido a tiempo de ciertas particularidades concernientes a las opiniones y al natural del duque de Enghien, y sobre todo si hubiera visto la carta que me escribió y que Talleyrand no me entregó más que cuando él ya no era, bien ciertamente hubiese perdonado (…) Todo se había previsto con anterioridad. Las piezas se encontraron totalmente listas, sólo había que firmar. Y la suerte del príncipe ya estaba decidida ». Por lo pronto, su secretario Menevál describe el momento en que la noticia llega a los oídos del Primer Cónsul quien dejó escapar un brusco movimiento de sorpresa y de descontento. Constant, su ayuda de cámara, nos cuenta en sus memorias que, al anunciarse este terrible acontecimiento, la esposa del Primer Cónsul, Josefina, « entró o más bien se precipitó en la recámara gritando: “¡el duque de Enghien está muerto! ¡Ah! ¿Amigo mío, qué has hecho?”... Éste palideció como la muerte, y dijo con una emoción extraordinaria: “¡Los desgraciados se han apresurado demasiado! ¡Ya sólo me queda llevar la responsabilidad!” ». A su hermano José ha escrito algo similar: « Hay que soportar la responsabilidad del evento; echarla sobre otros, incluso con verdad, se parecería demasiado a una cobardía, [lo suficiente] para que quiera dejar que se sospeche de mí ». Y entonces, manda que a la duquesa de Borbón, madre del príncipe, se le asigne un socorro de 100 000 francos que la víctima acepta, lo cual no puede dejar de ser desconcertante para los que se empeñan en imputarle el crimen a como dé lugar. Tal vez sea por ello por lo que nunca hagan mención del hecho.
Diecisiete años más tarde, al redactar su testamento, tres semanas antes de morir, el Emperador Napoleón vuelve nuevamente sobre el asunto y procede a una última aclaración. Asume la entera responsabilidad del arresto del duque y de su presentación ante la justicia como una decisión legítima. No obstante, no se siente culpable en absoluto de la orden de ejecución, por lo tanto, no tiene ninguna razón de sentir remordimientos, a lo mucho sólo la frustración de no haber podido ejercer su derecho de gracia, lo cual hubiera sido, además de un magnífico gesto humano y altamente simbólico, una poderosa palanca política. Aunada al horror intrínseco del crímen, siente como una profunda injusticia la acusación del mismo. Ya en su lecho de muerte, asumiendo la responsabilidad de la terrible transgresión perpetrada por otros, escribe con un carácter estoico y mano firme: « Hice arrestar y juzgar al duque de Enghien porque era necesario para la seguridad, el interés y el honor del pueblo francés, en el momento en que el conde de Artois mantenía, según su confesión, a sesenta asesinos en París. En una situación similar, actuaría todavía de la misma manera. »

Por lo pronto, el lúcido conspirador Cadoudal, que percibe nítidamente el significado profundo y todo el alcance de este acto paradigmático que marca la ruptura definitiva con los borbones y corta con cualquier pretensión de restauración borbónica, concluye con esta frase amarga, llena de desilusión, proferida mientras sube junto con sus cómplices las escalas del cadalso, el 28 de junio de 1804: « ¡Queríamos devolver un rey a Francia, le hemos dado un emperador! »..

Ejecución del duque de Enghien, 20 de marzo de 1804
Ilustración anónima de la época.

 

Pero dejemos la controversia histórica a los polemistas y volvamos a la realidad del momento.
De cara a la verosimilitud del peligro constante que se cierne sobre la vida del Primer Cónsul, interviene un tema que no podía escapar a la clase dirigente, a saber la cuestión de la supervivencia del régimen y de sus adquisiciones ante la hipótesis de que el joven regente llegase a desaparecer brutalmente por propósito y obra de manos homicidas.
En estas circunstancias, durante el mes de abril de 1804, mientras se llevaba a cabo la instrucción de las actas de Cadoudal y de sus cómplices, entre los cuales figuraban los generales traidores Pichegru y Moreau, un miembro del Tribunado hizo entrega ante la Asamblea de una propuesta que tendía a investir al Primer Cónsul de la dignidad imperial y declarar el imperio francés hereditario en su familia. La idea no era espontánea, pues en opinión de algunos partidarios sólo la fundación de una dinastía podría asentar definitivamente los logros obtenidos durante la revolución y el Consulado, y garantizar su perennidad. Muchos años después, en Santa Helena, Napoleón expondría esta idea al conde de Montholon de la manera siguiente: « El Imperio, como yo lo comprendía, no era sino el principio republicano regularizado [es decir, entendiéndolo en su sentido original, el de la res publica, el bien común]; consolidaba la obra reformadora de la Asamblea constituyente; hacía de la vieja monarquía una joven monarquía plena de grandeza y de porvenir ».
Es pues así como una comisión encargada del examen de la proposición hizo entrega de su reporte algunos días después y concluyó su adopción.
Una sola voz discordante se elevó en medio de esta unanimidad, nuevamente la del matemático y antiguo miembro del Directorio, Lazare Carnot, un republicano inflexible que, como hemos visto, ya se había señalado por su negativa de votar el consulado vitalicio, al que veía con gran recelo presintiendo desde entonces el retorno definitivo a las formas monárquicas. Lo volveremos a encontrar más adelante, durante los días sombríos de 1814-1815 en condiciones emotivas.

Entretanto, el 2 de mayo de 1804, después de haber proclamado que « no hay título más conveniente a la gloria de Bonaparte y a la dignidad del jefe supremo de la nación francesa que el título de emperador » –dignidad de impecable atribución, máxime considerando que, más allá de la autoridad implícita que supone, se refiere en su más pura acepción latina no sólo al que comanda, sino al que organiza–, el Tribunado formula los estatutos siguientes:

« El Tribunado, ejerciendo el derecho que le es atribuido por el artículo 29 de la Constitución emite el voto:
1° Que Napoleón Bonaparte, Primer Cónsul, sea proclamado Emperador de los franceses, y, en dicha calidad, encargado del gobierno de la república francesa;
2° Que el título de emperador y el poder imperial sean hereditarios en su familia, de varón en varón, por orden de primogenitura;
3° Que al hacer en la organización de las autoridades constituidas las modificaciones que podrá exigir el establecimiento del poder hereditario, la igualdad, la libertad, los derechos del pueblo sean conservados en su integridad.
El presente voto será presentado al Senado por seis oradores, que permanecen encargados de exponer el voto del Tribunado
. »

Llegó entonces el turno del Senado.

Napoleón recibe en Saint Cloud el senadoconsulto que lo proclama emperador, el 18 de mayo de 1804
Óleo de Georges Rouget (1783-1869).

 

Consultado por medio de un plebiscito acerca de la cuestión, el pueblo francés se expresa sin ambigüedad alguna; los resultados hablan por sí solos: 3 572 329 de voces « a favor », 2 569 « en contra ».
Todos estos sufragios honraban no sólo a las instituciones, sino esencialmente al hombre que, en solamente cinco años, había salvado a la Francia moribunda y le había vuelto a dar una fuerza, una influencia y un prestigio Sagrado corazón en un escapulario vendeano.sin precedentes. Tras una década de masacres y persecuciones más horribles unas que otras, el pueblo le estaba agradecido por la paz civil que él les había devuelto; la misma catoliquísima Vendea, heroica e irreductible y ayer tan profundamente realista, le otorgaba una cuasi unanimidad al hombre que había puesto un término a los exterminios masivos revolucionarios (según Louis-Marie Clénet unas 200 000 víctimas entre los habitantes autóctonos consecutivas al periodo del Terror en medio de matanzas y suplicios de una espantosa crueldad): « Los vendeanos aceptaron con premura al Consulado cuyo primer esmero fue devolverles sus templos y sus sacerdotes », pormenoriza Émile Gabory, archivista de dicho departamento, en el prefacio de su obra Napoleón y la Vendea.
Consiguientemente, el 4 de mayo, los senadores reconocen el principio de transmisión hereditaria como base fundamental del Estado y adoptan a unanimidad de los sufragios un nuevo comunicado en el cual refrendan el establecimiento de la dignidad imperial hereditaria en la persona y familia del Primer Cónsul.
El 18 de mayo, los senadores reunidos escuchan a su antiguo presidente, el eminente naturalista Lacepède, quien fue igualmente el primer gran canciller de la Legión de Honor, leer el texto del senadoconsulto que daba su forma oficial y legal a estas nuevas instituciones de facto monárquicas.
Enseguida se dirigieron todos al castillo de Saint-Cloud, hoy desaparecido, donde el Primer Cónsul acompañado por su esposa Josefina esperaba a los magistrados. Según los testimonios de los presentes, el Cónsul estaba « tranquilo, digno y sin rigidez ». Este hombre, de apenas 35 años de edad a quien, hasta entonces, nadie se había dirigido de otra forma que llamándolo « ciudadano general » o « ciudadano Primer Cónsul », oyó a Cambacérès decirle ceremoniosamente, al acercarse a él: « Sire… »; acababa de ser proclamado Emperador de los franceses con el nombre de NAPOLEÓN I.

Terminada la arenga solemne del delegado, el Emperador prorrumpe: « Todo lo que puede contribuir al bien de la Patria, está esencialmente ligado a mi dicha. Acepto el título que me creéis útil para la gloria de la nación. Someto a la sanción del pueblo la ley de la heredad. Espero que Francia no se arrepienta nunca de los honores con que rodeará a mi familia ».
En ese momento el estruendo de todos los cañones de París se dejó oír hasta Saint-Cloud y, tras el discurso de Cambacérès, un grito, el primero de una larga serie que hasta hoy nunca se ha extinguido ni se extinguirá jamás, les hizo eco:

¡VIVA EL EMPERADOR!

 

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

EL GRAN IMPERIO

« Sí, es verdaderamente el trono de Carlomagno que vuelve a levantarse después de diez siglos »
Pierre Louis de Lacretelle, el mayor.

Armas del Imperio francés


Sin perder tiempo, a partir del 19 de mayo Napoleón nombra a muchos de sus grandes dignatarios; los ex segundo y tercer Cónsules, Cambacérès y Lebrun, son nombrados respectivamente archicanciller y architesorero, y el Emperador eleva igualmente a catorce generales a la dignidad de Mariscal de Imperio: Berthier, Lannes, Murat, Moncey, Jourdan, Masséna, Augereau, Bernadotte, Soult, Brune, Mortier, Ney, Davout, y Bessières. Les siguen igualmente generales senadores y otros nombramientos que empezarán a dar cuerpo y forma al nueva Casa que, si ya estaba formalizado desde el punto de vista legal, todavía estaba por cristalizarse de una forma más excelsa, más sublime y única supremamente legítima: la espiritual.

Para hablar de esta nueva etapa que conllevará nuevos y espinosos desafíos para el Emperador, nos es preciso volver un poco hacia atrás.

El 23 de abril de 1804, durante una sesión privada del Consejo de Estado, además de la cuestión de la transmisión hereditaria se evocó el tema de la consagración del jefe de una nueva dinastía. Esta noción fue abordada por el mismo Napoleón, perfecto conocedor de todo el apoy, licitud y soberanía que aporta a un trono la caución de la religión.
Ahora bien, en esta asamblea, toda poblada de revolucionarios, la simple mención de esta eventualidad había levantado más que fuertes reticencias, desatando de hecho una viva y en ocasiones violenta oposición.
A pesar de estos obstáculos, apenas nombrado emperador, Napoleón buscó la manera de hacer sancionar por la iglesia católica, por él restaurada, los derechos al trono que la nación acababa de conferirle. Este designio implicaba recibir la unción sacra de manos del Soberano Pontífice, nada menos.
Como era de esperarse, para muchos esta voluntad era un grave error argumentando entre otras cosas, imputación absurda, que « la intervención de un pontífice no añade nada a los derechos de los príncipes ni a las obligaciones de los pueblos ». Para otros tantos, republicanos, no había ni siquiera lugar para discutir el tema.
A todos ellos, el Primer Cónsul les había respondido como sigue, con toda la gran simplicidad y el implacable realismo propios de toda verdad: « Todo lo que tiende a volver sagrado a quien gobierna es un gran bien
», tras lo cual se entablan las tramitaciones y, por medio de una misiva, solicita personalmente a Su Santidad Pio VII ir a consagrarle en París.

Evocando todos los beneficios que el joven soberano le ha prodigado a la cristiandad, el ministro de Relaciones exteriores, Talleyrand, envía también por su lado una serie de comunicados al Vaticano. En uno de ellos le pregunta al Santo Padre « ¿qué monarca podría ofrecerlos tan grandes, tan numerosos en el corto espacio de dos o tres años? ». El Papa asiente.
Pronto, tras recorrer cerca de 2200 kilómetros, su Santidad Pío VII arribaba a París el 29 de noviembre.
Su llegada desencadenaría la ira de republicanos, jacobinos, anarquistas y demás proto-ácratas, pero también de los realistas, de por sí furiosos por el fracaso de sus tentativas de asesinato contra el Primer Cónsul (nada menos que siete complots históricamente documentados tan sólo entre 1800 y 1804, todos patrocinados desde Londres, en aquel entonces ya capital mundial de la finanza, epicentro planetario del crimen organizado y del pirataje internacionales). El conde Joseph de Maistre incluso maldice a ese « pontífice indigno ».
En cuanto a los republicanos, como decíamos no se quedan atrás y se indignan de que « Bonaparte », ese « hijo de la revolución » –etiqueta reductora que por desgracia no le dejará nunca– la « prostituyera » a los pies de un sacerdote...

La llegada de Pío VII a Fontainebleau
Dibujo de François Martinet.

 

Mientras las diferentes facciones se libraban a las argucias y a los altercados, muy lejos de allí se deja oír una voz que llega el 6 de junio desde la lejana Varsovia. Es el clamor acerbo de un hombre que por el momento no era más que el conde de Provenza, y que pretendía reinar bajo el nombre de Luis XVIII.
Al tener conocimiento de la accesión de Napoleón al trono, escribe la protestación siguiente:

« Al tomar el título de emperador, queriendo volverlo hereditario en su familia, Bonaparte pone el sello a su usurpación. Este nuevo acto de una revolución en la que todo, desde su origen, ha sido nulo, no podría sin duda infirmar mis derechos; pero, contable de mi conducta a todos los soberanos, cuyos derechos no están menos dañados que los míos y cuyos tronos están todos estremecidos por los principios peligrosos que el senado de París ha osado sentar; contable hacia Francia, mi familia, mi propio honor, yo creería traicionar la causa común guardando silencio en esta ocasión. Declaro pues, en presencia de todos los soberanos que, lejos de reconocer el título imperial que Bonaparte acaba de hacerse deferir por un cuerpo que ni siquiera tiene existencia legítima, protesto contra este título y contra todos los actos subsecuentes a los que pudiera dar lugar ».

Napoleón, cuyo intelecto era tan agudo y penetrante, percibió de inmediato todo lo que podría sacar de ventaja de este documento torpe y de doble filo. Lejos de ocultarlo, con mucha sagacidad lo mandó publicar in extenso en el diario oficial, el Moniteur del 1º de julio. Los eventos que seguirían demostraron cuánta razón tenía pues, en verdad, este pronunciamiento resultó ser una ayuda inapreciable brindada, aunque muy involuntariamente, a la nueva corona y a la dinastía naciente. Las palabras del conde de Provenza, que no eran otra cosa que la negación rotunda y el cuestionamiento en bloque de las adquisiciones derivadas de la revolución, entre ellas la abolición de los privilegios feudales, el reconocimiento de los derechos civiles y de propiedad tan arduamente ganados, así como de la pacificación y de la reconciliación sociales por fin conquistados a precio de tanta sangre y sacrificios, lograron como por arte de magia lo que parecía y había sido imposible alcanzar hasta entonces: ¡hicieron unirse de golpe a todos los que, de espíritu tenazmente republicano, todavía rechazaban al Imperio!

Juramento durante la ceremonia de distribución de la Legión de Honor en Boloña
Litografía coloreada decimonónica.

 

En medio de ese marco inaudito e inesperado, quince días después, el 15 de julio, Napoleón procede a las primeras entregas de las medallas de la Legión de honor, inicialmente durante una ceremonia magna en la capilla de la iglesia San Luis del Hotel de Los Inválidos. El legado del Papa, el cardenal Giovanni Battista Caprara, oficia la misa y el conde de Lacépède, Gran Canciller de la Legión de Honor, pronuncia el discurso de honor, señalado por restas palabras: « ¡Honor, Patria, Napoleón! Sed por siempre jamás la divisa sagrada de Francia y la garantía de su eterna prosperidad ». Entre los primeros condecorados figuran el cardenal de Belloy, el conde de Rochambeau, y los cardenales Fesch y el propio Caprara.
El 28 de termidor (15 de agosto), el Emperador se desplaza a Boloña, donde como sabemos le esperan las tropas reunidas en previsión de la incursión planeada en Inglaterra, una flotilla de 2400 bastimentos y un contingente de 200 000 hombres.
Al borde de una calle bautizada Napoleón en honor al nuevo soberano que cumple años en aquel día solemne, adornada con tres arcos triunfales y bordeada por brillantes fanfarrias y lozanas dríades danzantes, se encuentra el circo de Therlincthum que, engalanado con trofeos, estandartes y una corona de oro en fondo de pañerías tornasoladas que ostentan los símbolos del Imperio, será sede en unos momentos de la segunda ceremonia de entrega de las cruces de la Legión de Honor.

 

Instituto Napoleónico México-Francia

 

LA CONSAGRACIÓN Y EL CORONAMIENTO

« Decid bien que soy Carlomagno »
Napoleón al Cardenal Fesch.

 

El 2 de diciembre de 1804 era un gran día para Napoleón, quien, el 7 de septiembre (20 de fructidor del año XII), se había recogido frente a la tumba de Carlomagno, en Aquisgrán (de paso, mencionémoslo, aprovechando su estancia para restituirle a dicha villa una parte de los bienes pillados por los revolucionarios del general Dumouriez (quien ulteriormente tornara casaca y se volviera consejero del Ministerio de Guerra británico...) tras la toma de la ciudad en 1794).

La crónica de la época indica que aquel día la nieve, que la víspera había caído sin interrupción, desapareció por completo para ceder su lugar a un cielo díáfano iluminado por un sol puro y radiante.
Según un testigo, « A las diez de la mañana, el Emperador salió de las Tullerías para dirigirse a Nuestra Señora. Su cortejo era numeroso y magnífico: cinco coches escoltaban al suyo, una carroza enteramente dorada con siete ventanas ».

El cortejo de la Consagración
El Emperador deja las Tullerías para dirigirse a la catedral de Nuestra Señora de París. Dibujo de Isabey para Le Livre du Sacre.


Afuera, « había 50 000 hombres bajo las armas, y 500 000 curiosos en las ventanas o en las calles. La iglesia estaba totalmente tendida en telas de seda carmesí, ornamentadas con franjas, galones de escudos de armas bordados de oro. La nave, el coro y el santuario estaban cubiertos con tapicerías de Aubusson y de la Savonnerie. Gradas dispuestas en forma de anfiteatro estaban cargadas de espectadores: las mujeres brillantes de encantos y de aderezos, los hombres vestidos con atuendos resplandecientes, plazas asignadas a todos los dignatarios del Estado, el trono del Emperador elevado en medio de la nave, el del Papa en el santuario. Todo aquello era hermoso, magnífico y bien ordenado. Esta mezcla de la pompa de las ceremonias de la Iglesia romana con la magnificencia de la Corte de las Tullerías presentaba a la vista, hay que convenirlo, un brillante espectáculo ».
Los infinitos lienzos rutilantes, lábaros e insignias resplandecientes de telas preciosas que caracterizan el espíritu y ponen de relieve los símbolos majestuosos del Imperio naciente y de la Santa Sede también cumplen la función, ésta menos conocida, de disimular los graves destrozos causados por los revolucionarios durante las convulsiones de los años pasados cuando, con toda su furia y codicia fantásticas, las hordas desencadenadas de gentuza habían saqueado el tesoro de la catedral y barrido con su contenido histórico e invaluable, dispersándolo a los cuatro vientos, o menos poéticamente dicho, por las calles y cunetas de la ciudad.

Al llegar el suntuoso cortejo a la catedral, el Emperador, « muy conmovido y de una palidez extrema », abandona su traje a la francesa, terciopelo rojo bordado de oro, bufanda blanca, manto corto sembrado de abejas, sombrero rematado con plumas blancas, collar de la Legión de Honor en diamantes, y reviste sus atuendos de consagración. Porta en ese momento una simple corona de laurel que le da a sus facciones el aspecto de una medalla antigua.

