CRÓNICAS
DEL CONSULADO
Primera
Parte |
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Una mirada a la
historia verdadera del Emperador Napoleón
I, de su obra y de su legado
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| «
Alegoría de Francia
amenazada por Inglaterra,
o Bonaparte Primer Cónsul
frente a su Destino
». Cuadro
de Mathieu Ignace Van Brée. |
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| LA
IMPLACABLE RIVALIDAD FRANCO-BRITÁNICA |
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«
¿Así que
todo progreso que haga
Francia en el exterior
y hasta en el interior,
comercio, manufacturas
etc., será una
causa de guerra, una injuria
para nosotros? ». |
Charles Fox (1749-1806)
a la Cámara de
los Comunes, 24 de mayo
de 1803. |
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El
antagonismo acerbo entre Francia e Inglaterra
evidentemente no data del Consulado, como
de ello da fe toda la historia entremezclada
de ambos países. Se piensa en la guerra
de Cien Años. Sería más
justo evocar un conflicto de mil años,
de cual hoy todavía quedan secuelas
muy felizmente no guerreras.
Inglaterra estimuló bajo mano los desórdenes
de la Revolución para debilitar a Francia.
Ha sido hallada en los archivos de un diplomático
ruso esta confidencia: « Los agentes
ingleses Clarkson y Oswald están inscritos
en el club de los Jacobinos. Hubiera sido
más honroso hacerle la guerra a Francia
que fomentar los desórdenes y las masacres
que se cometen en Francia para vergüenza
de la humanidad ».
En la época del Consulado, tres conflictos
imbricados alimentan la hostilidad entre ambas
potencias: el viejo litigio territorial en
Europa, una concurrencia económica
despiadada y una inexorable carrera a la hegemonía
mundial.
El
litigio territorial en Europa
El conflicto
territorial franco-inglés
en Europa es tan viejo como los dos países,
pero la expansión de la Francia revolucionaria
lo exacerbó. Las conquistas de la Revolución
se contraponían a dos principios fundamentales
de la diplomacia británica.
El primero
es el del « equilibrio europeo
», fundamento inmutable de toda la política
exterior británica que, aun en nuestros
días, no ha perdido nada de su validez.
Albión nunca ha tolerado y no admitirá
jamás que una potencia europea, cualquiera
que sea, domine el continente fuera de toda
medida. De ello depende su seguridad y su
prosperidad. Cada vez que un país se
ha encontrado en vía de alcanzar dicha
dominación, Inglaterra ha movilizado
todas sus fuerzas y sus subsidios para oponerle
coaliciones militares. Es exactamente, y de
manera encarnizada, la situación del
Consulado en 1800.
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| A
la izquierda, mapa de la situación
de Francia en el año
1793. Sobre estas
líneas, el Primer ministro
británico William
Pitt el joven
en la Cámara de los
Comunes discutiendo acerca
de la declaración de
guerra entre Inglaterra y
Francia en 1793. |
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El segundo
principio, corolario del precedente, es el
postulado que la Gran Bretaña se planteó
sobre la incompatibilidad de su seguridad
con la ocupación de las orillas del
mar del Norte por una gran potencia, la famosa
« pistola apuntada al corazón
de Inglaterra ». Inglaterra no
olvida que desde esas costas ya ha sido invadida
dos veces en su historia, por Julio César
y Guillermo el Conquistador. Ahora, la
Convención había anexado Bélgica
en 1795 y el tratado de Lunéville
puesto prácticamente a Holanda bajo
la soberanía de Francia. Francia e
Inglaterra se hallan ya por ende en estado
de casus belli a la accesión
de Napoleón al poder.
Máxime
que la presencia francesa en esas comarcas
estratégicas constituye también
una amenaza de cierre del floreciente
comercio británico en Europa.
La acerba competición económica
La concurrencia
comercial de Francia se había
convertido en un gran tema de inquietud
para la burguesía mercante británica.
Aventajando a todos los países
en la Revolución industrial,
Inglaterra es, en la linde del siglo,
la primera potencia económica
del mundo. Pero la Francia post-revolucionaria
está en pleno auge. Se recupera
de su retraso y le gana la partida a
las exportaciones británicas
en Europa. El tratado de libre cambio
franco-británico de 1786 había
cedido ya su lugar a un sistema más
proteccionista, que tendía a
proteger la industria francesa contra
la concurrencia extranjera y a asegurar
sus aprovisionamientos en materias primas
y productos tropicales. La competición
comercial se había vuelto en
1793 una guerra económica por
la prohibición de exportación
de cereales hacia los países
enemigos y de importación de
todos los productos de esos mismos países.
El Directorio había roto la costumbre
según la cual el pabellón
cubría la mercancía. Los
productos ingleses transportados por
navíos neutros habían
sido declarados propios a ser embargados
por barcos corsarios autorizados. Una
ley draconiana de octubre de 1798 había
endurecido aún más las
condiciones de preferencia de los productos
franceses.
