Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.

El Instituto Napoleónico México-Francia orgullosamente presenta:

CRÓNICAS DEL CONSULADO

Primera Parte

Una mirada a la historia verdadera del Emperador Napoleón I, de su obra y de su legado
 
« Alegoría de Francia amenazada por Inglaterra, o Bonaparte Primer Cónsul frente a su Destino ». Cuadro de Mathieu Ignace Van Brée.
 
LA IMPLACABLE RIVALIDAD FRANCO-BRITÁNICA
 
« ¿Así que todo progreso que haga Francia en el exterior y hasta en el interior, comercio, manufacturas etc., será una causa de guerra, una injuria para nosotros? ».
Charles Fox (1749-1806) a la Cámara de los Comunes, 24 de mayo de 1803.

El antagonismo acerbo entre Francia e Inglaterra evidentemente no data del Consulado, como de ello da fe toda la historia entremezclada de ambos países. Se piensa en la guerra de Cien Años. Sería más justo evocar un conflicto de mil años, de cual hoy todavía quedan secuelas muy felizmente no guerreras.
Inglaterra estimuló bajo mano los desórdenes de la Revolución para debilitar a Francia. Ha sido hallada en los archivos de un diplomático ruso esta confidencia: « Los agentes ingleses Clarkson y Oswald están inscritos en el club de los Jacobinos. Hubiera sido más honroso hacerle la guerra a Francia que fomentar los desórdenes y las masacres que se cometen en Francia para vergüenza de la humanidad ».
En la época del Consulado, tres conflictos imbricados alimentan la hostilidad entre ambas potencias: el viejo litigio territorial en Europa, una concurrencia económica despiadada y una inexorable carrera a la hegemonía mundial.

El litigio territorial en Europa

El conflicto territorial franco-inglés en Europa es tan viejo como los dos países, pero la expansión de la Francia revolucionaria lo exacerbó. Las conquistas de la Revolución se contraponían a dos principios fundamentales de la diplomacia británica.

El primero es el del « equilibrio europeo », fundamento inmutable de toda la política exterior británica que, aun en nuestros días, no ha perdido nada de su validez. Albión nunca ha tolerado y no admitirá jamás que una potencia europea, cualquiera que sea, domine el continente fuera de toda medida. De ello depende su seguridad y su prosperidad. Cada vez que un país se ha encontrado en vía de alcanzar dicha dominación, Inglaterra ha movilizado todas sus fuerzas y sus subsidios para oponerle coaliciones militares. Es exactamente, y de manera encarnizada, la situación del Consulado en 1800.

A la izquierda, mapa de la situación de Francia en el año 1793. Sobre estas líneas, el Primer ministro británico William Pitt el joven en la Cámara de los Comunes discutiendo acerca de la declaración de guerra entre Inglaterra y Francia en 1793.

El segundo principio, corolario del precedente, es el postulado que la Gran Bretaña se planteó sobre la incompatibilidad de su seguridad con la ocupación de las orillas del mar del Norte por una gran potencia, la famosa « pistola apuntada al corazón de Inglaterra ». Inglaterra no olvida que desde esas costas ya ha sido invadida dos veces en su historia, por Julio César y Guillermo el Conquistador. Ahora, la Convención había anexado Bélgica en 1795 y el tratado de Lunéville puesto prácticamente a Holanda bajo la soberanía de Francia. Francia e Inglaterra se hallan ya por ende en estado de casus belli a la accesión de Napoleón al poder.

Máxime que la presencia francesa en esas comarcas estratégicas constituye también una amenaza de cierre del floreciente comercio británico en Europa.
La acerba competición económica

La concurrencia comercial de Francia se había convertido en un gran tema de inquietud para la burguesía mercante británica.
Aventajando a todos los países en la Revolución industrial, Inglaterra es, en la linde del siglo, la primera potencia económica del mundo. Pero la Francia post-revolucionaria está en pleno auge. Se recupera de su retraso y le gana la partida a las exportaciones británicas en Europa. El tratado de libre cambio franco-británico de 1786 había cedido ya su lugar a un sistema más proteccionista, que tendía a proteger la industria francesa contra la concurrencia extranjera y a asegurar sus aprovisionamientos en materias primas y productos tropicales. La competición comercial se había vuelto en 1793 una guerra económica por la prohibición de exportación de cereales hacia los países enemigos y de importación de todos los productos de esos mismos países.
El Directorio había roto la costumbre según la cual el pabellón cubría la mercancía. Los productos ingleses transportados por navíos neutros habían sido declarados propios a ser embargados por barcos corsarios autorizados. Una ley draconiana de octubre de 1798 había endurecido aún más las condiciones de preferencia de los productos franceses.