Enseguida se procede a la ceremonia, que se lleva a cabo en presencia de unos veinticinco mil asistentes. El Papa se halla en el altar, de espaldas al maravilloso Descendimiento de la Cruz o Pietà de Nicolas Coustou; Napoleón avanza hacia él, se arrodilla, y recibe del Vicario de Cristo la triple unción que lo consagra como Emperador, grandioso espectáculo que no se había visto desde Carlomagno (coronado por el papa León III mil años antes, el 25 de diciembre del año 800). Toma entonces la corona que se hallaba sobre el altar, y la coloca con gran majestad sobre su cabeza.

Las Unciones
Su Santidad el Papa Pío VII da la bendición a Napoleón y le aplica las tres unciones que le consagran emperador de los franceses. En otro momento, durante la entronización, el Sumo Pontífice, acompañado por todo su alto clero, se aproximará a saludar a Napoleón I, quien ha subido solo al trono. El Santo Padre le besa la mejilla: como Carlomagno, Napoleón, Ungido del Señor, desde ahora « hijo mayor de la Iglesia », se presenta como el jefe de los cristianos de la tierra, el « nuevo Constantino ». En efecto, es el fundador de una monarquía de derecho divino (y no de una « dictadura », como lo pretende la difamatoria retórica republicana a fin de formatear y de manipular las conciencias induciéndolas a asociarlo con regímenes fascistas), aquella de la « cuarta raza » según sus propias palabras, la de los Napoleónidas, inscrita en la continuidad histórica (de las de los merovingios, los carolingios, y los capetos), y que se verá apuntalada posteriormente con su unión con la estirpe de los Habsburgo (1810). En ese sentido, en 1806, el catecismo imperial rezará un discurso imitado de la teología de Bossuet, que señala puntualmente que « Dios que crea los imperios y los distribuye según Su voluntad, colmando a nuestro emperador de dones, le ha establecido nuestro soberano ». Es así como, en la documentación oficial del Imperio, el monarca es designado cabalmente como « emperador por la gracia de Dios ».
Aguafuerte y buril (detalle) proveniente de El libro de la Consagración (1805-1811); dibujo de Isabey y Fontaine, grabado por Delvaux.

 

Enfatizamos un poco más arriba que la corona imperial reposaba sobre el altar. Mencionemos pues aquí, ya que es importante subrayarlo, que contrariamente a la perniciosa mentira inventada por Adolphe Thiers, Napoleón nunca le arrebató la corona al Papa, como se tiene la necia costumbre de decirlo, y que no sólo es esto una gran falacia, sino también una gran tontería y sobre todo una innoble calumnia.
El pontifical romano nos indica puntualmente que es la tradición de la coronación la que le da su significado a la consagración. En él encontramos lo que sigue: « Recibe, dice el ritual, la corona del reino que es puesta sobre tu cabeza por las manos, aunque indignas, de los obispos, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ».
Ahora, llevar a cabo este procedimiento al pie de la letra, representaba para Napoleón –que estaba ungido ya de facto– reconocer públicamente que le debía su corona imperial únicamente al Papa y a la Iglesia, implícitamente negando las atribuciones e investidura previas del Senado y de las Cámaras, y descartando así a los cuerpos legales del Estado. En vista del contexto socio-político muy particular en el que había accedido al trono, suscribir a esta forma representaba un motivo de conflicto y enfrentamiento, por lo cual informó cabalmente a Pío VII que, dadas las circunstancias, deseaba –lo citamos textualmente– « tomar la corona para evitar toda discusión entre los grandes dignatarios del Imperio que pretendieran (sic) dársela en nombre del pueblo ». Esencial puntualización, siendo que, en el plano de la jerarquía trascendental, toda y única autoridad legítima y verdadera es aquella, fruto de un poder bendecido y santificado, que proviene de Dios
.
Espíritu profundo, fino y curtido diplomático, el Papa no vio en ello inconveniente alguno y accedió de buena voluntad a la petición; por consiguiente, el gesto en cuestión se realizó con su pleno consentimiento y además tal y como se había previsto e incluso ensayado con antelación durante la serie de repasos previos a la ceremonia.

Napoleón corona a la emperatriz
Depués de tomar la corona sobre el altar, el Emperador la posa suavemente sobre la cabeza de Josefina, quien la recibe con las manos en posición de plegaria. Grabado romántico.
Como podemos verlo, la realidad no tiene nada que ver con la historia establecida, la doctrina « oficial », diremos, esos dogmas absurdos, sin fundamento, pero machacados al infinito, con los que los ignorantes, los maledicentes y los negligentes siempre se empeñan en presentar a Napoleón como un salvaje, como un déspota perverso sin el menor miramiento por los demás.
Añadamos finalmente que este procedimiento estaba estipulado muy claramente y con anterioridad en los artículos XXX, XXXI y XXXII del Extracto del ceremonial relativo a la consagración y a la coronación, manual programático impreso por la Imprenta Imperial, conocido y avalado por la Santa Sede, en el que se consigna con lujo de detalle que el Emperador « hará entrega al archicanciller de la mano de Justicia, el cetro al architesorero, subirá al altar, tomará la corona, la colocará sobre su cabeza, cogerá en sus manos la de la emperatriz, regresará para colocarse cerca de ella y la coronará. La emperatriz recibirá de rodillas la corona. »

Tras esta digresión ciertamente muy justificada, y una vez Napoleón coronado, el Santo Padre abraza al Emperador, lo besa y, volteándose hacia la asistencia, grita:

« ¡Vivat Imperator in æternum! »

Entonces, el jefe de los heraldos de armas proclama con una voz sonora:

« El muy glorioso y muy augusto emperador Napoleón, emperador de los franceses, está coronado y entronizado, ¡viva el Emperador! »

Y en la nave, la asistencia, conmocionada, respondió con ovaciones repetidas que hicieron temblar las bóvedas:

« ¡Viva el Emperador! ¡Viva la Emperatriz! »

« Si babbu ci vidia », ¡si papá nos viera!, murmura Napoleón al oído de su hermano José, conmovido.

Es así como, al son de los órganos majestuosos y de los repiques sonoros de las campanas de las torres de Nuestra Señora de París, nace la IV Dinastía francesa, la de los Napoleónidas, hoy en día encarnada y encabezada noblemente por Su Alteza Imperial y Real Don Juan Cristóbal, Príncipe Napoleón.

 

Retrato del Emperador Napoleón I
Modelo magnífico realizado en 1807, el cuadro definitivo, por desgracia hoy perdido, se encontraba expuesto en el Palacio de Cassel, donde reinaba el rey Jerónimo de Westfalia. En esta magnífica representación vemos al Emperador Napoleón en una actitud de plácida majestad, con mirada baja y serena, observando a sus pueblos. De pie junto al trono imperial, ha posado la corona de Carlomagno y la Mano de Justicia, « vara de la virtud y de la verdad », para tomar el globo, símbolo del mundo, coronado por la cruz del rey San Luis. « Está bien, está muy bien, David. Habéis adivinado todo mi pensamiento. Me habéis hecho un caballero francés », dirá el soberano a su pintor oficial. Óleo de Jacques-Louis David (1748-1825).

 

Tres días después de su coronación en la catedral metropolitana de París, consagrado por la religión y la Cruz del Salvador, revestido con el manto purpúreo carolingio, y empuñando al Águila de Júpiter, ave de luz, Napoleón I rige un imperio cuya cuádruple legitimidad se sustenta:
- en el derecho natural, al haber sido Napoleón el único apto y capaz de salvar a Francia de las guerras internas y extranjeras, de sacarla de la ruina económica y de la debacle socio-política;
- en el aval e investidura del cuerpo legislativo;
- en el apoyo popular y sufragio universal, mismos que le aseguran la fidelidad de sus súbditos;
- y en la bendición y consagración espirituales de la Iglesia, recibidos de manos del Sumo Pontífice, quien le ha ungido.
Expresándolo de manera más humilde, y en respuesta a los embates feroces que sufre de sus detractores durante su deportación, Napoleón dirá a Montholon muchos años después: « Yo no he usurpado la corona, la he levantado en el riachuelo y el pueblo la ha puesto sobre mi cabeza ».

Es en este contexto en el que el águila, adoptada desde junio de 1804 como emblema del Imperio por decisión del propio Napoleón, así como las banderas y estandartes que esta corona, deberán ser entregados por el Emperador a los guardias nacionales de los 108 departamentos, así como a todos los cuerpos de armada del ejército, lo cual tendrá lugar durante una grandiosa ceremonia en el Campo de Marte, el 5 de diciembre de 1804.

Para el evento, los dos más distinguidos arquitectos del Imperio, Percier y Fontaine, han concebido y montado una imponente tribuna alegórica frente a la fachada de la Escuela militar. Sedente sobre un regio estrado, el Emperador Napoleón, acompañado por su familia y rodeado por los altos dignatarios de la corona, presta juramento a la vez que recibe el de todos los cuerpos de tropas presentes.
La ceremonia se desarrolla en un clima nevado y lluvioso; no obstante, la solemnidad del evento anima y enardece todos los corazones: « Soldados, he aquí vuestras banderas; estas Águilas os servirán siempre como punto de reunión; estarán por doquier donde vuestro Emperador las juzgue necesarias para la defensa de su trono y de su pueblo. Juráis sacrificar vuestra vida para defenderlas, y mantenerlas constantemente por vuestro valor en el camino de la victoria », exclama.
Tras enunciar esta alocución enérgica y grave, el soberano avanza dignamente rodeado por sus nuevos mariscales Lannes, Berthier, Murat, Augereau, Masséna, Bernadotte... tiende el brazo a la manera de los emperadores romanos y, absortos en el oleaje de una algarabía universal, cazadores, granaderos, dragones y zapadores – el conjunto de los guerreros y patriotas reunidos lanza el grito delirante al Emperador: « ¡Lo juramos! », envueltos todos entre las águilas esplendentes y los sedosos lienzos flotantes de las banderas irisadas.

¡Viva el Emperador!

Juramento del ejército hecho al Emperador tras la ditribución de la águilas, 5 de diciembre de 1804, más comunmente llamado La distribución de las Águilas
Cuadro de 1810 por Jacques-Louis David (1748-1825); Museo nacional del Castillo de Versalles.

 

LA TERCERA COALICIÓN

« Es con pesar, con horror que voy a hacer la guerra »
Napoleón al conde Morkoff.

En virtud de un decreto promulgado por una delegación de notables italianos y votado por consulta del 17 de marzo de 1805, el Emperador Napoleón acaba de ser promulgado Rey de Italia.
El 26 de mayo siguiente ha sido coronado en la catedral San Ambrosio (el Domo) de Milán durante una excelsa ceremonia oficiada por el arzobispo de la ciudad y legado del Papa en París, el Cardenal Caprara.
Como en la catedral de Nuestra Señora de París, Napoleón posó él mismo sobre su cabeza, tocada con la corona imperial, la Corona de Hierro, mítico nimbo de los reyes lombardos, que contiene un aro inalterado forjado a partir de un clavo de la cruz de Cristo y que el propio Carlomagno portara a partir del año 774. « ¡Dios me la da, cuidado a quien la toque! » fueron las palabras sacramentales pronunciadas con una voz tonante por el Emperador según la fórmula consagrada, así « asumiendo la altiva divisa vinculada a la antigua diadema por sus primeros poseedores », observa Sir Walter Scott.
Napoleón se convertía de esta forma en el promotor de la Independencia y la unificación de Italia, perpetuamente amenazada por las miras austriacas que hacían de esa « expresión geográfica », como la designara desdeñosamente Metternich, su coto de caza privado, y nombraba un virrey en la persona del valeroso Eugenio de Beauharnais, su hijastro.
Asimismo, menos de dos semanas después de su consagración en Milán, el Emperador sienta las bases de una nueva orden de caballería imperial promulgando un decreto que crea la Orden de la Corona de Hierro.

Consagración de Napoleón I como rey de Italia
El Emperador posa sobre su cabeza la Corona de Hierro de los reyes lombardos.

Grabado de Henri Félix Emmanuel Philippoteaux (1815-1884).

 

Siempre en el marco de su proyecto de reconstrucción de Francia y con el objetivo de inscribir su régimen en la duración y evitar todo retorno a ciertas estructuras feudales del antiguo régimen, el Emperador Napoleón creará a la larga una nobleza imperial. Sin embargo, a pesar de la adopción progresiva por Francia de formas y tradiciones de tipo monárquico, la corte de Viena no tiene oídos más que para sus afanes de venganza y Austria adhiere ese año de 1805 a la anglo-rusa convención de San Petersburgo, con lo cual la tercera coalición contra Francia se pone en marcha.
El 27 de agosto, tras enterarse de que el almirante Villeneuve se había refugiado con su flota en el puerto de Cádiz, el Emperador, profundamente consternado ante semejante pusilanimidad, juzga incierta una invasión de Inglaterra y, ante las muy apremiantes amenazas en el Este, de donde los ejércitos extranjeros ya marchan hacia Francia, ordena a su armada dejar el campo de Boloña y avanzar a grandes pasos hacia Alemania. Las tropas se ponen prontamente en movimiento en varias columnas que pasarán a la historia bajo el apelativo de « Los siete Torrentes ».
El 21 de octubre, la marina francesa es destruida frente a Trafalgar por la flota inglesa del almirante Nelson, quien de un certero balazo de mosquete disparado por un tirador del buque Redoutable (« Temible ») deja la vida en la batalla. La muerte del héroe del Nilo es para Marina Real británica una sensible pérdida, pero, para Francia, esta derrota es una absoluta catástrofe cuya extensión sólo podría compararse a la de Waterloo, pues cortando de tajo y definitivamente a los franceses cualquier posibilidad futura de travesía marítima, en cierta forma haciéndolos presos del continente, vuelve por ende imposible cualquier ataque directo al núcleo mismo del problema: el Gabinete de Londres, sólidamente resguardado del otro lado de su marítima barrera natural del Canal de la Mancha. En cuanto al desdichado Villeneuve, hecho prisionero, perfecto sabedor de la extensión y costo de su error, víctima del oprobio general y agobiado por la íntima vergüenza y el deshonor, se suicida a su regreso a Rennes, el 22 de abril de 1806, después de haber sido liberado bajo palabra.

El Redoutable en la batalla de Trafalgar
Óleo de Louis-Philippe Crépin (1772-1851).

 

Por su lado, a la cabeza de la Gran Armada adentrada en las llanuras de la Europa central, tras una campaña fulgurante Napoleón se lleva la más prestigiosa batalla de su vida y de la Historia universal en las cercanías del pueblo de Austerlitz en Bohemia (hoy llamado Slavkov u Brna, República Checa), el 2 de diciembre de 1805, fecha del aniversario de su Coronación, enfrentándose a los temibles ejércitos austro-rusos que buscaban invadir Francia por el Este y cuya ofensiva había penetrado hasta los territorios violados de Baviera (aliada de Francia), siendo la vanguardia austriaca comandada por el general Mack categóricamente detenida en Ulm, actual estado de Baden-Wurtemberg (15-17 de octubre de 1805).
Como será el motivo recurrente a lo largo de todo su reinado, el Emperador Napoleón lo habrá intentado todo para evitar el conflicto armado. Poco antes de la batalla de Austerlitz, le había escrito a su ministro el príncipe Talleyrand: « Habrá probablemente mañana una batalla muy seria con los rusos. Hice mucho para evitarla pues es sangre vertida inútilmente. No habléis de batalla pues sería inquietar mucho a mi mujer. No os alarméis; estoy en una fuerte posición; lamento lo que costará y casi sin objetivo ». Al mismo tiempo, en una misiva íntima, le escribe a Josefina: « Se sufre, y el alma está oprimida de ver tantas víctimas ». También había solicitado el día anterior una entrevista personal con el zar Alejandro, a quien le había propuesto una suspensión de armas. Por desgracia, estimando la invitación por debajo de su dignidad, Alejandro, de modo muy desdeñoso e insultante, decidió enviar en su lugar, para discutir de tú a tú con Napoleón, soberano de un gran país, a un simple ayuda de campo, el príncipe Dolgorouki. Haciéndose el desentendido, el Emperador decidió soportar este agravio cuyo objetivo era humillarlo y, superando su irritación, declaró: « Es la paz, y no concibo por qué vuestro señor no puede entenderse conmigo. No pido más que verle y presentarle una hoja en blanco firmada “Napoleón”, sobre la cual inscribirá él mismo las condiciones de paz ». Pero el Emperador ignoraba que, tras bambalinas, consciente de lo que estaba en juego, el gobierno inglés había –¡ya desde mediados del año 1804!– depositado dos millones y medio de libras en las cajas de los Tesoros ruso y austriaco, y que, a fines de ese mismo año de 1804, los mercaderes de Londres se habían aligerado los bolsillos de cinco millones de libras más a fin de asegurar financieramente la coalición. Por consiguiente, la oferta de paz de Napoleón es rechazada con singular desprecio.
Sin otra solución, la confrontación armada estalla el día siguiente, será la arriba anunciada Batalla de Austerlitz, combate mítico que pertenece a la leyenda y es conocido igualmente como la « Batalla de los Tres Emperadores »; tras ella, con la coalición hecha trizas por el genio estratégico de Napoleón, el coraje tenaz del mariscal Davout y la bravura indómita de la Grande Armée, los agresores se ven obligados a firmar el Tratado de Presburgo (26 de diciembre de 1805), con lo cual Austria pierde numerosos territorios y obre todo presencia el fin del Santo Imperio Germánico, el cual, en Alemania, cede su lugar a la Confederación del Rin en julio de 1806.

Victoria de Austerlitz el 2 de diciembre de 1805
Taller de Carle Vernet, Museo Napoleón del castillo de Grosbois.

 

A partir de entonces una gran reorganización europea tiene lugar.
En el reino de Italia, el Código civil napoleónico es puesto en aplicación el 1º de enero de 1806.
Con el fin de reconfortar su política en los estados anexados, afianzando su seguridad ante posibles nuevos embates del extranero, Napoleón distribuye las coronas a sus hermanos: José es proclamado rey de Nápoles el 15 de febrero de 1806, Luis recibe el reino de Holanda el 5 de junio siguiente. El mismo Napoleón se convierte en Protector de la Confederación del Rin. Acto seguido el régimen feudal es abolido en el reino de Nápoles.

Finalmente, con el doble prestigio obtenido en la defensa de Francia durante la campaña de Bohemia, y tras haber restaurado la Iglesia de Francia luego de las exacciones y crímenes de la política de descristianización llevada a cabo por la revolución francesa (iconoclasia, persecuciones, subversión y matanzas de sacerdotes, masacres y decapitaciones públicas, saqueos y pillajes de lugares de culto, cierre y demolición de iglesias y campanarios, fundición y venta de campanas y de objetos consagrados, destrucción de reliquias sacras, autos de fé, profanación de las tumbas reales de la basílica de San Dionisio en 1793 por el Comité de Salud Pública, supresión del calendario gregoriano y de toda referencia a los santos el 15 de vendimiario del año II, genocidio en la Vendea, etc.), el Emperador se vuelve hacia Roma y solicita el apoyo del Papa en su lucha contra Inglaterra, reino « hereje y apóstata », patrocinador de todos los conflictos europeos, pidiéndole cerrar sus puertos a los navíos y al comercio ingleses. Velando por los intereses comerciales de los Estados Pontificios y las necesidades materiales de los feligreses de dichos territorios, el Santo Padre se hace el sordo, lo cual es sentido por Napoleón como una traición.

 

LA CUARTA COALICIÓN

« Si Su Majestad el rey de Inglaterra quiere realmente la paz con Francia, nombrará un plenipotenciario para dirigirse a Lille. El Emperador está listo para hacer todas las concesiones que podéis desear obtener »
Napoleón al Primer ministro británico Charles James Fox (20 de febrero de 1806).

Al no aceptar la supremacía francesa ahora en sus mismísimas puertas, animada por el odio visceral de sus reyes y espoleada por Inglaterra, la Casa real de Prusia, que no llegó a la cita de Austerlitz y por consiguiente mantiene todas sus fuerzas armadas intactas, se prepara a su vez para declararle la guerra a Francia.