En fin,
la guerra económica acabó
por fundirse en la guerra militar. Esta
escalada no se detendrá más
en su lógica hasta el funesto
bloqueo continental. |
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| Inglaterra,
en la persona de John Bull,
pasea la cabeza de Napoleón
por las calles de Londres.
Caricatura de la época,
por James Gillray. |
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La
carrera a la hegemonía mundial
Pero
ya desde hacía mucho tiempo la
rivalidad franco-británica había
franqueado los mares y los océanos
para desarrollarse a escala planetaria. |
Toma desde ahora la
forma de una carrera a la hegemonía
mundial, para asegurarse
las materias primas a bajo precio,
mercados comerciales protegidos, y
posiciones estratégicas que
garanticen tanto unos como otros.
El embajador de Rusia en Londres en
1803, Voronzov, ha dejado en estos
términos el testimonio edificante
de un diplomático advertido:
« El sistema del gabinete
inglés será siempre
aniquilar a Francia
como su único rival, y reinar
después despóticamente
sobre el universo entero
».
Al advenimiento de Bonaparte, Inglaterra
no oculta su ambición de dominar
el mundo. Se encuentra en plena expansión
colonial. En esta empresa, se enfrenta
a España y a Holanda, pero
sobretodo a Francia a la que quiere
despojar de las últimas colonias
que le quedan para tallarse un inmenso
imperio. La había echado hacía
poco de Canadá. Francia se
vengó contribuyendo a la Independencia
de los Estados Unidos de América.
Por ahora, Albión mira de reojo
a Martinica y Guadalupe. Francia le
disputa los establecimientos de la
India, las Seychelles, la isla Mauricio
y la Reunión. En este enfrentamiento
ultramarino, Inglaterra goza de la
ventaja decisiva de su superioridad
marítima incontestable, mientras
que Francia no cuenta más que
con una posición fuerte en
el continente europeo. Se asiste de
algún modo a una nueva guerra
púnica a escala del mundo.
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Una
ciudad industrial inglesa
del Siglo XVIII |
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| Plantación
de azúcar en una
colonia inglesa del Siglo
XVIII |
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| Condición
de los negros esclavos en
las colonias |
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Es en el Mediterráneo
donde Inglaterra se muestra más agresiva.
El control de esta vía marítima
de primordial importancia condiciona el dominio
de sus comunicaciones con su imperio de las
Indias. Ocupó por un momento Tolón,
única base naval francesa en el Mediterráneo,
luego, un poco más tarde, Córcega,
que trató de anexar a la corona británica.
Como réplica, Francia la inquietó
un poco en Egipto de 1798 a 1801, ya entonces
por iniciativa de Napoleón. Soberana
en Gibraltar desde el tratado de Utrecht en
1713, Inglaterra mantiene igualmente fuerzas
terrestres y navales que no cesa de reforzar
en las Baleares, en Malta, en Nápoles,
en Sicilia y hasta en Livorno.
Esta provocante dominación del Mediterráneo
por una potencia extranjera lejana constituye
un humillante menoscabo a la legítima
presencia de Francia en este mar que baña
mil kilómetros de sus costas continentales
y a Córcega. No es posible que las
cosas puedan quedarse por mucho en tal estado…
 |
| La
Royal Navy,
flota naval real inglesa, mayor
potencia marítima de la época.
En esta evocación, la vemos
capitaneada por el buque de Nelson,
el legendario HMS Victory. |
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Así
pues, en este inicio de Consulado, la situación
en Europa no es nada menos que explosiva.
Impulsadas por un poderoso sentimiento de
venganza y temiendo por su supervivencia,
las monarquías legitimistas europeas
solo esperan una oportunidad propicia para
derribar la República en Francia y
restaurar el Antiguo Régimen de las
fronteras de 1789. En plena expansión
imperialista, la rica Albión se encuentra
en una excelente posición para atizar
y coaligar los odios a fin de derrotar a su
enemigo hereditario que le disputa la supremacía
mundial desde siempre.
Inscrita en
la fatalidad y programada en los espíritus,
la guerra contra Francia es pues ineluctable,
a menos de capitular sin condiciones, lo cual
no puede sufrir la dignidad de los franceses
ni el honor de Francia.
A esta altura de nuestro tema, podemos decir
que Napoleón está ya condenado
a la guerra a perpetuidad desde su
advenimiento.
El desconocimiento, real o fingido, de esta
trágica realidad está a la base
de muchos errores de juicio acerca de Napoleón,
demasiado a menudo mostrado como un «
tirano » belicista.
Vamos a ver
que, muy al contrario, va a esforzarse
tanto como puede por evitar la guerra que
no tiene ni el gusto ni el interés
en provocar, como tampoco tiempo
que concederle. No va a combatir más
que estando obligado a ello, siempre
en estado de legítima defensa de Francia.