En fin, la guerra económica acabó por fundirse en la guerra militar. Esta escalada no se detendrá más en su lógica hasta el funesto bloqueo continental.

"Bonaparte, 48 horas después de  desembarcar", caricatura de Gillray, 1803.
Inglaterra, en la persona de John Bull, pasea la cabeza de Napoleón por las calles de Londres. Caricatura de James Gillray, 1803.

La carrera a la hegemonía mundial

Pero ya desde hacía mucho tiempo la rivalidad franco-británica había franqueado los mares y los océanos para desarrollarse a escala planetaria.

Toma desde ahora la forma de una carrera a la hegemonía mundial, para asegurarse las materias primas a bajo precio, mercados comerciales protegidos, y posiciones estratégicas que garanticen tanto unos como otros. El embajador de Rusia en Londres en 1803, Voronzov, ha dejado en estos términos el testimonio edificante de un diplomático advertido: « El sistema del gabinete inglés será siempre aniquilar a Francia como su único rival, y reinar después despóticamente sobre el universo entero ».
Al advenimiento de Bonaparte, Inglaterra no oculta su ambición de dominar el mundo. Se encuentra en plena expansión colonial. En esta empresa, se enfrenta a España y a Holanda, pero sobretodo a Francia a la que quiere despojar de las últimas colonias que le quedan para tallarse un inmenso imperio. La había echado hacía poco de Canadá. Francia se vengó contribuyendo a la Independencia de los Estados Unidos de América. Por ahora, Albión mira de reojo a Martinica y Guadalupe. Francia le disputa los establecimientos de la India, las Seychelles, la isla Mauricio y la Reunión. En este enfrentamiento ultramarino, Inglaterra goza de la ventaja decisiva de su superioridad marítima incontestable, mientras que Francia no cuenta más que con una posición fuerte en el continente europeo. Se asiste de algún modo a una nueva guerra púnica a escala del mundo.

Una ciudad industrial inglesa del Siglo XVIII
 
Plantación de azúcar en una colonia inglesa del Siglo XVIII
Condición de los negros esclavos en las colonias

Es en el Mediterráneo donde Inglaterra se muestra más agresiva. El control de esta vía marítima de primordial importancia condiciona el dominio de sus comunicaciones con su imperio de las Indias. Ocupó por un momento Tolón, única base naval francesa en el Mediterráneo, luego, un poco más tarde, Córcega, que trató de anexar a la corona británica. Como réplica, Francia la inquietó un poco en Egipto de 1798 a 1801, ya entonces por iniciativa de Napoleón. Soberana en Gibraltar desde el tratado de Utrecht en 1713, Inglaterra mantiene igualmente fuerzas terrestres y navales que no cesa de reforzar en las Baleares, en Malta, en Nápoles, en Sicilia y hasta en Livorno.
Esta provocante dominación del Mediterráneo por una potencia extranjera lejana constituye un humillante menoscabo a la legítima presencia de Francia en este mar que baña mil kilómetros de sus costas continentales y a Córcega. No es posible que las cosas puedan quedarse por mucho en tal estado…

La Royal Navy, flota naval real inglesa, mayor potencia marítima de la época. En esta evocación, la vemos capitaneada por el buque de Nelson, el legendario HMS Victory.

Así pues, en este inicio de Consulado, la situación en Europa no es nada menos que explosiva. Impulsadas por un poderoso sentimiento de venganza y temiendo por su supervivencia, las monarquías legitimistas europeas solo esperan una oportunidad propicia para derribar la República en Francia y restaurar el Antiguo Régimen de las fronteras de 1789. En plena expansión imperialista, la rica Albión se encuentra en una excelente posición para atizar y coaligar los odios a fin de derrotar a su enemigo hereditario que le disputa la supremacía mundial desde siempre.

Inscrita en la fatalidad y programada en los espíritus, la guerra contra Francia es pues ineluctable, a menos de capitular sin condiciones, lo cual no puede sufrir la dignidad de los franceses ni el honor de Francia.
A esta altura de nuestro tema, podemos decir que Napoleón está ya condenado a la guerra a perpetuidad desde su advenimiento.
El desconocimiento, real o fingido, de esta trágica realidad está a la base de muchos errores de juicio acerca de Napoleón, demasiado a menudo mostrado como un « tirano » belicista.

Vamos a ver que, muy al contrario, va a esforzarse tanto como puede por evitar la guerra que no tiene ni el gusto ni el interés en provocar, como tampoco tiempo que concederle. No va a combatir más que estando obligado a ello, siempre en estado de legítima defensa de Francia.

Instituto Napoleónico México-Francia, INMF.