A pesar de los incansables esfuerzos hechos por el Emperador para evitar un nuevo conflicto (éste es uno de los más ejemplares en este aspecto), y no bastando las numerosas pruebas de su tenaz voluntad de paz, Prusia, que tiene el henchidos el corazón de odio y los bolsillos de oro inglés, decreta la movilización militar el 9 de agosto de 1806, desencadenando la campaña de Prusia. La Gran Armada sale a su encuentro y, en el espacio de unas cuantas horas, el ejército agresor es hecho trizas en otro enfrentamiento grabado en los anales de la leyenda, la doble batalla de Jena y Auerstaedt el 14 de octubre siguiente; « el Emperador silbó, y Prusia ya no existía », dirá lapidariamente el poeta Heine. Presente en la propia ciudad de Jena, el filósofo stuttgartense Hegel ha sido testigo presencial de los hechos, contemplando desde su ventana aquellos eventos que « no se producen más que todos los cien o mil años ». Profundamente impactado, El Viejo, como se le apoda en los salones de Tubinga, le escribe de un plumazo a su amigo Niethammer: « He visto al Emperador –esa alma del mundo– salir de la ciudad para ir de reconocimiento; es efectivamente una sensación maravillosa el ver a semejante individuo que, concentrado aquí en un punto, sentado sobre un caballo, se extiene sobre el mundo y lo domina ».

Batalla de Jena (14 de octubre de 1806)
Óleo de Charles Thévenin (1764-1838), Museo Napoleón del castillo de Grosbois.


El día 26, Napoleón entra a Potsdam, donde lleva a cabo una visita a los restos de Federico el Grande, monarca por él muy admirado desde su juventud y frente a cuya tumba pronuncia para la historia las palabras siguientes, después de haber ordenado a sus mariscales descubrirse la cabeza: « Si él estuviera todavía vivo, nosotros no estaríamos aquí hoy ». En un plano mucho menos lírico que esta estampa a la vez gloriosa y poética, el Emperador, durante su paso por la ciudad, obtuvo para su gran tristeza y decepción la prueba inesperada pero fehaciente de que la corte de Madrid maniobraba en el doble juego y el disimulo constantes, al toparse por pura casualidad con una correspondencia entre el rey de España Carlos IV y el rey de Prusia, documento dejado atrás por éste último durante su huida frenética del palacio tras la reciente derrota de su ejército. En efecto, haciendo gala de su duplicidad habitual, el Borbón español, en dicha misiva, se ofrecía abierta y obsequiosamente a « atacar por la espalda » a su aliado Napoleón mientras éste se encontraba lejos y ocupado en la lejana Prusia. Es evidente que este hallazgo, cuerpo del delito factual de una conspiración que ya se urdía, tendrá consecuencias determinantes en el futuro dentro del marco de la campaña española de 1808. Asimismo, sobra decir que, como tantas otras felonías de su naturaleza, la aquí referida es omitida de manera sistemática y deliberada por la historia oficial y la enseñanza pública.
El día siguiente, 27 de octubre, aclamado por el pueblo alemán, Napoleón realiza una entrada triunfal en Berlín, desfilando bajo la Puerta de Brandenburgo a la cabeza de la Gran Armada triunfante. Internacionalmente humillada, y después de muchos reveses, Prusia se tiene que resignar a firmar un armisticio en Charlottenburg. Así, fortalecido por los nuevos territorios exigidos a Prusia en legítima y justa –pero además indulgente– compensación de guerra, Napoleón, ovacionado, venerado, idolatrado por un millón de polacos que ven en las banderas tricolores marcadas con la N la señal inequívoca del libertador, escucha los clamores anhelantes de este pueblo cuya patria yacía despedazada, y decide hacer renacer a la sufrida Polonia, suelo hermano, tierra de héroes y mártires, creando el Gran Ducado de Varsovia. « Es un pueblo, verdaderamente, y que merece que se piense en él », dícele el Emperador a su fiel Duroc. Tomando la palabra ante los diputados del Palatinado el 19 de noviembre, les anuncia con aplomo que « Francia nunca ha reconocido el reparto de Polonia; que la ilustre nación polaca ha prestado los más grandes servicios a Europa entera, y que el principio político que ha llevado a Francia a desconocer el reparto de Polonia haciéndole desear su restablecimiento, los polacos podían siempre contar con su poderosa protección ». En 1807, después de la constitución del Gran Ducado de Varsovia, y en 1809 tras su agrandamiento, Polonia está casi restablecida. En 1812 la Dieta suprema de Varsovia proclamará: « ¡Luego [es decir, por consiguiente], Polonia existirá! » El rey Federico Augusto I de Sajonia, aliado fiel del Emperador, es nombrado duque de Varsovia, título que conservará hasta 1813.
Entre tanto, Napoleón, a quien el pueblo polaco le quedará por siempre agradecido y en cuyo himno nacional su nombre figura inscrito hasta el día de hoy, habrá suprimido la servidumbre y hallado el tiempo de ceder a los encantos de una patriota tan hermosa como fervorosa, la condesa María Walewska.

Entrada de Napoleón a Berlín. 27 de octubre de 1806
Óleo de Charles Meynier (1763-1832).

 

Ahora bien, después de la lamentable bravata y postrera catástrofe prusiana, ¿cuál es la opinión de Napoleón al respecto de Alemania?
Hallamos la respuesta en el Memorial: « Pude imponerle muchos millones, pero sí que me habría cuidado de insultarla con desprecio. La estimaba. Que los alemanes me detesten, es bastante simple; se me forzó diez años a batirme sobre sus cuerpos. No pudieron conocer mis verdaderas disposiciones ». « En realidad es popular en Alemania », comenta la historiadora Renée Casin, y anota que « Nietzsche fue bastante duro hacia sus compatriotas al respecto: “Cuando se vio aparecer entre dos siglos de decadencia una fuerza mayor de genio y de voluntad, una fuerza lo bastante poderosa para hacer de Europa una unidad política y económica que hubiera dominado al mundo, fueron otra vez los alemanes con sus guerras de independencia quienes frustraron a Europa del significado maravilloso que recelaba la existencia de Napoleón; así pues se cargaron la consciencia de todo lo que ha sucedido desde entonces, de todo lo que existe hoy; son responsables de esta enfermedad, de esta sinrazón supremamente anti-civilizadora que se llama el nacionalismo, neurosis de la que sufre Europa y que perpetúa la monomanía de los pequeños Estados y de la pequeña política; le quitaron a Europa su sentido y su razón; la acorralaron en un impase” » (Ecce Homo). Sin duda, este extracto de un extraordinario profetismo adquiere todo su luminoso significado cuando la historia es vista retrospectivamente, a través del filtro de las dos guerras mundiales que conflagrarían a Europa en el siglo siguiente.

Una nueva página de la historia del Imperio se abre el 21 de noviembre de 1806, cuando, desde Berlín, el Emperador decreta el Bloqueo Continental que prohíbe a los países bajo influencia francesa todo comercio con Inglaterra. Privado de su flota después de Trafalgar y por ende imposibilitado para atacar directamente a la isla infame, Napoleón ve en este medio la mejor –y de hecho única– manera de asestar un golpe terrible a la economía inglesa; por otro lado espera que esta medida, originando una inflación que ocasione el derrumbe e implosión del sistema financiero británico, incite al pueblo inglés a levantarse contra sus abusivos dirigentes.
Es importante resaltar que la decisión del bloqueo nunca fue una despótica agresión gratuita ni un fantasma de « dictador », como, evidentemente, suele presentársele, sino una necesidad absoluta a fin de ahogar al Gabinete de Londres, que, el primero, había tomado la iniciativa el 16 de mayo de 1806, decretando el bloqueo –nada menos– de todos los puertos y costas del continente, desde Brest hasta la embocadura del Elba…

Bombardeo de Copenhague, durante la noche del 3 al 4 de sept. de 1807
Bombardeo terrorista por la flota británica de civiles desarmados, en país neutro, y sin aviso previo. « Si los franceses hubiesen atacado a Dinamarca tan injustamente como los ingleses y matado a dos mil burgueses por medio del bombardeo de Copenhague, cómo se gritaría contra ellos. “Qué monstruos”, diríase. Pero los ingleses son ángeles ». Carlos José, príncipe de Ligne. Óleo de Christoffer Wilhelm Eckersberg (1783-1853).


El mismísimo Talleyrand, en el reporte que dirigió al Emperador al respecto, escribió: « Contra una potencia que desconoce a tal grado todas las ideas de justicia, ¿qué puede hacerse sino olvidarlas uno mismo un instante para constreñirla a no violarlas más? El derecho de la defensa natural permite oponer a su enemigo armas de las que él se sirve, y hacer actuar contra él sus propios furores ».
Lógicamente el Gabinete de Londres no se quedará de brazos cruzados ante la riposta y, no contento con el criminal ataque que ha perpetrado en Dinamarca de agosto a septiembre (bombardeo reiterado de civiles en Copenhague), expedirá una surrealista orden del Consejo real, fechada el 11 de noviembre de 1807, prohibiendo a todo bastimento neutro navegar sin procurarse previamente, en Londres o en Malta (nunca devuelta), una licencia y, de paso, ¡pagar impuestos considerables por la misma y por su cargamento!
Por si hubiera que ilustrar aún más la escandalosa piratería y el vandalismo impúdico característicos de la Inglaterra de aquel tiempo, admiremos la arrogancia y el cinismo del ministro inglés William Pitt, « doctrinario de la guerra a ultranza », quien antes de morir a principios de 1806, había afirmado sin la menor vergüenza que « todos los [países] neutros deben someterse a la inspección del último corsario inglés. Renunciar al derecho de inspección es sufrir [es decir, soportar] que Francia resucite su marina y su comercio. Nunca Inglaterra renunciará a estos derechos [!] indisputables cuyo ejercicio es absolutamente indispensable para la conservación de los intereses más caros de su imperio. Las leyes invocadas por los neutros son atentatorias contra las bases de nuestra grandeza y nuestra seguridad marítima; son un principio jacobínico [sic] de los derechos del hombre, que nos conduciría a renunciar a todas las ventajas para las cuales hemos desde hace tanto tiempo y con tanto provecho desplegado toda la energía británica ».
Este pasaje edificante bien vale la pena de ser divulgado, pues como vemos, ¡bastaba con que un país neutro invocara sus derechos elementales de circulación e intercambio para que el Gabinete británico viera en ellos una insolencia y un atentado contra su hegemonía comercial y expansionista, verdadero núcleo y corazón, revelado aquí en palabras de su más inflexible exponente, de las guerras de Inglaterra contra Napoleón! (y no « guerras napoleónicas » como insidiosa y falazmente se les llama).

MIDAS, transmutándolo todo en ORO [tachado] PAPEL
La escasez de oro, el pánico bancario derivado de la crisis económica y los costos siempre ascendentes de las interminables guerras patrocinadas por Inglaterra, llevaron al ministro William Pitt, aquí representado, a suspender los pagos en metal y substituirlos por papel moneda. Caricatura satírica inglesa de James Gillray (1757-1815).

 

Pero volvamos al 26 de noviembre, cuando, en una actitud impropia de su condición soberana, el rey Federico-Guillermo de Prusia se rehúsa a ratificar el armisticio de Charlottenburg. Por supuesto, cuenta con apoyos como el del gabinete de Londres y el de la corte rusa para salirse de problemas. O al menos en eso confía, pues para su desgracia, Rusia, que de paso pretende invadir y hacerse de Polonia, es vencida por el Emperador quien, previendo la jugada, se adelanta y acude primero al rescate. Brutal, un encontronazo inicial se produce el 8 de febrero de 1807 en Eylau. Victoria un tanto indecisa, esta confrontación épica, una de las más costosas de la epopeya, se termina por una auténtica carnicería. Unos 20 000 franceses quedan fuera de combate; los generales d’Hautpoul, Desjardins, Corbineau, Dahlmann, Bonnet, Varé, dejan la vida en el campo de honor y se ve a Napoleón llorar con profundo desconsuelo frente a tanta miseria y desolación. Permanece en el campo hasta el siguiente día 16, velando personalmente por la evacuación y el cuidado de los heridos, ayudando a transportarlos con sus propias manos y asistiendo físicamente al personal médico. « Un padre que pierde sus hijos no encuentra ningún encanto en la victoria », exclama, y el 12 de febrero todavía escribe que « Cuando el corazón habla, la gloria ya no ofrece ilusión alguna ». Leamos al respecto las palabras del príncipe Don Carlos Napoleón: « Napoleón se considera como el padre de sus soldados. Comparte sus pruebas y sus sufrimientos. Numerosos testimonios lo muestran conmocionado por los gritos de los heridos y los campos de cadáveres. Pero su sacrificio es el precio que exige el cumplimiento de su deber y del de ellos. Semejante pensamiento pertenece a los tiempos de guerra. Felizmente, vivimos hoy un periodo de paz, al menos en Europa. No podemos juzgar la historia pasada con conceptos contemporáneos. Lo repito, sus guerras no produjeron masacres de poblaciones ni engendraron odios étnicos o religiosos. Ciertamente, hubo muertes civiles. Pero las hubo mucho menos que en las guerras de hoy en día. Las proporciones son incluso inversas: diez a veinte por ciento del total entonces, mientras que llegamos a ochenta por ciento en los conflictos de la segunda mitad del siglo XX y de los principios del XXI. Cada vida merece respeto. Cada muerte es una muerte en demasía. Pero algunas llaman a la venganza y siembran el fanatismo, no aquellas cuya responsabilidad él lleva ».
Mientras el Emperador, a quien siempre se imputa soezmente la responsabilidad de los famosos « dos millones de muertos » de las guerras llamadas « napoleónicas », se afanaba en la noble y terrible tarea arriba mencionada, unos extraños personajes recorrían también el campo de batalla, aunque con otros fines bien distintos: llegados del otro lado del Canal de la Mancha bajo el aspecto de agentes delegados del Tesoro británico, la misión de estos buitres inenarrables era llevar una siniestra contabilidad, verificando in situ el resultado de las operaciones de los ejércitos aliados de modo que Londres pudiera llevar un balance preciso del número de heridos y muertos antes de saldar sus cuentas... Pues, como buen usurero, de 1805 a 1815, durante todas las guerras de Coaliciones, el gobierno de Su Majestad británica Jorge III no suministraba sus preciosas libras y guineas sin velar escrupulosamente por que éstas fueran rentabilizadas cabalmente para el mayor beneficio de sus intereses y, según una crónica del tiempo, « verificar si los reyes habían legítimamente ganado sus subsidios ». No por nada el emperador de Austria, Francisco II, había confesado después de Austerlitz, no obstante refiriéndose a sus compinches y benefactores, que « Los ingleses son mercaderes de carne humana ». Los comentarios salen sobrando.

El campo de batalla el día siguiente de la batalla de Eylau
Óleo Charles Meynier (1763-1832).

Un segundo choque se producirá en Friedland el 14 de junio siguiente. Ésta vez el resultado es claro y, sin necesidad de explayarse al respecto, Napoleón escribe estas dos líneas a su dulce María, la polonesa, quien ya no le dejará más: « Batimos al enemigo, la paz está a la vista. Pienso en ti. Te amo ». Menos modesto, ante el significado histórico de esta victoria que tras las de Marengo y Austerlitz han hecho de Napoleón el mayor capitán de todos los tiempos, el historiador John Robert Seeley, evocando el senadoconsulto del 18 de mayo de 1804, constata: « el título de emperador significó en 1804 poco más que [el de] regente militar. Pero ahora [la dignidad de] emperador tiene más bien su connotación medieval de supremacía sobre una confederación de príncipes. Napoleón se ha convertido en un rey de reyes ». De nueva cuenta, Rusia se ve forzada a aceptar las condiciones de paz así como la alianza francesa por medio del del tratado de Tilsit, del 7 de julio siguiente.

Napoleón, consciente de que su titánico bloqueo contra los intereses británicos requiere el dominio global de las costas, se acerca a España y obtiene de ella el derecho de paso que les permite a las tropas francesas, bajo el mando de Junot, dirigirse a Portugal, reino sempiternamente aliado de los ingleses y puerto abierto de entrada para sus productos, pero también cabeza de puente permanentemente tendido para el ingreso de sus tropas de incursión en el continente.
Las fuerzas de Junot llegan a Lisboa el 30 de noviembre de 1807, mientras en España el débil rey Carlos IV se enfrenta en una reyerta doméstica a su propio hijo, el ruin príncipe Fernando, quien apoyado por una red de conspiradores ultraconservadores y violentamente francófobos pretende despojar a su padre y hacerse de la corona.
Frente al giro muy alarmante que toma este delicado asunto, el rey de España, sabiendo su título amenazado, decide solicitar el arbitraje del Emperador. Tras un encuentro muy lamentable en Bayona, en el que la Familia real se desgarra mutuamente en medio e gritos e injurias indignas de su estirpe y linaje, Napoleón, exasperado ante semejante espectáculo propio no de soberanos sino de verduleras, pone a todo el mundo de acuerdo expidiendo al hijo funesto a Valençay, en residencia vigilada, y obteniendo de Carlos IV, notorio por su indolencia y su duplicidad, la cesión de todos los derechos al trono de España a cambio de los castillos de Compiègne, de Chambord, y de una muy desahogada y placentera renta. Ahora, un reino no puede quedarse sin un rey. Por ende, viendo el peligro que se cierne en el reino fronterizo, este « vientre flojo » que es España, navío sin rumbo y objetivo militar principal de Inglaterra, el Emperador hace acudir a su hermano José del reino de Nápoles, entrega su corona a Murat, y le concede a cambio la de España. Cuando José sube al trono, don Fernando, por iniciativa propia, le escribe para manifestarle « el juramento que os debo, así como el de los españoles que están conmigo ».
Entre tanto, del otro lado de la frontera, ha sido anexado Portugal, desertado a toda prisa por la familia real que medrosamente ha huido hacia Brasil, sin más ni más abandonando a su pueblo a su suerte en manos del ocupante.

Evidentemente, Inglaterra no se ha quedado de brazos cruzados ante tal avalancha de sucesos. El advenimiento del rey José al trono español ha provocado una insurrección general acicateada por agitadores cuyos cabecillas han apelado al gabinete de Londres, el cual ha despachado prontamente un cuerpo expedicionario.
Tratando de desbloquear los restos de la marina francesa cercada tras de catástrofe de Trafalgar, las tropas del general Dupont avanzan hacia Cádiz. Repentinamente, intranquilo por el sublevamiento de Andalucía, Dupont abandona el proyecto y decide replegarse en la Sierra Morena. Primer error: las tropas españolas del general Castaños le cierran el paso en Bailén, obligando a Dupont a intentar un ataque, sin éxito, el 19 de julio de 1808. Tres días después, segundo error, accede a firmar una convención infamante y comete la gravísima sinrazón de incluir en ella la capitulación a la división Vedel, que en ese mismo momento ya estaba empezando a darle la vuelta peligrosamente al enemigo; es así como, confiados en la probidad y en la palabra del contrinante, 15 000 franceses bajan las armas de un desventurado plumazo. Vaya si les pesó, pues si bien es cierto que Castaños había prometido repatriarlos, la Junta de Sevilla no ratifica esta cláusula y en cambio envía a los desdichados a pudrirse literalmente en una lenta agonía a los diabólicos pontones Cádiz o en la nefanda isla de Cabrera
En el plano internacional, esta defección deshonrosa, funesta en sí, tiene una repercusión colosal en Europa. La noticia de que la Gran Armada « no es invencible » se propaga como el rayo, pero además desata una ola de violencia surrealista en la Península, convertida en un degolladero: se suceden emboscadas, atentados, ejecuciones, combates, incendios, masacres que rebasan la imaginación. Al horror se suma la mancilla: el Comandante Henri Lachouque rememora la manera como « algunos jefes españoles llevaban puestos uniformes arrancados a los cadáveres e incluso adornaban las crines de sus caballos con la Legión de Honor ». La situación es tan delicada y acuciante que el propio Napoleón se verá obligado a dejar sus asuntos y acudir para intervenir personalmente.

Previamente, reúne a sus aliados en la ciudad de Erfurt donde por medio de un congreso (del 27 de septiembre al 14 de octubre de 1808) tratará de llegar a un punto de acuerdo con el zar de todas las Rusias. Está en juego la neutralidad militar de Prusia pero sobre todo la de Austria mientras Francia esté comprometida en España. Para este efecto, Napoleón debe proteger sus espaldas obteniendo de su aliado ruso la garantía de su movilización en caso de una nueva agresión armada contra Francia. Estas precauciones y la fatalidad que vanamente buscaban prever no impiden que el Emperador, dos días antes, despache una nueva propuesta de paz hacia Londres, misiva (¡conjuntamente firmada Alejandro!) que reza lo siguiente: « Nos reunimos para rogar a Su Majestad escuchar la voz de la humanidad haciendo callar la de las pasiones, buscar con la intención de lograrlo conciliar todos los intereses, y a través de ello, garantizar a todas las potencias que existen, y asegurar la dicha de Europa ».

Napoleón recibe en Erfurt al embajador de Austria
Óleo de Nicolas Gosse (1787-1878).

