
El Instituto Napoleónico
México-Francia orgullosamante presenta:
CRÓNICAS
DEL CONSULADO
Primera
Parte |
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Una mirada a la
historia verdadera del Emperador Napoleón
I, de su obra y de su legado
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La
victoria de Valmy,
el 20 de Septiembre
de 1792,
por Jean-Baptiste
Mauzaisse, 1835 |
El 20 de septiembre
de 1792 el ejército
invasor prusiano es
derrotado en Valmy,
al este de París,
por los soldados de
la Nación del
general Dumouriez
(1739-1823). Hambrientos,
mal entrenados y a
veces sin armas, pero
defendiendo a su patria
y su « libertad
». Este terrible
descalabro marca para
los ejércitos
coaligados a sueldo
de Inglaterra la primera
de una serie de punzantes
derrotas que se prolongará
por cerca de veinte
años. Presente
en el campo de batalla,
el poeta inmortal
Goethe dijo, tras
la refriega, en una
reunión de
oficiales: «
Aquí, y el
día de hoy,
comienza una nueva
época de la
Historia Universal,
y siempre podréis
decir que estuvisteis
presentes ». |
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| LA
SED DE REVANCHA DE LOS VENCIDOS |
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«
[Debemos] aplastar
a Francia por el terror,
exterminando a una gran
porción de la parte
activa y la casi totalidad
de la parte dirigente
de la nación
». |
Conde de Mercy-Argenteau,
representante de la corte
de Viena. |
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Los
reveses militares a repetición
sufridos durante años ante
los ejércitos franceses dejaron
en el espíritu de los vencidos
un vivo sentimiento de humillación,
principalmente en Austria. Las derrotas
fueron sancionadas por importantes
amputaciones territoriales. Está
en la naturaleza de las cosas el que
una irreprimible sed de venganza anime
a los vencidos, que no esperan más
que una ocasión propicia para
lavar el ultraje de sus crueles derrotas
y recobrar sus posesiones de antaño.
Para Austria, las
pérdidas territoriales son
considerables. Por el tratado de Lunéville,
firmado en su propio nombre pero igualmente
en calidad de mandatario del Imperio
germánico, ésta paga
muy caramente las derrotas de sus
guerras incesantes contra Francia
en Italia y en Alemania. El Santo
Imperio debe reconocer el Rin como
frontera natural de la nueva Francia.
Francia ve por fin realizarse un viejo
sueño vanamente perseguido
desde hacía siglos. ¿No
se decía acaso: « Quand
la France boira le Rhin, la Gaule
aura sa fin »? (Cuando
Francia beba el Rin, Galia tendrá
su fin). El Santo Imperio confirma
el abandono de las «
provincias bélgicas »
y reconoce las repúblicas
Batava (Holanda) y Suiza. Por añadidura,
Francia obtiene un derecho de fiscalización
en los asuntos alemanes, en la perspectiva
de alejar la amenaza al Este. Pero
en prenda de paz, abandona sus plazas
fuertes de la orilla derecha del Rin.
En Italia, Lunéville
ratifica las pérdidas austriacas
del congreso de Rastadt
del 30 de noviembre de 1797. Su frontera
se fija en el Adigio. Debe reconocer
las repúblicas Cisalpina y
Ligurina y consentir el intercambio
del gran ducado de Toscana contra
el arzobispado de Salzburgo.
En dos palabras, moralmente
herida y considerablemente amputada,
Austria sale de la guerra llena de
un rencor vengativo.
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«
Bonaparte
Primer Cónsul vuelve
a enfundar la espada tras
la paz general
», de Alexis Chataignier.
Estampa de 1801-1802 que
celebra la obra de «
Bonaparte Pacificador
» desde el tratado
de Lunéville (9
de febrero de 1801) hasta
la Paz de Amiens (25 de
marzo de 1802). |
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| Los
cambios geográficos en Europa.
A la izquierda, el continente en 1772,
antes del despedazamiento de Polonia y
la desaparición del Santo Imperio
Romano Germánico. A la derecha,
Europa tras el tratado de Amiens. A pesar
de la nueva frontera francesa del Rin,
el equilibrio europeo no ha sido alterado.
(Mapas del Sr. Jean-François Krause). |
El
tratado de Amiens pone fin por su
parte a la guerra entre Francia e Inglaterra.
España y Holanda se han asociado a
él. Inglaterra devuelve a Francia las
Antillas y los establecimientos de la India.
Conserva Trinidad, sustraída a España,
y Ceilán, arrebatada a Holanda. Restituye
el Cabo a ésta última. Y sobre
todo, se compromete a evacuar Egipto
y a restituir Malta a su Orden dentro de los
tres meses. Esta última cláusula
va a constituir una manzana de discordia voluntariamente
fatal para la paz.
Inglaterra no acepta la paz más que
porque está momentáneamente
aislada en Europa, y sobre todo, bajo presión
de los hombres de negocios de la City,
quienes temen una grave crisis económica.
Pero es seguro que al primer giro de la coyuntura
va a buscar redorar su blasón deslustrado,
máxime que todavía no perdona
a Francia su apoyo decisivo a los «
insurgentes » de la guerra
de Independencia estadounidense.
En cuanto
a las demás potencias Europeas, Prusia
y Rusia principalmente, aún no están
concernidas por un diferendo territorial.
Pero se unen en grados variables a las otras
monarquías en su hostilidad hacia la
Francia republicana resultante de la Revolución.

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