 

De toda Europa acuden a la cita reyes, reyezuelos y príncipes que concurren para halagar al Señor de Occidente, que frente a este « auditorio de reyes » se complace en recordar « cuando tenía el honor de ser teniente de artillería en Valence ». Desafortunadamente no se llega a nada consistente y menos estable con el esquivo Alejandro; se parlamenta, se discurre y se discute pero Napoleón no logra obtener más que un remiendo incierto en vez de la renovación firme presupuesta esperada en virtud de la alianza franco-rusa. No obstante las importantes concesiones ofrecidas y hasta la petición de la mano de la joven hermana del zar, la gran duquesa Ana, Alejandro, carácter fundamentalmente soslayado, sigue permaneciendo ambiguo y huidizo acerca del punto capital de la intervención del ejército ruso en caso de ataque de Austria. Como consecuencia ambos potentados se separan disgustados, especialmente Napoleón quien se da cuenta de toda la fragilidad de la inconsistente alianza con Rusia.

El Emperador toma entonces la ruta de España y, contrariamente a sus generales, lo arrolla todo a su paso. Tras la victoria de Somosierra el 30 de noviembre de 1808, entra en Madrid y acomete francamente hacia el cuerpo expedicionario inglés, que emprende la fuga.
El 22 de diciembre, el Emperador se pone en marcha hacia el norte donde proyecta destruir las fuerzas de Sir John Moore quien se ha aventurado en la región de Valladolid, lo que da lugar a una escena muy representativa y nunca contada en los libros de historia. Demorado considerablemente por el frío, la nieve y el lodo, Napoleón no puede alcanzar a tiempo a Moore quien escapa por un pelo al aniquilamiento. En su fuga frenética, incluso abandona, dejándolos en manos de ese « satélite del diablo » que según él es monarca francés, a un millar de mujeres y de niños ingleses, hallados por los franceses el 2 de enero de 1809 en un cobertizo de Astorga, hambrientos, tiritando de frío y temblando de miedo ante la llegada del monstruo. Desencajadas, las madres se echan a los pies del Emperador y le suplican preservar la vida de sus hijos. Tranquilizándolas, Napoleón hace que se tomen todas las disposiciones para alojar, calentar, vestir y alimentar a todos esos desdichados, antes de enviarlos de regreso en excelente estado de salud al ejército británico. Esta anécdota ejemplar no puede dejar de recordarnos el poco glorioso aforismo del duque de Wellington, que nos permite poner en clara perspectiva a las partes envueltas en estos conflictos: « Ningún verdadero caballero existe más allá de los confines de las islas británicas; simplemente no es posible » (!)

En pocas semanas España estará pacificada, pero este fugaz sosiego no será más que una flor de un día. En efecto, Napoleón será maltratado en este reino por las incesantes y brutales revueltas del pueblo excitado por agitadores recalcitrantes y un sector fanático del clero español, que rechaza la imposición del rey José y está frenética contra Napoleón, a quien tacha de « anticristo » a raíz entre otras cosas de su decreto de supresión de la Inquisición española (4 de diciembre de 1808), de la cesión del derecho de culto a los protestantes o la polémica liberación de los judíos de los guetos en Italia y el reconocimiento de su ciudadanía en Francia (decretos de 1806, y ulteriormente de 1811, cuyo antecedente histórico hallamos en los esfuerzos del rey Luis XVI, quien preparó la emancipación de ese grupo social). A pesar de tan enconosos ataques, es manifiesto que el Emperador, por medio de este tipo de reformas, sentaba las bases modernas de la libertad religiosa y –lo decíamos más arriba– de la libertad de conciencia, « principio universal » que Su Santidad el Papa Benedicto XVI, en tiempos recientes, ha definido como « el corazón de toda libertad » (Iglesia, ecumenismo y política, 1987) y « la fuente de todas las demás libertades » (discurso del 29 de octubre de 2009).
A la larga, este triste asunto español acabará en un terrible fracaso que menguará gravemente las fuerzas del ejército francés, minándolo paulatinamente y acabando a fuego lento con sus mejores elementos. Las consecuencias de este desastre umbrío se resentirán profundamente en las futuras campañas emprendidas Napoleón, y serán la piedra de ángulo que, rematada por la catástrofe de la retirada de Rusia en 1812, fundamenten el postrer triunfo de las coaliciones aliadas. « Esta desdichada guerra de España fue una verdadera llaga, la causa primera de las desgracias de Francia », fallará el Emperador.

Mientras tanto, como era de esperarse, apenas las dificultades en España son conocidas a lo largo del continente, la corte de Austria, no sin haberse asegurado previamente de la alianza de los ingleses, y motivada por los nuevos subsidios proporcionados por el gabinete de Londres, ataca a Napoleón por la espalda retomando las armas contra las tropas francesas estacionadas en Alemania. Así, el 8 de abril de 1809, el ejército austriaco invade, una vez más, el reino de Baviera, leal aliado de Francia como hemos visto. De esta forma la Quinta Coalición ve la luz.

Rendición de Madrid
Litografía de la época.

 

LA QUINTA COALICIÓN

« He mostrado que quiero cerrar la puerta a las revoluciones. Los soberanos me deben el haber detenido el torrente del espíritu revolucionario que amenazaba sus tronos. Todos sus tronos caerían, se derrumbarían si el de mi hijo cayera ».
Napoleón.

Confrontado a esta nueva agresión en un momento en que la situación se torna muy sensible, el Emperador Napoleón tiene que dejar de nueva cuenta su gabinete en París y parte prestamente para ponerse nuevamente al mando de la Gran Armada.
A pesar de todas las contrariedades, galvanizado por su presencia, el ejército francés vence al archiduque Carlos en Abensberg el 20 de abril de 1809 y obtiene la victoria dos días después en Eckmühl.
El 13 de mayo, el Emperador consigue la capitulación de la ciudad de Viena, y el día 15 ofrece la independencia a los húngaros.Vale la pena detenerse un minuto en este episodio que nadie evoca nunca y cuya naturaleza la alocución siguiente nos esclarece muy patentemente: « Os ofrezco la paz, la integridad de vuestro territorio, de vuestra libertad, de vuestras constituciones. No quiero nada de vosotros, no deseo más que veros [ser] una nación libre e independiente. Vuestra unión con Austria ha hecho vuestra desgracia. Tenéis costumbres nacionales, una lengua nacional; os jactáis de un ilustre y antiguo origen: retomad pues vuestra existencia como nación. Una paz eterna, relaciones de comercio, una independencia asegurada, tal es el precio que os espera, si queréis ser dignos de vuestros ancestros y de vosotros mismos ». Así como los húngaros, por cierto, los eslavos apelan al Emperador: « Sí que esperamos que Napoleón nos libere pronto a todos del yugo extranjero », revelará un eslavo de Austria a Dezydery Chlapowski, lancero polaco al servicio del Imperio.
También Iliria será regenerada tras el paso de las águilas francesas. De península de los Balcanes, el célebre patriota Jorge Negro Petrovich, fundador de la Casa Real de Karadjordjevitch, primera dinastía de los Reyes de Serbia, escribió al monarca francés: « sois llamado con justicia Napoleón el Grande, pues muchos pueblos os deben su existencia y su bienestar actuales, y particularmente Iliria, recientemente resucitada que habitan nuestros hermanos de raza ».

Movilizándose para enfrentar en el Danubio a las tropas austriacas del archiduque Carlos Luis, y sobreponiéndose luego a un durísimo choque en [Aspern]-Essling (21 y 22 de mayo), duelo no concluyente que ha supuesto enormes pérdidas y costado la vida del irremplazable mariscal Lannes, segado por un obús, los días 5 y 6 de julio Napoleón gana finalmente la tremenda batalla de Wagram, brutal confrontación en la cual registramos, entre tantos más, otro gesto de gran humanidad del Emperador, quien, en pleno periodo de conflicto, le ordena a Daru, intendente general del ejército, suministrar parte de los alimentos de sus propios hombres a los soldados enemigos menesterosos: « Me entero con terror de que los 18 000 prisioneros en la isla de Lobau sufren hambre, es inhumano e imperdonable. Enviadles de inmediato 20 000 raciones de pan e igual número de raciones de harina para las panaderías ».

Al fin, el 12 de julio, doblegada y sin más recursos, Austria firmará el armisticio en Znaim, ratificando el tratado de paz en Viena el 14 de octubre siguiente.

Napoleón en Wagram
Por Horace Vernet (1789-1863).

 

Nueva « aliada » de Francia, será en Austria donde el Emperador elija a su segunda esposa, de quien espera tener por fin un hijo, ese tan esperado heredero al trono de Francia que no ha podido darle Josefina, de la que tras muy dolorosos episodios se divorcia muy a su pesar y por evidentes razones de Estado el 16 de diciembre de 1809, decisión ratificada por medio de un senadoconsulto del Senado.
Después de varias peripecias y frente los ojos de despechado zar Alejandro –dolido a pesar de que, como lo habíamos visto, había desestimado la petición de la mano de su hermana y dado largas sin resolver nada– el emperador de Austria, Francisco I, gana la partida y concede la mano de su hija, la archiduquesa María-Luisa, a quien Napoleón desposa, primero por procuración el 11 de marzo de 1810 en la iglesia de los Agustinos de Viena, y enseguida por lo civil y religiosamente los días 1° y 2 de abril de 1810 en la Gran Galería del castillo de Saint-Cloud y el Salón Cuadrado del Louvre (vuelto capilla), respectivamente. De esta unión nace, el 20 de marzo de 1811, un hermoso bebé llamado Francisco-Carlos-José-Napoleón, quien recibe inmediatamente el título de Rey de Roma en virtud del senadoconsulto del 17 de febrero de 1810. Este título tiene un profundo significado y simbolismo, pues se inscribe en la lógica del legado del Imperio Romano Germánico, en el cual el sucesor del emperador recibía de los Electores el título de « Rey de los romanos ».
El Emperador, jubiloso, cuenta a partir de entonces con un heredero dinasta. En medio de festejos y fuegos artificiales, pueblo exulta y celebra. Sin enemigos que amenacen inmediatamente la integridad de Francia, y con una Inglaterra prácticamente exhausta y al borde de la quiebra, el reino de Napoleón se encuentra en ese momento en su apogeo y el Emperador casi palpa la paz general con la que tanto ha soñado, disfrutando de un por desgracia breve pero intenso periodo de tranquilidad.

Boda del Emperador Napoleón y de la archiduquesa María Luisa de Austria, el 2 de abril de 1810
Estampa de la época (detalle).

 

Es de mencionar que a pesar de los diferentes conflictos que se concatenan inexorablemente a lo largo de todo el reinado imperial, Napoleón no ceja ni un momento en sus esfuerzos, siempre realizados a contracorriente y en medio de las constantes agresiones, por continuar sus reformas y dotar a Francia de fundaciones y de instituciones sólidas, a las que metafóricamente él llama sus « masas de granito »: Creación de la Universidad, de los consejos de los magistrados del trabajo (Prud’hommes) (1806), el Tribunal de Comercio (1807), etc. ¿Acaso no decía en una de sus más hermosas frases que « Los hombres no son verdaderamente grandes más que por lo que dejan de instituciones después de sí »? Bajo su impulso, industrias diversas, inmuebles, monumentos, carreteras y caminos, calzadas, puentes, canales y servicios sociales se suceden, creándose más de ellos en sus breves 15 años de reinado que en el de todos los reyes borbones reunidos. En su libro Napoleón el Constructor, el historiador Louis Madelin comenta en ese sentido que « él vuelve a hallar en sí los amplios y fuertes instintos del constructor romano, porque él es romano, y los vuelve a hallar también porque Francia se presta a esa reconstrucción por un instinto que se encuentra igual al suyo ». El bloqueo internacional refuerza la industria francesa. Nunca en la historia de Francia las empresas químicas y textiles han conocido semejante prosperidad. Sin embargo, víctimas del dominio total de la flota inglesa en los mares, es de mencionar que aquellas dedicadas la exportación se hallan fatalmente confrontadas a las peores dificultades para despachar su producción, y a menudo son rápidamente conducidas a la quiebra, agudizando la tensión.

Mientras produce sus tan esperados frutos, el bloqueo continental arrastra a Napoleón a los cuatro rincones de Europa en un intenso trabajo de organización. Al norte, incorpora la provincia de Hanover al reino de Westfalia en cuyo trono ha instalado a su más joven hermano, Jerónimo, desde 1807.
Al sur, su voluntad inflexible de ver su bloqueo continental –que no podía permitirse resquicio alguno– respetado por todos, incluido el propio Papa cuyos estados siguen comerciando con Inglaterra y con quien por consiguiente la relación se ha agriado de forma alarmante, le lleva inclusive a ocupar Roma el 2 de febrero de 1808. Había otra razón más que motivara esta acción muy enérgica: en paralelo, la Corte de Austria se movilizaba militarmente amenazando a la Confederación del Rin, conjunto de príncipes y estados orientales y meridionales alemanes aliados de Francia y por ella protegidos, al tanto que, junto con las de España e Inglaterra, proyectaba levantar una sublevación general en Italia. Por si fuera poco, este movimiento insurreccional latente estaba siendo ordenado in situ por el cardenal Bartolomeo Pacca, quien lo organizaba en los Estados Romanos. Así pues, confrontado a semejante bomba de tiempo, ¡y de paso siendo excomulgado (aunque sin ser citado nominalmente en la bula)!, Napoleón, ganándose todo el furor y reprobación de Pío VII, quien como decíamos no quita el dedo del renglón y persiste en su negativa de cerrar sus puertos al comercio inglés y a todos sus tráficos, mandará al general Radet dirigirse a Roma y pedirle renunciar a la propiedad temporal de los Estados de la Iglesia. La noche del 5 al 6 de julio, obedeciendo órdenes indirectas, Radet toma la iniciativa y arresta literalmente al Sumo Pontífice en el Palacio del Quirinal, llevándole detenido a Florencia. Al enterarse de los hechos, el Emperador escribe desde el palacio de Schönbrunn: « Estoy enojado, de que se haya arrestado al Papa; es una gran locura. Había que arrestar al cardenal Pacca y dejar al Papa tanquilo en Roma. Pero en fin ya no hay remedio; lo que está hecho está hecho ». Se le asignará posteriormente una residencia bajo vigilancia en Savona, en 1809, siendo transferido luego, en 1812, al palacio de Fontainebleau, donde en medio de apasionadas discusiones y controversias permanecerá dos años más, lo que constituye sin duda más aberrante y grave falta diplomática de la política imperial, así como la que más deplorará Napoleón a la postre desde un punto de vista personal. Es « mi querido hijo », decía de él el Santo Padre, « un hijo un poco testarudo, pero un hijo no obstante ».
Por el momento, quince días después, el 17 de febrero de 1810, los Estados Pontificios son incorporados al Imperio por decreto. Evidentemente la relación no cesa de deteriorarse y el Papa se niega desde ese momento a entronizar con la institución canónica a los obispos nombrados por Napoleón en los Estados anexados...

¡Es un Rey de Roma!
Grabado de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

 

Mohíno obsequio de cumpleaños, el 15 de agosto de 1811, el zar Alejandro I, rompiendo el tratado de Tilsit y en violación abierta de su palabra y rúbrica, vuelve a abrir sus puertos a los ingleses, para quienes esta transgresión política pero también de honor es un verdadero don « providencial » que les permite aa la cabeza del pozo y respirar cuando ya estaban al borde de la asfixia económico-comercial y de la bancarrota. Napoleón le hará saber a Kurakín, embajador de Rusia en Francia, que no se quedará con los brazos cruzados ante la actitud inaceptable de Alejandro, quien de inmediato quiere ver en esta advertencia una situación de casus-belli.
A la larga, al no moverse el zar de su posición, Napoleón ordena entonces la partida de la Gran Armada hacia la frontera rusa el 8 de febrero de 1812; comienza así el juego de las alianzas y las traiciones.
El 18 de febrero, el mariscal Bernadotte, hermano de armas de juventud, llamado con el asentimiento de Napoleón a sentarse en el trono de Suecia, traiciona nuevamente al Emperador proponiendo una alianza sueco-rusa. Este renegado, que debe toda su fortuna, sus riquezas, sus honores y hasta un trono a la mano generosa de Napoleón, no dudará, llegado el momento, en ordenar abrir fuego sobre sus antiguos camaradas y compatriotas, y mancillarse las manos de sangre francesa. En el origen de esta liga crapulosa hallamos al diplomático archi-traidor Carlos Andrés Pozzo di Borgo, quien, tras pasar un periodo como prófugo en Londres, llamado por el zar y optando por olvidar que los Bonaparte les habían dado a él y a su familia un techo, abrigo y alimento durante las persecuciones y penurias de las guerras entre partidarios anglófilos y francófilos corsos, intrigará enérgicamente y finalmente asegurará la cooperación de Bernadotte contra el Emperador, implicándose personalmente contra él como consejero del coaligado Ejército del Norte en las batallas de Gross Bereen, Dennewitz y Lipcia (Leipzig). Le hallaremos igualmente interviniendo, en 1814, en la invasión de Francia por los ejércitos coaligados y maquinando en el Congreso de Viena, en calidad de embajador de Rusia en París.

En cuanto a la corte de Francia, negocia y se entiende con las de Prusia ( el 24 de febrero) y de Austria (14 de marzo). Sin embargo, el 9 de abril, el acuerdo entre Suecia y Rusia es firmado y la traición se consolida. Aun cuando sabe de sobra cuál es la mano que instiga, sufraga y arma a este nuevo frente bélico, Napoleón envía una enésima misiva de paz al Gabinete de Londres: « Su Majestad (el Emperador), siempre animada de los mismos sentimientos de moderación y de paz, ha querido hacer de nuevo una diligencia para ponerle un término a las desdichas de la guerra (...) Yo deseo la paz. Le es necesaria al mundo. Cuatro veces desde la ruptura que ha seguido al tratado de Amiens, la he propuesto en trámites solemnes. He hecho conocer los sacrificios que yo podía hacer... ». Clamor lanzado al silencio del vacío.

Del otro lado del mundo, el 18 de junio, los Estados-Unidos de América le declaran la guerra a Inglaterra rehusándose a someter a su flota a las órdenes de los ingleses, que pretenden conservar la supremacía en todos los mares y sobre todo aquello que se aventure a navegar en él. Recordémoslo: ¿acaso no había ordenado el Consejo británico desde el 11 de noviembre de 1807 que todos los navíos neutrales debían hacer escala en Gran Bretaña antes de acostar en el continente europeo? El 23 de noviembre siguiente, Napoleón había replicado ordenando la confiscación de todo navío que se hubiera sometido a las exigencias británicas.
Lo que es importante destacar aquí, es que, por medio de esta declaración de guerra, los Estados Unidos reconocían la legitimidad del combate que llevaba Napoleón contra Inglaterra desde la ruptura de la paz de Amiens.
Pero no eran los únicos en América en hacerlo.
En efecto, disgustados por los abusos interminables y la catastrófica gestión de los virreinatos y colonias, y sobre todo aprovechando el derrumbe del imperio español y la tremenda conmoción sufrida en la corte de Madrid en 1808, surgían por doquier movimientos emancipadores, e incluso, en medio de ese efervescente amasijo de focos de insurgencia, elementos de simpatía bonapartista que poco a poco cundían por toda la América Latina, extendiéndose desde Texas y la alta California, entonces territorios novohispanos (es decir mexicanos), hasta la cuna del Río de la Plata. Independientemente de sus orígenes, afinidades y objetivos (la mayoría de ellos de vocación liberal, otros conservadores y monárquicos; algunos de tendencia religiosa y otros infiltrados por entidades masónicas teledirigidas especialmente por logias estadounidenses) todos recordaban y trataban de recuperar en su provecho el apoyo manifestado por el Emperador Napoleón al principio independentista americano cuya lógica, como lo había afirmado el soberano en 1809, « está en el orden necesario de los acontecimientos, está en la justicia, está en el interés bien entendido de las potencias ». ¿No había por ventura reivindicado su apoyo a esta causa en este mismo 1812 cuando, en una elocución ante el Cuerpo Legislativo, había refrendado que « Las jóvenes naciones de la América han lanzado un grito de la Independencia; los deseos del Universo los acompañan en una lucha tan gloriosa »? Los émulos más ilustres del Emperador nunca olvidarán la infinita deuda de los países americanos en su lucha en el camino hacia la libertad y la soberanía tan largamente anheladas.

La Gran Armada entra a Rusia
Ilustración de Jacques Onfroy de Bréville, « Job » (1858-1931).

 

Pero regresemos a Rusia.
Tras el envío de una última oferta de paz a San Petersburgo, sin cambios en la actitud nada honrosa de Alejandro y no recibiendo respuesta alguna de su parte, el Emperador Napoleón da la orden de avanzar, cruza la Polonia rusa y, junto con la Gran Armada compuesta de diez cuerpos y la Vieja Guardia bajo el mando del mariscal Lefèbvre, cruza el río Niemen en Kovno (hoy Kaunas, Lituania) el 24 de junio de 1812. Tras una serie de victorias, incluida la de la Moskova (llamada por los rusos de Borodino), entran en Moscú el 14 de septiembre. A partir del día siguiente, los primeros incendios abrasan la ciudad, provocados no por Napoleón, como se le acusa falsamente hasta nuestros días a pesar de la evidencia, sino por los hombres del gobernador, el conde Fiódor Vasílievich Rostopchín, quien había ordenado armar al pueblo y liberar a los presidiarios, mandando quemar los almacenes de aguardiente y los barcones que transportasen alcohol. Evidentemente, Rostopchín negará su responsabilidad en un folleto publicado en 1823.
En ese marco ya de por sí dantesco, los rusos aplican la bárbara política de la tierra quemada. Escenario apocalíptico, Moscú arde en llamas altas como montañas durante cuatro días. Las tropas francesas allí presentes se esfuerzan por apagarlas y Napoleón envía cantidad de emisarios ante el zar Alejandro, refugiado en San Petersburgo; pero éste último, porfiado hasta el final, rechaza todo compromiso « mientras quede un soldado francés en el suelo ruso ». Comienza entonces la espera fatal...

El 13 de octubre, la primera nieve, muy prematura, hace su aparición, seguida bien pronto por un frío glacial que rebasa todo lo que los soldados franceses habían visto hasta entonces.
El día 19, el Emperador, harto de esperar inútilmente un cambio en la disposición de Alejandro, vegetando en una ciudad fantasma, abandonada a su suerte por la corte zarista y completamente asolada por el fuego y el pillaje de las catervas de truhanes y desesperados que merodean en las calles, ordena finalmente el regreso al país.
Desgraciadamente, las condiciones climáticas van a degenerar y a hacerse tales, que esta retirada se convertirá en una auténticay mortífera pesadilla. Sin entrar en interminables y dolorosos detalles, dejaremos a los testigos que tuvieron la desdicha de vivir esa tragedia y han dejado algunos testimonios, así como a los grandes autores que se han explayado con gran arte en sus relatos, la tarea de describirnos las escenas apocalípticas que tuvieron razón de nuestra valiente Gran Armada, cogida en la trampa mortal de los hielos eternos, perforada por las ventiscas glaciales, hostigada por hordas salvajes de cosacos despiadados y en ocasiones antropófagos. « La guerra es un oficio de bárbaros », lamentábase Napoleón al confiarse al Conde de Ségur. Poco después, en espacio de algunas semanas tan sólo, la Gran Armada, invencible para los hombres y para las naciones, habrá cesado de existir, barrenada por los elementos, desgarrada y disipada por los carámbanos y las corrientes de las álgidas aguas de la Berezina, segada por el hambre, minada por los parásitos, la tifoidea y la desesperación. El doméstico Constant relata que una noche de 1808, él y el mameluco Roustam habían despertado violentamente en medio de la noche al oír gritos provenientes de la recámara del Emperador. Temiendo un atentado homicida, acuden a toda prisa y descubren que el soberano ha tenido una terrible pesadilla, que les explica enseguida: « soñé que un oso me abría el pecho y me devoraba el corazón ».
¿Sueño premonitorio? ¿¡Quién lo duda!? Como recalca el príncipe don Carlos Napoleón, « es en efecto el oso ruso el que el primero llevará al Imperio a su pérdida ».

Episodio de la retirada de Rusia
Óleo de Nicolas-Toussaint Charlet (1792-1845).

 

Por si fuera poco, desde París llegan noticias alarmantes: el general traidor Malet ha difundido la falsa noticia de la muerte del Emperador tratando por medio de este ardid de derrocar al soberano, deponer al Rey de Roma, y hacerse del poder.
Así, el 5 de diciembre de 1812, Napoleón transfiere el mando de lo que queda del ejército al rey Murat y parte hacia Francia a rienda suelta. En el boletín que envía y que le precede en la capital francesa anuncia toda la extensión del desastre acaecido. La noticia se esparce a través Europa como un reguero de pólvora. ¡El Águila está herida! Es la ocasión tan esperada por muchos para formar una nueva coalición contra Francia...

 

LA SEXTA COALICIÓN

« No he vencido y conquistado más que en mi propia defensa. Es una verdad que el tiempo desarrollará cada día más. Europa no cesó nunca de hacerle la guerra a Francia, a sus principios, y nos era preciso abatir so pena de ser abatido ».
Napoleón en Santa Helena.

Sabedora de que Napoleón se ha quedado prácticamente sin defensas, la corte de Prusia, vislumbrando una invasión de Francia que hasta el momento sólo podía concebir en sueños y que ahora conjetura plausible, se alía sin tardarse con Rusia.
Por su lado, privado de ejército, sin la menor sombra de una caballería y de cara a tan grave amenaza, el Emperador, el 11 de enero de 1813 y con el objetivo de reconstituir un ejército, decreta la movilización de 350 000 hombres, la mayoría de ellos jóvenes sin experiencia, como es fácil imaginarlo.

Dos días después, el 13 de enero, el rey Murat abandona su comando durante la retirada de Rusia y regresa a su reino de Nápoles. Es penoso decirlo, pero el 26 de febrero, aquel a quien Napoleón había colmado de beneficios y de la nada hecho mariscal y rey, cuñado y compañero de mil batallas, torna casaca y propone sus servicios a Austria con el afán de preservar su reino... La indignidad es tal, o la desconfianza, que la propia Austria rechaza la oferta...
El 3 de marzo llega el turno de Bernadotte, quien con el mismo objetivo, pacta nada menos que con Inglaterra...
El 11 de marzo las tropas rusas ya se encuentran en Berlín.
El 17, Prusia declara la guerra a Francia y, el 28, el Emperador, que sabe muy bien el alud de hierro y fuego que se viene sobre Francia, nombra un Consejo de regencia, poniendo a su cabeza a la emperatriz María Luisa, quien presta juramento.
El 3 de abril, se produce una nueva movilización de 180 000 hombres. El Imperio se tambalea, pero Napoleón aún tiene esperanzas y se mantiene bien firme.
El día 13, llega otra noticia: Austria le hace saber que está lista para entablar un nuevo enfrentamiento. El discurso de los aliados y las aún más elocuentes monedas inglesas han sabido persuadirle, y el suegro resentido está dispuesto a todo, incluso a pelearse con su yerno y derribar el trono de su propia hija. Seducido por tan convincentes argumentos, poco le importa que ésta sea regente de Francia, emperatriz de aquel país, y que su nieto predestinado, piedra de ángulo de la nueva dinastía, sea el heredero del más hermoso imperio jamás creado desde Carlomagno.

La emperatriz María Luisa y el Rey de Roma
Óleo de Joseph Franque (1774-1833).

 

Con la mesa puesta como se ha enunciado más arriba, el 15 de abril el Emperador Napoleón parte para reunirse con su ejército en Alemania, llegando a Erfurt el día 25.
El 2 de mayo gana la batalla de Lützen contra las fuerzas ruso-prusianas que se baten en retirada, y prosigue su ruta al Este hacia Dresde, donde llega el 8 de mayo.
El 20 de mayo, ocurre una nueva victoria francesa en Bautzen, luego otra más en Würchen al día siguiente. Sin embargo, estos triunfos no son decisivos en la medida en que, faltos de caballería tanto en número como en calidad, los franceses no pueden perseguir al enemigo en fuga y aniquilarlo definitivamente, lo que le permite a éste último reorganizarse constantemente y volver siempre al ataque en los días siguientes cual inagotables enjambres de insectos feroces.
A pesar de todo, la inesperada serie de victorias francesas desconcierta al enemigo. Se organiza y lleva a cabo entonces el Congreso de Praga, cima diplomática que, del 4 de junio al 10 de agosto, reunirá a Prusia, Rusia y Francia bajo la mediación del príncipe de Metternich, quien pretenderá hacer pasar a Austria por una conciliadora imparcial. Desde el 4 de junio, Napoleón ha pedido el cese de las hostilidades hasta el 20 de julio, lapso que será prorrogado hasta el 10 de agosto; este tiempo será aprovechado por todas las partes para reforzarse. En realidad, Napoleón aceptó casi la totalidad de las condiciones aliadas, lo cual no evitó que el plenipotenciario austriaco retomara las hostilidades al término del congreso. En efecto, hoy sabemos que Austria había adherido en secreto al tratado de Reichenbach, decreto que estipulaba que todo acuerdo debía recibir previamente la sanción de Inglaterra, lo cual equivale a decir que en esta mascarada cualquier esfuerzo del Emperador por alcanzar la paz sería fatalmente vano y estaba condenado al fracaso de antemano.

El 2 de julio, las tropas francesas inician su salida de España y emprenden su camino hacia Francia. Evidentemente, para los coaligados esta renuncia es una nueva confesión de debilidad por parte del ejército francés y, sobre todo, una nueva prueba de que su jefe, a fin de cuentas, no es invencible.

El 12 de agosto, Austria hace oficialmente su declaración de guerra a Francia. Las hostilidades reinician; sigue entonces una sucesión de combates ora favorables a las armas francesas, ora a las de sus enemigos.
El 23 de agosto, en Gross-Beeren, anunciada más arriba, el soez Bernadotte, a la cabeza de un cuerpo de 23 000 suecos, da la orden de inicua de abrir fuego contra los soldados franceses, sus compatriotas y prójimos, y vence a su otrora hermano de armas Oudinot.

Todos estos combates sucesivos cuestan muy caro en vidas humanas, y una nueva leva de 280 000 hombres es decretada el 9 de octubre.
Napoleón, tras haber batido al mariscal prusiano Blücher en Düben el 10 de octubre, concentra sus fuerzas en Lipcia (Leipzig) el día 14.
Del 16 al 19, se lleva a cabo en los alrededores de dicha ciudad la batalla de Leipzig, llamada más tarde en virtud de sus dimensiones épicas la « Batalla de las Naciones », en donde los 190 000 hombres y 700 cañones de que dispone el Emperador (inicialmente, ¡pues el ejército de Sajonia le da la espalda el día 18 y cambia de bando en plena batalla, disparando contra sus camaradas de la víspera!) no pueden hacerle frente a 330 000 hombres y 1500 bocas de fuego de los coaligados. Sin embargo, a pesar del número abrumador, la cantidad de caídos es menor del lado francés (en una proporción de aproximadamente 30% / 70%), y Napoleón logra entablar una retirada ordenada en dirección de Erfurt, operación que nos hará rememorar a continuación otra anécdota reveladora. En aquellos momentos, el Emperador había mandado pedir a sus enemigos un armisticio de algunas horas para que los civiles pudieran evacuar la ciudad de Leipzig. Esta petición le fue denegada, recuerda Marbot, pues los Aliados sospechaban que su moción no era sino un ardid circunstancial para ganar tiempo y reorganizar al ejército francés (ladino pretexto, dado que, además de la inferioridad numérica y de las bajas sufridas, bien sabían que Napoleón no contaba con una suficiente ni adecuada caballería, literalmente extinta en las estepas rusas unos meses antes). En realidad, las tropas ya estaban en marcha, y para facilitar su movimiento y estorbar el de sus perseguidores le había sido propuesto a Napoleón el recurso de incendiar por completo la ciudad, lo cual habría protegido la retirada de sus hombres y le hubiera aportado varias ventajas militares, entre ellas, como decíamos, bloquearle el paso a los ejércitos enemigos. ¿Y qué fue lo que decidió el « déspota sediento de sangre »? Rechazó semejante barbarie aun cuando las huestes aliadas le pisaban los tobillos, buscando su completo exterminio y el de sus hombres a punta de balloneta.

La batalla de Leipzig
Óleo de Alexander Zauerweid (1783-1844).

 

Para el 2 de noviembre, el Emperador estaba de regreso en París. Trata de tranquilizar a su entorno, dado que a pesar de la precariedad de la situación y la inminencia de una invasión masiva por parte de los ejércitos enemigos, nada está aún perdido, a condición de hacerse un llamado al valor y al patriotismo de los franceses. Por consiguiente el día 15 se decreta una nueva leva de urgencia de 180 000 hombres.
El 16, sintiendo nacer el recelo a su alrededor, el Emperador propone un congreso de paz. Convencidos de su superioridad y henchidos de soberbia, los coaligados, desfachatadamente, le hacen saber por medio de la declaración de Frankfurt que « los Aliados no hacen la guerra a Francia, sino a Napoleón ». Indicación tan hipócrita como interesante, máxime cuando uno piensa que, ciertamente, esta sarta de buitres no había esperado su accesión al poder, en 1800, para librarse a sus embestidas rapaces contra Francia.

Pero como decíamos antes, ha llegado la hora de las traiciones.
Notables, comerciantes y financieros ven sus privilegios y fortunas tambalearse sobre la cuerda floja y así, el 29 de diciembre, el Cuerpo legislativo, a través de su ponente Laîsné, denuncia « la actividad ambiciosa de Napoleón ». Esta vez la impresión del texto es votada por doscientos veintitrés voces contra cincuenta y una. Napoleón se opone a ella y, el 1º de enero de 1814, declara ante el Cuerpo legislativo:

« Vuestra comisión ha sido guiada por el espíritu de la Gironda.

¡En lugar de ayudarme, secundáis al extranjero!... ¿Es momento de hablar de los abusos cuando doscientos mil cosacos cruzan nuestras fronteras?
No se trata de libertad y de seguridad individual, se trata de independencia nacional. ¿No estábais contentos con la constitución? Hace cuatro años que había que pedir otra ».

 

También es la hora del estigma y la deshonra.
Al mismo tiempo, exiliado desde hacía veintitrés años, el futuro Luis XVIII hace llegar a París un comunicado por el cual llama a los franceses a « recibir con los brazos abiertos » a los invasores Aliados...
El 24 de enero, el Emperador parte una vez más a ponerse a la cabeza de su joven ejército, la invasión inminente de Francia por los Aliados estando ya en puertas. De tal forma se inicia la gloriosa y apoteósica Campaña de Francia, una de las más bellas y heroicas que registra la historia y en la que, en defensa de Francia, Napoleón le hará frente, él solo, a la manada feroz de todos los monarcas absolutistas coaligados.

 

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 

LA CAÍDA DEL ÁGUILA

« Si la guerra no entra en los cálculos de Napoleón, debe esencialmente entrar en los nuestros ».
Conde Johann Philipp von Stadion (1763-1824), ministro austriaco de Asuntos extranjeros.

El Conde Alexandre d’Hauterive (1754-1830), estadista y diplomático curtido, había anunciado anteriormente que « La coalición habrá destruido al Imperio francés el día en que lo haya hecho retrogradar, pues, en esta marcha uno no se detiene », palabras premonitorias que ahora demostraban toda su lucidez visionaria.

Al inicio de la nueva campaña que ha iniciado en Champaña, 65 000 franceses, en su mayoría adolescentes y reclutas inexpertos enrolados de urgencia y al azar, se ven confrontados a una masa invasora de 250 000 soldados aliados profesionales, es decir una relación de 1 contra 4 a favor de éstos últimos en términos de estadística general, pero que en ciertas batallas, llegará a traducirse en un plano real en una diferencia de 1 contra 8 (sin mencionar el fondo de eventuales reservas listas para allegarse desde sus tierras de origen).
A pesar de todo su prodigioso talento y de numerosos y portentosos éxitos (Briena el 28 de enero, Champaubert el 10 de febrero, Montmirail el 11, Château-Thierry el 12, Vauchamps el 14, Mormant y Nangis el 17, Montereau el 18, Méry el 23, Craônne el 7 de marzo) el número termina por tener razón del valor. Aunque se multiplica desempeñándose en una compleja e imbricada red de intervenciones, el Emperador es abrumado por la masa y no puede impedirle a las fuerzas coaligadas entrar en París, el 31 de marzo de 1814.

¡Atención, el Emperador nos tiene echado el ojo!
Un veterano se dirige a los jóvenes conscriptos en una escena de la campaña de Francia. Litografía de Denis Auguste Marie Raffet (1804-1860).

 

Las tropas extranjeras atraviesan la capital en medio de una población agotada y pávida, pero son aclamadas en ciertos barrios opulentos por los sectores de la nobleza realista, ávida de recobrar los privilegios de los que ésta gozaba durante el Antiguo Régimen. Consiguientemente, se posicionan pasivamente del lado del ocupante con la esperanza de una próxima restauración des los Borbones, olvidando de golpe la solidaria amnistía de los emigrados con la que fueron beneficiados bajo el Consulado, y la mano abierta y fraterna que les había tendido el Emperador tras su coronamiento, en especial tras la fundación de la nobleza de Imperio el 1° de marzo de 1808. En efecto, apuntalando a la dinastía napoleónida y desprovista de todo privilegio innato contrariamente a la antigua nobleza, la nueva nobleza imperial, cuerpo de élite meritocrática compuesto por 42 príncipes y duques, unos 500 condes, 1550 barones y 1500 caballeros, se fundamentaba en la virtud, la valía y el coraje personales, la excelencia cívica y los grandes logros y aportes civiles (ciencias, artes, industria, etc.), las hazañas militares y el sacrificio personal a la Patria y al Imperio, teniendo como objetivo estimular y recompensar todos los talentos e incorporar en el régimen a los grandes sabios, creadores, héroes y notables de la mano con la antigua nobleza, como sabemos previamente perseguida, desterrada, asolada y socialmente sepultada por los revolucionarios.
Ya hemos dicho más arriba que la monarquía napoleónica era en su esencia y espíritu una monarquía de derecho divino, pero en su estructura de gobierno adoptaba la configuración de una monarquía parlamentaria enraizada –ya lo decíamos más arriba, y como lo categorizará en 1851 el príncipe Luis-Napoleón Bonaparte– en el muy bonapartista appel au peuple (« llamado al [es decir, consulta del] pueblo »), y no absolutista, como la del Antiguo Régimen francés y demás grandes Casas reales e imperiales europeas de su tiempo.
Trágicamente, y de manera muy irónica, los integristas realistas arriba mencionados, al colaborar en 1814 con el derrumbe de la monarquía parlamentaria del Imperio apostando por la restauración de la antigua monarquía absolutista, sin siquiera imaginárselo se la están jugando al todo o nada. Efectivamente, aunque en lo inmediato, con la caída del Emperador y de su corona, tendrán la ilusión de haber ganado su apuesta y la partida –en todo caso en lo que a sus propias personas concierne– en realidad están sacrificando a mediano plazo y sin sospecharlo a la monarquía a secas en Francia, y por ende privando a sus nietos y descendencia de ella y de sus prerrogativas... Atentos a las enseñanzas históricas de tan grave lección, es éste un craso error que no cometerán otros países europeos, algunos de los cuales han logrado preservarla hasta el día de hoy, aunque evidentemente, con una forma e incluso una naturaleza muy diferentes a las de aquella época.

Entrada de las Potencias aliadas en París por la Puerta San Martín el 31 de marzo de 1814
Grabado popular francés de la época.

 

Pero cerremos este paréntesis y volvamos a la invasión de 1814, apuntando que este desastre es tanto más doloroso para Napoleón cuanto que el pueblo parisino le esperaba para salvar la capital; pero nadie contaba, y él menos que cualquiera, con que el mariscal Marmont, duque de Ragusa (1774-1852), en cuyas manos había confiado la defensa de la capital hasta la llegada del Emperador, ordenara inopinadamente la retirada de sus 20 000 hombres… Esta traición fue tan vivamente sentida, tan profunda la herida, que dio nacimiento al popular vocablo francés raguser, es decir « ragusar », verbo que hasta hoy en día es empleado como sinónimo de traición, mancomunado al acto de traicionar.
Pobre consolación sin embargo, pues esta vez el Águila está en tierra, y si acaso una de sus alas bate todavía, será enseguida el Senado el que se encargue de neutralizarla, votando el 2 de abril la deposición del Emperador Napoleón I.
Luego, también los mariscales le abandonarán, deseosos de preservar sus adquisiciones, sus fortunas y sus privilegios.

El Emperador se ha replegado en el castillo de Fontainebleau, donde todavía dispone de 70 000 soldados de indefectible fidelidad que le vitorean y le motivan al grito de « ¡A París, a París! ». Sin embargo, el 6 de abril, Napoleón, decorazonado y abatido, firma su abdicación sin condiciones. El 20 de abril, a las once horas, en una punzante escena, le dice adiós a sus soldados, titanes de mil combates que han hecho temblar al mundo y que ahora, quebrantados, con el alma hecha trizas como un harapo, rompen en llanto: « Soldados de mi Vieja Guardia, os hago mis adioses. Desde hace veinte años os he encontrado constantemente en el camino del honor y de la gloria. Os habéis conducido siempre con bravura y fidelidad. Aún en estos últimos tiempos, me habéis dado pruebas de ello (…) Yo seguiré siempre vuestros destinos y los de Francia. No lamentéis mi suerte; he querido vivir para serle todavía útil a vuestra gloria, escribiré las grandes cosas que hemos hecho juntos. La dicha de nuestra cara patria era mi único pensamiento; será siempre el objeto de todos mis votos ».
Enseguida, le hace una última recomendación a sus fieles: « He sacrificado todos mis intereses al bien de la patria; parto. La serviréis siempre con gloria y honor, seréis fieles a vuestro nuevo soberano (Luis XVIII). Adiós, mis hijos… »

Después de abrazar al general Petit, de besar el pabellón glorioso y, a través de éste, el corazón palpitante de todos los veteranos allí reunidos, contemplado a su alrededor las imponentes y señoriales águilas brónceas que surcaran toda Europa, Napoleón parte para asumir la irrisoria soberanía de la isla de Elba, burlesco reino-confeti de opereta de 222 km² y 12 000 habitantes que los Aliados se han dignado otorgarle.

Adioses del Emperador a sus soldados
Desgarradora escena en Fontainebleau, el 20 de abril de 1814. Grabado según un dibujo de Nicolas-Toussaint Charlet (1792-1845).

 

Ese mismo día, el 3 de mayo de 1814, el rey Luis XVIII regresa a Francia. Llega a París plácidamente instalado « en los furgones del extranjero », y se sienta sobre el trono que éstos le han servido en charola de plata tras haberlo conquistado a precio de la preciosa sangre de la juventud francesa, aquella de los conscriptos valientes y heroicos llamados al frente por decreto de la emperatriz en 1813 y que, en su mayoría todavía imberbes, pasarán a la historia como los « María-Luisa ».

El 30 de mayo, el tratado de París reduce a Francia a sus fronteras de 1792, perdiendo casi todas las adquisiciones de la Revolución y, en ultramar, la isla de Francia, Santa Lucía y Tobago.
Pronto, el pabellón blanco remplaza al tricolor, que ha flotado sobre tantas victorias coronado con esas « Águilas francesas [que] llevaron a los pueblos la libertad y la igualdad », como lo diría Sir Winston Churchill en una de sus alocuciones durante la II Guerra Mundial.
En Austria, da inicio el 18 de septiembre de 1814 el Congreso de Viena, magna cima en cuyo marco y, hasta el 9 de junio de 1815, los Aliados se repartirán los pedazos del Imperio francés desmembrado, reconfigurando a placer y bajo la tutela rigurosa de Inglaterra el mapa de Europa. En medio de esa soberbia platea de soberanos infatuados, sólo una voz se elevará en apoyo al vencido: es la del Papa Pío VII quien, habiendo despachado al cardenal Consalvi para pedirles a las potencias comprometerse a unir esfuerzos a fin de obtener « la abolición entera y definitiva » de la esclavitud, « un comercio tan odioso y altamente reprobado por las leyes de la religión y las leyes de la naturaleza », aprovecha la embajada para solicitar en beneficio del proscrito, a cuya familia ha dado amparo y asilo, y de quien no ha olvidado los méritos y prestaciones: « Napoleón es desdichado, muy desdichado, nosotros hemos olvidado sus entuertos. LA IGLESIA NO DEBE JAMÁS OLVIDAR SUS SERVICIOS. Él hizo a favor de su sede lo que ningún otro tal vez, en su posición, habría tenido el valor de emprender. No le seremos ingratos ».

Por su lado, en su estudio del palacio de las Tullerías, Luis XVIII se dedica a escribir versos latinos dejando actuar a su hermano d’Artois y a los emigrados que desde hace veinte años « no han aprendido nada ni olvidado nada ». Se instaura en el reino un semblante de parlamentarismo y pronto los viejos privilegios feudales vuelven a hacer su aparición.
La mayoría de los viejos soldados son puestos en situación de paga restringida y se ven reducidos a la miseria, a menudo relegados coactivamente en sus provincias y puestos bajo vigilancia policial, dando nacimiento a la tragedia pero también al mito de los « medio-sueldo ». Desde la lejanía de sus confines campestres, hambrientos y humillados, no se privan de incitar a la revuelta mientras cultivan la memoria del Emperador, difundiendo la leyenda entre un pueblo mortificado que ha perdido toda su dignidad y que escucha gustoso las historias de las hazañas del tiempo pasado. Pero el descontento no sólo cunde en los campos, incluso la burguesía se muestra disgustada por la torpeza de los nuevos gobernantes y añora la eficacia de la administración imperial, ese aparato acertado y vigoroso, « clase nueva » forjada pacientemente por Napoleón, conformada por, « gentes remarcables por el mérito » y fuertemente apegadas al Estado. La clase intelectual igualmente, pensadores y artistas se dejan llevar en sus obras y cantos a las evocaciones líricas y poéticas de las grandes glorias del ayer, cuyos ecos resuenan a través de Europa y repercuten hasta el pie de las cúpulas áuras de la propia Rusia en los versos de sus más inspirados exponentes, Lermontov y Pushkin.
Así, en Porto Ferraio, ya sea en su jardín del palacio dei Mulini (« de los Molinos ») o en su residencia de campo de la villa San Martino, el Emperador empieza a ver llegar desde Francia emisarios cada vez más abundantes que imploran su regreso.

Llegada del Emperador Napoleón a la isla de Elba
Apenas desembarcado en la isla de Elba, Napoleón se dedica plenamente a la reconstrucción y organización de su nuevo mini reino, en el cual residirá 300 días. Este periodo se caracterizará por una actividad desbordante, al ordenar el Emperador el ordenamiento del presupuesto y de la economía locales, la reparación de calles y servicios públicos, la traza y construcción de nuevas carreteras, el aprovisionamiento de recursos para Portoferrajo, el acondicionamiento de las residencias imperiales, e incluso la fortificación militar insular. Estampa alemana de la época.


Es durante esas semanas dolientes cuando la imaginación popular inventa para Napoleón un apodo enternecedor y lleno de esperanza: le Père la Violette, el « Padre la Violeta ». La razón es que el último mensaje del Emperador a sus seguidores tras la capitulación de París había ido de carácter profético: habíales anunciado que volvería junto con las violetas, flor de primavera. Y es así como esta delicada planta herbácea se convirtió en un símbolo bonapartista, señal de reunión para veteranos, fieles exaltados, entusiastas inconformes, ciudadanos desesperados y simples revoltosos que se intercambian tarjetas y viñetas sediciosas al tanto que beben a la salud y honor del Caporal Violette – el « Cabo Violeta »: Napoleón.

Por su parte, el Emperador tiene también motivos para quejarse.
Su esposa María Luisa y su hijo el Rey de Roma están lejos de él en Viena, virtualmente incautados en manos del emperador Francisco que les retiene celosamente.
Por otro lado, satisfecho de sí mismo y confiado a una cándida fatuidad, el rey Luis XVIII viola alegremente las cláusulas del tratado de Fontainebleau, que le obligaban a garantizar a Napoleón el pago de una renta anual de dos millones de francos.
Finalmente, las cortes Aliadas, nada incautas y sí bien conscientes de la inepcia del nuevo régimen y sobre todo del apoyo popular enorme y creciente de que gozaba el Emperador, temerosos de su sombra acechante y de algún potencial sobresalto, se arrepienten de haber dejado en libertad al « Usurpador » y empiezan a discutir la posibilidad de su transferencia a algún lugar perdido en los extremos del mundo; de hecho ya se habla de Santa Helena.
Por si esto fuera poco, los servicios secretos de Napoleón descubren varias conjuras simultáneas que apuntan llanamente a asesinar al Emperador, ya sea por envenenamiento o por un franco atentado físico, medio ciértamente más expeditivo que las estériles reyertas en las mesas de negociaciones.

Violetas imperiales
Imagen popular sediciosa que disimula los perfiles en silueta del Emperador, de la emperatriz, y del rey de Roma.
Es así como, menos de un año más tarde, aprovechando la ausencia imprudente del comisario inglés Campbell, partido a una excursión galante donde una dama florentina, Napoleón inicia la tentativa más extraordinaria de su epopeya y, armando una flotilla de seis navíos, se embarca el 26 de febrero de 1815 en el bergantín l’Inconstant, decidido a conquistar él solo todo el reino de Francia, acompañado tan sólo por un pequeño puñado de setecientos hombres irreductibles y cuatro piezas de cañón que le siguen siendo fieles, y contando con el apego del pueblo francés que le espera. Para entonces ya es más que claro que éste nunca ha aceptado a Luis XVIII, ese rey obeso, indolente y cobarde que, durante años, desde su cómodo sillón en el exilio y bajo el ala protectora de los ingleses, promovió guerra tras guerra contra sus propios compatriotas y que ahora se anquilosa en el trono impuesto por la fuerza por las potencias extranjeras.
Así, mientras él dormita o se lamenta horriblemente agobiado por un mal de la gota que no le deja reposo, Napoleón desembarca en Vallauris el 1º de marzo de 1815, en pleno día frente a los pescadores y agentes aduaneros atónitos, instala su vivaque en el Golfo Juan, y por lo que hoy conocemos como « La Ruta Napoleón », emprende su travesía épica, sin paralelo en la Historia universal, que le llevará en pocos días de vuelta hasta el trono de Francia.

Dejemos que sea el historiador estadounidense John Stevens Cabot Abbott (1805-1877) quien nos relate este episodio:

« Esta jornada triunfal de Napoleón por casi setecientas millas, a través del corazón de Francia, invadiendo por sí solo y sin ayuda un reino de treinta millones de habitantes, venciendo a todos los ejércitos de los borbones y recuperando el trono sin desenvainar la espada ni disparar un sólo mosquete, presenta una de las más notables instancias que se registren en cuanto al poder de una mente poderosa sobre los corazones humanos. Entusiasmo sin límites, de parte de ciudadanos y soldados, le acogieron en cada paso de su camino. Un voto más enfático a favor del Imperio no podía haber sido dado. Nunca monarca alguno gozó de título más legítimo al trono. ¡Y sin embargo, los aliados, al renovar la Guerra contra él, tuvieron sin siquiera ruborizarse el descaro de proclamar que estaban luchando por las libertades del pueblo contra la tiranía de un usurpador! En vista de semejantes logros por parte de Napoleón, no nos maravillamos de que Lamartine, su implacable enemigo político, dijera que, como hombre, “Napoleón era la mayor entre las creaciones de Dios”. »
 
Regreso de la isla de Elba, por Bellangé
En su camino a París, el 7 de marzo de 1815, en Laffrey, cerca de Vizille, una tropa formada realista sale al encuentro del Emperador a fin de llevar preso al « usurpador » ante Luis XVIII, es el 5° regimiento de línea bajo las órdenes del comandante Delessert. Después de ordenar a sus hombres bajar las armas poniendo en tierra las bocas de sus fusiles, Napoleón se apea de su caballo y camina tranquilamente hacia la tropa. Al llegar a veinte pasos del frente de batalla, abriendo su redingote y descubriendo su pecho, Napoleón se detiene y dice con voz firme y clara « ¡Soldados! Si hay uno sólo entre vosotros que quiera matar a su Emperador, puede hacerlo... ¡heme aquí! ». Un sólo clamor respondió: ¡Viva el Emperador! y tanto soldados como oficiales, echando a tierra las armas, corrieron a mezclarse con los veteranos de la isla de Elba.

 

En efecto, como lo había pronosticado, « el Águila vuela de campanario en campanario hasta las torres de Nuestra Señora » y en veinte días Napoleón arriba a París, que ya había sido abandonado a rienda suelta durante la noche del 19 de marzo por Luis XVIII.

A uno de sus personajes, un viejo granadero, Honorato de Balzac le hace decir: « ¿Habrase visto jamás a un hombre reconquistar un trono sólo mostrando su sombrero? ¡Es el mayor milagro que Dios ha hecho! »

Sabedores del avance del « Usurpador », algunos consejeros reales entre los cuales destacaba Chateaubriand, habían invitado al rey a esperar a Napoleón con el pie firme y defender las Tullerías, encarándolo. Pero hay que decir que Luis XVIII no era muy dado a los actos de bravura, y prefirió escapar en medio del llanto de sus partidarios sin siquiera llevarse sus papeles de Estado. En cambio, sí ha tenido la precaución y el tiempo de empacar los diamantes de la corona.

Luis XVIII abandonando París el 19 de marzo de 1815
Grabado romántico francés.

 

En oposición a esta escena desoladora, cuando Napoleón llega a las Tullerías en la noche del día 20, aniversario del nacimiento del Rey de Roma, estalla un alborozo popular indescriptible. De hecho está a punto de ser sofocado por los cientos de sujetos que le han esperado durante todo el día, que lo arrancan literalmente a su coche y lo llevan en hombros hasta su gabinete del palacio.
Recordando esos momentos portentosos en que había reconquistado el trono de Francia sin haber disparado un sólo tiro, Napoleón dirá más tarde: « me bastó rascar la puerta con la tabaquera ». Pero el milagro del regreso de Elba no radicaba solamente en el mirífico ascendente del Emperador y en el amor entrañable que el pueblo le profesaba. Más allá de eso, Napoleón era un símbolo vivo, era la encarnación misma de todas las esperanzas y los anhelos de los pobres y los desheredados: el honor, la dignidad, el respeto, la equidad y la justicia. No por nada era llamado, según la fórmula famosa y consagrada, « el padre del pueblo y del soldado », un sentimiento íntimo, muy hondamente enraizado en el corazón de los franceses, y que Stendhal plasmará sobre el papel sentando que « Napoleón restableció la moral del pueblo, esa es su gloria más verdadera. Se trata del hombre más grande que haya aparecido sobre la tierra desde Julio César. Él fue nuestra única religión. Cometimos más tarde infidelidades a esta religión, pero en todas las grandes circunstancias, así como la religión católica lo hace con sus fieles, retomó su imperio en nuestros corazones ».
A este testimonio con tintes de confesión, añádamos que, más allá de significar el impulso patriótico y los más altos principios y valores del respeto, de la integridad y de la defensa nacionales y populares, el Emperador será asimismo y paralelamente –siendo así percibido por la población–, la personificación de la primacía de la voluntad individual, suprema y preponderante por encima de esa aletargada, ciega, sumisa y manipulable « voluntad general » evocada por Rousseau en su Contrato Social, aquella misma que, negando la voluntad del ser invididual libre (sobre el que tanto meditaría Aristóteles, la persona de la que discurrírá más tarde Santo Tomás), constituirá décadas más tarde la esencial y avasalladora manifestación primigenia de la dictatura del sovietismo y, en nuestro tiempo actual, la del marxismo cultural que hoy en día carcome y demuele a nuestra civilización occidental mesmerizada y envilecida, espiritual y moralmente corrompida, emasculada y desfalleciente.

Se inicia entonces el breve y onírico lapso conocido como los Cien Días, poderoso periodo caracterizado por el impulso popular y el renacimiento del patriotismo libertario del pueblo francés, avivado por su líder incontestado, héroe y padre a la vez, el Emperador Napoleón.

Entrada de Napoleón en las Tullerías, el 20 de marzo de 1815
Tras la fuga del rey Luis XVIII, el Emperador es llevado en triunfo hasta su despacho por la muchedumbre delirante. Grabado romántico francés.

 

Apenas instalado en su despacho, Napoleón afirma con fuerza su voluntad de paz interior y sobre todo exterior. Pero, rechazando de entrada toda discusión, los Aliados, aterrorizados ante la situación, se apresuran a poner a Napoleón al margen de Europa el 13 de marzo en Viena. Ahora bien, como además de ser un soberano legítimo, el Emperador es apoyado por la cuasi totalidad del pueblo francés, luego entonces resulta que es Francia la que es puesta al margen de Europa...

Hay que poner mucha atención a lo que acabamos de mencionar, pues en este momento, el verdadero móvil de los enemigos de Francia sale a resplandecer en plena luz: desde la perspectiva de los soberanos coaligados, el imperdonable crimen de Napoleón –quien para Inglaterra es además el único obstáculo a su hegemonía político-comercial planetaria– es haber restaurado la soberanía del pueblo, después de haberla instaurado durante el Consulado.

 

LA SÉPTIMA COALICIÓN

« El deseo del pueblo francés, incluso formalmente expresado, no tendrá ningún efecto ni peso alguno ».
Friedrich von Gentz (1764-1832), consejero prusiano.

Al dejar la isla de Elba y emprender su camino de regreso a Francia, el Emperador había dicho, refiriéndose a sus enemigos y a los traidores de 1814: « No castigaré a nadie, oísteis, quiero olvidarlo todo, todos tenemos reproches que hacernos », y apenas instalado en las Tullerías había despachado sus propuestas de paz a los Aliados, haciéndoles saber que aceptaba el tratado de París. Con esta declaración Napoleón renunciaba formalmente y por escrito a toda reconquista de las fronteras de 1792 y además se comprometía a respetar las de 1789. El lector juzgará si es posible desplegar mejor voluntad de paz. Todo lo que el Emperador les pide a los coaligados es dejar a Francia la libre elección de su régimen político. En una carta personal, trata de convencer a los soberanos de Europa de que el Antiguo Régimen ya no conviene a la Nación francesa: « Los Borbones no quisieron asociarse ni a sus sentimientos, ni a sus costumbres. Francia tuvo que separarse de ellos. Su voz llamaba a un libertador (…). Bastante gloria ha ilustrado por turnos las banderas de las diversas naciones. Las vicisitudes de la suerte bastante han hecho suceder grandes reveses a grandes éxitos. Una arena más bella está hoy abierta a los soberanos, y soy el primero en bajar a ella ». Esa arena, era la de la paz y el buen entendimiento; la del trabajo conjunto de un pueblo hermanado.
Pero los Aliados, contrariamente a él, no estaban dispuestos a olvidar nada.

Para el 25 de marzo de 1815 ya han puesto en pie una nueva coalición, la séptima, en la que Francia se enfrentará sola contra todos y que esta vez pondrá un término definitivo a la carrera de Napoleón, luego de la derrota del ejército francés en las mesetas sombrías de Bélgica.
La auténtica cruzada que se prepara en vista de una nueva restauración de los Borbones constituye una monstruosa injerencia en los asuntos interiores de Francia, según el mismísimo calificativo de la oposición parlamentaria británica cuyo portavoz en la Cámara de los Comunes declaró que « Bonaparte ha sido recibido en Francia como un libertador. Los Borbones perdieron su trono por sus propios errores. Sería una medida monstruosa hacerle la guerra a una nación para imponerle un gobierno que no quiere ». Todo está dicho en unas cuantas palabras honestas y clarividentes: Francia está siendo víctima de un triple atentado a su Libertad, a su Soberanía y a su Independencia; se le niega el derecho a disponer de sí misma. La prensa británica no se queda atrás y el diario The Morning Chronicle interpela a Lord Castlereagh, ministro de Asuntos Exteriores en estos términos: « Los patriotas ingleses piensan que es menos contra Bonaparte que contra el espíritu de libertad que se unen los potentados del continente ». Estas líneas clarividentes –y sobre todo honradas– no son más que un eco doloroso de lo que ya varios años antes había señalado Charles James Fox, al reprochar a los parlamentarios británicos que si el Emperador era un « conquistador a su pesar » (Aubry) era porque « [los británicos] Le hicimos a Francia una ley de la conquista indefinida ». ¡Frase evidentemente desconocida pero que sin duda figuraría como el más excelente y probo epígrafe en cualquier libro sobre Napoleón!

Enfrentando a una fuerza dos veces mayor que la suya, el Emperador, con sus 300 000 hombres alzados a toda prisa, es acometido por una apisonadora de 700 000 combatientes que ataca masivamente las fronteras de Francia en tres direcciones de invasión, los Alpes (austriacos), el Rin (austro-rusos), y el Norte (anglo-prusianos). Se lleva una victoria contra los prusianos del mariscal Blücher en Ligny (16 de junio de 1815), pero no puede continuar la persecución a causa de una tormenta salvadora para el teutón, y despacha para tal efecto al mariscal Grouchy, encargado de impedir la concentración de las tropas en fuga, y de ser necesario contenerlas.
Dos días más tarde, el 18 de junio de 1815, Napoleón se enfrenta en Waterloo a los ejércitos anglo-holandeses. Contrariamente a lo planeado, se ve obligado a iniciar la batalla no al amanecer sino al medio día, cuando el terreno se ha medio secado tras una fuerte tromba nocturna que ha causado estragos, impidiendo el empleo de la artillería y el buen desempeño de la caballería en un terreno convertido en un lodazal.
Una vez iniciada, la lucha es feroz.
El príncipe de Orange muere en la refriega y, al caer la tarde, el centro inglés, que se ha mantenido en su posición en una defensa férrea, está vacilando, listo para romperse. Resignado, el duque de Wellington prepara ya la retirada de su tropas hacia la costa cuando, súbitamente, en la lejanía, entre las humaredas que se alzan como torres renegridas, hace su aparición un cuerpo armado. ¿Como en Marengo, con la llegada de Desaix, será el refuerzo el que decida la victoria?

« Es Grouchy », dice el Emperador.

Era Blücher...

Desorientado y ofuscado por su acato estricto a las órdenes, el desdichado mariscal francés se había negado a marchar al cañón, ¡y los prusianos se le habían escurrido bajo las narices hasta el campo de batalla!
Aplastados por la masa, los franceses tratan de hacer maniobras de ajuste pero son hundidos por todos los frentes. Sólo queda una esperanza. « ¡La Guardia muere y no se rinde! », exclama el heroico general Cambronne, y la Guardia (de hecho la Media Guardia, pues la Vieja se enfrentaba a los prusianos en Plancenoit), sola en medio del horno, avanza y se interna en la hoguera.
En ese momento, un traidor, un oficial realista de carabineros, llega al galope ante las filas inglesas y anuncia a los oficiales de Wellington por dónde iba a atacar la Guardia... Ésta es interceptada en su movimiento por las fuerzas británicas que, « inexplicablemente », ya la estaban esperando. Sorprendida, es recibida brutalmente con un fuego tupido y mortífero, « segada cual espigas de trigo » relatará un testigo. Los heridos entonces retrogradan, en un intento por no estorbar los movimientos de sus camaradas; pero en la atmósfera reinante de angustia y de traición ambiente, corre la voz del retroceso de los Guardias, quienes más que hombres eran un símbolo. Más que un grito, un alarido rasga las espesas cortinas de humo y fuego: « ¡la Guardia recula! ». Entonces estalla y cunde el pánico general; todo está perdido. Napoleón, cubierto de fango y con el rostro atezado, se interna en el Último Cuadro, el « Batallón Sagrado », y busca morir peleando entre sus bravos, pero es arrancado al hervidero por los generales desesperados, y se logra organizar la retirada.
El Águila acababa de replegar sus alas, esta vez para siempre, y Lord Byron lanza su sentencia como un rayo en la eternidad: « La victoria nunca antes fue echada a perder en un suelo tan imposible de aprovechar, como esta colina de estiércol de tiranía... »; y el comandante Henry Lachouque cierra con este colofón: « comprenderán que un drama se terminó aquí; el telón cayó sobre el final del último acto comenzado el 24 de junio de 1812, día en que el Ejército de Europa pasó el Niemen. La Confederación de la Europa nueva, la del Código, de la Libertad, de la Civilización mediterránea, concebida según la lección de Roma y realizada por Napoleón, se derrumbó en estos lares bajo los golpes de la Vieja Europa de la Santa Alianza. He aquí el balance de la Europa de 1815: Francia amputada, Polonia repartida, Italia recortada, Bélgica ligada a Holanda a su pesar, Alemania desgarrada, parcelación incoherente, confederación de Europa, es decir alianza de los pueblos, aplastada, barreras aduanales todos los cien kilómetros. Consecuencias: revoluciones, guerras, destrucciones, deportaciones, sangre. Imposibilidad de establecer la paz. En Santa Helena, Napoleón previó todo eso: “La aglomeración de Europa, dijo, llegará, tarde o temprano, por la fuerza de las cosas; el impulso está dado y no pienso que tras mi caída y la desaparición de mi sistema, haya en Europa otro equilibrio posible que la aglomeración de los grandes pueblos”. Hizo falta más de un siglo, media docena de revoluciones, dos guerras mundiales, la imposibilidad de concluir la paz, para que hombres de Estado europeos pensaran en rehacer lo que Napoleón había creado y Waterloo, ¡destruido! ».

Retirada del Batallón Sagrado, en Waterloo, 18 de junio de 1815
Litografía de Denis Auguste Marie Raffet (1804-1860).

 

De regreso a París, por increíble que parezca, todavía existen los medios de preparar la resistencia. La derrota en Bélgica ha sido estrepitosa, pero las pérdidas no han sido pesadas. El pueblo, como siempre, aclama a su emperador, le suplica defenderlo, le insta a defender el honor y la integridad de Francia. Pero las cámaras le dan la espalda. Talleyrand ya se entiende con el invasor, Fouché confabula en la sombra, conspirando por la eliminación de su soberano.
Tomada su decisión, el Emperador abdica una última vez, el 22 de junio, en favor de su hijo Francisco, Rey de Roma, quien se convierte en Napoleón II: « Me entrego en sacrificio al odio de los enemigos de Francia », escribe, y añade esta frase desconsolada y llena de aflicción: « Ojalá que mis enemigos sean sinceros en sus declaraciones y que no la hayan traído realmente más que contra mi persona (…) Uníos para la salud pública y para permanecer una Nación independiente ».

Apenas ha firmado su abdicación, se encuentra solo, abandonado por todos en los salones desiertos del palacio del Eliseo.
El hermano Luciano se presenta ante el Emperador y le pide reiniciar el combate. Igual a sí mismo, revolucionario hasta el fin, le aconseja instalar una « dictadura de salud pública » que permita continuar el combate, no para pretender aplastar a los coaligados, sino para arrancarles un tratado de paz; el apoyo franco y masivo del pueblo le inviste con la legitimidad democrática de continuar la lucha. El argumento, al menos en su última parte, es coherente y se sostiene, pero semejante manera de proceder equivaldría ineluctablemente a hacer correr sangre entre franceses. El soberano se rehúsa categóricamente y desiste. ¿Imponer una dictadura? ¿Acaso no es él un monarca ungido, el emperador de los franceses? Privado del apoyo de las instancias y cuerpos legales, de ninguna manera se rebajará a ser el vulgar cacique partidista de una turba callejera. Por lo demás, demasiada sangre ha sido ya derramada, sobre todo la francesa, y de ninguna manera será él quien inicie una guerra civil; no extinguió una revolución fratricida para reiniciar otra.
Otro visitante se presenta, muy inesperado éste, el ultra republicano Carnot. Es verdad que durante los Cien Días había sido nombrado ministro del Interior, pero como lo hemos visto en otros tiempos ya lejanos se había opuesto en dos ocasiones cardinales a Napoleón, votando en contra del Consulado vitalicio y más tarde contra la consagración del Emperador. Éste último, que respetaba al hombre, nunca le guardó rencor por ello; « ¡Carnot, os he conocido demasiado tarde! », exclama, y estas palabras resuenan melancólicamente en el silencio y en la soledad del palacio.
Afuera el escenario es muy distinto. Todos los días una multitud se aglutina frente a las rejas del palacio. Varios cientos, tal vez miles de individuos se amontonan y por la ventana llegan los clamores de un remolino humano compuesto por soldados, comerciantes, artesanos, obreros y campesinos. Es el pueblo de París, que de esta forma quiere impedir que se vaya: « ¡Viva el Emperador! ¡No nos abandonéis! », le imploran.
Observándolos detenidamente y pensando en todas esas personas a quien llenó de honores, de títulos y hasta de tronos, y que hoy le han dado la espalda, dice con una mirada afligida y llena de ensoñación: « a estos, nada les di; los encontré pobres y los dejo pobres ». Pero no era así; les había legado algo mucho más grande que las riquezas y los honores que se van con el viento, era la dignidad, era el honor, era un espíritu, una fe: « Felizmente, – recuerda el bravo Coignet en el ocaso de su vida –, yo había memorizado lo que el Emperador nos dijo tantas veces, que el hombre puede lo que quiere » (Veinte años de Gloria con el Emperador).

Sin duda, la historia del Imperio se confunde con una interminable y gloriosa resistencia militar, cuya duración es propiamente milagrosa. Dada la desproporción de las fuerzas en presencia, el fracaso final era ineluctable; sin embargo, su caída sólo fue una apariencia engañosa. « En 1815, concluye el General Michel Franceschi, se derribó al portador de la esperanza libertaria, pero no a la esperanza misma que se puso en hibernación. Después de un primer brote en 1830, volvería a florecer en 1848, imperial, permitiendo al pueblo volver a ceñirse su corona usurpada. Por doquier en Europa, las poblaciones se sacudieron entonces el yugo de sus opresores al grito de “¡Viva Napoleón!” ». « Meteoro destinado a arder para iluminar al mundo », su mensaje libertador retumbó en todo el planeta.

Mas por el momento el Emperador ensimismado se da la vuelta y, rodeado por fantasmas y voces lejanas, lentamente se eclipsa por la puerta que da a los Campos Elíseos. Enseguida, por « invitación » apremiante del gobierno provisional presidido por Fouché, sale de la ciudad de París.

Napoleón I en Fontainebleau en 1814
Óleo de Paul Delaroche (1797-1859).

 

CONSIDERACIONES A MANERA DE EPÍLOGO

« Su vida brilló con un esplendor del que el mundo jamás había sido testigo, y es dudoso que se capaz de poderlo ver otra vez »

« El mundo no avanza más que gracias a quienes se oponen a él »
Johann Wolfgang von Goethe.

Así es como se cierra el trágico capítulo de lo que erróneamente se conoce, en virtud de un vicioso y falaz artificio semántico y una hábil propaganda cultivada en toda libertad a partir de 1815, divulgada hasta nuestros días complacientemente por los manuales escolares orientados y difundida a placer por autores, docentes y periodistas que hallan en ella un fructuoso fondo de comercio, lo que erróneamente se conoce, decíamos, como las pseudo « Guerras Napoleónicas », serie prácticamente ininterrumpida de cruentos y alevosos conflictos por procuración que deben ser llamados « Guerras de las Coaliciones », pues fueron, todos y cada uno, impúdicamente promovidos y financiados por Inglaterra e ideados por sus codiciosos dirigentes: William Pitt, Lord Castealreagh, Lord Liverpool y demás oligarcas desalmados, verdaderos vampiros sin escrúpulos responsables de toda esa sangre y auténticos carniceros de Europa.
En efecto, las ambiciones hegemonistas de Albión, ese país de mercantis y usureros, « nación de tenderos » llamábale el Emperador, le habrán costado la vida a unos seis millones de hombres en los campos de batalla, sin contar las incalculables pérdidas colaterales, y representado para el gabinete de Londres la suma de –nada menos– 66 millones de libras de oro entre 1794 y 1815 (la mitad de éstas pagadas entre 1811 y 1815), destinadas a financiar el terrorismo de Estado, los atentados políticos y civiles, las incautaciones, los piratajes, los asesinatos y guerras sin fin en el continente europeo y más allá. ¡Qué contraste en relación al gran hombre de paz que clamaba que « una guerra entre europeos es una guerra civil »!

 

Observemos con atención, pues ningún manual oficial se detendrá jamás en este punto, que para evitar revoluciones sangrientas Napoleón no buscó nunca sublevar a los pueblos contra sus déspotas, ¡procedimiento que éstos últimos intentaron en vano contra él! Aun cuando tras la victoria ocupase su capital, no emprendió nunca –con la excepción justificada de los Borbones de Nápoles– derrocar sus viejos regímenes absolutistas, tratando en cambio de sellar con ellos alianzas de paz y constituir una relación durable y de buen entendimiento. En cierto modo, podemos incluso afirmar que la causa primera de la caída final del Emperador Napoleón se debe sin duda a su excesiva benevolencia para con las dinastías reinantes; de hecho se roería después los puños por ello en Santa Helena, quejándose de que « Aunque en nombre de los soberanos se me haya proclamado “moderno Atila”, “Robespierre a caballo”, todos saben en el fondo de su corazón que ellos descienden de él. ¡De haberlo sido yo, tal vez reinaría aún, pero ellos, bien seguramente y desde hace mucho, no reinarían más! ». Es también patente que en todas las guerras que le fueron impuestas, Napoleón dio muestra de una moderación que hoy nos parece incomprensible. ¿Cuántas veces no acabó una victoria con tal de detener la efusión de sangre, creyendo cándidamente –o mejor dicho, queriendo creer– que el enemigo le estaría agradecido por su clemencia? Así sucedió en Austerlitz, en Friedland, en Wagram, en la Moskova, en Bautzen, etc.
¿Y qué decir de las sempiternas peticiones de paz realizadas por el Emperador, por no citar aquí en lo inmediato más que las hechas a Inglaterra, todas y cada una rechazadas sistemáticamente y con desdeño por el Gabinete de Saint-James: 1799, 1803, 1805, 1806, 1808, 1812, 1813, 1815…?
Ahora, pregúntese el lector:
¿Por qué nunca son citadas en los manuales escolares?
¿Por qué se omiten invariablemente en las series televisivas, en las reseñas editoriales y en los reportajes y documentales supuestamente serios ?
¿Por qué se olvidan sistemáticamente en las « enciclopedias », impresas o digitales, no obstante destinadas, teóricamente, a ilustrar al público en general?
¿Por qué se descartan de oficio en los medios de comunicación?
Más inquietante aún: ¿por qué los « especialistas » asalariados (a menudo auto-proclamados), supuestamente dedicados y para ello remunerados a enseñar la historia de Napoleón y defender su obra y legado contra los asaltos de sus detractores y enemigos, no hacen mención de ellas?...
Y finalmente, ¿por qué son precisamente dichos « especialistas » institucionalizados los que, invariablemente, son convocados por dichos medios de comunicación?

Sin desear abundar en este tipo de cuestiones, terminemos resaltando junto con el general Michel Franceschi que, contrariamente al estereotipo mostrenco pero siempre divulgado y remachado hasta el hastío, Napoleón no fue un conquistador, inversamente a los dos « monstruos sagrados » de la Historia a los que se le compara frecuentemente, Alejandro Magno y Julio César. Como lo hemos demostrado en estos sucintos párrafos, el Emperador nunca tuvo como fin la conquista de los países y la dominación de los pueblos. Su persistente e intangible finalidad en la guerra se limitó siempre a la anulación del ejército enemigo y siempre agresor con el único objetivo de lograr una apertura de negociaciones de paz. Incluso la expedición de Egipto, la que más presenta la apariencia de una conquista y cuyo origen ni siquiera puede achacársele exclusivamente a él (el proyecto primigenio es obra del político y filósofo Leibniz durante el reinado de Luis XIV, retomado enseguida por el conde de Choiseul bajo Luis XV), no debe ser entendida más que como lo que fue, una operación de gran geoestrategia indirecta en remplazo del entonces imposible desembarco en Inglaterra. ¿Acaso Napoleón no había proferido –y demostrado con sus innumerables leyes e instituciones– que: « Las verdaderas conquistas son las que se hacen sobre la ignorancia »? En cambio, mientras los fundamentos juridico-legales del mundo libre contemporáneo reposan plenamente en la colosal obra civil y legislativa del Emperador Napoleón, ¿qué dejaron sus enemigos a la posteridad?

Retrato del Emperador
Último retrato de Napoleón, pintado durante los Cien Días. Erróneamente atribuida a Prud’hon, debemos esta bella obra, símbolo de nuestro Instituto, al barón François Gérard (1770-1837).
Por otro lado, el Emperador tampoco buscó jamás destruir a los reyes como han dicho a tontas y a locas ideólogos y sofistas iconoclastas y corruptores, deseosos de recuperar su figura histórica y aprovecharla para diseminar su desinformación y alcanzar sus propios fines deletéreos. En Santa Helena, Napoleón se explayó muy claramente acerca de « la causa que hice triunfar por doquier, regenerar a los pueblos por (es decir, a tavés de) sus reyes », misma que, agregaba, incumbiría a su hijo continuar.
El 21 de enero de 1798, el arrogante Directorio había organizado una « fiesta » para celebrar el asesinato del rey Luis XVI. Profundamente agraviado, aquel jovencito que no era entonces más que el general Bonaparte y nunca temió jugarse el pellejo, escribió de inmediato al Directorio que « celebrar la muerte de un hombre por medio de una fiesta no puede ser nunca el acto de un gobierno, sino el de una facción y de un club de sangre »; unos años después sería él mismo quien suprimiera esta celebración abyecta, así como ordenaría el restablecimiento de la fiesta de santa Juana de Arco en Orleáns y la restauración de las tumbas reales en la basílica de San Dionisio, odiosa y bestialmente saqueada por los revolucionarios en 1793.

En el mismo registro, también se pronunció claramente sobre la inmolación monstruosa de la reina: «...debe ser motivo de gran pesar para todos los corazones franceses el crimen cometido en la persona de esta desdichada reina. Hay una gran diferencia entre su muerte y la de Luis XVI, aunque, ciertamente, él tampoco merecía su desgracia. [María Antonieta que] era una mujer que no tenía honores, que no era más que una princesa extranjera, una rehén sagrada, fue llevada de un trono a la guillotina pasando por todo tipo de ultrajes ¡Hay allí algo peor que el regicidio! ».
En cuanto al pequeño niño rey y mártir Luis XVII, sería igualmente objeto de una mención específica del Emperador, plasmada durante su deportación: « El 8 de junio, Luis XVII había muerto víctima de los tratos odiosos que había recibido en su prisión ». Y es que, ¿acaso podía el Emperador ser insensible a éste abominable infanticidio, dado el horror criminal intrínseco del mismo, evidentemente, mas también al ser padre él mismo de un predestinado soberano en ciernes –el pequeño Rey de Roma– presunto heredero del gran imperio napoleónico pero también, en cierto modo, del espectral Santo Imperio Romano Germánico? Infante providencial en virtud de cuyo nacimiento, estirpe y condición reales deberían volcarse contra el Emperador, con ensañamiento e ímpetu redoblados, la feroz Albión, naturalmente, pero a la par de ella también todo el resentimiento y la vindicta de las viperinas élites masónicas, amargadas desde 1804 (año de la Consagración y del coronamiento), alarmadas en 1807 (por el acercamiento a la Rusia zarista y la supuesta amistad en germen de Napoleón con el zar Alejandro) y, a partir de 1809 (en virtud de la alianza de sangre con la dinastía Habsburgo), abierta y ferozmente hostiles al ver paulatinamente:

1) Descartado y desplazado por la dinastía napoleónida su monstruoso y sanguinario aborto liberal – la república francesa y su oligárquica pseudo democracia representativa, ésta última fundamento del poder bancario institucionalizado y del mercado especulativo, de la finanza basada en la usura, de los falsificadores de moneda y de la mezquindad burguesa.
2) Abismadas sus veleidades de imponer un mercantilismo bancario-financiero expansionista (zoclo y vector materiales de las aspiraciones de los nómadas financieros depredadores por suprimir las estructuras morales y las fronteras territoriales, por abolir la independencia y la soberanía nacionales, por minar toda moral y confundir en un sólo magma amorfo e impersonal, apátrida, deletéreo y carente de toda identidad o valor particulares a todos los pueblos una vez desarraigados y desposeídos) gracias a la economia nacional y proteccionista agraria e industrial del Consulado y ulteriormente del Imperio, adversaria del régimen de la deuda pública y del empréstito – « a la vez inmoral y funesto; [pues] impone por adelantado a las generaciones futuras; sacrifica al momento presente lo que los hombres tienen más caro, el bienestar de sus niños; arruina insensiblemente el edificio público y condena a una generación a las maldiciones de las que la siguen », basada en la propiedad territorial y el amor y el respeto a la tierra, abocada a garantizar la defensa y la protección del pueblo (lo cual, lo hemos dicho, le valdría a Napoleón –y Balzac no se cansará de redundar en ello– el muy significativo sobrenombre de « padre del pueblo »). El Emperador ciertamente no se andaba por las ramas cuando advertía que « los financieros no tienen patriotismo y no tienen decencia; su único objetivo es la ganancia ». Pero tampoco lo hacía el banquero francfortés Jacobo « James » Rotschild, quien, emigrado a París en 1812, y operando como representante local de su hermano Nathan, enquistado éste en Londres, minaba en secreto al Imperio napoleónico canalizando subrepticiamente fondos franceses para alimentar las campañas militares de Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington (11 de mayo de 1814).
3) Restablecida la Iglesia católica en Francia y, junto con ella, un sistema social de protección obrera y campesina a la vez tradicionalista y vanguardista que prefigurará al catolicismo social puesto de facto en acción más tarde por su sobrino, Napoleón III (ver al respecto, de Renée Casin: Napoléon III ou le catholicisme social en action; 1995), y que subsiguientemente, ya formalmente institucionalizado bajo dicha apelación, y aunque con formas más tradicionales y una orientación doctrinal más conservadora, será llevado a su máxima expresión por el legitimista conde Albert de Mun.
4) Por dicha Iglesia, en la Catedral de Nuestra Señora de París y de la mano misma del propio Vicario de Cristo, sacralizada enseguida la consagración monárquica del « nuevo Constantino », con la triple unción solemne y religiosa del nuevo fundador dinasta de derecho divino, « Emperador por la gracia de Dios » (domingo 2 de diciembre de 1804).
5) A partir de 1807 con el tratado franco-ruso de paz en Tilsit, muy gravemente amenazadas las aspiraciones británicas de una completa hegemonía comercial y mercantil mundial (ya gravemente comprometida por la posesión francesa de los puertos nórdicos de Bélgica y de los Países Bajos), al dejar dicho convenio vislumbrar la concreción de una alianza transcontinental que, de lograr fructificar, conllevaría la potestad conjunta de la Europa atlantico-mediterránea bajo la tutela e/o influencia napoleónicos (extendiéndose en 1811 de Gibraltar hasta Polonia), y de los bloques territoriales que el geoestratega inglés Halford Mackinder denominará, un siglo después en su Teoría del Corazón Continental (1904), el « Heartland » euroasiático, núcleo medular y bisagra geopolíticos sobre los cuales se fundamentan y articulan el dominio y el control planetarios.

En resumen, siempre atacado, el Emperador Napoleón, gran reconciliador, único soberano de su tiempo en plantarle cara y combatir en un duelo sin cuartel a la pérfida Albión –al imperium británico del saqueo, de la expoliación, del terrorismo, de la explotación y de la muerte– y a la casta de usureros de la finanza especulativa, viril campeón del Estado-nación y de los sublimes principios del honor, de la patria, del orden y del trabajo, de la civilización latina y cristiana, de la familia y del arraigo al país y a la tierra –todo aquello que la oligarquía cosmopolita apátrida y la alta finanza internacionalista execran y vomitan– no hizo más que defender con uñas y dientes a la Francia nueva y al país real afrontando a siete implacables coaliciones militares, auténticas expediciones punitivas en masa lanzadas contra su persona y los arriba mencionados ideales que encarnaba, cuando la gigantesca obra de construcción civil de la refundación de Francia que él había abierto requería toda su energía y era, fundamentalmente, incompatible con los azares y enormes riesgos de las aventuras militares. Sin haber nunca deseado y menos querido la conmoción, el cambio radical, pero participando activamente en él voluntariamente o a su pesar según el caso, lo había fecundado. « En esta inmensa lucha del presente contra el pasado, soy el árbitro y el mediador natural » concluiría, bien consciente de haberse encontrado en el eje mismo de dos épocas, en la encrucijada paradigmática de dos tiempos, de dos placas tectónicas históricos.
Un contemporáneo de la epopeya, el general barón Pelet fue uno de los primeros en comprender toda la amplitud y el alcance esta asombrosa coyuntura, y así lo consigna con gran sutileza en su obra Cuadro de las Campañas de Napoleón en el Continente de Europa por un testigo ocular: « Napoleón, muy por encima de sus victorias y de las ambiciones ordinarias, se había impuesto la más bella, la más grande de las misiones. Dominando Europa a consecuencia de la constante coalición de sus enemigos, de sus ataques perpetuos, de su rechazo obstinado de la paz general, había sabido juzgar inevitable la regeneración moderna y pretendía dirigirla. Colocado en el más alto punto de las Luces [la Ilustración], por encima de los intereses como de las pasiones, había podido pesar las necesidades del tiempo ».

Foto: Eric Pouhier (detalle).
Estatua ecuestre del Emperador y rey Napoleón I
Escultura de Armand Le Veel (1821-1905), en el puerto de Cherbourg, señalando a Inglaterra.

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Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 

EL FIN

« La muerte no es nada; pero vivir vencido y sin gloria, es morir todos los días »
Napoleón.

« Vivo no había conseguido el mundo. Muerto, lo conquista »
Vizconde François-René de Chateaubriand.

Arribado al sur de Francia, de paso por Rochefort y enseguida haciendo su última etapa en la isla de Aix, la semana del 8 al 15 de julio de 1815, el Emperador está acompañado por una pequeña comitiva que concibe una serie de proyectos para transladarlo a América, a los Estados Unidos o a México, a fin de establecerse e iniciar en el Nuevo Continente una nueva vida. Sin embargo Napoleón renuncia a la idea de una fuga, improcedente con su título y su dignidad y, en cambio, cual Temístocles el ateniense, decide ponerse bajo la protección de las leyes de su peor enemigo. Redacta estas líneas históricas y llenas de honor y grandeza dirigidas al entonces príncipe Regente de Inglaterra, futuro rey Jorge IV:

« Alteza Real,

Confrontado a las facciones que dividen a mi país, y a la enemistad de las mayores potencias de Europa, he terminado mi carrera política y vengo, como Temístocles, a buscar amparo en el hogar del pueblo británico.
Me pongo bajo la protección de sus leyes, que reclamo de Vuestra Alteza Real, como del más poderoso, del más constante y más generoso de mis enemigos.

Napoleón ».

 

Ciertamente la corte de Inglaterra no se esperaba a tanto, y mucho menos lo hacía el destinatario del egregio llamado, personaje frívolo, engreído y fatuo que, con su silencio displiscente, se enfangaba desde ya en una imperecedera marisma de deshonor y desdoro que Napoleón conceptuaría más tarde con la fórmula siguiente, referida por el conde de Las Cases: « Este soberano se compromete, se degrada, se pierde en mí »...

El 15 de julio a las seis horas, rodeado por estrepitosos « ¡Viva el Emperador! » emitidos por cien hombres en llantos y cuyo corazón sangra, Napoleón se embarca en el Belerofonte, navío inglés de 74 cañones.
A bordo, el capitán Maitland, ansioso y trémulo, todavía un poco incrédulo, le pregunta al señor Andrew Mott, su segundo a bordo: « ¿Le tenéis? »...

El 23 de julio, a la altura de la isla de Ouessant (Bretaña), a través de su catalejo de Austerlitz, el Emperador Napoleón contempla la tierra de Francia una última vez.

Último adiós a Francia
Litografía de Denis-Auguste Raffet (1804-1860).

 

Napoleón es llevado a las costas de Portsmouth donde el 25 de julio tiene lugar un espectáculo extraordinario e inesperado en la pequeña localidad de Torbey, en cuya rada, desde el día anterior, se encuentra anclado el Belerofonte.
Desde el día 24, los habitantes de la región, curiosos y anhelantes por ver al hombre que durante 15 años llenó sus pensamientos cotidianos de curiosidad, de fascinación y de terror, se han reunido en torno al buque del prisionero, y el 25, las balsas y embarcaciones diversas son ya tantas, que tapizan el mar y éste no se distingue más. En ese bullicio improvisado, surge de repente la silueta fantástica de Napoleón. Sin aviso ni señal alguna acaba de aparecer en la cubierta, y se presenta a las ojeadas estupefactas de tan dispar y caótico público. Tras un brevísimo murmullo, casi sordo, el « Ogro corso » levanta su sombrero y, con la mayor sencillez, saluda a la multitud atónita. Un breve silencio casi palpable inunda la atmósfera. Súbitamente, el espacio es desgarrado por un grito lejano, al cual sigue otro, y otro más, e inmediatamente las ovaciones son tantas y tales, que el Emperador, desconcertado ante un clamor popular tan intenso como inesperado, repite su gesto algunas veces más, antes de desaparecer por donde salió, frente a la miradas azoradas de los oficiales británicos acoquinados.
Ese mismo día, 25 de julio, Lord Liverpool escribe: « Santa Helena es el lugar del mundo mejor elegido para encerrar a semejante personaje. A tal distancia y en semejante lugar, toda intriga le resultará imposible, y, alejado de Europa, pronto será olvidado ».
En efecto, el Emperador, sin haber podido pisar el suelo insular, y por ende privándosele de toda posibilidad de recurir al writ de habeas corpus que pretendía reclamar a las autoridades gubernamentales británicas, se entera de que Inglaterra le niega su título de emperador y le ha clasificado como « prisionero de guerra ».
Así, engañándolo como sólo ella sabe hacerlo, pues el comandante inglés había afirmado que « recibiría a Napoleón a bordo de su nave y le conduciría a Inglaterra si lo deseaba », asegurándole que sería allí bien recibido y cobijado, Albión le retiene prisionero a bordo y enseguida le deporta a traición, confinándole en un tenebroso y remoto peñasco perdido en el hemisferio austral, la roca más aislada del océano Atlántico, distante de 1900 kilómetros de las costas de África y 2900 kilómetros del Brasil, llamado Santa Helena, « isla cagada por el diablo en su vuelo de un mundo a otro », según el decir de Madama Bertrand...

Plano de la isla Santa Helena
La isla fatal en un mapa de 1764 por el geógrafo Jacques-Nicolas Bellin (1703-1772).

 

Una vez desembarcado el pequeño remanente de la corte Imperial en el pequeño puerto de Jamestown, al caer la tarde del 16 de octubre, para los ingleses está fuera de toda discusión poner a disposición del monarca caído la residencia del gobernador, Plantation House, la edificación principal de la isla y más o menos digna de recibir al antiguo soberano. Al contrario, al llegar, el prisionero, a quien de manera despectiva ya no se le llama más que « el general Buonaparte », será confinado en una vieja granja para animales, « aglomeración de barracas construidas para servir de abrigo a las bestias de ganado », precisa Lord Rosebery, húmeda, eternamente golpeada por los vientos e infestada de insectos y ratas, éstas últimas que circulaban en manadas bajo la duela podrida, incluso en plena superficie, y que eran tantas y tan hambrientas, que se comían a las gallinas del recinto y les mordían los muslos a los caballos. « Nunca he visto ninguna habitación humana en semejante estado de enmohecimiento y de humedad », se indigna el médico militar Barry O’Meara, quien ha ingresado en la recámara del Emperador, donde el papel tapiz en jirones se cae en pedazos pútridos y en la que los residentes tendrán incluso que secar los naipes con una plancha previamente a poder utilizarlos durante su tiempo de recreo.
Un día, en un momento de abandono, entreviendo una catástrofe que le parecía inevitable y que suponía ordenada, dice a Las Cases: « Me espero a todo, me matarán aquí, es seguro », detallando en otra ocasión: « Me están matando a alfilerazos. La falta de todo aquello que puede sostener la vida me llevará pronto al sepulcro ». A veces se despierta a media noche, tras un sueño agitado, y busca a su hijo amado entre las sombras. Pero todo lo que le responde es el sonido sordo de la lluvia que golpea los postigos de su ventana o que destila lánguidamente de los plafones cubiertos con cartón embadurnado de alquitrán, substancia bituminosa que, en tiempo de verano, vuelve la atmósfera de la habitación sofocante, asfixiante. En otra ocasión, remembrando lo que ha sido y no será más, acongojado por lo desesperanzado de su situación, suspira de lo alto de su peñón, árido monte calvario oceánico: « Sólo el infortunio le faltaba a mi renombre. He llevado la Corona Imperial de Francia, la Corona de Hierro de Italia; y ahora Inglaterra me ha dado otra más grande aún y más gloriosa, –la que fue llevada por el Salvador de Mundo–, una Corona de Espinas ».
Y un tiempo después, el 1° de enero de 1817, cuando el médico irlandés arriba citado acude para presentarle sus buenos deseos de año nuevo, el imperial cautivo le responde: « Tal vez me moriré y será lo mejor, explica, porque no puedo estar peor de lo que estoy ». Afirmación en su última parte errónea, como lo veremos a continuación.
Muy lejos de allí, desde Roma, el papa Pío VII reiteraba sus instancias al gabinete de Londres: « Saber que este infortunado sufriría por nosotros es ya casi un suplicio sobre todo en el momento en que pide un sacerdote para reconciliarse con Dios. No queremos, no podemos, no debemos, no debemos participar en nada en los males que sobrelleve, deseamos al contrario desde lo más profundo de nuestro corazón que se los aligere y que se le haga la vida más dulce. Pedid esta gracia al príncipe regente de Inglaterra ».

Sin que el monarca británico condescendiera nunca a dar la menor respuesta a estos ruegos, en Longwood, postrado en la soledad de su prisión, abandonado a sus recuerdos y pesares, inmerso en la intimidad profunda de sus sentimientos, de su fe y de sus meditaciones, el coloso todavía será temido por sus captores. Relegado en una planicie yerma y rodeada de precipicios y barrancas escarpadas, será custodiado en permanencia por una guarnición de 5000 soldados, 500 cañones, y una flotilla en maniobras perpetuas.

Napoleón en Santa Helena dictando sus memorias a Las Cases
Esbozo al óleo de Ary Scheffer (1795-1858).
Esta vigilancia desproporcionada, surrealista, aunada al « hospedaje » del prisionero, le costaban a Inglaterra la suma propiamente descomunal de £ 300 000 anuales, según palabras del propio rey Jorge IV, es decir más de 3 000 000 de francos oro. Para darnos una idea más clara de la fabulosa magnitud de estas cifras, precisemos que esta suma es el equivalente de 60 millones de francos del año 2000, motivo –toda persona lúcida y de buena fe convendrá en ello– más que suficiente para justificar la eliminación del indeseable y oneroso « perturbador del reposo público ».
Así pues, sumido en la impotencia, en la desesperación y en el olvido, pasaban los años y junto con ellos se extinguía la vida del Emperador, cuya salud empezó a menguar; a deteriorarse de forma extraña.

En efecto, tras haber sido envenenado metódicamente con dosis sistemáticas de arsénico mineral (raticida), como se demostró científicamente en sendos e irrefutables análisis llevados a cabo en 2003 y en 2005, aislado de sus seres queridos y presa de una lenta y dolorosa agonía, « el Emperador devolvió a Dios el más poderoso soplo de vida que animó jamás a la arcilla humana », según la expresión memorable del vizconde de Chateaubriand, a las 17:49 horas del 5 de mayo de 1821. Los tres minutos previos de su muerte, « rindió tres suspiros », nos dice el gran Mariscal Bertrand, quien añade que « en la noche, el Emperador había pronunciado el nombre de su hijo antes del de: “a la cabeza del ejército”. El día anterior, había preguntado dos veces: “¿cómo se llama mi hijo?”. Marchand había respondido: “Napoleón” ».
Sus últimas palabras para la historia serían sonidos inarticulados que, según lo refiere Marchand, fueron traducidos por « Francia… mi hijo… ejército… ». Otros, creen distinguir, en el efluvio difuso de un íntimo susurro: « Josefina » …

Así, acompañado en su lecho de muerte por un puñado de fieles, Napoleón fallece « en la religión apostólica y romana en cuyo seno h[a] nacido », según lo había consignado en su testamento algunos días antes. Ha sufrido durante más de cinco interminables años vejaciones y privaciones sórdidas y permanentes, que por siempre mancillarán de vergüenza y de ignominia a aquellos quienes tan bajamente se las infligieron: « Mi muerte es el resultado de una serie de ultrajes dignos de la mano que me los prodigó. Yo había venido a sentarme junto a los lares del pueblo británico, en demanda de una hospitalidad leal; y he aquí que, contra todos los derechos imperantes sobre la tierra, me respondieron con las cadenas… Pero, sin duda, a Inglaterra le estaba reservado sorprender y arrastrar a los reyes europeos a dar al mundo el espectáculo inaudito de cuatro grandes potencias encarnizadas contra un sólo hombre. ¿Y cómo me habéis tratado desde que fui desterrado? No hay una indignidad, no hay un horror que no os hayáis complacido en infligirme. Me habéis asesinado incesantemente en detalle, con premeditación, y el infame Hudson ha sido el verdugo de vuestros ministros. ¡Acabaréis como la altanera república de Venecia, y yo, moribundo en este peñón espantoso, privado de los medios y careciendo de todo, lego el oprobio y el horror de mi muerte a la familia reinante de Inglaterra ». Terrible anatema. Así se lo había expresado el 20 de abril a Bertrand bajo la forma de una patibularia oración fúnebre que se vería sucintamente recalcada en su testamento: « Muero prematuramente, asesinado por la oligarquía inglesa y su sicario. El pueblo inglés no tardará en vengarme ».
Muy lejos de ahí, bajo las bóvedas del Parlamento británico, Lord Holland, indignado y ultrajado, enunciaba con admirable arrojo que « ¡Europa entera lleva el luto del héroe; y quienes han contribuido a esta fechoría están destinados al desprecio de las generaciones presentes así como al de la posteridad! »

 
Tumba de Napoleón en Santa Helena
Pequeña y modesta, compuesta por tres losas tumularias sin nombre ni epitafio alguno y bordeada por un sencillo enrejado circular, fue ubicada en el Valle del Geranio, una hondanada plácida y aereada aunque de acceso abrupto situada al pie de los acantilados del « Bol de ponche del Diablo ». Estaba rodeada en aquel tiempo por dos frondosos y melancólicos sauces llorones (progresivamente deshojados y entallados hasta su extinción por los coleccionistas de reliquias) y situada cerca de una fuente donde en una ocasión, en el transcurso de un paseo a caballo, Napoleón sació su sed y halló cierto solaz. La bondadosa fuente seviría desde ese día para proveer de agua fresca al Emperador hasta el fin de su vida, y, a partir de entonces, a los innumerables peregrinos que acudían de todas partes del mundo para visitar y honrar el sepulcro. Litografía de la época por Villeneuve.

 

Tras la muerte heroica del mártir de Santa Helena, el gobernador de la isla, Sir Hudson Lowe, burócrata inflexible e intransigente, neurótico obesivo y probablemente paranoico, siempre fiel a su naturaleza cerril y cuya infamia a la larga le costaría el escarnio incluso de sus propios compatriotas, se negará pertinazmente a inscribir sobre la losa sepulcral el nombre « NAPOLEÓN », quedando pues ésta llana y en blanco... Para él como para la despiadada Inglaterra, jamás existió el soberano, tan sólo el « general Buonaparte »… En aquel entonces, el hosco y obtuso carcelero no podía adivinar que, escasos 19 años más tarde, él mismo asistiría absorto al retorno triunfal del Emperador a París y presenciaría la misa solemne que le es ofrendada en la iglesia de Los Inválidos al son egregio y radiante del Oficio de los Mártires, ni que 34 años después, el 24 de agosto de 1855, la reina Victoria de Gran Bretaña iría personalmente a rezar (o en todo caso a fingir hacerlo) bajo el Domo dorado de Los Inválidos, al pie de la tumba del gran Emperador Napoleón, gigante sin paralelo en la Historia universal, fuente inagotable de inspiración y semilla de siembra cuya figura supo infundir a los pueblos orgullo y valor, un ideal de gloria y de grandeza inextinguibles que aún hoy nos inspiran y deslumbran, imprimiendo a la vez –conformemente al visionario vaticinio de Goethe– una huella profunda e indeleble en las arenas de los siglos. « Y yo, extranjero a Francia, compatriota de los verdugos de Napoleón, quise echar algunas flores sobre su tumba, para esconder el oprobio de mi país », se lamentará a su vez Lord Byron, él mismo memorable exiliado.

En efecto, por petición expresa del rey Luis Felipe de Orleáns, las cenizas (expresión para designar figurativamente los restos físicos) del gran monarca habían sido restituidas a Francia en 1840 y depositadas entre las bóvedas marmóreas de Los Inválidos, preciosamente resguardadas bajo el áureo Domo « a orillas del Sena, en medio de ese pueblo francés al que tanto am[ó] », donde, a pesar de « los envidiosos y de los mediocres », como pronosticaba el comandante Lachouque, reposa y reposará para siempre, en la gloria eterna, hasta que se acabe el mundo.

 

Tumba del S.M. el Emperador y Rey Napoleón I
Iglesia San Luis del Hotel de Los Inválidos, en París.
« La tumba del Emperador, para franceses de 20 años, no es el lugar de la paz, el filosófico foso en el que un pobre cuerpo que tanto se agitó se deshace; es el crucero de todas las energías que se llaman audacia, voluntad, apetito. Desde hace cien años, la imaginación por doquier dispersada se concentra en este punto. Soterrad por el pensamiento esta cripta en la que lo sublime está situado; nivelad la historia, suprimid a Napoleón: aniquiláis la imaginación condensada del siglo. No se oye aquí el silencio de los muertos, sino un rumor heroico; este pozo bajo el domo, es el clarín épico donde remolinea el soplo por el cual toda la juventud tiene el pelo erizado ».
Maurice Barrès,
Le roman de l’énergie nationale. Tomo 1, Les déracinés. 1897.
   
Bibliografía: Lista de autores napoleónicos recomendados.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

 


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